viernes, 11 de septiembre de 2015

NADA MÁS EXTRAÑO QUE LA PROPIA PATRIA


La frase no es mía, a mí jamás se me habría ocurrido. Es de Juan José Millás; cierra con ella, entre paréntesis, su columna de hoy en El País. La columna se titula “Neuralgias”.
Justamente hoy, Diada nacional de Catalunya, yo me sentía de humor para sondear el poso de verdad depositado en el fondo de la frase. En mis momentos de euforia, suelo explicar a quien quiere escucharme que yo me siento tan catalán como español. En los momentos malos, me precipito a corregir la afirmación anterior: «Oiga usted, ni una cosa ni la otra.» Esta mañana, en el trance de leer la prensa, me encontraba en uno de mis momentos peores.
El sentimiento de pertenencia es engañoso. Una patria no es una identidad, sino un conglomerado de identidades distintas; no es una historia, sino muchas historias contradictorias y superpuestas; no es un ideal común, sino la resultante provisional de muchos ideales diferenciados, algunos de los cuales hegemonizan a costa de otros el sentido y la dirección del esfuerzo común. No hay unanimismo en la pertenencia, sino conflicto mejor o peor resuelto.
El sentido de la medida y de la proporción se pierde en el momento en el que se niegan las contradicciones, se diluyen las diferencias y se fabrica una historia ad hoc, congruente con las expectativas y los valores del grupo ideológicamente dominante. Una “historia” que, al modo del Gran Hermano de Orwell, necesita enmendarse y reconstruirse cada cierto tiempo, pero bajo la ficción de que sigue siendo siempre rectilínea e idéntica a sí misma.
Tanto vale lo dicho para Cataluña como para España.
En conclusión, tengo el privilegio de presentar a ustedes el teorema de Calero. Juan de Dios Calero fue un eminente pensador de parapandesa natio, talabartero de profesión, poeta a ratos perdidos. Expuso su célebre teorema en el curso de una animada tertulia, en presencia de don Federico Engels, que había ido a tomar las aguas al balneario de Parapanda en parte por prescripción médica y en otra parte para evitar la cólera de Jenny, la esposa de Carlos Marx, indignada con la proclividad de su marido a firmar ciertas proezas no del todo literarias al alimón con don Federico (1).
Esta es la formulación exacta del llamado teorema de Calero: «Todo cuerpo sumergido en el pantano nacional está condenado a ser  el refugio de guildas y germanías, de conventículos y sinedrios.» Según dejó reseñado en sus memorias un testigo presencial, Calero finalizó su teorema con un «ea» con fonética santaferina, es decir, alargando mucho la “e”.  
 
(1) Para mayor información sobre Calero, Engels, Jenny von Westphalen y otros personajes relacionados con la ilustre villa de Parapanda, el lector curioso tendrá la bondad de acudir al riguroso estudio histórico Parapanda insurgente, en http://ferisla.blogspot.com.es/2015/03/capitulo-primero.html

jueves, 10 de septiembre de 2015

FREUD, MARX Y LOS DEMÁS


Fue un caso de amor a primera vista. Mi descubrimiento de Sigmund Freud me trajo un deslumbramiento prolongado. Con él me pareció haber descubierto de golpe el envés del tapiz de la historia, la clave de un mecanismo universal de la conducta humana. En alguna medida sigo pensando así, pero con salvedades importantes.
Estoy hablando sobre todo de las grandes construcciones culturales de sus escritos tardíos, cuando más allá de la investigación de una terapia sexual empezó a apuntar hipótesis sobre la represión de lo indecible como origen de la religión, de la cultura y de otras realidades superestructurales. Libros como Tótem y tabú, Eros y Tánatos, El malestar de la cultura, El porvenir de una ilusión, y Moisés y el monoteísmo. No son obras científicas en el sentido propio del término, como ha señalado un comentarista en las páginas culturales de El País, a propósito de la publicación de una nueva biografía de Freud; pero, citando a José Luis López Bulla, ¿qué otra cosa son las llamadas ciencias humanas sino ejercicios ociosos de talabartería?
Llegué a Karl Marx y a Freud por el camino inverso; a partir de Herbert Marcuse. La formación intelectual de una persona es siempre una cosa heteróclita y aleatoria, y lo era más aún bajo el franquismo, cuando las cimas máximas de la cultura a la que nos era dado acceder eran don Pedro Laín Entralgo y don Ramón Menéndez Pidal. Leí a escondidas a Marcuse (Eros y civilización y El hombre unidimensional), y entendí poco, pero a partir de ahí me dediqué a buscar a Marx y Freud. Los encontré gracias a Alianza Editorial, una empresa cultural a la que alguna autoridad debería organizar un homenaje público por lo que significó para nosotros en el tardofranquismo, junto a revistas como “Cuadernos para el diálogo” y “Triunfo”.
Cuando conocí la distinción marxista entre las estructuras y las superestructuras y su relación recíproca, y la hipótesis freudiana acerca de las causas y los mecanismos de la formación de las superestructuras, me pareció que había captado algo esencial: era exactamente así como funcionaba la realidad, ese era su sentido, esos eran los principios que la movían en direcciones previsibles y nada azarosas. De pronto empecé a ver psicopatología de la vida cotidiana no solo en las personas que me rodeaban, sino en los personajes que salían en los noticiarios, en la miseria intelectual de los ministros de Franco que proclamaban en sus discursos nuestro adelanto en cincuenta años sobre la partitocracias obsoletas de una Europa desnortada. La prensa de los últimos años del régimen franquista daría para decenas de miles de tesinas sobre la psicopatología colectiva de un régimen paralizado en la fase anal, obsesionado por dejarlo todo atado y bien atado. Única objeción: no hacía falta recurrir a los estudios de Freud para percibirlo. Cualquier observador de medio pelo, yo mismo, podía con sus solas fuerzas y saberes trazar un diagnóstico certero y una terapia adecuada.
Si algo se demostró a partir de la transición, fue que las cosas eran ciertamente así, pero tampoco nada era tan fácil como podía parecer a primera vista. Ese es el único defecto que cabe reprocharle a don Segismundo: a pesar de sus cautelas, de sus prevenciones y cortafuegos, en su obra todo resulta demasiado evidente, demasiado transparente. Hay más hilos, de distinta naturaleza y grosor, en la trama del tapiz de la vida. Detrás de los enmascaramientos, las falacias, las coartadas y las sublimaciones ideológicas que nos ofrece a diario la escena política, no están solo la economía descarnada y la represión de una pulsión sexual o de un instinto de muerte. La sustancia de que está hecha la realidad es más compleja.
Constatarlo no es quitar ningún mérito al trabajo de Freud: él descubrió el continente virgen del inconsciente. Si se colocó a sí mismo a la altura de Copérnico y de Darwin, no hubo en ello exageración ni autobombo. Los tres fueron pioneros. El tiempo ha sometido sus obras a correcciones severas, pero sin ellos la conciencia que tenemos de nosotros mismos, nuestra civilización, estaría muy lejos, mucho más atrás del punto (precario, lo concedo) en el que nos encontramos.
 

