miércoles, 8 de agosto de 2018

RAPSODIA EN AZUL


Se encuentra pasando unos días de descanso en mi apartamento de Pol el famoso detective Lew Archer, que acaba de rematar el difícil “caso Galton” en su California natal. Ustedes lo recordarán con la cara de Paul Newman en Harper, investigador privado, una película estimable de Jack Smight, de 1966. Harper era en realidad Archer. Entonces se parecía muy poco a Newman, en la realidad. El parecido se ha acentuado con el paso de los años. Suele ocurrir, con los mitos.
Sus conocimientos del español son rudimentarios, de modo que me pide información adicional sobre la pintada “Kiss” en la cara de un santo innominado de la catedral de Santiago de Compostela. Kiss es un grupo de rock duro que ha actuado este verano en Galicia. Se supone que un fan pasado de revoluciones y/o de farlopa decidió inmortalizar a sus ídolos en la figura de piedra, que se remonta a los inicios del siglo XII.
Archer no lo cree así. Un pirado armado de rotulador no va a caer por casualidad delante del pórtico de Platerías, me dice. Y no rotula precisamente la figura situada en el extremo que no está bien encuadrado por las cámaras espías fijas. Su tesis es que no ha habido azar ni improvisación, que todo fue calculado al milímetro: la desenfilada de vistas, el color azul, el “Kiss” como falsa pista. El autor de la hazaña quiso dejar un mensaje ambiguo.
─ ¿Qué mensaje? ─ pregunto.
─ “Primer aviso” ─ me contesta, abrupto. Parece querer añadir algo, pero finalmente calla.
─ Primer aviso ¿de qué?
Mueve una mano en el aire, como si intentara apresar algo inconcreto.
Atienda a la acumulación de elementos, me dice. Puede ser todo casual, pero en mi profesión sabemos que las casualidades son muy pocas. Tiene primero el color azul, que ya es un símbolo. A dos pasos de Santiago hay una mansión cuya propiedad recae por el momento en una familia de postín de estas latitudes; la finca está protegida como bien cultural por el Estado, sin embargo, y se anda en pleitos con el fin de revertir la titularidad al patrimonio público. Asimismo, dos figuras de profetas, que formaron parte del Pórtico de la Gloria de la misma catedral de Santiago que ha sido objeto de agresión, fueron “adquiridas” a título gratuito por el patriarca de la familia, y sus herederos están tratando ahora mismo de colocarlas en el mercado del mundillo artístico internacional. Se trata de las estatuas de Abraham e Isaac, me han dicho, aunque otros apuestan por Jeremías y Ezequiel. El Ayuntamiento de Santiago está moviendo hilos para recuperar las figuras. La bronca es considerable, al parecer. Añada usted que existe la intención política firme de exhumar al patriarca de su suntuosa tumba y colocarlo en un lugar menos prominente.
Ahora bien, existen organizaciones, fundaciones culturales, pequeños partidos e incluso escuadras de acción más o menos expeditiva, relacionadas con la herencia proteica del viejo patriarca fallecido. Este sigue siendo un recuerdo presente en el escenario político del país. Recientemente ha habido movidas de protesta en su favor: concentraciones con banderas, himnos y amenazas inconcretas de revancha si determinados proyectos oficiales siguen adelante. En tales concentraciones predominaba el color azul, ya ve usted. No me parece imposible que el autor de la pintada esté relacionado con este tipo de movimientos telúricos, y que algún experto situado “dentro” de la catedral le haya hecho llegar la información de cuál era el objetivo más indicado para que la fechoría pasara desapercibida para todos, incluida la vigilancia electrónica. Para consumar una pintada de ese estilo, sabe usted, basta apenas medio minuto, y de noche todos los gatos son pardos.
─ Lew ─ le digo ─, tiene usted demasiada imaginación, y este calor acaba de rematar la faena. ¿Le parece bien que prepare otro whisky sour, y así nos sirve de puente hasta la hora del aperitivo?
─ Sea ─ asiente Lew Archer, magnánimo.
 

martes, 7 de agosto de 2018

AL GOBIERNO O AL CHARCO


Decía yo hace pocas fechas en este mismo sitio que, dado que todos los datos conocidos y presumibles estaban ya entonces encima de la mesa, respecto de lo que ocurriera después de la elección de Pablo Casado en las primarias del PP, a sus votantes no les quedaría más recurso posible que reclamar al maestro armero.
Conocen ustedes, imagino, la expresión. Era la gran broma siniestra a los novatos, los “malditos”, en la hoy desaparecida mili. “¿Y si la granada me estalla en las manos? ¿Y si el paracaídas no se abre?”, etc. El teniente instructor ponía cara de póquer y respondía invariablemente: «En ese caso reclame usted al maestro armero.»
El paracaídas del PP da señales de no abrirse. Su líder ha pasado de sostener que cumplió escrupulosamente con todas las asistencias, exámenes y trabajos exigidos para el máster con el que adornó su currículo, a afirmar que la cuestión es en sí misma irrelevante y en consecuencia no piensa dimitir. El asunto irá al Supremo, que viene a ser en este caso el maestro armero; es decir, explicará de forma pormenorizada lo que falló, en un momento en que todo el asunto no tendrá ya remedio.
En efecto, descontado el hecho de que Casado sí cometió un fraude en connivencia con sus profesores, el alto tribunal habrá de elegir entre dos extremos: o bien sostener que el fraude no tuvo mayor importancia, lo que creará un precedente peligroso para el prestigio de la institución universitaria, o bien afirmar que sí tuvo importancia, con lo que el PP recaerá en el mismo charco que intentaba evitar para reiniciar desde bases más sólidas el asalto al gobierno. La "vía media" entre los dos extremos, absolver al líder con la mandanga de que no todos los puntos de la acusación han sido probados a satisfacción, no evitará la rechifla a Casado ni el desprestigio de la Universidad, y además añadirá descrédito universal al ápice de nuestra judicatura.
El tema del charco antes citado salía en un antiquísimo chiste de baturros que yo oí contar a mis tías a una edad tan tierna que no conseguí entender la chispa del asunto.
El baturro iba de camino a Zaragoza y se cruzaba con un ángel. “¿Adónde vas?” “A Zaragoza.” “Será si Dios quiere.” “Quiera o no quiera.” El ángel ofendido convertía al baturro en un sapo por un periodo de un año, que este pasaba croando en un charco a la vera del camino. Pasado el año, el baturro reemprendía el camino y el ángel repetía la pregunta. Después del “quiera o no quiera”, el sapo volvía al charco por un año más. Así durante cinco o seis años, tiempo suficiente para que incluso un baturro sacara las conclusiones pertinentes. En la última reencarnación, el ángel incansable volvía a preguntar: “¿A dónde vas?” Y el baturro agachaba la cabeza y contestaba a regañadientes: “A Zaragoza… o al charco.”
 

