martes, 10 de septiembre de 2019

LA IDENTIDAD COMO COARTADA



Najat el Hachmi con Carmen Martorell, en el entorno de la Cartuja de Sevilla.


Milagros Pérez Oliva, una de las voces más vivas del periodismo en nuestra casa, ha entrevistado en elpais.cat a Najat el Hachmi (1) con motivo de la publicación en Destino de un ensayo breve (luego, dos veces bueno) que lleva por título Sempre han parlat per nosaltres, siempre han hablado por nosotras.

Najat denuncia el llamado “feminismo islámico” como una trampa que conduce al aislamiento y la guetización de un colectivo, el de las mujeres de religión musulmana, en una sociedad teóricamente abierta en la que deberían esgrimir armas muy distintas para alcanzar la igualdad en todos los aspectos socialmente importantes.

Ocurre lo mismo con otros particularismos. El género, la religión, la inclinación sexual, están ocupando el espacio que ha dejado desierta la clase social debido a la devaluación del trabajo como factor de identidad de la persona, y a la creación del mito del final de la historia vía la pertenencia de todos a una inmensa “clase media” atrapalotodo. “Puesto que ya somos todos/as iguales, y la lucha de clases no tiene sentido”, vendría a decir el nuevo credo neopostliberal, “lo novedoso y lo progresista es reivindicar la diferencia”, insistiendo en la visibilidad de colectivos que reclaman privilegios particulares dentro de una política de uniformización forzosa.

Por ejemplo, el hiyab, que ahora se reclama como una seña de identidad para las feministas islamistas; algo tan simbólicamente movilizador como un lazo amarillo en la solapa en Cataluña o un hábito de nazareno en una procesión de viernes santo en Málaga o en Sevilla.

Es decir, aguachirle, sinsustancia, reivindicación de una libertad inefectiva en el terreno de lo particular, o dicho de otro modo, del “porque me da la gana” glosado por Fernando Savater, cuando la política es, muy al contrario, el terreno de lo colectivo y nunca de lo particular; de los derechos para todos correlativos con unos deberes ineludibles también para todos.

Así lo ha denunciado Mark Lilla, catedrático de la Universidad de Columbia, en un libro necesario, El regreso liberal (Debate, Barcelona 2018, traducción de Daniel Gascón). (2)

Esto es lo que cuenta Najat el Hachmi a Milagros Pérez Oliva:

«Nosotras vivimos la discriminación en la propia piel, pero el contexto en el que hemos crecido nos permitía ver como posible un destino diferente del de nuestras madres. Ahora no solo se ponen voluntariamente el pañuelo, el signo externo de toda esta involución, sino que además asumen un discurso que acaba justificando y legitimando la discriminación de las mujeres. El pañuelo es la punta del iceberg de una estrategia para imponer la idea de que todo lo que pertenece al ámbito religioso no se puede cuestionar.»

Najat se refiere al ámbito religioso musulmán. Nadie piense, sin embargo, que se trata de algo privativo de una sola religión, de una muy localizada y circunscrita concepción de lo sagrado. Los “sentimientos incuestionables” son el caldo de cultivo en el que se cuece y germina toda la antipolítica.


(2) Sobre la tesis de Lilla, y otras aventuras políticas de nuestro siglo, ver Paco Rodríguez de Lecea, Identidades y proyectos en las izquierdas del siglo XXI, en http://pasosalaizquierda.com/?p=4233


lunes, 9 de septiembre de 2019

APOCALÍPTICOS E INTEGRADORES



Interpretación artística libre de la batalla apocalíptica de Armagedón.


En el tema de la cultura de masas, según un libro temprano de Umberto Eco, se daban las posiciones contrapuestas de los apocalípticos y los integrados. En política ocurre igual, con un pequeño matiz: en lugar de “integrados” es más clarificador hablar de integradores. Antes los integradores éramos muchos más; ahora, lo cierto es que la balanza se va inclinando hacia el lado de los apocalípticos.

Los apocalípticos están dirigiéndose siempre a la llanura de Armagedón para la batalla final contra las fuerzas del mal. “Antes muerto”, es su contraseña. Antes muerto que esto o lo otro. O bien, “antes mato”. La alternativa oscila siempre entre morir y matar; no hay término medio.