martes, 8 de septiembre de 2015

LO LLAMAN NUEVA POLÍTICA


Un analfabeto político de cuyo nombre no quiero acordarme y que se adorna con el titulejo de “director de contenidos de La Vanguardia.com”, critica en este rotativo a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, por haber impedido con la abstención de su grupo que la capital catalana pasara a engrosar un colectivo llamado AMI, Asociación de Municipios por la Independencia. Dice el tal que la alcaldesa “sigue sin mojarse” y que su actitud responde más a los principios de la vieja política que a los de la nueva.
Vieja política, en efecto: la de Montesquieu (El espíritu de las leyes), la de Condorcet, la de los padres de la democracia que fueron conscientes desde un principio de los límites obligados de actuación para quien ostenta un mandato representativo. Nueva política, la de la alcaldada; quien ha sido elegido representante de una comunidad la representa en bloque y para todo, incluso para aquello que no afecta a su mandato y sobre lo que existe una palpable división de opiniones entre sus representados.
El cogotazo dado por el plumífero a la alcaldesa responde a la lógica de las presiones nada disimuladas ejercidas desde ciertas instituciones para montar un constructo capaz de sugerir la existencia de una unanimidad esplendente donde existe en realidad una división profunda de opiniones. La AMI, que no responde a ninguna lógica social ni tiene más consistencia que un tinglado montado desde las adhesiones fervorosas de quienes militan en determinados estamentos cercanos al poder autonómico, es un componente más de ese juego de espejos. No se puede dar ninguna validez jurídica a la votación por la independencia en un ayuntamiento porque tal cosa significaría retrotraernos a una política no solo vieja, sino caducada de forma (esperemos) definitiva: la de la democracia orgánica. El consistorio no puede decidir por sus administrados en nada que no se corresponda con sus funciones estrictas. El libre albedrío sigue significando algo en este mundo, por viejo que sea el concepto y por muchos empujones nada cariñosos que reciba por parte de políticos y de periodistas “novedosos”.
Métanselo en la cabeza: ni el voto de los consistorios municipales, ni el de los diputados en un parlamento, sirve para estos casos. Únicamente vale el voto popular cuantificado con todas las garantías en un referéndum legal, pacífico y abierto a todos. No hay atajos hacia la independencia, en la medida en que los atajos lesionan derechos individuales de las personas, y los derechos de las personas son imprescriptibles y sagrados en democracia.
Es esa la razón por la que Ada Colau y su grupo municipal han tomado la única postura plausible que les dejaban. Se forzó una votación a todas luces improcedente y extemporánea. Puestos en el trance de votar por prescripción reglamentaria, los disconformes con la votación (lo estuvieran o no con el fondo del asunto), se abstuvieron. Su postura, impecable, ha provocado el enfado de CDC, de ERC, de la CUP y del director de contenidos de La Vanguardia.com. La situación dice más sobre las carencias democráticas de quienes critican que de los criticados.
 

domingo, 6 de septiembre de 2015

DESCONFIAD DE VUESTROS BUENOS SENTIMIENTOS


De nuevo se está produciendo una avalancha de compasión hacia los refugiados, favorecida por mecanismos mediáticos: imágenes patéticas, grabaciones que nos aproximan a lo indescriptible. Se acusa de insensibilidad a las autoridades y a las instituciones, y se establece una contraposición fácil, frente a ellas, en la que se resalta el corazón generoso de la gente sencilla, de la buena gente. El papa Francisco propone, desde la lógica impecable de la caridad cristiana, que cada parroquia se haga cargo de una familia al menos de refugiados.
Todo eso es muy loable. En la bolsa de valores la compasión cotiza en este momento al alza, pero conviene no olvidar que los valores de todo tipo son por naturaleza inestables. Es necesario desconfiar de ellos, y exigir que se regule jurídicamente la situación y la condición de las familias de refugiados en los países de acogida: una regulación europea, ya que europeo ha sido el impulso, en la que estén especificados con claridad los derechos mínimos de los recién llegados, las obligaciones mínimas para con ellos de quienes les reciben, y el abanico de sanciones previstas para los incumplimientos, en función de su mayor o menor gravedad.
Nadie debe llamarse a engaño, detrás de la pantalla lacrimosa de la compasión aparecen con frecuencia los abusos. No vivimos en una sociedad ideal, la “buena gente” se encanalla de un día para otro. La fragilidad de los inermes incita a desaprensivos de ocasión a aprovecharse de ellos. El “buenismo” consistiría en este caso en descuidar la vigilancia siempre alerta que merece el respeto a la dignidad de todas las personas y pensar, contra toda la experiencia anterior de estas situaciones, que un impulso surgido directamente del corazón nunca podrá desviarse hacia los territorios del cálculo y de la codicia.
La compasión cotiza al alza en este momento, pero el ingenio para traficar con todo, compasión incluida, representa para muchos un incentivo añadido que les lleva a procurar mejorar su cifra de negocios. No es descartable que las “mafias”, nombre genérico que encubre mil personajes y grupos sociales atentos sobre todo a su propio provecho, las “mafias” sean las primeras en ponerse a la cola de la oferta de acogida.
 

