martes, 20 de agosto de 2019

UNA OPERACIÓN INMOBILIARIA


Fotomontaje con la Torre Trump de Nueva York plantada en las costas de Groenlandia. Tomado de un tuit del propio Trump.


¿Por qué no aprovechar las oportunidades novedosas que ofrece el cambio climático en curso para hacer negocios apetitosos? Es lo que debe de haberse dicho Donald Trump, que se ha sacado de la manga la idea de comprar a Dinamarca la isla de Groenlandia, 2.166 millones de kilómetros cuadrados y menos de 60.000 habitantes. El presidente de Estados Unidos ha definido la propuesta de compra como una operación inmobiliaria de alto interés estratégico. La primera ministra danesa, Mette Frederikssen, ha respondido que supone que se trata solo de una broma. Trump ha replicado con el fotomontaje que aparece sobre estas líneas, y el texto: “Prometo no hacer esto con Groenlandia”.

Seguramente no lo hará, pero los famosos gemelos Scott podrían ampliar su próspero negocio inmobiliario y ofrecer a millones de estadounidenses de clase media segundas residencias de ensueño en Groenlandia a precios módicos. Dos mil y pico millones de kilómetros cuadrados dan mucho de sí a la hora de urbanizar. Y si el calentamiento global prosigue su curso desenfrenado, el perímetro costero de la isla podría llegar a estar más cotizado que el de Malibú, California.

Frederikssen insiste en que Groenlandia es de los groenlandeses, pero el argumento es peligroso: las fuerzas vivas podrían reclamar el ejercicio de su derecho a decidir, plantear un Groenexit y venderse alegremente al dólar mediante un referéndum de autodeterminación, incluso unilateral si preciso fuere.

Y en el caso de que la compraventa política no prosperara, hay otros medios para llegar al mismo fin. Ahí está el ejemplo de Neymar Jr., jugador de fútbol que no se sabe muy bien a quién pertenece pero que está sin discusión en venta, sempiternamente ofrecido en cualquier circunstancia al mejor postor.

Groenlandia podría ser un segundo Neymar. El Reino de Dinamarca posee los derechos, de momento y en teoría; pero la operación de venta sería viable, según normas consuetudinarias internacionales desarrolladas en tratados bona fide, en el caso de que el presidente Trump estuviera dispuesto a pagar la cláusula de rescisión.

Así funcionan las cosas en la aldea global. Como dijo a propósito de otra cuestión el ex ministro y ex banquero Rodrigo Rato, “yo no tengo la culpa; es el mercado”.
  

lunes, 19 de agosto de 2019

POR PERSONA INTERPUESTA



La “guarida del lobo” alquilada por Theodor Kallifatides en Farosund, isla de Gotland. Fotografía de Selma Ancira.

Una coincidencia curiosa: Mario Vargas Llosa y yo hemos leído casi al tiempo Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides (Galaxia Gutenberg, traducción de Selma Ancira). A los dos nos ha complacido la lectura, y los dos lo hemos explicado, yo primero en mi blog (1), y él después en elpais, que se reserva los derechos mundiales de prensa en todas las lenguas.

En este punto, en el de los derechos reservados, acaban posiblemente las coincidencias y empiezan las diferencias. Las diferencias, sin embargo, van mucho más allá. Para expresarlo de una manera somera, Mario Vargas Llosa ha tomado el libro de Kallifatides como pretexto para contar sobre sí mismo por persona interpuesta. Sigue así una gloriosa tradición que incluye a Michel de Montaigne («Je suis moi-même la matière de mon livre») y a Gustave Flaubert («Madame Bovary, c’est moi»). Vargas podría añadir a ambas declaraciones, con sencillez: “Kallifatides soy yo”.

No es atribuible al propio Vargas la gaffe incluida como titulillo destacado en el texto publicado en elpais: «’Otra vida por vivir’ del griego Theodor Kallifatide [sic] cuenta el redescubrimiento de la niñez». Está claro que quien compuso la frasecita no se había leído el libro de Theodor, y creyó de buena fe que la cosa trataba de lo que cuenta Mario. El redescubrimiento de la niñez: de la niñez de Mario, por supuesto. El discurso de Theodor se refiere a cuestiones bastante diferentes.

Varias inexactitudes dan pistas al lector atento de ambos textos acerca de que una cosa es lo que escribió Theodor, y otra distinta lo que leyó Mario. Este menciona, por ejemplo, una máquina de escribir («Miraba el rodillo de su pequeña máquina portátil y tenía la mente en blanco…»), mientras que Theodor habla siempre de un ordenador (por ejemplo, pp. 28, 35), que incluso en una ocasión “se autodestruye” cuando jugaba pacíficamente una partida de ajedrez (p. 100), lo que le comporta una serie de inconvenientes. La “guarida del lobo” en la que Theodor se encierra para escribir se convierte para Vargas en un “piso”, a pesar de que en la descripción, e incluso en la fotografía de la portada, queda claro que se trata de un bungaló rústico construido en madera durísima. Desesperado por el bloqueo intelectual, el escritor sale «a caminar junto al océano», a pesar de que no hay océano en la isla báltica de Gotland (sí lo hay frente a Lima). Theodor llega de improviso, añorando sus orígenes perdidos, a su pueblecito natal de Molaoi, que Mario describe como «polvoriento, eterno y efusivo. Algunos parientes centenarios seguían allí intangibles, como los olivos, los almendros, las cabras, los gatos y las enredaderas.» Nada de todo ello aparece en el libro de Theodor. Es más, Theodor no visita su pueblo natal acuciado por el síndrome de la página en blanco, sino debido a una invitación que le había llegado meses antes, en Estocolmo, acompañando a la petición de dar su nombre a una escuela; ya desde años antes, en Molaoi una calle llevaba el nombre de Theodor Kallifatides.

