sábado, 10 de agosto de 2013

LA NOVEDOSA POLÍTICA DEL CEMENTO

Querido José Luis.

Apenas unos días después de la aparición de mi denuncia sobria pero firme del cambio del objetivo estatal de lucha contra la pobreza por el de la lucha contra el déficit, la señora Lagarde, jerarca del FMI, ha conminado a Mariano Rajoy a reducir un 10% los salarios en España. El comisario europeo señor Rehn se ha apresurado a apuntar a título personal que la idea le parece buena, y luego ha sido toda la Comisión, en plan colectivo, la que ha dicho que también ellos estaban barruntando soluciones parecidas.

Me llamarás paranoico, José Luis, pero yo veo una relación entre mi denuncia de la quiebra del contrato social de Juan Jacobo Rousseau y la respuesta fulminante de la troika. Sé lo que vas a decir. Me dirás que me ha dado en este caso un ataque injustificado de importancia. Me contarás el caso de aquella viejecita convencida de que la primera guerra mundial era un castigo personal de dios porque había sido infiel a su marido una noche de verano. Pero mira, no hay que confundir, dios es dios y el FMI es el FMI. Razonarás quizá (y sé que lo harás sólo por tranquilizarme) que en el FMI y en la Comisión Europea nadie lee tu blog; pero sabes tan bien como yo que sí lo leen. Hay un espionaje masivo desde Washington de todas las comunicaciones europeas, y se va descubriendo de día en día que no sólo es el chalao de Obama, que aquí también cada país espía todo lo que puede a los vecinos: se escudriñan los emails, los esemeses, los wachaps, lo que sea. Con mayor razón, los blogs del proletariado militante.

Te cuento un caso adyacente pero significativo: un amigo escribió a una colegui el siguiente SMS: “po k no no vemo tatarde y shamo un buen porbo, Pili?” Veinte minutos más tarde tenía nueve mensajes nuevos en su móvil. Uno era la respuesta de Pili (“Piérdete”); seis eran anuncios de Viagra adquirible con rebajas variadas y en cómodos plazos; uno era de una marca de condones, y el último era un link con una homilía del obispo de Tudela sobre los beneficios espirituales de la continencia. Si esto, José Luis, sucede en lo que llamaríamos el sector privado, imagínate cómo estarán las cosas en el nivel de las instituciones.

Y si no, ¿por qué esa recomendación de la señora Lagarde a España, y no, pongamos, a Mozambique o a Bangladesh? Todo el mundo puede darse cuenta de lo oportuna que sería una drástica reducción salarial en Mozambique y en Bangladesh con el objeto de relanzar las exportaciones y dinamizar la economía, y sin embargo, que yo sepa, nadie les ha sugerido nunca una cosa así en voz alta. Ni a Kenia, ni a las islas Salomón, ni siquiera a Bolivia que es un grano en el culo del FMI desde que está al timón Evo Morales. Lo normal es que en los asuntos internos reinen la discreción y la cortesía, y los dirigentes globales disimulen si un estadista liberal y de orden como Mariano Termidor da un patinazo ocasional. ¿Por qué en este caso no?

Mucho me temo que se trata de un caso clásico de acción/reacción: tú me tocas las partes nobles con Juan Jacobo, pues yo te receto un diez por ciento de recorte en los salarios. Y no insistas en buscarme las cosquillas, porque me vas a encontrar de verdad.

Y mientras tanto, la pérfida Albión sembrando de hormigón la bahía de Algeciras. ¿Crees, José Luis, que también ese deplorable asunto tiene relación con nosotros? Saludos, Paco.


Querido Paco, pregunta retórica la que me haces al final de tu amable carta. Sospecho, en todo caso, que la grita gribaltareña está pactada. El premier británico le echa un capote a Mariano Rajoy, el Empecinado Chico, y éste le devolverá el favor un día de estos, ¿estamos?  Tuyo en la Idea, JL

miércoles, 24 de julio de 2013

Fenómeno y epifenómeno

Conviene, en efecto, distinguir en el presente caso el fenómeno del epifenómeno, es decir, para entendernos, la infraestructura de la parafernalia; o más castizamente expresado, el jamón de las chorreras.

El fenómeno, me adelanto a decirlo, es la quiebra del contrato social, aquel que teorizó en tiempos pretéritos don Juan Jacobo Rousseau. Había un contrato imaginario en virtud del cual el individuo, asocial por naturaleza, renunciaba a sus instintos de lobo solitario y se unía a la manada dando por bien empleada la pérdida de parte de su libertad y de sus ingresos a cambio de la protección y la seguridad que el Estado benefactor (simplemente benévolo en algunos casos) podía asegurarle. En este esquema clásico, el Estado era un artificio compuesto según arte novedosa para reunir a su alrededor a los ciudadanos como la clueca agrupa bajo sus alas a los polluelos.

Pues bien, el esquema se ha roto. El Estado ha olvidado su vocación primigenia de Supernanny de la ciudadanía, y no ha tenido empacho en abandonar el nido. Sus objetivos y sus prioridades han cambiado. Si antes estaba escrito en mármoles en el artículo primero de todas las Constituciones que la razón de ser del Estado era la felicidad de sus ciudadanos, ahora lo que queda subrayado con doble trazo es que se atendrá escrupulosamente al equilibrio presupuestario dictado por las autoridades financieras globales para no incurrir en pecado mortal de déficit. Caiga quien caiga; y ya se sabe en este caso quién suele caer.

El Estado se ha ensimismado. Ya no mira hacia fuera, sino hacia su propio ombligo. Hablo del Estado democrático, por supuesto, con todos sus distintos aparatos y adminículos, incluidos el parlamento, los tribunales, las instituciones de crédito, la policía y los partidos políticos del arco parlamentario, necesitados también de cuadrar como sea el estadillo de ingresos y gastos. Los códigos penales no han cambiado aún, o han cambiado apenas, pero se intuye que en el nuevo paradigma en vigor (no sólo estamos situados en el postfordismo sino en el postwelfare), criminales serán aquellas personas que atenten de una u otra forma contra la austeridad presupuestaria: los parados, los pensionistas, los escolares, los desahuciados. Gente, en una palabra, sin escrúpulos, dispuesta a gastar, sin tasa y desoyendo todas las advertencias, unos recursos escasos.


Hasta aquí el fenómeno. El epifenómeno, las chorreras del jamón, son las formas con que se ha adornado ese proceso en España. Sentenció Giulio Andreotti hace bastantes años que en la política española “manca finezza”, falta finura. Era la época de don Felipe González al frente del gobierno, de modo que vayan ustedes evaluando mentalmente el radio de la curvatura de la trayectoria seguida desde entonces. Bajo el mandato del actual presidente termidoriano, todo lo que podía hacerse de una forma chapucera se ha hecho, incluso se ha exagerado. El globo del equilibrio financiero no se ha elevado impulsado por un atildado saneamiento de las estructuras, sino que se ha finchado por retambufa a partir del gas mefítico generado en unas alcantarillas de eficaz diseño y copyright de la Marca España, llamadas “bárcenas” en lengua castellana y “millets” en la catalana. Y no sólo se ha abandonado a su suerte a la ciudadanía desamparada: se la insulta a diario con declaraciones ante micrófonos o con tuiters, con desgarro ( “Que se jodan” dixit la joven congresista Andrea Fabra, que no ha dimitido), con la mueca despectiva de un magistrado Cobos que considera su militancia política como una cuestión irrelevante a la hora de calibrar su imparcialidad (y tampoco ha dimitido), o con las sensacionales declaraciones de don Mariano sobre el tema de Bárcenas (cuando se anime a hacerlas): “Aquí, señoras y señores, no ha pasado nada, salvo alguna cosilla que es lo que viene apareciendo en la prensa.”

jueves, 11 de julio de 2013

Casi todo nos viene de Grecia (2ª Crónica ateniense)

Querido José Luis.

