jueves, 18 de julio de 2019

LA VOZ DE LA CONCIENCIA


El president Torra ha hecho pública la carta que ha enviado al jefe del Gobierno español en funciones, Pedro Sánchez, anunciándole que votará en contra de su investidura a menos que convoque un referéndum sobre la independencia de Cataluña.

Se trata, explica Torra, de «dar la voz al pueblo de Catalunya». Quizá, sin embargo, debería él mismo haber escuchado la voz de dicho pueblo antes de entregar a los medios semejante ultimátum. Porque el president afirma haber tomado esa decisión «desde mi punto de vista y de acuerdo con mi conciencia». Lo cual significa que únicamente ha consultado su decisión con la almohada. El pueblo de Catalunya estaba en la inopia, mientras tanto. Incluidos los portavoces de su grupo político y de la Generalitat.

Es muy loable atender a la voz de la conciencia, pero no lo es atender únicamente a una rendija de la conciencia, la referida a la concreción de un referéndum de autodeterminación que no figura en el ordenamiento legal. La conciencia tiene un registro más amplio, y quien reclama democracia de los demás debe también atenerse a ella, cuando está ejerciendo la representación política más alta de un país determinado, por el que está llamado a responder en su conjunto, sin omitir ninguno de los estados de opinión homologados y constatables. No hacerlo así, y hablar desde su punto de vista particular como si Cataluña se resumiera en su persona, resulta cuando menos objetable. Más aún cuando Torra se ha declarado dispuesto a resucitar la DUI (declaración unilateral de independencia) a sabiendas de que semejante instrumento ni tiene asomo ninguno de legalidad ni responde tampoco a una voluntad mayoritaria del pueblo catalán.


Mientras tanto, nos ha dejado Andrea Camilleri. Las malas noticias nunca vienen solas. Le falló el corazón, como le había fallado antes a su admirado Manolo Vázquez Montalbán, epónimo del ‘esbirro’ creado por Camilleri.

Entre los dos, Manolo y Andrea, pusieron en pie un tipo de novela de crímenes típicos e investigadores atípicos, en la que los segundos llevaban clara ventaja sobre los primeros. Uno seguía apasionadamente los estados de ánimo de Carvalho y Montalbano (y Charo, y Biscuter, y Cataré, y Mimí Augello) mientras resolvían como quien no quiere la cosa un asunto no demasiado enrevesado. Tenían un especial relieve en el transcurrir de la trama los platos suculentos que se preparaba el uno, que le dejaba al otro en el frigo la señora Adelina, o que cataban los dos en alguna tasca o mesón de confianza. Uno comía por los ojos, y por delegación, aquellas delicias sobriamente descritas.

En una palabra, los lectores respirábamos a través de Carvalho y de Montalbano. Les seguíamos a ciegas, confiados en que al final resolverían el enigma y los culpables recibirían el castigo adecuado, a menos que el verdadero culpable fuera la víctima, que también era el caso de vez en cuando, y entonces había recibido ya previamente su merecido.

Es posible que, dadas las características globales de la producción literaria actual, las historias de Montalbano prosigan indefinidamente de la mano de otros autores. Se ha hecho ya con Carvalho, con Lisbeth Salander y, en el terreno del cómic, con Asterix y Obelix. Del nuevo Carvalho no tengo nada que decir sino que en el tiempo en que Carlos Zanón ha hecho un libro, Manolo ya habría hecho tres. Del continuador de Stieg Larsson, no sé nada ni quiero saberlo. Tampoco leeré, caso de que aparezca, ninguna imitación de la literatura de Camilleri. El verdadero talento no se imita.


martes, 16 de julio de 2019

POLÍTICA EN DIBUJOS ANIMADOS



Pablo y Pedro negociando la investidura. Representación ideal. (Copyright, Walt Disney Inc.)

La “nueva política” se parece cada vez más a algo que teníamos ya muy visto: una historia “Disney” de aventuras en bucle, en technicolor y dibujos animados.

Lo menos interesante, entonces, de esa “nueva política” es precisamente la política. De esa parte ya van a encargarse los tecnócratas, los funcionarios, la “casta” incluida en el escalafón, que para eso les pagan: ellos redactarán los reglamentos, confeccionarán los estadillos, prepararán los proyectos de ley con las correspondientes disposiciones transitorias, todo ese rollo putoplomo.

A lo que pretende dedicarse, en cambio, el «cabeza de lista elegido por los ciudadanos» (expresión que implica que los ciudadanos no han votado una lista, sino a un cabeza de lista) es a una sobreexposición continua en los medios desde el cargo de vicepresidente o en su defecto de ministro-estrella. La “nueva política” responde a los dictados del show-business, y en consecuencia la función debe continuar en cualquier circunstancia y por encima de toda otra consideración.

Las elecciones las ganaron otros, pero ese dato no tiene mayor trascendencia. ¿Quién se acuerda ya de las elecciones?

Habrá un gobierno de coalición en cualquier caso, incluido el caso de que no haya coalición. No hará falta pactar nada, y menos aún coincidir en las políticas; este va a ser un gobierno de coalición en el que cada cual se expresará libremente y sin tapujos, utilizando para ello el tiempo puesto a su disposición en función de los resultados obtenidos.

