martes, 11 de noviembre de 2014

INNOVACIÓN Y POLARIZACIÓN DEL TRABAJO (I)

La lectura de un artículo de Andrew Leonard, traducido por Javier Velasco Mancebo y publicado en los blogs En Campo Abierto y Metiendo Bulla (1), me hace caer en la cuenta de que conocemos aún pocas cosas sobre los efectos reales de la TIC (tecnología de la información y las comunicaciones) en el empleo. El artículo de Leonard – muy periodístico, muy cuidadoso de no emitir juicios personales y dar en cambio una panorámica del estado de la cuestión a través de puntos de vista contrapuestos de distintos expertos –, alude a una realidad al parecer estadísticamente comprobada y cuantificada en Estados Unidos: la TIC está destruyendo más empleo del que crea, pero además uno de sus efectos es la polarización de los salarios hacia los dos extremos de la escala retributiva: se dan de forma simultánea un incremento salarial muy pronunciado para quienes están en la onda de la innovación, y un retroceso significativo para el resto, incluidos los empleos medios que no son marginales a dicha innovación sino que se definen como “complementarios” a la misma. De esta forma se produce un vacío progresivo en las capas “medias” del empleo y un crecimiento rápido de las desigualdades en el universo del trabajo heterodirigido.

En otras palabras, el dinero afluye sin tasa a la espuma que corona la ola de la innovación, y escapa en cambio de la amplia base que sustenta la misma. La percepción del fenómeno en Estados Unidos no es distinta de la que podemos tener en nuestras latitudes. Nos encontramos ante un motivo de preocupación serio. Y, más allá de la preocupación, ante una realidad intrigante en la medida en que contradice tendencias muy consolidadas a lo largo de la historia económica. La introducción de tecnologías novedosas siempre, desde los luditas, ha producido en una primera etapa destrucción de empleo, pero ese desajuste inicial se ha compensado sobradamente después con una ampliación generosa de las oportunidades de trabajo mejor remunerado. En todas las revoluciones industriales se ha dado una sustitución progresiva de un tipo de empleo obsoleto de cualificación muy baja, condenado de antemano a la desaparición, por puestos de trabajo de nueva creación, con una cualificación más alta y niveles salariales superiores, adaptados ya a la innovación.

Sin embargo, en el caso actual, los datos conocidos no se ajustan a ese esquema. Todo indica que lo que está ocurriendo es distinto. Y la pregunta concreta de Leonard es la siguiente: «¿Por qué el aumento de la productividad de tanto cambio tecnológico radical no ha elevado el nivel de vida de la mayoría de la gente?»

Algunos de los expertos citados por Leonard responden a esa pregunta que todo está en orden y el tiempo pondrá las cosas en su sitio. La nueva revolución tecnológica es en sustancia igual a las anteriores en sus mecanismos y en sus efectos, sólo hay que darle tiempo para que penetre más a fondo en el sustrato social; cuando se disipe la polvareda de la novedad y todo se asiente, empezarán a notarse los consabidos efectos beneficiosos en el empleo y en la calidad de vida de las personas.

Yo no confiaría demasiado en esa hipótesis. Se me ocurre que esta mutación tecnológica concreta tiene unas características diferentes de todas las anteriores. La TIC ha aparecido como una novedad absoluta en la historia económica, y como tal debe ser comprendida, asimilada, y también, en su caso, rectificada en los aspectos que aparecen indeseables. Es lo que sugiere el mismo Leonard cuando señala que los estropicios sociales generados por una revolución “liberal” convocan paradójicamente el contrapeso necesario de más “socialismo”. Y en ese contexto convoca al espíritu de un Carlos Marx que refunfuña: «Ya lo decía yo.»

Tampoco confío demasiado en la posibilidad de poner remedio “desde fuera” a la innovación. Lo cierto es que la innovación ha impregnado ya el modo de vida de las sociedades avanzadas; ni los sindicatos, ni los gobiernos, ni los ciudadanos críticos, nos encontramos al margen de ella. No podemos corregirla desde fuera, porque estamos dentro. Wifis, iPads, iPhones, facebook... El acceso a las tecnologías de banda ancha ha cambiado la estructura del mundo; por así decirlo, ha modificado todos los puntos cardinales.

Esa es la novedad de la innovación, y no hay redundancia en la expresión. El modo de producción de bienes y servicios avanzaba hasta ahora por los carriles del maquinismo y de la automatización. Ahora el motor del progreso se ha desplazado a un terreno distinto. Estamos en la sociedad de la información. De tan repetida, la frase puede parecer vacía de contenido, pero no es así; los tópicos también apuntan a realidades operativas. El acceso a una información ingente, su tratamiento, su utilización, su manipulación, son las señas de identidad de nuestro mundo actual.

Ahora bien, si en este caso la innovación se diferencia de las anteriores y abarca un universo de transformaciones mucho más amplio, en una cosa sigue siendo igual a aquellas, o por lo menos tal es mi hipótesis de partida: la TIC es neutral en relación con el sistema productivo, y por tanto con el empleo y su remuneración. Es el modo concreto de gestionar y de utilizar la innovación lo que está erosionando los niveles salariales y creando desigualdades desmesuradas y abusivas en el universo del trabajo por cuenta ajena.

No entra en mi intención ni en mis capacidades entrar en filosofías de fondo sobre el tema de la sociedad de la información; sólo pretendo, y ya es seguramente demasiado, apuntar desde mi propia y mínima experiencia y desde mi intuición algunas posibles consecuencias prácticas para la acción de los sindicatos. A ese empeño dedicaré un próximo post.



lunes, 10 de noviembre de 2014

¿QUÉ LE PASA A ESA CHICA?

Se ha celebrado la gran fiesta ciudadana del 9 de Noviembre en Cataluña, y las cosas han ido exactamente por donde se sabía ya que iban a ir. La gente ha expresado libremente su opinión, aun a sabiendas de que esa opinión no va a ser computada ni convalidada. Artur Mas ha conseguido un balón de oxígeno de cara a unas elecciones que pueden ser ya, y según y cómo, inminentes. Mariano Rajoy ha hecho gala de sangre fría, cosa que a nadie puede sorprender: si algo le sobra, es cuajo. Oriol Junqueras, que no tiene ni la sangre fría ni la capacidad de cálculo como sus mejores cualidades, sigue convencido de que la independencia está «a tocar», como se dice por aquí; aunque lo cierto es que la independencia no se ha acercado un milímetro.

La salida del laberinto catalán es si cabe más difícil hoy. El soberanismo ha subido sus apuestas. Lo que hace algunos meses hubiera sido una solución factible, ya resulta insuficiente. No basta un concierto económico; se exige un referéndum decisorio. Ni Mas está en condiciones de rebajar su órdago, ni Rajoy podría ceder aunque quisiera. Estamos más cerca de un desenlace traumático, y sólo dependemos para evitarlo de que los protagonistas (por lo menos hasta nuestra próxima visita a las urnas) de la escena política mantengan la serenidad en el trance.

