lunes, 14 de diciembre de 2015

LA ERÓTICA DEL VOTO


Puede que el 20D signifique una nueva política, o que traiga más de lo mismo; pero algo ha cambiado ya en el panorama político nacional. Los signos mediáticos son múltiples. Javier Aristu lo ha detectado con su agudeza habitual para estos fenómenos, y lanza una advertencia saludable sobre los tiempos largos de la política (1).
Tiene toda la razón, desde luego, pero en cuanto a la campaña misma como fenómeno mediático, cabe decir algo más. A saber, que el personal (evito decir “la gente”, dado que se ha convertido en un término político significativo y acotado) se está divirtiendo como nunca en esta precisa campaña. Los memes sirven de termómetro de una opinión que se expresa, sobre todo, con un ánimo jocoso. Si los políticos antes nos aburrían o nos fastidiaban, y ahora se convierten en motivo de chistes gráficos y chascarrillos, algo ha cambiado en nuestra percepción de la política. Y eso es tendencialmente importante.
Quizás el personal (la gente) ha dejado de conformarse con ser espectadora pasiva de las ceremonias de palacio. Se me ocurren dos razones para ello: que se siente más implicada en la marcha del país (¡ojalá!), o simplemente que se ha enganchado al culebrón y tiene curiosidad por saber cómo acaba. En uno u otro caso, la actitud del votante es lúdica y juguetona; los sondeos sucesivos dan fe de unos vaivenes tan acusados como no se habían dado nunca antes. Manuel Rivas lo expresa así en su columna de El País: «Lo erótico de esta campaña es que gran parte de los votos disfrutan con la infidelidad. La demoscopia se vuelve loca. Las encuestas se hacen viejas de un día para otro.»
Y esa situación peculiar del electorado podría (solo digo “podría”, nadie me obligue a poner la mano en el fuego) propiciar un vuelco, parcial o no tan parcial, de las expectativas razonables de composición del nuevo parlamento. La imagen de Mariano Rajoy viendo el debate a cuatro por la tele desde Doñana con unas cervezas sobre la mesa ha hecho más daño al PP que la corrupción. La corrupción se daba por descontada, la falta de percepción de la importancia de una comparecencia pública le ha atraído la chacota del votante. No es probable que el resbalón se remedie en el cara a cara con Pedro Sánchez, porque la gente tiene interés precisamente en ver cómo se codea la “casta” con los “nuevos”, y no en un debate bipolar acartonado, percibido como “vieja política”.
Elijo un tuit como ejemplo de esta actitud (pero lo cito de memoria, disculpen la infidelidad del texto, no de la idea): «Cristiano Ronaldo ha demostrado ser el mejor futbolista del mundo, contra el Malmö. Contra el Barcelona, enviará a Soraya Sáenz de Santamaría.»
Rivas predice, tan solo como posibilidad, pero como posibilidad “viva” y eficiente, el triunfo del underdog, del perdedor (2). La vida te da sorpresas..., como se canta en Mackie el Navaja.
 



 

domingo, 13 de diciembre de 2015

UN ACUERDO DE MÍNIMOS


Ciento noventa y cinco estados reunidos en París han alcanzado un acuerdo vinculante para reducir las emisiones de gases a la atmósfera según un programa gradual, no taxativo, desigual para los países de tecnologías avanzadas, que deben tomar medidas inmediatas, y para los atrasados, a los que se concede un plazo más amplio para que la reducción inmediata no perjudique en exceso sus expectativas de desarrollo.
El acuerdo es sin duda insuficiente. Es el primero, sin embargo, porque no se puede considerar un precedente el fiasco de Kyoto, que concluyó en una declaración de intenciones que dejaba todos los deberes concretos para más adelante. París supone una toma de conciencia tardía y un compromiso de mínimos para los estados. Era de esperar, habida cuenta del contexto en el que se planteaba la reunión. Se ha alcanzado un gran acuerdo-marco dentro del cual cada estado concreto habrá de perfilar los detalles correspondientes, en la legislación y en el control diligente de su cumplimiento. Alguna gente se comporta como si el problema de la contaminación por el tránsito en el centro de Madrid hubiese de resolverse, no con prohibiciones concretas de aparcar, sino con un buen palo a la India y a China por ensuciar el ambiente más de lo debido.
Ecologistas en Acción ha emitido un comunicado en el que califica los resultados de la cumbre del clima de insuficientes y decepcionantes. Insuficientes, sí, sin duda; pero ¿decepcionantes? ¿Tan altas eran las expectativas de la organización? Se habla de “falta de liderazgo” de las Naciones Unidas ante “el mayor reto del siglo XXI”. La acusación no es injusta, pero sí que resultaba perfectamente previsible de antemano. Eran mayores las probabilidades de un nuevo fracaso, por el peso de las posiciones negacionistas en el Congreso de Estados Unidos y en otros países industrializados, por la actividad frenética en contra de los lobbies petroleros y eléctricos, y también, de no menor importancia entre nosotros, por las opiniones del “cuñao” científico de Mariano Rajoy. Parecería más lógico saludar los avances, por precarios que sean, logrados en la conciencia colectiva y en la puesta en marcha de soluciones concretas, que ensañarse con las insuficiencias y los terrenos en los que ha faltado acuerdo. Solo ha sido un paso pequeño, pero un primer paso nítido y consensuado, hacia una solución.
No parece muy asentada en la realidad, por el contrario, la afirmación de Ecologistas en Acción de que «se muestra una vez más que muchos ciudadanos y ciudadanas tienen claro cuál es el camino a seguir, mientras que estos marcos de negociación desoyen esas voces continuamente». Si descendemos de las “cumbres” a terreno llano, el tratamiento del “mayor reto del siglo XXI” en los últimos debates electorales celebrados, a cuatro y a nueve, no ha sido por cierto muy satisfactorio; tal vez quepa calificarlo también de “decepcionante”. La ciudadanía – la real, no la idealizada a la que se tiende a recurrir con frecuencia como paño de lágrimas – no ha reclamado masivamente una mayor implicación de nuestras autoridades en la lucha global o específica contra la contaminación. Quizás ha habido “falta de liderazgo” no solo en las organizaciones políticas sino también en las no gubernamentales, en torno a una cuestión tan decisiva. Es cómodo arrojar el fardo de las culpas sobre otros, y quedar uno mismo desembarazado por completo de ellas e instalado en esa torre de marfil que algunos tienden a construirse a medida, con menosprecio del mundo degradado que les rodea.
 

sábado, 12 de diciembre de 2015

¿DÓNDE VAS, PEDRO?