Los integradores no vemos las cosas así. Si tenemos un problema, nos esforzamos en convivir con él. Si una solución no funciona, procuramos encontrar otra. Eso saca de quicio a los apocalípticos y a los apocaliptoides. «¡No os mojáis!», gritan indignados.

Y no es así. Nos estamos mojando continuamente, por mil cosas, por diez mil. Pero no vemos en ellas la “línea roja”, el “non plus ultra”, la divisoria de aguas definitiva. Existe la posibilidad, casi la certeza, de que quien no está con nosotros no esté tampoco contra nosotros. En consecuencia, no nos precipitamos a contemplar los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa en clave de tragedia.

El apocalipticismo ha invadido hoy media Cataluña, un lugar que antes ─lo dijo Jordi Pujol─ era un oasis de la política. Enric Llorens da un ejemplo insuperable del caso, en una entrevista de Peru Erroteta en El Triangle. Cuenta Llorens que cenaban una noche juntos amigos de siempre, años antes de los sucesos de 2017. Comentaba cada cual cómo se sentía afectado por el tema del procés, que por entonces aún tenía visos de novedad. Una de las comensales les apostrofó: «¿Pero no os habéis dado cuenta de que estamos en guerra?»

Era una apocalíptica, marchaba ya directamente al Armagedón. Aquello no rompió definitivamente las amistades, dice Llorens (que responde, por supuesto, al perfil del “integrador”), pero las espació muchísimo en el tiempo, e impuso en el trato social tabúes antes desconocidos.

El paradigma de la posición integradora nos lo da, de la misma forma sucinta, Snoopy, el perro de la tira cómica “Peanuts” de Charles Schulz. En una viñeta, Charlie Brown le informa con talante claramente apocalíptico:

─Todos estamos destinados a morir. Tú también te morirás un día.

Snoopy lo piensa.

─Bueno, un día sí ─contesta por fin─. Pero todos los demás días, no.


domingo, 8 de septiembre de 2019

TRAVESÍA DE RETORNO



Carles Puigdemont y Marta Rovira. Captura de un vídeo difundido por la ANC. (Tomado de El País.)

Veo en la prensa diaria una imagen pretendidamente idílica de Carles Puigdemont junto a Marta Rovira. El entorno es verde: árboles, un prado. Marta se ha redondeado, resulta más mamá (se exilió en Suiza porque la familia era su primera prioridad, antes que la secretaría general de ERC que, sin embargo, sigue ostentando); Puchi sigue igual, cada vez más parecido a la caricatura de sí mismo. Los dos lucen lazo amarillo. Él señala algo, o puntúa con el dedo extendido algo que está diciendo; ella junta las manos. Los dos sonríen, pero con sonrisas desangeladas o desdibujadas por una tensión que se adivina, más que verse.

Los dos llaman a la unidad del independentismo catalán, ante la próxima Diada. Difícil. El viaje a Ítaca empezó como una jira festiva, pero cada vez se representa como un periplo más largo, más arduo, más aleatorio. Dicen en Junts per Cat que faltó valentía para culminar la independencia en las jornadas decisivas de otoño del 17; en Esquerra no lo ven así, y señalan que faltó apoyo social. Sin embargo, en aquellas fechas Puchi estaba casi decidido a convocar elecciones en lugar de hacer una declaración unilateral (faltaba apoyo social, según su criterio), y Marta le esperaba en la plaza de Sant Jaume con un cartel en el que se leía en grandes letras mayúsculas TRAÏDOR, así con diéresis (faltaba valentía, en su opinión).

Diferían los análisis pero no las conductas: los dos dejaron el país de tapadillo, y desde un exilio dorado y financiado desde el interior los dos reclaman más valentía y más apoyo social para un viaje que, dirigido teóricamente a Ítaca, ha venido a encallar sin épica en Ninguna Parte.

