viernes, 24 de julio de 2015

RAGTIME


Puestos a componer una semblanza artística de E.L. Doctorow, que acaba de morir en Nueva York a los 84 años de edad, los críticos lo declaran un autor inclasificable. Es un honor dudoso en los tiempos que corren, pero ciertamente Doctorow lo asumió con soltura. Es muy probable que la segunda obra que se lea de él tenga muy poco que ver, temática y estilísticamente, con la anterior. Si se leen suficientes, acaba por percibirse un designio: el de contar la historia de la ciudad de Nueva York, ampliable en algunos casos a la de Estados Unidos en su conjunto, no solo a partir de los acontecimientos que definieron una época, sino además desde los estilemas adecuados a esa época en particular, y a menudo desde un enfoque gran angular que da cabida a una multitud bulliciosa de personajes.
Ese método se resume maravillosamente en Ragtime (1975, versión española de Muchnik Editores 1996, trad. de María José Rodellar), precisamente la novela a través de la cual entré yo en contacto con el mundo de Doctorow. Empieza con la construcción de una casa en Broadview Avenue, New Rochelle, Nueva York. Habitan en ella el Padre, la Madre, el Niño, el Hermano Menor de la Madre. Era la época, se nos dice, en que Teddy Roosevelt ocupaba la presidencia y Winslow Homer pintaba sus marinas de la costa oriental. El Hermano Menor está enamorado de Evelyn, una joven cuyo marido millonario ha matado a tiros al amante anterior de ella, el arquitecto Stanford White, autor del Madison Square Garden. Un día cualquiera tiene una avería frente a la casa el automóvil de Harry Houdini. Mientras el chófer lo repara, invitan a entrar al mago al salón, y la Madre le ofrece una limonada. El Padre cuenta al visitante que en pocos días va a partir a una expedición al polo Norte acompañando a Peary. Houdini se asombra; eso sí tiene mérito, dice, y no sus evasiones trucadas.
El barco de Peary se llama Roosevelt, en homenaje al presidente. Al poco de desatracar del muelle en el East River se cruza con un trasatlántico que llega repleto de inmigrantes italianos. La cubierta está abarrotada de varones tocados con sombrero hongo y mujeres con grandes pañolones, que miran con fascinación muda el paso de la expedición polar. A su llegada a puerto esperan a los inmigrantes el encierro profiláctico en Ellis Island, la prepotencia de los funcionarios, el desprecio de los neoyorquinos y la vida insalubre hacinados sin aire y sin luz en los tenements, donde hombres y mujeres, y sobre todo ancianos y chiquillos, morirán como moscas.
Comparecen luego en la novela Sigmund Freud, convencido de que América es un error; el propietario de minas que paga a sus trabajadores un dólar con sesenta si consiguen extraer tres toneladas al día y que declara que los sindicatos son una afrenta a Dios, o la anarquista y feminista Emma Goldman, cuyas conferencias libertarias son interrumpidas sin excepción por cargas policiales (en una ocasión la policía interviene porque en lugar de abordar el tema del teatro, como había prometido, se ha puesto a hablar de Ibsen).
Y la narración prosigue, siempre punteando nuevos temas y nuevas combinaciones, entrelazando historias y personajes al ritmo sincopado del ragtime. Un ritmo que nunca cede y tampoco se acelera, según la cita de Scott Joplin que encabeza el libro: «No toquen esta pieza deprisa. El ragtime nunca debe tocarse deprisa.»
Raymond Carver intentó algo parecido, el entrecruzamiento en la gran ciudad de muchas vidas anónimas; pero las vidas que retrata Doctorow en instantáneas inolvidables son todo menos anónimas. Hay, por ejemplo, una invitación a almorzar del magnate John Pierpont Morgan al industrial Henry Ford, en su palacete de mármol blanco y estilo veneciano de Madison Avenue. Ambos se admiran mutuamente y se consideran las dos inteligencias más destacadas de América. Morgan muestra a su invitado su inmensa biblioteca, los incunables, los libros secretos de los Rosacruz, los pergaminos antiguos de siglos; y le propone un viaje de los dos a Egipto, donde considera que se halla la cuna de toda la sabiduría. Ford le contesta que en cuanto a libros, él ya tiene todo lo que necesita: un opúsculo que compró por 25 centavos en un puesto callejero, titulado La eterna sabiduría de un faquir oriental. Y explica: «En lo único que creo es en la reencarnación, señor Morgan. De este modo explico mi talento: algunos de nosotros hemos vivido más veces que los demás.»
Tuve ocasión de ver la película que hizo Milos Forman sobre la novela de Doctorow: es magnífica, pero apenas aborda la quinta o la sexta parte de lo que se cuenta en el libro. Tampoco Billy Bathgate, de Robert Benton, consiguió exprimir todas las posibilidades de la novela de la que procedía. Los intérpretes eran inmejorables y el guión consistente, pero solo era una buena película de gangsters. Es el problema de siempre entre el cine y la literatura: son dos artes distintas, y la excelencia en una de ellas se esfuma al pasar a la otra. Puede recomponerse algo parecido, y Forman lo hizo; pero nunca es lo mismo.
 

jueves, 23 de julio de 2015

ART DÉCO


Sobresaltos de un chivo expiatorio (2)