Durante diez días hemos estado recorriendo en familia el Peloponeso de punta 
a punta, desde, digamos, Epidauro, hasta Methoni. Hemos contemplado muchos pedruscos históricos y hemos corrido a refrescarnos en muchas playas huyendo de un sol que abrasa la piel. De otro lado, han sido diez días de apagón informativo: sin televisión, sin conexión a internet y sin periódicos locales o foráneos porque las gentes de estos lugares pasan de tales moderneces. Sólo en Olimpia, lugar clasificado en el patrimonio mundial y meta de excursiones en autobús para pasajeros de cruceros mediterráneos, pudimos encontrar un quiosco de prensa absolutamente extranjera y del género papel satinado, de cuyas portadas no pudimos sacar gran cosa de provecho. Divorciado de la actualidad y entregado a mis propios recursos, me he dedicado por las noches a redactar algunas divagaciones o generalidades que te ofrezco por lo que valgan, sin ánimo de lucro y a beneficio simplemente de inventario. Ahí van. (1)

1.    CASI TODO NOS VIENE DE GRECIA

No lo digo para argumentar que una Unión Europea sin Grecia ni sería Unión ni sería Europea, porque no vale la pena argumentar lo obvio. Lo digo porque, además de la filosofía, las ciencias experimentales, el deporte, el teatro y otros muchos inventos, debemos a Grecia tanto el nombre mismo de la política como casi todo el utillaje concreto de conceptos y posicionamientos posibles relacionados con ese arte, u oficio, o quehacer, directamente ligado a la vida de la “polis”. En positivo y en negativo: de los griegos nos vienen la anarquía y la monarquía, la democracia y la demagogia, el tirano y el tiranicida. Todo está ahí a mano, ready-made, desde la época antigua. Basta alargar la mano y elegir el arma de la panoplia que uno desea usar.
    
        Entre esos conceptos básicos de la política hay dos, extraídos de la geometría o de la topografía, que tienen un hondo significado: son, expresados en lengua helénica, el Kentro y la Perifería. Susentido se percibe de inmediato: Kentro es el núcleo, el quid del asunto, y Perifería todo lo que lo rodea. En la Grecia actual, y considerados tanto los aspectos políticos como los demográficos, el Kentro indiscutible es Atenas y se distinguen dos Periferías: la primera comprende todo el territorio incluido dentro de las fronteras del Estado griego, tanto en el continente como en las islas, y la segunda Perifería es la de la emigración, la de los griegos asentados de forma permanente en países extranjeros. Hay bastante equilibrio demográfico entre los tres grupos, aunque de todos modos Atenas es el de mayor población de los tres; y el menor, la primera Perifería. La posición de Atenas es inatacable; es la sede tanto del gobierno como del parlamento, del alto estado mayor de los ejércitos, de la Administración, de las oficinas centrales de los bancos y las principales industrias, del kilómetro 0 de las carreteras, del puerto (El Pireo) y del aeropuerto; incluso de la conferencia episcopal ortodoxa. Kentro puro y duro todo él, no hay color. En cuanto a lo que tiene alrededor, un habitante de la primera Perifería tiene estadísticamente las mayores posibilidades de residir en Salónica, la metrópoli del norte. (Los tesalonicenses tienen fama de raros para los griegos de Atenas, que han dado en llamarles “búlgaros”. El tema de la rivalidad entre las dos ciudades y el curioso apodo acuñado por los atenienses pueden repugnar a muchas personas de nuestra España, pero no hay remedio, son cosas de aquí y hay que aceptarlas sin protestar.) Un habitante de la segunda Perifería tiene las mayores probabilidades estadísticas de residir en Astoria, Brooklyn (Nueva York, EUA) o bien en Chicago, pero puede que la situación varíe en los próximos años si se mantiene la acusada tendencia al éxodo de graduados universitarios griegos a Centroeuropa y a Escandinavia.

            Atenas era ya el Kentro, aunque mucho más diluido, en la época de Pericles, y gracias a la superioridad estratégica de su marina de guerra, la llamada talasocracia, se empeñó en dominar por la brava a las polis próximas y lejanas. Con escaso fruto, tal y como relató Tucídides. Las polis de la antigüedad clásica estaban en guerra permanente unas con otras, salvo en dos tipos de ocasiones excepcionales: una, cuando la presencia de una amenaza extranjera considerable (léase troyanos o persas) exigía la coalición de todos los griegos en la tarea común; otra, durante las treguas sagradas que se establecían cada cuatro años para la celebración de los juegos olímpicos. Es decir, su situación era prácticamente igual a la de nuestro Estado de las autonomías: todos contra todos salvo contadas excepciones, cambiando los persas por el FMI o Standard & Poors, y añadiendo a los juegos olímpicos los mundiales y los europeos de fútbol. Pero con una diferencia importante: en la Grecia antigua no había Estado. Llamo la atención del lector sobre el hecho de que “Estado” es una de las pocas palabras de la política que no procede del griego. Otra de ellas, curiosidades de la vida, es “federalismo”.

            El caso es que Atenas fracasó como Kentro en la antigüedad; sólo se consolidó una especie de Estado en estas tierras cuando el relevo de una Atenas de capa caída lo tomó Macedonia, con Filipo y su hijo Alejandro. Y el ensayo duró poco tiempo, porque quien realmente consolidó el Estado en la historia fue, como todo el mundo sabe, Roma, que lo hizo de rebote gracias a un invento genial: la Administración. Casi se podría decir que Jehová hizo toda la faena sucia en aquellos siete días épicos, y luego Roma le puso la guinda ala Creación, con el milagro de hacer nacer la Administración de la nada, como había ocurrido con todo lo anterior. Una vez creada la Administración, ya podía venir detrás el Estado envuelto en majestad y con todos los atributos de su prosopopeya.

2.    EL ESTADO CONTRA SÓCRATES

Ahora, claro, la situación es muy distinta y Grecia cuenta con un Estado internacionalmente homologado cuyo Kentro es Atenas. Los atenienses son muy conscientes de esa situación. Muchos no son autóctonos de la capital sino venidos a ella por méritos o antigüedad en el ejercicio de sus profesiones. Se trata de personas que “han llegado”, y hay en ellas con frecuencia un punto de ensimismamiento y de autocomplacencia. Se sienten de algún modo guardianes tutelares de la felicidad de sus compatriotas menos afortunados; se sienten, en una palabra, importantes.

      Cuentan autores antiguos que una avería obligó a la nave de Alcibíades a varar en la playa de una de las islas más pequeñas de las Lípari. Su fama, sin embargo, había llegado hasta allí, y la población se arracimó a su alrededor llena de admiración. Alcibíades se asombró de ser conocido en un lugar tan remoto, y un aldeano le dijo: “Eso sucede porque habéis nacido y vivís en Atenas. De habitar en esta isla, mal podrían difundirse por el mundo vuestro nombre y vuestras hazañas.” Y respondió el general afortunado: “Es cierto lo que dices. Pero más cierto aún es que si tú vivieras en Atenas seguirías siendo allí tan necio como lo eres aquí.” Respuesta que hoy nos produce cierto desagrado por su prepotencia brutal, pero que los antiguos saborearon como fruto de un ingenio refinado.

      Pues bien, el brillo anejo a Atenas se difumina hoy bastante al tomar la carretera y salir hacia la periferia. Para decirlo de una vez, el Estado no alcanza mucho más allá de los límites de la capital. Tomemos por ejemplo la red de transporte viario. El Peloponeso, con su considerable superficie, dispone tan sólo de una autopista y media. La autopista completa es la que va de Corinto a Kalamata: es de creación reciente y el último tramo, de Trípoli a Kalamata, aún no está del todo acabado, aunque de todos modos ha entrado ya en servicio. La media autopista es la que une Corinto con Patrás, y es un caso singular. Hace unos años se decidió ampliar y mejorar la carretera existente. Lo primero que se instaló de la futura autopista fueron las taquillas de peaje. Después, las obras languidecieron, y pasado cierto tiempo quedaron paralizadas. Hubo una movida antipeaje, y el ministro de Fomento compareció para pedir a la ciudadanía paciencia y comprensión: el gobierno se comprometía a finalizar las obras en un plazo prudencial, pero mantenía el peaje como única forma de financiar las obras pendientes. Desde entonces el plazo prudencial ha expirado de largo, pero no la paciencia y la comprensión de la ciudadanía, que sigue pagando por un servicio que no recibe.