lunes, 6 de agosto de 2018

ASUNTOS DE FAMILIA


Las tramas de las novelas de Ross Macdonald serpentean a lo largo de varias generaciones. Los pecados ocultos de los padres recaen sobre los hijos, la incapacidad de los hijos para asumirlos lastra a su vez las perspectivas de los nietos, y todo el embrollo monumental acaba por salir a la luz debido a una serie de actos violentos que vienen a ser como válvulas de escape de una presión excesiva. Padres e hijos entran en conflicto permanente en las historias del novelista; no se entienden, no se aceptan, no se perdonan.
En El otro lado del dólar, la novela cuya lectura acabo de terminar (tengo ocho novelas de Macdonald, casi todas de la colección policiaca de Bruguera-Libro Amigo ─libros de bolsillo con mala impresión en papel barato, que hay que tratar con cuidado para que no se desencuadernen de forma irreversible─, y me he trazado el plan de releerlas en este mes de agosto), la situación inmanejable del conflicto iniciado con la fuga de un chico de dieciséis años de un reformatorio, inspira al private eye Lew Archer primero una constatación y luego un deseo. Los menciono por su orden. La constatación (p. 165, la traducción la firma Daniel Landes):
« La tristeza se transformó en una vaga idea, semioculta en mi cerebro: cada generación tenía que empezar desde cero y descubrir el mundo de nuevo. Cambiaba tan rápido ese mundo, que los niños no podían aprender nada de sus padres ni los padres de sus hijos. Las generaciones eran como tribus enemigas, cada una en su isla de tiempo. »
El deseo (pág. 247):
« ─ A veces pienso que los hijos deberían ser anónimos.
─ ¿Qué significa eso, Mr. Archer? ─era la primera vez que me llamaba por mi apellido.
─ No es un plan ni un sistema; preferiría que el énfasis cambiara un poco de sitio. Casi todos hacen lo imposible por vivir a través de sus hijos. Y sus hijos hacen lo imposible por complacer a sus padres, o por olvidarse de ellos. Todos viven a través, por o contra algo o alguien que no es ellos mismos. No tiene sentido, y no da buenos resultados. »
Según mi propia anotación, leí la novela en el año 1980. En ese año estábamos enfrascados en el país en un problema de alguna manera generacional, de dimensiones descomunales, que daba un argumento más en favor de la posición del novelista americano. Las generaciones éramos, en efecto, tribus enemigas, anclada cada una en su isla de tiempo. Había una presión ─más exactamente, una represión─ terrible para que los de mi generación siguiéramos con docilidad los pasos de la que nos había precedido. No hubo modo. Cuando todo se recompuso al fin, después de numerosos actos de sangre y de violencia extrema, todo el paisaje había cambiado. Las novelas de Macdonald que leí ese año quedaron más o menos olvidadas en un estante. De una de ellas, El escalofrío, no recordaba absolutamente nada a pesar de que mi memoria de lector es bastante buena. De El otro lado del dólar guardaba solo un breve recuerdo de la trama.
Ross Macdonald se llamaba en realidad Kenneth Millar, y es considerado oficialmente la tercera pata de la tríada que sostiene toda la novela negra norteamericana. Dashiell Hammett fue el primero, cronológicamente y también por categoría literaria; él fue quien sacó la novela criminal de los salones de las clases acomodadas para situarla en las calles de los barrios pobres y en los tugurios de los bajos fondos (la cita de memoria no es exacta, pero sí lo es la sustancia). Raymond Chandler le siguió en el intento, y el énfasis demasiado marcado con el que resalta la superioridad ética del investigador (Philip Marlowe) sobre sus clientes perjudica a menudo, en mi opinión, el equilibrio del relato. Ross Macdonald renovó y retocó con nuevos temas el enfoque rotundamente realista de ambos. La profundidad psicológica de sus personajes es superior a la de sus maestros, y escribió durante casi tres décadas con un nivel de calidad y una agudeza de percepción muy notables, sin apenas altibajos. Retrata una sociedad en cambio acelerado, entre el final de la guerra mundial y la explosión final de los sueños rosados del consumo y el american way of life. Un mundo problemático, trasplantable con facilidad a las situaciones y los conflictos muy diferentes que hemos conocido y vivido en otras latitudes.
 

domingo, 5 de agosto de 2018

RUN FOR YOUR LIFE (Corre por tu vida)


Arriba tienen la imagen de una muchachita en apuros. Está corriendo por su vida, con pocas probabilidades de éxito. La pieza escultórica fue desenterrada en las excavaciones del santuario de Eleusis (Ática, Grecia). Posiblemente formara parte del frontal de un templo menor; posiblemente se trate de Perséfone, ninfa de la primavera, sexualmente acosada por Hades (el Plutón romano), que quiere llevársela a su reino del inframundo y tenerla allí encerrada para gozarla en exclusiva.
Sobre Eleusis y sus circunstancias escribí un post hace ya algunos años (1). La muchacha que corre por su vida puede ser el símbolo de tantas cosas, ahora mismo, en un mundo caracterizado por la depredación. Depredación de la naturaleza y de género, que vienen a reducirse a lo mismo, a la destrucción de bienes preciosos para una convivencia en armonía, frágil y prácticamente irrecuperable una vez perdida. Depredación del trabajo, de otro lado, que representa un paso más allá en la explotación, porque se trata de una explotación indecente, despectiva, sin miramientos, desatenta incluso a aquella ley de bronce del salario que lo situaba en el punto mínimo en que aún posibilitaba cubrir la tasa de reproducción.
Crece la indigencia en un mundo abonado al despilfarro. Crecen las tasas de suicidios y de sobredosis, y muere de forma masiva gente en incendios provocados, en secuestros organizados, en atentados servidos por ideologías brumosas, en accidentes de tráfico mal prevenidos, en naufragios de pateras dirigiéndose hacia paraísos dudosos, en golpes de calor consecuencia de un cambio climático desatendido. La hostilidad hacia la naturaleza nos devuelve una naturaleza más hostil hacia la humanidad. Delante de las fuerzas destructivas que pretenden engullirnos, cada vez nos es más forzoso correr, correr por nuestra vida.
 