Resulta por lo menos dudoso que el esquema funcione. Me refiero a que funcione en relación con las aspiraciones de los ciudadanos, que sea capaz de movilizar voluntades, ofrecer mejoras, desplazar estructuras, realizar cambios. La percepción que se desprende de las negociaciones en curso, rotas ya en un par de ocasiones y recompuestas sobre la marcha, es la de un volcán en erupción repleto de elementos sensacionales, contradictorios y disparatados, que podría prolongarse durante años en la forma de una tensión nunca resuelta, de un forcejeo retórico de alto voltaje entre varios líderes carismáticos tanto del gobierno como de la oposición, alineados cada cual junto a su micrófono  en la mayor proximidad posible a la línea de las candilejas, iluminados todos alternativamente por focos móviles de muchos vatios, y cuyas evoluciones sin red seguirá hipnotizada la audiencia, con la respiración contenida.

No habrá mejoras ni beneficios tangibles para los espectadores, pero sí un escalofrío prolongado ante los volatines arriesgados repetidos una y otra vez por los artistas cabezas de cartel, digo de lista.

─ Oiga, usted no me está describiendo un debate político, sino un circo.

─ En efecto, caballero.

─ Dígame, ¿qué tiene que ver ese circo con la política?

─ El principio es el mismo, caballero. Usted abona el precio de la entrada y ocupa su asiento para disfrutar del espectáculo.

─ Si el espectáculo no me gusta, ¿me devuelven el dinero?

─ En principio no, pero siempre le queda a usted la posibilidad de recurrir ante los tribunales.

─ ¿Qué disponen las leyes en un caso así?

─ Las leyes no disponen nada, hay un vacío legal. Pero todos los partidos se han esforzado para incluir ese punto en sus programas.

─ ¿Habrá indemnización, entonces?

─ No, los partidos se esfuerzan por excluir cualquier tipo de indemnización si el espectáculo no resulta del gusto del respetable.

─ Oiga, esto es un puto abuso.

─ Es lo que hay, caballero.


LAS PIERNAS TEMBLONAS



Ulises escucha atado al mástil de su nave los cantos de las sirenas, en un mosaico antiguo.


Leo en elpais-cultura que en el Festival de Teatro de Aviñón se representan este año tres Odiseas, o para ser más exactos, tres montajes basados en los cantos de Homero. Otro montaje está dedicado a la Orestíada. En conjunto, el Festival propone una vuelta a los orígenes de nuestra cultura.

Algo parecido propone la sección Librotea, en el mismo diario digital, al elegir 20 títulos como base para que cada cual se construya una biblioteca. Pero no incluye la Odisea, fatal error, sino la Ilíada.

Ustedes dirán, qué más da, siempre es Homero. A mí no me da igual. La Ilíada me parece la crónica del entierro de un mundo que ha muerto; la Odisea, el alborear de un mundo que nace. En el primero de los dos libros, todas las acciones dependen del capricho de los dioses, que discuten cada jugada pormenorizadamente desde las alturas. En el segundo ocurre lo mismo, pero el destino final de Ulises se cumple a pesar del designio de los dioses, y no en función de él. Hay una conciencia de autonomía de lo humano enteramente nueva; por eso es Ulises, y no Aquiles o Héctor, el paradigma de nuestra condición moderna. Robert Graves fantaseó sobre el tema en un libro, La hija de Homero, en el que sostiene la hipótesis de que la autora de la epopeya fue en realidad una mujer. Se non è vero, è ben trovato.

No voy a entrar en otras cuestiones accesorias: por qué debe uno construirse una biblioteca (los libros que más se disfrutan son los que se leen de prestado); por qué 20 títulos y no 5, o 500; por qué esos títulos con preferencia a otros. Sé que son solo sugerencias, y no todas las acepto de buen grado. Entre los mitos fundacionales de nuestra época moderna nunca debería faltar, por poner un ejemplo clamoroso, Peter Pan y Wendy, de J.M. Barrie. La gente lo conoce por la película de Disney, pero esa no es más que una estereotipación del mito. Casi lo mismo se podría decir de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Hablas de Montecristo y la gente ve a Depardieu.

En fin, he dicho que no iba a entrar en esas cuestiones. Para seguir llevándome la contraria a mí mismo, voy a traer a cuento una cita de Manolo Vázquez Montalbán. Está en su ensayo La literatura en la construcción de la ciudad democrática, en una sección titulada “A manera de epílogo para escritores jóvenes que empiezan a dejar de serlo”. Dice así: 

«La escritura es un acto solitario que alguien emprende frente a una página en blanco y que otro asume frente a esa página escrita. Son dos soledades que a veces se complementan. Todo lo demás es futuro imperfecto.»

Acabo mi disertación ociosa con un ejemplo práctico de literatura viva. Corresponde a la Odisea, canto XIII. Alcinoo, rey de los feacios, después de escuchar por extenso las aventuras de Ulises, ordena que se apareje una nave para devolver al héroe a su patria, y celebrar mientras tanto un gran festín de despedida. Y Ulises tiembla al pensar en el regreso inminente a los suyos. (La versión en verso es de Fernando Gutiérrez, en la edición de José Janés editor, Barcelona 1951.)