Son las cuatro de la madrugada y me encuentro en el piso noble de la sede del PP en la calle Génova de Madrid. Me rodean las caras angustiadas y ojerosas del gabinete de crisis en pleno, reunido de urgencia y en secreto antes de que, con la luz abrasadora del día, llegue el momento de los preceptivos maitines. Un pelotón de GEOs ha invadido a las dos en punto mi apartamento playero, me ha sacado de la cama con modos abruptos pero – debo reconocerlo – exquisitamente corteses, y me ha montado en un hidrohelicóptero militar posado en la playa. El artefacto nos ha conducido a una base aérea en la que estaba listo ya para el despegue un Mirage que a velocidad supersónica nos ha dejado en un abrir y cerrar de ojos en Cuatro Vientos. Desde allí, otro helicóptero nos ha posado con suavidad en la terraza superior de Génova. Todo ello mientras España dormía, a excepción de los municipios en fiestas patronales, donde a esa hora se seguía bailando la conga en las plazas mayores.
– Pero hombre, ¿cómo tiene la poca vergüenza de presentarse en este lugar en pijama? – me apostrofa Mariano Rajoy nada más verme entrar.
– Me han dicho que no había tiempo para esperar a que me vistiera – me excuso.
– Es verdad, el tiempo apremia. Lo hemos traído por consejo de una alta personalidad internacional de resonancia mundial, íntima amiga personal mía, que me ha asegurado que es usted el mejor en su género.
– En el género del chivo expiatorio – adivino.
– Digamos mejor del asesor externo de intervención altruista providencial para marrones imposibles.
– Digámoslo. Y quien me ha recomendado es Christine Lagarde.
– Nada de nombres, por favor – me suplica Mariano –. En fin, nos encontramos en un pequeño, casi mínimo apuro…
– ¡Mariano! – interrumpe la vicepresidenta –. Nos encontramos ante un marrón imposible, como acabas de decir.
– Zoraida, mujer, no es para tanto.
– ¿Ah, no? Al borde del Spexit, ya me dirás.
– ¿Spexit? No comprendo – intervengo.
– Nos echan del euro, señor del pijama a cuadros – me aclara Cristóbal Montoro –. Todo por culpa de ese tontolhaba – y señala a Luis de Guindos, que parece en trance de sufrir un fuerte dolor de muelas, con la cara entre las manos.
– Lo volvería a hacer. Mil veces lo volvería a hacer – declara Guindos fervoroso, mandíbula tensa, entre dientes.
– Hablen de uno en uno, por favor, que no me aclaro – suplico.
La vicepresidenta Santamaría hace de portavoz, y así me entero de que, después de la fatídica votación para la presidencia del Eurogrupo, Guindos se introdujo de forma subrepticia en el despacho de Bruselas que habría sido el suyo de haber tenido los apoyos suficientes que en definitiva le faltaron, y con una navajita suiza rayó en el tablero pulido del escritorio art-déco de su rival el siguiente mensaje: “Diselblón es un cabrón.”
– Lo volvería a hacer – insiste Guindos, con un brillo fanático en la mirada.
– Lo que más molestó a Dijsselbloem no fue el calificativo, sino ver su apellido mal escrito – concluye Soraya –. Y quiere echarnos de la moneda única.
– ¿Solo por eso? – pregunto.
– Están muy crecidos – me confirma ella –. Es una catástrofe.
– No exageres, Zoraida – interviene Rajoy –. Un pequeño contratiempo, apenas un leve rasguño.
– ¡Mariano, por la Virgen! ¡No empieces otra vez! ¡Desciende a tierra firme! – exclaman todos a coro.
– Pues yo veo brotes verdes – se excusa Rajoy.
Santamaría sigue explicándome. Es ahí donde intervengo yo. En una aparición pregrabada para una videoconferencia me haré pasar por un turista de paso en la capital europea, que entró por casualidad en el despacho cuando buscaba los lavabos, y tuvo la ocurrencia de dejar un mensaje gamberro. Algo sin mayor trascendencia, que ofreceré arreglar amistosamente con el envío espontáneo al preboste holandés de un jamón pata negra, media docena de botellas de sangría marca “Embrujo de España” y dos entradas de palco para la inauguración de la Liga de fútbol en el Santiago Bernabeu.
– Naturalmente – añade Soraya –, nosotros correremos con los gastos.
– Y yo ¿qué salgo ganando en este asunto? – pregunto. Mi pregunta provoca un salto vertical de unos ochenta centímetros del ministro del Interior señor Fernández Díaz, hasta el momento postrado en su poltrona sin pronunciar palabra.
– ¿Cómo? ¿No serás uno de esos catalanes malnacidos que no actúan por patriotismo sino solo por interés crematístico? – me acusa con el índice extendido.
– Pues sí – le contesto sin pestañear.
El ministro se derrumba en su sillón, dando las boqueadas.
– Un abertzale – consigue murmurar con voz estrangulada. Santamaría vuelve a tomar el mando de las operaciones.
– Todo previsto. Nuestro nuevo tesorero le pasará un sobre con la tarifa habitual para chivos expiatorios de primera clase, más un par de billetes extra en concepto de dietas por desplazamiento y plus de nocturnidad.
– Pero no va a funcionar – argumento –. Ya declaré por videoconferencia ante el Eurogrupo hace menos de dos días. Me reconocerán.
– Lo arreglamos con un tinte de pelo, un recorte de bigote, patillas postizas y unas gafas negras.
– Yo no estuve en Bruselas.
– Se han hecho las modificaciones oportunas en los listados informatizados de viajeros de la compañía Iberia.
– Pero mi nombre…
– Lo hemos disimulado convenientemente. No va a constar el nombre de pila, y hemos introducido una ligera modificación en el segundo apellido.
– Entonces, ¿cómo voy a llamarme?
– Rodríguez Rato.
No encuentro más objeciones, y además llevo toda la noche en blanco y me muero de sueño. No pueden grabarme en pijama a cuadros, tengo que ponerme algo más formal, y desde guardarropía nos envían un disfraz de baturro, con faja, alpargatas, chaleco corto abierto y cachirulo en la cabeza. Con las gafas negras y las patillas postizas añadidas, me parezco al pirata Sandokan. Un Sandokan borroso, un poco art-déco.
Me llevan al estudio donde grabaremos mi intervención para la videoconferencia. Voy pensando en lo que me espera aún: helicóptero, Mirage, hidrohelicóptero y pelotón GEO hasta la puerta de mi apartamento. Les va a salir por un pastón el truco del chivo expiatorio, pero dice Rajoy que no importa, que lo sacarán de los fondos de compensación de la seguridad social.
 

Bibliografía recomendada

Frantz Roderitz von Letzen, Consideraciones sobre el paradigma, las técnicas y las funciones típicas y/o atípicas del chivo expiatorio en el contexto del pensamiento neoliberal de las economías capitalistas occidentales avanzadas. Un estudio interdisciplinar. Ed. Prensas de la Universidad Libre Neomasónica de Worms (de próxima aparición).
Daniel Pennac, La felicidad de los ogros. Mondadori, Barcelona 2000. Trad. de Manuel Serrat Crespo.
 