Un rastreo riguroso de las fuentes escritas ha permitido asegurar a un investigador británico que la primera de las grandes persecuciones de los cristianos, la de Nerón, nunca existió. Nerón vino a ser víctima de la mala prensa. Fue depuesto por rivales ambiciosos, ya saben, Tigelino, Vinicio, Galba y los otros, y después del éxito del impeachment ellos no se recataron en contar todas las barbaridades que se les ocurrieron sobre el césar caído. No lo derrocaron por ser un déspota, lo trataron de déspota para justificarse por haberlo derrocado.
En cuanto a los cristianos, a Nerón ni siquiera le constaba su existencia. Si echó a alguien a los leones por el asunto del incendio de Roma, lo hizo "inocentemente", diríamos entre comillas, y en ningún caso como represalia política.
En el año del Congreso Eucarístico de Barcelona, y en medio de una fuerte oleada de fervor religioso, estrenaron Quo vadis? en un cine situado en la acera de enfrente de la casa de mis abuelos. A mis hermanos y a mí, que todavía no teníamos acceso a las salas oscuras, nos llamó la atención la escena pintada para la propaganda en el portal: una muchacha rubia vestida con una túnica blanca, atada a un palo; un toro furioso lanzado contra ella, y un forzudo, Ursus, que se interponía entre los dos. La imagen más tópicamente taquillera en un país donde el elemento taurino ha sido desde siempre la base de la fiesta nacional.
Pedimos más información a los mayores sobre el asunto, y la tuvimos. Llenamos un álbum de cromos casi completo con fotogramas de la película, y Deborah Kerr y Robert Taylor (al que poco después pudimos ver en Ivanhoe, lo que aumentó de forma exponencial su cuota de mitificación) entraron en el santuario de nuestros héroes de celuloide. Entonces mi hermana, indignada conmigo por alguna tropelía que no recuerdo, un día me llamó Nerón. Fue seguramente el insulto más grave que se le pudo ocurrir. Yo me sentí justamente abochornado, porque la identificación con Peter Ustinov luciendo una coronita de laurel ridícula y tocando la lira (¡la lira, dios nos valga!) mientras Roma ardía, era demasiado dura de soportar para un niño de tan solo ocho años.
Pues bien, Nerón era inocente (yo no). Todo fue cosa de un Gran Hermano cualquiera de la época, de una reescritura interesada de la historia. Sesenta años después de aquel trauma fraterno que dejó una huella indeleble en mi psique aún tierna, me veo exculpado por alusiones. Ni Nerón ni yo fuimos tan malos, caramba.
También quedan colocados en una posición más airosa otros dos personajes implicados en la fábula. Uno es Pedro, el apóstol. Al otro lo llamaremos provisionalmente Dios. Según la leyenda, cuando Nerón desató su persecución, Pedro, que había sido nombrado a dedo jefe del grupo extraparlamentario cristiano, se olió el baile de bastones que se avecinaba, y procuró escaquearse sin llamar la atención de la guardia pretoriana. Ya extramuros, mientras avanzaba a buen paso por la Vía Apia, o la Flaminia, no tengo el dato a mano, una voz lo detuvo en seco: «¿Dónde vas, Pedro? Quo vadis?» El apóstol bajó la cabeza, dio media vuelta, buscó el martirio con afán, y lo encontró cabeza abajo, en una cruz hincada del revés.
La historia de Pedro me acongojó bastante, en aquellos años. No me estaba permitido criticar, y menos aún a un señor tan importante, pero me pareció que Dios se había pasado tres pueblos con aquel aviso de ultratumba. Una cosa es que tengas mala suerte, te pillen in fraganti y no te quede más remedio que apechugar con un mal trance, a ver, son accidentes que ocurren. Y otra cosa muy distinta es dar la cara voluntariamente, sabiendo que te la van a partir. El código que compartíamos los chicos de mi escuela decía que es lícito evitar el castigo, si puedes; si no, lo has de afrontar con estoicismo.
Dios, francamente, podía haber mirado a otra parte en lugar de escudriñar con un claro exceso de celo la Vía Apia, o la Flaminia, en aquel momento preciso.
Pero ahora resulta que no hubo ni persecuciones, ni martirios, ni historias de toros corneando doncellas, y que seguramente Pedro murió pacíficamente en su cama. Mejor. La historia sagrada resulta así más aceptable.
 

viernes, 11 de diciembre de 2015

EMPRESA Y RIQUEZA


Un artículo de opinión de José Ignacio Torreblanca en El País (“Poder digital”, 9.12.2015) alerta sobre el retraso de Europa en subirse en marcha a la gran revolución digital liderada por las empresas estadounidenses. «Nominalmente, la economía de la Unión Europea es más grande que la de Estados Unidos. Pero entre las diez primeras empresas del mundo no hay hoy ninguna europea. ¿Les dice algo que esas diez empresas sean todas estadounidenses, que las tres primeras sean Apple, Google y Microsoft y que la sexta y séptima sean Facebook y Amazon? Hace veinte años, siete de las diez primeras empresas eran japonesas. Hoy no hay ninguna. Y de las 102 empresas de reciente creación gracias al capital-riesgo orientado a la innovación que han superado los mil millones de dólares de valor, 69 están en Estados Unidos, 25 en China y sólo 8 en Europa.»
Las cifras son, como siempre suele suceder, incontestables. Ahora bien, Torreblanca está situando su observatorio económico más o menos a finales del siglo XVIII, en el momento en el que Adam Smith escribió La riqueza de las naciones. Cegado por el vértigo de la modernidad digital, él sigue asociando la potencia de las empresas con la riqueza de la nación en la que están radicadas, tal y como ocurría en la época de la revolución industrial.
La situación no es la misma ahora. Conviene examinar las cosas más despacio.
Las cinco empresas a las que se refiere el articulista son otros tantos ejemplos del paradigma de la globalización. En el arranque de la industrialización, una empresa suponía riqueza para el entorno en el que estaba radicada. Riqueza en primer lugar por su producción, susceptible de ser vendida en el mercado interno o exportada, con beneficio en todo caso para la economía de la nación; en segundo lugar, por la creación de puestos de trabajo estables (la empresa era algo físico, sólido, plasmado en unas instalaciones fabriles y una maquinaria que se hacía funcionar), y en consecuencia por la elevación de las expectativas del nivel de vida y de renta de los trabajadores y sus familias; en tercer lugar, porque a través de la fiscalidad, la riqueza creada en la empresa era distribuida con amplitud a todo el colectivo de la ciudadanía, en forma de beneficios indirectos tales como infraestructuras públicas o instituciones de protección social.
Pero la riqueza generada por las empresas asociadas a la revolución digital se reparte de una forma enteramente distinta. Para centrarnos en el ejemplo “clásico” de Google, un motor de búsqueda de internet, la empresa comercializa su “producto” a contrapelo de las economías y de las normas jurídicas de las naciones; no crea empleo sino que lo externaliza a través de filiales y empresas subordinadas, por lo común de vida efímera; y coloca sus beneficios fuera del alcance del fisco de las naciones en las que opera a través de una ingeniería jurídica tan innovadora como el sector económico mismo en el que se asienta.
Google es una empresa estadounidense, pero para sus transacciones fuera del territorio de Estados Unidos tiene su base en una filial radicada en Irlanda, el país europeo con un gravamen más bajo de los beneficios de las empresas (12,5%, frente al 33%, por ejemplo, de Francia) y sometida en todos los aspectos jurídicos al ordenamiento jurídico de las Bermudas, un paraíso fiscal. Para evitar el gravamen en origen previsto en muchas legislaciones fiscales de la Unión europea para la explotación de derechos de propiedad intelectual transferidos a filiales extranjeras, cuenta con una filial en Holanda, donde no existe tal gravamen, a la que transfiere aproximadamente las tres cuartas partes de su cifra mundial de negocios. La filial holandesa sirve de “túnel” por el que los beneficios son transferidos de inmediato a “otra” filial de Google, casualmente la misma empresa irlandesa acogida al derecho de las Bermudas, citada antes. Con este viaje de ida y vuelta, la empresa evita unas cargas impositivas del orden de varios miles de millones de euros anuales. En la jerga del mundillo económico, el sistema es conocido como “double Irish and Dutch sandwich”: doble irlandés y sandwich holandés. Los beneficios de la empresa están invertidos en fondos opacos, de modo que no cotizan impuestos en ningún lugar del mundo, tampoco en Estados Unidos. Cuando llega el momento de remunerar a sus accionistas, Google recurre a préstamos milmillonarios, porque la tasa que se impone al dinero prestado es sensiblemente menor que la que rige para el reparto de beneficios empresariales.  
Los datos anteriores están extraídos de Martin Collet, “Quelle fiscalité pour les entreprises transnationales?”, incluido en L’entreprise dans un monde sans frontières. Perspectives économiques et juridiques, Dalloz 2015. En mi opinión, representan un buen preámbulo para el planteamiento de dos preguntas iimprescindibles en el momento de abordar los grandes temas de la globalización y la financiarización. Primera pregunta: ¿qué es la empresa? ¿Cuál es su realidad económica y qué tratamiento jurídico debería recibir? Segunda pregunta: ¿qué es la riqueza? Me refiero a cuál es su sustancia y cuáles sus efectos en concreto, tanto desde el punto de vista de las personas como desde el de las naciones.
 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