      El resto de la red viaria del Peloponeso es escuálida, deficiente y caótica. Firme descarnado, ancho irregular, falta de pintura, señales de tráfico desaparecidas, prioridades dudosas. La distancia entre ciudades ha dejado de calcularse en kilómetros, sino en el tiempo que se tarda en recorrerla: la media no va más allá de los treinta o cuarenta kilómetros por hora si el viajero no tiene la mala suerte de ver invadida la calzada por un rebaño de cabras o por un camión o un tractor detenido que bloquea el paso mientras procede a la carga o descarga de algún producto de la tierra. Otros ejemplos: la oficina de correos de una población puede estar instalada en la panadería o un pequeño comercio, nunca en un edificio oficial; los viejos se arrimarán allí a partir del día del fin de mes para esperar la llegada del sobre de su pensión, que ahora es más escuálido y llega con más irregularidad. Etcétera. Cabe concluir que Atenas como cabeza visible del Estado griego no goza de una gran popularidad en los pueblos de Laconia, de Arcadia o de Mesenia. En la playa de Mavrobouni, al sur de Gythio, después de darnos un remojón tardío nos sentamos a cenar en una taberna junto a la playa. El patrón nos ofreció freír unas anchoas “que esta mañana aún estaban en el mar”, y que acompañamos con una gemistá (tomates al horno rellenos de arroz). Añadió el hombre por iniciativa propia una bandeja de habichuelas verdes, “pero sólo para que las prueben, no se las cobro, son de mi huerto”. La cena fue opípara y la cuenta moderada. El IVA, que oficialmente está al 23%, nos lo rebajó al cero por ciento. “Yo cobro el IVA a quien quiero, y a quien no quiero, no.” Así están las cosas entre el Estado y los ciudadanos. Cuando el primero no cumple sus sacrosantas obligaciones, la ciudadanía se considera con licencia para hacer otro tanto.

      Todo esto, José Luis, me ha llevado a plantearme una hipótesis acerca de Sócrates. Es sabido que Sócrates fue condenado a beber la cicuta por el areópago ateniense, que lo consideró un corruptor de la juventud por sus enseñanzas. Y se bebió la cicuta. Testimonios de la época dejaron constancia consternada de que la intención de los legisladores nunca fue eliminar físicamente al filósofo. Lo encontraban molesto, eso sí, un incordio, un pejiguera, un yayoflauta. Emitieron una especie de voto de castigo para obligarle a hacerse humo, a largarse de la polis por la puerta de atrás, a buscar refugio, como la flor y la nata de la aristocracia ateniense opuesta al régimen, en las islas jónicas o en el Asia Menor.

      Pero Sócrates se bebió la cicuta. Sus motivos fueron argumentados de manera más o menos oficial por su discípulo Platón. Es necesario, dijo que Sócrates dijo, el mayor respeto a las leyes de la ciudad, incluso y sobre todo cuando esas leyes son injustas.

      Siempre se ha sospechado que ese argumento, un monumento a la estupidez inherente a la corrección política, era propiedad intelectual de Platón, y no de Sócrates. Al fin y al cabo Platón era un estatalista convencido, autor de la Politeia (la República), un engendro político que quiso llevar a la práctica en la corte de Dión de Siracusa. La cosa acabó como el rosario de la aurora, y tanto el tirano como el filósofo mudaron precipitadamente de aires para evitar males mayores. Pues bien, si Platón era un lassalleano convencido con veintitantos siglos de adelanto, nunca pudo decirse lo mismo de su maestro Sócrates, tal vez el más genuinamente griego de todos los filósofos atenienses. Por eso mi hipótesis es que, si en efecto pronunció las palabras que Platón pone en su boca, lo hizo con ironía, y conviene recordar que la ironía fue el fundamento esencial de su dialéctica. Lo que hoy está sucediendo en Grecia nos da un argumento más de que Sócrates no exhibió en su hora final un respeto desmedido hacia un parlamento alicorto y refunfuñón, sino, muy al contrario, un desprecio indisimulado. Si este es el trato que dais a un ciudadano libre, ahí os quedáis. Yo me apeo en marcha.




miércoles, 12 de junio de 2013

CRÓNICAS ATENIENSES


Querido José Luis,
            
Si prescindimos de las temperaturas (34 grados de máxima) no hay grandes diferencias entre la Atenas del invierno pasado y la de este verano. Han cerrado comercios que en diciembre aún funcionaban, y se ven vacíos algunos edificios más: hablo de edificios de empresas grandes, de muchos pisos, situados en el centro. Las puertas están clausuradas con tablones clavados, las ventanas sin luz y a veces sin cristales, por las fachadas asoman los cables seccionados de la luz y el aire acondicionado. En las calles, los baches de la calzada han crecido y la basura de las aceras también; pero no mucho. Los jardines están sólo un poco más abandonados. Y la gente. En un pasaje cubierto junto a la estación de metro de Monastiraki hemos contado esta noche siete indigentes acostados sobre sus mantas extendidas en el suelo junto a la pared, bien alineados para no entorpecer el paso de los transeúntes. Digo indigentes y preciso: no eran mendigos, dormían de espaldas a los paseantes, no pedían. Los siete eran varones y los siete relativamente jóvenes, menos de cuarenta años. Lo cual es comprensible: las mujeres y los viejos sin techo buscarán refugios igual de precarios, pero más resguardados de la intemperie y de la vista ajena. Las estadísticas oficiales dicen que el índice de suicidios ha subido un 7% desde el mes de enero; podríamos tomar ese dato como un baremo aproximadamente fiable para medir la degradación general, y concluir que todo está más o menos un 7% peor, este año.
            
Mientras una sociedad civil muy despierta, escéptica e ingeniosa exprime todos sus recursos y busca con afán nuevas alternativas de negocio o al menos de subsistencia, legales o no --“por lo civil o por lo criminal”--, se diría que el Estado ha dimitido: la loca carrera de los recortes está llegando a la meta. Las cajas fuertes de los bancos están vacías, no hay capitales ni créditos ni subvenciones, el paro sigue creciendo, los salarios se han recortado, las pensiones se han reducido. Da lo mismo, porque la Troika exige más sacrificios y amenaza de nuevo (ocurre cada dos o tres meses) con suprimir el próximo tramo de ayudas financieras, pactado para el mes de julio. En ciertos periódicos alemanes vuelve a discutirse la posibilidad de expulsar a Grecia de la zona euro; nada nuevo, también es un dato que se repite cíclicamente y que ya no provoca alarma aquí, porque la alarma ha llegado a límites de saturación. Ahora no hay ni siquiera televisión pública en Grecia, pero da lo mismo, porque en la práctica no hay gobierno, así que tampoco hay noticias que dar. Una comisión de empresarios de la restauración y de la cultura fue a pedir una rebaja del altísimo IVA para abaratar los precios en los restaurantes, los teatros y los conciertos y tratar de aprovechar el tirón que en los meses de verano supone la avalancha turística. El primer ministro Andonis Samarás se encogió de hombros: “No podemos hacer eso. No tenemos permiso.”

En una situación tan asfixiante o tan asfixiada, el pequeño grupo de Izquierda Democrática de Fotis Koubelis ha optado por renunciar a formar parte de la coalición de gobierno y se ha aproximado de ese modo (muy a regañadientes) a las posiciones de la opción más votada de la izquierda, Syriza, que critica la política de austeridad y propone exigir a Europa y al FMI una renegociación general de la deuda y de los plazos y las condiciones impuestos para merecer el rescate. La coalición gobernante, represiva en política interior y sumisa a la Troika en la exterior, ha quedado reducida a las dos grandes formaciones de siempre: Nueva Democracia y el PASOK. Sólo que si hace unos años entre las dos acaparaban más del 90% del voto, ahora apenas arañan un 40%.