miércoles, 22 de julio de 2015

LA CONDICIÓN CONCRETA DE TRABAJO Y DE VIDA


Esta es la cuestión precisa que plantea José Luis López Bulla en un post reciente de su blog: «¿Qué nexo establecen los programas políticos y sociales con las consecuencias de estas transformaciones [tecnológicas] en la condición concreta de trabajo y de vida de las personas de carne y hueso?» (Ver en http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/07/las-izquierdas-y-la-innovacion.html)
Se refiere José Luis a los programas de las diversas izquierdas, pero bien podemos dejarnos en esta grave cuestión de las clasificaciones geográficas al uso. Al fin y al cabo la “condición concreta de trabajo y de vida” va más allá de una cuestión de colocación de los grupos parlamentarios en el hemiciclo. Afecta a la centralidad; más aún, a la totalidad de la sociedad organizada, en el sentido de que implica tanto a empleados/as como a empleadores. Por eso es tanto más extraño que los programas políticos y sociales de todos los acimuts de la rosa de los vientos, incluidos los de derechas e izquierdas, los soberanistas y los sucursalistas, amén de otras hierbas, pasen de puntillas sobre unas transformaciones cataclismáticas y evidentes, preñadas de consecuencias para los hombres y las mujeres reales, vivos, de nuestro tiempo.
Si no se hace política para las personas de carne y hueso, ¿para qué y para quién se hace entonces la política? Lo cual me lleva a otra lectura reciente y excelente de otro amigo entrañable de largo tiempo, Quim González Muntadas (Ver en http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/07/para-que-la-independencia-de-catalunya.html). Nuestros políticos se parecen a esos futbolistas que, borrachos de balón, pierden de vista la portería contraria y se regatean a sí mismos. Quieren que les sigamos a toda costa en sus iluminaciones y sus vericuetos tácticos, con olvido de que lo que justifica su existencia es la atención a la cosa pública, y que la cosa pública es reducible al bien común de las personas de carne y hueso.
Hacer abstracción, en los planteamientos de la política o en las perspectivas del sindicalismo confederal, de algo que afecta a la cotidianidad de las personas, y más allá de su cotidianidad, a su razón misma de “ser-en-el-mundo”, no es dejarse para el curso próximo una de las asignaturas del próximo septiembre; es echar por la borda toda la carrera desde el principio, desde el abecé mismo.
La advertencia va especialmente dirigida a las opciones más novedosas y flamantes de nuestra panoplia política. No vale la pena advertir de nada a quienes chapotean desde hace años en el mismo pantanal; ellos ya saben lo que hay, y lo que van a encontrar. Pero a quienes aspiran a sucederles y sobre todo a enmendarles, les convendrá una larga zambullida previa en los saberes concretos del modo de producción de bienes y servicios, de la organización del trabajo, de las distintas modalidades de prestación de ese trabajo y de las modificaciones, cautelas, garantías y salvaguardas que convendría implantar para una adaptación mejor, más justa y flexible, de los viejos modos de proceder a las nuevas circunstancias inducidas por el nuevo escalón tecnológico y sus secuelas.
Es una cuestión de democracia; de democracia directa, la que más apetece a las nuevas vanguardias. Pero si siguen presos de la idea falsa de que el mundo del trabajo es una cuestión privada que no afecta a los grandes objetivos de la política y de la ciudadanía, ni van a cambiar la política, ni van a cambiar la ciudadanía, ni las perspectivas, ni el país. Y dentro de equis tiempo, se van a oír dedicar la misma cantinela que recitan ahora: «No nos representan.»
 

martes, 21 de julio de 2015

SPLEEN E IDEAL


Sobresaltos de un chivo expiatorio (1)


Hace un calor de los que en tiempos – antes de las performances de los últimos ministros del ramo – solíamos llamar “de justicia”; ahora tal vez deberíamos denominarlo “de inquisición”. He decidido dejar de comentar avatares políticos, porque solo me falta añadir disgustos a la sofoquina. Cierro mi blog hasta las calendas de septiembre, y no se hable más.
Me pongo el bañador, tomo una toalla y una bolsita hermética, y bajo en chancletas a la playa. Deposito la toalla sobre la arena, en un hueco detrás de las dos primeras filas prietas de sombrillas. Guardo en la bolsa el reloj, las gafas y los audífonos, y me zambullo en el agua límpida, de tenue colorido azulado, como el nadador baudeleriano “que se extasía en la onda” (para los ansiosos de erudición, el original francés reza así: “et comme un bon nageur qui se pâme dans l’onde”; pueden encontrarlo en la composición Elévation, incluida en Les fleurs du mal).
Me alejo de la orilla con enérgicas brazadas para evitar la línea peligrosa de niños provistos de flotadores, tablas, barcas de plástico y remos enarbolados en todas direcciones. Más allá, descanso flotando boca arriba y entro en el reino de la claridad sin límite, el spleen y el ideal preconizados por el mismo don Charles Baudelaire.
De pronto despierto a la realidad; dos hombres rana nadan a mi lado, y uno de ellos se está dirigiendo a mí:
– Oiga, oiga. ¿Es usted Paco Rodríguez de Egea?
– De Lecea ­– contesto.
– Ya empezamos – refunfuña su compañero –. Si hay algo que no soporto son los enteraos.
– Mire – insiste el primero –, tiene que acompañarnos.
– ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Adónde?
Hace un gesto vago con la cabeza enmascarada tras la capucha de neopreno y las gafas de buceo:
– Hay un submarino ahí al lado.
– No pretenderán… – empiezo a decir, y entonces el segundo hombre rana me golpea en la cabeza con un instrumento contundente. Antes de desvanecerme con elegancia, alcanzo aún a oírle refunfuñar:
– Nos ha jodío el enterao.
Despierto en lo que todos los indicios me dicen que se trata del interior de un submarino. Hay varios tableros con luces parpadeantes de distintos colores. Apoyado en la base de un periscopio me mira un hombre de uniforme impecable, con gorra de oficial. Tiene un extraño parecido a Cary Grant en “Destino Tokyo”. Fuma en pipa. Me dirige una sonrisa pícara y un guiño, y confirmo que, en efecto, se trata de Cary Grant. Se ríe cuando le hago la pregunta tópica: “¿Cómo he llegado hasta aquí?”
– Se lo explicaré con sumo gusto, pero ahora no tenemos tiempo. Se ha producido una crisis internacional de muchos bemoles. El Eurogrupo está reunido de urgencia, en modo videoconferencia. Vamos a entrar online dentro de siete minutos.
– Oiga, ¿qué pinto yo aquí? – pregunto.
– Se lo explicaré con sumo gusto, etc. – repite él sin alterarse hasta concluir con lo de “… dentro de siete minutos”. Luego se quita la pipa de la boca, y añade:
– Han robado las joyas de Lagarde.
– Qué me dice.
– Lo que oye.
– ¿Saben quién ha sido el ladrón? ¿Tienen una lista de sospechosos?
Da una chupada a su pipa. La pipa no está cargada, solo la lleva en la boca por estética. Responde con calma:
– Ha sido Varoufakis.
– Escuche, si piensa…
Acalla mis protestas con un voleo de la pipa, y me explica:
– Era la última cláusula secreta del acuerdo griego. Lagarde tenía el capricho de darse un revolcón con el ex ministro de Finanzas. O revolcón o Grexit. Tsipras firmó y Varoufakis entró en la alcoba de la leona. A saber cómo fueron los cosas allá dentro; lo sustancial es que ella se quedó transida y él aprovechó la ocasión para hacerse humo con el joyero Louis Vuitton que estaba encima de la mesita de noche. Repleto hasta los bordes. La señora tiene gustos caros.
– Será fácil conseguir que lo devuelva – opino.
– Ya está devuelto.
– Entonces, ¿cuál es el problema?
– El problema es la explicación oficial. La historia no es de las que se pueden ir contando por ahí. Imagínese qué bocado para la prensa internacional. Era necesario poner en marcha un plan B.
– ¿Y?
– Hacía falta un chivo expiatorio. Merkel fue taxativa: el chivo tenía que ser portugués, irlandés, italiano o español. La Interpol examinó setenta mil fichas de viajeros de los países clave en las fechas calientes. Usted era la mejor opción. Español…
– Catalán – le interrumpo.
– Si hay algo que no soporto son los enteraos – refunfuña un miembro de la tripulación. Reconozco, ahora sin careta, al segundo hombre rana. Cary Grant no hace caso de mi objeción.
– … y estaba presente en Atenas el día de autos.
– Regresé a Barcelona el día antes – objeto.
– Se ha hecho una pequeña modificación en los listados informatizados de pasajeros que obran en poder de la compañía. Ahora atento, es la hora. La señorita aquí presente va a maquillarle, y entrará en directo en la videoconferencia del Eurogrupo en… – consulta su cronómetro – un minuto y cuarenta y tres segundos. Confiéselo todo y prometa que no lo volverá a hacer. Si actúa de modo convincente, no le pasará nada. Si algo sale mal, le meteremos en un tubo lanzatorpedos y le dispararemos contra los acantilados de la isla de Navarone. Sin rencor, no es nada personal. Usted decide.
Lo hago bien. Sin modestia, soy el chivo expiatorio perfecto. Cuando acaba la sesión, Christine Lagarde pide a Cary Grant hablar unos segundos en privado conmigo.
– Qué estáis mirando, pasmarotes – ahuyenta Cary a la concurrencia, y todos, él incluido, me dejan a solas delante de la pantalla grande. Christine no pierde el tiempo.
– No segá ultime ves que nesesitamos un bouc expiatoire, mon cher Pacó. Laisse-moi ta diguecsión electgonique y el telefón.
Se los doy y ella se despide con un coqueto “O guevuag…”
Una Zodiac me deja en unos instantes cerca de la orilla de la playa. Vuelvo dando algunas brazadas perezosas. Mi toalla, mis chancletas y la bolsa con las gafas, el reloj y los audífonos siguen sobre la arena. Suenan las campanadas de las dos en el reloj de la iglesia. Hora de almorzar.
 