A propósito de serenidad, ¿qué le pasa a Rosa Díez? Ha vuelto a reclamar represión, en nombre de la democracia. Se le ha olvidado, o no ha sabido nunca (hay mucha falta de ignorancia, como decía un Séneca de pueblo), que el primer axioma de la democracia dice que las minorías son tan importantes, si no más, que las mayorías, porque sin su presencia activa no hay democracia sino una dictadura de la mayoría. Es perfectamente democrático que una minoría dé voz a sus agravios o a lo que tiene por tales; y la obligación de la mayoría es escuchar esa voz, no para darle satisfacción plena a costa de la opinión mayoritaria, sino para buscar una solución de consenso que facilite la convivencia común. ¿Que eso no es fácil? ¿Quién ha dicho que la política tenga que ser fácil?


Rosa Díez se ha alineado con Boadella para pedir al gobierno que «no tenga piedad» con Cataluña. Boadella es un bufón y nadie toma al pie de la letra sus salidas de tono, pero ¿esa chica? Ya antes ha dado varias muestras de un talante ordenancista y autoritario dentro de su propia formación. Es su cotarro, no voy a meterme ahí. Pero cuando saca a relucir intervenciones de la fuerza pública, empapelamientos y prisiones con tanto desahogo, me pregunto: ¿qué le ocurre? ¿Hay un trauma infantil hundido en su subconsciente, o es simplemente que le pirran los uniformes, en particular los de color verde oliva? ¿No será, como apuntaba Federico García Lorca, que tiene el alma de charol y el cielo se le antoja una vitrina de espuelas?

sábado, 8 de noviembre de 2014

COLITA, PORQUE NO


Por supuesto, estuve en la Pedrera en marzo de este mismo año para la primera antológica de Colita (Isabel) Esteva. Su título era Colita, porque sí. Carmen y yo pasamos allí dos horas encantadas, y nos fuimos de la exposición a disgusto. Cierto, pertenecemos los dos a la generación de Colita y hemos visto centenares de fotos que llevaban su firma en centenares de ocasiones y de publicaciones, a lo largo de medio centenar de años. Allí las reencontramos todas juntas, y el resultado adquirió un poder de atracción irresistible, porque la mirada de Colita reflejaba en cierto modo la misma mirada nuestra sobre las mismas cosas, pero era un reflejo depurado y quintaesenciado.

Hablamos Carmen y yo ese día del misterio del arte, porque nada parece más fácil que enfocar un objetivo y oprimir un disparador. Pero la capacidad para apresar en una instantánea una emoción fugitiva, para revelar el alma desnuda de una persona, para trascender una verdad al mismo tiempo aparente y escondida, amigo, eso es otra cosa. Nuestra memoria de Serrat y de Raimon, de Teresa Gimpera y Carmen Amaya, de Terenci y Anna Moix, de Gabo, de Gil de Biedma, de Ocaña y tantos otros, de las Jornadas feministas y de las manifestaciones por la libertad en Barcelona, es hoy por hoy una memoria filtrada por el objetivo de Colita. Repasamos el listado de premios, reconocimientos y galardones a la fotógrafa, y nos parecieron pocos, lamentablemente pocos.

Ahora le han dado a Colita el Premio Nacional de fotografía, y lo ha rechazado. Igual que Jordi Savall, dicen algunos. No, caramba, igual no. El renombre de Savall se extiende mucho más allá de las fronteras del país, a todo el mundo de la música, y tiene más fácil – aunque  nunca es fácil –, la renuncia a un galardón merecido, con mayor razón por el hecho de estar otorgado por una administración que, en la medida en que desprecia cuanto ignora, se muestra especialmente cicatera con la cultura. Pero para Colita un premio nacional era la ocasión soñada para darse a conocer en ámbitos en los que después de cincuenta años de profesión sigue siendo una casi perfecta desconocida.

Ha decidido rechazar el premio por estética. La estética, hay que reconocerlo, es su terreno de elección. No hacen falta, en consecuencia, más razones. Colita no quiere ese premio, porque no

viernes, 7 de noviembre de 2014

JUEGOS PROHIBIDOS

El próximo domingo celebraremos en Catalunya el Nou 9N (Nuevo Nueve Ene), que va a ser una jornada lúdica y participativa deliciosa: se llevará a cabo una simulación de consulta acerca de una simulación de independencia. Todo ello promete ser un juego colectivo de una insoportable levedad, como diría Kundera.

Conviene advertir que el juego en cuestión ha sido prohibido por el Tribunal Constitucional de España, un detalle que podría, según cómo, aguarnos la fiesta institucional. Pero no hay que alarmarse demasiado. Fuentes del Ministerio del Interior han dejado filtrar la información de que, más que de una prohibición, se trata en este caso de una simulación de prohibición.

Todo concuerda, pues, y la fiesta, en tal caso, será completa. Resultará, eso sí, bastante surrealista [foto de Salvador Dalí: él también habría votado sí-sí], o más bien abstracta [foto de Joan Miró: él también habría votado sí-sí], o simplemente frívola [foto de Christa Leem: ella también habría votado sí-sí]. Pero la cosa no parará ahí. Se recogerán firmas para elevar una petición a las Naciones Unidas en defensa de nuestro derecho a la autodeterminación. Seguramente habrá que esperar bastante en la ventanilla correspondiente. Al fin y al cabo tienen mayor urgencia asuntos como el del Estado Islámico, el del Este de Ucrania, el de Boko Haram, la epidemia del ébola en Liberia y Sierra Leona, o incluso los asesinatos del narcotráfico en México. Es comprensible y estamos dispuestos a esperar; al fin y al cabo todos esos son asuntos para llorar, y en cambio el nuestro es de risa.

Se presentaron en casa el otro día un par de señoras bien vestidas, provistas de tarjetones del 9N, para hacernos una encuesta a Carmen y a mí. La primera pregunta era en qué proponíamos invertir el excedente de 16 a 18 mil millones de euros que tendríamos en caso de conseguir Catalunya la independencia. Debo decir que Carmen y yo nos quedamos un poco impactados, y preguntamos de dónde salían tales cifras. De un estudio hecho por economistas muy competentes, nos dijeron. Ah bueno, otra simulación, ya se sabe cómo funcionan los pronósticos de los economistas y qué fiabilidad se les puede dar.

