sábado, 19 de julio de 2014

DEMAGOGIA CIENTÍFICA


El titulillo viene a cuento de un artículo de opinión firmado por Antonio Elorza y aparecido en elpais.com, una vez más sobre Pablo Iglesias. No lo cliqué para leerlo, de modo que me contento con daros, amigos lectores, la sustancia de la frasecilla introductoria del mismo: “El doble lenguaje de P.I. le permite ocultar sus verdaderas intenciones.” O cosa muy parecida, la verdad es que cito de memoria.

El problema no es Elorza, que habrá cobrado por su colaboración y allá cuidados. Tampoco lo es Pablo Iglesias ni el hecho de que utilice lenguajes dobles o triples, y sea o no populista y/o bolivariano. El problema es la estructura de la información desde las coordenadas actuales, en la era de la información y en una sociedad democrática occidental. He aquí al respecto una opinión autorizada: «La tarea de las sociedades democráticas consiste en poner a punto estrategias legales y culturales para limitar la amenaza de la demagogia, en una época en la que la demagogia se ha hecho científica, y sin olvidar la naturaleza política de la deliberación y la configuración procedimental y representativa de la democracia.» (Bruce Ackerman, The Decline and Fall of the American Republic, Cambridge, MA, 2010. Traducción mía.) Me encanta la utilización, en el original, de la voz demagoguery, variante americana de demagogy que contiene, en mi opinión, un plus de expresividad peyorativa. Pero conviene dejar a un lado cuestiones semánticas y tomar buena nota del apunte de fondo, a saber: en nuestras sociedades occidentales la “demagoguería” se ha hecho científica, lo que viene a significar que el demagogo, como el artillero, calibra el volumen, la intensidad, el ritmo y la frecuencia de sus proyectiles, con el fin de alcanzar con la mayor precisión posible el efecto deseado de infligir el mayor destrozo posible al enemigo.

La demagoguería no es exclusiva de la derecha política. Se la encuentra, como los garbanzos negros, incluso en las mejores familias. Ustedes, queridos lectores, no tendrán dificultad en señalarme ejemplos flagrantes en las páginas de este mismo blog. Se trata, sin embargo, por lo común de un producto artesanal, sin pretensiones, de brocha gorda, sin ese punto de refinamiento científico que ha colocado a El País-Statu Quo en el candelero de la modernidad en lo que se refiere a libros de estilo. Como señalaba alguien cuyo nombre y circunstancias se me han ido de la memoria, los vicios de las clases populares son irrelevantes; los que importa corregir son los vicios de las clases dirigentes, porque son ellas las que dictan el tono y el nivel del conjunto de la sociedad.


Nota aparte.- Entre las normas no escritas de este blog están la de no tratar más de un asunto por entrada, y la de no superar la extensión del millar de palabras como máximo, para no abusar de la paciencia del lector. Me limito aquí, entonces, a una llamada de atención sobre las propuestas que, con una pasión y una rabia gratificantes, ha lanzado Carlos Arenas Posadas en el artículo "Una alternativa republicana", publicado en el blog amigo En campo abierto. Me encantaría entrar a ese trapo, discutir largamente, poner y quitar cosas a lo que él dice. No lo hago por dos razones que convergen y se refuerzan la una a la otra: la primera, porque conozco mis insuficiencias en ese terreno; la segunda, porque creo que es a los estados mayores de los partidos de la izquierda plural y de los sindicatos a quienes corresponde esa tarea, que es una tarea de programa. No digo de programa electoral, esa variante “light” que ahora se lleva, sino de programa, programa, programa, ¿recuerdan la cantinela? 

viernes, 18 de julio de 2014

ÍTACA, PROYECTO Y TRAYECTO

Ítaca, el pequeño reino de Ulises, ha quedado fijado en el imaginario colectivo como el símbolo de la patria lejana y apetecible en cuyo camino se interponen mil peligros y asechanzas, de modo que llegar hasta allí exige – literalmente, o dicho con mayor propiedad: literariamente – una odisea.

Por desplazamiento, la patria simbolizada por Ítaca puede convertirse en alguna otra cosa análoga: un objetivo en el que hemos depositado un anhelo vehemente, inalcanzable si no es a través de un gran esfuerzo y de una larga peripecia. O dicho de otro modo, un proyecto muy valioso que requiere para cumplirse un trayecto muy trabajado.

Sin demasiada exageración, puede afirmarse que todos los humanos llevamos una Ítaca (o más) en nuestro corazón. A todos nosotros, por consiguiente, van dedicados los consejos que nos dejó en un poema memorable Constantin Cavafis. Lluís Llach musicó hace años una versión catalana del mismo; muchos años antes Lawrence Durrell había rendido homenaje a Cavafis como el Poeta que transita por las páginas de su Justine. Veamos esos consejos. (Utilizo el texto de la “Antología poética” traducida y editada por Pedro Bádenas, Alianza Editorial, Madrid 1999).

Primer consejo:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
Pide que el camino sea largo,
Lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
Ni al colérico Poseidón […]
No los encontrarás,
Si no los llevas dentro de tu alma.

Segundo consejo:

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Más no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
Y atracar, viejo ya, en la isla,
Enriquecido de cuanto ganaste en el camino,
Sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
Entenderás ya qué significan las Ítacas.

jueves, 17 de julio de 2014

QUÉ TRANSICIÓN, QUÉ CONSENSO, QUÉ CONSTITUCIÓN

Algunos deben de pensar que, como se siguen desayunando todas las mañanas con el café con leche y los tejeringos de rigor, en este país nuestro no pasa nunca nada. Unos contertulios defienden o critican nuestra transición a la democracia, unánimes todos ellos, no obstante, en que aquel modelo de convivencia en la diversidad asombró al mundo; otros alaban la generosidad y la amplitud de miras que facilitaron el consenso de los padres de la patria, como si aquello hubiese sido un rigodón versallesco entre barones de casacas con encajes de Holanda en los puños y pelucas empolvadas; algunos más firman manifiestos en los que piden rigor en el cumplimiento de la ley y alertan de que los preceptos de nuestra Constitución son líneas rojas que no pueden ser traspasadas por nadie y bajo ningún pretexto. Todos parecen convencidos de que, bueno o malo, el terreno de juego establecido en 1978 es el mismo en el que nos movemos. Y no es así. El Tribunal Constitucional acaba de mandar a tomar viento el peregrino consenso de la transición y de cambiarnos de un plumazo la Constitución sin necesidad de enmendar ni uno sólo de sus artículos, sino sencillamente considerando acorde con nuestra norma fundamental la reforma laboral legislada por el gobierno del PP. Hace falta cuajo para considerar la nueva reforma un fruto tardío de aquel consenso constituyente, pero no es de cuajo de lo que anda deficiente el PP. Los recientes ataques a las libertades y derechos ciudadanos, con un endurecimiento fáctico de la represión de cualquier discrepancia, dan la medida del escaso respeto que sienten los detentadores de nuestras instituciones por las leyes que ellos mismos dictan, por el diálogo social, por la soberanía popular y por el consenso. Cierto que están inquietos, que las cuentas electorales no les salen y los dedos se les vuelven huéspedes. Todo muy comprensible, pero en cualquier caso intolerable.