OPERACIÓN RECONSTITUYENTE


Pablo Iglesias propone al país un “compromiso histórico” que renueve la política y la forma de hacerla en nuestro país. Grandes palabras. Les encuentro sin embargo un defecto, y es que sus dardos se dirigen en exclusiva a la plasmación constitucional de ese gran compromiso plural. Quizás no haga falta tanto. A veces pretendemos grabar en bronces las recetas de cocina.
Me refiero a lo siguiente. La democracia real e igualitaria se practica, más que se inscribe. Un cambio de ley electoral puede ser oportuno, pero sin duda es algo demasiado “adjetivo” para incluirlo en una constitución. La justicia independiente no es algo que haya que reformar constitucionalmente puesto que depende, como en el caso anterior, de las formas de elección de los órganos judiciales. Hay que acabar con la corrupción sin la menor duda, pero las leyes ordinarias ya están ahí, incluida la prohibición formal de las puertas giratorias; y no por elevar el rango de las leyes se incrementará su cumplimiento. Acabará por ocurrirnos como a los constituyentes gaditanos, que votaron a favor de que los españoles fuéramos justos y pacíficos. Ojalá bastara con escribirlo.
Otro tanto cabe decir de la inscripción en la ley magna de los derechos sociales y de las normas relativas al medio ambiente. El respeto genérico ya lo tenemos plasmado ahí, donde habría que incidir más es en cuestiones de orden práctico tales como la reforma de la reforma laboral, la prevención diligente de las distintas manifestaciones de las violencias de género, o el estacazo y tente tieso a quien realice vertidos incontrolados de residuos tóxicos.
Queda el último punto del compromiso propuesto por Iglesias, la constatación del carácter plurinacional del Estado y el encaje adecuado de sus distintas partes a través de la concreción del derecho a decidir. Sí es, en efecto, materia constitucional, pero estamos tan lejos de un acuerdo mayoritario en ese terreno que el compromiso podría retrasarse hasta las calendas griegas.
Conviene en todo caso, mientras tanto, ir haciendo camino, en lugar de pararnos a meditar sobre un virtual proceso constituyente. Es exactamente lo que ha propuesto hace pocas fechas, en un discurso sonado en el salón de actos del Ayuntamiento de Mataró, José Luis López Bulla. Él propone abrir, no un proceso constituyente, sino “reconstituyente”, entendido el término como aquello que restaura las energías y el ánimo. Les ruego que lean con atención lo que ha propuesto (1). Está seguramente un escalón más abajo en el rango jurídico respecto de la propuesta de Iglesias, pero es también un método más pragmático y eficaz, más en corto y por derecho.
A ustedes les toca elegir, según sus gustos y preferencias, entre el compromiso histórico de Pablo y el compromiso pragmático de José Luis. Lo que en todo caso no es de recibo, es la propuesta hecha por Felipe González en el mismísimo acto de su aparición en campaña, al pedir, en Vicálvaro, que nadie vote a los asesores políticos del anterior gobierno de Venezuela.
No hay que confundir las churras con las merinas, don Felipe. Los comicios venezolanos ya pasaron, ahora estamos aquí. Esas descalificaciones globales tienen un recorrido político muy corto, y en Vicálvaro no se le ha perdido a nadie nada en las orillas del Orinoco. Con el debido respeto, su aparatosa puesta en escena en campaña ha tenido mucho de salida de pie de banco.
 


 

martes, 8 de diciembre de 2015

MERCADEO DE VOTOS


No vi el debate televisado; no estoy en condiciones de dar mi opinión sobre quién lo “ganó”, aunque leo en la prensa que la audiencia se inclina en general por considerar que Pablo Iglesias lo hizo mejor que los demás. Me alegro, tanto por él mismo como por el hecho de que la opción política que representa me parece la más prometedora de las cuatro que se presentaron a debate.
Pablo es un esgrimista formidable en estos encuentros a cara de perro. Es incisivo, guarda la cabeza fría y tiene unos reflejos excelentes para la réplica. Al parecer se equivocó anoche en un par de afirmaciones, pero ese hecho no le ha penalizado. Otros/as se acogen como único recurso a un argumentario bien memorizado y evitan, por consejo de sus coachs, cualquier situación de riesgo. ¿Que se habla, por poner un ejemplo, del yihadismo y la guerra en Siria? Dirán que España debe participar en una coalición presidida por la ONU y en la forma en que se le pida y se determine. De ninguna forma se referirán a los argumentos que ellos expondrían en la Asamblea de la ONU sobre cómo hacer/no hacer la guerra, porque es bien sabido que en los temas delicados el votante tiende a retraerse si advierte un peligro, por mínimo que sea, para su bienestar emocional.
Un debate electoral se parece, por una parte, a un concurso en el que la gracia está en ver qué concursante acierta más respuestas; y por otra parte, a una de esas series de éxito basadas en un guión férreo que consigue que cada nuevo capítulo se parezca lo más posible al anterior, y concluya con un desenlace abierto a una continuación de futuro igualmente previsible. Cabe preguntarse en serio por la utilidad para nadie de ese tipo de formato. La nueva política, encorsetada de esa forma, resulta demasiado parecida a la vieja. Las diferencias de concepción, de proyecto, de valoración, entre las distintas opciones quedan desdibujadas hasta resultar irreconocibles. Lo que destaca en el conjunto es el clásico intercambio de acusaciones, los clásicos “y tú más” en los turnos de réplica, y el clásico mercadeo del llamado “voto útil” a partir de la cotización en la bolsa política de cada una de las opciones presentes. En un mundo global mercantilizado, también el voto democrático al por mayor cotiza a precios de mercado.
Mientras tanto, Bruselas ha advertido de que, sea cual sea el color del próximo gobierno, este habrá de cumplir las limitaciones taxativas del déficit presupuestario impuesto para 2015 y 2016; y la cosa va de momento francamente mal. También dicen las autoridades europeas que la reforma laboral se ha quedado corta y habrá de acelerarse. El ministro Guindos ha manifestado su convicción, no apoyada en ningún dato preciso, de que la contención del déficit se conseguirá sin demora, y de que la reforma laboral proseguirá su marcha triunfal, llegado el momento. Habría tenido interés saber qué piensan los “nuevos” responder a Bruselas si ganan, pero el asunto debió de pasar inadvertido en el programa, enzarzados como estaban los participantes en diversas escaramuzas cuerpo a cuerpo.
Todos los candidatos son conscientes de que el resultado de las urnas exigirá coaliciones de gobierno, pero nadie quiere ser el primero en desenfundar el revólver. Tenemos dos precedentes autonómicos de una situación parecida: Andalucía y Cataluña. El primer caso se resolvió en la prórroga; en el segundo habrá que ir a los penaltis. ¿Cuántos meses tardarán nuestros prohombres y nuestras promujeres de la patria en llegar a acuerdos de gobierno, después del 20D? ¿Cuántas líneas rojas habrá que soslayar, cuántos vetos formales que superar? El suspense no se desvela en los milimétricos programas de campaña. En el curso mismo del debate, según las referencias que tengo por la prensa escrita, todos imitaron a Pedro y negaron a Cristo por tres veces.
Pero a no mucho tardar, llegará el momento fatal de que cante el gallo.
 