sábado, 5 de septiembre de 2015

LUCHAR CONTRA LOS ELEMENTOS


«No se nos ha ido la olla, pero nos hemos topado con el muro del no y de la intolerancia», ha declarado Artur Mas, número cuatro de la candidatura Junts pel Sí, que promueve una declaración unilateral de independencia para Cataluña.
Vamos por partes. A palmos, como decimos por estas tierras. Si un conductor estrella su vehículo contra un muro en lugar de circular con normalidad por la carretera, y se le ocurre echar la culpa del percance al muro, estará dando síntomas precisamente de que se le ha ido la olla. O bien de que ha perdido hasta un punto lamentable la coordinación, los reflejos y la visión periférica debido a un consumo inmoderado de jumilla o similar. Una de las primeras normas de quien aspira a superar el examen de conducir es precisamente evitar los muros que se puedan atravesar en su camino; sortearlos con un golpe de volante, o, caso de no ser posible lo anterior, frenar a tiempo. Quien no se atiene a esa norma básica podrá causar serios desperfectos en el puto muro, pero de seguro arruinará su propio vehículo, y de paso, muy probablemente, su salud.
No se entiende, entonces, la argumentación del señor Mas, tanto más cuanto que transporta en su vehículo a lo más florido y granado de todo un pueblo, de una sociedad civil y de una clase política con largos años de experiencia de gobierno. Tanta gente no puede estar ciega; no puede dejar de haber visto que ahí había un muro. Tanto se ha insistido en que el muro no tenía importancia porque se iba a una independencia “de buen rollo”, que muchos se lo han creído. Entonces, ¿a qué viene decir ahora que no se ha perdido la olla, que lo que ocurre es que hay un muro, el mismo muro que hasta ayer no importaba y que por lo visto sigue sin importar?
Si las candidaturas a favor de la independencia consiguen un resultado aparente (no los dos tercios del electorado exigidos por el Estatut de Autonomía, que eso es pedir gollerías; simplemente una mayoría simple, y tampoco de votos sino de escaños), se irá a la declaración unilateral, dice Mas, y luego se negociará con el Estado la realización de un referéndum legal y decisorio.
Se parte de la idea de que el Estado dirá que sí, lo que equivale a suponer que el consabido muro del “no y de la intolerancia” se habrá disuelto por ensalmo. Se parte de la idea de que un 48,5% de los votos se habrá convertido para entonces en un 66,7%, única base legal posible para seguir dando pasos adelante. Se omiten los costos del proceso, en dineros, en recursos humanos y en la paralización o el retraso de políticas tendentes a aumentar el empleo, el bienestar y la cohesión social. Todo se sacrifica a un objetivo de consecución altamente improbable. Eso no quiere decir, al parecer, que a alguien se le ha ido la olla. O que ese alguien se está comportando como el trilero que nos incita a apostar fuerte para adivinar debajo de cuál cáscara de nuez está el guisante.
En tiempos pretéritos, el rey español Felipe II reunió una armada poderosa y la lanzó a la conquista de Inglaterra. Bautizó su armada con el nombre pomposo de la Invencible, e hizo acompañar la expedición de rezos, salmos e himnos en los altares mayores de todas las catedrales, colegiatas e iglesias del reino. Sin embargo, la armada chocó también con un muro. A las dimensiones del desastre en muertos, heridos, presos, naves hundidas o apresadas, y dineros volatilizados, se sumó el ridículo de la pompa con la que se había anunciado el envite. El rey se excusó con una frase que ha pasado a la posteridad. No se le había ido la olla, es que no había mandado a su flota a luchar contra los elementos. No dimitió (perdón, abdicó) después de provocar aquel esperpento trágico. Peor aún, por una de esas ironías exquisitas de la historia, ha pasado a la posteridad con el sobrenombre de “el Rey Prudente”.
El intríngulis con los elementos es que están siempre ahí, a la vista. No engañan. Quien quiera luchar, no puede ignorarlos. Está obligado a tenerlos en cuenta.
 

viernes, 4 de septiembre de 2015

SI RECUERDO BIEN


Si recuerdo bien lo que sentía cuando tenía tres años… Pero no es posible que lo recuerde bien, no me hagan ustedes caso, ha pasado demasiado tiempo desde entonces.
Si recuerdo bien lo que sentía cuando tenía tres años, mi mundo no era el mismo de los mayores. No compartía mi mundo propio con ellos, no me sentía implicado. Ellos se movían aquí y allá con la desenvoltura de quien sabe con exactitud todo lo que hay que hacer, y no tiene en cambio, en ninguna circunstancia, nada que temer. Yo, por mi parte, procuraba moverme lo menos posible. Mis miembros eran demasiado torpes, mis fuerzas demasiado escasas, mi capacidad para entender lo que se me exigía, prácticamente nula.
De modo que vivía la mayor parte del tiempo en un mundo pequeño como yo, hecho a mi medida, y solo lo abandonaba, a disgusto, como reacción ante gritos, riñas, órdenes perentorias. Renuncié a disgusto al hábito del pulgar en la boca, a fuerza de súplicas y de castigos repetidos. No estaba dispuesto a muchas transacciones más.
Era consciente de que quienes me rodeaban esperaban algo de mí, pero ese algo me era del todo incomprensible. Crecer, hacerme mayor: una idea inconcebible. Ser algún día un hombre “de provecho”, una meta casi ridícula de tan extravagante. De provecho para qué, si todo en mi interior rechazaba la vida complicada y trabajosa de los mayores, las obligaciones infinitas que me imponían (lavarme, vestirme, peinarme, rezar, cruzar la calle de la mano, dar besos a las visitas, acabarme la verdura puesta en el plato, acostarme pronto, repartir más besos antes de ir a la cama), sus motivaciones oscuras (yo preguntaba siempre por qué esto, por qué lo otro, pero las respuestas casi nunca eran satisfactorias), sus mentiras elaboradas, sus apetitos inverosímiles.
«A los niños se les ve pero no se les oye.» Una norma absurda porque lo más normal era que nadie nos viera a menos que llamáramos su atención a fuerza de pulmones. La vida era una cosa hecha para los mayores, para nosotros los niños de tres años todo se reducía a cuentos de hadas, o de cerditos, o de niños perdidos en el bosque, entreoídos desde la angustia de que, cuando el cuento se acabase, se apagaría la luz. Y entonces nos veríamos empujados a una tiniebla de la que tal vez nos iba a ser imposible escapar. Porque la muerte no estaba en un lugar concreto, en el tráfico de la calle, en un resbalón en una escalera empinada, en el precipicio en un recodo de la montaña, en una medicina para personas mayores encerrada en un frasco que nunca y por ningún motivo había que tocar. La muerte nos rodeaba por todas partes, en miles de formas posibles; era una presencia ubicua y permanente.
La muerte. Una presencia temible, pero con una fuerza atractiva a la que quizá nos abandonaríamos con blandura un amanecer cualquiera, en una playa, extendidos boca abajo, la mejilla contra la arena que cada nueva ola vendría a lamer con suavidad. Lejos. Libres para siempre de guerras, de rencillas, de las exigencias y los requisitos interminables del mundo absurdo de las personas mayores, un mundo demasiado grande y terrible para nosotros, los niños de tres años.
 

jueves, 3 de septiembre de 2015

GENIO Y FIGURA


No es que Pedro Arriola lo hiciera mal, pero es evidente que Jorge Moragas le ha dado al presidente otro toque, otro impulso, una marcha más. Antes se veía a Mariano rígido, un poco encogido. «Lo peor de la crisis ya ha pasado», y la mano engarfiada en el brazo del sillón y el parpadeo incontrolable lo delataban. Ahora está más suelto. Ha ido a hacerse una foto con Angela Merkel. Eso da puntos para una campaña electoral, pero es que además se le ve relajado, muy puesto, no con ese aire de pedir perdón que tenía en la famosa foto del Eurogrupo, la que inspiró tantos memes de la oposición canallesca.
De modo que a nadie le ha extrañado que quiera concluir su mandato con una ocurrencia más, algo sonado, la pirueta definitiva: reformar el Tribunal Constitucional para que sea el Constitucional, y no el gobierno, quien castigue a Artur Mas.
Es que a Mariano le gusta estar en sitios, pero no hacer cosas. Hacer cosas le da corte, le parece una mengua de su condición de augusto. Lo suyo es estar en la tribuna del circo, y desde allí enseñar a la plebe el puño con el pulgar hacia abajo. Luego, que sean otros los que se hagan cargo del degüello de los gladiadores señalados por su dedo.
– Lesmes, le meta un buen puro a ese Mas, por sedicioso.
– Usted manda, don Mariano.
– Míreme usted de paso qué se puede hacer con la autonomía, Lesmes.
– La autonomía, don Mariano, disculpe, más vale no tocarla, no vaya a ser que abramos sin querer la caja de los truenos.
– Pues nada, no se toca. Ah, Lesmes, ya puestos, me sube del bar un carajillo de chinchón seco con poco azúcar.
– Don Mariano, que soy presidente del tecé, no me ponga en el disparadero.
– ¿Quiere decir que no está en sus funciones? A ver como lo remediamos, siempre se puede incluir una nueva enmienda en el proyecto de reforma por el trámite de urgencia. Tenemos tiempo de sobra. Hablaré con Zoraida, ya se le ocurrirá alguna cosa.
Ahí lo tienen, como un chiquillo, correteando por los pasillos de Génova. Feliz. No tiene más que chascar los dedos y otros se apresuran a pasar el rodillo parlamentario. Moragas ha hecho un buen trabajo de coaching. En la próxima campaña electoral, escuchen bien lo que les digo, un Mariano en excelente forma puede armar el alboroto.
 