Pero a pesar de nuestra buena voluntad para encajar la cifra en cuestión, la encuesta se torció de inmediato de modo irremisible. Fue cuando explicamos a las dos amables voluntarias que no nos interesaba cómo se repartiría el dinero de más que íbamos a tener con la independencia, sino el dinero que ya tenemos. ¿Va a seguir repartiéndose igual que hasta ahora, hacia las mismas personas y los mismos grupos, con las mismas prioridades, por los mismos canales, con idéntica transparencia? Las señoras no atinaron a darnos ninguna respuesta, y renunciamos a cumplimentar los ítems de la encuesta que venían a continuación. Si la mayor parte del pastel va a seguir repartiéndose de la misma forma que hasta ahora, para ese viaje a Ítaca no hacen falta alforjas.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

CADORNISMO

El general Luigi Cadorna fue el jefe de Estado mayor del ejército italiano durante la Gran Guerra. Brillante estratega – en opinión de algunos historiadores militares –, dirigió las operaciones en el frente del Isonzo. En el verano de 1916, su ofensiva masiva en torno a Gorizia dejó como balance una ínfima ganancia territorial a cambio de una cifra aterradora de bajas por fuego enemigo y por enfermedades debidas a la insalubridad, la desnutrición y otras circunstancias. El nombre de aquella campaña ha quedado fijado para la posteridad en una canción inolvidable: O Gorizia tu sei maledetta. Al año siguiente, en octubre de 1917, Cadorna recibió informes imprecisos de inteligencia sobre una ofensiva inminente del ejército austrohúngaro reforzado por contingentes alemanes. Estudió su posición en los mapas, revisó los tratados de estrategia más prestigiosos, y decidió que aquella ofensiva no podía tener éxito. En la batalla de Caporetto el ejército italiano sufrió 40.000 bajas entre muertos y heridos, y el enemigo hizo prisioneros a más de 280.000 hombres y capturó 3.150 piezas de artillería. Se perdió toda la región del Friul. Muchos pueblos en torno al Isonzo nunca fueron recuperados; Caporetto se llama hoy Kobarid y forma parte de Eslovenia.

En los Cuadernos de la cárcel, Antonio Gramsci dio el nombre de cadornistas políticos a los burócratas de la estrategia que planifican sobre hipótesis “lógicas” y desestiman los obstáculos reales que se oponen a sus iniciativas. Es difícil, afirmó, extirpar de los dirigentes el cadornismo, «es decir, la persuasión de que una cosa se hará porque el dirigente considera justo y razonable que se haga.» Y si a fin de cuentas la cosa en cuestión no se hace, la culpa recaerá en aquellos que “habrían debido…”, etc. De hecho, después del desastre de Caporetto Cadorna culpó de lo ocurrido a una pretendida huelga de brazos caídos de los soldados italianos, en su mayoría campesinos procedentes de levas forzosas, que habrían sido inficionados por “quimeras pacifistas” propagadas en los regimientos por activistas anarquistas y comunistas. La baja moral de la tropa después de muchos meses de guerra de desgaste, la desnutrición debida a la escasez de las raciones, la brutalidad de los mandos hacia quienes eran considerados como mera carne de cañón, no pesaron en la balanza del juicio. Los jefes se sintieron satisfechos de sus propios desatinos e hicieron recaer la culpa en los soldados-masa que no habían sabido cumplir con precisión las órdenes recibidas.

Se expresa en esa actitud toda una concepción vieja y errónea del mando, según la cual, a los dirigentes les corresponde “decidir” en abstracto, y a los dirigidos “ejecutar” en lo concreto. Como si hubiese una correlación estrecha entre, digamos (es tan sólo un ejemplo entre muchos posibles), la idea abstracta de la independencia de los pueblos y el itinerario real, sembrado de obstáculos, que puede conducir, o no, a un pueblo concreto hacia esa independencia. Karl Marx, impaciente con los brujuleos de algunos cadornistas del movimiento obrero de su época, los llamó «alquimistas de la revolución».

Los alquimistas de cualquier especie son vendedores de humo peligrosos. Peligrosos porque, como argumentaba Gramsci en relación con Cadorna, «juegan fuerte con la piel de otros». Si la cosa finalmente sale mal, se encogen de hombros y piensan: en fin, otra vez será. Sin considerar el desperdicio de fe y los sacrificios inútiles que han provocado.




martes, 4 de noviembre de 2014

ACUDEN PRESUROSOS LOS ZORROS A PACIFICAR EL GALLINERO



El Consejo Empresarial para la Competividad (CEC), que reúne a las mayores empresas del Ibex, ha presentado en público un plan de choque para crear en cuatro años 2,3 millones de empleos y reducir la tasa de paro a un 11%, décima más, décima menos. Cabe preguntarse por qué ese plan aparece sólo ahora, cuando llevamos ya seis años cumplidos de crisis económica, pero nunca es tarde si la dicha es buena.

El acto de presentación del plan “España 2018” tuvo lugar en la sede central de Telefónica en Madrid, y altos cargos del Santander, BBVA e Iberdrola hicieron costado a César Alierta, el presidente de la empresa anfitriona, que ejerció de ponente. Las imágenes aparecidas en los medios son expresivas: de no ser porque el dinero non olet, se podría haber dicho que el acto olía a dinero. En cualquier caso, el surtido de corbatas que mostraron los magníficos puestos ante los flashes sí tenía el color del dinero.

Estas son algunas de las propuestas realizadas por el CEC, según se expresan en la prensa escrita:

Se propone aflorar el trabajo sumergido y luchar con mayor ahínco contra el fraude a la seguridad social de quienes cobran subsidio y trabajan en negro.

Se propone un recorte fiscal de 30.000 millones de € tendente a priorizar la recaudación por impuestos indirectos en lugar del IRPF, de modo que lo que se grave sea sobre todo el gasto, y no el patrimonio.

Se propone aumentar el tamaño de las empresas, con medidas tales como una mayor flexibilidad laboral geográfica y, cómo no, con rebajas fiscales.

Se propone imprimir una mayor celeridad a la reforma en curso de las pensiones.

Se propone un plan de privatizaciones de empresas públicas.

Se proponen medidas energéticas, incluida una reducción de la factura para las empresas.

Si se pone en marcha esa “ambiciosa” panoplia de medidas, se supone (aunque no es seguro) que los grandes empresarios dedicarán una porción del cuantioso incremento de los beneficios que les supondrá, a la contratación de más personal. No aparece, por lo demás, en el plan de los patronos ninguna propuesta relacionada con el diálogo social, con el marco de relaciones laborales ni con la calidad del empleo. Reducir el paro no supone, en su declaración de intenciones, reducir la precariedad, ni mejorar las condiciones y el ambiente de trabajo, ni incrementar la protección social, etc. Esa parte del cuadro institucional ya les gusta tal como está.

Su intención es, sin duda, abordar el problema del paro con criterios cuantitativos y no cualitativos. Ofrecer más empleo a cambio de consolidar una desigualdad abrumadora de las partes dentro y fuera de la empresa. Nuestros grandes empresarios no buscan una salida de la crisis para el conjunto de la sociedad, sino un relanzamiento de los negocios para la élite del empresariado; ni siquiera para el conjunto de este sector social.