Mi consuegro, el kir Mihalis, no lamenta tanto el tajo de cerca del cuarenta por ciento que ha sufrido su pensión, como la falta de pulso político en el país. Entiendo mal su retórica algo cargada de efectismo, pero esta es la sustancia del discurso vehemente que me ha dirigido, según versión proporcionada por mi hija: “En esta tierra nació la democracia, y ahora no tenemos democracia aquí. No gobiernan en Grecia los representantes del pueblo, gobiernan los banqueros alemanes. Los griegos ganamos la guerra de Troya hace muchos siglos, pero la actual guerra de Troika la estamos perdiendo.” Tópico, pero claro.

sábado, 25 de mayo de 2013

EL SINDICATO EN EL CAMBIO DE PARADIGMA


EL SINDICATO EN EL CAMBIO DE PARADIGMA




Dedicado a Paco Puerto, in memoriam


Cuando hablamos de “refundación” [del sindicato], querido José Luis, no pretendemos hacer tabla rasa de la historia y volver a abordar un proyecto de sindicato desde el inicio. Quizás una palabra más justa para calificar eso de lo que estamos hablando sería “refundamentación”, es decir, un reexamen atento de los fundamentos sobre los que se asienta el edificio sindical, con atención particular al refuerzo de los pilares, los contrafuertes y las claves de bóveda que le dan solidez y lo mantienen en pie. Porque el problema hoy es que el suelo se ha movido: ha habido un corrimiento generalizado de tierras, un cambio de paradigma, y es necesario consolidar aquellas partes de la obra que han quedado en precario. En este orden de ideas, mi intención es apuntar algunas reflexiones de orden general; aprovecharé además la ocasión para polemizar amistosamente con un artículo reciente de mi amigo Miquel Falguera en  UN PACTO SOCIAL … POUR QUOI FAIRE?


Ponerlo todo patas abajo

No es que el sindicato estuviera cabeza abajo, como decía Marx de la filosofía de Hegel; pero la expresión “ponerlo todo patas arriba” tampoco acaba de cuadrar con la situación actual. Ocurre que los problemas serios están en el “suelo” sindical, en la sociedad en la que se asienta; ahí es donde se han producido fallas peligrosas que pueden cuartear el edificio sindical y acabar a medio plazo con su ruina completa. Por tanto, más importante que revolucionar o enmendar por arriba es la tarea de mirar atentamente hacia abajo, afirmar bien los pies y “pegarse al terreno” porque ese terreno, el del universo de los trabajadores asalariados “de ahora”, el del trabajorealmente existente, es lo que sostiene y lo que impulsa la actuación y la orientación del sindicato. De los sindicatos, si se quiere pluralizar.
¿Ha mirado Miquel Falguera en esa dirección, cuando apunta el “welfarismo” como la rémora de la que debe liberarse el sindicato en las presentes circunstancias? A mí no me convence la idea de que los indignados son “postwelfaristas” por analogía con el “postfordismo”. Tampoco me convence, dicho sea de paso, la visión que tiene Miquel de los Pactos de la Moncloa; yo entiendo que fueron unos pactos esencialmente políticos, ideados y negociados por los partidos políticos. Los sindicatos no tuvieron en ellos iniciativa ni peso en la negociación, sólo se les dio la oportunidad de adherirse a un gran consenso político general; y tampoco fue el welfare “el” elemento trascendente de los acuerdos alcanzados. Volviendo en todo caso a los indignados postwelfaristas, yo diría que si los parados sin derecho al subsidio de paro protestan, no lo hacen porque estén en contra del subsidio en sí mismo, sino en contra de los reglamentos y las cortapisas que determinan su propia exclusión.
No concibo una estrategia sindical dirigida a “ganar tiempo” para ver si la sociedad se conciencia de una vez de que el welfare es una trampa y el capitalismo popular una engañifa. De hecho, me parece que no corresponde al sindicato lanzar propuestas a la sociedad civil, sino algo mucho más humilde: escuchar con atención, encauzar, coordinar y amplificar las iniciativas que surgen de abajo, y por fin defenderlas ante las instancias del poder. Sean ambiciosas o no. Casi diría: sean erróneas o no. Porque la médula espinal del sindicato, la sustancia misma de su razón de ser ahora y siempre, es el amplio conjunto de los trabajadores asalariados; no una, o varias, vanguardias audaces y concienciadas de ese conjunto. El terreno de las vanguardias es otro, y conviene recordar de cuando en cuando, ahora que hablamos de refundación, dos hitos fundacionales inamovibles: la autonomía del sindicato y su independencia respecto del poder político y de los partidos.

El fin del paradigma fordista-taylorista

El fin del mundo se viene predicando desde casi el inicio de los tiempos. Parece que eso del “fin” despierta un morbo especial entre los aspirantes a profetas, porque hemos oído anunciar repetidamente el fin del capitalismo, el fin de la clase obrera, el fin de las utopías, el fin de la historia, el fin de la novela y otros varios fines, incluidos los fines de ciclo en la disputa de los campeonatos de fútbol. Suele ocurrir que después ninguna evidencia viene a confirmar tanta grandilocuencia adivinatoria.
         El fordismo puede ser chatarra, pero siguen vigentes en el imaginario colectivo, y en particular en la práctica sindical, determinados valores inherentes al viejo paradigma productivo: la fijeza del empleo como desiderátum, la remuneración de la antigüedad, la relevancia de la categoría profesional por encima del puesto de trabajo concreto, la pirámide jerárquica inamovible. Sin embargo, los valores que predominan hoy en la actividad económica son muy diferentes: movilidad, flexibilidad, polivalencia, capacidad de reacción, anticipación, horizontalidad en la toma de decisiones. Características todas ellas incompatibles con el “trabajo abstracto” y el trabajador-masa predicados por el ingeniero Taylor.
         El resultado del forcejeo entre los dos paradigmas es que la empresa clásica, estructurada según el paradigma taylorista, ha acabado por hacer implosión; se ha fragmentado hasta pulverizarse. El “centro” asume cada vez una parte menor del proceso productivo. De un lado se “externalizan” partes de ese proceso, puramente mecánicas, por la vía de la subcontratación; pero también tareas muy cualificadas y que implican decisiones trascendentes dejan de estar sujetas al control absoluto de la dirección interna. Todo el conglomerado financiero, singularmente en lo referido a las líneas de crédito y la gestión de la deuda, queda cada vez más pendiente de instancias ajenas a la empresa misma, y lo mismo tiende a ocurrir en los niveles técnicos de alta cualificación. Si en otro tiempo cada empresa tenía a orgullo contar con “su” ingeniero y “su” abogado fijos de plantilla, ahora es seguro que recurrirá a estudios, gestorías y bufetes externos, por el costo elevado de contar con ese tipo de servicios en exclusiva. Añádase que ya no se planifica la producción a largo plazo, digamos por trienios y quinquenios, sino que se suele depender de la aparición contingente de pedidos externos que es obligatorio satisfacer con eficiencia y rapidez. Cada mañana pueden estar cambiando los objetivos de producción dentro de una fábrica o centro de trabajo.
De este modo la unidad y la cohesión del proceso productivo se disgregan entre el viejo y el nuevo paradigma, y con ellas se disgregan la unidad y la cohesión de los trabajadores en el centro de trabajo. Me explicaré mejor con un ejemplo mínimo, sacado de la vida misma.

