martes, 27 de agosto de 2013

La solidaridad en tiempos de la cólera

Riccardo Terzi tiene la virtud de proponer siempre temas esenciales. No puede ser más oportuna su llamada a recuperar la vieja solidaridad: a desentrañar su sentido último y a desarrollarla de una manera eficaz en un contexto, el de la globalización, particularmente hostil. Porque corren los tiempos de “la” cólera, diría, parafraseando un título famoso de Gabriel García Márquez.

Explora Terzi, en su artículo “La idea de la solidaridad” (1), los límites y el alcance de la pulsión solidaria, y destaca acertadamente su carácter universal. Es falsa y perversa la solidaridad limitada a un grupo en pugna con otros diferentes, ese tipo de solidaridad que funciona a partir de la identificación de los “míos” frente a los otros. Porque el sujeto de la solidaridad es siempre la persona en cuanto tal, y no un grupo (étnico, religioso, etc.) o una clase social; la solidaridad, dice Terzi, está directamente conectada a la condición humana, afecta a la “autonomía” y a la “dignidad” de la persona, de todas las personas.

Apunta Terzi dos grandes corrientes de tradición solidaria: el socialismo y el cristianismo. La afirmación es cierta sin la menor duda, pero entiendo que conviene ahondar más en esta cuestión. No el socialismo, sino la socialidad; no el cristianismo, sino la religión, son las bases de la pulsión solidaria. La socialidad nace en la historia, o mejor dicho en la prehistoria, de la humanidad con la división del trabajo; la religión nace con la necesidad, estrechamente conectada a la anterior, de organizar los colectivos humanos según un principio de jerarquía. Milenios antes de que nacieran el cristianismo y el socialismo, los neandertales cazaban el mamut con estrategias colectivas que implicaban la coordinación precisa y la puesta en común de esfuerzos de orden muy diverso. No sólo los de los cazadores: las mujeres tejían, preparaban las redes y guardaban el fuego, y los ancianos instruían a los niños de corta edad en las costumbres y los tabúes del clan, y también en las técnicas y las habilidades que necesitarían más adelante para sobrevivir. La primitiva división del trabajo en el grupo garantizaba el alimento, el abrigo y la seguridad de todos. Y fue en ese proceso complejo, en el que de la actuación diligente de cada miembro dependía un resultado favorable o adverso para la colectividad, en el que cada nuevo día exigía la coordinación de los esfuerzos comunes para superar una apuesta a vida o muerte, en donde echó raíces sólidas el sentimiento de la solidaridad, y donde nacieron la socialización y con ella todo el progreso del género humano. Con el paso del tiempo creció y se diversificó la división del trabajo, y también la solidaridad se transformó, se extendió y se perfeccionó. La idea central, en todo caso, siguió siendo la misma: cada uno trabaja no sólo para sí sino para el conjunto, el intercambio de bienes y de servicios favorece a todos, y ese proceso implica y exige también la atención a los miembros más débiles e indefensos de la colectividad. Por el contrario la tendencia al individualismo y el egoísmo, siempre presente también en la historia de la humanidad, condujo a la aparición triunfal de la propiedad privada, que el joven Marx consideró una perversión atroz de la naturaleza; y, andando el tiempo, generó otras secuelas indeseables, como las actuales finanzas especulativas globalizadas.

Encuentro poco sentido, de otro lado, a la distinción que apunta Terzi entre una tradición solidaria “socialista” dirigida a combatir las causas del sufrimiento y la marginación, y una tradición “cristiana” volcada a remediar los efectos. Si se refiere a la Iglesia católica en particular, es forzoso reconocer que en muchas ocasiones ha practicado una labor asistencial abnegada, pero sin cuestionar las políticas concretas que generaban desigualdad y marginación. Mi abuela llamaba a ese género de práctica poner “paños calientes”, y lo consideraba de escasa eficacia curativa. También es cierto que el socialismo real descuidó el bienestar concreto de los trabajadores, de “sus” trabajadores, en aras a potenciar un partido y un Estado todopoderoso que habían de ser los guías de una emancipación social siempre relegada al futuro. Hemos estudiado a fondo con el maestroBruno Trentin esos avatares, y hemos dejado escritas en su lugar las críticas oportunas (2). Lo importante hoy es, en todo caso, la necesidad de actuar a un tiempo y de forma coordinada tanto contra las causas como contra los efectos de una política de rapiña y de abuso que margina a sectores muy definidos y cada vez más amplios de la sociedad.

Dicho con las palabras de Terzi: «En la realidad se ha abierto un sinfín de contradicciones, sociales y culturales, que no puede ser afrontado sólo con los recursos de la ética y con la reclamación de derechos, sino que exige estrategias políticas y capacidad de gobierno y regulación de los procesos. Hasta ahora no ha habido soldadura alguna entre el discurso ético y el discurso político.» Dicho de otra forma: el discurso político predominante está desguazando paso a paso las instituciones del welfare, que expresaban una solidaridad social insuficiente sin duda, pero al menos pública y expresa. El trabajo ha dejado de ser contemplado como una actividad colectiva fuente de riqueza y de progreso, y menos aún como un valor significativo en la estructuración de la sociedad. La sociedad, en consecuencia, se desestructura progresivamente en medio de la “indiferencia globalizada” a la que tal vez se refería en su alocución el papa Francisco. El Estado “democrático” deja a la ciudadanía abandonada a sus propios recursos y afronta sin pestañear una etapa de pérdida neta en la calidad de vida de los ciudadanos, o, para decirlo de nuevo con Terzi, en la «autonomía» y la «dignidad» de las personas.

Pues bien, está claro que hemos perdido la senda del bienestar y del progreso. La aldea global se ve enfrentada una vez más a la alternativa de sobrevivir o perecer. Hemos de volver a salir a cazar el mamut: con nuevas estrategias, con técnicas novedosas, con alianzas hasta ahora inverosímiles, pero estamos todos convocados a la supervivencia. Como ha sucedido siempre, el trabajo, el compromiso, la solidaridad, la cooperación, la primacía de lo colectivo por encima del egoísmo individualista, son las armas de las que disponemos. Con ellas hemos de conquistar un futuro que, como ha dejado escrito el profesor Fontana, hoy y para nosotros ha pasado a ser “un país extraño”.

(1) LA IDEA DE LA SOLIDARIDAD, Riccardo Terzi.


(2)  Bruno Trentin. La ciudad del trabajo, izquierda y crisis del fordismo en http://capaspre.blogspot.com.es/


jueves, 15 de agosto de 2013

SUSAN GEORGE VERSUS CHRISTINE LAGARDE

Ayer Carmen se tropezó en el portal de casa con un vecino del bloque, jubilado, que ejerció en tiempos el oficio de peluquero de señoras.

-¿A pasear con los niños? –dijo el hombre, y Carmen aclaró:
-Son mis nietos.

-No es posible –se hizo cruces el peluquero- ¿Sus nietos? Yo los hacía sus hijos, y me parecían ya muy crecidos…
No era un error (nos conoce bien), sino una galantería: un piropo, que se decía antaño. A Carmen le sentó como una patada en la boca del estómago, porque estos ya no son tiempos.