Intolerable, he dicho. Sin embargo, ¿es esa la opinión predominante en la otra orilla, o también aquí se está pendiente de la atribución de escaños y alcaldías predicha por los sondeos? Como advierte Antonio Baylos en un texto-denuncia tan luminoso como combativo, Humillados y ofendidos, no puede fiarse todo al albur de un vuelco electoral próximo. Entre otras razones, porque eso sería dar por bueno que la democracia se reduce a la dictadura de la mayoría, y si la derecha es mayoritaria puede hacer mangas y capirotes con la soberanía popular, con la Constitución y con el respeto debido en democracia a los trabajadores y a los ciudadanos por el mero hecho de serlo. Es necesario reaccionar ya. Dejar las cosas para después de las calendas electorales sería peor que un error, sería sentar un precedente pésimo en cuanto a los mínimos de calidad exigibles a nuestro estado chungo de derecho.

martes, 15 de julio de 2014

LA DIALÉCTICA DE LA SOLIDARIDAD

El duelo por la muerte de Fernando Soto, uno de los míticos padres constituyentes de nuestras Comisiones Obreras encausados en el Proceso 1001 de la dictadura, ofrece una perspectiva razonable para medir la distancia entre el sindicato que fue y el que es, entre el proyecto original y el trayecto recorrido. ¿Alguna cosa, además de Fernando y tantos otros compañeros que nos han dejado, alguna cosa más ha desaparecido o ha cambiado hasta hacerse irreconocible en estos años? Contamos para resolver ese interrogante, gracias a José Luis López Bulla que sigue empeñado en la traducción del estudio de Iginio Ariemma, con una vara de medir externa, una especie de metro de platino iridiado capaz de reflejar con exactitud nuestros progresos o retrocesos en ese duro itinerario. Me refiero a la propuesta de un “sindicato de los derechos” expuesta por Bruno Trentin en la conferencia programática de la CGIL en Chianciano, abril de 1989. Los lectores interesados, que deberían ser muchos, encontrarán referencias abundantes al tema en el sitio http://theparapanda.blogspot.com.  

En la construcción de Trentin, la vida social es un despliegue dialéctico que parte de la libertad de la persona y se proyecta hacia su autorrealización. Persona, en esta concepción, no es lo mismo que individuo. El individuo está aislado en medio de la multitud; la persona es en sí misma un nudo complejo de relaciones, vive en función de otros y es ella misma indispensable para la vida de otros. Las personas están unidas entre sí y a través de las generaciones por un cemento peculiar que da cohesión al conjunto. Ese cemento es la solidaridad. Como ha recordado Alain Supiot, el término solidaridad remite a “solidez”, a cohesión. Frente al Leviatán, como lo llamó Hobbes, o la “máquina” del Estado en expresión de Bakunin, el individuo está aislado e inerme, y en cambio, para utilizar una formulación clásica, un pueblo unido jamás puede ser vencido.

El imperio de la ley no es algo inamovible y dogmático; es también dialéctico. Algo tan básico lo ignoran una cincuentena de intelectuales que acaban de firmar un bodrio manifiesto pidiendo a Rajoy que aplique el rigor de la ley a las intentonas secesionistas de Mas. Entre esa cincuentena se encuentra José María Fidalgo, y eso es especialmente preocupante porque Fidalgo forma parte del trayecto de las CCOO, de nuestra historia. El rigor de la ley fue aplicado en 1973 a diez sindicalistas que ejercían un derecho de reunión que la ley en cuestión no reconocía. Se les impusieron por ello entre veinte y doce años de prisión. Lo que luego sucedió debería hacer reflexionar a Fidalgo. Y del hecho de que se abriera un periodo de transición y cambiaran de forma radical los consensos, las leyes y las formas de gobierno, es fácil deducir que todo lo que la transición puso en marcha no es tampoco inamovible, no es dura lex cincelada en mármoles para los siglos de los siglos. Toda síntesis alcanzada en un proceso dialéctico genera con el correr del tiempo su antítesis, y ésta exige una síntesis nueva superadora de la anterior. “Síntesis” es lo opuesto a “imposición unilateral”, por descontado. Pero tampoco se alcanza una síntesis cerrando el paso al diálogo.

Me he desviado de mi argumento. Hablábamos del sindicato de los derechos y, en el pensamiento de Trentin, los derechos no están dados, no se reparten graciosamente a la multitud desde la torre del homenaje, como los panes y los peces de una distribución milagrosa. Los derechos se conquistan desde abajo. Y las conquistas no son eternas, sino peligrosamente reversibles. Las leyes cambian (¿o es que no lo vemos? Están cambiando todos los días, y para peor.) La única garantía de los derechos sociales y de ciudadanía es la cohesión social, o dicho de otra forma, la solidaridad. Uno de los vehículos más importantes de esa solidaridad arraigada en el fondo de la sociedad, es el sindicato. La solidaridad ha de ser precisamente una de las funciones capitales del sindicato, y esa característica excluye de raíz la idea misma de un sindicato para los trabajadores (exterior a ellos) y, con mayor razón, la de un sindicato sólo para los afiliados. El sindicato nace de abajo, de la cohesión social, y a partir de ahí construye su autonomía (que debe amoldarse, pero no someterse ciegamente, al imperio de las leyes). La autonomía, finalmente, es necesaria para poner a punto un sindicato que sea instrumento eficaz de emancipación social, es decir de autorrealización.

Un equívoco particular, muy extendido hasta hace pocos años, acerca de la solidaridad, consiste en localizarla – en una especie de delegación – en los servicios y las instituciones del llamado Estado social. El equívoco consiste en imaginar que esos admirables servicios e instituciones son por naturaleza una providencia universal, atemporal y sempiterna. Ni siquiera la fragmentación social cada vez más profunda, la extensión de los egoísmos y las reacciones corporativas y xenófobas más estrechas, y la misma quiebra estrepitosa del Estado social, han conseguido modificar esa percepción. ¡Cómo, no faltaba más! ¡Ni un paso atrás! Que el Estado siga ocupándose de lo que nosotros nos vamos desentendiendo.