El problema de la espacialización en la coexistencia de los dos paradigmas en la empresa

Pido perdón por el ringorrango del titulillo, y me apresuro a explicarme.
         Hará unos diez años, una empresa editora importante se encontró en un apuro. Todos sus efectivos estaban volcados en la finalización de una Gran Obra. El proceso llevaba ya varios meses de retraso, y faltaba por lo menos un año más para poderlo dar por concluido. En esas circunstancias, recibió de fuera un pedido tentador para realizar una obra menor, bien pagada pero condicionada a unos plazos incompatibles con los ritmos previstos para la Gran Obra. El equipo interno no podía asumir aquello. ¿Qué cabía hacer, renunciar? No, externalizar.
         Se recurrió como coordinador de la obra menor a un colaborador externo de confianza, que resulté ser yo mismo. Una condición indispensable para llevar a cabo el trabajo era mi presencia permanente en la empresa, en estrecho contacto con la jefa de redacción.
         La sala de redacción era inmensa: tendría más de treinta metros de largo por unos diez de ancho. La luz del día entraba por unos ventanales situados en uno de los lados estrechos; en esa área estaban, separados por mamparas acristaladas, los despachos de la jefa, la vicejefa y su secretaria. Después, en una doble hilera de mesas colocadas a todo lo largo de la sala hasta la otra punta, en la que se abría la única puerta de acceso, se alineaba el resto del personal, por orden rigurosamente jerárquico: tres editores senior, fijos; dos editores-ayudantes contratados por obra (la Gran Obra); dos expertos en informática, jóvenes autónomos enrolados con contrato verbal y promesas inconcretas de continuidad en el futuro; y una secretaria de redacción procedente de una ETT, cuyo trabajo gustaba y que tenía la ardiente esperanza de conseguir un tipo de contrato que por lo menos le permitiera cobrar subsidio de paro el día que dejara la empresa.
         Se debatió el lugar que había de ocupar yo. La jefa defendía un despachito aparte, pero el gerente entendió que aquello sería tanto como romper la pirámide jerárquica: yo no podía tener un símbolo de status superior al de los editores senior. La solución que encontró fue colocar mi mesa en el extremo de la sala, justo al lado de la puerta y enfocada hacia los ventanales de la otra punta. Era el rincón más oscuro; pero al romper mi mesa la alineación con las de las demás personas, se insinuaba una condición laboral singular. También, y con la intención de “cubrir las apariencias”, se me asignó una dependencia formal a efectos de consultas con uno de los editores senior.
No se sostuvo aquella ficción más allá de unos pocos días. Como la jefa de redacción me llamaba a consultas a su despacho, el editor senior se quejó de que yo le puenteaba; de inmediato hubo que cambiar la anterior explicación y hacer pública mi autonomía. Luego, los colaboradores externos que yo coordinaba venían a sentarse a mi mesa para pedir instrucciones o hacer sus entregas, y la jefa de redacción tomó la costumbre de hacer lo mismo para seguir la marcha general del proceso. Se produjo primero una bipolaridad en el reparto de los espacios de la sala, y más adelante, a medida que avanzaba la obra en la que yo estaba implicado y las decisiones se hacían más urgentes, lo que hubo fue una inversión completa de la jerarquía espacial. Todas las líneas de tensión de la sala convergieron hacia la mesa de al lado de la puerta.
Como mi trabajo duró algo más de un año, viví allí dentro los ecos de un convenio general. El presidente del comité de empresa entraba a informar de la marcha de la negociación, y había de recorrer dos tercios de la sala para llegar a la altura de las únicas personas afectadas: los tres redactores senior y la secretaria fija. La jefa y su vice pasaban de convenios, y el resto de los presentes estábamos situados en otro paradigma.
Cinco años después de acabado el trabajo que me llevó allí, la implosión se había consumado: la jefa se despidió, la vice y los tres editores seniors fueron jubilados (dos de ellos anticipadamente), la sala se alquiló con toda esa parte del edificio a una empresa creo que de seguros, y todo el trabajo de redacción quedó externalizado y precarizado. El paradigma fordista quedó reducido a chatarra, pero el postfordista se autodestruyó. No sólo desaparecieron puestos de trabajo, la empresa también perdió: prestigio, influencia, cuota de mercado, sin hablar de un capital humano valioso absolutamente desperdiciado. El resultado no era ni inevitable ni fatal, pero la dirección lo afrontó como una catástrofe natural, un granizo repentino que arruina la cosecha, y el comité de empresa se vio impotente para reaccionar, no por falta de voluntad, sino de instrumentos.
La moraleja de este cuentecillo es que el nuevo paradigma no destruye empleo ni arruina empresas por sí mismo, pero plantea problemas imposibles de abordar desde el paradigma anterior, aferrados todos los protagonistas a las viejas certezas. Hay una inadecuación general de las mentalidades y de los instrumentos a la nueva situación que dibuja en el modo de producir la conjunción entre los avances de las tecnologías y las dificultades crecientes de financiación. Se destruye empleo y se arruinan empresas para nada, de un modo absurdo. La solución es probablemente muy compleja, pero al menos uno de sus ingredientes está claro: abrir un nuevo diálogo, ir hacia un gran pacto social.
¿Pacto? Pour faire quoi?  Pues bien, no estoy hablando de un gran pacto por arriba entre el gobierno, los partidos y los sindicatos. Estoy convencido, igual que tú, Miquel, de que no valdría absolutamente para nada, en este momento y con estas condiciones de partida. Me refiero a un pacto por abajo, en la base, a ras de tierra. Un pacto dentro de las empresas para la innovación no sólo en tecnología, sino en el aprovechamiento del capital humano, de la inmensa riqueza en saberes  concretos, en experiencia y en imaginación, que el taylorismo ha despreciado durante muchas décadas para postular un trabajo abstracto, oscuro, unidimensional, desprovisto de cualidades. Un pacto que puede facilitar la supervivencia de muchas empresas y situar al mismo tiempo en su justo lugar, dentro de ellas, a unos trabajadores dotados de más iniciativa y capacidad de decisión, más conscientes, con más saberes y más recursos. Un diálogo así dentro de las empresas tendría además otras virtudes: abriría las puertas a la democracia en el trabajo y a la solidaridad renovada (refundada) entre trabajadores; crearía empleo; y finalmente, daría una señal fuerte y clara para abrir nuevos capítulos de negociación colectiva en ámbitos superiores a la empresa y para crear una dinámica diferente incluso en la acción política.
Hay un largo camino a recorrer en ese horizonte, pero una condición es inexcusable: empezar por el principio, mirar hacia abajo. Y otra cosa. La iniciativa y el protagonismo del diálogo en cada empresa corresponderá al conjunto de los trabajadores, sin exclusiones ni diferenciaciones, con su propia dirección; pero a partir de la puesta en marcha de cierto número de experiencias piloto, el sindicato –los sindicatos- podrá jugar un papel destacado en el proceso, informando y ayudando a extender las iniciativas. Por esta vía, con una presencia sindical pormenorizada de discusión y tutela de ese proceso capilar, se podrá avanzar hacia las precondiciones para un pacto social de características no ya puntuales sino globales. Pero antes el sindicato habrá de cambiarse a sí mismo, para ajustar su discurso, su línea de actuación, sus instrumentos de intervención y su organización interna al nuevo paradigma. Si no he agotado con esta entrega la paciencia del editor de este blog ni exasperado a los lectores, me propongo abordar el tema en un comentario posterior. No es un tema fácil, y pido ayuda –a vosotros en primer lugar, José Luis y Miquel- porque temo que mis luces no me basten.


Las reformas, para los reformistas

Soplan vientos de fronda en el mundo laboral, y hete aquí la paradoja tantas veces señalada: la bandera de las reformas la esgrimen las derechas, en tanto que las izquierdas se muestran conservadoras. Es cierto que se trata de unas reformas hostiles a los trabajadores asalariados y a sus intereses, pero también lo es que no hay demasiadas razones para conservar a todo trance lo que teníamos antes. Retados como estamos todos a un pulso decisivo con el capital, no vale demasiado la pena enrocarnos en una trinchera defensiva y librar una batalla de desgaste con el único objetivo de salvar lo que se pueda de un welfare agujereado y descosido, reducido a estas alturas a una colección de jirones y remiendos.
Lo diré con las palabras de Bruno Trentin, que suenan nuevas y flamantes en tu traducción reciente, José Luis: «… la impotencia de los movimientos reformadores y los sindicatos se expresa nítidamente en una legislación social, que podríamos definir de “desregulación asistida”. Es decir, sustancialmente, mediante la acumulación de excepciones a una regla que, en realidad, no tiene ya ninguna validez universal. Sin que transpiren las líneas de una reforma general de las relaciones de trabajo, del contrato de trabajo y de una redefinición de los derechos personales del trabajador en una empresa y en un mercado orientados al uso flexible de la fuerza de trabajo.» (pág. 280 de La ciudad del trabajo).
         Años después de la publicación del libro, la “desregulación asistida” de la que hablaba Bruno sigue ganando cada día nuevos espacios, y los movimientos reformadores y los sindicatos aún mantienen la misma estrategia defensiva. La concreción de un gran pacto por el empleo surgido de abajo podría ser el elemento catalizador de una situación nueva, en la que los partidos de progreso y los sindicatos tomen la ofensiva con la propuesta de reformas profundas. Trentin propone tres grandes objetivos para esas reformas: las relaciones de trabajo en general, el contrato de trabajo y los derechos personales del trabajador en la empresa y en el mercado. Voy a detenerme en particular en el más concreto y palpable de los tres. 