 Tiempos eran aquellos (principios de los sesenta) en que, recién ingresado en la universidad, asistí a la inauguración solemne del curso académico en el Aula Magna de la Complutense con don Leonardo Prieto-Castro, decano de la Facultad de Derecho, como conferenciante.

-La mayoría de ustedes… –discurseó don Leonardo. Jamás llamó de tú ni siquiera a un humilde estudiante de primer curso.- La mayoría de ustedes son demasiado jóvenes para haber vivido la terrible experiencia de nuestra guerra civil. La totalidad de las señoras presentes (aquí una elegante reverencia), por supuesto, también lo son.

Hubo un cloqueo de risa satisfecha entre las mentadas señoras, esposas por lo general de los cátedros del plantel. En los años a que me refiero, dicho sea entre paréntesis, era aún impensable la existencia de una señora catedrática, ni de Derecho ni casi de ninguna otra cosa. Bajo el franquismo, en el terreno de la cultura las mujeres sólo podían representar el sufrido papel de florero.

Convengamos pues en que ya no son tiempos para galanterías. Lo digo pensando en dos mujeres concretas, francesas las dos aunque la primera nació en Estados Unidos: Susan George y Christine Lagarde. Susan George dirige el Observatorio de la Mundialización, con sede en París, y desempeña otros cargos relevantes. Fue hasta hace pocos años vicepresidenta de ATTAC. Ha señalado hace unos días que no será posible atajar la crisis económica mientras no se ponga coto de alguna forma a los movimientos especulativos de capitales transnacionales. Christine Lagarde, directora del FMI, no está ni de lejos por esa labor: su receta para España es recortar en un 10% los salarios.


sábado, 10 de agosto de 2013

LA NOVEDOSA POLÍTICA DEL CEMENTO

Querido José Luis.

Apenas unos días después de la aparición de mi denuncia sobria pero firme del cambio del objetivo estatal de lucha contra la pobreza por el de la lucha contra el déficit, la señora Lagarde, jerarca del FMI, ha conminado a Mariano Rajoy a reducir un 10% los salarios en España. El comisario europeo señor Rehn se ha apresurado a apuntar a título personal que la idea le parece buena, y luego ha sido toda la Comisión, en plan colectivo, la que ha dicho que también ellos estaban barruntando soluciones parecidas.

Me llamarás paranoico, José Luis, pero yo veo una relación entre mi denuncia de la quiebra del contrato social de Juan Jacobo Rousseau y la respuesta fulminante de la troika. Sé lo que vas a decir. Me dirás que me ha dado en este caso un ataque injustificado de importancia. Me contarás el caso de aquella viejecita convencida de que la primera guerra mundial era un castigo personal de dios porque había sido infiel a su marido una noche de verano. Pero mira, no hay que confundir, dios es dios y el FMI es el FMI. Razonarás quizá (y sé que lo harás sólo por tranquilizarme) que en el FMI y en la Comisión Europea nadie lee tu blog; pero sabes tan bien como yo que sí lo leen. Hay un espionaje masivo desde Washington de todas las comunicaciones europeas, y se va descubriendo de día en día que no sólo es el chalao de Obama, que aquí también cada país espía todo lo que puede a los vecinos: se escudriñan los emails, los esemeses, los wachaps, lo que sea. Con mayor razón, los blogs del proletariado militante.

Te cuento un caso adyacente pero significativo: un amigo escribió a una colegui el siguiente SMS: “po k no no vemo tatarde y shamo un buen porbo, Pili?” Veinte minutos más tarde tenía nueve mensajes nuevos en su móvil. Uno era la respuesta de Pili (“Piérdete”); seis eran anuncios de Viagra adquirible con rebajas variadas y en cómodos plazos; uno era de una marca de condones, y el último era un link con una homilía del obispo de Tudela sobre los beneficios espirituales de la continencia. Si esto, José Luis, sucede en lo que llamaríamos el sector privado, imagínate cómo estarán las cosas en el nivel de las instituciones.

Y si no, ¿por qué esa recomendación de la señora Lagarde a España, y no, pongamos, a Mozambique o a Bangladesh? Todo el mundo puede darse cuenta de lo oportuna que sería una drástica reducción salarial en Mozambique y en Bangladesh con el objeto de relanzar las exportaciones y dinamizar la economía, y sin embargo, que yo sepa, nadie les ha sugerido nunca una cosa así en voz alta. Ni a Kenia, ni a las islas Salomón, ni siquiera a Bolivia que es un grano en el culo del FMI desde que está al timón Evo Morales. Lo normal es que en los asuntos internos reinen la discreción y la cortesía, y los dirigentes globales disimulen si un estadista liberal y de orden como Mariano Termidor da un patinazo ocasional. ¿Por qué en este caso no?

Mucho me temo que se trata de un caso clásico de acción/reacción: tú me tocas las partes nobles con Juan Jacobo, pues yo te receto un diez por ciento de recorte en los salarios. Y no insistas en buscarme las cosquillas, porque me vas a encontrar de verdad.

Y mientras tanto, la pérfida Albión sembrando de hormigón la bahía de Algeciras. ¿Crees, José Luis, que también ese deplorable asunto tiene relación con nosotros? Saludos, Paco.


Querido Paco, pregunta retórica la que me haces al final de tu amable carta. Sospecho, en todo caso, que la grita gribaltareña está pactada. El premier británico le echa un capote a Mariano Rajoy, el Empecinado Chico, y éste le devolverá el favor un día de estos, ¿estamos?  Tuyo en la Idea, JL

miércoles, 24 de julio de 2013

Fenómeno y epifenómeno

Conviene, en efecto, distinguir en el presente caso el fenómeno del epifenómeno, es decir, para entendernos, la infraestructura de la parafernalia; o más castizamente expresado, el jamón de las chorreras.

El fenómeno, me adelanto a decirlo, es la quiebra del contrato social, aquel que teorizó en tiempos pretéritos don Juan Jacobo Rousseau. Había un contrato imaginario en virtud del cual el individuo, asocial por naturaleza, renunciaba a sus instintos de lobo solitario y se unía a la manada dando por bien empleada la pérdida de parte de su libertad y de sus ingresos a cambio de la protección y la seguridad que el Estado benefactor (simplemente benévolo en algunos casos) podía asegurarle. En este esquema clásico, el Estado era un artificio compuesto según arte novedosa para reunir a su alrededor a los ciudadanos como la clueca agrupa bajo sus alas a los polluelos.

Pues bien, el esquema se ha roto. El Estado ha olvidado su vocación primigenia de Supernanny de la ciudadanía, y no ha tenido empacho en abandonar el nido. Sus objetivos y sus prioridades han cambiado. Si antes estaba escrito en mármoles en el artículo primero de todas las Constituciones que la razón de ser del Estado era la felicidad de sus ciudadanos, ahora lo que queda subrayado con doble trazo es que se atendrá escrupulosamente al equilibrio presupuestario dictado por las autoridades financieras globales para no incurrir en pecado mortal de déficit. Caiga quien caiga; y ya se sabe en este caso quién suele caer.