Y así seguimos reclamando el fuero, el cascarón vacío de una providencia estatal, mientras damos por perdido el huevo, a saber la centralidad del trabajo como elemento vertebrador de la sociedad, y la solidaridad como cemento que mantiene la cohesión y ejerce de plataforma de despegue de nuevos derechos y conquistas sociales.

domingo, 13 de julio de 2014

REDEFINIR LA IZQUIERDA A PARTIR DEL TRABAJO



Riccardo Terzi


El trabajo ya no es el fundamento reconocido de la colectividad. Se ha convertido en un problema, en un punto crítico en la vida de las personas, y desde el punto de vista político ha pasado a ser uno de tantos capítulos sin resolver, porque nadie consigue ya dar sustancia al trabajo como derecho, y las políticas de trabajo son únicamente intentos de contener, con frecuencia sin el menor resultado, la gran oleada del desempleo masivo. Y entonces, en esa condición nueva de incertidumbre problemática, se desarrollan diversas tentativas de fundar una nueva teoría política, un nuevo sistema, ya no a partir del trabajo, sino del final del trabajo, con una reconsideración radical del principio de ciudadanía.

El objetivo es dar un fundamento a la comunidad política, en el momento en que el trabajo ya no alcanza a ser una base suficiente para afirmar los derechos de ciudadanía según una visión universalista que no dependa de las incertidumbres y los problemas del trabajo. Es un objetivo aceptable si se trata de ofrecer garantías mayores al sistema de derechos sociales, pero con la condición de no dejar a un lado como irrelevante toda la problemática del trabajo. Así, por ejemplo, la “renta de ciudadanía” puede ser un instrumento útil de sostén y de protección, pero también puede ser la coartada para arrojar de forma definitiva la toalla ante el problema del desempleo. Aunque el punto de partida sea la idea de una ciudadanía política asentada sobre garantías más sólidas, el punto de llegada puede ser el reconocimiento de una exclusión que sólo es posible afrontar en términos asistenciales.

En este filón de investigación se inserta el libro de Ulrich Beck Il lavoro nell’epoca della fine del lavoro (traducido en español bajo el título “La sociedad del riesgo”, n. del t.)

Importa distinguir en el libro la parte analítico-descriptiva y la propositiva, conectadas sólo en apariencia por una relación coherente. A partir del análisis sociológico centrado en el nuevo escenario de la sociedad de la inseguridad y del riesgo, se introduce la perspectiva utópica de una nueva comunidad política, de un movimiento de compromiso civil que funda una nueva ciudadanía, dando un paso que a mí me parece infundado desde el dominio de la incertidumbre que gobierna nuestras relaciones sociales, al desenlace idealizado de unapolis que redescubre el clasicismo de una participación política consciente. La incertidumbre se transforma al final en su contrario, el movimiento de la modernidad se resuelve en un retorno a la forma clásica de la democracia política, y todo el proceso de segmentación y desarticulación social se recompone virtuosamente en una vida comunitaria renovada. No se afronta, sino que se le da la vuelta, al dominio de la precariedad y de la inseguridad, identificado con exactitud como el horizonte histórico de nuestro tiempo, y se piensa poder construir, más allá del mundo torturado del trabajo, y abandonando éste a su destino, una esfera política que encuentra su fundamento en sí misma. El final del trabajo es milagrosamente el inicio de la ciudadanía política.

Temo que las vías de salida de la sociedad del riesgo sean menos rectilíneas y más intrincadas. La misma esfera política está implicada de lleno en el proceso de desestructuración social, de modo que los instrumentos y las formas de la democracia aparecen desgastados, bloqueados, y deben ser repensados y reconstruidos en el nuevo contexto social. Si toda la vida colectiva se encuentra inmersa en «un estado de inseguridad endémica», ese hecho tiene reflejos profundos en la perspectiva política, porque la inseguridad genera a un tiempo pasividad y populismo, desconfianza y refugio en el mito. La política no está situada fuera y más allá de la crisis, sino en medio de la crisis, dominada también ella misma por la precariedad e incapaz de dirigir el proceso social. El final del trabajo lleva consigo el final de la política. Se trata entonces, sin recurrir a atajos fáciles, de afrontar el nuevo contexto social y actuar, social y políticamente, en el nuevo contexto, dentro de las nuevas coordenadas que caracterizan a la sociedad de la inseguridad.

En la época de la globalización, que es el horizonte ineludible de nuestro tiempo, es preciso reinventar las formas y los instrumentos de la acción social y política, superando las viejas ataduras de la dimensión estatal-nacional. Beck insiste con justeza, y esta es la parte más estimulante de su libro, en el nuevo carácter transnacional que debe tener hoy necesariamente cualquier movimiento, cualquier iniciativa, para poder actuar con eficacia sobre los procesos de fondo, sobre las estructuras imperantes de la economía y del mercado mundiales. Mientras la política, los partidos, las organizaciones del trabajo, sigan siendo estructuras exclusivamente nacionales, encerradas en la dimensión clásica del Estado-nación, ligadas a una estructura territorial delimitada, no tendrán la menor posibilidad de éxito. No hay visión estratégica si no es en una perspectiva global. Si falta ésta, sólo son posibles tácticas defensivas y de ajuste, que no consiguen atacar los problemas de fondo.

Tampoco las políticas de trabajo pueden ser otra cosa que políticas globales.

Pero todavía faltan una organización, una estructura, una práctica política que se adecuen al nuevo contexto. La globalización no es el enemigo, es el terreno sobre el que hay que reconstruir la fuerza política, la iniciativa, la representación. Hoy existe solamente un movimiento defensivo, contra el poder incontrolado de las grandes agencias internacionales y contra los procesos de homologación y de destrucción de las diversidades culturales, pero aún no existe una transnacionalidad activa y consciente, decidida a ocupar el espacio global con un proyecto político propio. Este es el salto que deben dar necesariamente las fuerzas políticas y sociales para no verse superadas. Si el capital es global y el trabajo local, ese desequilibrio, que actúa hoy en la dirección de una desestructuración de todo el sistema de derechos sociales, sólo puede compensarse implicándose en la construcción urgente de una acción política organizada a escala mundial. Un ejemplo, tal vez el único significativo que pueda citarse, es la campaña lanzada por la CGIL contra el trabajo de menores de edad. Este es el camino: campañas internacionales por los derechos, coordinación eficaz entre las organizaciones sindicales, construcción de una representación social capaz de intervenir en todo el proceso de regulación del mercado mundial. No contra la sociedad global, sino por una afirmación a escala global de los derechos del trabajo.

Sólo en ese proceso social, en la concreción de los nuevos conflictos del mundo globalizado, se podrá reconstruir con mucho esfuerzo la dimensión política y el proyecto de una nueva ciudadanía: un proyecto que debe forzosamente incorporar el continente del trabajo y sus contradicciones.