«Como anhela cenar el labriego que el día ha pasado
Roturando una tierra noval con el sólido arado
Y su yunta de bueyes oscuros y goza el ocaso
Y al marcharse a cenar se le ponen temblonas las piernas,
Con la misma alegría vio Ulises que el sol se ponía.»


lunes, 15 de julio de 2019

LO QUE NOS DÉ LA GANA


Preguntado Santiago Abascal, líder de la formación ultraderechista Vox, por la línea política que seguiría para abordar los problemas derivados del cambio climático, respondió que a él le gusta mucho el campo. No es una anécdota, es una categoría; Donald Trump habría dicho lo mismo.

El plan de la derecha consiste en seguir haciendo lo mismo que ha hecho secularmente, como si nada. Ese “como si nada” es importante: se hace abstracción de todo lo que pesa en el otro platillo de la balanza, y en consecuencia se eliminan de un plumazo las contradicciones, los dilemas éticos, los cargos de conciencia. Un alto cargo provincial del PP dio una arenga a los freseros de Huelva que están robando los acuíferos de Doñana y ponen, en consecuencia, en riesgo el equilibrio ecológico de toda la zona, ya seriamente alterado por la sobreexplotación. «Ahora que no hay móviles grabando, lo estáis haciendo de puta madre», dijo el descerebrado caballero. Se equivocó en las dos cosas: los freseros no lo hacían de puta madre sino que estaban cometiendo un delito ecológico grave. Y sí que había móviles grabando.

Fernando Savater confiesa divertirse cada vez más con los sanfermines, cosa que es cuestión exclusivamente suya porque sobre gustos no se debe disputar; pero añade como fundamento ético del asunto un argumento que a él le parece “espiritualmente impecable”, a saber: «esto se hace porque nos da la gana».

Me perdonará Don Fernando que le retruque que es muy poca gente en el mundo la que hace lo que le da la gana. Lo más normal, estadísticamente hablando, es que la gana se reprima porque no hay con qué satisfacerla. Se están dando en el mundo incrementos portentosos de la desigualdad entre quienes hacen lo que les da la gana porque pueden, y quienes no lo hacen porque no pueden. Dejemos a un lado los sanfermines, que son más bien una cuestión de sensibilidad; el tema ética y “espiritualmente” significativo es el de la sostenibilidad de determinadas conductas, las hipotecas que imponen a las generaciones que vendrán detrás, y que ahora ya sabemos con certeza que van a vivir peor que nosotros.

Don Fernando, un experto reconocido en ética, obvia estas cuestiones con una frescura de espíritu considerable. «Solo porque hacemos lo que nos da la gana apreciamos la estética y necesitamos ética. ¡Viva San Fermín!»

Hay mucha distancia, sin embargo, para una inmensa parte de la humanidad, entre la gana y los medios disponibles para satisfacerla. Y esa distancia aumenta de día en día hasta extremos peligrosos. No creo que Don Fernando predique a propósito la irresponsabilidad, pero de sus palabras se viene a deducir sin esfuerzo que, quienes no hacemos lo que nos da la gana porque no podemos permitirnos ese lujo vital, ni apreciamos la estética ni necesitamos la ética.

Bien, es posible que la ética y la estética sean hoy ya productos exclusivos tuneados especialmente para el disfrute de las refinadas almas de los sansirolés que disponen de medios materiales suficientes para hacer pública ostentación tanto de los sentimientos como de los derechos individuales que a otros les están vedados, bien por la economía o bien por la ley ─que no es ni mucho menos ciega─. Por mi parte, me remito a los viejos pelmas de toda la vida que predicaron tozudamente en un sentido distinto: Aristóteles, Kant, Carlos Marx, esa gente.


sábado, 13 de julio de 2019

LA TRIPLE LECCIÓN DE ALTIERO SPINELLI



Altiero Spinelli (Roma 1907 – 1986)

1.- España en el trasfondo

«Eran pocos, normalmente bien vestidos, gente de una cierta edad y algún joven de aires exageradamente formales. Eran los federalistas europeos, un movimiento pequeño pero tenaz, que, sin despertar pasiones, eran respetados por todos los grupos –del centro a la izquierda–. Diría más, se les profesaba una cierta admiración: estaban más allá del bien y del mal…» Es el recuerdo que guarda Paola Lo Cascio de los federalistas europeos en los años 80 y 90 en Italia (*). Su jefe de filas era Altiero Spinelli, un hombre a contrapelo, un solista más que un solitario, que perseguía empedernido un sueño.

Lo Cascio escribe lo anteriormente citado en su reseña a un libro de una importancia considerable, las memorias de Spinelli (Cómo traté de hacerme sabio, Icaria 2019, traducción de Francisco José Rodríguez Mesa ─otro Paco Rodríguez─). Es sintomático del aislamiento intelectual de Spinelli, siempre tan respetado unánimemente y siempre tan solo, que, habiendo fallecido en 1986, hasta más de treinta años después no se haya emprendido la publicación en español de sus memorias, que lo son todo menos aburridas. Debemos la justa reparación, como tantas otras, de ese olvido a la vocación divulgadora y el olfato político de los editores de Icaria. Además de la semblanza “canónica” de Virgilio Dastoli, que viene a completar el hilo de una narración que la muerte de su autor dejó interrumpida, se han añadido a la edición española dos complementos de un interés rabioso: la presentación a cargo de Ernest Urtasun (“La última batalla federalista”), y un curiosísimo apéndice sobre las relaciones de Spinelli con España, obra de Alexis Rodríguez-Rata.