lunes, 7 de diciembre de 2015

INDEPENDENTISMO DE BROCHA GORDA


El silogismo es muy conocido: Yo tengo un gato griego, Aristóteles era griego, luego Aristóteles era un gato. Más o menos así ha razonado Esquerra Rústica de Catalunya, que ayer celebró el día de la Constitución quemando en público algunos de los artículos de la Carta Magna y nos hizo saber que se trata de una ley “fascista” puesto que fascista era Manuel Fraga, uno de sus padres fundadores.
Siguiendo la misma lógica, sin embargo, se trata de una Constitución comunista, puesto que otro de sus firmantes fue Jordi Solé-Tura. O catalanista, no olvidemos la aportación de Miquel Roca i Junyent. ¿No son capaces en Esquerra de matizar un mínimo sus afirmaciones y de poner bocado (en el sentido caballuno de la expresión, a saber, parte del freno que entra en la boca de las caballerías) a sus bocazas? ¿Siempre han de soltarla pel broc gros?
Constitución quiere decir ante todo civilidad. Democracia significa respeto exquisito a las opiniones ajenas, muy en particular cuando no coinciden con la nuestra. Fascismo, por el contrario, es la satanización de lo distinto, el alarde bravucón y el muera quien no piensa como yo. Que mida Esquerra el jardín en el que se ha metido celebrando con gamberradas de tonto del pueblo el día en el que un mínimo de sensibilidad democrática imponía el respeto al común por encima de la libertad individual de expresión. También el independentismo tiene la obligación moral de ser respetuoso, si es que pretende tener cabida en un entorno democrático de naciones. Si no toma en cuenta ese principio básico de la convivencia, su ataque zafio a la Constitución española no tendrá otro efecto visible que la descalificación inmediata del descalificador.
 

domingo, 6 de diciembre de 2015

MENSAJES EQUIVOCADOS


Tengo la impresión de que la campaña electoral va desnortada, y de que se están emitiendo los mensajes equivocados. Yo diría – y dispensen, no ejerzo de sociólogo científico ni dogmatizo desde la cuantificación de resultados verificables de encuestas y sondeos de opinión crudos o cocinados; hablo calculando al tuntún, lo que se decía “a ojo de buen cubero” cuando los cuberos todavía no se habían visto abocados al desempleo debido a la revolución tecnológica en la producción de cubas –. Yo diría, pues, que el deseo expresado mayoritariamente por la opinión común, incluido ese enorme porcentaje que existe, al parecer, de indecisos, es el de que las elecciones no las gane nadie. Y como eso materialmente no puede ser, por lo menos que gane las elecciones quien sea, en el fondo da igual, pero que las gane por poquito.
Y si miramos las cosas desde ese supuesto enteramente hipotético – lo concedo de buen grado –, lo que está haciendo Mariano Rajoy cuando intenta asustar al personal con la perspectiva de un tripartito de PSOE, C’s y Podemos, equivale a predicar a un niño los beneficios de un ayuno prolongado, y al mismo tiempo ponerlo delante del escaparate de una pastelería. ¿No nota Mariano cómo salivan nuestras glándulas mientras le oímos decir? Un tripartito, caramba, nuestro sueño de dicha a falta de un eventual cuatripartito o pentapartito.
Pedro Sánchez, por su parte, apela al voto útil para no dispersarlo en opciones con poco futuro. Pero son justamente esas opciones las que aparecen como oscuro objeto del deseo de muchos votantes potenciales. Teniendo en cuenta cómo se viene a configurar el futuro que nos garantizan las grandes opciones políticas del país, muchos viejos votantes monógamos se están planteando la infidelidad, el “salto”, como la última bala que les queda en la recámara.
Albert Rivera alerta sobre la catástrofe de una gran coalición PP-PSOE. A nadie asusta esa posibilidad; a nadie se le ocurre que sería un retroceso respecto de lo que hay. Y Pablo Iglesias riza el rizo cuando denuncia una Operación Menina para llevar al poder al dúo glamuroso formado por Soraya Santamaría y Albert Rivera, mientras Mariano Rajoy se eclipsaría por el foro. De nuevo la perspectiva del escaparate de la tienda de chuches. Con un canto en los dientes nos daríamos muchos porque ocurriera una cosa parecida. El futuro está preñado de posibilidades más terribles. Pablo debería haber añadido: «Pensarán ustedes que esa opción no es tan mala, pero lo espantoso es que ¡Montoro seguiría siendo el ministro de Hacienda, y se propone la vuelta de Ana Mato a Sanidad!»
Desde mi total insolvencia en cuestiones de sociología electoral, el discurso que yo haría sería el siguiente: Las perspectivas son tan malas en la coyuntura que nos aflige, querido electorado, que mi respetuosa propuesta, más allá del riguroso programa de prioridades resumido en el tríptico en colorines que el servicio de orden de este multitudinario acto ha puesto en vuestras manos, es aunar los esfuerzos de todos para sacar el carro de la cosa pública del lodazal en el que está atascado. Para semejante tarea nadie es enteramente prescindible, con la excepción, tal vez, de Artur Mas.
A ver qué pasaría.
 