lunes, 20 de julio de 2015

VÍAS MUERTAS


Quizá con el objeto de ir calentando el ambiente para los comicios que asoman a la vuelta de la esquina del verano, nuestros siempre dilectos líderes se están dejando arrastrar por la moda del catastrofismo y, revestidos del manto del profeta, nos auguran calamidades sin cuento en el caso de que no fueren suficientemente votados.
Ciertos visos de originalidad tiene la última ocurrencia de Mariano Rajoy, por más que se trata de una originalidad importada, de orden estrictamente coyuntural y algo traída por los pelos. En lugar del clásico “o nosotros o el caos”, ahora ha introducido la siguiente variante: «O nosotros, o el corralito griego.» Una muestra más del minimalismo del presidente. En la última crisis de gobierno, cambió a un solo ministro; en su último mensaje apocalíptico, siempre consecuente consigo mismo, cambia solo un matiz.
Después está Artur Mas, que reclama el voto para su lista no ya con el argumento de que por esa vía se alcanzarán las bondades sin cuento de la independencia, sino «para que Cataluña no entre en vía muerta.»
Sorpresa general. Teníamos entendido que ya estábamos en vía muerta, y no desde ayer o anteayer, sino nada menos que desde el 11 de septiembre de 1714. Eso es lo que se nos había publicitado en todos los tonos, con acompañamiento de un memorial de agravios secular, extenso y bien nutrido. ¿No resulta entonces una estupenda novedad el hecho de que aún no estemos en la temida vía muerta, después de tanta sevicia? Se trata de una rectificación importante, de una reconsideración global de toda la historia de los últimos tres siglos, que introduce nuevas perspectivas del todo imprevisibles.
En todo caso, convendrá que el president precise en qué va a consistir exactamente esa “vía muerta” en la que corremos el riesgo de entrar si nos equivocamos y votamos a otra lista. Igual, puesto todo en negro sobre blanco, no habría para tanto. Ni Madrid ni Cataluña son fuerzas monolíticas y dadas para siempre. Quizás el peligro del que Mas alerta no sea la ruptura de un diálogo hoy inexistente, sino precisamente la posibilidad de reanudar un diálogo más fluido. El «Ahora o nunca» se tiñe entonces de un nuevo matiz.
Y finalmente, Pablo Iglesias nos convoca a una segunda transición democrática. También aquí hay apocalipsis como trasfondo, pero en su variante Armagedón: va a ser la lucha final de los justos contra los malvados.
La transición que predica Iglesias está ya en marcha. Arrancó en las plazas el 15 de mayo de 2011 y deberá acabar de concretarse, cómo no, en las próximas elecciones, mediante una aceleración de los tiempos de maduración de la que existen ya precedentes históricos bien conocidos (la Revolución francesa, por ejemplo. Puestos a comparar, ¿por qué tirar por lo bajo?) Así pues, se abrirá un nuevo proceso constituyente, y la ciudadanía tendrá la última palabra acerca de todo.
Es en la concreción de ese “todo” donde aparecen lagunas en la exposición de Iglesias publicada en una “tribuna” en El País de ayer. Se condenan genéricamente el comportamiento de las élites y el desgaste sufrido por las instituciones, pero atención, se salva de la quema generalizada a tres instituciones únicamente: las fuerzas armadas, la monarquía y el PNV (de este último se afirma que espera seguramente su momento, sin aclarar más el sentido de un apunte tan críptico). Y a renglón seguido de afirmar que Grecia no es España, alejando así con firmeza el fantasma del corralito, se declara literalmente que nuestro país cuenta «con unas instituciones públicas capaces de disciplinar a nuestras oligarquías corruptas, improductivas y defraudadoras simplemente haciendo cumplir la ley.»
O Pablo no se ha explicado bien, o yo no lo he entendido. Puestos a no cambiar ni las fuerzas armadas ni la monarquía, y si disponemos de unas instituciones capaces de arreglar los desaguisados actuales «simplemente haciendo cumplir la ley», ¿para qué vamos a embarcarnos en una segunda transición, y en qué dirección concreta?
 