Relaciones siempre en un segundo plano, claro está, puesto que la visión política de Spinelli trascendió los temas “desnudamente” nacionales, por llamarlos de alguna manera. Lo dice Dastoli: «Sus intervenciones en el Parlamento Europeo (1976-1986) son la mejor prueba de que Spinelli dedicó su vida a una sola causa» (p. 31). No obstante, en 1937, en la cárcel de Civitavecchia, cuando esperaba ser liberado en fecha inminente (en realidad sería deportado a Ponza), estudiaba español leyendo a Unamuno con la intención de alistarse en las Brigadas Internacionales para ir a luchar a España contra el fascismo.

Y en el curso de su desempeño como comisario de Industria de la CE (1970-76), tuvo un papel de primera línea en el rechazo de la entrada de la España franquista a la unión económica, postulada por el ministro Castiella con el apoyo de importantes padrinos internacionales, en particular del otro lado del Atlántico; y también se reunió en varias ocasiones con representantes de la oposición antifranquista. A la muerte de Franco, cuando Santiago Carrillo le expuso la voluntad del PCE de no reconocer la legitimidad de la sucesión “a título de rey” del príncipe Juan Carlos, Spinelli le advirtió lealmente de que toda la flor y la nata del conservadurismo europeo estaba encantada con la idea de la restauración monárquica y con la figura del joven rey.


2.- El hombre de una sola causa

La lucha antifascista llevó a Spinelli, aún estudiante, a ingresar en las filas del PCI; no por un entusiasmo militante parecido, por poner un ejemplo lejano a nosotros, al de Mauro Scoccimarro, al que me he referido en otra ocasión utilizando las palabras mismas de Spinelli (**), sino por considerar que el partido ofrecía la posibilidad más coherente y seria de luchar contra los nacionalismos agresivos que amenazaban destruir a Europa (luego lo hicieron, en efecto).

La deriva del estalinismo llevó a Spinelli, aún en prisión en Ponza, a abandonar el partido comunista. Prefirió no contemporizar, aun a sabiendas de que su aislamiento se agudizaría, y eligió el choque frontal. Fue Giorgio Amendola quien redactó el documento de exclusión, “por desviación ideológica y arrogancia pequeñoburguesa”. El propio Amendola, a solicitud de Enrico Berlinguer, le ofrecería muchos años después un puesto en el Parlamento italiano como independiente en la lista del PCI. Spinelli aceptó. Esta pequeña historia revela, no cuánto había cambiado él mismo en el curso de los años, sino hasta qué punto se había librado en ese tiempo el partido de dogmatismos pretéritos.

Spinelli aceptó la propuesta del PCI con la idea de hacer un trabajo determinado. Fue en ese momento, como antes, como siempre, un hombre fiel a una causa. Y al margen de que llevara o no puesta la etiqueta de comunista, nunca ejerció de anticomunista.

Lo cual se muestra con otra anécdota singular. En el primer Congreso del Partito d’Azione, celebrado en Roma en 1946, el discurso del recién reclutado Spinelli fue poco apreciado por Emilio Lussu, entonces ministro en el gobierno de amplia coalición. Lussu comentó en tono ácido, durante una intervención interminable ante los congresistas, que Spinelli pertenecía “a una estirpe de ex comunistas que se sabía bien de dónde venían, pero no adónde iban”. El aludido cuenta que le respondió, en pasillos, «que la seria, dura y noble experiencia comunista previa era el único motivo por el que conseguía soportar la charlatanería socialista vana de Lussu y de sus amigos.»


3.- El hombre del largo, incluso larguísimo, plazo

Es característica la impaciencia de Spinelli frente a la charlatanería vana, su deseo de concreción, de premura y de eficacia. Asocio sus tomas de posición siempre realistas y flexibles pero intransigentes en cuanto al planteamiento de fondo, con la personalidad de Bruno Trentin, que fue también un comunista heterodoxo, un europeísta a ultranza y un hombre volcado en una utopía cotidiana que luchaba por ver plasmada en la realidad sin esperar a los mañanas nebulosos, a los lendemains qui chantent.

Observen esta anotación irritada del diario de Spinelli (p. 28 cit.), tan parecida a las que salpican los Diarios de Trentin: «Me siento deprimido y humillado por esta imbecilidad política de la Comisión. En ella no hay más que almas de burócratas. Son capaces de hablar bien de los informes individuales preparados por y con los funcionarios, pero no saben adoptar ningún tipo de visión política.»