Por un nuevo contrato de trabajo

Este no es un tema fácil, porque choca con algo que he mencionado en otro momento, el imaginario de los trabajadores y de las izquierdas. La costumbre inveterada quiere que el contrato de trabajo “normal” y deseable sea el que se suscribe por tiempo indeterminado y obliga al trabajador a prestar servicios también indeterminados a una empresa a cambio de una compensación dineraria más unos incentivos. A cambio de la fijeza en el puesto de trabajo, la dirección se atribuye la facultad omnímoda de dictar las normas reglamentarias y las modalidades concretas de la prestación del trabajador, establecer los horarios y los ritmos, y cambiarlos a su conveniencia. Por su parte, el trabajador queda obligado a una obediencia estricta a las indicaciones de la dirección sobre la forma de realizar su tarea. Estamos, en resumen, en el paradigma fordista-taylorista puro y duro: en el trabajo abstracto y el trabajador-masa.
Con la quiebra del paradigma, también ha quebrado la norma contractual. Por una parte y tal como lo indica Trentin en el texto citado, se han acumulado las excepciones, los tipos distintos de contrato y de subcontrato, hasta que la “regla” ha perdido toda validez universal. Pero también en el contrato “tipo” se ha roto el equilibrio entre prestación y contraprestación. El trabajador ha perdido la seguridad de la posesión de su puesto de trabajo, amenazado hoy incluso por circunstancias meramente subjetivas (¡la previsión de pérdidas futuras!) Tampoco su salario ha quedado inmune: puede sufrir recortes, y de hecho los sufre. Por el otro lado del contrato, ninguna cortapisa al poder omnímodo del empleador sobre la organización del trabajo ha tratado de reequilibrar la balanza de derechos y obligaciones entre las partes.
La batalla por una reforma justa del contrato de trabajo debería surgir al calor del gran pacto “por abajo” para el empleo que he intentado esbozar en la primera entrega de estas reflexiones. Porque no se trata sólo de reflotar el mundo del trabajo sumergido y conseguir para los jóvenes, para los parados, para los inmigrantes, para los marginados, un empleo cualquiera, un empleo legal y punto. Se trata de ofrecer a todos los asalariados, ellos y los otros, oportunidades iguales, derechos civiles y posibilidades de autorrealización en la prestación de su trabajo legal. En ese empeño el mundo del trabajo heterodirigido podrá contar con el apoyo y la alianza de la pareja de hecho más trascendente del siglo xx (he leído con frecuencia esta feliz expresión en trabajos de José Luis López Bulla; ignoro si es frase suya o tomada a préstamo de otro autor): a saber, la formada por el sindicalismo y el iuslaboralismo. Trentin, jurista de formación además de sindicalista, lo indica así: «No sólo el mercado laboral, sino también el derecho del trabajo, tiene que basarse en nuevas reglas y en la afirmación de nuevos derechos» (La ciudad del trabajo, pág. 282).
El nuevo contrato de trabajo debería hacer emerger, según Trentin (véanse en especial las págs. 266-267 del libro citado), lapersona concreta del trabajador como sujeto que pacta una prestación concreta de trabajo y adquiere no sólo unos compromisos, sino también unos derechos frente a su empleador, y una esfera de autonomía que éste no puede transgredir ni ignorar. El contrato debe describir también de forma específica el objeto del contrato de trabajo, su duración, su cualificación, sus características; ya no vale la referencia a un trabajo abstracto, una prestación innominada de “fuerza de trabajo” utilizable por el empleador a su albedrío. De este modo la relación laboral asciende desde su anterior carácter cuasi-servil para entrar en el terreno de un pacto asumido libremente entre ciudadanos, con derechos y obligaciones recíprocos a los que deben atenerse.
No va a ser fácil sacar adelante un nuevo contrato de trabajo del tipo indicado, por lo que supone de cambio profundo, de revolución, en todo el sistema de relaciones laborales y en el reconocimiento de derechos concretos, derechos civiles, de puertas adentro de las fábricas. Trentin prevé una resistencia a ultranza del taylorismo rampante que todavía impregna todo el universo del trabajo asalariado. Será en todo caso una batalla en la que los adversarios retornarán a sus “seres naturales”. Las derechas se situarán a la defensiva, en posiciones resistencialistas; las fuerzas progresistas, a la ofensiva.
Quiero insistir en algo que ya he mencionado antes: el camino de las reformas debe transitarse en toda su longitud, desde el principio hasta el final. Subrayo ahora: no hay atajos posibles. Cabe la posibilidad, por altamente improbable que sea, de que una oportunidad propicia surgida a partir de imprevisibles cambios en las correlaciones de fuerzas permita plantear en el parlamento, y obtener el voto favorable, de una ley que imponga un contrato de trabajo del tipo que estamos proponiendo Trentin y yo. Si los trabajadores no han asumido antes esa reivindicación, no la han hecho apasionadamente suya, la ley tendrá el mismo destino que las 35 horas semanales que fueron implantadas en Francia en su día.
         La reforma del contrato de trabajo, en cualquier caso, no será un movimiento aislado, una escaramuza librada en un rincón de un campo de batalla volcado hacia objetivos más trascendentes. Se trata de un proyecto que pone el trabajo en el centro mismo de la vida y de la política, que implica una profunda movilización social y ciudadana, que contiene un embrión de proyecto de sociedad nueva. No va a ser “cosa sindical”, meramente. Para tener éxito requerirá la participación encarnizada también de las fuerzas políticas. En el caso, claro está, de que las fuerzas políticas de progreso despierten algún día del ensueño en que están sumidas y dejen de ocuparse de los juegos de palabras y los brindis al sol en que entretienen hoy sudolce farniente parlamentario.

La perspectiva de la refundación del sindicato
        
Acabo mi larga epístola con una breve referencia a las cuestiones “domésticas” del sindicato. Algo he dicho antes sobre los comités de empresa. La nueva realidad de un trabajo subordinado que se desarrolla en unidades fragmentadas, con trabajadores aislados entre sí por más que estén inmersos en un mismo proceso de producción, y con formas distintas de implicación y de participación, ha dejado obsoleto un mecanismo de representación y de defensa que partía de la idea fordista de la fábrica como un universo cerrado y autosuficiente.
         Pero el caso es que los comités siguen vigentes en la legislación. No es posible anularlos de un plumazo. Mientras llega la oportunidad forzosamente lejana de un cambio legislativo, el sindicato habrá de trabajar en las empresas desde una doble perspectiva: no perder pie en los comités, y al mismo tiempo buscar nuevas formas de contacto, de simpatía, de relación y de afiliación con el magma de trabajo precario sometido a las torturas del nuevo paradigma posfordista.
         No acaba ahí el asunto, evidentemente. Hay todo un repertorio de problemas que van acumulándose en la agenda sindical y que exigen soluciones nuevas a las urgencias de la crisis y a las sacudidas tectónicas provocadas por el forcejeo entre el viejo paradigma fordista y el nuevo posfordista, dos metafóricas ruedas de molino que al ludir una con otra trituran el empleo y arrojan a la nada a los trabajadores. Estos problemas afectan de forma colateral también a la estructura del sindicato, a su organización, a su tensión ideal, a su vida interna. Será necesario repensar, desde las formas de encuadramiento y la presencia del sindicato en el territorio, pasando por los nuevos cometidos que han de asumir las federaciones y las uniones, hasta la composición misma de los órganos de dirección, sin perder de vista la importancia creciente del contexto internacional, con la necesidad de una mayor coordinación en dicho contexto de las eventuales iniciativas.
         Pero si con lo escrito hasta ahora he hecho gala de un atrevimiento inaudito, el entrar a opinar sobre los temas internos del sindicato caería de lleno en la impertinencia. Quiero declarar antes de poner punto final mi confianza intacta en los sindicatos, y en que las personas que los dirigen sabrán encontrar las soluciones pertinentes a todo este cúmulo de problemas; además de mi esperanza consistente en que el sindicalismo, en nuestro país como en el mundo, seguirá ocupando un lugar destacado en un futuro más amable.


jueves, 2 de mayo de 2013

EL CENTAURO SINDICATO Y LAS CASTAÑUELAS

Fascinado por la metáfora del profesor Romagnoli sobre el  EL SINDICATO Y EL CENTAURO,  he pedido a José Luis López Bulla una explicación más detallada sobre su significado, y José Luis en contrapartida me invita a expresar mi propia opinión al respecto. Invitación aceptada.