sábado, 5 de diciembre de 2015

SAN CARLINO REVISITADO


Despertó mi curiosidad el titular “Diez momentos para enamorarse de Italia”, que firma Pedro Jesús Fernández en el suplemento El Viajero de El País. Yo estoy enamorado de Italia, y guardo por mi parte el recuerdo de unos cuantos momentos inolvidables.
Debo decir que la selección que ofrece El País me parece muy acertada, por más que no coincida del todo con la mía. Hay lugares que desconozco en absoluto, otros de los que he oído hablar pero no he visto. Sin embargo, están ahí la Camera degli Sposi del palacio de Mantua, el corso Ercole I d’Este de Ferrara en el que Carmen y yo buscamos – ay, en vano – signos de la existencia de Micol y Alberto Finzi-Contini, la Villa San Michele en Anacapri, y el lungomare de la Corricella en la isla de Prócida, en el que reteníamos el aliento a la espera de ver aparecer en cualquier momento el esplendor físico apabullante de Maria Grazia Cucinotta, la muchacha que amó las metáforas robadas a Pablo Neruda por su cartero.
Lo que me ha dejado knock-out ha sido la propuesta de reseguir en Roma las huellas de Francesco Borromini. A ver, no es un plan obvio, no entra en los packs de oferta turística de las agencias de viajes. Y Carmen y yo lo hemos hecho.
Lo cual merece una explicación. Para empezar, Roma nunca ha sido mi ciudad. Amo a Italia, sí, pero no en bloque, no de forma indiscriminada. La Ciudad Eterna siempre me ha parecido demasiado eterna y demasiado mayúscula. «Roma veduta, fede perduta», dicen, y yo perdí mi fe en Roma antes incluso de verla. Tampoco el Barroco es mi período predilecto en la historia del arte.
Fue mi hermano Juan, arquitecto, quien me empujó a la visita, de una forma indirecta. Cuando en 2004 se supo seriamente enfermo, y pendiente de una operación decisiva  (que fue un éxito, pero no evitó su muerte pocos meses más tarde), quiso despedirse de su amada Roma y revivir allí los días de su luna de miel, con su compañera y ahora también con sus dos hijos.
Hizo planes, consultó planos, midió (con su optimismo habitual) sus propias fuerzas y posibilidades, y elaboró listas de visitas imprescindibles. Entre ellas estaba San Carlino Quattro Fontane, y pedí aclaraciones: ¿qué es eso, una pizza? Juan me dio todas las explicaciones posibles, y yo las amplié documentándome por mi cuenta sobre Borromini.
Años después Carmen me llevó a Roma, y allí quise saber lo que me había perdido. No puedo decir que hubiese un flechazo, pero sí una convivencia amistosa entre la Sempiterna y el Refractario. Comprobé que en efecto existen varias Romas superpuestas, y uno puede ignorar sin tapujos las que no le gustan y relajarse y gozar con las otras.
Dice Pedro Jesús Fernández que con la visita a las dos iglesias vecinas de San Andrea, obra de Lorenzo Bernini, y San Carlino, de Borromini, entenderemos el barroco. Yo entendí otra cosa. San Andrea tiene planta ovalada, columnas exentas y oropeles que destellan en la semioscuridad. No me extasió. En San Carlino (lo llaman en diminutivo por sus dimensiones muy reducidas) reinaban un orden particular y una claridad distribuida con sabiduría sobre cada rincón del recinto, desde la linterna de lo alto. La disposición de los muros – divididos rítmicamente por ternas de pilares –, de los nichos y los altares, empuja de forma natural la mirada hacia arriba. La atención no se dispersa en volutas ni en retorcimientos teatrales de santas extáticas. Desde un costado del templo se accede a un mini-claustro que es todavía más blanco, despojado y luminoso. Más que la esencia del barroco, aquello me pareció la superación del estilo a través de un concepto refinado del espacio y del arte de su distribución y puesta en valor.
Ríanse ustedes de postureos tales como el Coliseo, el Panteón, el Ara Pacis, la basílica de San Pedro y la columnata de Bernini. La eternidad de Roma está mejor contenida en el espacio minúsculo de San Carlino.
 

viernes, 4 de diciembre de 2015

RECUPERAR DESDE EL SINDICALISMO UN PROYECTO DEMOCRÁTICO DE SOCIEDAD


Critica Antonio Baylos, en su discurso «Modelo neoautoritario en la crisis y alternativas sindicales», incluido en el número 2 de la revista digital Pasos a la izquierda (1), la metodología rígidamente autoritaria que siguen las autoridades europeas para abordar la salida de la crisis financiera que nos aflige. Una metodología errónea sin ninguna duda, ya que en lugar de rectificar los errores que dieron lugar al sonado crac bancario del año 2008, los ha amplificado a través de un modelo de gobernanza restrictiva que parte de una desconfianza extrema, no hacia los comportamientos de los mercados de capitales y de las instituciones de banca y crédito, como habría sido de esperar, sino de desconfianza hacia las instituciones políticas y hacia el funcionamiento normal de los mecanismos democráticos.
Voy a extenderme en relación con esa valoración del maestro Baylos. Un inciso: lo hago por mi cuenta, y el lector hará bien, compulsando los dos escritos, en diferenciar lo que dice Baylos (o Ramon Alós, en el post de ayer) con lo que dice Paco Rodríguez de Lecea. Baylos o Alós pueden no estar conformes con todo o parte de lo que por mi cuenta expongo.
Pues bien, me parece a mí que el punto de partida de la doctrina abiertamente ideológica impuesta por la UE y el BCE es la consideración de que, frente a la imperfección intrínseca al modelo mismo de gobierno democrático (puesto que la opinión de la mayoría no es forzosamente la mejor ni la más adecuada a cada circunstancia), es necesario preservar de las torpezas promovidas por esa opinión el núcleo de mayor valor en la vida de las sociedades humanas, es decir, según dicha mentalidad, la economía. Alain Supiot ha analizado de forma exhaustiva este mecanismo (véase su prólogo a La ciudad del trabajo, de Bruno Trentin, incluido asimismo en Pasos a la izquierda nº 2), y Nadia Urbinati, desde una perspectiva de teoría política más general, ha identificado como uno de los “falsos amigos” de la democracia el recurso al dictamen de los expertos para corregir los errores de la "vulgar" opinión.
Frente al “gobierno” de las personas se alza así la “gobernanza” de las cosas, instaurada mediante modelos cibernéticos teóricamente infalibles capaces de señalar en cada momento las salidas más adecuadas para todos los conflictos generados en el ámbito de la economía. Hay un eco lejano de esta posición en la “organización científica del trabajo” implantada a partir de las ideas del ingeniero Taylor. También entonces se produjo un deslumbramiento generalizado ante el espejuelo de la primacía de la ciencia, objetiva e imparcial, sobre la política partidaria.
Los trastornos concretos que ha acarreado ese ideal abstracto de gobernanza han sido muchos. Entre ellos, la expulsión tendencial de los sindicatos de cualquier instancia decisoria en temas económicos, desde la fábrica hasta los grandes pactos de estado económicos y sociales. En este vasto terreno se veta toda negociación de las partes acerca de las cuestiones que les implican, y se entroniza en su lugar el oráculo de la Sibila, a través de un software en cuyo input se han incluido todos los datos relevantes, y que a través del funcionamiento ciego de los algoritmos indica con precisión la vía a seguir, que ha de ser asumida en todas sus consecuencias por una y otra parte.
También por el estado. El estado se ha visto apeado por esta vía de su posición soberana. La sede de la soberanía, cuando menos en los temas relacionados con la economía, ya no es el parlamento sino el algoritmo. Las máquinas dictan sentencia sin apelación posible. No hay tribunal constitucional al que recurrir.
Curiosamente, si los estados quedan sujetos de forma implacable a esa gobernanza suprema, no ocurre lo mismo con las grandes empresas transnacionales. El volumen de sus presupuestos sobrepasa a los de muchas naciones, pero ellas están exentas de las normas estrictas dictadas por los expertos, debido a la colusión permanente y “normal” entre lo público y lo privado, con profusión de puertas giratorias que permiten que los mismos expertos que imponen condiciones draconianas a los estados sean los que asesoran a las majors en sus complejas ingenierías financieras.
Los sindicatos no tienen cabida en este esquema globalizado. Se amonesta a los estados para que no promuevan el diálogo social ni las políticas de bienestar, sino todo lo contrario: deben desmantelar los impedimentos al libre flujo de la gobernanza y pulir todas las rigideces en relación con la “empleabilidad” que puedan aparecer en un mercado de trabajo amorfo, más que abstracto. Cuanto más desprovistos de cualidades propias, de signos externos de pertenencia, de iniciativa, de cultura del trabajo, tanto más “empleables” serán los individuos atomizados de nuestras sociedades, respecto de los cuales sus estados correspondientes reniegan de toda obligación de amparo y de tutela. Los sindicatos, entonces, son una traba al progreso del nuevo orden cibernético.
Concluye Baylos su discurso con algunas observaciones acerca de la necesaria respuesta sindical a esa ofensiva ideológica. Habla de las «microdiscontinuidades» que permiten afrontar con posibilidades de éxito algunos de esos ucases, y también propone medidas de renovación de la acción sindical que vienen a confluir en buena parte con las que, desde una perspectiva diversa, propone Ramon Alós en el trabajo que ayer comentaba en estas páginas. Subrayo en particular dos cuestiones planteadas por Baylos que me parecen clave. En el ámbito europeo, luchar para «crear las condiciones de una soberanía compartida sobre la base de solidaridades directas posiblemente de ámbito sub-regional entre gobiernos, sindicatos y fuerzas sociales al margen de los procesos comandados por la globalización financiera.» Y en un planteamiento más general, filosófico si se quiere, la importancia de un “proyecto” que pilote la acción sindical por entre los meandros de la práctica cotidiana. Estas son sus palabras: «Se requiere un intenso trabajo cultural para recuperar esta “proyectualidad” del sindicato más allá de las aplicaciones pragmáticas que se realizan en la cotidianeidad de sus prácticas.»
Amén.
 