Pero esa impaciencia, esa querencia hacia lo inmediato, lo tangible, se combina en su personalidad política con una concepción “larga” del tiempo político que trasciende las victorias y las derrotas ocasionales. «Es necesario sentir que el valor de una idea se demuestra, antes incluso que por su éxito final, por su capacidad de resurgir de las derrotas que origina. A fin de cuentas, quien quiera que se proponga acometer una gran empresa lo hace para darles algo a sus contemporáneos y a sí mismo, pero nadie sabe en realidad si trabaja para los demás […], o para una generación más lejana que todavía no ha nacido y redescubrirá su trabajo inacabado […], o para nadie.» (p. 358)

El sustrato “sólido” (es decir, no líquido ni gaseoso como viene a ser frecuente) de esa concepción queda, en mi opinión, perfectamente expresado en el texto de una carta de Spinelli y Ernesto Rossi a la comisión preparatoria de un Congreso federalista en París, en el año 1946. Es este: «Si en los albores de nuestra época nacional se dijo que en el mundo no ha sucedido nada grande sin pasión, es hora de decir alto y claro que en el mundo no se ha hecho realidad ningún proyecto de libertad sin una sobria inteligencia.»




INSULTANDO A LA INTELIGENCIA


Ha dicho Teresa Rodríguez, máxima representante de Podemos en Andalucía, que la consulta a las bases propuesta por Pablo Iglesias sobre los pactos de gobierno es un insulto a la inteligencia.

Puede llamársele de otras maneras, bastaría con decir que es inútil. Está descontado lo que responderán las bases de manera más o menos unánime, pero también está descontado que la consulta no tiene ningún objeto, no sirve para nada a los efectos del “turrón”, como lo llamaría mi amigo Antonio Quijada, filósofo sindical o sindicalista filosófico.

Lo cierto es que Pablo y Pedro desconfían el uno del otro.

Hay razones para ello. Pablo no se está comportando como se esperaría de un aspirante a socio leal, sino más bien como la persona que exige estar lo bastante próxima al poder como para poder meterle el dedo en el ojo al presidente cuando le apetezca.

A la inversa, Pedro está emitiendo señales inquietantes en relación con la política a seguir en esta situación. Ha negociado mal la aportación de España a la cúpula de la Unión Europea; podría haber alcanzado una representación no solo mayor sino mejor, centrada en un proyecto europeo desde España, para consolidar un modelo común cooperativo, solidario y federal. No lo ha hecho, España se sitúa aún en la cola de la construcción europea y Josep Borrell sigue siendo, como siempre lo ha sido, un verso libre que no solo se representa únicamente a sí mismo y a su ego inflado, sino que tampoco tiene ganas de representar a nadie más.

Sánchez está negociando mal también los programas y las alianzas de gobierno para una investidura que le venía rodada después de los resultados de abril. No solo eso. Su (aún, en funciones) ministra Nadia Calviño ha declarado no estar por la labor de corregir las barbaridades neoliberales de las últimas reformas laborales. El electorado socialista había votado otra cosa, sin embargo, y Sánchez debería saberlo. Ignorarlo es otro insulto a la inteligencia. Los sindicatos están que trinan, y mira que los sindicatos están sólidamente armados de paciencia histórica.

Pero Pedro y Pablo son, con todo, los últimos valladares de que disponemos frente al griterío de la derechona prepotente y castiza. Estamos en la tesitura de elegir entre lo peor y lo mucho peor. Hillary Clinton no gustaba a nadie, pero su fracaso aupó a Donald Trump. Jeremy Corbyn tiene grandes limitaciones, pero si no gobierna él, lo hará Boris Johnson.

Así está la situación. Todos los insultos a la inteligencia son asumibles, dentro de un orden de cosas mínimamente aceptable en sus grandes líneas. Lo que los electores no querríamos es vernos expuestos a la intemperie con la que está cayendo. La honra sin barcos no nos estimula; preferiríamos con mucho tener a disposición algún barco manejable, siquiera sea el de la capitana Rackete, y dejar para otro momento cuestiones tan nebulosas como la de la honra.


viernes, 12 de julio de 2019

MUERTE, ¿DÓNDE ESTÁ TU VICTORIA?


La pregunta es retórica. Se la hace a sí mismo Pablo de Tarso en la primera Epístola a los Corintios, y quizás a modo de respuesta argumenta a continuación que el pecado es el aguijón de la muerte, y el poder de la ley es también el pecado. No sé en qué estaría pensando al sentar tales afirmaciones, pero está claro que no tenía su día.

La noticia es en todo caso el millón de firmas recogidas por Change.org para pedir de los poderes públicos la despenalización de la eutanasia.

Comentan los periódicos que la sociedad ha ido por delante de la ley en este terreno. Falta por ver si la ley accede a colocarse a la par de la sociedad, o si la muerte se sigue configurando como una línea roja que separa en dos campos contrapuestos e irreconciliables el dogma religioso de un lado, y la simple humanidad del otro.

Los verdaderos novios de la muerte, los obispos, declaran celebrar la vida, pero solo celebran la vida a su modo y con sus reglas.

Afirman que únicamente Dios da la vida y la quita, pero no les ha temblado el pulso para separar a recién nacidos de sus madres biológicas, para amparar la corrupción de los párvulos en nombre de lo sagrado, para firmar con profusión sentencias de muerte a las brujas, a los herejes y a los defensores razonables de la ciencia frente a la fe.