El Estado se ha ensimismado. Ya no mira hacia fuera, sino hacia su propio ombligo. Hablo del Estado democrático, por supuesto, con todos sus distintos aparatos y adminículos, incluidos el parlamento, los tribunales, las instituciones de crédito, la policía y los partidos políticos del arco parlamentario, necesitados también de cuadrar como sea el estadillo de ingresos y gastos. Los códigos penales no han cambiado aún, o han cambiado apenas, pero se intuye que en el nuevo paradigma en vigor (no sólo estamos situados en el postfordismo sino en el postwelfare), criminales serán aquellas personas que atenten de una u otra forma contra la austeridad presupuestaria: los parados, los pensionistas, los escolares, los desahuciados. Gente, en una palabra, sin escrúpulos, dispuesta a gastar, sin tasa y desoyendo todas las advertencias, unos recursos escasos.


Hasta aquí el fenómeno. El epifenómeno, las chorreras del jamón, son las formas con que se ha adornado ese proceso en España. Sentenció Giulio Andreotti hace bastantes años que en la política española “manca finezza”, falta finura. Era la época de don Felipe González al frente del gobierno, de modo que vayan ustedes evaluando mentalmente el radio de la curvatura de la trayectoria seguida desde entonces. Bajo el mandato del actual presidente termidoriano, todo lo que podía hacerse de una forma chapucera se ha hecho, incluso se ha exagerado. El globo del equilibrio financiero no se ha elevado impulsado por un atildado saneamiento de las estructuras, sino que se ha finchado por retambufa a partir del gas mefítico generado en unas alcantarillas de eficaz diseño y copyright de la Marca España, llamadas “bárcenas” en lengua castellana y “millets” en la catalana. Y no sólo se ha abandonado a su suerte a la ciudadanía desamparada: se la insulta a diario con declaraciones ante micrófonos o con tuiters, con desgarro ( “Que se jodan” dixit la joven congresista Andrea Fabra, que no ha dimitido), con la mueca despectiva de un magistrado Cobos que considera su militancia política como una cuestión irrelevante a la hora de calibrar su imparcialidad (y tampoco ha dimitido), o con las sensacionales declaraciones de don Mariano sobre el tema de Bárcenas (cuando se anime a hacerlas): “Aquí, señoras y señores, no ha pasado nada, salvo alguna cosilla que es lo que viene apareciendo en la prensa.”

jueves, 11 de julio de 2013

Casi todo nos viene de Grecia (2ª Crónica ateniense)

Querido José Luis.

Durante diez días hemos estado recorriendo en familia el Peloponeso de punta 
a punta, desde, digamos, Epidauro, hasta Methoni. Hemos contemplado muchos pedruscos históricos y hemos corrido a refrescarnos en muchas playas huyendo de un sol que abrasa la piel. De otro lado, han sido diez días de apagón informativo: sin televisión, sin conexión a internet y sin periódicos locales o foráneos porque las gentes de estos lugares pasan de tales moderneces. Sólo en Olimpia, lugar clasificado en el patrimonio mundial y meta de excursiones en autobús para pasajeros de cruceros mediterráneos, pudimos encontrar un quiosco de prensa absolutamente extranjera y del género papel satinado, de cuyas portadas no pudimos sacar gran cosa de provecho. Divorciado de la actualidad y entregado a mis propios recursos, me he dedicado por las noches a redactar algunas divagaciones o generalidades que te ofrezco por lo que valgan, sin ánimo de lucro y a beneficio simplemente de inventario. Ahí van. (1)

1.    CASI TODO NOS VIENE DE GRECIA

No lo digo para argumentar que una Unión Europea sin Grecia ni sería Unión ni sería Europea, porque no vale la pena argumentar lo obvio. Lo digo porque, además de la filosofía, las ciencias experimentales, el deporte, el teatro y otros muchos inventos, debemos a Grecia tanto el nombre mismo de la política como casi todo el utillaje concreto de conceptos y posicionamientos posibles relacionados con ese arte, u oficio, o quehacer, directamente ligado a la vida de la “polis”. En positivo y en negativo: de los griegos nos vienen la anarquía y la monarquía, la democracia y la demagogia, el tirano y el tiranicida. Todo está ahí a mano, ready-made, desde la época antigua. Basta alargar la mano y elegir el arma de la panoplia que uno desea usar.
    
        Entre esos conceptos básicos de la política hay dos, extraídos de la geometría o de la topografía, que tienen un hondo significado: son, expresados en lengua helénica, el Kentro y la Perifería. Susentido se percibe de inmediato: Kentro es el núcleo, el quid del asunto, y Perifería todo lo que lo rodea. En la Grecia actual, y considerados tanto los aspectos políticos como los demográficos, el Kentro indiscutible es Atenas y se distinguen dos Periferías: la primera comprende todo el territorio incluido dentro de las fronteras del Estado griego, tanto en el continente como en las islas, y la segunda Perifería es la de la emigración, la de los griegos asentados de forma permanente en países extranjeros. Hay bastante equilibrio demográfico entre los tres grupos, aunque de todos modos Atenas es el de mayor población de los tres; y el menor, la primera Perifería. La posición de Atenas es inatacable; es la sede tanto del gobierno como del parlamento, del alto estado mayor de los ejércitos, de la Administración, de las oficinas centrales de los bancos y las principales industrias, del kilómetro 0 de las carreteras, del puerto (El Pireo) y del aeropuerto; incluso de la conferencia episcopal ortodoxa. Kentro puro y duro todo él, no hay color. En cuanto a lo que tiene alrededor, un habitante de la primera Perifería tiene estadísticamente las mayores posibilidades de residir en Salónica, la metrópoli del norte. (Los tesalonicenses tienen fama de raros para los griegos de Atenas, que han dado en llamarles “búlgaros”. El tema de la rivalidad entre las dos ciudades y el curioso apodo acuñado por los atenienses pueden repugnar a muchas personas de nuestra España, pero no hay remedio, son cosas de aquí y hay que aceptarlas sin protestar.) Un habitante de la segunda Perifería tiene las mayores probabilidades estadísticas de residir en Astoria, Brooklyn (Nueva York, EUA) o bien en Chicago, pero puede que la situación varíe en los próximos años si se mantiene la acusada tendencia al éxodo de graduados universitarios griegos a Centroeuropa y a Escandinavia.

            Atenas era ya el Kentro, aunque mucho más diluido, en la época de Pericles, y gracias a la superioridad estratégica de su marina de guerra, la llamada talasocracia, se empeñó en dominar por la brava a las polis próximas y lejanas. Con escaso fruto, tal y como relató Tucídides. Las polis de la antigüedad clásica estaban en guerra permanente unas con otras, salvo en dos tipos de ocasiones excepcionales: una, cuando la presencia de una amenaza extranjera considerable (léase troyanos o persas) exigía la coalición de todos los griegos en la tarea común; otra, durante las treguas sagradas que se establecían cada cuatro años para la celebración de los juegos olímpicos. Es decir, su situación era prácticamente igual a la de nuestro Estado de las autonomías: todos contra todos salvo contadas excepciones, cambiando los persas por el FMI o Standard & Poors, y añadiendo a los juegos olímpicos los mundiales y los europeos de fútbol. Pero con una diferencia importante: en la Grecia antigua no había Estado. Llamo la atención del lector sobre el hecho de que “Estado” es una de las pocas palabras de la política que no procede del griego. Otra de ellas, curiosidades de la vida, es “federalismo”.