domingo, 19 de julio de 2015

LECTURAS DE VERANO RECOMENDADAS Y NO


No ha sido ninguna sorpresa que Yo fui Johnny Thunders, de Carlos Zanón (RBA), haya recibido el premio de novela negra Dashiell Hammett 2015. Caben discusiones sobre la medida en que el relato encaja en el género llamado “negro”; lo que no admite discusión, es su calidad.
En la historia hay crímenes, pero no una investigación policial propiamente dicha. Hay negrura, pero una negrura que revienta las convenciones del género y asoma por los descosidos. Lo que se narra son las difíciles maniobras de supervivencia a que se dedica un antiguo músico de rock en decadencia, delincuente de poca monta, a quien no le importa ya nada más que, en todo caso, el aura de su propia leyenda como artista y como amante, y la improbable consecución de una respetabilidad social casi póstuma como padre reconocido legalmente de un muchacho en edad escolar.
Una historia marginal, que transcurre entre personajes desarraigados, progresa a través de traiciones, venganzas, violencias y sometimientos, y se convierte, en un momento dado, en una fuga hacia adelante, una fuga con grandes probabilidades de llevar a quienes la emprenden fuera de este mundo. Hay momentos en los que se hace difícil seguir leyendo. El lector intuye la explosión inminente y cierra los ojos instintivamente para evitar el shock. El lector, arrastrado por la empatía, se ha reencarnado en las circunstancias del hombre que fue Johnny Thunders.
Esa es mi recomendación. Innecesaria, seguramente. Encontrarán en la web muchos lugares con críticas entusiastas, y el premio conseguido avala la calidad de la novela de Zanón.
Ahora la no recomendación: La chica del tren, de Paula Hawkins, Planeta. En la faja está escrito: «N.º 1 en The New York Times, Bookseller, The Guardian, The Wall Street Journal y The Journal Boston Globe.» Y se añade en tipo grande de letra: «TE OLVIDARÁS DE RESPIRAR. No lo decimos nosotros, lo dice todo el mundo.»
Bien, no estoy en condiciones de cuestionar la primera frase citada, pero sí la segunda. No solo no me olvidé de respirar, sino que hacia la página 300 (y lo detallo porque estoy alardeando de mi tenaz resistencia lectora) el hastío me hizo olvidarme de seguir leyendo un thriller tan publicitado por la mercadotecnia.
Chato, premioso, monótono, con personajes inverosímiles, contradicciones continuas en los caracteres, situaciones artificiosas y trucos de baja ley. En una palabra, impresentable. Es mi opinión, claro, y al parecer va en contra de un aluvión importante de lectores frenéticos («Lo nunca visto. Los libros vuelan de las librerías. The Wall Street Journal», aparece en la contraportada. La contraportada y las solapas son, por cierto, la parte más atractiva del libro. La decepción empieza cuando se abre éste, para leerlo.)
Ahí dejo mi no recomendación, bien clara. Ustedes harán lo que mejor les parezca. Si leen la novela y les gusta, llámenme tiquismiquis y maniático. Si no les gusta, no digan que no se lo advertí.
 

sábado, 18 de julio de 2015

AIRBAG


Los problemas de Grecia ni han terminado ni se han aliviado sustancialmente; solo se han aplazado las decisiones fundamentales. Hubo una colisión frontal en la última reunión del Eurogrupo, y por fortuna el airbag funcionó, de modo que no hubo que lamentar víctimas inmediatas. Juan Moscoso del Prado (en El País) se apresura a felicitarse a sí mismo y a la socialdemocracia como fautores de la “solución”. Pero no hubo tal solución, y la intercesión del SPD ante Merkel fue mucho más discreta y vergonzante que audaz y clarificadora. Mejor no colgarse medallas anticipadamente en este tema vidrioso.
Si no hubo Grexit fue porque Tsipras aceptó un acuerdo cuyos términos estaban concebidos desde la idea de que eran tan inaceptables y señalaban un futuro tan negro que solo podían provocar un rechazo. Martin Schulz es socialdemócrata; Jeroen Dijsselbloem también. Que ni ellos ni el grupo que lideran hayan conseguido suavizar las condiciones leoninas impuestas a Grecia con la intención principal de humillarla, lo dice todo sobre su capacidad de iniciativa y de maniobra en la Unión Europea actual. Lo que les ha preocupado sobre todo no ha sido la vida de los griegos después de los recortes, sino alejar la posibilidad de contagio de los “radicalismos” helénicos a otras latitudes.
Ocurre que, desde la letra de los tratados y la ortodoxia jurídica más acrisolada, una vez que Tsipras aceptó lo inaceptable no era posible ya expulsarlo de la Unión ni de la zona euro. Así es como el airbag ha funcionado.
Se abre ahora un compás de espera. Porque todo lo que ha ganado Syriza de momento es tiempo, aunque quizá también algo más. Tiene una corriente crítica en su seno que quiere desmandarse, pero ha conquistado un respeto nuevo de parte de la oposición que recibió de uñas su mayoría. En el país, considerado en su conjunto, ha crecido el consenso. Los cócteles molotov en la plaza Sintagma quedaron en anécdota; incluso el incendio del monte Imittos está controlado. La situación global no es mejor que en la época de Samarás, pero ahora se ha consolidado en el país un liderazgo. No tan “radical” como algunos desearían; pero aceptado ampliamente por la ciudadanía. O eso me dicen desde Atenas.
El problema reside ahora en que Tsipras ha firmado un acuerdo incumplible. Lo sabe él, lo sabe y lo dice Varoufakis, lo sabe Merkel, lo sabe el FMI que ha publicado un informe casi keynesiano sobre las posibilidades del país para salir del agujero en el que se ha hundido. Si este es un problema económico y no político, tiene solución, una solución en las mejores tradiciones de solidaridad y de compensación de la Unión Europea clásica, la que de verdad cuenta. No demos vara alta a los finlandeses en este pleito; ellos siempre han tenido la rara cualidad de ser más papistas que el papa, que cualquier papa.
Y si Wolfgang Schäuble, resentido ahora con Angela Merkel porque tiene una visión del problema griego diferente de la suya propia, lleva su irritación al acto consumado de presentar su dimisión, revocable o no, convendrá aceptarla sin alharacas y con profundo agradecimiento a los servicios prestados por este prohombre al que la historia colocará en su justo sitio.
Y luego, convendrá multiplicar las convocatorias y las solidaridades para, entre todos, aliviar los doce trabajos de Hércules que el jugueteo caprichoso de los inmortales del Olimpo ha impuesto al pueblo griego. Porque Alexis Tsipras no es Hércules, y tampoco lo son ni Varoufakis ni Tsakalotos. Y nadie va a poder llevar a término los doce putos trabajos de las narices.
 