Aún están pidiendo perdón por tantas hogueras, pero el perdón es tan retórico como la pregunta de Pablo mientras no cambien a fondo la mentalidad, barran las telarañas teológicas que les impiden una visión recta de las cosas, y lleguen a la conclusión de que entre vida y muerte existe una continuidad indisoluble (nada muere si no estaba vivo), y de que cada persona, por inútil, inculta y miserable que sea, posee una dignidad inalienable, y en consecuencia puede exigir respeto a los poderes públicos para su ámbito íntimo de autonomía, y debe tener un derecho (no, seguramente, un derecho “absoluto” pero sí algún tipo de derecho) a decidir sobre lo que afecta a “su” propia vida y “su” propia muerte. 

Porque es la persona, y no el clero que la tutela, quien lleva en exclusiva sobre sus hombros la carga de ese patrimonio, sagrado si se quiere, pero nunca situado más allá de su control personal y particular.


miércoles, 10 de julio de 2019

BRICOLAJE MARCIAL


Imágenes del Périgord



En primer plano el castillo de Castelnaud, y al fondo el de Beynac, que se alza a orillas del Dordogne. El río que aparece en la imagen es el Céou, que afluye por la izquierda al Dordogne solo un par de kilómetros más allá. Durante la Guerra de los Cien Años, que se dice pronto, Castelnaud fue una avanzadilla de la fuerza inglesa-aquitana, mientras que Beynac era plaza fuerte de los franceses. Como puede imaginarse, ambos cuarteles generales andaban enredados en una campaña electoralista permanente.


Todas las fuerzas electorales patrias, así de derecha como de izquierda ─aunque ambos términos vienen utilizándose en tiempos recientes de forma más relativa de lo habitual─, andan convencidas de que solo unas nuevas elecciones pueden desatascar las importantes investiduras pendientes.

La culpa de una situación tan apurada no la tienen los partidos sino los electores, que no hemos acertado aún con la tecla. Los partidos están muy en lo suyo: ese programa al que todos son fieles y que todos enarbolan para atizarse recíprocamente, y el reparto de los sillones que son en último término los oscuros objetos de su deseo.

Genial.

Una nueva campaña electoral a degüello entre los amigos y los enemigos de España será el mejor argumento para convencernos a todos de que votar no sirve para nada, es una pasión inútil como habría dicho Sartre; y de que la vía más razonable para salir del impasse político actual sería buscar un método más racional de repartir las poltronas: una rifa, tal vez.

Una situación parecida se presentó entre Francia e Inglaterra en el siglo XIII. Había por medio derechos dinásticos, cierto, pero sobre todo ganas de brega. Los nobles en general y los duques de Borgoña muy en particular se ofrecían a unos y otros de forma alternativa e indiscriminada, y sobre todo se ocupaban de lo suyo; si jugaban bien sus cartas, en cada nueva campaña podían extender sus tierras patrimoniales en unos cuantos miles de hectáreas; si las cartas venían mal dadas, paciencia y barajar.

Una chiquilla de la Lorena llamada Juana de Arco pareció en cierto momento dispuesta a acabar con tanta estrategia ful, y se lanzó de cabeza y sin reservas mentales al campo de batalla. Pero acabó su aventura quemadísima. En Ruán, por más señas.

Castelnaud queda como uno de los iconos más reconocidos de aquella situación engorrosa. Hoy alberga un museo de la guerra medieval, muy bien montado. Hay espadas, mazas, ballestas, arneses, armaduras completas, y sobre todo una colección de máquinas de sitio muy bien conservadas o reconstruidas. Ya saben, catapultas, arietes, esas cosas. Varias veces al día, en la explanada tiene lugar una exhibición de su funcionamiento, aunque no se lanzan piedras sino pelotones de goma.

En la panoplia de catapultas disponibles destaca la bricole, un ingenio provisto de resorte y de un brazo extensor suplementario que alarga el alcance del tiro. Vengo a enterarme así de que el bricolaje fue, en su origen, un método para abrir brechas en los muros en aquellas contiendas de Maricastaña.

Hoy en cambio, con el avance imparable de la civilización, por bricolaje se entiende el menudeo de pactos imposibles debido a líneas rojas cuidadosamente trazadas, que invalidan en pocas sesiones cualquier resultado obtenido en la votación precedente, y destrozan a la larga las expectativas de la sufrida ciudadanía, que contempla atónita semejante despliegue marcial.

Es imposible adivinar con alguna garantía adónde nos llevará tanto progreso.


martes, 9 de julio de 2019

BELLA Y CULONA


Imágenes del Périgord



La iglesia parroquial románica de Saint-Léon posa ante la cámara como acuclillada frente al río Vézère. Vista de frente, es graciosa; de espaldas, tal como aparece en la imagen, quita la respiración.