miércoles, 2 de septiembre de 2015

¡ADIÓS, NEGRA!


La volatilización de un templo sirio tiene un corolario lógico, una secuela si lo prefieren. La cosa funciona más o menos como en un truco de magia. Se abre el telón y aparece una extensión desértica donde antes hubo un templo con columnas. Se cierra el telón. Se vuelve a abrir y se ve una cola inacabable de refugiados delante de las alambradas de una frontera europea: son hombres, mujeres y niños que vivían y trabajaban en aquel desierto donde también hubo antes un templo.
No hay moraleja.
Hoy les hablaré de otra desaparición sobre la faz de la Barceloneta, menos dramática que la de Palmira, más agridulce. Se anuncia el cierre de Negra y Criminal, la pequeña pero enorme librería de la calle de la Sal. Me prometo una visita de despedida en este mes de septiembre, una última zambullida en un raro espacio de libertad informal y de bienestar espiritual combinados con frecuencia con una pequeña incomodidad física que siempre dabas por buena. Pasaban a la ronda platos de mejillones y vasos de vino tinto, gratis, y uno se recostaba en el quicio de un portal – con suerte – o simplemente se unía al corro de los que a pie firme en plena calle escuchaban la charla de presentación de un libro nuevo, un libro seguramente interesante. También nos poníamos a la cola para recoger la firma del autor en el ejemplar recién adquirido, y tener la ocasión de cruzar con él un par de palabras. Pequeños ritos prescindibles de supervivencia, en un sábado a mediodía.
No desaparecen ni Paco Camarasa ni Montse, la Librera con mayúscula. Seguiré viéndoles, por ahí. Lo cierto es que seguramente les he visto más veces en otros lugares (en BCN negra, en conferencias, en presentaciones. Paco estuvo también en el Speaker’s Corner del Museu d’Història este invierno para hablarnos de Manolo Vázquez Montalbán, de Carvalho y de su ética negrocriminal particular) que en su mismísima guarida de la calle de la Sal, donde he encontrado algunos libros que buscaba, de Márkaris, de Stieg Larsson, de Val McDermid, de González Ledesma, de Zanón, de Andreu Martín; y muchos otros cuya existencia ni siquiera conocía.
Es otro templo de cultura, de muy modestas proporciones pero de un encanto raro, que desaparece. Deja atrás a muchos amigos. Por fortuna, la cultura transmigra con más facilidad que los humanos de unos lugares a otros. Espero seguir contando en la bandeja de entrada de mi portátil con los avisos y las reseñas electrónicas de novedades negrocriminales o culinarias enviadas por Montse y Paco, desde allí a donde vayan.
 

martes, 1 de septiembre de 2015

BORRAR LAS HUELLAS


Unas fotografías aéreas servidas por la ONU vienen a mostrar que, en efecto, el templo de Baal en Palmira fue borrado de la faz de la Tierra por la diligencia dinamitera de Estado Islámico. Grande hazaña. En el mismo medio descubro que Instagram borró por su parte un pezón de la presentadora de televisión Nuria Roca. En este último caso se ha remediado el desaguisado, y el pezón volverá a lucir en las redes sus calidades artísticas originales.
No se preocupen mucho por el templo de Baal, también volverá a lucir sus perfiles más atrayentes en webs, museos y otros lugares reales o virtuales. Hace pocos años, tuve una experiencia inverosímil en un museo de Berlín. Me encontré delante de las murallas polícromas de Babilonia. Atravesé lleno de unción una puerta flanqueada por altas torres de añil y arena, y al otro lado me encontré en mitad de la joya helenística del Altar de Pérgamo.
A mí la experiencia me resultó desagradable. Incluso para mis admiraciones y beatitudes necesito cierta pausa, una transición más o menos adecuada que me permita entrar en situación. Pasar de ese modo en un plis plas de Babilonia a Pérgamo me llevó a la conclusión de que aquello no era realidad, sino pastiche; no era el mundo, sino un cosmorama, un titilimundi.
En el Museo Británico pueden ustedes ver los auténticos frisos del Partenón de Atenas, arrancados a escoplo de su disposición original por Lord Elgin. Lord Elgin no era un miliciano islámico propicio a ver profanaciones a su fe en cualquier amontonamiento de piedras; su contribución al destrozo de las reliquias del pasado la llevó a cabo en nombre de la conservación, de la museística, de la estética.
Todos los argumentos son buenos cuando se trata de borrar las huellas de lo que hemos sido. Los frailes que acompañaban a los conquistadores españoles urgieron a estos a destruir los templos de Tenochtitlán; no hicieron nada distinto de los actuales milicianos de EI. La mezquita de Córdoba ha sido convertida en catedral, y por tanto desvirtuada de la fe que le dio su razón de ser. No hay quejas al respecto, por parte de nadie; en este caso, a fin de cuentas, las columnas y los arcos siguen en pie.
En el arte, como en la naturaleza, nada se crea ni se destruye, sino que se transforma. Algo que en su origen fue un fetiche, o un juguete, o un abalorio, se ofrece hoy a la admiración del público detrás de una vitrina. A la inversa, algo que fue alabado en su momento como el ápice de todo un modo de entender la vida, se arrumba apenas un siglo después como un trasto sin utilidad ni valor.
En cualquier caso, el territorio del arte extiende día a día sus fronteras. En la introducción a su ensayo El museo imaginario, André Malraux señala esta prodigiosa mutación de sentido: «Un crucifijo románico no era al principio una escultura, la Madona de Cimabue no era un cuadro al principio, y tampoco la Atenea de Fidias fue al principio una estatua.
El papel de los museos en nuestra relación con las obras de arte es tan grande, que nos cuesta pensar que estas no existen, que no existieron nunca, allí donde la civilización de la Europa moderna es, o fue, desconocida; y que entre nosotros existen desde hace menos de dos siglos.»
No es ningún consuelo, por supuesto. Con la misma inconsciencia con que se destruyen los restos materiales de las grandes civilizaciones que nos precedieron, se destruye también nuestro hábitat irremplazable al someter su equilibrio cada vez más precario a presiones inauditas. La naturaleza se ve reducida a los parques naturales de modo semejante a como la herencia cultural se arrincona en los museos. En torno a unos y a otros, crece la desolación de la vida moderna. Algo tan aparentemente sencillo como un desarrollo sostenible se ha convertido en un oxímoron. En el más grande, más monstruoso y chocante oxímoron de nuestra época.
 