        
En su origen el sindicato es una asociación de productores o de trabajadores en defensa de sus intereses comunes. A partir de esos inicios modestos y eminentemente privados, el sindicalismo empieza a plantearse históricamente metas más ambiciosas y a representar ante los poderes públicos derechos, intereses y reivindicaciones de estratos cada vez más amplios y diversificados de trabajadores asalariados: nacen las uniones, las federaciones y finalmente las confederaciones, unas apolíticas, otras plurales, y otras aun, políticamente decantadas y posicionadas. En cualquier caso, todas siguen instaladas en el ámbito de lo privado y el mandato que reciben para representar a los trabajadores depende únicamente de su relación directa e inmediata con ellos.
        
En los momentos de apogeo del Estado social, mediado el siglo xx para la mayoría de los países europeos –y con considerable retraso en España, ya que aquí bajo el franquismo existía una versión peculiar (vertical) del sindicato, único, de afiliación obligada, de carácter público y con representación en Cortes; un engendro fascista no asimilable a ningún sindicato digno de este nombre--, se produce un salto de cualidad y los sindicatos democráticos adquieren connotaciones de instituciones también públicas, puesto que trabajan junto al gobierno y los partidos políticos del arco parlamentario en asegurar la estabilidad y el progreso del sistema. Para simplificar las complejas mediaciones entre el poder estatal y la sociedad civil, se establece entonces una “representatividad” presunta de orden general que se reconoce por ley a determinados sindicatos que han acreditado un arraigo suficiente. Éstos quedan calificados para negociar y decidir determinadas cuestiones en nombre de todo el universo de los trabajadores asalariados: no sólo los convenios colectivos de eficacia general sino además, y de forma más peligrosa, otros pactos globales, con intervención del propio gobierno, referidos a cuestiones sociales.

Así queda plasmada la naturaleza centáurida del sindicato. Posee una representación “propia” derivada de su arraigo en el suelo social: de su afiliación, de las formas de encuadramiento que establece, del grado de democracia interna que practica, etc. Y sobreañadida, una “presunción” o ficción jurídica que le otorga una representación general en determinados órdenes señalados en las leyes.
        
Hoy las políticas de la derecha para el manejo de la crisis global que nos aflige han arrumbado el Estado social y amenazan cercenar todas las connotaciones “públicas” de los sindicatos y expulsarlos al limbo de lo irrelevante. La fuerza misma de las cosas empuja a una reconsideración global de la posición del sindicato en relación con la sociedad civil y ante el Estado.
         Y la solución no está en la invocación clásica del paralítico que se cayó por el barranco: “¡Virgencita, que me quede como estoy!” El peligro de una reafirmación de la condición híbrida del sindicato, supuesto que se soslayen las tormentas políticas que se avecinan, es que la inercia adquirida por la presencia continuada en ámbitos institucionales lleve al sindicato a sustituir de forma abusiva su representación propia por la ficción de una representación general y no discriminada. Que hable por los trabajadores sin consultar en concreto a los trabajadores. De esta forma su credibilidad se resiente, su representación real disminuye, y sectores crecientes del universo asalariado se apartan, e incluso se enfrentan con él, y reclaman, a través de la democracia directa de las asambleas, “más” democracia a secas.

         Tenemos al centauro enfermo. Y está por decidir si ha de ocuparse de su dolencia el médico o el veterinario. Romagnoli no aclara a quiénes corresponden en su metáfora estas dos figuras: dice sólo que encontró la pregunta plausible. Intuyo que también en este punto se refiere a la dicotomía de lo público y lo privado. De un lado la posibilidad de buscar una reafirmación en el ámbito de lo público, a través de un gran “pacto de Estado” con cambios de legislación que dibujen un sindicato funcionarial, una especie de apéndice de la administración para la gestión del empleo. O bien, en el ámbito de lo privado, a través de la búsqueda exterior de alianzas, adhesiones o correas de transmisión varias con partidos, movimientos u organizaciones diversas, sin tocar los órganos internos. Las dos vías resultan de corto recorrido; ninguna de las dos ofrece unas perspectivas medianamente viables, y de hecho así se sugiere en la respuesta de Romagnoli, que es un acto de fe en el sindicato y en sus potencialidades: en épocas de tribulación, el propio sindicato es capaz de aplicarse el remedio oportuno.

         Volvemos así al tema de la autorrefundación, del autosanamiento del sindicato. Insinúa Romagnoli, o acaso me lo figuro yo, que esa operación sólo es posible a través de una vuelta a los orígenes, es decir de la reconsideración atenta del vínculo de confianza en el que reposan la relación directa con los trabajadores concretos y el carácter de la mediación sindical para la defensa de los derechos y las aspiraciones del mundo del trabajo heterodirigido. Tema morrocotudo el de la refundación, te decía yo; un sobrero reservón y marrajo que aguarda en los toriles a punto de salir al ruedo y que habrá que lidiar “sí o sí”, como se dice ahora en la jerga de las gestas deportivas. Al respecto conviene recordar la cita que hacía Eugenio D’Ors de alguien que encabezaba su método para aprender a tocar las catañuelas con la siguiente recomendación: “Las castañuelas no hay obligación de tocarlas, pero de hacerlo, es preferible tocarlas bien que tocarlas mal.” Igual pasa con la refundación del sindicato. Sólo que estas catañuelas, sí hay obligación de tocarlas.


martes, 12 de febrero de 2013

TIEMPO DE FÁBRICA Y TIEMPO DE VIDA

Lo que sigue no es un trabajo elaborado y coherente, sino unas notas a pie de página que sirven de comentario a un párrafo de Vittorio Foa, en su libro Il Cavallo e la Torre.Riflessioni su una vita. El párrafo en cuestión, que un improbable lector curioso puede encontrar en la página 278 de la edición de Einaudi, es el siguiente (traducción mía):

«Cuando estaba en prisión me interesó la percepción del tiempo en los reclusos sometidos a condenas largas. Para la crítica a aquel tiempo “espacializado”, divisible hasta el infinito y por tanto inmóvil por la imposibilidad de recorrerlo, en otras palabras para la crítica de la concepción eleática, me ayudó la lectura de un libro hoy olvidado: L’évolution créatrice de  Henri Bergson.  Esa percepción del tiempo carcelario la llevé conmigo al trabajo sindical y la reencontré en el trabajo fragmentado y subfragmentado de la organización científica del trabajo, en el taylorismo. La cadena se me representó como el modelo llevado al extremo de la alienación del trabajo asalariado. [...] Ese modelo tan privado de sustancia, adaptado superficialmente a la sociedad industrial automatizada e informatizada, sigue perseverando en el seno de una izquierda huérfana de las viejas certezas. Para ella la alienación del trabajo ha invadido la vida entera; después de haber perdido el sentido del trabajo, las personas habrían perdido el sentido mismo de la vida.»

Vamos por partes.

1)  Me interesó la percepción del tiempo en los reclusos sometidos a condenas largas.