Alierta aprovechó la comparecencia ante los medios para lanzar un mensaje de tranquilidad en relación con la coyuntura política presente: hay soluciones para todo, vino a decir, y las instituciones funcionan y funcionarán de forma adecuada. La corrupción es criticable, sí, pero es algo con lo que pueden lidiar perfectamente los partidos políticos. El presidente de Telefónica o no apreció la existencia de prácticas corruptas en el seno del sector empresarial, o no consideró relevante aludir al tema. Tampoco mencionó Alierta ni una sola vez a Podemos, según constata un cronista con cierto asombro. Un asombro que, a su vez, me provoca a mí otro asombro de rebote, podríamos llamarlo. ¿Qué tenía que ver Podemos en este comistrajo?


lunes, 3 de noviembre de 2014

¡QUE VIENEN LOS SONDEOS!


Un extraño furor por la regeneración democrática ha empezado a movilizar tanto al PSOE como al PP (por orden cronológico de aparición) contra la corrupción infiltrada en sus filas. Digo que es extraño ese furor porque la existencia de corrupciones, corrompimientos y corruptelas era sobradamente conocida por la ciudadanía y certificada por juzgados y audiencias de diversas instancias, desde hace lustros. La respuesta rutinaria a tales acusaciones, desde las alturas de la clase política, ha sido hasta ahora el bonito símil de la manzana podrida en un cesto de manzanas sanas; la excepción consabida que confirma la regla.

De pronto ya no es así. Pero nos queda la sospecha de que lo que ha cambiado no es el nivel de exigencia ética y estética de nuestros prohombres y nuestras promujeres, sino el hecho de que antes las noticias sobre la corrupción no tenían un impacto electoral perceptible, y ahora sí que lo tienen. De pronto el primer partido del país en intención de voto es Podemos, lo que le permite superar el récord del Cid Campeador antes de que Messi acabe con el de Zarra: es sabido que Rui Díaz de Vivar ganó batallas después de muerto, y Podemos empieza a ganarlas antes de nacer.

Sin dirección aún, sin programa, sin candidatos definidos, Podemos puede presumir de contar con mayor apoyo de la ciudadanía que ninguna de las opciones asentadas en el arco parlamentario. Su mayor virtud es, hasta el momento, no estar. La fotografía de esta formación que tiene el elector es un negativo sin revelar. Y de forma paradójica, es esa condición la que promueve la adhesión del electorado. La situación ha llegado a un punto tan extremo que, subvirtiendo el refrán, lo bueno por conocer se prefiere mil veces antes que lo malo conocido.

Sin estar, Podemos ha superado no ya a toda la oposición, sino también a un gobierno cuya principal obsesión ha sido, en todo momento, precisamente la de “estar”, la de figurar. Mariano Rajoy nunca le ha dado mayor importancia a hacer cosas; es un hombre contemplativo que asegura ver crecer brotes verdes donde no los ha plantado, y que sólo se moviliza para instalar peones suyos en lugares estratégicos: en el Consejo de Seguridad de la ONU o en la Comisión europea, por mencionar los dos últimos. Lo demás le da lo mismo, siempre que el lobo feroz de los sondeos no interfiera en sus perspectivas de continuidad. Ahora ha sucedido, y de inmediato el presidente ha dado la orden de limpiar los establos y blanquear los sepulcros. La tarea puede ser ingente. Tal vez Mariano ha tardado demasiado en emprenderla y ya no le va a servir de nada. Lo mismo ocurre con otras decisiones políticas trascendentales que ha ido aplazando con excusas de mal pagador y que ahora ya puede seguir retrasando indefinidamente porque un político hundido hasta el cuello en un pantanal de arenas movedizas carece de toda capacidad de maniobra.


Dice la Ley de Murphy que todo lo que va mal es susceptible de empeorar. Mariano parece tener la curiosidad experimental de investigar a fondo cuál es el límite último de dicho axioma. Quizás espera también batir un récord legendario, el de Rufus T. Firefly (Groucho Marx) en su mandato como presidente de Libertonia (en Sopa de ganso). Recordemos sus palabras en el discurso de toma de posesión: «Si ustedes creen que este país está en crisis, esperen a verlo cuando yo haya acabado con él.»

sábado, 1 de noviembre de 2014

MUTACIÓN Y REINVENCIÓN

Hace algunos días, José Luis López Bulla publicó un texto escueto en la letra pero largo en la reflexión. Lo tituló La sombra de la transición no es tan alargada, y dejó entre paréntesis este aviso a navegantes: borrador para amistades. Mi intención es la misma. Como un borrador deben leerse los siguientes pespuntes añadidos por mi cuenta y riesgo a las hechuras de aquel primer ensayo.

Habla José Luis de tres grandes crisis que confluyen en este momento histórico: crisis económica, crisis de Estado, crisis moral. Primera cuestión: ¿se trata de tres crisis diferenciadas, o de una sola crisis con tres vertientes? Él las describe como diferentes, y así lo creo yo también. Parten de un origen común, pero su lógica interna y su trayectoria no deben confundirse. No procede meterlas a todas en el mismo saco y despachar luego el conjunto como una conspiración universal de los pudientes o, de forma más chusca, como un corolario obligado de los errores cometidos por la izquierda durante la transición española a la democracia.

Una vez sentado que las tres crisis son diferentes, un análisis somero advierte en ellas algo más. Se trata de tres crisis, a) simultáneas, b) interconectadas, y c) no interdependientes.

En la raíz de los tres procesos está la gigantesca mutación en la forma de producir bienes y servicios en las sociedades avanzadas, basada en las potencialidades de las nuevas tecnologías en los terrenos de la producción y de la comunicación. Hemos descrito en muchas ocasiones esa mutación como un cambio de paradigma, una sustitución progresiva del fordismo imperante en los años setenta por un modo de producir distinto, del que cabe reconocer ya algunas características (flexibilidad extrema, versatilidad, rapidez de respuesta a las urgencias productivas, cortoplacismo), pero que en buena medida está aún por definir y por asentarse.

El nuevo paradigma productivo no es perverso en sí mismo; es más, comporta oportunidades inéditas para una filosofía y una pedagogía dirigidas a la emancipación del trabajo subalterno. Así lo anunció en La ciudad del trabajo Bruno Trentin, un sindicalista y pensador riguroso y nada dado a las utopías carentes de base.

Pero los frutos potenciales del nuevo orden productivo y social que ya despunta no nos vendrán a las manos como un maná caído del cielo para aliviar la travesía de ningún desierto: la mutación gigantesca que está en curso en el modo de producir riqueza social y de trabajar exige de los distintos sujetos sociales y políticos cambios drásticos en sus actitudes y en sus comportamientos.