(Publicado en Quaderni Rassegna sindacale, 2000. Por la traducción, Paco Rodríguez de Lecea)


viernes, 11 de julio de 2014

LA MUJER DE CÉSAR Y EL TRIBUNAL DE CUENTAS

Un individuo consiguió colarse en la casa de Julio César disfrazado con ropas femeninas, con ocasión de una fiesta religiosa a la que estaban convocadas exclusivamente mujeres, y tuvo la audacia de solicitar los favores de la esposa del tribuno, Pompeya Sila. Esta pidió auxilio, y el intruso fue detenido y posteriormente sometido a juicio. Lo cual no impidió a Julio repudiar a su señora con la siguiente argumentación: «La mujer de César no sólo debe ser honrada, además debe parecerlo.» Norma tan estricta, quizás es innecesario decirlo, no era aplicable al marido. En el triunfo concedido a César en Roma como vencedor de las Galias, sus legionarios cantaban mientras desfilaban: «¡Maridos, esconded a vuestras esposas! Aquí os traemos al calvo rijoso que se ha follado a toda la Galia con el dinero prestado por Roma.» Y no le bastaba la dirección única, según algunos autores; hombre de amplias miras en el terreno sexual, consideraba tan noble dar como recibir. Alguien lo calificó de «marido de todas las esposas y esposa de todos los maridos.»

Pues bien, la hipocresía y el cinismo combinados de Julio César en el asunto del repudio de su esposa se quedan cortos comparados con los planteamientos que inspiran la contratación del personal de nuestro Tribunal de Cuentas. Sin duda una corriente mayoritaria en nuestra clase política considera que la fiscalización de las cuentas del Estado no es un trabajo serio sino más bien cosa de mucha risa, aunque bien pagada. Prevalece la opinión de que los funcionarios de dicho Tribunal ni deben ser forzosamente honrados, ni siquiera parecerlo. De modo que la institución se ha convertido en una sinecura (definición de “sinecura” en el diccionario de la RAE: empleo o cargo retribuido que ocasiona poco o ningún trabajo), a la que concurren alegremente parientes y paniaguados de las altas instancias de la casta.

Por primera vez en su historia, el Tribunal de Cuentas ha buscado las cosquillas de los partidos políticos por defectos de financiación. Lo ha hecho con el pulso firme y la proyección ética que cabía esperar de su majestuosa trayectoria hasta la fecha. Después de declarar prescritos todos los enjuagues relacionados con las elecciones de 2011, ha abierto expediente por irregularidades en la presentación de sus cuentas a Izquierda Unida y al Partido Aragonés Regionalista. Don Mariano Rajoy estará satisfecho: hemos vuelto a asombrar al mundo.



jueves, 10 de julio de 2014

LA CENTRALIDAD DEL TRABAJO

Quienes abogamos por la recuperación de la centralidad del trabajo en el quehacer político de nuestras izquierdas, lo tenemos crudo. Un botón de muestra del estado real de la cuestión puede ser la tercera entrega de la larga reflexión de Javier Aristu (1) en torno al libro La tercera república, del joven dirigente de Izquierda Unida Alberto Garzón. Garzón no sitúa el trabajo en el centro de su preocupación ni de su agenda política; deja el problema ubicado con apresuramiento en un lugar accesorio en relación con su gran propuesta para una renovación de la democracia. Ahora bien, no tengo la impresión de que Garzón sea un marmolillo al que haya que inculcar las cuatro letras en la mollera a fuerza de palmetazos. Muy al contrario. El problema tiene que estar situado en otra esfera, y mucho me temo que lo he localizado. Alberto Garzón es joven, sencillamente.

Bueno, sencillamente no, supongo que hacen falta más explicaciones. Vamos a ellas. Para un sindicalista, y más aún si (como me ocurre a mí) es un sindicalista de cierta edad, la centralidad del trabajo es algo que cae por su propio peso. No hace falta convencerlo, está ya convencido. El trabajo es su mundo, el mundo que le rodea por los cuatro costados. Y lo mismo puede decirse del trabajador con cultura de fábrica, jubilado o a pique de jubilarse: del hombre que empezó su vida laboral como aprendiz, adquirió un oficio o al menos un know-how, ascendió a una categoría reconocida en un convenio, y lleva impreso de forma permanente su oficio y su historial de trabajo en el DNI y en el ADN. Pero ese ya no es el mundo que han encontrado los jóvenes en el momento de acceder al mercado de trabajo. Las cosas ahora son muy diferentes. Y cuando las cosas son diferentes, no puede esperarse que las personas permanezcan iguales.

Una persona es un proyecto de vida; incorpora a lo que ya es en el momento presente un futuro previsto y unos medios inmediatos o mediatos, poseídos ya o por adquirir, con los que se propone conquistar ese futuro previsto. Ocurre que, en un recodo del camino, para los jóvenes el futuro laboral se ha convertido en un país extraño, para expresarlo con el título de un libro emblemático del profesor Josep Fontana. Un país sin vías practicables de acceso, situado fuera del alcance de cualquier expectativa razonable. Si muchos jóvenes como Alberto Garzón prescinden del factor trabajo en su diseño del futuro, es porque antes el trabajo ha prescindido de ellos, los ha acantonado en un espacio de precariedad, de descalificación, de desvalor y de aleatoriedad.

Iginio Ariemma, en el libro que está traduciendo para nosotros José Luis López Bulla (2), sintetiza del modo siguiente la visión de Bruno Trentin sobre la revolución de la producción que ha supuesto el post-fordismo (un término que Trentin prefería evitar, dicho sea de pasada): «… predomina la inversión inmediata, por razones financieras y especulativas, con relación a la de larga duración, lo que modifica completamente las relaciones entre accionistas y management, y en ese conterxto aumenta la diferencia entre la precariedad y la descualificación y la necesidad de una formación continua y permanente del trabajador y el crecimiento de la calidad del trabajo frente a los procesos tecnológicos cada vez más rápidos.»  

Un cambio como el que describe Trentin tiene consecuencias de todo tipo. Para empezar, en las relaciones entre los accionistas y el management: el cortoplacismo de las inversiones significa la supresión radical de las expectativas de futuro de la empresa y la pérdida de su proyección. Inversión a corto plazo quiere decir réditos urgentes, y en consecuencia renuncia a cualquier sacrificio temporal de rentabilidad en aras a un objetivo lejano, bien se trate del I+D+i, del prestigio de la marca o del valor del capital humano, todos esos intangibles que habían puesto en pie un modo de producción basado en la defensa de la calidad y de la permanencia tanto del producto como del trabajo. El manager es sacrificado en el altar del beneficio urgente por un accionista que exige su libra de carne.

Pero entonces también cambia la relación entre el manager y la plantilla de trabajadores asalariados. La calidad del trabajo deja de contar, la profesionalidad no es ningún requisito exigible, no hay ni tiempo ni dinero para la formación continua y permanente, se externalizan todas las fases de la producción posibles, se imponen plazos, condiciones y precios a la baja, y todo el universo del trabajo heterodirigido se degrada.