 

sábado, 4 de agosto de 2018

EL SECTOR FINANCIERO ES UN PARÁSITO


«El sector financiero proclama que forma parte de la economía, pero no es verdad. Es algo externo, un parásito.» Lo dice Michael Hudson, economista a contrapelo (1). No es una idea peregrina, es algo que todos, expertos y no expertos, podemos advertir a simple vista. Los expertos, sin embargo, prefieren no verlo. Miran a otra parte, detectan brotes verdes en algún lado, nos aseguran con énfasis que no hay alternativa. «Es ciencia-ficción, viven en un mundo paralelo en el que todo el mundo paga sus deudas», comenta Hudson.
El resultado: la economía enflaquece, la banca engorda. Tenemos organizaciones que vigilan un orden mundial impuesto por la banca: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial. Vivimos en el delirio financiero; nunca tantos habíamos debido tantas penurias a la acción de tan pocos.
Todo empezó cuando la economía productiva y la economía financiera, que se suponía formaban parte del mismo orden “natural” de las cosas, intercambiaron sus papeles. La economía productiva era la locomotora que tiraba del tren. A las finanzas, que entonces tenían la connotación de públicas, se les atribuía el papel de control, de amortiguador o de freno, para evitar las tremendas sacudidas de los ciclos económicos. En algún momento a alguien se le encendió la bombilla de la privatización de la banca. Se supuso que una banca privada fuerte sería más capaz de asignar sensatamente los recursos. Que las finanzas ilustradas serían la nueva locomotora de la economía, dirigidas por algoritmos infalibles.
Este ha sido el resultado de la gigantesca operación. La intervención de las entidades globales en las jóvenes economías africanas ha sembrado el mar de pateras; su asesoramiento a las naciones europeas y americanas ha hecho retroceder la democracia, impulsado los populismos, exacerbado las desconfianzas y los rencores duraderos, disparado la corrupción.
«El sector financiero ha tomado el control de la economía, y la oprime hasta asfixiarla,» afirma Hudson. La banca ha provocado ya la mayor crisis de la época aún incipiente de la globalización. El remedio impuesto por los expertos ha sido reflotar la propia banca mediante préstamos a fondo perdido. En un mundo amenazado por la espada de Damocles de la Deuda, la banca se ha constituido como único deudor insolvente impune.
Y sigue engordando sus activos. Vamos de cabeza a la siguiente crisis global.
 


 

viernes, 3 de agosto de 2018

UNA HORA EN EL PRADO


El Museo del Prado ha confeccionado una lista de quince obras “imprescindibles” de su colección, como guía para personas que solo dispongan de una hora para visitarlo (1). Son quince obras magníficas, sin la menor duda. A partir de ahí empiezan las preguntas.
¿Es suficiente una hora de visita? ¿Es útil, siquiera? Eugeni D’Ors proponía tres; hizo un libro sobre el asunto. Eran otros tiempos, quizá, y los visitantes estaban dispuestos a gastar más tiempo en este tipo de frivolidades.
¿Es adecuado el ritmo de visionado de quince obras maestras en tan solo una hora? Cada pieza va explicada, al parecer, en una ficha muy completa con contenido multimedia. Uno puede estudiarse previamente el contenido, entonces, como si se tratara de un examen, y ejecutar luego la performance a la carrera, sin perder compás. Quizá no sea el método más adecuado para disfrutar del arte, pero aquí nadie ha hablado de disfrutar, sino de hacerse en un tiempo mínimo una idea ajustada de la importancia y variedad de los contenidos museísticos.
Eso provoca una pregunta de un orden diferente: ¿para qué va uno a un museo? ¿De qué, exactamente, pretende informarse? ¿Qué es lo que va a disfrutar en primer lugar, el cúmulo de información o la impresión estética?
Más preguntas. ¿Son esas quince obras las más relevantes del Prado, el top fifteen por expresarlo de alguna manera? La respuesta obvia es que no. Desde cualquier criterio o canon que se utilice, habrá más de una docena de lienzos de Velázquez situados por encima (muy, muy por encima) del mejor Tiépolo posible. A pieza única por autor, las elegidas han sido las Meninas. De acuerdo. Pero ¿y las Hilanderas, la Rendición de Breda, el Bobo de Coria, la Fragua de Vulcano? ¿Cuántas horas habrá que prolongar la visita si uno desea disfrutar de todo lo que los grandes maestros ─incluso solo los realmente muy grandes─ nos dejaron en herencia?
Forman parte de la selección los Fusilamientos de Goya, pero no la Familia de Carlos IV, ni las Majas, ni retratos femeninos inolvidables como el de la condesa de Chinchón. Luego, falta el Tránsito de la Virgen, de Andrea Mantegna, el cuadro que habría elegido D’Ors si le dieran la oportunidad de llevarse uno.
¿Puede juzgarse algo tan subjetivo como el mérito artístico con criterios objetivos? ¿Con algoritmos, por ejemplo?
Lo que se está ofreciendo, en realidad, es un digest de los contenidos del Prado para profanos, imagino que suntuosamente preparado. Un “pack Prado” con certificado de garantía para que incluso el visitante más desprevenido pueda calibrar por sí mismo, en un tiempo forzosamente limitado por el tráfago de la vida actual, de qué va la cosa en el funcionamiento de una pinacoteca.
Quince obras maestras como resumen último, desencarnadas de su época, de su estética particular, del objeto para el que fueron compuestas, de la corriente inacabable de obras contemporáneas contrastables con ellas, de la psicología, la sociología, la ideología y la economía que les dieron vida. Aparecen entonces exentas de trasfondo, conceptuadas como cimas de algo que no se sabe bien qué es, por falta de puntos sólidos de referencia.
Ofrecer el Prado en una hora me recuerda inevitablemente la propaganda de esos métodos para aprender idiomas sin esfuerzo, sin casi darse cuenta y en un tiempo récord.
No se ganó Zamora en una hora, dice la sabiduría popular. El Prado, tampoco. Al Prado siempre hay que volver.
 


 

jueves, 2 de agosto de 2018

CÓMO CUELGA UN CUADRO UN PADRE DE FAMILIA DE CIERTA EDAD


Mi nieta trajo a casa anoche varios libros recién comprados y regalados por su madrina. Entre ellos estaba Tres hombres en una barca, de Jerome K. Jerome. Ha sido una sorpresa para mí, pensé que cosas así ya no estaban a la venta. Me equivocaba, los Tres Hombres siguen gozando de buena salud en la era de Facebook. Fueron un bestseller desde el año mismo de su aparición, en 1889. La edición en manos de mi nieta es de 2013 y la traducción resulta un tanto apolillada en mi opinión de experto, de modo que para el fragmento que les ofrezco he recurrido a mis propios saberes.

Se trata de un humor inglés poco parecido a la imagen que solemos hacernos de él: no es espiritual, ingenioso ni burbujeante. Sí contiene mucha ironía de trazo grueso. Es el mismo estilo del humor de las películas de Laurel y Hardy, de las tartas de nata en la cara y de los Keystone Cops. Para saborearlo a fondo es preciso recuperar previamente toda la inocencia de lector que uno pueda almacenar. Y me ha parecido que recuperar la inocencia, toda la inocencia posible, podía ser un ejercicio beneficioso para la salud, en los tiempos que corren.