Añadiré dos notas más a la transferencia o transfusión realizada por Mario sobre el texto de Theodor. Estas no afectan ya a los detalles, sino a la mentalidad desde la que se encaran la emigración, la vida lejos, y sobre todo el entorno de un mundo cambiado de raíz, en los mismos puntos cardinales que antes lo sostenían y ahora lo desordenan.

Dice Mario: «Siempre que el nacionalismo no saque su horrible cabeza, no está mal que uno añore la lengua que perdió…» Etcétera. Generosa concesión. Sin embargo, Theodor no perdió nunca su lengua de origen. Oigámosle (p. 73): «Me siento más orgulloso de no haber perdido mi griego después de haber vivido cincuenta y cinco años en Suecia, que de haber aprendido el sueco tan bien como lo he aprendido. Lo segundo fue obra de la necesidad, pero lo primero es un acto de amor. […] Tomé la decisión de abandonarlo todo, no de olvidarlo. Grecia y el griego me hacían cada vez más falta…»

Escribe aún Mario, hablando exclusivamente por él mismo: «Las fronteras son la fuente de los peores prejuicios … Por eso, hay que tratar de adelgazarlas poco a poco hasta desaparecerlas del todo. Está ocurriendo, sin duda, y esa es una de las buenas cosas de la globalización, aunque haya también algunas malas…»

Frente al cosmopolitismo sin raíces propuesto por Mario, Theodor no tiene complejos en aferrarse a “la única patria” que todavía le queda, y la única también “que no le heriría” (pp. 152-53):

«Me acordé del ave migratoria que había visto en el cielo solitario de Gotland. Había perdido a su bandada, pero no la dirección. El mismo problema tenía yo. Había perdido a mi bandada. La dirección que debía tomar, sin embargo, me la habían dado aquellos muchachos, su maestra Olimpía Lampusi, y las palabras de Esquilo.
       Y este libro, el primero que escribo directamente en griego después de cincuenta años, es mi agradecimiento tardío para ellos, que me devolvieron a mi lengua, la única patria que todavía me queda y la única que no me heriría.
       No solo me honraron.
       Salvaron en mí lo que aún podía ser salvado.
       ¿Qué importancia tenía en qué rincón del mundo viviera?»



domingo, 18 de agosto de 2019

QUIÉN TEME A VIRGINIA WOOLF



No me refiero a la obra teatral de Edward Albee, sino a Manuel Vicent, que dedica a «Virginia Woolf, en Londres», su página semanal en los domingos de elpais. Lo hace con una irreverencia muy recomendable, aunque con un punto de “imperiofobia” para expresar el concepto con la etiqueta acuñada por doña Elvira Roca Barea, que únicamente está interesada por la fobia mundial al imperio español. Pero otras fobias haberlas haylas, y en nuestros lares nunca se ha tenido gran aprecio al constructo montado en las Islas Británicas a partir de los divorcios del hereje Enrique VIII; de la frescura reprobable de la reina Isabel I, que tuvo los santos ovarios de no plegarse a la amorosa insistencia del rey Felipe II, y encima le hizo polvo la Armada, que había costado un huevo; y finalmente, last but not least, de los latrocinios de sir Francis Drake, que se embolsó el oro de curso legal que venía en pesados galeones de las Indias otorgadas, según versión oficial largamente sostenida, por Dios mismo a nuestros reyes, como recompensa a su catolicismo ejemplar.

Volvamos a Virginia Woolf, porque si caemos en el reduccionismo de considerarla un subproducto típico del imperio británico y de la patología bipolar que la afectó, estamos perdidos. Vicent le atribuye sin demasiado fundamento la posesión y disfrute de aquella “habitación propia” que ella reclamó para todo su género, donde poder recogerse y escribir. Habla de su salón, del “grupo” de Bloomsbury, de que fue la primera en narrar “con voces superpuestas”, y de las piedras con las que cargó sus bolsillos para hundirse finalmente en las aguas del Ouse, cuando sintió que perdía del todo su siempre precario control sobre las tinieblas de la locura.

No he leído Las olas, y quizá por esa razón no entiendo muy bien a lo que se refiere Vicent con eso de las “voces superpuestas”. Mis lecturas de la autora se reducen a Mrs Dalloway, Orlando, Al faro y Una habitación propia, además de amplios extractos de sus Diarios.

Mi preferida es Al faro (To the lighthouse). Coincido en mi predilección con Antonio Muñoz Molina, que la ha aireado recientemente en Librotea. Es un libro construido con rigor, que juega con el curso del tiempo en sus tres partes constitutivas (lo que ocurre ahora, lo que pasó antes, lo que pasará después), y convierte al tiempo, en definitiva, en el gran protagonista de la narración, por encima de los personajes pero sin descuidar una aguda caracterización psicológica de estos.

Al faro es otra Búsqueda del tiempo perdido, y maravilla cuánto se parece Woolf a Proust por un lado, y cuán distinta a él llega a ser, por otro. Porque el genio literario viene a sedimentarse y concretarse a partir de una larga decantación de ideas, sentimientos, imágenes y posesiones personales, no siempre claras y fluidas, y en ese sentido el artículo de Vicent acierta al apuntar a la existencia de un trasfondo histórico y personal ambiguo y, más aún, ambivalente.