(1) Puede consultarse en http://pasosalaizquierda.com/

 

jueves, 3 de diciembre de 2015

NUEVAS NECESIDADES ORGANIZATIVAS DE LOS SINDICATOS

Ramon Alós señala en el extenso trabajo “El sindicalismo ante un cambio de ciclo”, publicado en el número 2 de la revista digital Pasos a la izquierda (1), cómo los dos grandes incentivos genéricos que impulsan la sindicación – la utilidad particular, en términos “resultadistas”, que obtiene cada trabajador por el precio de la cuota sindical, y las expectativas de una acción colectiva organizada para la mejora de las condiciones comunes de trabajo – están sufriendo una erosión continuada desde hace varias décadas.  
Señala Alós seis grandes factores de cambio, cuya conjunción configura la aparición de un nuevo “ciclo largo” que exige, claro, “reciclarse” a las organizaciones sindicales en sus hábitos de trabajo y en sus formas organizativas. Enumero esos seis factores: 1) el paro y la precariedad en el empleo; 2) la noción misma de trabajo; 3) la dispersión y la fragmentación de la producción, con el fenómeno añadido de la subcontratación; 4) las relaciones triangulares, por las que un trabajador contratado por una empresa presta sus servicios en otra; 5) la gestión de los recursos humanos, y 6) la globalización y financiarización de la economía.
La lista de factores de cambio tiene un carácter meramente descriptivo. Está claro que existe una relación entre varios de esos cambios, y que unos pueden ser caracterizados como “causas” mientras otros aparecen más bien como “consecuencias”. También la expresión “cambio de ciclo” es discutible, en la medida en que un ciclo sugiere la repetición en el tiempo de unas fases determinadas de flujo y de reflujo, cosa que difícilmente puede aplicarse a la situación de organización de la producción por la que atravesamos. Ha habido un salto claro de un modo de producción “dominante” a otro distinto, por más que el cambio de escenario no haya sido ni completo, ni nítido. Alós lo describe como un trasvase progresivo de un “viejo” a un “nuevo” sector primario de la producción. El sector primario es, en este sentido, el que ejerce el rol de locomotora; los demás sectores siguen detrás, bien aprovechando la inercia generada, o bien echando el bofe para no quedar rezagados de forma definitiva.
Hay un factor importante en el cambio de coyuntura económica (si es ese el diagnóstico adecuado) o de paradigma productivo (como preferimos decir algunos), que Alós omite en su enumeración: el componente jurídico. Han cambiado en nuestro país – y en otros –, la legislación laboral y los criterios jurisprudenciales para aplicarla; se han sucedido casi sin respiro sucesivas y atropelladas reformas que han dado un giro radical a todo el marco institucionalizado de las relaciones laborales y de la negociación colectiva. En el mismo número de la revista Pasos a la izquierda antes citada, se publica una intervención de Antonio Baylos que profundiza de forma certera en este estado de cosas. Me referiré a ella en otra  ocasión, porque ahora me interesa subrayar algunas propuestas o sugerencias organizativas de Alós para el sindicato, que me parecen del mayor interés. A saber:
a) El dilema confederal: tratar de abarcarlo todo desde la organización, o coordinarse con otras instancias de forma más ágil.  El sindicato confederal “tipo” se ha construido siguiendo el modelo de la fábrica fordista: concentración, masividad, jerarquización, unidad de propósito. En épocas recientes, y en parte por la presión financiera, ha tenido lugar un largo proceso de fusión de federaciones de rama y de agregación de territorios. Quizás el mejor camino para avanzar sea el opuesto, “pegarse al terreno” a través de una diversificación de “puntos de acción sindical” autónomos, no jerarquizados y coordinados en red. Esta estrategia iría en el mismo sentido de la de la empresa postfordista, que se ha flexibilizado y “horizontalizado”, externalizando algunas fases del proceso productivo.
b) El sindicalismo no puede limitarse a intervenir en los centros de trabajo. Y su interlocutor ya no es solo el empresario, hoy también condicionan el empleo usuarios, clientes. De esta idea deriva una conexión fuerte entre sindicato y tejido asociativo en el territorio, incluidos los movimientos sociales de nuevo tipo. Conexión que solo puede tener lugar, evidentemente, desde la coordinación de esfuerzos y el respeto recíproco a la autonomía plena del interlocutor .
c) El horizonte del estado-nación, que no debe menospreciarse, no puede orientar en exclusiva la acción sindical. Hoy se está configurando un mercado de trabajo global, como indican la frecuencia y el volumen de las deslocalizaciones de procesos productivos. Las grandes empresas transnacionales buscan legislaciones “amigables” que les supongan privilegios, ayudas, exenciones de impuestos y reducciones del coste unitario de la fuerza de trabajo menos cualificada. Un sindicalismo ceñido al marco estrictamente nacional es forzosamente perdedor; porque todas las mejoras laborales que pueda conseguir quedarán anuladas por la fuga del trabajo hacia otras localizaciones más acogedoras. Lo cual implica la necesidad de un desdoblamiento de la acción sindical hacia dentro y hacia fuera de las fronteras y de los sistemas jurídicos elaborados por el estado-nación. No es cuestión de reforzar en los organismos de dirección a la secretaría de Relaciones Internacionales, sino de incorporar la nueva realidad a todos y cada uno de los escalones de la organización. Hay ejemplos, brillantes, de cómo se está haciendo esto en algunas organizaciones; pero aún no se han extendido lo suficiente, y están lejos de haber cuajado en una práctica compartida.
d) Tarea prioritaria del sindicato, frente a la pérdida de cohesión y de identidad de los asalariados, es “la construcción de una nueva visión del empleo y de la sociedad, para aunar nuevas identidades y objetivos”. Se ha dibujado en los tres puntos anteriores una organización sindical más flexible y más horizontal, “en red”. Pero para no dispersarse en una suma de corporativismos de recorrido corto, ese movimiento “centrífugo” ha de compensarse con otro de sentido contrario. La mayor actividad autónoma y la presencia descentralizada del sindicato en los centros de trabajo, en el territorio, entre los movimientos sociales y en el ámbito internacional, requieren un esfuerzo mucho mayor de elaboración, de confrontación y de síntesis, por parte del grupo dirigente confederal. Esa necesidad en un mundo que ha crecido en complejidad y en articulación implica una reflexión de fondo sobre la composición de dicho grupo dirigente, los saberes diversos que ha de aglutinar, su funcionamiento, su implicación. En una palabra, su capacidad colectiva de dirección.
La magnitud de estas premisas de cambio justificaría el término "refundación" utilizado en un documento oficial por Ignacio Fernández Toxo para describir las tareas que deberán abordar en el presente inmediato las Comisiones Obreras. 
 