lunes, 31 de agosto de 2015

LA TEORÍA FELIPISTA DE LA EQUIDISTANCIA


Aquí no se despacha hoy. Si necesitan ustedes un análisis de urgencia de la carta abierta de Felipe González sobre los catalanes, recurran por favor al blog de guardia para la jornada, Metiendo bulla, y más en concreto a:
A lo más que se aviene este bloguero empecatado y multirreincidente es a una glosa somera de tres puntos nodales de la filípica (¿deberíamos para el caso llamarla “felípica”?) pergeñada por el maestro de Pineda de Marx. Son los siguientes:
1.- Sobre Felipe mismo.
Señala López Bulla la personalidad «aproximadamente ágrafa» de Felipe. La observación es certera. Felipe González no se prodiga en la escritura, todo lo contrario. Solo muy de tarde en tarde destapa el tarro de las esencias, y en cada ocasión en que lo hace multiplica las expectativas. O mucho me equivoco, o en la última ocasión en que paseó su firma por los medios, trató con su peculiar estilo contundente de los peligros del bolivarismo para la convivencia democrática. Hablaba de Venezuela, claro está, pero sobre todo hablaba de otra cosa.
En esta ocasión, el tema es el secesionismo. No cabe duda de que Felipe reserva sus intervenciones escritas para las grandes ocasiones y los grandes enemigos políticos.
2.- Sobre el destinatario real de la epístola.
El apóstol Pablo de Tarso, gran precursor de Felipe González en las tareas de salvaguardar las esencias del dogma revelado, dirigía sus admoniciones a grupos eclesiales determinados: los corintios, los gálatas, los tesalonicenses, los efesios. Felipe se dirige abiertamente a los catalanes. Sin embargo, algo no acaba de encajar en la relación entre el mensaje y el destinatario atribuido. Primero, porque de todos es sabido que a Felipe los catalanes le han traído al pairo durante décadas, y así lo demostró de forma consistente en sus quehaceres de gobierno cuando los ejerció. Segundo, porque no hay en su carta mención a ningún tipo de alternativa viable a la secesión catalana en ciernes, a pesar de que su partido sí defiende una política concreta, la federal, en este terreno. Bulla lo expresa del modo siguiente: «… todo indicaría que González, con sus estudiadas omisiones, está propinando un cogotazo a los federalistas del PSOE y a la Declaración de Granada que, aunque insuficiente, es el planteamiento oficial.»
Se trataría, según la hipótesis planteada por Bulla, de un disparo por elevación. Se apunta pretendidamente a la hijuela, los catalanes en trance de entrar en una vía muerta; pero en realidad se está avisando a la nuera, el comité de sabios del PSOE que prepara las propuestas del partido para la reforma constitucional. ¿De qué se le avisa? De que antes muertos todos que federales.
3. La teoría felipista de la equidistancia.
No puede estar de acuerdo Felipe, y lo señala con cierto arrebato, con una “equidistancia” entre «los que se atienen a la ley y los que tratan de romperla». El primer grupo al que se refiere está meridianamente claro: se trata del Partido Popular, con el que acaba de marcar distancias en el mismo párrafo. El segundo grupo, el de los que “tratan de romper la ley”, no está ni mucho menos tan claro. Parece referirse a los independentistas catalanes, pero no habla de romper España, sino de romper “la ley”. La ley suprema, obviamente. La Constitución. Felipe está diciendo, o eso es lo que cabe deducir de su modo de expresarse, de cierto no improvisado (como se ha aclarado en el punto 1 de estas breves notas a pie de página), que no está dispuesto a que se toque sustantivamente la arquitectura del Estado dibujada en el articulado de la ley suprema de 1978. No está dispuesto él en particular, ni por extensión lo están corporativamente otras personalidades próximas a su muy amplio círculo de amistades y conocimientos.
Buscar la equidistancia, entonces, en esta fraseología particular, significaría dar pasos hacia un terreno de encuentro y de acuerdo entre concepciones y opiniones distintas sobre la forma y el encaje de las instituciones. Negar la equidistancia entre los que se atienen a la ley y los que quieren romperla, supone ni más o menos que plantarse en donde estamos; en el mismísimo marasmo en el que chicolea Don Tancredo Rajoy.
Así lo han percibido también varios analistas y políticos en activo, que reprochan a Felipe el que se alinee en esta encrucijada decisiva con la derecha. Se supone que, si tal anàlisis es incorrecto, habrá un desmentido.
 

domingo, 30 de agosto de 2015

ELOGIO DEL FUTURO DE SUBJUNTIVO


Caballero, si su intención o su gusto es hipotizar futuribles, no lo dude más, la herramienta gramatical idónea para sus afanes es el futuro de subjuntivo.
(Un inciso: el verbo “hipotizar” es un horrible barbarismo idiomático; la Real Academia alerta contra su uso, y sugiere como preferibles “conjeturar” o, como mal menor, “hipotetizar” que tampoco está admitido por los puristas ni consta en los diccionarios, pero al menos sigue las reglas usuales del idioma para construir verbos a partir de sustantivos. Si en la frase de arriba he preferido emplear la barbaridad de moda, ha sido más que nada por joder.)
Volvamos al asunto que nos ocupa con dos ejemplos. Usted, un caso, desea advertir al común de las gentes que si se da el caso de que alguien pretenda pasar por culto sin serlo, habrá de memorizar una larga jeri, o sea gonza, de palabras sin mucho sentido pero que bien colocadas den lustre al discurso. Observe ahora cómo Quevedo despacha el asunto en dos endecasílabos bien medidos: «Quien quisiere ser culto en sólo un día, / la jeri aprenderá gonza siguiente…»
Atienda en particular a ese «quisiere». Es un futuro de subjuntivo: la clave de bóveda de toda construcción hipotética; el signo del futurible.
Vamos ahora a la excepción que confirma la regla. De un poeta eximio pasamos a un poeta mecánico. Juan de Mairena (heterónimo de Antonio Machado) analiza una composición fabricada por una especie de organillo hipotético al que llama “aristón poético o máquina de trovar”. La cadena de remisiones (del poeta a su heterónimo, del heterónimo a la máquina) bastaría para ponernos en guardia sobre la probabilidad de lo que afirma la composición en cuestión. Este es el texto parido a golpe de manivela: «Dicen que el hombre no es hombre / mientras no oye su nombre / de labios de una mujer. / Puede ser.» Señalemos de pasada la doble sombra de duda proporcionada, a mayor abundancia, por la propia máquina de trovar: el “dicen que” inicial, y el “puede ser” final, que pertenece según Mairena al tercer pedal del registro del aristón, susceptible de ser pulsado o no a voluntad del ejecutante, sin perjuicio del conjunto.
En el caso de que, dado su carácter hipotético, conjugáramos dicha composición en futuro de subjuntivo, sonaría así: «El hombre no fuere hombre / mientras no oyere su nombre / de labios de una mujer. / Pudiérase.» Una plasta. Por fortuna, la gracia sevillana de don Antonio arregló el desaguisado, y la coplilla, según he podido comprobar en Google, sigue haciendo fortuna.
Todo lo anterior viene a cuento de una anécdota reciente. Llevo varios días afligido por un ataque no grave, pero persistente, de melancolía. Un amigo me paró ayer en la calle y me preguntó si soy partidario de Podemos. Sacudí la cabeza.
– En todo caso – le contesté –, sería partidario de Pudiéremos.
 