Pero hay que añadir a lo anterior que el genio literario es también, en sí mismo, estrictamente personal, intraspasable e irreductible.

Leer, por ejemplo, Al faro, es difícil; en cierto modo, una aventura espiritual de desenlace aleatorio. Pero no hay que temer, en ningún caso, a Virginia Woolf.


sábado, 17 de agosto de 2019

EL DESAHUCIO DE LOS OSOS CAVERNARIOS



Oso cavernario. Pintura rupestre de la cueva de Chauvet, Francia (tomado de El País)


Nuevos estudios del genoma inserto en los restos de osos cavernarios hallados en refugios paleolíticos de varios lugares de Europa, realizados por un equipo de la Universidad de Zurich dirigido por la genetista Verena Schünemann, sugieren que la especie no se extinguió debido a una glaciación, como se creía hasta ahora. 

Cinco mil años antes de que llegara la glaciación, los osos cavernarios prácticamente estaban desaparecidos. La causa de la catástrofe se debió con toda probabilidad a la aparición en Europa de una nueva especie invasora, los Sapiens sapiens. Manuel Ansede, en elpais, titula de forma truculenta: «Los humanos apuntillaron a la bestia de una tonelada.»

Los osos habían convivido pacíficamente con los neandertales a lo largo de muchos siglos. “Pacíficamente”, es un decir. Un día un oso se comía a un neandertal; otro día, en justa reciprocidad, una tribu neandertal se comía a un oso. Hoy por ti mañana por mí, pero el caso es que el equilibrio ecológico se mantenía.

No fue el caso con los Sapiens sapiens, popularmente conocidos como los cromañones. Los osos cavernarios estaban muy apegados a su hábitat, las cavernas. Los cromañones querían sí o sí esas confortables cavernas para su disfrute exclusivo. Los osos fueron desahuciados. Posiblemente alguno de ellos se excedió en la protesta y se comió a uno o dos cromañones. Nada que no pudiera solucionarse con un poco de buena voluntad, pero los cromañones sintieron que aquello ofendía su espíritu nacional y reaccionaron tomando represalias a gran escala.

Una cosa llevó a la otra, mucho antes de que llegara el cambio climático, o sea la glaciación. En la batalla por la supervivencia, ganada por goleada por los Sapiens sapiens, no solo perecieron los osos cavernarios sino los mamuts, los rinocerontes lanudos, los tigres dientes de sable y… los neandertales. Por consiguiente, primero fue la hecatombe, que afectó incluso a los llamémosles primos hermanos de la especie dominante; y solo después, la catástrofe climática.

Hoy la economía neoliberal, la globalización financiera y la nueva ciencia política se esfuerzan en que las cosas ocurran exactamente del mismo modo que hace 35.000 años: primero ha de venir la extinción forzada de las especies con ADN de rango inferior, que han sido expulsadas de sus hábitats y lanzadas a la intemperie, en ocasiones cruzando el mar en patera o, excepcionalmente, en Open Arms. La catástrofe climática ya llegará y se afrontará después, cuando el tablero de juego esté más despejado.


viernes, 16 de agosto de 2019

RECONCILIACIÓN FALLIDA


Crónicas desde la Contigüidad del Cosmos


Porche de entrada al restaurante La Contigüidad del Cosmos, de Poldemarx.

Hice un serio esfuerzo para reconciliar a las dos lideresas (1), en pro de una Europa mejor y de un futuro más amable. Pero todo lo que podía ir mal fue mal desde el principio. Para empezar, Lagarde se negó a aceptar la devolución de su joyero.

─ Ah no, he puesto este asunto en manos de la gendarmerie.

─ Pero el joyero ha sido recuperado, puede tenerlo en sus manos en pocas horas y sin engorrosos trámites burocráticos.

─ Yo la vi, Pacó, la vi me choriser le Vuitton en el hall del hotel de Davos, a point de marche después del G8. Y quiero dar a esa rústica pomerana una lección que no olvidará.

─ Es la mujer más poderosa del mundo según Forbes, Christine, por undécimo año consecutivo.

─ Justement. Voy a demostrar quién es quién en realité.

─ Reconcíliese con ella, Christine. Hágalo por la Europa unida.

─ Ja, ja, ja. ¿Qué Europa, Pacó? ¿Salvini, Le Pen, Orbán, Zelenski? Mersí bien.

─ Pero Angela se opone a todos ellos…

─ De boquilla. Hace falta un presidente fuerte y corajoso para la Unión.

─ Y usted propone…

─ Yanis.

─ ¿Yanis? ¿Qué Yanis?

─ Varoufakis, evidemment.

Empecé a desenredar el fondo espinoso de la cuestión pendiente entre las dos damas. A Merkel le dan temblores histéricos cada vez que oye hablar de Varoufakis. Es hija de un pastor protestante y se crió en las convenciones minúsculas de una pequeña ciudad de Pomerania, antes de iniciarse en la política afiliándose a la Juventud Libre Alemana, comunista. Para ella Varoufakis es unos días el demonio, y otros la enfermedad infantil del izquierdismo. Todo lo contrario de la desenvuelta Madame Lagarte, siempre dispuesta a coquetear con el capricho y a moverse como el pez en el agua en las contradicciones de clase.