(1) Puede consultarse en http://pasosalaizquierda.com/

 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

SOBRE EL MALTRATO NORMAL A LAS MUJERES



Ha aparecido el número 2 de la revista digital Pasos a la izquierda. Lo pueden encontrar ustedes en el sitio http://pasosalaizquierda.com/
No solo les recomiendo  apasionadamente su lectura y su difusión; tengo la intención de desgranar en los próximos días algunas reflexiones personales en torno a cuestiones que ponen a debate público los distintos autores del extraordinario ramillete de textos que componen el número de la revista. Me centraré sobre todo en el ámbito que queda más próximo a mis saberes, el del trabajo y la sociedad, o dicho de otro modo, el de la sociedad del trabajo. Pero quiero empezar por lo más básico: antes aún que seres-en-sociedad somos seres a secas, personas, y la discriminación multimodal que la sociedad impone entre personas iguales en principio en rango, dignidad y libertad, por diferentes circunstancias, arranca de la brecha abierta entre los sexos, de modo que el uno ocupa una posición dominante, y el otro está sometido.

Luisa Posada Kubissa explica cómo el perfil del maltratador no se corresponde con una patología definida ni con unas circunstancias específicas calificables de “riesgo”. Existen desde luego violencias determinadas por el alcohol, por la frustración, por la obcecación posesiva, por los celos patológicos, por el narcisismo del varón, por pulsiones sadomasoquistas o por otras causas. Pero se trata de excesos puntuales que vienen a romper con una virtus in medio en la que se tiende a incluir como comportamiento normal un maltrato moderado, socialmente aceptable en la medida en que queda contenido en los términos de la intimidad de las parejas.
Esa sería la razón última de que, como apunta con agudeza Olga Fuentes Soriano, falte la «voluntad política» de erradicar la violencia machista, o por lo menos de prevenirla en lo posible y castigarla con severidad cuando sucede. Siempre se acaba por encontrar justificaciones, siempre se piensa que mañana las cosas mejorarán. La espiral de muertes y de denuncias lo desmiente. Mañana las cosas irán a peor, si hoy no nos preocupamos de poner remedio. Si no situamos el tema de las violencias machistas como una cuestión de Estado.
Llevamos a cuestas una larga herencia de desigualdad en este sentido. La cosa arranca de un lado del Antiguo Testamento; de otro, del derecho romano. No me entretengo en ponerles ejemplos; lean ustedes mismos los libros del Antiguo Testamento, detecten una por una las perlas que contienen en lo que se refiere al sexo femenino, y consideren que todavía hoy millones de personas consideran revelación divina tanto esos textos en sí mismos como el orden social que imponen. Otro tanto cabe decir del derecho romano, que desde una matriz cultural absolutamente distinta consagró el ius maltractandi y dio al paterfamilias poder de vida y muerte sobre sus esposas y sus concubinas. Las dos tradiciones confluyeron en la consideración de la superioridad ontológica del varón y el sometimiento de la mujer a su autoridad omnímoda, como un “orden natural”.
Hoy se ha paliado en buena parte la clásica “invisibilidad” de las violencias que se ejercen sobre las mujeres; en buena parte también, ellas ocupan un lugar más prominente en una sociedad más igualitaria que les ofrece mejores oportunidades de realización personal. Pero la “cabeza de la Gorgona” (para usar la expresión de Kelsen) sigue aflorando aquí y allá, en mil lugares, reclamando sus viejos privilegios: el maltrato a las mujeres es “normal”, se nos insinúa, una y otra vez, por boca de legisladores y de jueces; lo reprobable es en todo caso el exceso en el maltrato.
Mientras se siga castigando solo el “exceso” y se respete la “norma” así concebida, no llegará el necesario cambio de mentalidad. Cualquier propuesta política de izquierda debe tomar nota de esta estructura social y de la urgencia de transformarla.
 

martes, 1 de diciembre de 2015

EN CAMPAÑA


Mariano Rajoy no ha asistido al primer gran debate electoral. «Yo no puedo estar en todas partes. Como si no tuviera nada mejor que hacer», parece que comentó. El atril colocado en el plató para él permaneció vacío, mientras sus contrincantes barajaban promesas electorales y discutían entre ellos cuáles eran mejores o peores.
Lo de Mariano era una opción plausible, y de hecho, consultados en el programa televisivo El Intermedio los madrileños bienestantes del barrio de Salamanca, todos a una le dieron la razón. A qué mezclarse en disputas de muchachos, lo que Mariano es capaz de hacer se conoce ya de sobra.
Por poner un ejemplo que es ya un secreto a voces. Mariano es muy capaz, al tiempo que da una opinión fundada como comentarista en un programa deportivo, de atinar, al vuelo y en directo, en la coronilla de su chico con dos capones que reflejan su gran categoría de padre y de educador. En la soltura del braceo en una emergencia semejante se reconoce la talla de un estadista. De haber cedido Mariano a la oferta tentadora de ocupar su atril vacío ante las cámaras, el coscorrón podría muy bien haberle caído a Pedro Sánchez, o bien a Albert Rivera, cuya coronilla queda más a su nivel. Desde su impecable savoir faire, Mariano ha acusado a sus desafiantes de insolventes. Deberían presentarse con más currículum, ha dicho; haber hecho su aprendizaje de la cosa pública en una concejalía, como mínimo.
De momento, el atril vacío en el debate a cuatro frustrado ha causado cierta sensación. El ausente podría muy bien convertirse en el tapado de una campaña tan reñida. Sobrecoge el ánimo el silencio perfecto como respuesta al vocerío de propuestas, tiene una capacidad de sugerencia heavy, rompedora, con reminiscencias del Tao. Mariano es más grande aún si calla, más omnipresente si desaparece. Lo imprescindible de su figura señera en el horizonte político se hace descomunal en la invisibilidad. Todos los españoles nos sentimos más confiados, “y mucho confiados”, digámoslo con sus mismas palabras, cuando no asoman sus gafas y su barba en punta por detrás de un atril provisto de micro.
Fuentes oficiales del Partido Popular han dado a Mariano Rajoy como vencedor del debate de anoche. Otra vuelta de tuerca. Siempre ha habido derrotas por incomparecencia, el dato nuevo es la victoria por incomparecencia. El no va más en política molona. El paso siguiente puede ser cerrar los colegios electorales y mostrar en el plató de la televisión las urnas mudas, austeras, vacías. Luego se recurre al Tribunal Constitucional para que dictamine el vencedor de los comicios. El resultado puede anunciarse en una gala con presencia de todos los nominados, más la flor y la nata de la jet que puebla este país desde la Moraleja hasta Marbella. Una famosa con caché, bellamente ataviada, abriría el sobre con el dictamen del Constitucional y pronunciaría las palabras sacramentales: «Y el ganador es…»
Sería una forma de añadir glamour al ejercicio democrático. Y no me vengan con argumentos retorcidos, no saquen las cosas de su quicio alegando que las ausencias de debate, las designaciones a dedo y otras prácticas parecidas ya ocurrían en este país cuarenta años atrás. No hay comparación posible. Franco era un antiguo.
 