            El caso es que Atenas fracasó como Kentro en la antigüedad; sólo se consolidó una especie de Estado en estas tierras cuando el relevo de una Atenas de capa caída lo tomó Macedonia, con Filipo y su hijo Alejandro. Y el ensayo duró poco tiempo, porque quien realmente consolidó el Estado en la historia fue, como todo el mundo sabe, Roma, que lo hizo de rebote gracias a un invento genial: la Administración. Casi se podría decir que Jehová hizo toda la faena sucia en aquellos siete días épicos, y luego Roma le puso la guinda ala Creación, con el milagro de hacer nacer la Administración de la nada, como había ocurrido con todo lo anterior. Una vez creada la Administración, ya podía venir detrás el Estado envuelto en majestad y con todos los atributos de su prosopopeya.

2.    EL ESTADO CONTRA SÓCRATES

Ahora, claro, la situación es muy distinta y Grecia cuenta con un Estado internacionalmente homologado cuyo Kentro es Atenas. Los atenienses son muy conscientes de esa situación. Muchos no son autóctonos de la capital sino venidos a ella por méritos o antigüedad en el ejercicio de sus profesiones. Se trata de personas que “han llegado”, y hay en ellas con frecuencia un punto de ensimismamiento y de autocomplacencia. Se sienten de algún modo guardianes tutelares de la felicidad de sus compatriotas menos afortunados; se sienten, en una palabra, importantes.

      Cuentan autores antiguos que una avería obligó a la nave de Alcibíades a varar en la playa de una de las islas más pequeñas de las Lípari. Su fama, sin embargo, había llegado hasta allí, y la población se arracimó a su alrededor llena de admiración. Alcibíades se asombró de ser conocido en un lugar tan remoto, y un aldeano le dijo: “Eso sucede porque habéis nacido y vivís en Atenas. De habitar en esta isla, mal podrían difundirse por el mundo vuestro nombre y vuestras hazañas.” Y respondió el general afortunado: “Es cierto lo que dices. Pero más cierto aún es que si tú vivieras en Atenas seguirías siendo allí tan necio como lo eres aquí.” Respuesta que hoy nos produce cierto desagrado por su prepotencia brutal, pero que los antiguos saborearon como fruto de un ingenio refinado.

      Pues bien, el brillo anejo a Atenas se difumina hoy bastante al tomar la carretera y salir hacia la periferia. Para decirlo de una vez, el Estado no alcanza mucho más allá de los límites de la capital. Tomemos por ejemplo la red de transporte viario. El Peloponeso, con su considerable superficie, dispone tan sólo de una autopista y media. La autopista completa es la que va de Corinto a Kalamata: es de creación reciente y el último tramo, de Trípoli a Kalamata, aún no está del todo acabado, aunque de todos modos ha entrado ya en servicio. La media autopista es la que une Corinto con Patrás, y es un caso singular. Hace unos años se decidió ampliar y mejorar la carretera existente. Lo primero que se instaló de la futura autopista fueron las taquillas de peaje. Después, las obras languidecieron, y pasado cierto tiempo quedaron paralizadas. Hubo una movida antipeaje, y el ministro de Fomento compareció para pedir a la ciudadanía paciencia y comprensión: el gobierno se comprometía a finalizar las obras en un plazo prudencial, pero mantenía el peaje como única forma de financiar las obras pendientes. Desde entonces el plazo prudencial ha expirado de largo, pero no la paciencia y la comprensión de la ciudadanía, que sigue pagando por un servicio que no recibe.

      El resto de la red viaria del Peloponeso es escuálida, deficiente y caótica. Firme descarnado, ancho irregular, falta de pintura, señales de tráfico desaparecidas, prioridades dudosas. La distancia entre ciudades ha dejado de calcularse en kilómetros, sino en el tiempo que se tarda en recorrerla: la media no va más allá de los treinta o cuarenta kilómetros por hora si el viajero no tiene la mala suerte de ver invadida la calzada por un rebaño de cabras o por un camión o un tractor detenido que bloquea el paso mientras procede a la carga o descarga de algún producto de la tierra. Otros ejemplos: la oficina de correos de una población puede estar instalada en la panadería o un pequeño comercio, nunca en un edificio oficial; los viejos se arrimarán allí a partir del día del fin de mes para esperar la llegada del sobre de su pensión, que ahora es más escuálido y llega con más irregularidad. Etcétera. Cabe concluir que Atenas como cabeza visible del Estado griego no goza de una gran popularidad en los pueblos de Laconia, de Arcadia o de Mesenia. En la playa de Mavrobouni, al sur de Gythio, después de darnos un remojón tardío nos sentamos a cenar en una taberna junto a la playa. El patrón nos ofreció freír unas anchoas “que esta mañana aún estaban en el mar”, y que acompañamos con una gemistá (tomates al horno rellenos de arroz). Añadió el hombre por iniciativa propia una bandeja de habichuelas verdes, “pero sólo para que las prueben, no se las cobro, son de mi huerto”. La cena fue opípara y la cuenta moderada. El IVA, que oficialmente está al 23%, nos lo rebajó al cero por ciento. “Yo cobro el IVA a quien quiero, y a quien no quiero, no.” Así están las cosas entre el Estado y los ciudadanos. Cuando el primero no cumple sus sacrosantas obligaciones, la ciudadanía se considera con licencia para hacer otro tanto.

      Todo esto, José Luis, me ha llevado a plantearme una hipótesis acerca de Sócrates. Es sabido que Sócrates fue condenado a beber la cicuta por el areópago ateniense, que lo consideró un corruptor de la juventud por sus enseñanzas. Y se bebió la cicuta. Testimonios de la época dejaron constancia consternada de que la intención de los legisladores nunca fue eliminar físicamente al filósofo. Lo encontraban molesto, eso sí, un incordio, un pejiguera, un yayoflauta. Emitieron una especie de voto de castigo para obligarle a hacerse humo, a largarse de la polis por la puerta de atrás, a buscar refugio, como la flor y la nata de la aristocracia ateniense opuesta al régimen, en las islas jónicas o en el Asia Menor.

      Pero Sócrates se bebió la cicuta. Sus motivos fueron argumentados de manera más o menos oficial por su discípulo Platón. Es necesario, dijo que Sócrates dijo, el mayor respeto a las leyes de la ciudad, incluso y sobre todo cuando esas leyes son injustas.