Las sentencias a los políticos catalanes van a marcar un nuevo “antes y después” en los meandros de este espinoso asunto. Muchos desearíamos sentencias livianas, pero desearíamos sobre todo que sirvieran para algo. Los síntomas no son buenos. Ho tornarem a fer, dicen los responsables de los distintos liderazgos, quizá convencidos de que de ese modo demuestran el plus añorado de valentía, que va a redundar también en un plus determinante de apoyo social.

No hay nada de eso. Y no lo habrá hasta que la pulsión independentista no emprenda el melancólico viaje de retorno desde la Ítaca idealizada hacia las costas reconocibles del reino de este mundo, con sus inevitables escollos peligrosos, sus remolinos, sus cíclopes, sus Escilas y sus Caribdis, que todo piloto avezado está obligado a tener en cuenta en bien de la seguridad de los pasajeros y de la tripulación.


sábado, 7 de septiembre de 2019

DEMOCRACIA SIN URNAS



Urna electoral transparente de metacrilato con candado.


Quim Torra y su mentor desde los cielos, Carles Puigdemont, descartan ir a elecciones por la razón de que un acto así “debilitaría las instituciones”.

Caramba, eso es nuevo.

Oriol Junqueras, en la cárcel (que sea por poco tiempo) y por esa razón in albis de los vientos que azotan las cumbres borrascosas de la antigua y baqueteada casa solariega, se ha sentido sorprendido. ¿Cómo puede ser que unas elecciones debiliten lo mismo que determinan?

Junqueras es un antiguo.

Las instituciones que resultarían socavadas, en el caso de que la ciudadanía catalana recaiga en la funesta manía de votar, serían precisamente las que encabezan los dos adláteres. Hasta ahí podíamos llegar. La gente, la buena gente, ha de entender que el derecho a decidir vale solo para engrescar el cotarro, pero no es un derecho incondicionado e ilimitado. No es válido cuando puede afectar a las cosas de comer: de comer Quim Torra y Carles Puigdemont, agraciados en su día en la rifa de una presidencia para la Generalitat, y que aspiran a eternizarse bicéfalamente en el puesto.

Lo que conviene en este momento, afirma Torra, es una huelga general. Dicho así puede parecer un delirio, pero, como oportunamente ha precisado José Luis López Bulla, se trata de algo más. No es un delirio a secas, sino un delirio húmedo: un delirium tremens.

Ya tenemos experiencia de esas huelgas. Dejan de trabajar los funcionarios en nómina de la Generalitat y los servicios dependientes de ella. La participación en la huelga no se somete al voto de los trabajadores, porque eso iría en contra de las instituciones superiores, que son las que tienen la sartén por el mango. La “huelga” circula de arriba abajo sin obstáculo, porque los botiflers que se planteen la opción del esquirolaje serán represaliados. Los piquetes de los CDR recorren las calles y ensucian las puertas de las sedes de los sindicatos. Ensuciar es lo que mejor se da a tales héroes de la desobediencia civil por un lado, y del como usted diga senyor president, por el otro lado.

El resultado es presentado ante el mundo mundial como un nuevo ejercicio heroico de democracia sin cortapisas.

Pero ahora se añade un nuevo matiz, de cierta importancia: ahora estamos hablando de una democracia sin urnas. “Poner las urnas”, como se hizo a la babalá aquel primero de octubre, ahora ya no es un síntoma de fortaleza sino de debilidad democrática.

En Catalunya.


viernes, 6 de septiembre de 2019

EL CASO BENOZZO GOZZOLI



Autorretrato de Benozzo en el fresco de los Reyes Magos, en la capilla del palacio Medici, Florencia. El autor dejó además constancia de su nombre, un hecho insólito en su época, casi equiparable al de Velázquez pintándose a sí mismo en las Meninas.

Paul Strathern dedica un capítulo de su libro sobre los Medici a tres grandes pintores del Renacimiento que durante sus años de formación residieron en el Palacio Medici. Son Botticelli, Leonardo y Miguel Ángel. No es del todo cierto; Leonardo trabajó como escultor en una obra en el patio, en su época de aprendiz en el taller de Verrocchio, pero no hay ninguna prueba de que fuera huésped de Lorenzo el Magnífico. En contrario puede aducirse que años después, cuando el pintor había ganado ya en renombre, existió una fuerte corriente de antipatía mutua entre los dos hombres.