viernes, 17 de julio de 2015

VERSIÓN ORIGINAL


Ante el aluvión de noticias “inexactas o matizables” que bombardean desde la prensa libre las actuaciones del Ayuntamiento de Madrid desde el mismísimo día después del cambio de equipo de gobierno, la alcaldesa Manuela Carmena, ese lobo feroz disfrazado de abuelita, se cansó un día de preguntar «Pero ¿de dónde ha salido esa barbaridad?» y creó la web Versión Original para restablecer la verdad consistorial en sus justos términos.
Parece una iniciativa pacífica y plausible, pero no. Es una afrenta a la libertad de prensa. Tiene «un halo de censura», según doña Elsa González, presidenta de la Federación Española de Asociaciones de Prensa (FAPE), a quien por lo visto le preocupan mucho más los desmentidos del Ayuntamiento que las mentiras reiteradas de sus muchachos.
La diferencia es evidente y nada sutil. Hay censura cuando se impide a alguien divulgar un hecho cierto, por razones que importan al poder o a la razón de estado, que viene a ser lo mismo. Hay desmentido cuando se corrige una información no veraz. Las informaciones no veraces, por mucho que las avalen las cabeceras más reputadas de los medios de comunicación, no tienen bula ni por parte de nuestra tan baqueteada constitución del 78, ni por la reiterada jurisprudencia de los tribunales, incluida la más torticera que imaginarse pueda.
Si la alcaldesa, en lugar de querellarse cada dos por tres contra quienes la acusan de hacer lo que no hace, ha elegido crear una web donde los raros espíritus delicados que aún subsisten puedan informarse de forma veraz para evitar engullir las pesadas ruedas de molino que se les sirven cada mañana con el desayuno, debería ser objeto de alabanza antes que de censura. Se diría que su iniciativa es cosa de sentido común, una cualidad muy alabada por nuestro presidente del gobierno, pero tan de capa caída en nuestro país como las rentas de las clases medias y bajas. No solo doña Elsa González se apunta al derrape generalizado de las meninges; también, y ya es maravilla, el compañero de consistorio de Manuela, Antonio Miguel Carmona, que tiene sin duda suficientes datos en la mano para saber quién se está comportando de forma ética y quién no, en este rifirrafe.
 

jueves, 16 de julio de 2015

CABEZAS DE LISTA


Dicen los chistosos que Artur Mas y Oriol Junqueras, puestos en el compromiso de nombrar un cabeza de lista para el próximo 27S y en la imposibilidad de contar con las dos piezas más deseadas, Ianis Varoufakis y Pep Guardiola, han optado por lo que más se parecía a los dos entre lo que tenían en existencias.
Es un chiste, claro. Lo que le da consistencia es que los dos prohombres de la independencia catalana siempre, hasta ahora, a falta de lo que de verdad deseaban se han conformado con algo más o menos parecido: del referéndum decisorio pasamos a una consulta informal, del plebiscito a unas elecciones autonómicas más o menos plebiscitarias según el cristal con que se mire; y de la lista única a una “llista del president” en la que el president in pectore oficia de falso delantero centro y cede la punta de lanza del equipo a un hombre de paja.
Un hombre de paja. Esa es la cruda realidad. Un hombre de paja para una lista de paja pensada para unas elecciones de paja en las que la perspectiva de una secesión no es más que humo de pajas.
Siento ser así de duro, pero amo a Cataluña, a la Cataluña real y contradictoria, popular y menestral, mestiza y pobre a pesar de tantos ricos encastillados en palaus de la música y de otras músicas. No me hacen gracia ni los volatines ni los teatros de marionetas. No atiendan a sus pantallas de plasma, miren ustedes en otra dirección, tengan la bondad. Habrá más listas donde elegir, en septiembre. Una de ellas es posible que la encabece Joan Coscubiela. No estoy hablando de concursos mediáticos ni de glamures ni carismas. Comparen trayectorias, hojas de servicios, coherencias. Comparen discursos. Díganme luego en conciencia si prefieren la lista de Coscubiela o la de Raül Romeva.
 

miércoles, 15 de julio de 2015

¿TRABAJO PÚBLICO O TRABAJO PRIVADO?


Releer a Trentin, releer a Gramsci (y 4)

Nota.- El lector encontrará el texto al que se refiere este comentario, la parte final de la conferencia de Bruno Trentin en el Istituto Gramsci de Turín en noviembre de 1997, en http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/07/que-lectura-de-gramsci-hoy-4-y-5.html
 