* * *

Conseguí que Christine accediera finalmente a tener una entrevista con Angela en la intimidad protegida por la radiación geomagnética del tómbolo de Poldemarx. Pero entonces se produjo una segunda dificultad. Ella quería viajar en su limusina oficial. Si no lleva puestos la limusina oficial y el Chanel nº 5, asegura, se siente desnuda. Le advertí de que no se puede llegar a La Contigüidad del Cosmos cruzando el pueblo en coche.

─ Mi chofér es muy habile en interpretar el GPS.

Le expliqué que la perturbación electromagnética desorienta sin remedio los GPS, y que un compatriota suyo que conducía un tráiler acabó empotrado en la estrecha calle del Consolat de Mar.

─ Yo sin mi limusina no voy a ninguna parte.

Transigió finalmente con la idea de concertar una videoconferencia en la que Angela pediría excusas, y echaría la culpa al groom del hotel de Davos por haberse confundido de equipaje. Entonces Angela se negó en redondo a prestarse a lo que llamó un “parripé”. Christine replicó diciendo que la cancillera podía quedarse las joyas si tanto le gustaban, y hacérselas confitar. Ella, por fortuna, tenía muchas más joyas, y otros joyeros.

Angela retrucó diciendo que le parecía bien la propuesta, porque en ese momento no se le ocurría ninguna idea mejor para un regalo a su asistenta, que cumplía años. Como yo era el intermediario telefónico entre ambas, acabé por recibir los golpes más dolorosos, y me vi emplazado desde las dos partes a practicar la sodomía pasiva, cuantas más veces, mejor.

Quedé muy decepcionado con aquel intento de mediación. Yo me había hecho ilusiones, si la cosa salía bien, de intentar una gestión parecida entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, o en su defecto entre Carmen Calvo y Pablo Echenique. Pero a la vista del resultado, he decidido pensarlo mejor.

(1) Para seguir la historia en su orden cronológico, ver  https://vamosapollas.blogspot.com/2019/08/juguetes-rotos.html


jueves, 15 de agosto de 2019

A LA BÚSQUEDA DE NUEVAS BITÁCORAS


Al tiempo que se instalaba en la presidencia de la Corte de los Milagros Isabel Díaz Ayuso, como continuación del ambicioso programa “regenerador” del PP y adláteres iniciado en Andalucía y proseguido con la alcaldía madrileña, me sorprendió el tenor del artículo (en NT) de un dirigente socialista de cierta significación y empaque, Álvaro Frutos.

El cual titula su trabajo “Madrid bitácora de España”, y arranca su argumentación del modo siguiente: «Madrid es mucho más que la capital de España, es un ideal para millones de ciudadanos españoles. Con claros y oscuros ha marcado tendencia, estableciendo un modelo de relación en lo económico, los negocios y una determinada manera de entender el bienestar. Aunque, la política de la Comunidad de Madrid de las dos últimas décadas nunca figurará en los anales del deber ser. Lo malo es que nadie toma conciencia de ello y se asume con facilidad. En España hoy, los problemas tienden a centrifugarse para que sean otros los que se ocupen y preocupen…» 

Lo cierto es, para emplear mis propios argumentos expresados en estas mismas páginas (1), que el PP, en manos primero de Aznar y luego de Rajoy, ha instalado un proyecto de gobierno bimotor: de un lado, Madrid-Comunidad; del otro, la “periferia” entendida en sentido amplísimo. Ha sido ese el esquema que “ha marcado tendencia”, y que ha generado un “modelo [funesto, apostillo] de relación en lo económico, los negocios y una determinada manera de entender el bienestar.” En ese modelo, parece necesario recordarlo dada la débil memoria de una clase política autosatisfecha, han jugado un papel de primer orden el talante faraónico de Ruiz-Gallardón y Botella, el despilfarro a espuertas en el interior de una economía basada en la austeridad a todo trance, las cajas B, las tarjetas black... En una palabra que sintetiza todo el prolongado avatar de la movida política madrileña, la corrupción.

¿Es eso lo que añora ahora don Álvaro, cuando el PSOE ha marrado por poco el doblete y, en consecuencia, “los problemas tienden a centrifugarse”? ¿Es la vía de la recentralización de las autonomías al margen de la Constitución, el modelo, la tendencia, que añora? ¿Puede el genuino casticismo madrileño seguir poniéndose orejeras para no percibir que, en la España de las autonomías, Madrid está jugando en otra división que el resto?

Todos los indicadores económicos señalan la posición de privilegio de la Comunidad madrileña. En particular, los índices de renta per cápita. Madrid es el centro político, el centro fiscal y el centro financiero del país. Pero su posición no deriva de una productividad y una competitividad propias de una fortaleza hercúlea, sino de una capacidad desmesurada para extraer, absorber y fagocitar rentas generadas en otros lugares. Ese es el modelo, esa la tendencia, esa la “nueva relación en lo económico, en los negocios y en la forma de entender el bienestar”.

Si atendemos al nuevo mapa de la España política surgido de las últimas elecciones, ese modelo no debería ser reeditado, sino sustituido por otro. Madrid debería resignarse a ocupar el lugar menos ampuloso que le corresponde en el concierto global (protestará con estrépito y furia, pero sin ningún sentido digno de ese nombre), y el gobierno de la nación habrá de dedicarse a promover el progreso general y el bienestar de todos, suprimir las sempiternas puertas giratorias y los “conseguimientos” entre coleguis, y dejar de utilizar la capitalidad como plataforma de negocios oscuros y enjuagues transparentes.



martes, 13 de agosto de 2019

TEORÍA Y PRAXIS DE LA RESISTENCIA OFENSIVA



Soy un seguidor aplicado y entusiasta del blog “Según Antonio Baylos…” Su última entrega, que lleva el historiado título Neofascismos y el derecho de trabajo del enemigo (1), ha hecho sangrar una vieja herida. Yo en efecto, les ruego que anoten esto como una confesión formal y ante testigos, sobrellevo el recuerdo de mi etapa de sindicalista activo como una llaga abierta de forma permanente en el costado.