Y aquí se ha producido un desfase importante. El capital transnacional ha sido el más rápido en reaccionar y ha conseguido una ventaja sustancial de salida, mientras que la fuerza de trabajo y sus sindicatos, los partidos políticos que se reclaman del progreso y los aparatos de los Estados-nación no sólo han tardado en reaccionar, sino que en buena medida han optado por no moverse, mantener el tipo y hacerse la ilusión de que nada ha cambiado a su alrededor, de que el mundo nuevo sigue siendo el mismo que era.

La crisis económica que padecemos ha sido generada en última instancia por una innovación profunda en los objetivos y en los métodos puestos en juego por el capital transnacional para incrementar su tasa de beneficio. La especulación exasperada a partir de unas finanzas globalizadas y las posibilidades múltiples que éstas ofrecen para puentear los controles establecidos por los Estados sobre los mecanismos de redistribución de la riqueza, en particular los impuestos, han dado al traste con todos los equilibrios establecidos en la fase anterior. La falta de respuesta y de estrategia de las instituciones del Estado, de los partidos políticos y de las fuerzas sociales ante esta ofensiva masiva del gran capital, ha decantado la batalla social hasta hacerla degenerar en una escabechina.

Los primeros jalones del nuevo paradigma se plantaron en los años ochenta del siglo pasado, y la orgía transnacional se desencadenó en los primeros noventa, cuando los asesores de Harvard entraron a saco en las riquezas acumuladas por una Unión Soviética recién desmantelada y se las repartieron entre un puñado de oligarcas y ellos mismos. Las regulaciones y recomendaciones establecidas después por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional no han hecho otra cosa que acelerar el expolio y extenderlo a todos los continentes. Pasados treinta años, las desigualdades en la distribución de la riqueza global se han multiplicado hasta el extremo de desarbolar todas las verdades admitidas en el mundo tal como lo conocíamos: desde la soberanía de los Estados, pasando por el objetivo compartido de la protección social a los más débiles, hasta el funcionamiento mismo de los mecanismos de la democracia. Todo está en crisis, todo está puesto en cuestión.

El Estado-nación se ha visto arrastrado por las connotaciones de la crisis económica, pero sobre todo en la medida en que ha aceptado sin rechistar el rumbo general de los acontecimientos y ha renunciado a utilizar los recursos y las palancas que tenía en sus manos para corregir la orientación. Soy consciente de que al hablar así estoy generalizando de forma abusiva, porque en este aspecto los Estados han tenido comportamientos bastante diferenciados entre ellos. El nuestro, desde luego, ha dado al mundo entero ejemplo acabado de sumisión ciega a las leyes intangibles de los mercados.

En todo caso, y para proseguir con la generalización, el Estado-nación, acostumbrado a ser la estación término de los flujos económicos, ha asimilado mal el by-pass al que ha sido sometido por el capitalismo financiero. Ya no posee el control absoluto de las importaciones y las exportaciones, carece de autoridad para imponer disciplina y estructura a la economía productiva, y una parte importante de la generación de riqueza se filtra por los intersticios demasiado holgados de su rastrillo tributario. Presiones externas recortan su soberanía en principio ilimitada y le obligan a mantener equilibrados sus presupuestos, de modo que ahora no puede corregir con inyecciones financieras la tendencia adversa de la fase depresiva de un ciclo. Hemos vuelto a la doctrina del laissez faire, laissez passer. No por convicción, sino por impotencia. Demasiados gurus predican que sólo hay un camino posible para la política económica, y ese camino resulta ser el que refuerza y exaspera el enriquecimiento de los ricos.

No es extraño entonces que a la crisis económica y a la crisis del Estado se sume y superponga también una crisis moral, que en España ha alcanzado niveles de asombro. Muchos servidores del Estado han establecido su coto particular de caza en un terreno ambiguo, la zona de sombra fronteriza entre lo público y lo privado. En lugar de tratar de contener la avalancha de un capital depredador carente de escrúpulos, han optado por facilitarle las cosas, ejercer de conseguidores y lucrarse en el proceso.

Las tres crisis están conectadas entre sí pero son diferentes y pueden y deben abordarse por separado. Los tiempos, los ritmos, las estrategias y las alianzas han de ser distintas en cada caso. Pero se puede combatir la corrupción con éxito y encerrar en prisión a los corruptos. Se puede abordar una reforma del Estado, mejorando sus instrumentos de intervención y reforzando las iniciativas autónomas y los lazos de cooperación entre segmentos de una sociedad civil que es también, aunque de otro modo, Estado. Y se puede además poner coto a los desmanes del capital transnacional, establecer autoridades insoslayables, fijar límites, establecer tasas, imponer multas. Hará falta un gran consenso internacional y será difícil, pero puede hacerse. La economía productiva podrá volver poco a poco a sus carriles, y las oportunidades implícitas en las nuevas formas de trabajo podrán aflorar, afirmarse poco a poco y configurarse en el marco de un nuevo paradigma productivo más participativo y menos ordenancista.


El presupuesto para todo ello es impulsar nuevas formas de organización social, nuevos métodos, nuevos objetivos, nuevas confluencias. Renovar las viejas estructuras y crear otras nuevas. Reinventarse para sobrevivir, porque atravesamos tiempos de cambio. Así lo ha expresado Moshé Naïm en la presentación de su último libro, en Ciudad de México: «Nos encontramos en una era de reinvención», ha dicho, «y esa puede ser una oportunidad, incluso en los momentos más oscuros, para cambios positivos.»

miércoles, 29 de octubre de 2014

ENTRE EL SUSTO Y EL DISGUSTO

Según una opinión publicada en el Correo que se comentaba esta mañana en la cadena SER, la ciudadanía en general se encuentra en un aprieto después del descubrimiento de redes de corrupción organizada en las que ha estado participando un gran número de “gente de bien”, es decir, para entendernos, de beneficiarios mayoritarios de la confianza popular expresada en votos. El aprieto consiste en la incertidumbre de votar «a quienes nos disgustan, o a quienes nos asustan».

Bravo dilema. Interpreta el autor del artículo del Correo que el statu quo nos disgusta pero por otra parte el cambio nos asusta, lo cual viene a resultar peor aún. Este enfoque particular del problema de la corrupción implica una inferencia más sutil: hay que elegir obligatoriamente entre lo uno o lo otro. O sea, yendo al fondo del problema: no es posible darnos un gusto sin susto, y la corrupción resulta tolerable en la medida en que nos previene de males que juzgamos mucho peores.