Tiene la palabra Jerome K. Jerome (capítulo 3 de “Tres hombres en una barca”)

  

Estoy seguro de que no hay en el mundo una casa tan alborotada como la de mi tío Podger cuando decide hacer algo. Supongamos que un cuadro recién enmarcado se encuentra en el comedor a la espera de ser colgado. Tía Mary pregunta qué hay que hacer, y tío Podger dice:
─Déjalo de mi cuenta. No os preocupéis ninguno de vosotros. Yo mismo lo haré todo.
Se quita la chaqueta y empieza. Manda a la criada a comprar seis peniques de clavos, y a uno de los chicos detrás, para decirle de qué tamaño. Y a partir de ese momento, progresivamente, pone en movimiento a toda la casa.
─Ahora, Will, búscame el martillo ─dice─. Y tú, Tom, tráeme el metro; voy a necesitar también la escalera, y será mejor tener a mano la silla de la cocina. Tú, Jim, corre a casa de míster Goggles y dile: «Papá le manda recuerdos y espera que esté mejor de la pierna; y que si le deja el nivel.» Tú, Mary, no te vayas porque necesitaré a alguien que me sostenga la lámpara; y cuando vuelva la criada, que salga otra vez y me traiga un poco de cuerda de colgar cuadros. Y tú, Tom… ¿dónde está Tom?... Tom, ven aquí. Necesito que me pases el cuadro.
Entonces coge el cuadro y se le escapa de las manos y se sale del marco, y él trata de salvar el cristal y se corta. Entonces se pone a dar saltos por la habitación, buscando un pañuelo. No encuentra el pañuelo porque lo tiene en el bolsillo de la chaqueta que se ha quitado y que no sabe dónde ha puesto, así que toda la casa tiene que dejar de buscar las herramientas y ponerse a buscar la chaqueta, y mientras tanto él está sentado, criticando.
─¿Es que no hay nadie en la casa que sepa dónde está mi chaqueta? No he visto inútiles más grandes en toda mi vida, palabra. ¡Nada menos que seis, y no sois capaces de encontrar una chaqueta que no hace ni cinco minutos que me he quitado! Por todos los…
Entonces se levanta, se da cuenta de que se ha sentado encima de la chaqueta y grita:
─¡Bueno, ya podéis dejar de buscar! La he encontrado yo. Sería más sensato pedirle al gato que busque las cosas, que esperar a que vosotros las encontréis.
Después de media hora empleada en vendarle el dedo, una vez llegado un cristal nuevo y cuando le han traído las herramientas, la silla, la escalera y la vela, se pone otra vez a la tarea con la familia en semicírculo alrededor, incluidas la criada y la asistenta, todos atentos a sus órdenes. Dos personas tienen que sujetar la silla, una tercera ayudarle a subirse y sostenerlo allí, una cuarta le da un clavo y una quinta le pasa el martillo; y al coger él el clavo, se le cae al suelo.
─¡Ya veis! ─dice en tono dolido─. Ahora nos hemos quedado sin clavo.
Todos tienen que arrodillarse y buscar por el suelo, mientras él, de pie en la silla, gruñe y pregunta si van a tenerle allí toda la noche.
Finalmente aparece el clavo, pero entonces se le ha perdido el martillo.
─¿Dónde está el martillo? ¿Qué he hecho con el martillo? ¡Santo cielo! ¡Siete personas mirando como papanatas y nadie sabe qué he hecho con el martillo!
Encuentran el martillo y entonces no ve bien la marca que ha hecho en la pared para clavar el clavo, y todos tienen que subirse a la silla, a su lado, para ver si la encuentran; y cada cual la encuentra en un sitio distinto, y él les llama idiotas a todos, por turno, y les dice que bajen. Entonces coge el metro, mide de nuevo y ve que necesita saber cuánto es la mitad de treinta y una pulgadas y tres octavos desde el rincón, y trata de calcularlo de memoria y se enfurece.
Todos tratan de calcularlo de memoria, y todos llegan a un resultado diferente y se burlan los unos de los otros. El número de partida se olvida durante la discusión, y tío Podger tiene que medir de nuevo.
Esta vez usa un cabo de cuerda, y en el momento crítico, cuando el viejo se inclina subido a la silla en un ángulo de cuarenta y cinco grados, tratando de alcanzar un punto situado tres pulgadas más allá de su alcance, la cuerda resbala y él pierde el equilibrio y va a caer sobre el piano, produciendo un efecto musical de gran elegancia al golpear con la cabeza y el cuerpo simultáneamente todas las teclas.
La tía Mary declara no estar dispuesta a permitir que los niños oigan tales palabrotas.
Finalmente tío Podger consigue marcar de nuevo el punto, apoya en él el clavo con la mano izquierda y agarra el martillo con la derecha. Con el primer golpe se aplasta el pulgar, da un alarido y deja caer el martillo sobre el pie de alguno de los presentes.
Tía Mary comenta con dulzura que espera que tío Podger le comunique anticipadamente la próxima vez que tenga intención de clavar un clavo en la pared, a fin de tomar las disposiciones necesarias para pasar una semana en casa de su madre mientras se lleva a cabo la operación.
─Las mujeres siempre organizáis un lío por cualquier menudencia ─responde tío Podger mientras se incorpora─. A mí me encanta el bricolaje.
Se pone otra vez a ello, y al segundo intento el clavo atraviesa limpiamente el yeso, seguido por la mitad del martillo, y tío Podger se va contra la pared con tanta fuerza que casi se aplasta la nariz.
De modo que todos han de buscar otra vez el metro y la cuerda, y se hace un nuevo agujero. Hacia la media noche, el cuadro queda colocado en su sitio, torcido e inestable; varios metros de pared parecen haber sido rascados con un rastrillo, y todo el mundo está agotado y deprimido, menos tío Podger.
─Ahí tenéis ─declara, mientras pisa un callo a la asistenta al bajar de la silla, y contempla con satisfacción evidente el caos que ha provocado─. Hay gente que habría contratado a alguien para hacer una cosa tan sencilla.
 