sábado, 29 de agosto de 2015

REDOBLE DE TAMBORES


Es incierto, contra lo que titula El País, que la intervención policial en la sede de Convergència Democràtica de Catalunya haya fracturado la lista unitaria de Junts pel Sí. No se ha fracturado ni la lista, ni ninguna otra cosa. De hecho se esperaba la interferencia judicial en la contienda electoral; era una posibilidad que entraba en los cálculos de todos los acimuts de la política catalana, y en particular en los del astuto Mas.
Se escenifican estas elecciones catalanas como un choque de trenes. Para el caso, tanto da que se trate de un choque frontal, como habíamos visualizado la mayoría, o de un alcance por detrás, que es lo que ahora mismo pretenden servirnos. A efectos de política espectáculo, el escenario es el mismo. Ahora Usain Mas vuela por la pista perseguido muy de cerca por Justin Fernández Díaz. El suspense se centra en saber cuál de los dos llegará primero a una línea de meta que cada vez resulta más abstracta, más cargada de simbolismos huecos, más alejada de los quehaceres sencillos y prosaicos de la política sin adjetivos.
Es de nuevo, una vez más, hasta la saciedad estomagante, el espectáculo de Cataluña a un lado y el Estado al otro, solos los dos contendientes en el ring elegido por ambos. Se trata de saber si el PP de Mariano Rajoy torcerá el brazo del independentismo, o si Artur Mas, nuevo Houdini, logrará zafarse otra vez de los nudos que lo aprisionan. Puro espectáculo. Redoble de tambores. Espectadores que retienen el aliento. Se cruzan las apuestas, y se olvidan los problemas y los apuros de la Cataluña real, la que ayer evocaba Quim González en un artículo memorable. Y es que los protagonistas pretendidos del duelo están empujando a dúo esos problemas reales, acuciantes, lejos del semicírculo del escenario iluminado por las candilejas.
Seguirán adelante las pesquisas policiales, como corresponde en la persecución legal de un delito tipificado, y seguirá también intacta la lista de Mas, porque es una lista tejida con la materia de que se fabrican los sueños. Cuesta mucho que nuestras autoridades políticas y nuestros medios de comunicación entiendan que los problemas de Cataluña no son los de Jordi Pujol y familia, los de Sumarroca y los de Osácar. Y cuesta otro tanto que las fuerzas vivas de esta pequeña nación entendamos que los culpables de la situación que estamos padeciendo no se encuentran ni exclusiva ni mayoritariamente en unas instituciones “opresoras y malignas”; sino que las responsabilidades están mucho más extendidas y repartidas.
El resultado de las elecciones del 27S puede poner las cosas en su sitio. También puede que no. Parafraseando las palabras de Pep Guardiola, que ayer intervino en el mitin de JpS por videoconferencia, si los problemas reales de Cataluña «no pasan esta vez, pasarán la siguiente». Y entonces se apagará por fin este funesto redoble de tambores.
 

viernes, 28 de agosto de 2015

MÁS FÚTBOL PARA LOS JUBILADOS


Señores de la Liga, este es un respetuoso ruego dirigido a quien corresponda: minuto y medio de imágenes como resumen de un partido de fútbol es una cochambre. Auméntennos la cuota de disfrute en abierto, a ustedes no les va de un millón de más o de menos de beneficios, y para nosotros los jubilados esos segundos son la sustancia misma de la vida.
Un partido de fútbol dura noventa minutos. Más en realidad, si contamos el tiempo añadido al final de los dos tiempos, pero omito ese plus en beneficio del argumento. Resulta entonces que noventa segundos de imágenes representan un sesentavo del tiempo total jugado, un segundo de cada minuto. Imaginen entonces que un partido se meten cinco o seis goles. El disfrute moderno del gol exige verlo desde todos los ángulos: desde detrás, desde delante, desde derecha e izquierda, y desde arriba con cámara cenital. Son cinco tomas mínimas por cada gol. Con seis goles, explíquenme adónde se van los noventa segundos si se quiere ilustrar cada uno de ellos como conviene.
Y eso no es más que el principio del asunto. Un partido de fútbol es ante todo un combate estratégico, cada entrenador dispone sus piezas sobre el campo buscando líneas de fuerza, situaciones de superioridad, trivotes en la medular, líneas defensivas inexpugnables y otros artilugios que con mucho gusto podríamos explicarles en el Senado que se reúne puntualmente todos los fines de semana en el bar Raíz cuadrada de menos uno de la muy noble villa cuatriarcada de Parapanda. Reducir la materia prima en la que se basan nuestros profundos análisis dominicales a noventa segundos de visionado es añadir el insulto a la afrenta. Nos dejan ustedes inermes al pie de los caballos de los comentaristas deportivos, esa especie sarnosa, corrompida, mendaz, rastrera, vendida a intereses inconfesables, que representa el punto más bajo al que ha caído la especie humana en su degradación multisecular.
¿Cómo deducir, por poner un ejemplo reciente, si el joven Gerard Piqué, tal vez mal aconsejado, faltó al respeto al trencilla en el partido de vuelta de la Supercopa, o bien si, como sostenemos algunos, se limitó a apuntar al coequipier con el que debía intercambiar posiciones en las maniobras de contraataque, “Permutas tarde”, y el linier que lo oyó desde alguna distancia entendió “tu puta madre”, cosa muy fea de decir según sentencia unánime de la objetiva y enterada parroquia parapandesa? Para llegar a una conclusión inequívoca sobre el conflicto sería preciso pasar varias veces la imagen al relantí y leer de forma adecuada el movimiento de los labios. Noventa segundos son insuficientes aunque se limiten únicamente a mostrar ese mínimo detalle.
Imaginen, señores de la Liga, que solo se permite mostrar al público una sesentava parte de los frescos del Juicio final de Miguel Ángel en la capilla Sixtina; o para traer a cuento un ejemplo más próximo, una sesentava parte de la Maja de Goya (la vestida, evidentemente). La primera cuestión es qué parte diminuta, en concreto, puede aspirar a representar el todo. La segunda, qué idea podrá hacerse del conjunto el pobre espectador reducido a tan escaso alimento espiritual. Mutatis mutandis, tal es el caso del fútbol.
Nos están condenando ustedes al pay per view. Y eso, óiganlo bien, jamás de los jamases. Ya nos vemos obligados al copago de las medicinas que nos recetan los interinos y los becarios de los CAP, y a recurrir a la familia para disponer de la atención adecuada a nuestras numerosas minusvalías. Pagar además por el fútbol semanal es una línea roja que no estamos dispuestos a atravesar. Lo decimos sin amenazas y sin jactancias, pero muy alto y claro: no abusen más de nuestra paciencia, no nos pongan temerariamente a prueba. Jubilados unidos jamás serán vencidos.
 