      Siempre se ha sospechado que ese argumento, un monumento a la estupidez inherente a la corrección política, era propiedad intelectual de Platón, y no de Sócrates. Al fin y al cabo Platón era un estatalista convencido, autor de la Politeia (la República), un engendro político que quiso llevar a la práctica en la corte de Dión de Siracusa. La cosa acabó como el rosario de la aurora, y tanto el tirano como el filósofo mudaron precipitadamente de aires para evitar males mayores. Pues bien, si Platón era un lassalleano convencido con veintitantos siglos de adelanto, nunca pudo decirse lo mismo de su maestro Sócrates, tal vez el más genuinamente griego de todos los filósofos atenienses. Por eso mi hipótesis es que, si en efecto pronunció las palabras que Platón pone en su boca, lo hizo con ironía, y conviene recordar que la ironía fue el fundamento esencial de su dialéctica. Lo que hoy está sucediendo en Grecia nos da un argumento más de que Sócrates no exhibió en su hora final un respeto desmedido hacia un parlamento alicorto y refunfuñón, sino, muy al contrario, un desprecio indisimulado. Si este es el trato que dais a un ciudadano libre, ahí os quedáis. Yo me apeo en marcha.




miércoles, 12 de junio de 2013

CRÓNICAS ATENIENSES


Querido José Luis,
            
Si prescindimos de las temperaturas (34 grados de máxima) no hay grandes diferencias entre la Atenas del invierno pasado y la de este verano. Han cerrado comercios que en diciembre aún funcionaban, y se ven vacíos algunos edificios más: hablo de edificios de empresas grandes, de muchos pisos, situados en el centro. Las puertas están clausuradas con tablones clavados, las ventanas sin luz y a veces sin cristales, por las fachadas asoman los cables seccionados de la luz y el aire acondicionado. En las calles, los baches de la calzada han crecido y la basura de las aceras también; pero no mucho. Los jardines están sólo un poco más abandonados. Y la gente. En un pasaje cubierto junto a la estación de metro de Monastiraki hemos contado esta noche siete indigentes acostados sobre sus mantas extendidas en el suelo junto a la pared, bien alineados para no entorpecer el paso de los transeúntes. Digo indigentes y preciso: no eran mendigos, dormían de espaldas a los paseantes, no pedían. Los siete eran varones y los siete relativamente jóvenes, menos de cuarenta años. Lo cual es comprensible: las mujeres y los viejos sin techo buscarán refugios igual de precarios, pero más resguardados de la intemperie y de la vista ajena. Las estadísticas oficiales dicen que el índice de suicidios ha subido un 7% desde el mes de enero; podríamos tomar ese dato como un baremo aproximadamente fiable para medir la degradación general, y concluir que todo está más o menos un 7% peor, este año.
            
Mientras una sociedad civil muy despierta, escéptica e ingeniosa exprime todos sus recursos y busca con afán nuevas alternativas de negocio o al menos de subsistencia, legales o no --“por lo civil o por lo criminal”--, se diría que el Estado ha dimitido: la loca carrera de los recortes está llegando a la meta. Las cajas fuertes de los bancos están vacías, no hay capitales ni créditos ni subvenciones, el paro sigue creciendo, los salarios se han recortado, las pensiones se han reducido. Da lo mismo, porque la Troika exige más sacrificios y amenaza de nuevo (ocurre cada dos o tres meses) con suprimir el próximo tramo de ayudas financieras, pactado para el mes de julio. En ciertos periódicos alemanes vuelve a discutirse la posibilidad de expulsar a Grecia de la zona euro; nada nuevo, también es un dato que se repite cíclicamente y que ya no provoca alarma aquí, porque la alarma ha llegado a límites de saturación. Ahora no hay ni siquiera televisión pública en Grecia, pero da lo mismo, porque en la práctica no hay gobierno, así que tampoco hay noticias que dar. Una comisión de empresarios de la restauración y de la cultura fue a pedir una rebaja del altísimo IVA para abaratar los precios en los restaurantes, los teatros y los conciertos y tratar de aprovechar el tirón que en los meses de verano supone la avalancha turística. El primer ministro Andonis Samarás se encogió de hombros: “No podemos hacer eso. No tenemos permiso.”

En una situación tan asfixiante o tan asfixiada, el pequeño grupo de Izquierda Democrática de Fotis Koubelis ha optado por renunciar a formar parte de la coalición de gobierno y se ha aproximado de ese modo (muy a regañadientes) a las posiciones de la opción más votada de la izquierda, Syriza, que critica la política de austeridad y propone exigir a Europa y al FMI una renegociación general de la deuda y de los plazos y las condiciones impuestos para merecer el rescate. La coalición gobernante, represiva en política interior y sumisa a la Troika en la exterior, ha quedado reducida a las dos grandes formaciones de siempre: Nueva Democracia y el PASOK. Sólo que si hace unos años entre las dos acaparaban más del 90% del voto, ahora apenas arañan un 40%.


Mi consuegro, el kir Mihalis, no lamenta tanto el tajo de cerca del cuarenta por ciento que ha sufrido su pensión, como la falta de pulso político en el país. Entiendo mal su retórica algo cargada de efectismo, pero esta es la sustancia del discurso vehemente que me ha dirigido, según versión proporcionada por mi hija: “En esta tierra nació la democracia, y ahora no tenemos democracia aquí. No gobiernan en Grecia los representantes del pueblo, gobiernan los banqueros alemanes. Los griegos ganamos la guerra de Troya hace muchos siglos, pero la actual guerra de Troika la estamos perdiendo.” Tópico, pero claro.

sábado, 25 de mayo de 2013

EL SINDICATO EN EL CAMBIO DE PARADIGMA


EL SINDICATO EN EL CAMBIO DE PARADIGMA




Dedicado a Paco Puerto, in memoriam


Cuando hablamos de “refundación” [del sindicato], querido José Luis, no pretendemos hacer tabla rasa de la historia y volver a abordar un proyecto de sindicato desde el inicio. Quizás una palabra más justa para calificar eso de lo que estamos hablando sería “refundamentación”, es decir, un reexamen atento de los fundamentos sobre los que se asienta el edificio sindical, con atención particular al refuerzo de los pilares, los contrafuertes y las claves de bóveda que le dan solidez y lo mantienen en pie. Porque el problema hoy es que el suelo se ha movido: ha habido un corrimiento generalizado de tierras, un cambio de paradigma, y es necesario consolidar aquellas partes de la obra que han quedado en precario. En este orden de ideas, mi intención es apuntar algunas reflexiones de orden general; aprovecharé además la ocasión para polemizar amistosamente con un artículo reciente de mi amigo Miquel Falguera en  UN PACTO SOCIAL … POUR QUOI FAIRE?


Ponerlo todo patas abajo

No es que el sindicato estuviera cabeza abajo, como decía Marx de la filosofía de Hegel; pero la expresión “ponerlo todo patas arriba” tampoco acaba de cuadrar con la situación actual. Ocurre que los problemas serios están en el “suelo” sindical, en la sociedad en la que se asienta; ahí es donde se han producido fallas peligrosas que pueden cuartear el edificio sindical y acabar a medio plazo con su ruina completa. Por tanto, más importante que revolucionar o enmendar por arriba es la tarea de mirar atentamente hacia abajo, afirmar bien los pies y “pegarse al terreno” porque ese terreno, el del universo de los trabajadores asalariados “de ahora”, el del trabajorealmente existente, es lo que sostiene y lo que impulsa la actuación y la orientación del sindicato. De los sindicatos, si se quiere pluralizar.
¿Ha mirado Miquel Falguera en esa dirección, cuando apunta el “welfarismo” como la rémora de la que debe liberarse el sindicato en las presentes circunstancias? A mí no me convence la idea de que los indignados son “postwelfaristas” por analogía con el “postfordismo”. Tampoco me convence, dicho sea de paso, la visión que tiene Miquel de los Pactos de la Moncloa; yo entiendo que fueron unos pactos esencialmente políticos, ideados y negociados por los partidos políticos. Los sindicatos no tuvieron en ellos iniciativa ni peso en la negociación, sólo se les dio la oportunidad de adherirse a un gran consenso político general; y tampoco fue el welfare “el” elemento trascendente de los acuerdos alcanzados. Volviendo en todo caso a los indignados postwelfaristas, yo diría que si los parados sin derecho al subsidio de paro protestan, no lo hacen porque estén en contra del subsidio en sí mismo, sino en contra de los reglamentos y las cortapisas que determinan su propia exclusión.
No concibo una estrategia sindical dirigida a “ganar tiempo” para ver si la sociedad se conciencia de una vez de que el welfare es una trampa y el capitalismo popular una engañifa. De hecho, me parece que no corresponde al sindicato lanzar propuestas a la sociedad civil, sino algo mucho más humilde: escuchar con atención, encauzar, coordinar y amplificar las iniciativas que surgen de abajo, y por fin defenderlas ante las instancias del poder. Sean ambiciosas o no. Casi diría: sean erróneas o no. Porque la médula espinal del sindicato, la sustancia misma de su razón de ser ahora y siempre, es el amplio conjunto de los trabajadores asalariados; no una, o varias, vanguardias audaces y concienciadas de ese conjunto. El terreno de las vanguardias es otro, y conviene recordar de cuando en cuando, ahora que hablamos de refundación, dos hitos fundacionales inamovibles: la autonomía del sindicato y su independencia respecto del poder político y de los partidos.