Una conclusión – en el caso de que la demos por buena, cosa que ni se me pasa por la cabeza – que resulta bastante paradójica. Hubo un tiempo en el que se daba por supuesto, porque así lo difundía la propaganda franquista, que el triunfo de las hordas rojas conllevaría la expropiación forzosa de los pequeños negocios de toda la vida y de los ahorros acumulados céntimo a céntimo, la pérdida de la vivienda familiar, la precariedad, la carestía, la miseria y el hambre. Todas esas catástrofes están presentes ya en nuestro país, sin necesidad de hordas rojas. (Quienes piensen que exagero pueden consultar las estadísticas de la Unicef en su reciente informe sobre España Los niños de la recesión.) Y no vale decir que los malos tiempos pasaron y el futuro será mejor: sabemos que las tarifas de la luz y el agua van a volver a subir el año que viene, lo mismo ocurre con el transporte urbano, es inminente una nueva vuelta de tuerca a la reforma laboral para profundizar en los “progresos” ya alcanzados, y Hacienda prepara una reforma fiscal que reducirá las exenciones por conceptos tales como la vivienda habitual, pero no corregirá el trato de privilegio a las grandes fortunas. Y por si fuera poco, ahora mismo acaban de endeudarnos de por vida a todos los contribuyentes con don Florentino Pérez, para indemnizarlo por el lucro cesante que generará a sus empresas la paralización de la Operación Castor, la cual provocaba movimientos sísmicos incontrolados en las costas de Tarragona.

La pregunta entonces es, ¿por qué elegir entre el disgusto y el susto, si podemos tener las dos cosas votando a los de siempre? La nueva legislatura será como una secuela novedosa de Pesadilla en Elm Street que nos sumergirá en un carrusel de emociones fuertes. Nuestra benemérita clase política apartará de nuestra frágil democracia la sombra de un régimen chavista; combatirá sin tregua el populismo y el asambleísmo, y castigará con multas millonarias y con rigurosas condenas de cárcel a quienes protesten en la vía pública. Es posible que, en justa contraprestación por tal desempeño, siga estafando a los pensionistas, desahuciando a quienes no puedan asumir el peso de sus hipotecas, desmantelando la sanidad pública, estableciendo nuevos copagos y cobrándose el 3% por la adjudicación a dedazo de la obra pública. Son temas que, en opinión de los oráculos y las sibilas del poder, disgustan a la opinión pública, sí, pero no la asustan. La opinión pública está ya más que acostumbrada a tales eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, de modo que adelante.


lunes, 27 de octubre de 2014

YA NO HAY EMPLEO DE POR VIDA



Lo ha dicho Matteo Renzi, el flamante presidente demócrata italiano, al día siguiente de que la CGIL le plantara un millón y medio de personas en Roma manifestándose contra la reforma laboral: «Ya no hay empleo de por vida.» Renzi hizo tan portentosa declaración con dos circunstancias agravantes añadidas: primero, lo dijo como si la cosa tuviera gracia; segundo, se quedó corto.

Te mueres de risa, lo primero. Millón y medio de personas ya talluditas pidiendo algo antediluviano, obsoleto; algo que no existe, que no está en el mercado. E ironizó: «Es como si quieres utilizar un iPhone y le das vueltas buscando la ranura donde tienes que insertar las monedas.» Vaya un chiste de pijo.

Y se ha quedado corto, además. Nadie batalla por un empleo de por vida, en efecto. Se batalla por un empleo, punto. Los sindicatos europeos no reclaman puestos de trabajo vitalicios ni nada por el estilo: sólo «trabajo digno». Lo cual debería ser una redundancia, pero no lo es. Debería serlo porque el trabajo ya estaba, en los tiempos de antes del diluvio, revestido de una dignidad particular. Cualquier trabajo, incluso el más modesto, in illo tempore era nada menos que el pasaporte al cielo de los derechos de ciudadanía. Hoy el trabajo no conlleva ningún derecho anejo, y la metáfora perfecta de la situación en la que se encuentran los derechos de ciudadanía es un iPhone estropeado: no tiene una ranura para monedas, en efecto, y tampoco funciona de ninguna otra manera por mucho que nos esforcemos en apretar botones.

Izquierda Plural ha presentado en el parlamento español una proposición no de ley sobre el trabajo digno, que incluye cincuenta medidas concretas. Es dudoso que salga adelante ni siquiera su discusión en el hemiciclo, dada la dinámica diseñada al efecto por el reglamento de las Cortes. Si se da la feliz circunstancia, dudosa, de que se les reparta el borrador, sus señorías se quedarán estupefactos/as y probablemente muchos/as se pregunten, como il cavaliere Renzi, para qué demonios poner a discusión cincuenta propuestas razonadas nada menos, Jesús qué plomo, sobre semejante antigualla. 

domingo, 26 de octubre de 2014

ANTES DE LAS ELECCIONES


Las candidaturas del tipo Ganemos conseguirán resultados estimables sin la menor duda en las próximas elecciones municipales: un buen número de concejalías y muy posiblemente algunas alcaldías, bien en solitario o bien, de forma más previsible, a través de pactos de gobierno con otras listas si no se hace efectiva a fin de cuentas la intención apuntada por el gobierno de cambiar las reglas del juego in extremis.

La historia no terminará ahí, en todo caso. Más bien empezará. La política no es una comedia romántica de Hollywood en la que después del Happy End se encienden las luces de la sala y los espectadores marchan a sus cosas. Aquí la película sigue, y puede haber serios problemas de encaje entre los usos habituales de la democracia directa y la representativa. En el sistema de partidos que ha sido el nuestro, los cargos electos disconformes con la orientación colectiva que les llegaba de sus estados mayores han optado en general por el recurso al grupo mixto o al concejal no adscrito para eludir la disciplina y seguir en sus cargos y sus remuneraciones hasta el final del mandato. Si la candidatura de la que provienen dichos cargos se ha formado a partir de un conglomerado de fuerzas sociales unidas tan sólo por un pegamento coyuntural, y los elegidos se sienten reforzados en su representatividad personal después de haber pasado por unas primarias, hay altas probabilidades de que se produzca una diáspora sin precedentes en los consistorios.

Hará falta un plan previo. No me refiero a un programa consensuado y plasmado en un tríptico en papel cuché. Hablo de un plan detallado que incluya obligatoriamente un método de evaluación y verificación punto por punto, plazo por plazo, de todos los aspectos incluidos en el o los programas concertados por el bloque de fuerzas comprometido para la victoria. Es un tema que suele dejarse en el olvido, incluso en el ámbito de funcionamiento de los partidos y de otros institutos más o menos afines, cuando éstos eligen o designan a personas para formar parte de un organismo cualquiera. Ese olvido o descuido en el seguimiento de la actuación de unos representantes cuya conducta compromete a toda la organización que los nombró, ha sido un fallo en el que nuestras izquierdas han incurrido históricamente, y ha dejado un poso perceptible de desencanto e incluso de indignación en la militancia y en la ciudadanía.

Pero no me estoy refiriendo únicamente a conductas individuales ni a cuestiones de ejemplaridad, sino a objetivos políticos colectivos, y al itinerario previsto para alcanzarlos. La asamblea es efímera, y el mandato que otorga es puntual. El seguimiento de un mandato cuatrienal en la casa consistorial de una ciudad mediana o grande, con la complejidad de problemas que implica y la posibilidad permanente de la aparición de urgencias no previstas, no puede resolverse a partir de una batería de nuevas asambleas. Habrá que buscar otras fórmulas. Quizá convenga prever de antemano, antes de las elecciones, la constitución de unos organismos plurales de control y de seguimiento, en contacto permanente tanto con los representantes como con los electores, y responsables también ante estos últimos.