Cosa curiosa, Strathern no hace en su libro ninguna mención a Benozzo Gozzoli, que sí estuvo alojado en el palacio y dejó en sus muros una obra maestra absoluta, que sigue recibiendo diariamente el tributo de los visitantes: el Cortejo de los Reyes Magos.

Benozzo di Lese (el sobrenombre de Gozzoli fue cosa, al parecer, del Vasari, cuando escribió su biografía) había nacido en 1420 en Sant’ Ilario a Colombano, y residía en Florencia con sus padres desde los siete años. Aprendió el oficio junto a Fra Angelico, fue su colaborador señalado en algunos de los frescos más destacados del convento de San Marcos, y acompañó a su maestro a Roma para dar cumplimiento a varios encargos del papa. A partir de 1450 trabajó ya de forma autónoma, en Narni, Montefalco, Viterbo y Orvieto. Regresó a Florencia en 1459, con un sólido prestigio como artista, para casarse con la hija de un mercader de paños acomodado.

Piero di Cosimo de Medici, el “Gotoso”, aprovechó la ocasión de tenerlo en casa para encargarle la decoración de la capilla Medici. Se trata, como saben todos los que han estado en ella, de una pieza de dimensiones modestas, oscura, con dobles paredes, diseñada por Michelozzo, el arquitecto de la familia, como fortín o último reducto en caso de un asalto armado exterior, nunca descartable en aquellos tiempos inciertos y en una familia de banqueros.

Piero quería dos cosas: una, muchos dorados que relucieran a la luz de las velas en las ceremonias religiosas, y la otra, una exaltación de la familia Medici a través del acontecimiento más relevante ocurrido en la ciudad en muchos años: el concilio para la reunión de las dos iglesias, católica y ortodoxa, celebrado en Florencia en 1439, por empeño y a invitación de Cosimo, “padre de la patria” como está grabado a cincel en su tumba de San Lorenzo.

El cortejo de los Magos que inventó para la ocasión Benozzo cumplió más que de sobras con las expectativas de su cliente. Ocupa tres muros de la capilla cuadrada (el cuarto es el del altar, sobre el que se exhibe hoy la copia de una Natividad de Filippo Lippi que, cosas del comercio, viajó hasta Berlín, donde aún se conserva). En el nutrido cortejo de los Magos aparecen de forma destacada el emperador de Oriente, el Patriarca de Constantinopla, el teólogo Juan Gemisto Pleton, y otras figuras religiosas, revestidas de sus ropajes más pomposos.

También están y son reconocibles figuras políticas afines a Florencia como Sigismondo Malatesta, señor de Rimini, y Galeazzo Maria Sforza, de Milán; y humanistas como Marsilio Ficino o Eneas Silvio Piccolomini, presente en el concilio y papa desde 1458 con el nombre de Pío II.

Pero sobre todo están también, en lugares separados del cortejo, los hijos de Piero di Giovanni de Medici: el adolescente Lorenzo, su hermano menor Julián, y las tres chicas, Nannina, Bianca y María, colocadas cerca del emperador a caballo.

Como telón de fondo se despliega un paisaje ideal, con árboles, ríos, ciudades y castillos, animales salvajes y de crianza, pájaros de todas clases, gente dedicada a sus afanes. En lo alto, coros de ángeles al modo de Fra Angélico. Si a ustedes, como a mí, les gustan las pinturas que cuentan historias y no les dice nada el colorido abstracto, disfrutarán con los frescos de Benozzo, que aún no son renacentistas sino más bien tardogóticos, pero desafían las clasificaciones de los especialistas.

Búsquenlo en un discreto segundo plano, ahí está además el pintor, un hombre de edad mediana, de nariz recta, frente amplia, ojos serios y piel curtida; un artesano consciente y orgulloso de su know-how, tocado con un bonete rojo en el que se lee en letras doradas: Opus Benotii.