Los dos últimos parágrafos del texto de Trentin que estamos comentando, José Luis, van dedicados el primero a la experiencia de los consejos de fábrica en la Turín de 1920, y el segundo a la cuestión de la hegemonía. Son dos análisis gramscianos y al mismo tiempo conforman una propuesta política propia, audaz y heterodoxa. Una propuesta que Trentin tiene, en el mismo momento en que imparte su conferencia, escrita, ampliada, acabada y posiblemente en máquinas para su publicación. Es La ciudad del trabajo.
Trentin no ahorra descalificaciones a la construcción gramsciana de los consejos: “improvisada y forzada”, “trufada de ideología”, “equivocada”, “ilusoria”. Señala incluso que probablemente tenía razón Angelo Tasca «cuando se preocupaba de reconstruir una estrecha relación entre la acción reivindicativa concreta de los trabajadores y de sus sindicatos y la acción dirigida a condicionar, a través del “control obrero”, el gobierno de la empresa, prefigurando en los consejos de fábrica no tanto una estructura pública separada, como la estructura de base de un nuevo tipo de sindicato.» Y convendrás conmigo en que para dar la razón a Tasca contra Gramsci, siquiera sea en una cuestión secundaria, en la sala de actos del mismísimo Istituto Gramsci, hace falta cierta cantidad de cuajo. Aunque sea en retrospectiva y en ausencia de datos fehacientes que lo confirmen, podemos suponer que su discurso levantó unas cuantas ronchas entre los oyentes.
Pero toda esa profilaxis artillera sirve a un objetivo concreto: reclamar la atención de todos sobre la «gran intuición» de la que somos hoy deudores a Gramsci. A saber: «... identificar, a diferencia de Lenin y del socialismo maximalista, el lugar del trabajo colectivo, el lugar de la producción de riqueza, el lugar de la cooperación y del conflicto —que constituye ciertamente el embrión de cualquier sociedad, si no de cualquier Estado— como el ineludible punto de partida (y no como el punto de llegada) del cambio de la relación entre gobernantes y gobernados en la sociedad civil.»
Y esta segunda afirmación sí ha levantado ronchas monumentales en la piel de amigos, conocidos y saludados. Resulta que el centro de trabajo se alza a la categoría de embrión de cualquier sociedad, y debería serlo también del Estado (no de “cualquier Estado”, evidentemente). Resulta que el trabajo, el trabajo concreto, la prestación de trabajo, tiene un contenido público, político en el sentido primigenio de la palabra. Resulta que la buena ordenación de la polis trae como exigencia prioritaria la instalación de la democracia en el interior de los centros de trabajo, el crecimiento de la esfera de autonomía de los asalariados y asalariadas en cuanto se relaciona con su propia prestación, y la posibilidad cierta de una mayor libertad y autorrealización en ese ámbito concreto de su vida. Y eso, sin esperar al momento clave de la expropiación de los medios de producción, ni mucho menos al de la conquista del Estado por parte de las fuerzas socialistas.
Esa democratización y publicitación del trabajo da origen a un poder de nuevo tipo, delegado quizá por el conjunto de los trabajadores, pero (atención) «de ningún modo delegado por un Estado centralizador.» Porque el Estado soñado por la construcción consejista de Gramsci tiene un carácter abiertamente distinto: «Se delinea, de hecho, una concepción del Estado basada en un sistema de autonomías, no solo territoriales, y en la libre expresión de una pluralidad de sujetos institucionales: el parlamento, el poder ejecutivo, los consejos, los partidos, los sindicatos, las asociaciones.»
Quizás conviene ahora regresar al inicio de la conferencia y volver a examinar la curiosa paradoja señalada por Trentin: cómo dos grandes reformas sociales nacidas lejos del ámbito propio del movimiento obrero, el fordismo-taylorismo y el Estado del bienestar, fueron recibidas con entusiasmo por el pensamiento socialista y erigidas de inmediato, mediante la interposición del Estado taumaturgo, en dos hitos fundamentales en la marcha de la Historia hacia la sociedad sin clases.
He afirmado en otro momento que a las izquierdas de hoy mismo les falta una teoría del trabajo y una teoría del Estado. Las dos las tienen en préstamo y arriendo del enemigo de clase. Si partimos de la idea de que el trabajo es una mercadería fungible y la prestación del trabajo es en el mejor de los casos objeto de un contrato de carácter privado entre dos partes a las que una ficción inverosímil supone iguales ante la ley, estamos omitiendo toda posibilidad de autonomía y autorreflexión del trabajador y la trabajadora de carne y hueso sobre su actividad, y con ello toda posibilidad de redención de una función subalterna y heterodirigida.
Y si ensamblamos esta concepción demediada y devaluada del trabajo humano en los mecanismos de actuación social de un Estado benefactor, lo que estamos haciendo es delegar en la burocracia estatal las formas y las cantidades de la compensación tarifada por una prestación laboral ímproba, brutal en muchas ocasiones, y esclava. Podremos discutir, por ejemplo, a la autoridad competente cuántas peonadas se requieren para que exista derecho a un subsidio. Pero no habremos aproximado ni un milímetro, antes al contrario, la distancia mayúscula existente entre gobernantes y gobernados.
Concluye Trentin su conferencia con una alusión a la concepción de la hegemonía de Gramsci, lo más conocido, lo más trillado del pensamiento del autor, lo que cada crítico o comentarista ha interpretado sin empacho a su conveniencia. No son muchas las palabras que dedica al tema, pero son rotundas. No puede hablarse de hegemonía en relación con una elite legitimada por su comprensión superior de los procesos históricos; por el contrario, la lucha por la hegemonía debe ir encaminada a la «autonomía cultural» de toda una clase social que ha sido expropiada, no ya del producto de su trabajo, sino además de sus saberes específicos, de su oficio y de su personalidad misma.
Son cuestiones todas estas, José Luis, que convendría discutir despacio y con tiento, y no entre los dos, que nos arreglamos tan ricamente para hacerlo soslayando las calores del verano sentados a la sombra en algún espacio más o menos abierto donde corra el aire y haya un botijo a mano puesto a refrescar; sino en alguna plataforma de opinión amplia y con intervención de personalidades de más peso y enjundia.
He dicho. Y añado de consuno con el papa Francisco, Laus Deo. O sea, Lodato si’.
 

lunes, 13 de julio de 2015

FIN DE FIESTA


Alexis Tsipras ha conseguido evitar el Grexit, nada menos. Pero nada más. Ha acabado por ceder, porque el pueblo griego – que lo respaldó primero en las urnas y luego en el referéndum – se lo ha pedido. Reformará las pensiones. Subirá el IVA. Seguirá con las privatizaciones. Y procurará hacer milagros para afrontar la devolución del nuevo rescate. Milagros, se hacen todos los días en Grecia; pero este en particular puede que no sea posible. Grecia está en el fondo de un pozo hondo y estrecho y ríspido.
Tsipras ha perdido. Convocará nuevas elecciones, y existe la posibilidad de que los griegos le renueven la confianza. Los griegos saben cómo estaban las cosas antes, cómo se ha luchado por enderezarlas, qué batalla desigual se ha afrontado con un arrojo admirable que rápidamente ha sido calificado de insolencia por los comisarios.
Los griegos lo saben, los europeos no. Por aquí se sigue considerando el corralito como el peor de los males posibles para una nación, pero no hay dinero que sacar ya de los bancos griegos, no hasta que a final de mes se ingresen los salarios y las pensiones en las escuálidas cuentas corrientes. No es el corralito, idiotas, es la insolvencia.
Tsipras ha perdido, ¿quién ha ganado? No los españoles. Ahora sabemos que no somos propietarios sino inquilinos de una casa de vecinos, y qué pulgas gasta la patrona. Mariano Rajoy presumía de su influencia en el cotarro para llevar a Guindos a la presidencia del Eurogrupo, y ahora sabemos cuál es el alcance exacto de la influencia de Rajoy, de la influencia de España en la Unión Europea.
Toca tentarse la ropa, caballeros. ¡Que vienen los bancos y las multinacionales, banderas desplegadas y tambores batientes! Se va a firmar el TTIP, no va a haber cuotas solidarias de asilo para los extracomunitarios que lleguen a nuestras costas, esta no es una tierra de promisión sino una fortaleza hosca para salvaguarda exclusiva de los bancos.
Tampoco han ganado los dirigentes alemanes, creo. Los Merkel, los Schäuble, y también, para nuestra mayor desolación, los Martin Schulz. Con Bild como bandera de una forma determinada de entender Europa. Ellos han impuesto, no ya a los griegos sino a todos, su criterio cerrado. Contra todas las objeciones, contra todas las componendas preconsensuadas. Y han enseñado en el proceso su peor cara de perro, su orgullo patriótico simétrico al de los griegos pero mucho más peligroso, porque sus mandíbulas son más fuertes y sus colmillos más afilados. Estas exhibiciones no se olvidan de un día para otro, todos sabemos sin equívoco posible con quién vamos a jugarnos los cuartos esta semana próxima o la que vendrá. No es una perspectiva agradable.
Se acabó la fiesta de Europa, compadres. El limonero de Goethe se ha marchitado. Llegan los malos tiempos para todos.
 