jueves, 27 de agosto de 2015

AZNAR & MAS, SOCIEDAD EN COMANDITA


El argumentario del independentismo catalán se está emborronando cada día con tintes más y más sombríos. Se empezó afirmando que esta era una independencia que no iba contra nadie, y menos aún contra España; que España sería nuestro socio comercial preferente y la niña de nuestros ojos en todos los temas de política exterior. Lo último en la deriva cada vez más pronunciada del soberanismo hacia el apocalipsis cum figuris es que quienes no voten la lista de Mas estarán votando por Aznar.
¡Por Aznar! Se da una simetría irónica con la situación que se produjo simultáneamente en el Congreso español de los diputados, donde desde el banquillo popular se corearon las propuestas del socialista Pedro Sánchez con gritos de “¡Zapatero, Zapatero!” En la olla podrida de la política patria, los comistrajos que se sirven últimamente traen un tufo a pasado y un regusto a rancio. Como se reniega a conciencia de los datos que aporta la actualidad, el resultado es que los debates se retrotraen a la reemisión en diferido de broncas pasadas y ya medio olvidadas. La política vive en este país un desfase temporal grave. Lo que en última instancia significa que nuestra política, más que vivir, sinvive.
Una circunstancia lamentable que no se debe achacar de ninguna manera a un rebrote inesperado de la memoria histórica. Memoria histórica significa recuperar “todo” lo pasado, y en particular los eventos y las circunstancias que se ha procurado ocultar y encerrar bajo siete llaves en el inconsciente. En cambio, una memoria selectiva y oportunista nunca ha faltado en esta corrala de vecinos. Quienes nos devuelven tan de sopetón la memoria de Zapatero no pueden pretender que caigamos en la amnesia de lo que ha venido después. Quienes piden el voto a Artur Mas para evitar a José María Aznar, no conseguirán hacernos olvidar cuántas y cuántas veces votaron juntos los dos colegas en amigable comandita, y lo que esos votos supusieron para nosotros, los catalanes y los españoles de a pie enjuto.
Un aviso de amigo a los impacientes que deseáis embarcaros ya mismo para el viaje a Ítaca: no temáis a los cíclopes, las escilas y caribdis, las Circes hechiceras y los lestrigones crueles. Temed más bien al piloto que ha de empuñar el timón de la nave.
 

miércoles, 26 de agosto de 2015

MANDANGAS


Pedro Sánchez Castejón, candidato por el PSOE al gobierno de España, desgranó en el parlamento, en respuesta a los presupuestos del Partido Popular, una batería de propuestas de medidas de choque: están entre ellas desde la renta mínima (“ingreso mínimo vital”) y la elaboración de un nuevo Estatuto de los Trabajadores, hasta la inversión de un 7% del PIB en educación y la bajada del IVA cultural al 5%, pasando por una reforma fiscal y tributaria y, last but not least, la apuesta por las energías renovables y un desarrollo sostenible.
La respuesta del ministro de Hacienda Cristóbal Montoro fue, literalmente: «Mandangas.» La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, más fina, comentó en los pasillos que tenía la sensación de que Sánchez no sabía bien de lo que estaba hablando. Se calló seguramente la siguiente coletilla: “Por lo menos, yo no tengo la menor idea de lo que dice.”
Mariano Rajoy, por su parte, entonó el enésimo capítulo del serial «Yo salvé a España del rescate», e hizo hincapié en la bonanza económica – hay que insistir mucho en ella, para que alguien la vea por fin – y en el hecho de que no tenemos nada que ver con los chinos.
Mariano es único en el cambio repentino de registro y de argumento. En el comienzo de un párrafo lo determinante es el contexto mundial (cuando este presenta signos favorables), y de pronto enlaza sin solución de continuidad con la convicción de que el pararrayos del campanario de la parroquia viene a ser el único valor seguro, si resulta que los cielos de la macroeconomía se han cargado de nubarrones.
En cualquier caso y circunstancia, de la corrupción y el despilfarro no sabe, no contesta. Son mandangas y mamandurrias atizadas por la izquierda populista y radical. Las políticas del Partido Popular son siempre, por definición, las únicas capaces de traer la prosperidad y el progreso al Partido Popular.
El discurso del presidente ha merecido, sin embargo, elogios del Financial Times, que hoy recoge sus propuestas como «un ejemplo para la Eurozona.» Ejemplo de qué, no lo aclara. Ahora bien, yo sospecho que no se trata de un piropo espontáneo, dado gratis et amore. Es sabido que en los escalones mediáticos más prestigiosos del capitalismo financiero las cosas funcionan igual que con los anuncios y las esquelas mortuorias en la prensa normal: un titular a dos columnas tanto, un suelto de opinión tanto, tres líneas calurosamente elogiosas en un artículo editorial tal otro precio. De la misma forma se comportan las chicas que esperan sentadas en sus sillitas plegables a una distancia discreta de la carretera N-II en las cercanías del curso de la Torderola: son capaces de ser muy cariñosas, previo pago de la tarifa correspondiente.
 