De rebote, la degradación del trabajo repercute a su vez en la conciencia que el trabajador tiene de sí mismo y del lugar que ocupa en el mundo. Esta cuestión, de una importancia imposible de soslayar, fue abordada en el libro La corrosión del carácter  por el sociólogo británico Richard Sennett. Un dato curioso: La città del lavoro de Bruno Trentin apareció en 1997, y la obra de Sennett la siguió como un eco lejano, en 1998. Su tesis principal puede resumirse con la transcripción de algunos párrafos de la contraportada: «Vivimos en un ámbito laboral de transitoriedad y proyectos a corto plazo. Pero en la sociedad occidental, en la que “somos lo que hacemos” y el trabajo siempre ha sido considerado un factor fundamental para la formación del carácter y la constitución de nuestra identidad, este nuevo escenario laboral puede afectarnos profundamente, al atacar las nociones de permanencia, confianza en los otros, integridad y compromiso, que hacían que hasta el trabajo más rutinario fuera un elemento organizador fundamental en la vida de los individuos y, por consiguiente, en su inserción en la comunidad.»

El desastre que vivimos estaba, por tanto, perfectamente anunciado desde hace tres lustros. ¿Es factible, entonces, evaluados ya los estragos producidos en nuestras sociedades occidentales por la orgía de codicia a que se han entregado los capitalistas anónimos de todas las latitudes, volver las cosas a su quicio y recuperar el futuro, un futuro digno con cara y ojos, a partir de la centralidad del trabajo? Lo tenemos crudo, como he dicho al principio. Al pesimismo de la razón habremos de oponerle el optimismo de la voluntad.




miércoles, 9 de julio de 2014

¿CUÁLES SON VUESTROS LIBROS?

Si no hay error en alguna parte, esta va a ser la entrada número 100 de Punto y Contrapunto. He pensado en una forma simbólica de celebración, y lo que se me ha ocurrido es ceder la palabra a alguien con más autoridad y solvencia que yo, para hacer un comentario sobre la actualidad. La actualidad la veo en la pugna dentro de la izquierda de dos (por lo menos) generaciones con formas muy distintas de concebir la acción y la reflexión política. El comentario que propongo sobre esta coyuntura complicada no es directo sino extrapolado, de refilón y por alusiones, porque la personalidad elegida por mí para tomar la palabra en la ocasión es Antonio Gramsci.

En 1920, en vísperas del congreso de Reggio Emilia y con el Partido Socialista deshilachándose en diferentes tendencias, Claudio Treves hizo al llamado grupo ordinovista una acusación original, la de bergsonismo. Gramsci se encontraba en aquel momento aislado incluso dentro de la fracción comunista: enfrentado no sólo a Amadeo Bordiga, sino a Togliatti y Terracini. Muy influido aún por la lectura de Croce y Salvemini, sus propuestas de una síntesis entre espontaneidad y conciencia racional, entre necesidad y libertad, ni eran bien comprendidas ni encajaban demasiado en los términos en los que estaba planteado el debate del partido. Treves, abogado y periodista, diputado desde 1906 y director de Avanti! entre 1909 y 1912, era el jefe de filas de la componente reformista del partido junto a Filippo Turati. Se había ganado una cierta aura debido a un feroz duelo a sable con Benito Mussolini (también socialista a la sazón), el 29 de marzo de 1915, en la Bicocca de Niguarda. Fueron 25 minutos divididos en ocho asaltos, durante los cuales Treves resultó herido en el antebrazo, en la frente y en la axila, y Mussolini en la oreja.

Pues bien, Treves acusó a los escritores de Ordine Nuovo de ser «secuaces de Bergson; la Biblia del grupo es L’évolution créatrice.» Una acusación sorprendente desde nuestra perspectiva, cuando la estatura respectiva de las dos personas aludidas, Gramsci y el filósofo francés Henri Bergson, ha sido drásticamente corregida por el tiempo. Hoy vendría a ser tanto como acusar a Marx de ser un mero epígono de Feuerbach, pero entonces Bergson estaba de moda y Gramsci era un desconocido.

Desconocido quizá, pero no indefenso. Contestó desde las páginas de Ordine Nuovo, en el número del 16-23 octubre de 1920, de la siguiente manera: «A los Treves, a los Turati, a los Prampolini, a los Zibordi, nosotros los jóvenes tenemos derecho a preguntarles: ¿Qué habéis hecho vosotros para esclarecernos las doctrinas socialistas? ¿Cuáles son vuestros libros? ¿Dónde están vuestras investigaciones sobre las condiciones económicas de la nación italiana? ¿Habéis estudiado, os habéis preocupado de investigar y de estudiar cómo se ha desarrollado la historia económica y política del pueblo italiano? ¿Sabéis cómo está organizada una fábrica? ¿Habéis estudiado el modo de existencia del proletariado italiano? ¿Sabéis decirnos cómo se presenta la cuestión agraria en Italia?»


No son preguntas vanas. Expresan orgullo y conciencia del propio valor por parte de alguien que se ha tomado la política como un asunto serio, y al que ha dedicado cantidades apreciables de esfuerzo, de reflexión y de estudio concreto. Son preguntas que mantienen toda su vigencia extrapoladas a nuestro tiempo y nuestra situación, tanto para la generación que pontifica desde poltronas largamente mantenidas en sus organizaciones, como para los jóvenes recién llegados al escenario político y que con una ambición legítima se postulan para tomar el relevo. 

lunes, 7 de julio de 2014

LA SOCIALDEMOCRACIA EN TANGA

Un artículo de José Ignacio Torreblanca en El País de ayer domingo, “La socialdemocracia en la era de la austeridad”, analiza las dificultades electorales que encuentra la opción socialdemócrata en el actual contexto europeo. Las conclusiones del análisis son pesimistas, y se sintetizan en el siguiente párrafo:«Muchos socialdemócratas sospechan que se han situado en una tierra de nadie donde sus posibilidades de ganar las elecciones sobre la base de sus viejas promesas y gobernar de acuerdo con sus verdaderas preferencias políticas se aproximan peligrosamente a cero. Y dudan sobre qué hacer: por un lado saben que volver al viejo Estado de bienestar es imposible, pues requeriría economías cerradas, es decir, deshacer la integración europea y la globalización; por otro, saben que construir un Estado de bienestar a escala europea y, paralelamente, domesticar la globalización es una tarea que excede sus capacidades.»