EL TEATRO DE TODAS LAS HISTORIAS


Releer a Trentin, releer a Gramsci (3)

Nota.- El lector encontrará el texto de Bruno Trentin al que hace referencia el siguiente comentario en http://lopezbulla.blogspot.com.es/2015/07/que-lectura-de-gramsci-hoy.html.

 

Quien lea en diagonal y desde la presuposición del “esto ya lo sabía” el texto que estamos comentando, querido José Luis, correrá el peligro de perderse, entre los vericuetos de una prosa compleja y trabada, un puñado de sorpresas estupendas para lo que se viene acuñando como moneda usual de cambio en la ceca del pensamiento político.
Enumero algunas de ellas, sin ánimo de ser exhaustivo. La primera: la Historia (no hay más remedio que escribirlo con mayúsculas) no tiene curso, no es ese río largo y anchuroso que desde su nacedero avanza implacable hacia el mar del destino. Tal cosa como cambiar el curso de la historia es una frase vacía: todas las mañanas con el café con leche del desayuno la historia vuelve a reinventarse. A reinventarse desde unos condicionamientos globales muy poderosos, y según unas fuerzas contrastantes muy asentadas, lo cual nos lleva a equivocarnos y pensar que el mañana desconocido va a ser un calco conforme del ayer que sí conocemos. Probablemente será así; pero no está escrito.
La segunda sorpresa es que todas las historias posibles nacen, crecen, se multiplican y mueren en el seno de la sociedad civil. Ya escribió Gramsci que la sociedad es el teatro de todas las historias; no el Estado, como parecen pensar muchos, para quienes transformar la Historia equivale a transformar el Estado.
De ahí ese error peculiar y muy repetido en la historia del movimiento obrero (también en Gramsci), consistente en inmovilizar las fuerzas sociales, hacerles retener el aliento, posponer sus prioridades inmediatas, e imponerles el sacrificio de sus expectativas de libertad y de realización con el fin de acumular fuerzas para el gran asalto al Estado.
Solo que, parafraseando la famosa frase de Clausewitz sobre la guerra, el Estado no es en realidad más que la continuación de la sociedad civil por otros medios. Considerar dos realidades separadas y autónomas a la sociedad y al Estado es una fuente continua de equívocos y de pequeñas o grandes catástrofes.
Trentin señala algunas de esas catástrofes: cuando falta en la política el meollo insustituible de un proyecto enraizado en la sociedad civil y protagonizado desde ella, por un lado aparece la «antipolítica», en la forma de populismos o de fascismos; por otro lado, la democracia se anquilosa y se da un «dominio sin consenso» en el que las burocracias estatales originan rupturas y compartimentan los grupos sociales en un proceso de inclusión/exclusión para el que ellas mismas se ofrecen como mediadoras insustituibles. Me ahorro dar ejemplos, algunos muy próximos y clamorosos, de las dos situaciones.
Otra idea sorprendente de Trentin (tomada de Gramsci) viene a chocar frontalmente con un prejuicio tan arraigado que ha devenido en lugar común. Trentin afirma, contra las enseñanzas de todos los doctores de la ley y los profetas, que la política nace en los centros de trabajo, y que muchos conflictos entre empleadores/propietarios de un lado y trabajadores heterodirigidos de otro, deben leerse en clave de lucha por el poder. Pero de un poder difuso, que no tiene residencia estable ni relación directa con la “gran” política del Estado; que no se reclama ni se ejerce para cambiar estructuras o relaciones de fuerzas, sino para conseguir mejoras tangibles, pequeños progresos en la forma de producir o en las condiciones externas e internas (psicológicas) en las que tiene lugar el proceso productivo, o bien otras reivindicaciones aun, relativas a la «calidad» del trabajo, y no a su cantidad o a su remuneración. El control sobre las propias tareas, la capacidad de decisión (aun limitada) y la pequeña cuota de autorrealización y de libertad acrecida que ella implica, «empoderan» a los trabajadores y trabajadoras y poseen por esa razón, en sí mismos, un significado político.
Difícil de concretar. En contra de ese significado se levantan de un lado los defensores de la “primacía de lo político”, para los que esas cuestiones son marginales al objetivo último de alcanzar el Poder con mayúscula, y por consiguiente despreciables; y de otro lado, están quienes por defender la “primacía de lo social” consideran inapropiado extender una acción reivindicativa “apolítica” desde el campo laboral al de la política partidaria.
Pero, ¿por qué reducir el campo de lo “político” al entramado de mediaciones, conexiones e intereses que caracteriza la acción de los partidos políticos? Inevitablemente volvemos a lo mismo: a la política como esfera separada de la sociedad, a la sociedad como barbecho que ha de ser sembrado por la clase política para poder rendir frutos reconocibles. Y no tiene por qué ser así. Si la sociedad civil es el teatro de todas las historias, es además la fuente primigenia del poder de los ciudadanos.
Propone Trentin que volvamos a establecer una relación dialéctica fluida entre sociedad civil y Estado, allá donde se abre ahora un foso separador protegido por alambradas y concertinas. Esa sería la primera labor a realizar dentro de un proyecto político plural de progreso. Puede que los partidos políticos existentes aquí y ahora no lo estimen así. Pero como se acaba de explicar, la política impulsada desde la sociedad civil incluye otras vías, plataformas distintas, que no corresponden estrictamente al ámbito de los partidos.