Saint-Léon-sur-Vézère está clasificado como uno de los pueblos más bonitos de Francia. No es decir mucho, ya que en el listado figuran tropecientos lugares más. No importa; el pueblo es bonito, en efecto. A la entrada un letrero anuncia, risueño: “Village fleuri”. Es verdad que hay muchas flores, en un entorno muy limpio, muy cuidado. La población ocupa la parte interior de un amplio meandro del río Vézère, que la abraza casi por completo. Hay dos châteaux, de dimensiones discretas pero muy estéticos: el de Chaban y el de Clerans. Las calles, estrechas, se deshilachan en revueltas y rincones coquetos; los tejados son característicos, en ángulo muy marcado, y utilizan la arcilla del país en lugar de la pizarra. Muchas de las casas aparecen rodeadas por pequeños jardines olorosos a jazmín y a rosas. Cruzamos al paso varios bares no muy grandes, de aspecto cómodo y sin pretensiones. Hay también por lo menos un restaurante digno de mención, el Petit Léon, en el que almorzamos.

Y luego está la iglesia románica, en el centro del bucle del río y casi a flor de agua; alabada por las guías turísticas como la más equilibrada y de proporciones más armoniosas de todo el Périgord.

Contemplen la torre-campanario emergiendo por encima del remate de ese ábside esbelto flanqueado por dos absidiolas asombrosas, y me darán la razón: todo lo que tiene de culona la iglesia de San León, lo tiene también de bella, de admirable en el sentido más alto de la palabra.

Entre la iglesia y el curso del río se extiende un prado fresco, a la sombra de unos sauces, donde es posible sestear sur l’herbe. Hacía calor, y dejamos pasar en aquel lugar una hora perezosa, dormitando y viendo el agua pasar. Luego una madame sonriente se ofreció a hacernos una foto de grupo, para el recuerdo. Es la que pueden ver aquí abajo.




EL HOMBRE PINTADO


Imágenes del Périgord



Figura humana de la cueva de Lascaux (Montignac, Francia). Se encuentra en un divertículo abierto en la roca, que se proyecta lateralmente unos cinco metros a partir del llamado “ábside”, en un recoveco de una galería interior. El acceso debió de ser muy difícil en los tiempos prehistóricos, y está vedado ahora al visitante común.


Durante el siglo XIX la industria lítica prehistórica fue poco menos que un monopolio nacional francés. Toda la seriación de las distintas fases y culturas de la piedra tallada o pulimentada lleva incorporada la denominación de origen del valle del Vézère (desde los cromañones de Cro-Magnon, tan superiores a los neandertales tedescos, hasta el musteriense del abrigo de Le Moustier, o el magdaleniense de La Madeleine); o bien de lugares más o menos próximos e inequívocamente galos (auriñacienses de Aurignac, azilienses del Mas d’Azil).

De arte parietal, es decir de las paredes pintadas con pigmentos, no se sabía nada aún. Cuando don Marcelino Sanz de Sautuola se tropezó con los bisontes de Altamira guiado por el candil que sostenía su hija María, de ocho años («¡Mira, papá, bueyes!»), fue acusado de falsario y de demente. Émile Cartailhac, considerado “el papa de la Prehistoria”, lo que dice bastante del tono dogmático y pontifical de aquella primera ciencia, le rebatió con palabras muy duras en el Congreso de la Prehistoria de Lisboa de 1880.

Mejor habría hecho en callarse. A los pocos años se descubrían en el canónico valle del Vézère otros yacimientos con pinturas rupestres muy parecidas a las de Altamira: Les Combarelles, Font-de-Gaume. Cartailhac visitó Altamira en 1902 acompañado por el abate Breuil, invitados los dos por María de Sautuola cuando don Marcelino ya había fallecido. La venda cayó de los expertos ojos de los dos franceses. Dado que ya existían pinturas documentadas de ese tipo en el culto suelo francés, ¿por qué no podían ser auténticas también las de la indómita España? Cartailhac publicó El mea culpa de un escéptico, y Altamira entró en el canon de la prehistoria reconocida.

Lascaux apareció mucho más tarde, en 1940, cuando cuatro muchachos buscaban por el monte a su perro Robot, que se había perdido. Han montado en el lugar una instalación inmensa y modélica que reproduce minuciosamente la cueva original, con el añadido de toda clase de herramientas multimedia para el disfrute y la interpretación pausada de todo lo que la visita puede mostrar.

En la cueva de Lascaux hay profusión de pinturas de toros, bisontes, una vaca negra, ciervos y otros animales, tapizando las paredes. No en todas partes las condiciones de conservación eran igualmente buenas, de modo que hay indicios de grandes espacios que contuvieron pinturas que se dañaron y se perdieron para siempre.  

Todo ese censo de pinturas, para las que es fácil caer en el equívoco de que constituyen un “programa” decorativo con una intención unitaria, incluye una sola figura humana, y en un lugar muy oculto, una especie de camarilla alta a la que había que subir trepando por una pendiente abrupta y resbaladiza. Toda clase de interpretaciones son posibles, pero suele llamarse a ese garabato el “brujo” y el “hombre-pájaro”. De qué forma esta figura torpemente esbozada (en contraste con la elegancia formal de los toros polícromos, por ejemplo) pueda estar asociada a un poder de cualquier tipo en un grupo de cazadores-recolectores, resulta cuestionable.