No son conclusiones halagüeñas, pero tampoco son veraces. Sólo por entretenernos, vamos a hacer como en la canción infantil y contar las mentiras. Primera, los socialdemócratas europeos dejaron de habitar ya hace años esa «tierra de nadie» a la que le condenaban sus «viejas promesas» y sus «verdaderas preferencias». Segunda, no «dudan sobre qué hacer», ya han decidido; abandonando toda propuesta de políticas redistributivas (probablemente insuficientes en cualquier caso), se han sometido con mansedumbre a la dictadura de los mercados y a las desigualdades rampantes que genera (díganlo si no Blair, Schröder y Zapatero). Tercera mentira, no saben o por lo menos fingen no saber que «volver al viejo Estado del bienestar es imposible»; siguen planteando como anzuelos electorales la honradez centenaria y la eficacia en la gestión de lo público de la tradición socialdemócrata, el sueño de la vuelta atrás, sin que su mano izquierda parezca enterarse de que con la mano derecha practican el mismo deporte de las puertas giratorias entre la función pública y el negocio privado de sus colegas de la casta. Y cuarta mentira, ¿por qué ha de exceder sus capacidades la construcción de una red europea de protección y previsión social, y qué tabú sagrado les impide intentar poner coto a los desafueros de los especuladores globales? Esta es la falsedad más enigmática del artículo de Torreblanca; ni siquiera intenta argumentarla, a pesar de que se refiere a un proyecto político necesario y ambicioso, a la altura de los tiempos que corremos. Obama está intentando hacer eso mismo desde el centro del imperio, y curiosamente las reticencias a sus planes de control de la banca global vienen de Europa (véase al respecto el artículo de Sol Gallego-Díaz, también en El País de ayer).

En conclusión, la imagen de Torreblanca de una manta electoral demasiado corta de la socialdemocracia, que le deja al descubierto alternativamente los pies si tira para arriba, o el pecho si tira para abajo, puede resultar bondadosa en exceso en la situación española, donde se ha fiado todo a una renovación de personas y de imagen, pero no de política. De seguir contemplando su ombligo en una época en la que la realidad avanza a largos trancos de velocidad digital, la insuficiente manta electoral que cubre a nuestra socialdemocracia podría verse reducida en un plazo no demasiado largo a un breve, brevísimo tanga. No estoy enunciando ningún desiderátum, al contrario. Me parece urgente que nuestros amigos espabilen.


sábado, 5 de julio de 2014

LA MUÑECA Y EL BRUTO


En una visita anterior a Georges Brassens (1) hablé de la canción Je me suis fait tout petit (“Me he hecho muy pequeñito”), que pone en escena a una pareja amorosa peculiar, formada por una muñeca y un bruto. La misma pauta se repite por lo menos en otras tres canciones de Brassens. En las cuatro el cantante habla en primera persona, adjudicándose el papel del bruto, pero su partenaire, la muñeca, cambia en cada caso. También los desenlaces son distintos de canción a canción, pero aparecen algunos elementos comunes que dan al conjunto un “aire de familia”: en dos de ellas el acto amoroso tiene lugar en el agua, y en todas se menciona una reserva o un pudor inicial en la muñeca ante la acometida del bruto, que da paso posteriormente a una alegre cooperación. Además, en tres de las cuatro canciones nada menos, se menciona un elemento de gran actualidad deportiva: el mordisco.

Dans l’eau de la claire fontaine es la que más se despega del grupo; se trata de un episodio galante al estilo antiguo y no está del todo claro que el varón sea en efecto un bruto. La “bella” se está bañando desnuda en una fuente clara, y una ráfaga de viento se lleva sus vestidos. Pudorosa, pide auxilio al cantante: debe buscar para vestirla «hojas de parra y flores de lirio y de azahar». Él le fabrica un corpiño con pétalos de rosa. Una sola rosa basta, porque, explica, «la belle n’était pas bien grosse». Después compone una falda con hojas de parra. Una hoja es suficiente, tan pequeña era la belle. Ella le tiende brazos y labios para darle las gracias, y él los toma con tanta ansia que… «elle fut toute deshabillée».Pero el juego complace a la bella, que vuelve muchas veces a la fuente para bañarse desnuda rezando a Dios para que sople el viento.

De la protagonista de Comme une soeur, nos dice Brassens de forma explícita que se parece a su muñeca «como una hermana». Baja al río para mojarse los piececitos, y él se oculta en el fondo del agua disfrazado de cachalote. Así consigue morderle el talón, «nunca un tiburón probó semejante delicia». La bella lo castiga sujetándole la cabeza debajo del agua, y él no tiene más remedio que hacerse el ahogado. Entonces, dándolo en efecto por muerto, ella «le besa y le muerde» para revivirlo. «Si ese es el destino de los ahogados al exhalar el último suspiro, vuelvo a tirarme al agua de inmediato», comenta Brassens. Al día siguiente corre a casa de los padres de la muchacha para pedirles su mano, y es rechazado por pobre. La casan con un comerciante, «un verdadero saco de oro, más viejo que Herodes y que Néstor». Y él espera con impaciencia que la faucheuse, la de la guadaña, siegue la hierba bajo los pies del marido, y la viuda desconsolada pueda volver a sus brazos.

Casi la misma historia se cuenta en Je suis un voyou, pero desde otro ángulo, el del remordimiento. No hay ríos ni fuentes aquí: la muchacha, que en este caso tiene nombre, Margot, va a la iglesia a rezar, vestida con un humilde vestido de lana y calzada con zuecos. El bruto, al verla, «pierde la tramontana». «Le dije: “eres el vivo retrato de la Virgen María”, el buen Dios me lo perdone, era un poco verdad.» Y sigue aquí el estribillo que concluye todas las estrofas: «Me lo perdone o no, tanto me da (je m’en fous),ya tengo el alma en pena, soy un criminal.» La historia sigue: muerde primero los labios de Margot para saber qué gusto tienen, y muerde luego en su corpiño los frutos prohibidos. La reacción de la beatita se describe así: «Me dijo en un tono severo: “¿Qué haces?”, pero me dejó hacer. Las chicas son así (les filles c’est comme ça).» Él acaba por desgarrarle el vestido, «sin querer, el buen Dios me lo perdone, no pude aguantarme». Pero el amor entre los dos no prosperará. El voyou, el criminal, vuelve a perder la tramontana cuando pierde a Margot, casada contra su voluntad con un triste meapilas. A estas alturas, concluye el cantante, «debe de tener dos o tres mamoncetes que lloran para tener su leche. Y yo mamé de su madre mucho antes que ellos, el buen Dios me lo perdone, estaba enamorado». Se lo perdone Dios o no, de todos modos il s’en fout, suficiente castigo ha tenido con perder a Margot.