La razón de ese dolor agudo es un tema de bolero: es el arrepentimiento, después, de lo que pudo haber sido y no fue. Tal vez mi culpa personal en la forma de torcerse los acontecimientos no fuera particularmente grave, pero está inscrita en una culpa colectiva que sí lo es.

Me explico. El profesor Baylos reseña en su blog un libro colectivo, editado recientemente por Siglo XXI: Neofascismo. La bestia neoliberal. La aproximación en el título de los términos “neofascismo” y “neoliberalismo” es abiertamente sensacionalista, y debería ser convenientemente matizada en el texto. Al parecer (no he leído el libro), no lo es de forma suficiente para el comentarista, que introduce algunas salvedades consistentes. La principal de ellas, a mi entender, es que los jóvenes estudiosos responsables de los distintos trabajos agrupados en el volumen tienden a considerar el recorrido histórico cubierto por el neoliberalismo hasta la situación actual de oscurecimiento de la democracia tanto en sus formas representativas como participativas, no como una “posibilidad” finalmente realizada, sino como una “fatalidad” contra la que era imposible luchar.

Si fue inútil en un principio luchar contra la “bestia”, con mayor razón lo será ahora, que está crecida y más hambrienta que nunca, con tics neofascistas asomando las orejas en cada rincón. Pero una postura similar, derrotista a la larga, fue la que en los primeros años ochenta intentamos combatir desde algunas estructuras sindicales, mediante la consigna, repetida en todos los tonos y de forma incansable, de que el camino para oponerse a la utilización capitalista de las nuevas tecnologías de la producción no era la “resistencia” a secas, sino la resistencia acompañada por la “alternativa”. Es decir, una alternativa resistente, o una resistencia ofensiva, que es como la denomina Baylos en el siguiente párrafo extraído de su reseña:

«… el ciclo de luchas obreras en Europa entre 1968 y 1973 y el inicio de la reacción ideológica y política sobre la base de un disciplinamiento de nuevo tipo que tiene su inicio en la crisis del petróleo de 1975, es un momento histórico que posiblemente debe ser revalorizado como una etapa de ensayos emancipatorios sobre la base de llevar la democracia al espacio de la empresa y a disputar con el poder privado del empleador la organización del trabajo y de la producción. Una estrategia de resistencia ofensiva que pese a no realizarse, en esos debates y experiencias se podría quizá encontrar claves útiles para proyectos alternativos de regulación de las relaciones laborales, un complemento imprescindible de la denuncia de la degeneración democrática que trae consigo y promueve la más reciente fase del neoliberalismo…»

Los subrayados en azul son míos, y recogen la idea clave que, en efecto y por desgracia, no llegó a realizarse. 

Ha habido una incoherencia grave en la actividad histórica de los sindicatos, consistente en separar conceptualmente la burocracia sindical externa ─ lo digo sin ninguna intención peyorativa, es lo que siempre se ha llamado la “casa” sindical ─, de la organización autónoma de los trabajadores en la empresa, o si prefieren decirlo al modo de José Luis López Bulla, en el “ecocentro de trabajo”. Los dos sindicatos, el externo que ejerce funciones de mediación y de regularización, y el interno que es el “alma” de la clase organizada, deben necesariamente encontrarse y colaborar para resistir la iniciativa tumultuosa de un empresariado asilvestrado, pero no solo para resistir, sino también para esgrimir en cada conflicto concreto líneas válidas de alternativa. En definitiva, para ejercer de general intellect capaz de enderezar los procesos productivos hacia objetivos distintos de la ganancia privada o del crecimiento indiscriminado del PIB.

Es ese tipo de lucha trascendente el que acabó por olvidarse, dando una prioridad exclusiva a la reivindicación económica, a las cuestiones en definitiva de la distribución de la riqueza; al tiempo que se hacía dejación absoluta de las formas de creación y/o extracción de esa riqueza en manos de las mesnadas dirigidas por la multinacional Dinero SL.

Bruno Trentin estuvo presente como dirigente de las grandes luchas obreras en Italia del 68 al 73 (en España se prolongarían hasta el 77 o 78 por la interposición, en el proceso de cambio económico, de la coyuntura política del final de la dictadura y la transición a la democracia), avizoró la etapa que se abría con la presencia invasiva de nuevas tecnologías en la producción y en los servicios, señaló la importancia de conquistar un protagonismo (o coprotagonismo) obrero en la conformación del nuevo paradigma, y profetizó, en su libro La città del lavoro, la catástrofe que resultaría de una nueva revolución pasiva como la que había encadenado a los obreros a la máquina en la etapa del fordismo, que tantos entusiasmos equívocos despertó en el ámbito de las izquierdas más plurales y variopintas.

Si, como propone el profesor Baylos, resulta útil revalorizar aquella época de ensayos emancipatorios, de debates y de conflictos agudos enraizados en las fábricas, y recuperar muchas de las enseñanzas que aún se desprenden de ella, no sería ocioso comenzar ese enfoque nuevo con un estudio atento de la vida y la obra de Bruno Trentin.    



lunes, 12 de agosto de 2019

MUNDOS EXTINGUIDOS



Brideshead: la mansión, y los protagonistas de la serie televisada.