Este es un tema capital, a lo que entiendo. Lo diré al estilo Quijada, compañero inseparable de luchas sindicales hace ya sus buenos treinta y tantos años: o ponemos entre todos hilo a la aguja en este asunto, compañeros, o no nos comemos un rosco.

viernes, 24 de octubre de 2014

CUANDO NO EXISTÍAN PUERTAS GIRATORIAS

Esta es una historia muy antigua acerca de una forma poco común de entender el servicio público y las recompensas y prebendas que cabe esperar de su ejercicio. No debió de ser muy normal ni siquiera en la época en que ocurrió, puesto que se convirtió en una leyenda popular en la Roma republicana y cuatro siglos después todavía la tenía presente Cicerón (en De Senectute, XVI, 56). Cada cual puede establecer las comparaciones pertinentes con situaciones y personas de la actualidad.

En el siglo V antes de Cristo el pueblo latino de los ecuos declaró la guerra a Roma, y ante la emergencia el Senado acordó nombrar dictador al general ya retirado Lucio Quincio Cincinato. La dictadura no tenía entonces las connotaciones que luego se le han adherido; era sencillamente una magistratura excepcional que se concedía por un periodo máximo de tres meses y durante la cual todas las magistraturas restantes quedaban suspendidas.

Una delegación del Senado fue a informar del nombramiento a Cincinato, y lo encontró arando un campo. Abandonó al instante su trabajo, se revistió de sus armas, se puso al frente del ejército y tras una rápida campaña consiguió una victoria decisiva sobre los ecuos. Habían pasado dieciséis días desde su nombramiento.

Corrió entonces a Roma, se presentó en el Senado y declaró que venía a devolver los poderes extraordinarios recibidos.

– ¿Por qué tanta prisa? – preguntaron los senadores, sorprendidos. Y Cincinato les respondió:

– Tengo un campo a medio arar.


jueves, 23 de octubre de 2014

ASALTAR LOS CIELOS



En serio, dentro de las deficiencias excusables que percibo en las dos propuestas, me parece preferible el esquema organizativo de partido que defiende el grupo de Echenique al de Iglesias. Puestos a tomar los cielos por asalto, siempre será más prudente hacerlo en bloque, de forma masiva, que no individualmente y a pecho descubierto. La asamblea de Podemos puede tomar ejemplo de los contingentes de subsaharianos que asaltan, ya que no los cielos, las alturas de las vallas con concertinas de nuestras plazas africanas (hay vídeos muy reveladores), y extraer las consecuencias pertinentes.

De otro lado, yo diría que no existe en este momento el peligro de que si pierde la votación Pablo Iglesias se eche a un lado, por mucho que amague con hacerlo. El líder indiscutido de Podemos entró en la asamblea con un exceso malsano de dramatismo y con unos tics de prima donna que deberá corregir, mejor pronto que tarde. No es un macho alfa, en efecto; pero da la sensación de que él mismo no ha percibido aún el alcance de sus limitaciones. Lo digo sin ánimo de personalizar: me refiero a limitaciones que son suyas porque son las de todos nosotros, en tanto que individuos.

Vamos a la frase en cuestión: los cielos no se ganan por consenso sino que se toman por asalto. Marx utilizó el cliché del «asalto a los cielos» (era un cliché ya entonces) para subrayar las resonancias épicas de la Comuna de París, cuyos dirigentes prefirieron la muerte a la recaída en la servidumbre; Iglesias recicló el cliché para abonar la propuesta de una dirección unipersonal de partido «ganadora» frente a otra de carácter más colectivo y, en su opinión, perdedora. Detrás de la idea de Iglesias de un liderazgo personal y carismático aparece más o menos explícita la perspectiva de derrotar a Rajoy y a Pedro Sánchez en un duelo personal mediático a tres bandas para el que se siente plenamente capacitado, y ocupar luego a fuerza de votos «la centralidad del tablero político».


Pero el tablero político es bastante más complejo que eso. Más allá de los focos de los platós existen niveles distintos de realidad, frentes de lucha política que los partidos deben considerar y para los que tienen la obligación de estar preparados. Se trata de un trabajo colectivo y plural por naturaleza, un trabajo extenso, en red, en el que han de participar muchas personas más allá del propio núcleo de dirección del partido. Si con la metáfora del asalto a los cielos Iglesias nos está proponiendo algo más que una frase, no es de recibo su menosprecio por el consenso. Desde Gramsci sabemos que el consenso, como expresión concreta de la hegemonía cultural, es un ingrediente imprescindible de todo poder transformador de la realidad social. Luego cabe deducir que también lo es cuando se trata de asaltar los cielos, sean estos los que fueren. No hay contraposición entre consenso y asalto, no es lo uno o lo otro, son las dos cosas. Y es difícil de comprender el alegre menosprecio por parte de Iglesias del gran quebradero de cabeza que históricamente ha supuesto, para la construcción de cualquier bloque de progreso sólido, la política de alianzas.

lunes, 13 de octubre de 2014

LA VIDA ARREGLADA

Al señor consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid no le importaría gran cosa dimitir porque ya tiene «la vida arreglada». Les aconsejo que saboreen la frase, que le den algunas vueltas en el paladar para extraer toda su sustancia. Es una frase que aflora a la superficie de los medios surgida desde los instintos más profundos de una casta.

Se puede decir lo mismo, con algo más de literatura. Madame de Pompadour, según cuentan las crónicas, se vio cierto día de 1757 abordada en el boudoir por su amante el rey Luis XV de Francia. Venía el hombre desencajado: las tropas francesas acababan de ser derrotadas por las prusianas en Rossbach. «¿Qué va a ser de nosotros ahora?», gimió el monarca. Y la bella encogió los torneados hombros y dejó para la posteridad una frase inmortal: «Después de mí, el diluvio.» Hubo en efecto un diluvio, ha escrito un historiador: un diluvio de sangre.

También la inconsciencia, el descuido y la laxitud de criterio de las autoridades sanitarias han podido provocar un diluvio de sangre en la crisis del Ébola. Pero al consejero le trae al soslayo, porque él tiene «la vida arreglada». Que los demás se arreglen también, por su cuenta. Si se equivocan, en el pecado llevarán la penitencia. Incluidos quienes no han pecado, si el contagio se dispara a otros barrios, que siempre serán barrios populares y no exclusivos. Esa no es cuestión que quite el sueño a la Autoridad (a la Austeridad).