El fin del paradigma fordista-taylorista

El fin del mundo se viene predicando desde casi el inicio de los tiempos. Parece que eso del “fin” despierta un morbo especial entre los aspirantes a profetas, porque hemos oído anunciar repetidamente el fin del capitalismo, el fin de la clase obrera, el fin de las utopías, el fin de la historia, el fin de la novela y otros varios fines, incluidos los fines de ciclo en la disputa de los campeonatos de fútbol. Suele ocurrir que después ninguna evidencia viene a confirmar tanta grandilocuencia adivinatoria.
         El fordismo puede ser chatarra, pero siguen vigentes en el imaginario colectivo, y en particular en la práctica sindical, determinados valores inherentes al viejo paradigma productivo: la fijeza del empleo como desiderátum, la remuneración de la antigüedad, la relevancia de la categoría profesional por encima del puesto de trabajo concreto, la pirámide jerárquica inamovible. Sin embargo, los valores que predominan hoy en la actividad económica son muy diferentes: movilidad, flexibilidad, polivalencia, capacidad de reacción, anticipación, horizontalidad en la toma de decisiones. Características todas ellas incompatibles con el “trabajo abstracto” y el trabajador-masa predicados por el ingeniero Taylor.
         El resultado del forcejeo entre los dos paradigmas es que la empresa clásica, estructurada según el paradigma taylorista, ha acabado por hacer implosión; se ha fragmentado hasta pulverizarse. El “centro” asume cada vez una parte menor del proceso productivo. De un lado se “externalizan” partes de ese proceso, puramente mecánicas, por la vía de la subcontratación; pero también tareas muy cualificadas y que implican decisiones trascendentes dejan de estar sujetas al control absoluto de la dirección interna. Todo el conglomerado financiero, singularmente en lo referido a las líneas de crédito y la gestión de la deuda, queda cada vez más pendiente de instancias ajenas a la empresa misma, y lo mismo tiende a ocurrir en los niveles técnicos de alta cualificación. Si en otro tiempo cada empresa tenía a orgullo contar con “su” ingeniero y “su” abogado fijos de plantilla, ahora es seguro que recurrirá a estudios, gestorías y bufetes externos, por el costo elevado de contar con ese tipo de servicios en exclusiva. Añádase que ya no se planifica la producción a largo plazo, digamos por trienios y quinquenios, sino que se suele depender de la aparición contingente de pedidos externos que es obligatorio satisfacer con eficiencia y rapidez. Cada mañana pueden estar cambiando los objetivos de producción dentro de una fábrica o centro de trabajo.
De este modo la unidad y la cohesión del proceso productivo se disgregan entre el viejo y el nuevo paradigma, y con ellas se disgregan la unidad y la cohesión de los trabajadores en el centro de trabajo. Me explicaré mejor con un ejemplo mínimo, sacado de la vida misma.

El problema de la espacialización en la coexistencia de los dos paradigmas en la empresa