miércoles, 1 de agosto de 2018

ARTE Y PSICOANÁLISIS






Hace unos días, y a propósito de la sensación de “pasado vivo” que me asaltó en una visita a las ruinas de Pompeya, cité de pasada el ensayo de Freud sobre la “Gradiva” de Jensen. Ayer tuve el volumen en mis manos (Psicoanálisis del arte, Alianza Editorial 1970, págs. 105-200, trad. Luis López-Ballesteros de Torres) y comprobé lo mal que había citado de memoria el argumento de la obrita.
No hay mal que por bien no venga. Encontré la referencia al bajorrelieve causa de los delirios y sueños del protagonista de la novela, que se conserva en los Museos Vaticanos; lo tienen sobre estas líneas. Es obra griega, muy anterior a la época de florecimiento de Pompeya, y forma parte de un tríptico en el que tres doncellas se adelantan a depositar una ofrenda. El punto clave es la posición del pie retrasado, casi perpendicular al suelo.
Supe también que Freud y Jung entraron en contacto con W. Jensen en un intento de “psicoanalizar” las fuentes inconscientes de su obra literaria. El anciano autor se lo tomó fatal, se ofendió sin remedio y les mandó a tomar viento. Todo lo que había escrito, dijo, era fruto de su fantasía creadora, no de porquerías de erotismos reprimidos.
Freud se tomó el intento fallido con humor apacible. Esto es lo que dice en el propio ensayo: «Todo esto nos demuestra que el poeta no puede por menos de ser algo psiquiatra, así como el psiquiatra algo poeta.»
La idea expresada con tanta concisión por el maestro vienés hizo fortuna mucho más allá de lo que puede parecer a primera vista. Thomas Mann, que habría aceptado con gusto la proposición que Jensen rechazó, investigó en algunas de sus obras cruciales el “territorio común” a la práctica artística y a la enfermedad. El tema se insinúa ya en Los Buddenbrook, con la subversión de los sólidos valores comerciales de la firma hanseática debida al injerto de sangres más cálidas y propicias a la fantasía, siquiera musical. En Muerte en Venecia y La montaña mágica se despliega ya una forma de asociación indisoluble según la cual arte y enfermedad pertenecen a la misma dimensión peculiar y “anormal” de la percepción humana.
Con el movimiento surrealista se produjo una saturación de la correlación arte/inconsciente, tratada de una forma bastante mecánica; y así fue posible vislumbrar también los límites y las limitaciones de una analogía forzada hasta el exceso.
Vuelvan la vista al relieve de Gradiva, “la que esplende al avanzar”. Ahí está ese pie retrasado, en posición casi perpendicular al suelo. Si ese mármol esconde un misterio, a ustedes en definitiva toca decidirlo.
 

martes, 31 de julio de 2018

SERVICIOS PÚBLICOS, BENEFICIOS PRIVADOS


Simpatizo con la huelga de los taxistas. (Ya está dicho, ea.) No conozco todos los recovecos del asunto, y por lo tanto no puedo decir hasta qué punto están justificadas las medidas que han tomado, decididamente molestas para la ciudadanía aunque, imagino, beneficiosas para el medio ambiente de la ciudad. Tanto combustible que deja de quemarse, ahora que dicen que llega la ola de calor “de verdad”, es un alivio no de despreciar.
Me parece una barbaridad el proyecto anunciado off the record de cerrar el puerto y las fronteras si no se atienden sus peticiones. Si es una mera amenaza tendente a mejorar las condiciones de la negociación, pase. El oficio del taxi es duro, son horas y más horas al albur de las calles, las pejigueras de la licencia, del coche con su mantenimiento, de las restricciones de días y horas de circulación, de los clientes bordes y los borrachos, de los atracos.
El taxi es un servicio público. Necesario. Reglamentado. Los reglamentos pueden necesitar retoques en función de circunstancias nuevas, no lo sé. Pero los reglamentos, en un servicio público, no pueden ser torpedeados alegremente por la iniciativa privada de plataformas que operan con un número ilimitado de “socios” que aportan sus propios vehículos para un remedo de economía “colaborativa” en la que no existen ni reglamentos, ni garantías, ni relación laboral, ni seguridad social, ni nada de nada de nada.
Estoy en contra de Uber, Cabify y los demás VTC (vehículos de transporte con conductor). Se trata de plataformas no sostenibles, que obtienen su lucro precisamente de ignorar la existencia de reglamentos, de cuotas, de licencias y de horarios establecidos. Si se suprimiera toda esa reglamentación embarazosa y restrictiva, desaparecerían de inmediato también los VTC, porque desaparecería su oportunidad de negocio. Las plataformas se sitúan en los intersticios de la reglamentación, en una situación de ilegalidad tolerada, gracias a su versatilidad para llegar al cliente en menos tiempo y con tarifas más bajas. Sus conductores se ven sometidos a una doble explotación: han de responder cuando son llamados, no tienen horarios ni condiciones de trabajo establecidas, no cobran de la plataforma sino del cliente, y sobre ese cobro han de entregar una parte al “gran hermano”, al “patrón” que no lo es porque se denomina “socio”.
Que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ampare ese tipo de actuación decididamente pirática en nombre de la libertad de comercio, tiene bemoles. Que rompa y descalifique la pauta convenida entre el Ayuntamiento de Barcelona y el sector del taxi, con el argumento de que el tema debe ser decidido por una autoridad de orden territorial superior, sería demencial de no deberse en última instancia a la repugnancia profunda que sienten sus señorías por el nivel social y el cariz político de las personas que cortan el bacalao, metafórica y literalmente (Ada Colau fue calificada de “pescatera” por un académico de la Lengua), en la Casa Gran.
La huelga del taxi me genera incomodidades, como a todo el mundo, pero estoy bastante bien dispuesto a soportarlas. Espero que tenga un desarrollo cívico y pacífico, y que llegue a buen fin. Lo que ustedes y yo entendemos, sin necesidad de mayores puntualizaciones, por un “buen fin”.
 

lunes, 30 de julio de 2018

LA NECESIDAD DE LA TRADUCCIÓN


En la viñeta de El Roto en elpais, la mujer va vestida de una forma tradicional: falda ancha hasta el suelo, delantal amplio, pañoleta al cuello. También el peinado es tópico: moño en la nuca. El paisaje, apenas esbozado con cuatro trazos, parece rural. La mujer hace sonar con la palma de la mano un gran pandero, y canturrea: «Tantas lenguas cooficiales, y ninguna pa’ entendernos.»
(En la viñeta pone “para”, y no “pa”. El Roto me permitirá la ligerísima corrección, que convierte la salmodia de la aldeana en dos octosílabos perfectos. Desde siempre, en la península nos expresamos habitualmente en octosílabos, con algún verso de pie quebrado para romper la monotonía. Hagamos la prueba con un ejemplo de don Jorge Manrique: Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a lo eterno. / Tantas lenguas cooficiales / y ninguna pa’ entendernos, / que es el morir. ¿Lo ven claro ahora?)
De la viñeta de El Roto se deduce, a sensu contrario, la utilidad que tendría para todos hacer valer la riqueza de lenguas cooficiales de que disfrutamos para entendernos mutua y recíprocamente.
Para eso sería necesaria una traducción. No una traducción hecha de forma apresurada, a salto de mata, ni obtenida por medio de máquinas digitales, que solo proporcionan equivalencias de término medio y se meriendan los matices. Los matices son importantes, a veces. Cuando se puso en marcha la edición en catalán de El Periódico, se omitió en la edición experimental el escalón de la corrección de estilo, y Ana Botella quedó traducida como Anna Ampolla. Peor fue el caso de un ruso, Evguenii Voroshilov o algo semejante, que pasó a constar como el senyor Vagines Voraginoses.
Estaríamos hablando de una traducción calificada, en la expresión que utilizó Antonio Gramsci en una carta desde la prisión dirigida a su mujer, Giulia o Julca Schucht, a la que animaba a emplear sus amplios conocimientos sobre Rusia e Italia. Esto es lo que le decía Gramsci (la carta tiene fecha 5.9.1932; la versión española es de Manuel Sacristán, y se encuentra en la página 327 de su Antología):
«Un traductor calificado tendría que ser capaz no solo de traducir literalmente, sino también de traducir los términos conceptuales de una determinada cultura nacional a los términos de otra cultura nacional; o sea: un traductor así tendría que conocer críticamente dos civilizaciones y ser capaz de dar a conocer la una a la otra utilizando el lenguaje históricamente determinado de la civilización a la que suministra el material informativo. No sé si me he explicado con claridad suficiente. Pero creo que ese trabajo merece el intento, y hasta la dedicación de todas las fuerzas.»
Puesto a ser puntilloso, también corregiría a don Antonio eso de “cultura nacional”. No porque esté mal lo que él dice, sino por las polémicas que vienen del término “nación” y de las posibilidades de naciones sin Estado y viceversa. Podríamos dejarlo en civilizaciones, entendiendo por tales los surcos de diferentes anchuras y profundidades que la historia va dejando en las sociedades sobre las que transita.
Se necesitan entonces traductores calificados capaces de trasladar de forma fiel y completa, sin errores ni equívocos, todo el aparato conceptual de una civilización secular como (por ejemplo) la andaluza a la lengua catalana, y viceversa. Las lenguas son estructuras que reflejan el poso social, institucional, técnico, cultural, de las sociedades que se comunican a través de ellas. Un diálogo o interlocución, para dar algún tipo de fruto, necesita de la mediación de traductores especializados que conozcan en profundidad las dos lenguas ─las dos civilizaciones─ en cuestión.
 