Carles Geli, en un artículo cultural de elpais, se deja llevar por la nostalgia al recordar una de las series televisivas “de su vida”: Retorno a Brideshead, según la novela de Evelyn Waugh.

También yo fui un fan de esa serie: pasó tres o cuatro veces por pantalla, a lo largo de los primeros años ochenta, y procuré ver cualquiera de sus capítulos cuando podía, cosa nada fácil con los horarios de trabajo que tenía yo entonces en el sindicato.

A diferencia de Geli, yo sí había leído antes la novela. Me la prestó un hombre que no prestaba nunca sus libros: aquella fue una muestra de confianza insólita, que yo aprecié mucho. En cuanto a la obra en sí, mi entusiasmo inicial no fue tan grande. No me costó percibir la clave sobre la que está construida la obra: el narrador ejerce de cronista intruso, aunque bien acogido, en un universo que no es el suyo. Un universo apabullante en un sentido (alta cultura, música refinada, obras de arte únicas ubicadas en espacios privados y oscurecidas por la pátina de la costumbre, toda una biblioteca clásica a disposición) y, en otro sentido, amenazado de forma directa por el peligro de extinción, que acabará por dejar tan solo la memoria incierta de lo que se fue para siempre.

Yo había leído ya eso mismo en Proust, mucho más por extenso (el hombre que me prestó Brideshead tenía sobre la Recherche la misma opinión de Anatole France: “la vida es demasiado  corta, y Proust demasiado largo”), y en El jardín de los Finzi-Contini, crónica del mundo exquisito y recóndito de las familias judías de Ferrara, que como explica Bassani en el prólogo, están ya tan lejos de nosotros, y sus claves vitales nos resultan tan extrañas, como las de los antiguos etruscos.

Hay un triple hilo común a las tres obras literarias: en primer lugar, ya citado, el punto de vista del intruso, que no comparte, e incluso encuentra ridículas, las formas ceremoniosas de relación propias de un mundo pequeño y claustrofóbico que intenta preservarse de las acometidas del otro mundo “grande y terrible”, como lo definía Gramsci.

En segundo lugar, la ambigüedad moral, que en los tres casos toma además, pero no únicamente, la forma de la ambigüedad sexual. Charles Ryder recala finalmente en el amor de Julia, pero no ha sido inmune al encanto decadente de su hermano Sebastian, a quien llama el “precursor”. Micòl es el gran amor de Giorgio, pero parte del prestigio de Micòl reside en ser la hermana de Alberto, el muchacho al que Giorgio admira decididamente. En el caso de Marcel, y de forma aún más significada porque aquí todo está concebido a una escala mayor, el tránsito desde los juegos infantiles con Gilberte en los Campos Elíseos al amor fugitivo de Albertine, no es concebible sin el intermedio de Saint-Loup, muy en particular de un Saint-Loup vestido con uniforme de oficial en el curso de su servicio militar.

En tercer lugar, la guerra aparece como el crisol en el que arde hasta desaparecer una aristocracia resignada de antemano a su suerte, que es la de constituir únicamente una especie de superestructura efímera, casi una excusa inverosímil, para un mundo burgués adocenado y sumiso a las leyes de la economía política.

Todos esos temas están también contenidos en un cuarto libro imprescindible: El gatopardo, de Tomasi di Lampedusa. El panorama descrito es el mismo, pero ninguno de los tres hilos conductores citados ejerce aquí el mismo papel. El punto de vista no es el del intruso, sino el del implicado: el príncipe Fabrizio de Salina, heredero de una larga estirpe aristocrática siciliana. No hay ambigüedad moral ni sexual perceptible; en todo caso, la mésalliance concertada de Tancredi con la bella y rica pero tonta hija de don Calogero. Y finalmente la guerra aparece también, pero no es el factor que rubrica la extinción de una civilización condenada, sino el Ave Fénix de cuyas cenizas resurgirá una concepción del mundo más amplia y mucho menos exigente en los aspectos formales: todo habrá de cambiar para que nada cambie.


domingo, 11 de agosto de 2019

ALCALDESAS PERPETUAS


La Mare de Deu de les Neus, patrona y alcaldesa perpetua de la villa de Calp.

El Observatorio del Laicismo de Europa Laica señala que las advocaciones de la Virgen María, Cristo y diversos santos acumulan en España 344 honores de carácter “político”. Por ejemplo, se han nombrado 244 alcaldesas perpetuas, la gran mayoría de ellas Vírgenes. La última hasta el momento es la Mare de Deu de les Neus, en Calp (Alicante). Con el nombramiento, el PP gobernante declara haber colocado un hito en pro de la igualdad de género, puesto que la villa ya contaba de antes con un alcalde perpetuo, que compartirá en adelante sus prerrogativas con la Mare de Deu. Era el Santíssim Crist de la Suor, nominado alcalde por aclamación en el año 1949.

En 1949 había la excusa del franquismo; ahora no. Las fuerzas vivas de Calp, como las de los 343 restantes lugares censados por Europa Laica, alegan que esos nombramientos no tienen nada que ver con la religión, sino con la tradición.