Pido perdón por el ringorrango del titulillo, y me apresuro a explicarme.
         Hará unos diez años, una empresa editora importante se encontró en un apuro. Todos sus efectivos estaban volcados en la finalización de una Gran Obra. El proceso llevaba ya varios meses de retraso, y faltaba por lo menos un año más para poderlo dar por concluido. En esas circunstancias, recibió de fuera un pedido tentador para realizar una obra menor, bien pagada pero condicionada a unos plazos incompatibles con los ritmos previstos para la Gran Obra. El equipo interno no podía asumir aquello. ¿Qué cabía hacer, renunciar? No, externalizar.
         Se recurrió como coordinador de la obra menor a un colaborador externo de confianza, que resulté ser yo mismo. Una condición indispensable para llevar a cabo el trabajo era mi presencia permanente en la empresa, en estrecho contacto con la jefa de redacción.
         La sala de redacción era inmensa: tendría más de treinta metros de largo por unos diez de ancho. La luz del día entraba por unos ventanales situados en uno de los lados estrechos; en esa área estaban, separados por mamparas acristaladas, los despachos de la jefa, la vicejefa y su secretaria. Después, en una doble hilera de mesas colocadas a todo lo largo de la sala hasta la otra punta, en la que se abría la única puerta de acceso, se alineaba el resto del personal, por orden rigurosamente jerárquico: tres editores senior, fijos; dos editores-ayudantes contratados por obra (la Gran Obra); dos expertos en informática, jóvenes autónomos enrolados con contrato verbal y promesas inconcretas de continuidad en el futuro; y una secretaria de redacción procedente de una ETT, cuyo trabajo gustaba y que tenía la ardiente esperanza de conseguir un tipo de contrato que por lo menos le permitiera cobrar subsidio de paro el día que dejara la empresa.
         Se debatió el lugar que había de ocupar yo. La jefa defendía un despachito aparte, pero el gerente entendió que aquello sería tanto como romper la pirámide jerárquica: yo no podía tener un símbolo de status superior al de los editores senior. La solución que encontró fue colocar mi mesa en el extremo de la sala, justo al lado de la puerta y enfocada hacia los ventanales de la otra punta. Era el rincón más oscuro; pero al romper mi mesa la alineación con las de las demás personas, se insinuaba una condición laboral singular. También, y con la intención de “cubrir las apariencias”, se me asignó una dependencia formal a efectos de consultas con uno de los editores senior.
No se sostuvo aquella ficción más allá de unos pocos días. Como la jefa de redacción me llamaba a consultas a su despacho, el editor senior se quejó de que yo le puenteaba; de inmediato hubo que cambiar la anterior explicación y hacer pública mi autonomía. Luego, los colaboradores externos que yo coordinaba venían a sentarse a mi mesa para pedir instrucciones o hacer sus entregas, y la jefa de redacción tomó la costumbre de hacer lo mismo para seguir la marcha general del proceso. Se produjo primero una bipolaridad en el reparto de los espacios de la sala, y más adelante, a medida que avanzaba la obra en la que yo estaba implicado y las decisiones se hacían más urgentes, lo que hubo fue una inversión completa de la jerarquía espacial. Todas las líneas de tensión de la sala convergieron hacia la mesa de al lado de la puerta.
Como mi trabajo duró algo más de un año, viví allí dentro los ecos de un convenio general. El presidente del comité de empresa entraba a informar de la marcha de la negociación, y había de recorrer dos tercios de la sala para llegar a la altura de las únicas personas afectadas: los tres redactores senior y la secretaria fija. La jefa y su vice pasaban de convenios, y el resto de los presentes estábamos situados en otro paradigma.
Cinco años después de acabado el trabajo que me llevó allí, la implosión se había consumado: la jefa se despidió, la vice y los tres editores seniors fueron jubilados (dos de ellos anticipadamente), la sala se alquiló con toda esa parte del edificio a una empresa creo que de seguros, y todo el trabajo de redacción quedó externalizado y precarizado. El paradigma fordista quedó reducido a chatarra, pero el postfordista se autodestruyó. No sólo desaparecieron puestos de trabajo, la empresa también perdió: prestigio, influencia, cuota de mercado, sin hablar de un capital humano valioso absolutamente desperdiciado. El resultado no era ni inevitable ni fatal, pero la dirección lo afrontó como una catástrofe natural, un granizo repentino que arruina la cosecha, y el comité de empresa se vio impotente para reaccionar, no por falta de voluntad, sino de instrumentos.
La moraleja de este cuentecillo es que el nuevo paradigma no destruye empleo ni arruina empresas por sí mismo, pero plantea problemas imposibles de abordar desde el paradigma anterior, aferrados todos los protagonistas a las viejas certezas. Hay una inadecuación general de las mentalidades y de los instrumentos a la nueva situación que dibuja en el modo de producir la conjunción entre los avances de las tecnologías y las dificultades crecientes de financiación. Se destruye empleo y se arruinan empresas para nada, de un modo absurdo. La solución es probablemente muy compleja, pero al menos uno de sus ingredientes está claro: abrir un nuevo diálogo, ir hacia un gran pacto social.
¿Pacto? Pour faire quoi?  Pues bien, no estoy hablando de un gran pacto por arriba entre el gobierno, los partidos y los sindicatos. Estoy convencido, igual que tú, Miquel, de que no valdría absolutamente para nada, en este momento y con estas condiciones de partida. Me refiero a un pacto por abajo, en la base, a ras de tierra. Un pacto dentro de las empresas para la innovación no sólo en tecnología, sino en el aprovechamiento del capital humano, de la inmensa riqueza en saberes  concretos, en experiencia y en imaginación, que el taylorismo ha despreciado durante muchas décadas para postular un trabajo abstracto, oscuro, unidimensional, desprovisto de cualidades. Un pacto que puede facilitar la supervivencia de muchas empresas y situar al mismo tiempo en su justo lugar, dentro de ellas, a unos trabajadores dotados de más iniciativa y capacidad de decisión, más conscientes, con más saberes y más recursos. Un diálogo así dentro de las empresas tendría además otras virtudes: abriría las puertas a la democracia en el trabajo y a la solidaridad renovada (refundada) entre trabajadores; crearía empleo; y finalmente, daría una señal fuerte y clara para abrir nuevos capítulos de negociación colectiva en ámbitos superiores a la empresa y para crear una dinámica diferente incluso en la acción política.
Hay un largo camino a recorrer en ese horizonte, pero una condición es inexcusable: empezar por el principio, mirar hacia abajo. Y otra cosa. La iniciativa y el protagonismo del diálogo en cada empresa corresponderá al conjunto de los trabajadores, sin exclusiones ni diferenciaciones, con su propia dirección; pero a partir de la puesta en marcha de cierto número de experiencias piloto, el sindicato –los sindicatos- podrá jugar un papel destacado en el proceso, informando y ayudando a extender las iniciativas. Por esta vía, con una presencia sindical pormenorizada de discusión y tutela de ese proceso capilar, se podrá avanzar hacia las precondiciones para un pacto social de características no ya puntuales sino globales. Pero antes el sindicato habrá de cambiarse a sí mismo, para ajustar su discurso, su línea de actuación, sus instrumentos de intervención y su organización interna al nuevo paradigma. Si no he agotado con esta entrega la paciencia del editor de este blog ni exasperado a los lectores, me propongo abordar el tema en un comentario posterior. No es un tema fácil, y pido ayuda –a vosotros en primer lugar, José Luis y Miquel- porque temo que mis luces no me basten.


Las reformas, para los reformistas

Soplan vientos de fronda en el mundo laboral, y hete aquí la paradoja tantas veces señalada: la bandera de las reformas la esgrimen las derechas, en tanto que las izquierdas se muestran conservadoras. Es cierto que se trata de unas reformas hostiles a los trabajadores asalariados y a sus intereses, pero también lo es que no hay demasiadas razones para conservar a todo trance lo que teníamos antes. Retados como estamos todos a un pulso decisivo con el capital, no vale demasiado la pena enrocarnos en una trinchera defensiva y librar una batalla de desgaste con el único objetivo de salvar lo que se pueda de un welfare agujereado y descosido, reducido a estas alturas a una colección de jirones y remiendos.
Lo diré con las palabras de Bruno Trentin, que suenan nuevas y flamantes en tu traducción reciente, José Luis: «… la impotencia de los movimientos reformadores y los sindicatos se expresa nítidamente en una legislación social, que podríamos definir de “desregulación asistida”. Es decir, sustancialmente, mediante la acumulación de excepciones a una regla que, en realidad, no tiene ya ninguna validez universal. Sin que transpiren las líneas de una reforma general de las relaciones de trabajo, del contrato de trabajo y de una redefinición de los derechos personales del trabajador en una empresa y en un mercado orientados al uso flexible de la fuerza de trabajo.» (pág. 280 de La ciudad del trabajo).
         Años después de la publicación del libro, la “desregulación asistida” de la que hablaba Bruno sigue ganando cada día nuevos espacios, y los movimientos reformadores y los sindicatos aún mantienen la misma estrategia defensiva. La concreción de un gran pacto por el empleo surgido de abajo podría ser el elemento catalizador de una situación nueva, en la que los partidos de progreso y los sindicatos tomen la ofensiva con la propuesta de reformas profundas. Trentin propone tres grandes objetivos para esas reformas: las relaciones de trabajo en general, el contrato de trabajo y los derechos personales del trabajador en la empresa y en el mercado. Voy a detenerme en particular en el más concreto y palpable de los tres. 