Vittorio Foa fue juzgado en 1935 por actividades antifascistas y condenado a 15 años de prisión. Fue puesto en libertad en 1943 y se incorporó de inmediato a la Resistencia. En sus memorias dedica un capítulo entero a su experiencia carcelaria, y en él analiza en varias páginas la percepción del tiempo en la cárcel. Resumo deprisa su análisis: para el recluso el tiempo de vida se convierte en simple “espera”, un vacío que es necesario colmar de alguna manera. Lo consigue por medio de divisiones y subdivisiones continuas que intentan diferenciar ese tiempo siempre igual e imprimir a cada porción un contenido significativo, por irrelevante que éste sea: la hora del patio, la llegada del correo, el reparto de la minestra, la lectura del periódico... Tiene lugar por esa vía una deformación paulatina en la percepción psicológica del tiempo, que parece desmenuzarse y alargarse indefinidamente. La deformación se va acentuando cada vez más, de modo que, para un recluso condenado a diez años, el décimo año de condena resulta mucho más largo que, por ejemplo, el cuarto, porque el tiempo carcelario se identifica estrechamente con la espera del momento de la libertad, y esa espera exacerbada, vacía de los elementos de socialización, de aprendizaje, de trabajo físico y mental que suelen arropar nuestra vida, se hace más y más insoportable. Tal y como lo expresa Foa, «el tiempo ya no se mide por su contenido en acciones: sus unidades se convierten en recipientes delimitados geométricamente que se trata de rellenar con unidades de tiempo geométricamente menores.»

2)  Para la crítica a aquel tiempo “espacializado”, divisible hasta el infinito y por tanto inmóvil por la imposibilidad de recorrerlo, en otras palabras para la crítica de la concepción eleática...

Los “jefes de fila” de la escuela eleática de la filosofía griega fueron Parménides y su discípulo Zenón. Zenón de Elea formuló en el siglo V el siguiente problema o “aporía”, muy conocido: en una carrera entre Aquiles, el más veloz de los héroes griegos, y una tortuga, si se da ventaja de salida a ésta, Aquiles nunca la alcanzará porque en el tiempo que tarde en recorrer el espacio que le separa de la posición inicial de la tortuga, ésta habrá avanzado algo y se encontrará en un segundo punto; cuando él llegue a ese nuevo punto, la tortuga se habrá movido a un tercer punto; y así, de fracción en fracción de espacio-tiempo cada vez más reducidas, Aquiles se acercará infinitamente a la tortuga, pero no podrá rebasarla.

3)  Esa percepción del tiempo carcelario la llevé conmigo al trabajo sindical y la reencontré en el trabajo fragmentado y subfragmentado de la organización científica del trabajo, en el taylorismo. La cadena se me representó como el modelo llevado al extremo de la alienación del trabajo asalariado.

Y aquí sucede algo asombroso. Una antigualla del siglo V antes de Cristo, un problema filosófico teórico ridiculizado por sus contemporáneos y rebatido por Aristóteles, viene a encontrar su justificación en pleno siglo XX industrial. La vieja aporía de Zenón se cumple en sus términos exactos en la cadena de montaje de una fábrica organizada según el sistema del ingeniero Taylor. Con sus acciones estereotipadas y descompuestas fragmento a fragmento en gestos simples cronometrados hasta la fracción de segundo, Aquiles y la tortuga se igualan. No hay forma humana de que el más ágil, el más inteligente, el más preparado se distinga del más torpe. El trabajo humano se ha convertido en un fondo anónimo e indistinto, el tiempo en un vacío abstracto, la fábrica en un mecanismo deshumanizado. El tiempo de la fábrica se asocia así al tiempo de la prisión: es un tiempo geométrico, una larga espera alienada que se rellena con una serie de gestos repetitivos, desprovistos de sentido para el trabajador.

No hace falta insistir más en este punto. Bruno Trentin, en La ciudad del trabajo, ya ajustó las cuentas de forma convincente con el ingeniero Taylor y su nutrida claca de admiradores, así en la derecha como en la izquierda(1). Sigamos.

4) ... me ayudó la lectura de un libro hoy olvidado: L’évolution créatrice de Henri Bergson.

Para saber más sobre el asunto, me bajé el libro citado de Bergson de un sitio de internet que ofrece gratuitamente los clásicos franceses de las ciencias sociales: Francia es insuperable en todo lo relacionado con la difusión de su propia cultura.

Pues bien, según Bergson damos el mismo nombre, “tiempo”, a dos realidades diferentes: el tiempo de los matemáticos, abstracto, mensurable e infinitamente divisible, y el tiempo vital, que él llama “duración”. A diferencia del tiempo abstracto la duración, dice, muerde, y deja en nuestra carne la huella de sus dientes. Se refiere, claro es, a los procesos de crecimiento, plenitud y decadencia física, pero también a otra cosa: la duración nos acompaña como el halo gaseoso, la atmósfera que rodea determinados astros. Y a medida que la vida avanza, ese halo va haciéndose cada vez mayor, más voluminoso, como la bola de nieve que rueda por una ladera: a él se acumulan todos los procesos de aprendizaje, de socialización, de adaptación al medio, de cultura. Es decir, lo que llamamos experiencia vivida, todo lo que se almacena en nuestra memoria, la sustancia misma de que está hecha la historia.

Cuando hablamos de tiempo, tendemos a pensar en la primera de las dos realidades. Desde la escuela nos hemos acostumbrado a problemas del tipo siguiente: un tren viaja de A a B, un trayecto de320 km, a una velocidad media de 55 km/h. Si sale de la estación A a las 12.00, ¿a qué hora se cruzará con otro tren que viaja de B a A, y ha partido a las 12.40 desarrollando una velocidad media de 45 km/h?

Espacio, tiempo y movimiento son entidades abstractas, desprovistas de vida, en un problema así. Para la solución no cuentan esos incidentes que salpican la vida real de las personas, ya sean la avería de una catenaria o las peripecias de una guerra civil como las que dan sustancia a un clásico del cine que tiene el mismo argumento del problema: “El maquinista de la General”.

5)  Ese modelo... sigue perseverando en el seno de una izquierda huérfana de las viejas certezas. Para ella la alienación del trabajo ha invadido la vida entera; después de haber perdido el sentido del trabajo, las personas habrían perdido el sentido mismo de la vida.

Y ese es el problema, dice Foa, que hizo fracasar en su momento la ley francesa de las 35 horas. Los trabajadores no se identificaron con la iniciativa legislativa. Reducir la “cantidad” de tiempo de trabajo no resuelve el problema, cuando lo que debe cuestionarse sobre todo es la “calidad”, la apropiación por parte del trabajador de su tiempo, la incorporación de cuando menos algún grado de autonomía sobre su trabajo, que ahora le es sustraído, amputado por así decirlo del conjunto de sus aspiraciones vitales. En un artículo de Umberto Romagnoli aparecido hace muy poco en este blog, se aborda esa dicotomía del trabajador-ciudadano, del ciudadano que lo es en la medida en que es trabajador. Y se cita precisamente otra frase de Foa en este mismo libro: los sindicalistas solemos pensar en el obrero en relación únicamente con su trabajo y con sus intereses materiales, pero el obrero tiene una vida que va más allá de la fábrica.

Es el equilibrio de la vida completa, la perspectiva global “dentro” y también “fuera” de la fábrica, lo que importa resolver. Y en esa doble tarea es donde pierde pie una izquierda política vincente que ya no puede delegar en el Estado la solución de todas las injusticias que afligen a la sociedad civil.

6)  El Caballo y la Torre

Una coletilla ajena a la cuestión, para terminar. La íntima relación entre espacio, tiempo y movimiento es una característica sobresaliente del juego del ajedrez. Vittorio Foa era, como yo mismo lo soy, un apasionado de ese juego, y dio como título a sus memorias el nombre de dos piezas emblemáticas. La torre se asocia al ataque frontal, al choque. Se mueve con rapidez: en un tablero despejado puede llegar a cualquier casilla en uno solo o dos movimientos todo lo más. El caballo, por el contrario, tiene un radio de acción limitado y un movimiento lateral. Es lento en su avance. Puede situarse en cualquiera de las 64 casillas del tablero, pero para ello precisa tiempo: cinco, seis movimientos tal vez para llegar a una casilla lejana. La torre simboliza la fuerza, el caballo la estrategia. Son piezas muy diferentes, pero las dos capaces, a su manera y dentro de las leyes del juego, de dar jaque mate al adversario.

(1) 
LA CIUDAD DEL TRABAJO