No vayamos a pollas, que el agua está muy fría. Ni religión (obviamente), ni tradición tampoco. Superstición, en todo caso. ¿De cuándo acá viene la tradición de nombrar a nadie, menos aún a los miembros destacados de la jerarquía celestial, alcalde o alcaldesa perpetuo/a en nuestros municipios y pedanías? Nunca jamás se había hecho, ni en el Siglo de Oro, ni en la Hispania visigoda, ni en la Celtiberia, antes ni después. Europa Laica contabiliza 66 nominaciones otorgadas en la época franquista, la nacionalcatólica por excelencia (por Su Excelencia), y 150, bastante más del doble, entrado ya el siglo XXI.

No es por tradición, entonces, sino por mis cojones. El PP y Ciudadanos encabezan el ranquin de astracanadas de este tipo, pero también figuran en el censo PSOE, Izquierda Unida, Podemos y confluencias varias. Los regidores en general consideran que el ritual es “bonito” y los administrados lo agradecen. Lo más que conceden es que se trata de una medida “populista”. Confunden de ese modo sin excusa posible el culo con las témporas, la cual es confusión típica de la época.

Puestos a reivindicar la tradición como elemento simbólico para honores que no significan nada ni tienen trascendencia para la vida de las personas, podríamos nombrar alcaldesas perpetuas de Jaén a las tres morillas Aixa, Fátima y Marién; a León Hebreo, de Sevilla; a la diosa Minerva, de Santiponce, antigua Itálica famosa; a Venus Afrodita de Badalona, antes Baetulo; al califa Abderramán III, de Córdoba, por no hablar de otros lugares de los que ha sido desalojado recientemente con violencia institucional.

Pero no hay cuidado, que no caerá esa breva. La gente de Vox podría irritarse.

Que se joda Vox. Yo propongo además nombrar a Immanuel Kant, promotor de la Paz Perpetua, alcalde perpetuo de Madrid, o de Barcelona, o de ambas capitales; y en su defecto, o mejor aún en su acompañamiento para preservar adecuadamente las cuotas de género, a Manuela Carmena, que ha dejado una honda huella en la poltrona municipal inmerecidamente ocupada en estas calendas por un sansirolé.

Que conste en acta mi petición, señorías.

sábado, 10 de agosto de 2019

TOPLESS



La escena del pecho salvaje desencadenado, en "Todo lo que quería saber sobre el sexo pero temía preguntar", de Woody Allen.


Estamos en agosto y la prensa viene repleta de sucesos irrelevantes. Son incontables, por ejemplo, las noticias sobre personas muertas debido al ansia por aparecer en las redes sociales haciendo alguna cosa singular, que a fin de cuentas se les fue de las manos. Imposible evitar la conclusión de que la humanidad no ha perdido gran cosa con la desaparición de esas personas, dicho sea con todo el respeto a ellas y a sus deudos.  

Un truco menos peligroso para ganar notoriedad, solo posible para mujeres bellas y con ansias reivindicativas, es burlar el veto de Facebook e Instagram a los pechos femeninos. Es un triunfo conseguir que las redes difundan una fotografía o un vídeo en el que se adivine de algún modo la sombra de la areola o el pico a contraluz del pezón de una famosa o aspirante a serlo.

No está claro, sin embargo, para quién ni para qué sea un triunfo la fugaz exhibición anatómica, pero en todo caso el logro viene respaldado por cientos de miles de likes. (Ahora dicen que se van a eliminar los likes, y nos invade la angustia de qué se inventará para sustituirlos, dado que la aprobación entusiasta del prójimo anónimo es la gasolina que alimenta el motor de nuestra autoestima.)

En las piscinas de Barcelona, según disposición judicial recentísima, las mujeres podrán enseñar el pecho sin rebozo. Para decirlo con más exactitud, “no podrá prohibírseles” enseñarlo. Bien. La noticia es típicamente agosteña en el sentido antes mencionado de su absoluta irrelevancia. No se prevé que la disposición vaya a generar ningún “efecto llamada”, ni abarrotar las instalaciones acuáticas de varones ansiosos de comprobar in situ la disposición dual y la turgencia de los atributos femeninos públicamente desvelados.

Es curioso que la sentencia judicial mencione la “igualdad” como argumento. En efecto, yo mismo llevo tiempo inmemorial exhibiendo el pecho en playas y piscinas; pero no considero que tal circunstancia sea un derecho adquirido, sino más bien un permiso. También he hecho el amor totalmente o cuando menos parcialmente desnudo, pero no como ejercicio de un derecho sino más bien por gusto. Nunca, ni bajo ningún concepto, he hecho el amor con los calcetines puestos; ahí entra también el ingrediente del gusto propio, pero asimismo la deferencia hacia mi compañera.

El punto al que deseo ir a parar es que el pecho masculino y el femenino no son iguales, por más que las variantes trans y la utilización de la silicona enmascaren en buena medida los perfiles diferenciales en ciertos casos. La igualdad, entonces, no sirve como argumento; viene a ser como mezclar peras con manzanas, según la acreditada explicación de Ana Botella.

Es más, si la picardía de nuestras famosas más revoltosas consiste en airear sus pezones esquivando el veto de Instagram, no puede descartarse que la permisividad en las piscinas barcelonesas conduzca a medio plazo a un descenso porcentual significativo de la práctica del topless. Qué quieren que les diga. Los más viejos de la localidad recordarán todavía aquel cuplé de la pulga que mordía las carnes de la vedette por entre los encajes de su ropa interior. Si le quitamos el picante frívolo al jueguecito de tapar y destapar, la realidad prosaica pierde gran parte de su aliciente. Un pecho femenino desnudo no es más que un pecho femenino desnudo.


jueves, 8 de agosto de 2019

¡DEJAD EN PAZ A TWITTER!