martes, 25 de agosto de 2015

LICENCIA PARA DESCONFIAR


El derecho a decidir no es nada si no va acompañado por la licencia para desconfiar. Estudien este enunciado bastante improvisado; podría haber en él un núcleo oculto, una porción cuantificable de verdad.
Lo digo por la incomodidad que me produce la última novedad puesta en órbita por la candidatura soberanista a las elecciones autonómicas catalanas. El cantautor Lluís Llach, un referente de la izquierda nacionalista autóctona, soñaba en voz alta en Girona con una futura fusión de los del Junts pel Sí con los del Sí es Pot, y Raül Romeva, a su lado, le acompañaba al bajo continuo con la vieja cantinela del Entre tots ho farem tot, entre todos lo haremos todo; desde el nombre del nuevo president hasta la forma del Estado propio, la constitución catalana in progress, las futuras relaciones sociales y los derechos ciudadanos, todo está aún por decidir y concretar, y qué gozo más grande hacerlo entre todos, en una gran comunidad armoniosa y bañada de luz.
Falsas unanimidades. Manel García Biel, sindicalista, intelectual y catalán ejerciente, se ha constituido en notario para dar fe verídica de los pormenores de la situación actual en un artículo cuya lectura recomiendo con fervor a todo aquel que quiera saber cuáles son las posturas reales en este envite: Lo que la lista de Mas quiere esconder (1).
Entonces, la democracia no se ejerce escondiendo debajo de la estelada las divergencias graves en la forma como se ha gobernado la nación y las perspectivas desde las que nuestros actuales gestores se proponen seguir gobernándola. Hacer abstracción de todas estas “minucias” para concentrarse todos en el acto salvífico de la independencia supone pedir a la ciudadanía un acto de fe ciega. Dar por supuesto que la gente sencilla, la buena gente, corregirá con su instinto recto las desviaciones y los desvaríos constatados de los políticos, que la “sociedad civil” (el término está, como tantos otros, desgastado por el mal uso, y a fecha de hoy es solo ruido y furia que nada significa) llevará a buen puerto la nave del flamante Estado propio a través de todas las tempestades, es menos que ideología. Es pura fabulación.
La democracia como arquitectura política no está basada en la confianza, sino al contrario. El político que pretende gobernar, para vencer la desconfianza inicial de los ciudadanos está obligado a ofrecer pruebas, garantías y compromisos fehacientes de lo que dice y de lo que se propone hacer y cambiar. La confianza, el respaldo popular, se gana en un proceso de debate duro, contra todas las objeciones y todas las inercias y todos los intereses creados que conspiran en la dirección contraria.
Por esa razón, quien toma como punto de partida la presunción de confianza sin restricciones en la bondad de “los nuestros” como única garantía de futuras actuaciones que no se detallan ni se avalan ni se comprometen de ninguna manera verificable, está en el mejor de los casos poniendo el carro delante de los bueyes; en el peor, dando indicios claros de su intención de jugar al trampantojo y la ocultación. Manel García Biel ha desgranado con rigor qué cosas son las que se desea ocultar en este caso concreto.
 

 

lunes, 24 de agosto de 2015

UN PLAN "B" PARA EUROPA


La lección más clara y más contundente de la crisis griega aún en curso, es la capacidad desmesurada del Banco Central Europeo y de las instituciones concomitantes para torcer la voluntad democrática de un país miembro y forzarle a seguir por las malas la senda marcada y bendecida por una oligocracia financiera.
Ha sucedido por dos veces en Grecia, una por lo menos en Italia, y de forma más difusa un poco en todas partes. Ahora se tiende a criticar a Alexis Tsipras por presentarse al ultimátum del Eurogrupo sin un plan B, y tener que envainársela en el primer asalto. Es difícil, sin embargo, contar con un plan B frente a las baterías de artillería pesada que desplegó la Eurozona, sin una sola fisura interna y con la sancta simplicitas añadida de voluntarios que se apresuraron a añadir su propia ramita a la pira, tal y como hizo en 1415 la viejecita de Constanza cuando se quemó en público al hereje Jan Hus.
El momento crítico ha pasado, pero volverá. Habrá nuevos vencimientos de plazos, nuevas solicitudes de prórrogas y de quitas, nuevo rechinar de cadenas y crujir de dientes. Por eso sería inexcusable seguir todo este tiempo sin un plan B.
Pero no un plan B para Grecia, sino para Europa. Para Europa con Grecia incluida en ella, naturalmente. Con esta Europa, señores, no vamos a ninguna parte. Con tasas de desempleo agobiantes, con índices crecientes de empleo basura, con una juventud sin futuro, y con una tercera edad en aumento, desprovista de recursos y de asistencia y con pensiones menguantes, el señuelo de un futuro neoliberal no da para mucho. Hay una ira creciente, que poco a poco pierde en la desesperanza sus perfiles constructivos y se deja ir hacia la antipolítica o hacia la pura barbaridad. Hoy son los islamistas; mañana pueden ser otros grupos los que recurran a la dinamita y al kalashnikov. Disculpen si ejerzo de agorero, pero tiéntense antes la ropa quienes me acusen de exagerar peligros.
Me parece interesante reflexionar sobre lo que plantea Oskar Lafontaine en un artículo titulado ¿Qué podemos aprender del chantaje al gobierno de Syriza? (1). Es cierto que el poder que otorga la moneda única a sus gestores es desmedido, abusivo y antidemocrático. Es cierto que la moneda única ha pasado de ser una fuente de prosperidad compartida a una ratonera en la que unos padecen para que otros se lucren. Es cierto que un sistema monetario europeo más flexible, con mecanismos de intervención y de equilibrio y redes apropiadas de seguridad, sería más efectivo que el reinado indiscutido del euro y se adaptaría mejor a la existencia de economías de muy diferentes volumen y características. La implantación de cambios en el sistema debería hacerse de forma gradual, pero empezando por desautorizar a los poncios que se han encaramado en la tribuna de la gobernanza europea y desde allí azuzan a los cuatro jinetes del apocalipsis neoliberal.
Un plan B para Europa tendría que constar de otros capítulos además del estrictamente monetario, y ninguno de ellos puede improvisarse de un plumazo o con una única reforma constitucional duradera para los próximos cuarenta años. La base del plan tendría que ser, como sugiere Lafontaine, la del principio de subsidiariedad. Todo aquello que pueda hacerse en los niveles inferiores de la pirámide europea, a partir de los mismos municipios, debe ser hecho allí, y además con la mayor autonomía posible. La delegación de competencias hacia arriba trae consecuencias nefastas no solo para la democracia, sino para la gobernanza misma de las cosas. Cuanto más lejano del suelo que lo sustenta, peor es la calidad del gobierno “menudo”; ocurre con él como con los alimentos, sujetos a la ley de la proximidad salvo raras y exóticas excepciones.
Y además de las cuestiones monetarias, y las económicas, y las propiamente políticas, el plan B para Europa debería incluir un amplio contenido de medidas de naturaleza social y laboral. La arquitectura del trabajo productivo, los niveles salariales, la participación de los trabajadores en las decisiones productivas, el radio de acción y las competencias de los sindicatos, deben ser regulados de forma unitaria aunque escalonada, y compatible para todo el ámbito europeo de modo que se amortigüen al máximo los efectos "llamada" y otras eventualidades indeseables. Deben ser regulados no de golpe, no por decreto, sino a través de una transformación molecular de las estructuras de decisión y de ejecución de los planes productivos, y con la participación de las administraciones implicadas.
Y lo mismo debe hacerse, de forma urgente, con todo el bloque de temas relacionados con la seguridad social y las pensiones. Una reflexión de ayer mismo de Joan Coscubiela (2) trae a cuento las bases muy sólidas de un posible plan B para las pensiones en Cataluña, en España y en Europa. Y señala la relación que existe entre los sistemas asistenciales y las economías productivas, y cómo los callejones sin salida de los primeros resultan ser salidas sin callejón cuando se abordan de concierto con las segundas.
En todas estas cuestiones la izquierda española y la europea tienen necesidad de incrementar su reflexión, pero sobre todo sus propuestas prácticas de gobierno. No hay compás de espera. A riesgo de equivocarnos mil veces, hemos de poner en pie con urgencia, por el procedimiento del ensayo y el error, uno o más planes B que refuten desde la base misma las verdades del barquero que nos están vendiendo los arúspices del libre mercado.