El lugar concreto en el que se encuentra parece idóneo para el desarrollo de misterios, sesiones de magia primitiva o ritos sexuales. Pero la tosca figura del hombre muy bien pudo haber sido pintada por otras manos, en otro tiempo, con otra intención.


lunes, 8 de julio de 2019

LA PUJA POR LAS RELIQUIAS


Imágenes del Périgord



Interior de la iglesia troglodita de Saint Jean de Aubeterre-sur-Dronne. La disposición de la planta está pensada para que los visitantes hagan cola alrededor del exótico relicario de estilo oriental, donde se exhibían los restos prodigiosos emanados de la santidad establecida. (Foto, Carmen Martorell)


El Périgord siempre fue tierra de paso, según el eje de los ríos que lo cruzan en dirección NE-SO: el Dronne, el Isle, y sobre todo el Vézère y el Dordogne, que confluyen en Limieux. Esa era también la orientación general del Camino medieval de Santiago, que empujó a muchos peregrinos lejos del menguado porvenir de su terruño, donde eran siervos de la gleba (la tierra fértil) que cultivaban por cuenta del señor.

El Camino fue sobre todo una ruta comercial y de intercambio. Lo mismo ocurrió, en el sentido geográficamente contrario, con las Cruzadas. La gente se apuntaba en masa a la visita de uno o de los dos sepulcros, el de Cristo al oriente y el del Apóstol en el extremo occidente, el finis terrae conocido.

En el vaivén incesante de ese péndulo espiritual florecieron, en los lugares obligados de paso, las abadías y las hospederías, cada una de las cuales, en dura competencia, trataba de ofrecer al peregrino motivos accesorios para situarse como preferencia particular en el momento de elegir albergue.

En ese contexto tuvo lugar un intenso tráfico de reliquias patentadas. Quien poseía uno o varios especímenes acreditados, estaba seguro de atraer la atención siempre volátil del peregrino-masa.

Aubeterre-sur-Dronne quedaba un poco a trasmano de la ruta principal (el mainstream, diríamos) de paso por el territorio, de modo que el conde del lugar hizo durante su estancia en Tierra santa un buen acopio de reliquias indudables y tuvo la idea genial, no de alzar una iglesia donde exhibirlas, sino de excavarla en el subsuelo de su propio castillo roquero.

Había visto cosas parecidas en Capadocia, y sabía que el sistema constructivo idóneo era ahondar de arriba abajo, porque la dirección contraria se presta a derrumbamientos imprevistos y catastróficos.

Así nació Saint-Jean de Aubeterre, un santuario subterráneo conocido como “iglesia-monolito”, aunque propiamente no lo sea porque se instalaron y acomodaron en los lugares adecuados piedras venidas de fuera, y no simplemente excavadas en la caliza.

Pero quien ganó con toda probabilidad la carrera de las reliquias fue el conde de Cadouin, localidad próxima al curso del Dordogne, es decir, en el cogollito del eje principal de paso por el territorio. Después de participar en la primera cruzada, el conde regresó del Oriente llevando en su equipaje el auténtico sudario de Cristo, adquirido tal vez en un mercado persa y certificado mediante diversas pruebas y milagros absoluta o solo aproximadamente fehacientes.

El santo sudario aseguró el prestigio y la prosperidad de la abadía de Santa María, levantada en Cadouin bajo la advocación de la orden del Cister. Las aglomeraciones de peregrinos fervorosos eran continuas; todos querían rezar delante de aquel lienzo reputado como milagroso. En el siglo XV se añadió a la fábrica románica original un bello claustro en estilo gótico florido, testimonio de la riqueza acumulada después de siglos de peregrinajes.

Pasó la gran época de las peregrinaciones, y la abadía de Cadouin se mantuvo impertérrita como un centro de atracción religiosa importante. Los mesones, los albergues, las granjas, las tahonas de la localidad, medraban sin tasa gracias al flujo inacabable de curiosos.

Llegaron luego tiempos de tribulación, de pensamiento ilustrado y de masonería. Se puso en duda la autenticidad de la reliquia. La marea empezó a refluir. Los sucesivos abades trataron de capear el temporal y evitar la desamortización de los bienes eclesiásticos adscritos a su autoridad. El santo sudario fue su baluarte más firme en ese empeño.

Hasta que llegó para examinarlo un experto “independiente”, el año 1934. Su dictamen fue demoledor. El lienzo había sido tejido no antes del siglo XI. Una inscripción bordada en un doblez de la tela, tenida por judaica, estaba escrita en realidad en caracteres cúficos y contaba que aquel sudario fue utilizado para amortajar al califa Musta Ali de Egipto. Ni siquiera un santo reconocido o un alto dignatario eclesiástico; sino un pagano, un infiel.

El abad se vio obligado moralmente a retirar el sudario del aparatoso relicario donde estaba expuesto a la adoración de los fieles. Después la vida siguió su curso, todo se relativizó, y hoy en día vuelve a exhibirse, no el sudario original, sino una réplica.

Vivimos tiempos de crisis económica y de deterioro ambiental y climático. Casi todo lo que nos queda del antiguo esplendor patrimonial son réplicas. Y ni siquiera tienen el mismo éxito de público que siglos atrás.