Por un nuevo contrato de trabajo

Este no es un tema fácil, porque choca con algo que he mencionado en otro momento, el imaginario de los trabajadores y de las izquierdas. La costumbre inveterada quiere que el contrato de trabajo “normal” y deseable sea el que se suscribe por tiempo indeterminado y obliga al trabajador a prestar servicios también indeterminados a una empresa a cambio de una compensación dineraria más unos incentivos. A cambio de la fijeza en el puesto de trabajo, la dirección se atribuye la facultad omnímoda de dictar las normas reglamentarias y las modalidades concretas de la prestación del trabajador, establecer los horarios y los ritmos, y cambiarlos a su conveniencia. Por su parte, el trabajador queda obligado a una obediencia estricta a las indicaciones de la dirección sobre la forma de realizar su tarea. Estamos, en resumen, en el paradigma fordista-taylorista puro y duro: en el trabajo abstracto y el trabajador-masa.
Con la quiebra del paradigma, también ha quebrado la norma contractual. Por una parte y tal como lo indica Trentin en el texto citado, se han acumulado las excepciones, los tipos distintos de contrato y de subcontrato, hasta que la “regla” ha perdido toda validez universal. Pero también en el contrato “tipo” se ha roto el equilibrio entre prestación y contraprestación. El trabajador ha perdido la seguridad de la posesión de su puesto de trabajo, amenazado hoy incluso por circunstancias meramente subjetivas (¡la previsión de pérdidas futuras!) Tampoco su salario ha quedado inmune: puede sufrir recortes, y de hecho los sufre. Por el otro lado del contrato, ninguna cortapisa al poder omnímodo del empleador sobre la organización del trabajo ha tratado de reequilibrar la balanza de derechos y obligaciones entre las partes.
La batalla por una reforma justa del contrato de trabajo debería surgir al calor del gran pacto “por abajo” para el empleo que he intentado esbozar en la primera entrega de estas reflexiones. Porque no se trata sólo de reflotar el mundo del trabajo sumergido y conseguir para los jóvenes, para los parados, para los inmigrantes, para los marginados, un empleo cualquiera, un empleo legal y punto. Se trata de ofrecer a todos los asalariados, ellos y los otros, oportunidades iguales, derechos civiles y posibilidades de autorrealización en la prestación de su trabajo legal. En ese empeño el mundo del trabajo heterodirigido podrá contar con el apoyo y la alianza de la pareja de hecho más trascendente del siglo xx (he leído con frecuencia esta feliz expresión en trabajos de José Luis López Bulla; ignoro si es frase suya o tomada a préstamo de otro autor): a saber, la formada por el sindicalismo y el iuslaboralismo. Trentin, jurista de formación además de sindicalista, lo indica así: «No sólo el mercado laboral, sino también el derecho del trabajo, tiene que basarse en nuevas reglas y en la afirmación de nuevos derechos» (La ciudad del trabajo, pág. 282).
El nuevo contrato de trabajo debería hacer emerger, según Trentin (véanse en especial las págs. 266-267 del libro citado), lapersona concreta del trabajador como sujeto que pacta una prestación concreta de trabajo y adquiere no sólo unos compromisos, sino también unos derechos frente a su empleador, y una esfera de autonomía que éste no puede transgredir ni ignorar. El contrato debe describir también de forma específica el objeto del contrato de trabajo, su duración, su cualificación, sus características; ya no vale la referencia a un trabajo abstracto, una prestación innominada de “fuerza de trabajo” utilizable por el empleador a su albedrío. De este modo la relación laboral asciende desde su anterior carácter cuasi-servil para entrar en el terreno de un pacto asumido libremente entre ciudadanos, con derechos y obligaciones recíprocos a los que deben atenerse.
No va a ser fácil sacar adelante un nuevo contrato de trabajo del tipo indicado, por lo que supone de cambio profundo, de revolución, en todo el sistema de relaciones laborales y en el reconocimiento de derechos concretos, derechos civiles, de puertas adentro de las fábricas. Trentin prevé una resistencia a ultranza del taylorismo rampante que todavía impregna todo el universo del trabajo asalariado. Será en todo caso una batalla en la que los adversarios retornarán a sus “seres naturales”. Las derechas se situarán a la defensiva, en posiciones resistencialistas; las fuerzas progresistas, a la ofensiva.
Quiero insistir en algo que ya he mencionado antes: el camino de las reformas debe transitarse en toda su longitud, desde el principio hasta el final. Subrayo ahora: no hay atajos posibles. Cabe la posibilidad, por altamente improbable que sea, de que una oportunidad propicia surgida a partir de imprevisibles cambios en las correlaciones de fuerzas permita plantear en el parlamento, y obtener el voto favorable, de una ley que imponga un contrato de trabajo del tipo que estamos proponiendo Trentin y yo. Si los trabajadores no han asumido antes esa reivindicación, no la han hecho apasionadamente suya, la ley tendrá el mismo destino que las 35 horas semanales que fueron implantadas en Francia en su día.
         La reforma del contrato de trabajo, en cualquier caso, no será un movimiento aislado, una escaramuza librada en un rincón de un campo de batalla volcado hacia objetivos más trascendentes. Se trata de un proyecto que pone el trabajo en el centro mismo de la vida y de la política, que implica una profunda movilización social y ciudadana, que contiene un embrión de proyecto de sociedad nueva. No va a ser “cosa sindical”, meramente. Para tener éxito requerirá la participación encarnizada también de las fuerzas políticas. En el caso, claro está, de que las fuerzas políticas de progreso despierten algún día del ensueño en que están sumidas y dejen de ocuparse de los juegos de palabras y los brindis al sol en que entretienen hoy sudolce farniente parlamentario.

La perspectiva de la refundación del sindicato
        
Acabo mi larga epístola con una breve referencia a las cuestiones “domésticas” del sindicato. Algo he dicho antes sobre los comités de empresa. La nueva realidad de un trabajo subordinado que se desarrolla en unidades fragmentadas, con trabajadores aislados entre sí por más que estén inmersos en un mismo proceso de producción, y con formas distintas de implicación y de participación, ha dejado obsoleto un mecanismo de representación y de defensa que partía de la idea fordista de la fábrica como un universo cerrado y autosuficiente.
         Pero el caso es que los comités siguen vigentes en la legislación. No es posible anularlos de un plumazo. Mientras llega la oportunidad forzosamente lejana de un cambio legislativo, el sindicato habrá de trabajar en las empresas desde una doble perspectiva: no perder pie en los comités, y al mismo tiempo buscar nuevas formas de contacto, de simpatía, de relación y de afiliación con el magma de trabajo precario sometido a las torturas del nuevo paradigma posfordista.
         No acaba ahí el asunto, evidentemente. Hay todo un repertorio de problemas que van acumulándose en la agenda sindical y que exigen soluciones nuevas a las urgencias de la crisis y a las sacudidas tectónicas provocadas por el forcejeo entre el viejo paradigma fordista y el nuevo posfordista, dos metafóricas ruedas de molino que al ludir una con otra trituran el empleo y arrojan a la nada a los trabajadores. Estos problemas afectan de forma colateral también a la estructura del sindicato, a su organización, a su tensión ideal, a su vida interna. Será necesario repensar, desde las formas de encuadramiento y la presencia del sindicato en el territorio, pasando por los nuevos cometidos que han de asumir las federaciones y las uniones, hasta la composición misma de los órganos de dirección, sin perder de vista la importancia creciente del contexto internacional, con la necesidad de una mayor coordinación en dicho contexto de las eventuales iniciativas.
         Pero si con lo escrito hasta ahora he hecho gala de un atrevimiento inaudito, el entrar a opinar sobre los temas internos del sindicato caería de lleno en la impertinencia. Quiero declarar antes de poner punto final mi confianza intacta en los sindicatos, y en que las personas que los dirigen sabrán encontrar las soluciones pertinentes a todo este cúmulo de problemas; además de mi esperanza consistente en que el sindicalismo, en nuestro país como en el mundo, seguirá ocupando un lugar destacado en un futuro más amable.