domingo, 29 de julio de 2018

TINTARELLA DI LUNA


Tuvimos la noche pasada el privilegio, el grandísimo lujo, de ver desde la terraza de Sant Pol, frente al mar en silencio y durante más de una hora, el espectáculo inédito y enteramente gratuito de la Luna despojada de su vestido de lentejuelas, mostrando sin pudor sus carnes morenas. Fue literalmente una “tintarella di luna”, un bronceado de luna como el que cantó inolvidablemente Mina desde uno de aquellos vinilos pequeños y de agujero central grande que funcionaban a cuarenta y cinco revoluciones a caballo de los últimos años cincuenta y los primeros sesenta del siglo pasado, cuando los muy jóvenes recurríamos a la Luna para soñar; años antes de que aquel brutote americano de pelo cortado a cepillo dejara en la superficie limpia del satélite la huella sucia de su bota.
¿Luna de sangre? Ca, hombre, esa sangre nunca llegará al río; al río, por cierto, donde el torito se enamora diariamente de su reflejo y embiste desolado cuando la ilustre señora concluye su baño y se vuelve al cielo ataviada con el polisón de nardos con el que había bajado a la fragua.
Tuvimos la noche pasada, en la terraza, el grandísimo privilegio de regresar a los territorios del mito y del ensueño, sin la necesidad agobiante de pasar antes por taquilla. Fuimos testigos del largo striptease de la diosa Diana sin aditamentos eróticos, con sencillez, sin aparato, sin músicas subliminales y sin ser perseguidos después, como el cazador Acteón, por la jauría desatada.
Tintarella di Luna. Casi sesenta años después de que la cantara Mina, por fin la hemos visto.
 

sábado, 28 de julio de 2018

ECOLOGÍA Y CATÁSTROFE


Un número increíble de conocidos/as nos han llamado o mensajeado estos días pasados, por si la tragedia de Mati nos había afectado de alguna manera a nosotros o a nuestra familia griega. Estábamos ya en Barcelona cuando ocurrió, y la familia griega está sana y salva al completo. Conocíamos el lugar, sin embargo. Después de nuestras repetidas visitas a Vravrona (la antigua Brauron, con el templo dedicado a Ártemis y la tumba presunta de Ifigenia), solíamos desembocar en el litoral por Rafina, y en Mati o en Nea Macri buscábamos un restaurante popular donde comer pescado junto al mar. Es un segmento de costa muy concurrido durante todo el año. Nosotros hemos estado allí siempre fuera de temporada, es de imaginar su abarrotamiento en pleno verano y con las temperaturas en máximos por encima de los cuarenta grados.
Por casualidad estaba leyendo yo estos días un libro sobre otra catástrofe imprevista y previsible, “Los tres días de Pompeya”, del arqueólogo Alberto Angela. Hay algunos rasgos llamativos comunes a los dos acontecimientos. Por ejemplo, los pompeyanos vivieron sin aprensión los temblores fuertes y repetidos de los días anteriores a la erupción del Vesubio: “Esto es la Campania, aquí la tierra tiembla”, dejaron escrito algunos. Se produjo un fuerte terremoto apenas una quincena antes de la gran explosión, y en muchas mansiones estaban desde entonces reparando los desperfectos: puertas que no cerraban bien, fuentes secas en los jardines, grietas en las paredes, pinturas murales estropeadas. Pequeños inconvenientes de una vida que seguía apaciblemente su rutina sin que nadie pensara en algo potencialmente peligroso situado más allá, susceptible de modificar los planteamientos consabidos por todos.
En el Ática, el planteamiento asumido por todos era la libertad de edificar, sin plan, sin medidas elementales de seguridad, tomando a manos llenas lo que la naturaleza proporcionaba y modificándolo sin ninguna clase de previsión. Se edificó en pleno bosque, en zonas que nunca fueron oficialmente señaladas como edificables; se trazaron a capricho, sin la intervención de ingenieros y técnicos responsables, carreteras vecinales entre los distintos grupos de viviendas, por toda clase de vericuetos susceptibles de convertirse en trampas mortales. Se funcionó, en Pompeya como en Mati, a partir de un “negacionismo” de simple sentido común: si no ha pasado nada hasta ahora, no va a pasar ya nunca.
El segundo rasgo común aparece con la certificación de la amenaza: la erupción del volcán o el auge amenazador del incendio. Un gran porcentaje de personas decide entonces que en ninguna parte van a estar mejor protegidos que en sus casas. Obedecen a un sentimiento arraigado de que solo lo conocido ofrece protección adecuada, en tanto que la intemperie es peligrosa en sí misma. En casa se guardan además los tesoros patrimoniales, muchos o pocos; algo difícil de abandonar porque, durante una ausencia precipitada (y tal vez prematura) de la propiedad, alguien puede saquear esta en la confusión. No se contempla sin embargo, o se omite sin analizarla, la posibilidad de que la catástrofe que llega al galope acabe en un santiamén con las riquezas acumuladas y con la vida de quienes las guardan. Como en efecto sucede.
El tercer rasgo, en fin, es la fuerte empatía que lleva a las personas, cuando no hay remedio y el final es una certeza inmediata, a morir juntos. Abrazados, como los veintitantos muertos de Mati que nunca llegaron a la playa donde buscaban una última esperanza; y como tantos sepultados por las avalanchas de lapilli y cenizas y barro ardiente en Pompeya o en Herculano.
Los incendios del Ática fueron probablemente intencionados; el viento que los enconó y los extendió hasta convertirlos en una trampa mortal, no. Pero no son crímenes menores los que derivan de la imprevisión, de la rutina, de la pereza, del descuido culpable de las vulnerabilidades ajenas por parte de quien ostenta la responsabilidad sobre las mismas.
De eso sabemos mucho en este rincón del ancho mundo. Tenemos una mentalidad ampliamente liberal que predica que todo vale, unida al sentimiento fatalista de que lo que sea, sonará. Cuando sobrevenga la próxima catástrofe caída literalmente del cielo, tal vez nuestros legisladores se apresurarán a colocar un añadido o una disposición transitoria a la última edición del código penal para implementar las medidas destinadas a prevenir que tales horrores no vuelvan a suceder nunca más.
Pero los códigos van siempre detrás de la realidad, y los tribunales van a su vez detrás, y a remolque, de los códigos. Del mismo modo que, en algún momento, las violaciones en grupo dejarán de ser consideradas una calamidad imprevisible como el granizo, o peor, un castigo certero de la divinidad a la falta de compostura y pudor de las víctimas, así también las reiteradas y graves infracciones a la sostenibilidad del ambiente natural serán algún día sancionadas como crímenes contra las personas, sin atenuantes.
Entonces seguirá habiendo liberales negacionistas que protestarán contra el rigor de unas leyes opresivas. Son los listillos que, una vez hecha la ley, buscan de inmediato la trampa, una escapatoria no prevista en el articulado y capaz de asegurarles ─a ellos y solo a ellos─ el privilegio impune de la insolidaridad.
 