lunes, 30 de noviembre de 2015

DEBACLE DEL TRANSVERSALISMO


La asombrosa peripecia del llamado procès catalán desde la nada hasta las cimas de la miseria infinita, ha cubierto una nueva etapa con la asamblea de la CUP en Manresa y la enésima negativa a investir a Artur Mas como president de la Generalitat. No hay novedad por ese flanco. Todas las opciones siguen abiertas, ha dicho Antonio Baños, y habrá que seguir negociando.
No todas las opciones siguen abiertas, sin embargo. Solo queda en pie la incógnita de la presidencia, pero la epopeya de tot un poble en pos de la libertad ha escrito ya su último capítulo.
En los libros de teoría política se define el populismo a partir de la aparición de una clave transversal que cortocircuita el eje derechas/izquierdas como relato de la acción política y lo sustituye por un ideal simplificador, con un gran atractivo de masas, que se coloca en primer plano para erigirlo en proyecto unificador de las distintas capas sociales y de sus expectativas. Ernesto Laclau estudió el fenómeno a partir del peronismo en Argentina, y Pablo Iglesias armó un proyecto en nuestro país basado en la oposición, no entre la derecha y la izquierda, sino entre la casta y la gente.
Parece, sin embargo, que en el trayecto hacia las elecciones le ha robado la cartera un mozalbete capaz como él de dominar la escena mediática y que presenta un discurso igualmente simplista, pero inequívocamente de derechas. De derechas “modernas”, entiéndase por tal apelativo lo que se quiera entender. El transversalismo atrápalo-todo ha mostrado unas limitaciones claras. A pesar de la ambigüedad del programa que esgrimía, sus votantes y sobre todo sus adversarios han acabado por confinar a Podemos en el territorio bien conocido y acotado de la izquierda política.
Mientras tanto, el tremendo impulso populista arrancado desde algunas organizaciones de la llamada sociedad civil catalana, ha llevado la aspiración a la independencia al punto máximo que podía alcanzar el transversalismo como principio motor de la política. El derecho a decidir ha sido aceptado unánimemente. El Estat propi es harina de otro costal, porque un Estado no es un envoltorio, una senyera estelada, sino un complejo de contenidos. Y es inevitable que, al discutir esos contenidos, afloren las contradicciones aparcadas y los conflictos ocultados apresuradamente bajo la alfombra. Estaba cantado que Andreu Mas-Colell y Anna Gabriel no coincidirían en nada, la cosa no se remedia con un reparto equitativo de consejerías, o de ministerios en un flamante Estado virtual.
¿De qué nos extrañamos, entonces, y por qué se acusa a la CUP de frustrar un sueño compartido por todo un país? La CUP está tratando de concretar su propio sueño de país, el que ha refrendado en las urnas el voto que la legitima. La CUP nunca ha estado “junta por el sí”. Si esa realidad, patente, no travestida en ningún momento a lo largo de todo el procès, ha sido pasada por alto o minimizada por los pilotos y los contramaestres del viaje a Ítaca, está suficientemente claro quién tiene la culpa principal del desaguisado que ahora se está poniendo de manifiesto.
Tiende a omitirse, o a olvidarse, la pluralidad de Cataluña, el carácter profundamente mestizo del país concreto. Un país calificado de “rico” desde una perspectiva macroeconómica comparativa, pero no hay mentira más grande que la macroeconómica. Cataluña está atravesada por desigualdades hirientes, por conflictos abiertos y por un muy intenso malestar de fondo. Vean ustedes el mapa de la intención de voto en las elecciones generales, que aparece hoy en La Vanguardia. Ni hay unanimidad, ni hay hegemonía. La solución del puzle catalán no llegará de la próxima asamblea de la CUP. Tampoco, conviene aclarar, de una hipotética reforma de la Constitución española. La ley no arregla nada de por sí, su virtud es en todo caso la de dar forma jurídica a un arreglo social ampliamente consensuado, al que se ha llegado previamente.
 

domingo, 29 de noviembre de 2015

SOBRE LA FORMACIÓN DE LOS DIRIGENTES


Presten atención al artículo de Clara Blanchar en El País Cataluña (1). El éxito electoral de las candidaturas progresistas a los municipios ha diezmado la primera línea de mando de los movimientos sociales. Está costando superar el impacto de la marcha a tareas institucionales de tantos activos. La cara positiva de ese trasvase es la de poder contar con un poder municipal más sensible a las urgencias sociales; la cara negativa, la necesidad de una recomposición nada fácil en el organigrama de los movimientos. En la PAH hablan de «momentos de caos y desánimo» después de la marcha de Ada Colau; en la FAVB de Lluís Rabell, de la necesidad de «asumir más horizontalmente unas cargas de trabajo de compañeros que hacían mucho trabajo.» Los cabezas de lista no se fueron solos, se llevaron consigo buena parte de su intendencia, y el grupo dirigente quedó muy mermado.
Nunca ha sido fácil la dialéctica entre las bases de los movimientos (para el caso, también de las organizaciones políticas y sindicales) y los grupos dirigentes. En lo que se refiere a la dirección de los procesos, se tiende demasiado a confiar en la espontaneidad de la selección natural. Para emplear una comparación facilona, en el momento en que se plantea la necesidad objetiva de descubrir América, se supone que por alguna parte aparecerá un Cristóbal Colón visionario que asumirá sin remilgos la tarea y movilizará al efecto a muchos hermanos Pinzones, navegantes expertos pero a los que jamás se les habría pasado por la cabeza la idea peregrina de cruzar el mar Tenebroso.
Bien, aquello fue cosa de un proyecto lineal y de un solo viaje de descubrimiento. En la vida y en la política actual los proyectos se multiplican y los trayectos se entrecruzan. Resulta absurdo confiar en que un “mercado” de talentos suministrará de forma espontánea el número suficiente de “personalidades” capaces de proceder a la resituación de una política ambiciosa de izquierdas capaz de cohesionar a las fuerzas sociales en torno a grandes objetivos comunes y de proceder a una refundación drástica de las organizaciones, a efectos de reorientar su posición en relación con los puntos cardinales de esa nueva política. Es casi tan difícil como que el burro flautista atine de pronto con la melodía, a fuerza de soplar. Pueden pasar siglos antes de que se dé la conjunción deseada.
Pero a lo más que llegamos es a prever el funcionamiento de escuelas de navegación para Pinzones. Nadie se ocupa de formar Colones con vistas a futuros descubrimientos. Antes esa función la cumplían, bien que mal, los partidos de masas. Pero los partidos de masas fueron los primeros en entrar en crisis, antes de que lo mismo ocurriera con todo lo demás. Jordi Mir, experto en movimientos sociales de la UPF, apunta «sin cuestionar los perfiles» a «procesos de selección más públicos». Me parece una reflexión importante en sí misma y también, para utilizar una expresión tomada del deporte del rugby, una «patada a seguir».