Je me suis fait tout petit viene a rematar esta pequeña serie temática. Aquí la relación de la pareja no se frustra y tiene un desarrollo, un más allá. Se supone que entre los dos todo empezó también con la embestida ciega de él y la complacencia más o menos disimulada de ella; pero al paso del tiempo el bruto se ha empequeñecido y la muñeca se ha agigantado. «Acato su ley, sufro su imperio sin quejarme». La canción se fija de modo especial en un detalle significativo, los dientes de ella: «dientes de leche cuando sonríe, cuando canta; dientes de lobo cuando se enfurece, cuando es malvada».


viernes, 4 de julio de 2014

DESORDENAMIENTO JURÍDICO

Mal tienen que andar los nervios en las antesalas del poder cuando Mariano Rajoy ha decidido variar su discurso habitual del «No pasa nada salvo alguna cosa», y en lugar de proclamar que la madurez de los españoles despierta el asombro del mundo, lanza de pronto un mensaje de regeneración democrática. Mala, muy mala señal para quienes nos habíamos acostumbrado a mecernos en la indolencia contemplativa de nuestro líder mayoritario absoluto. De pronto nuestras instituciones han dejado de ser sólidas y consecuentes. El presidente de las Cortes ha expresado sotto voce su opinión de que el aforamiento del rey abdicado ha sido una chapuza, a pesar de que se nos había vendido como un alarde de previsión cuidadosamente milimetrado en cuanto a la oportunidad, el tempo y las providencias adoptadas. De otro lado el ciudadano Borbón viene a sumarse a una multitud ingente de aforados por diversos estatutos, unos once mil en total, es decir tantos como las vírgenes que según tradición inmemorial sufrieron martirio en Colonia junto a la ciudadana Úrsula (Santa Úrsula antes de perder sus prerrogativas judiciales). Incluso Mariano Rajoy parece considerar excesivo ese número de aforados; la opinión contraria la ha expresado el gobierno catalán, que tiene intención de independizarse de España, pero no tanto. (Se ha insinuado desde la portavocía de la Generalitat que el aforamiento es más bien una pesada carga que acarrea toda clase de molestias y trastornos a los implicados, y se ha criticado con acritud a Rafael Ribó, el síndic de greuges, por su insolidaridad con el colectivo, al haber renunciado de forma voluntaria a su condición de aforado.)

La regeneración democrática propuesta por Mariano Rajoy no va, de momento, mucho más allá del famoso parto de los montes. Se propone reducir el número de aforados, pero no cómo ni cuándo. Ahora bien, éstos han surgido de tantos artículos, normas transitorias, añadidos y excepciones a leyes ordinarias y extraordinarias, que su reconsideración global exigirá un prolongado trabajo de rastreo y una paciencia y erudición legislativa inconcebibles en los modos y usos de nuestra casta.

Las otras medidas que se apuntan son la elección automática como alcalde del cabeza de la lista más votada en las elecciones, y la recentralización del Estado suprimiendo competencias de las autonomías. Los malpensados dirán (diremos) que Mariano, más que regenerar, barre para casa con descaro. Con todo, no va a poder evitar con su estrategia algunas incertidumbres. Primero, un cambio de normativa electoral para las municipales le permitirá no perder tantas alcaldías, pero es muy posible que de todos modos pierda muchas, y algunas de ellas significadas. Todo veneno tiene su triaca, y van a ponerse de moda las coaliciones electorales ad hoc y “contra”. Pongamos que hablamos de Madrid o de Valencia (en Barcelona la operación está ya en marcha, pero eso no preocupa al PP porque el alcalde no es suyo). Segundo, la recentralización de competencias autonómicas le será útil sólo si conserva la mayoría absoluta que ahora posee; pero es muy improbable que tal cosa suceda. Mariano debería aprender del viejo cuento de la lechera a no apresurarse a planificar inversiones de futuro para las supuestas ganancias que ha de reportarle la leche que lleva al mercado en un jarro en equilibrio inestable sobre su cabeza.

Y tercero, para llevar a buen puerto sus intenciones necesitará modificar la Constitución, algo que hasta anteayer estaba vendiendo como un imposible absoluto por tratarse de la garantía última de nuestro estado de derecho. Quizá, vistos los excelentes resultados de todo el proceso de abdicación – coronación – aforamiento de la institución monárquica, Mariano ha cambiado de opinión y se propone intentar la hazaña mientras aún conserva la mayoría absoluta. Todo será cuestión de estudiar con esmero los tiempos, las formas y las modalidades para diseñar la operación con precisión quirúrgica. O bien, como alternativa, de perpetrar otra chapuza. Como dijo el Gran Timonel en una era geopolítica anterior, tanto da que el gato sea blanco como negro, si caza el ratón.

José Luis López Bulla hablaba ayer en su blog de «dregeneración» (sic) al comentar las propuestas de Mariano. Puestos a innovar el lenguaje para adaptarlo mejor a la realidad degradada en la que nos movemos, también tendremos que empezar a hablar de nuestro «desordenamiento jurídico». Los puristas se inclinarán, sin embargo, por utilizar alternativas más castizas que se encuentran ya en el thesaurus de nuestra lengua. Por ejemplo, «cotarro jurídico» en lugar de ordenamiento, o «estado chungo de derecho».


jueves, 3 de julio de 2014

UN REFORMISTA REVOLUCIONARIO

Bruno Trentin no creía en la revolución, por lo menos en una revolución concebida como un proceso de cambio rápido, drástico y expeditivo: en una vuelta de la tortilla, según la imagen popular. Tampoco habría creído – es una suposición mía, en todo caso – en la mayor eficacia de la velocidad digital sobre la analógica en los procesos de transformación social. Fue un reformista convencido, un hombre de propuestas y no de imposiciones, de integración y de consenso, atento siempre a la eficacia de los movimientos colectivos y nunca al brillo individual; un hombre convencido de que sólo los cambios moleculares en el abajo de la sociedad y la transformación de la cantidad en calidad debida a la lenta acumulación de fuerzas sociales con un sentido de progreso, podían proporcionar la solidez y el respiro suficiente para conquistar posiciones permanentes en el arriba, en el puente de mando de la sociedad y de la política.

Ser reformista no equivale a creer en la bondad de una política cualquiera basada en reformas, sin especificar. Trentin era un reformista exigente. Contaba con una hoja de ruta precisa: la libertà viene prima, y luego la transformación del trabajo, el acceso de todos a la cultura, la ampliación y el robustecimiento de los derechos de ciudadanía. Al fondo quedaba el poder político, el problema del Estado. En su hoja de ruta estaba marcado también el Estado, pero en el final del trayecto, no en el principio mismo. Para Trentin, colocar el Estado en primer término, como atajo para conseguir un vuelco de la tortilla por decreto, era un error imperdonable.