Algo parecido debieron de pensar en su momento los dirigentes de Caja Madrid. Los suscriptores de opciones preferentes, los hipotecados, los mindundis, que se apañen como buenamente puedan: yo ya tengo la vida arreglada, el retiro blindado. Y para mejor redondeo, también tengo una tarjeta black. «A mí plin», sería la traducción al castizo de su actitud. O dicho en latín: Fiat Bankia, pereat mundus. En eso estamos.


sábado, 11 de octubre de 2014

QUE VIVA TERESA ROMERO


Quiero que Teresa Romero viva, que se recupere, que deje atrás la pesadilla que está sufriendo y estamos sufriendo nosotros a su lado. Lo merece de sobras. Su conducta como profesional y como persona ha sido irreprochable en todos los aspectos, en todos y cada uno de los detalles, si excluimos o ponemos entre paréntesis ese pequeño gesto instintivo de tocarse la cara con el guante puesto. Una minucia comparada con la desidia y la incompetencia oficial, con el arrumbamiento sistemático (o sistémico, tal vez) de todos los protocolos establecidos, con la displicencia asesina de quienes se empeñaron durante muchos días en ignorar la existencia de un factor cierto de riesgo y en desatender sus consecuencias previsibles, para luego cargar toda la culpa sobre la víctima. «Haberlo dicho antes.» Pues lo dijo, repetidamente, y no fue escuchada. «Es que no llegaba al 38'6 de temperatura.» Además de incompetentes, necios.

Que viva Teresa Romero. Por ella misma en primer lugar, porque me emocionan su profesionalidad y su solidaridad, su empeño en el cumplimiento de un deber muy peligroso y muy mal pagado, que asumió de forma voluntaria y con todas las consecuencias. «Puesta su vida tantas veces por la ley al tablero», para decirlo con Jorge Manrique.

Que viva Teresa Romero. Porque no quiero ni una sola víctima más de esa “austeridad” que según el jefe del gobierno y la colega del FMI «está ya dando sus frutos en España». Ya se ven los frutos. Los recortes matan, los «sacrificios de los españoles» tienen nombres, apellidos y circunstancias concretas, y me rebelo contra la idea de que Teresa Romero, ella precisamente, vaya a sumarse a la demasiado larga lista de víctimas generadas por los despropósitos de unos poderes insensibles.

Que viva Teresa Romero. Será un éxito muy pequeño pero muy nuestro, una flor preservada por la solidaridad de todos en el desierto inclemente de un sistema que escatima recursos financieros y en cambio despilfarra vidas.


Que viva, que viva Teresa Romero.

jueves, 9 de octubre de 2014

INCOHERENCIA

El afán por respetar todas las opiniones acaba por conducir a no respetar ninguna. En mi opinión, es lo que ocurre en este momento en Iniciativa per Catalunya-Verds. Lo digo desde el máximo respeto a la posición expresada y mantenida por la dirección de esta organización en relación con el proceso de consulta todavía no del todo cerrado en Cataluña.

IC-V defiende el derecho a decidir de los catalanes, tanto si lo que deciden es la independencia del país como si optan por soluciones federales u otras que mejoren el encaje de Cataluña en el Estado español. El acento se pone aquí en el derecho irrenunciable e insobornable a decidir de la ciudadanía. Para ello se reclama una consulta seria con unas garantías procedimentales rigurosas. Bien.

En unas circunstancias en las que la legalidad es ya de por sí dudosa o controvertida, por estar sometida la materia al juicio del Tribunal Constitucional, los partidos pro consulta deciden dotarse de una comisión de garantías que supervise la imparcialidad del proceso y la igualdad en la defensa de todas las opiniones. En esa comisión de garantías tienen cabida únicamente expertos reconocidos, y la propia IC-V elige para formar parte de ella a Joaquim Brugué, cuyo sustancioso currículo profesional me ahorro detallar.

Después de la primera reunión de la comisión, Brugué decide dimitir de las funciones que se le han encomendado porque considera que no sólo no hay garantías de imparcialidad en torno a la consulta, sino que también falta la intención política de promoverlas. En síntesis, las fuerzas favorables a la consulta están inclinando a conciencia la balanza de un lado, procurando, eso sí, que no se note mucho. Brugué no toma su decisión a bote pronto, como consecuencia de un calentón. Se toma su tiempo e informa – se supone – sobre lo que piensa hacer a la organización que le ha encomendado la tarea. En todo caso, dicha organización no ha afirmado lo contrario, ni ha declarado haberse enterado “por la prensa” de la circunstancia de la dimisión.

Cuando la dimisión se hace pública, Joaquim Brugué sufre de inmediato lo que ha sido descrito como un linchamiento mediático en las redes sociales. Era algo que él mismo esperaba que sucediese, y que aceptó de antemano al tomar su decisión. Porque el valor civil consiste en dar la cara en situaciones desagradables en el terreno personal, cuando están en juego las propias convicciones. De otro lado, ese encarnizamiento social con el “traidor” viene a ser una demostración a posteriori de lo fundado del dictamen del experto. Hay una complacencia social clara con las continuas transgresiones del papel de árbitro y garante del proceso por parte del gobierno de la Generalitat, y abucheos generalizados a quienes se desmarcan de la vía trazada. No existe en puridad un derecho normal y general a decidir, sino un grupo de personas que se adjudica a sí mismo el derecho a decidir por ti. El obstáculo es suficientemente grave para que se le preste atención detallada desde una perspectiva democrática.

En estas circunstancias, la dirección de IC-V ha emitido un comunicado en el que se advierte que la decisión de Joaquim Brugué ha sido tomada “a título personal” y no refleja la posición de la organización en cuanto a las garantías sobre la consulta. Reclama a continuación “respeto” a la persona y a la opinión de Brugué.

Ahora vienen las preguntas. Primera: ¿Puede ser considerada una opinión “personal” el dictamen de un experto expresamente convocado por la misma IC-V para supervisar las garantías de un proceso que afecta a todo el horizonte de futuro de los ciudadanos de Cataluña? Si llamo a un ingeniero para que me dé su opinión sobre las grietas que han aparecido en mi casa, y me dice que existe un peligro cierto de hundimiento, ¿consideraré “personal” su opinión y seguiré mi vida habitual sin alterar mis planes? Segunda: ¿No existe ningún compromiso político entre la persona que cumple un encargo y la organización que lo ha mandatado? ¿Es “respeto” todo lo que debe IC-V a Joaquim Brugué, por el hecho de haber emitido un dictamen que no ha gustado?

Es incierto el trayecto futuro del procès catalán. Cada día que pasa resulta más difícil sostener la ficción de una unidad de propósito no sólo entre los partidos, sino en el interior de cada uno de ellos. Lo que “nos une a todos” es demasiado etéreo, demasiado alejado de la política diaria. El máximo común divisor entre las distintas aspiraciones de cada cual se sitúa cada día más próximo al cero absoluto. Mantener la indefinición en estas circunstancias tal vez no es la mejor política que puede seguirse. Lo digo con todas las cautelas y con el mayor respeto.