Esa ha sido la recomendación de Unai Sordo, secretario general de CCOO, y Pepe Álvarez, de UGT, a los líderes de las dos formaciones de izquierda que deberían consensuar la investidura de Sánchez en el mes de septiembre, a partir de una coalición cada día más improbable, o por lo menos de un acuerdo programático.

(Magdalena Valerio, ministra en funciones de Trabajo, ha hecho constar su opinión de que tal acuerdo “sería fácil”. No solo ha dicho tal cosa, sino que ha ido desgranando los principales elementos de un marco laboral novedoso, en el que cada medida deberá ajustarse de forma escalonada y sin improvisaciones a un momento determinado y a un presupuesto oportuno; de modo que algunas de ellas, notablemente un Estatuto de los Trabajadores “para el siglo XXI”, solo llegarán como colofón de otros cambios diversos y menores, pero imprescindibles para apuntalar con solidez la nueva estructura de derechos laborales erga omnes.)

Sordo y Álvarez no solo han pedido al jefe del gobierno el silencio estratégico de los tuits; también han criticado de pasada la pésima gestión de los tiempos en la negociación fallida, y han recomendado encarecidamente a los políticos en general que “no lo dejen todo para el último minuto”.

Es un consejo sensato. Falta por ver si la mala gestión de los tiempos ─ por ambas partes ─ fue debida nada más a la torpeza, o si por el contrario se utilizó como un arma de retrocarga para no llegar a los acuerdos tan deseados por las bases, y cargar las culpas del desaguisado sobre la otra parte contratante.

Por el momento, sería aventurado sostener tanto una cosa como la contraria. Pero el síntoma de que algo vuelve a fallar es que twitter sigue echando humo. El último en darle a la venenosa maquinita ha sido Echenique. Que él sea de verdad el último. Todos lo agradeceremos.


BLOQUEO CIUDADANO



El culo, con perdón, del tráiler francés, bloqueando la calle Consolat de Mar, en el centro de Poldemarx.


El verano en Poldemarx está resultando bastante más accidentado de lo habitual. Aquí suele reinar la placidez, o como dicen los autóctonos el panching, expresión popular catalana intraducible que viene a significar, si Álex Grijelmo no me desmiente, que cada cual va como mucho a su bola, sin ocuparse de las ajenas; y de preferencia a ninguna bola, ni siquiera la propia.

Ha habido por consiguiente cierto revuelo cuando alguien se dedicó a producir pintadas en las formaciones rocosas a flor de agua que adornan las calas vecinas a la Roca Grossa. Se trata de lugares en los que se suele practicar inveteradamente el nudismo; eso por un lado. Por otro, los escollos que asoman de las aguas límpidas son el hábitat de una nutrida colonia de cormoranes negros, cuya fotogenia viene dando pie a muchos selfies de guiris venidos por lo general de Calella de los Alemanes.

A algunos les pareció una salvajada pintar unas formaciones calizas en forma de esquistos que tienen la calificación de patrimonio protegido atascada desde hace años en alguna oficina subalterna de nuestra egregia Generalitat. Otros han temido que los cormoranes se molestaran por el tono radical de ciertas frases pintarrajeadas con espray. Respecto a este último extremo me tranquilizó el portavoz del comité de empresa de los cormoranes: «Mire usté, nosotros somos apolíticos, y puestos a hilar fino, también enmerdamos la roca de vez en cuando, esto va así.»

Todavía no nos habíamos repuesto del susto cuando un camión con tráiler fue a incrustarse en la estrecha calle de Consolat de Mar, con el morro puesto en la plaza de los Quatre Cantons. Cualquier vecino, por no hablar de la guardia municipal, podía haber dicho al conductor que por ahí no cabía; pero se trataba de un camionero francés, que circulaba a las cinco y media de la madrugada y seguía a ciegas las instrucciones de su GPS, el cual le indicó el trayecto como un atajo idóneo para acortar en dirección Girona.

Poldemarx había sido tomada por asalto en la guerra del Francés, y las casas de pescadores del frente marítimo fueron incendiadas por el invasor en aquella efemérides. Es un precedente, señalarían los juristas. No se ve muy bien, de otro modo, qué razón habría para que un agente enviado por los servicios secretos de una potencia amiga y sin embargo envidiosa, haya causado deliberadamente destrozos en la frágil infraestructura de una población pequeñita en la que abundan los recovecos.

Tal vez doña Elvira Roca Barea, autora de “Imperiofobia”, nos ilumine en este aspecto con la deducción de que la leyenda negra sigue viva y la teoría de la conspiración antiespañola funciona a marchas forzadas.

Por aquí, sin embargo, no acabamos de creérnoslo. La playa sigue poblándose todas las mañanas de mamás con niños y premamás con bombos, de nacionalidades variopintas. Desde el camping situado a medio camino de la Vallalta bajan riadas de bañistas armados con sombrillas, sillas plegables y flotadores enormes en forma de flamencos rosas. Como los cormoranes, nosotros vivimos y dejamos vivir. Si algún camión apresurado se queda bloqueado en las angosturas de nuestro casco viejo, el único remedio que se nos ocurre es guiarlo en marcha atrás e indicarle, una vez llegados a la rotonda, el camino correcto y claramente indicado en varios letreros.

A cualquiera puede sucederle, pensamos, eso de quedarse atascado en un recoveco. Así pues, hoy por ti y mañana por mí.

Todo antes que ir a ciegas a nuevas elecciones.