En este punto, como en otros, Trentin seguía a Antonio Gramsci. Hay un pasaje muy conocido de losCuadernos donde Gramsci baraja dos temas clave de su pensamiento político, la importancia de la hegemonía y la revolución pasiva. Es este: «En la política de los moderados aparece claramente que puede y debe haber una actividad hegemónica incluso antes de llegar al poder, y que no se tiene que contar sólo con la fuerza material que da el poder para ejercer una dirección eficaz; precisamente la brillante solución de estos problemas [por parte de los moderados, se entiende] ha posibilitado el Risorgimento en las formas y con los límites que ha tenido, sin “terror”, como “revolución” sin “revolución”, o sea, como “revolución pasiva”, por utilizar una expresión de Cuoco en un sentido un poco distinto del que él le da.» (La traducción es de Manuel Sacristán; la aclaración entre corchetes, mía.)

En el sentido propiamente gramsciano, recordémoslo, la revolución pasiva resulta del bloqueo de una situación potencialmente revolucionaria cuando ni el bloque representante de lo antiguo ni el de lo nuevo consiguen hegemonizar el proceso. Lo que ocurre entonces es un acomodo, una reconstitución de las clases sociales dentro de un nuevo orden capitalista. En el Risorgimento italiano, la revolución pasiva desembocó en el cavourismo, que atrajo a su órbita a buena parte de los intelectuales del Partido de Acción, en un fenómeno político peculiar al que Gramsci dio el nombre de «transformismo». El propio Gramsci recuerda el regocijo cuartelero con que el rey Víctor Manuel presumía de tener «en el bolsillo» a Garibaldi.

La posibilidad de una nueva revolución pasiva asoma varias veces en los escritos de Trentin. En La ciudad del trabajo señala una crisis de identidad de la izquierda muy anterior a la quiebra del socialismo real. Una parte de la izquierda, argumenta, sigue fiel con «devoción atávica» a una imagen revolucionaria ideológica que ya no tiene correspondencia en la realidad; otra parte se orienta al «pragmatismo de la gobernabilidad», a tejer alianzas y compromisos no para promover reformas, sino para mantenerse a flote y medrar en el marasmo de lo existente. Y sin embargo, la quiebra del fordismo, la recomposición del capitalismo financiero, la irrupción imparable de la novedad tecnológica, abren espacios inéditos para que la clase obrera, ella misma en profunda mutación, luche por una nueva hegemonía. Es en ese contexto de perspectivas abiertas y de indeterminación, en el que evoca la posibilidad sombría de una revolución pasiva. Reproduzco una cita de La ciudad del trabajo, que Iginio Ariemma incluye en el estudio sobre La sinistra de Trentin que está traduciendo López Bulla: «La izquierda debe liberarse de la cultura fordista, desarrollista y taylorista en la que se empeñó desde hace tiempo. Si no lo hace estará definitivamente condenada a sufrir una segunda revolución pasiva más grande y de una mayor duración de aquella que lúcidamente analizó Antonio Gramsci en los años veinte». 


He dicho antes que Trentin fue un reformista exigente. Gilles Martinet lo incluyó en un grupo de autores que, desde posiciones heterodoxas tanto en el campo comunista como en el socialista, desarrollaron a partir de los años sesenta análisis novedosos sobre los cambios en el capitalismo (lo que pronto se etiquetaría bajo el nombre de neocapitalismo) y en la composición y las expectativas de la clase obrera. Martinet los llamó «reformistas revolucionarios» y cita entre ellos, además de Trentin, a Pietro Ingrao, Lelio Basso, Riccardo Lombardi y Vittorio Foa. Buena compañía. 

miércoles, 2 de julio de 2014

EL ATAQUE CONTRA LAS LIBERTADES Y DERECHOS


José Luis López Bulla y Paco Rodríguez de Lecea


Hace tiempo definíamos la política del gobierno del Partido popular en la onda del más puro bonapartismo. La cosa se ha degradado todavía más. Está en marcha un ataque en toda regla contra las libertades y los derechos sociales, con una saña particular en la agresión al ejercicio del derecho de huelga, agresión que ha culminado con el encarcelamiento de algunos sindicalistas, estando encausados más de cien.   

No estamos hablando ya de una democracia demediada, sino de un sistema que, gradualmente, está estableciendo para los derechos de la ciudadanía (que antes toleraba en clave de fastidio) un trato legal igual al que se reserva a los institutos subversivos. Para ello, la vara de juzgar –desde el gobierno y sus islas adyacentes— es la aplicación de una lectura, inédita hasta ahora, del Código Penal, que roza la felonía en el más puro estilo de la ley del encaje. El gobierno declara actuar según una “legalidad” que él mismo está cambiando cada día para no ser acusado de conculcarla. Se criminalizan conductas antes inocentes; se provoca el choque callejero entre manifestantes y fuerzas del orden según técnicas que no se veían desde tiempos añejos y perfectamente olvidables; se extienden de forma arbitraria las responsabilidades de las organizaciones convocantes de actos de protesta hasta hacerles pagar incluso los destrozos causados por una brutalidad policial que está ordenada desde arriba.

Esta es una situación áspera que viene de muy atrás, pero que –tras las recientes elecciones europeas--  ha adquirido mayor espesor. Las novedades aparecidas en estos comicios han creado una serie de perplejidades en el Partido popular, en la derecha económica y en sus diversas franquicias. La reacción de ese conglomerado conservador no ha ido por el camino de la búsqueda de las causas de las pérdidas significativas del orden bipartidista, sino por el de la tosca apelación al recurso del bastón y tente tieso. Más todavía, la pretensión de fondo es instalar el miedo en la conciencia de la ciudadanía: de ahí la “leyenda urbana”, que hacen correr con desparpajo, de que todo lo que se mueve en la protesta tiene (o tuvo) conexiones con el terrorismo etarra. Esta operación, no obstante, es inútil: de un lado arraiga la certidumbre de que la derecha política y sus franquicias mienten espasmódicamente; de otro lado, con las redes sociales y los instrumentos de socialización en vivo, el gobierno y sus franquicias nuevas y viejas, ya no cuentan con el monopolio de la información.

Para utilizar una imaginería gramsciana, convendría en la actual situación pasar de una fase ya demasiado larga y desgastadora de «guerra de posiciones», a otra fase de «guerra de movimiento». Una «guerra» que no puede trabarse a cachos, esto es, hoy en defensa de los derechos sociales y sus instrumentos (la huelga, la manifestación); mañana, contra la Ley Mordaza; pasado, contra la Leyde seguridad ciudadana … Porque las libertades y los derechos de los ciudadanos son inescindibles.

Posiblemente ha llegado la hora de los grandes movimientos unitarios; y no queremos acabar esta llamada de atención sin señalar que el mayor énfasis para la convergencia de esfuerzos debe ponerse en que el “no” actual sea la antesala de un proyecto positivo que afirme y consolide una libertad sin restricciones y una democracia sin adjetivos.  Porque, en definitiva, “esa gente” no son ineptos, saben perfectamente lo que quieren y buscan. Es de suponer que nosotros también. Ya lo dijo el inglés famoso: «Fuertes razones hacen fuertes acciones.»