viernes, 27 de julio de 2018

CAMBIO DE MODELO PRODUCTIVO


El profesor Josep Oliver analiza en lavanguardia (1) los datos macroeconómicos del empleo en España, muy favorables en el segundo trimestre. “No es oro todo lo que reluce”, advierte desde el título mismo. Hay avances en casi todos los parámetros, incluido de forma muy significativa el de la feminización del empleo. El modelo de crecimiento, sin embargo, no ha variado, y sigue siendo inadecuado en cuatro grandes aspectos: 1, peso reducido del empleo industrial, estancado en un 14% del total; 2, envejecimiento de la ocupación; 3, dependencia de la hostelería y de los servicios públicos, que se llevan la parte del león del empleo nuevo; y 4, aumento nulo de la productividad.
El final de la temporada turística traerá consigo, como todos los años, un bajón brusco de la ocupación en la hostelería. El invierno será largo y crudo. Los presupuestos de Pedro Sánchez, caso de que superen el obstáculo de las maniobras agresivas de PP-C’s, tendrán efectos limitados, al incidir en las políticas sociales pero no en la economía productiva. La curva del empleo volverá a descender. La ruptura con el actual modelo de crecimiento solo llegará a partir de una apuesta firme por la “nueva” economía productiva, que tiene poco o nada que ver con la industria pesada clásica, la del acero y el carbón, y que, muy deficientemente implantada en nuestras latitudes, precisa  de fuentes de energía limpias, de instalaciones desperdigadas en la geografía y trabajando en red (lo que vendrá a sustituir a los clásicos “centros de trabajo”), y de una planificación compleja y descentralizada de los procesos y de los objetivos, a fin de permitir el máximo de eficiencia con el mínimo despilfarro de las materias primas y el mínimo deterioro (o dicho en positivo, la máxima optimización) del medio ambiente y de la calidad de vida.
En estos procesos no serán las elites financieras las que tengan el poder exclusivo de decisión. Las administraciones públicas en los niveles local, autonómico y estatal, habrán de intervenir para incentivar, y para obligar en su caso, a las empresas a cumplir con los objetivos de desarrollo sostenible, los parámetros medioambientales y la aspiración común a una mayor igualdad.
Las administraciones públicas no crecen en el páramo, la actividad organizada de la ciudadanía deberá darles impulso y vuelo en esa tarea de dirección y control. Pero existe aún otro factor importante, la fuerza de trabajo subalterno. Los trabajadores heterodirigidos tienen acumulada y almacenada una sabiduría importante en el designio de mejorar la productividad y dirigirla hacia objetivos colectivos y comunitarios. En este terreno, hay dos condiciones de cumplimiento urgente para que las cosas puedan salir medianamente bien: una es la extensión de los poderes de decisión sobre los procesos industriales, desde el escalón “de mando” hacia abajo, de modo que la experiencia concreta, el know-how, de los estamentos técnicos intermedios, de los especialistas y de los obreros no cualificados, tenga canales para ser atendida en los ámbitos de la “dirección”. La segunda condición es la urgencia de una formación más comprensiva y adecuada para los jóvenes, que ahora ven obstaculizado su acceso al trabajo, a cualquier trabajo, pero que además pueden ser las víctimas de un recorte drástico de sus oportunidades de futuro si no se les proporciona el aprendizaje necesario para la utilización "inteligente" de las nuevas tecnologías. No solo a los “listos”, ojo; el conocimiento de lo nuevo debe llegar a todos, desde la escuela, igual que el de las letras y los palotes trazados a plumilla en otro tiempo.
 


 

miércoles, 25 de julio de 2018

A LA UNIDAD POR ELIMINACIÓN


Desde tres observatorios situados en puntos bastante distintos de la geografía política catalana se comenta hoy críticamente la deriva alarmante de un soberanismo profundamente dividido, así ideal como organizativamente, en busca de una “unidad” no basada en el consenso sino en la eliminación pura y simple del disenso.
Francesc de Carreras se refiere en elpais a la sentencia judicial que anula la decisión de la UAB de prohibir una asociación estudiantil conectada a Sociedad Civil Catalana. No había ninguna justificación democrática para vetar algo que está en la calle legítimamente; solo un autoritarismo rancio, que en estas latitudes se vendía como especie extinguida entre los “nuestros”. Quienes denuncian una opresión centralista sobre las ansias de independencia de un pueblo, deberían examinar con algún rigor este tipo de sucesos, si es que no quieren  defender la libertad y la democracia solo para los hunos, y de ninguna manera para los hotros.  
Antón Costas en lavanguardia recuerda la jornada parlamentaria del 7 de septiembre de 2017, cuando se votaron, en contra de toda legalidad instituida, las llamadas “leyes de desconexión”, lo que dio origen a la retirada del hemiciclo de la oposición, y a un discurso memorable de Joan Coscubiela, que advirtió en términos muy crudos a la exigua mayoría de la animalada que estaba haciendo. Los oídos sordos de entonces no han dejado de generar en el tiempo nuevos y más malolientes lodos.
José Luis López Bulla, finalmente, en el blog vecino y amigo de esta casa, señala la alcaldada tremebunda que supone cerrar el Parlament por reformas de la mayoría, y a conveniencia exclusiva de esta. Mejor dicho, de una parte de esta. Se trata en definitiva de, colocados enteramente de espaldas al país, solventar en un OK Corral privado las diferencias entre la nueva Crida de Puchi, vencedor por incomparecencia del pulso en la Asamblea del PDeCAT, y una ERC que cuenta con mayores expectativas de voto popular en los sondeos y se resiste a ser fagocitada por los modernos teóricos del arrebato.
Estamos de ese modo en el final del camino que ha llevado del “entre tots ho farem tot” a un caudillismo mesiánico de viejo estilo. Han sido muchos los colaboradores de este nuevo despotismo ilustrado, y también han quedado en las cunetas los cadáveres de muchos y muy diversos "traidores". El camino en cuestión ha sido tan largo y tortuoso, y tan fatigoso, que son muchos los convencidos de no haber estado nunca “tan cerca” del objetivo propuesto. Esa apreciación es falsa también. Como los israelitas en la travesía del desierto, se ha andado en círculo, y la única diferencia en relación con el que fue punto de partida de la movida, hace ya siete años, es que en España ha cambiado el gobierno y existen perspectivas de diálogo acerca de las cosas de la vida: la financiación, la autonomía, las competencias.
Para algunos profesionales de los juegos de guerra, por ejemplo Jordi Sánchez, que así lo ha manifestado hace muy poco, avanzar en la financiación, la autonomía y las competencias supone retroceder. Retroceder, sin embargo, no en relación con ninguna realidad comprobable, sino en relación con las expectativas grandiosas del movimiento independentista en su conjunto.
La realidad es tozuda, Jordi Sánchez. Lo dijo hace bastantes años un pensador al que tú no frecuentas porque desdichadamente no era catalanista, solo internacionalista.
 

martes, 24 de julio de 2018

JUEGOS DE GUERRA


Resulta que a fin de cuentas fueron Marta Pascal, Carles Campuzano y Jordi Xuclà, actuando como “patrulla nipona” al margen de las consignas de la superioridad, quienes desde Cataluña hicieron posible el éxito de la moción de censura de Pedro Sánchez que acabó inesperadamente con el gobierno de Mariano Rajoy. Carles Puigdemont no quería ese escenario. Sigue sin quererlo. Ha fulminado a Pascal de la dirección de su nuevo arrebato, la llamada Crida Nacional per la República, e impartido consignas tajantes al grupo parlamentario del PDeCAT en las Cortes madrileñas con la finalidad de endurecer la oposición al nuevo gobierno socialista. Su posición coincide al ciento por ciento con la del PP: esos presupuestos expansivos en el gasto social no deben ser aprobados bajo ningún concepto. Unas medidas de ese corte tenderían a mejorar de forma palpable la situación de la ciudadanía, y las dos ultraderechas en pinza, la madrileña y la catalana, ven esa eventualidad como el mayor peligro para su propia supervivencia.
“No dejes que la realidad te arruine un buen guion”, es una consigna de Hollywood adoptada a conciencia por el actual tsunami de la antipolítica, tanto en nuestro país como a lo largo y ancho del mundo. Puigdemont quiere demostrar que España es irreformable, y pone toda la carne en el asador a fin de torpedear las potenciales reformas desde la raíz misma. Casado, siguiendo la sugerencia de Santamaría cuando, viéndose ganadora del pulso, recetó a los socialistas paracetamol a espuertas, se empeñará en demostrar que nada se puede hacer en este país sin el PP (y con el PP tampoco). El fin proclamado de la política es el bien común; el de la antipolítica, los juegos de guerra.
Guerra por el poder, evidentemente. Por un poder descarnado, desnudo de todo tapujo. No un poder para hacer cosas, sino un poder para amedrentar. Para “desempoderar”, si se me permite el neo-neo-logismo.
Puigdemont ofrece como coartada para sus pretensiones una patraña, la independencia de algunos contra todos. Casado, otra patraña simétrica: los pretendidos valores en peligro de una patria inmemorial y ficticia, una patria que duerme el sueño eterno bajo la cruz de Cuelgamuros.
Los vientos de fronda preanuncian adelantos electorales. No hay mejor modo ─no hay otro modo─ de luchar contra la antipolítica que hacerlo con el voto. Este otoño va a traernos el momento idóneo para pasar de una vez la página de un ciclo político de pesadilla. Frente al dragón de una derecha tóxica que se afila y se revuelve enseñando garras y dientes, necesitaremos todos contar con una pizca de “polvo de hada”; es decir, con el poso de un programa de mínimos o con unos mínimos de programa que unifiquen los propósitos de unas izquierdas que son plurales y que no por coincidir en lo sustancial dejarán de serlo.
 

domingo, 22 de julio de 2018

CONTRA EL ARREBATO


Tampoco Marta Pascal ha dado con la tecla. Como en el caso de Santamaría, se trataba de aceptar en un setenta o un ochenta por ciento el “relato” urdido por sus formaciones respectivas, y gestionar aplicadamente el estrecho margen de realidad restante con el aderezo de una pizca de sentido común. No vale. Las derechas “razonables” están en desbandada, y se augura para ellas una larga invernada en sus cuarteles.
La asamblea del PDeCAT ha decidido que, si estás haciendo volar una cometa, cuanto más arriba mejor. La cometa no tiene pasado ni futuro, es un arrebato a favor del viento. Las derechas de este país apuestan por el arrebato aun a sabiendas de que se trata de una opción no sostenible. No hay forma de implementar una república nacida del 1-O, cuando el 1-O no tuvo lugar ningún parto de los montes. No hay forma de ignorar las estructuras del Estado realmente existente, ni la arquitectura de las relaciones internacionales en la coyuntura precisa en la que se encuentran, ni el rebote previsible de la judicatura ante una segunda intentona de secesión, por mucho que los presos hayan sido trasladados desde Estremera hasta Sant Joan de Vilatorrada, y en Schleswig-Holstein se haya encendido un semáforo en rojo.
No son síntomas significativos de nada, y mucho menos de grandes movimientos que alteren la perspectiva del conjunto. La perspectiva sigue siendo que el aparato represivo del Estado tratará con mano más dura cualquier begin the beguine del independentismo, y que los tribunales internacionales de justicia seguirán considerando una cuestión “interna” las condenas judiciales derivadas de las relaciones bilaterales asimétricas entre el independentismo catalán y la madre (o madrastra) patria.
¿Qué puede hacer la izquierda en todo este maldito embrollo? Lo primero, tener los pies bien firmes en el suelo. No discutir sobre arrebatos, sobre castillos en el aire ni sobre pasos por las nubes. Las cuestiones de orden material, las cosas de comer, la fijeza de los puestos de trabajo, las condiciones y las dimensiones poliédricas de la vida; ese es nuestro campo de batalla. No más utopías que la utopía cotidiana. No más futuros etéreos, sino un futuro sólido y sostenible, básico, con equipamiento mínimo de serie. Si luego es posible tunearlo con ringorrangos federales o confederales, se hará. Todo es posible, pero no sirve de nada discutir sobre los ringorrangos cuando todavía no tenemos reparado el motor que necesitamos para que nos impulse hacia donde deseamos ir como colectivo.