¿Por qué Paul Strathern no dedica siquiera un párrafo a este inmenso lujo, y al hombre que lo creó? No me lo explico. El caso queda abierto.


miércoles, 4 de septiembre de 2019

LA LEY DEL TENTETIESO



Monsieur Culbuto, figura del teatro cómico francés convertida en tentetieso para disfrute de la chiquillería en las fiestas populares.


Las bases del Movimiento 5 Estrellas han dado su visto bueno por amplia mayoría a una coalición con el Partido Democrático, alejando del gobierno de Italia a Mateo Salvini, el energúmeno que pretendía devorarlo todo.

La derrota política de Salvini no es definitiva, de acuerdo. Podría volver en tromba; Berlusconi lo ha hecho antes. Pero Berlusconi sabía, y Salvini acaba de aprenderlo, que en política los índices de popularidad no significan que es posible hacer con las instituciones cualquier cosa que uno se proponga.

La gente no abdica nunca de sus derechos políticos. Cosa distinta es el modo como los ejerce habitualmente. La gente (disculpen la generalización; hablamos de los grandes números, y eso siempre conlleva inexactitudes) es por lo general floja en sus convicciones y lenta en sus reacciones. Todos los políticos parecen iguales y se tiende a votar al más vistoso del muestrario; hasta que dejan de parecer iguales y muchos se rebelan contra el mismo al que votaron, por las razones mismas por las que lo votaron.

Una versión calcada de la misma historia acaba de suceder en el Parlamento de Londres, cuando un eufórico Boris Johnson ha sido dejado en minoría por los mismos que lo apoyaban. Quizá quienes han actuado así estaban de acuerdo con un Brexit duro, pero no lo están con la suspensión del Parlamento, porque el Parlamento es una garantía para todos, tanto para los aguerridos como para los lánguidos. Rafa de Miguel, en elpais, comenta así lo ocurrido: «El primer ministro comprobó la fiereza con la que se revuelve un sistema parlamentario cuando ve amenazadas sus atribuciones.»

Una tercera variante viene ocurriendo desde hace ya algún tiempo. La declaración unilateral de independencia de Cataluña, el simulacro de referéndum del 1-O de 2017 y la idea adánica de que los vínculos de todo tipo con España se disolverían en el agua sin dejar huella, ha sido otro fortísimo empellón a las instituciones de un Estado que parecía dormido. Los impulsores de aquel disparate no contaron con la ley del tentetieso: cuanto mayor es la fuerza que se aplica para desestabilizar un sistema en equilibrio, tanto mayor es también la reacción tendente a devolver las cosas a su posición original.


martes, 3 de septiembre de 2019

"ESPAÑA SUMA", POR BULERÍAS


El procedimiento de enchufar el ventilador para esparcir la mierda tiene una sólida tradición en la estrategia comunicativa de la derecha española. Ahora Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes, las dos chicas de oro, han sido imputadas en la corrupción de la Operación Púnica. Pablo Casado ha dicho con desenfado que la noticia le duele, pero que eso es ya pasado en su formación. Como si el PP madrileño ya hubiese rendido cuentas y pagado religiosamente los perjuicios causados.

Ha solicitado además, y de pasada, el líder del PP la protección de la guardia civil cuando venga a Barcelona, para evitar el riesgo cierto de ser apuñalado.

A un alma inocente puede parecerle que las dos afirmaciones no tienen nada que ver, pero no es así. Las une un sólido hilo argumental.

La sabiduría popular predica que la mancha de la mora con otra verde se quita. La afirmación es bastante aventurada; lo menos que puede decirse de ella es que no está testada científicamente. Sin embargo, determinados ideólogos de la derecha la han utilizado por analogía para llegar a la conclusión de que una información negativa se contrarresta lanzando otra similar o más gorda en la dirección simétricamente contraria. La información asilvestrada que se emite a partir de esa premisa no tiene por qué ser cierta. El bulo y la verdad producen el mismo efecto mediático.

Por esa vía, una acumulación inusitada de malas noticias referidas al campo propio ha llevado a la derecha urgente al cultivo intensivo de la bulería.

No se paran en barras, según puede verse en un ejemplo reciente. “Periodista digital” titula así: «La amiguita de Pablo Iglesias, Ada Colau se va de vacaciones a una lujosa urbanización del Cabo de Gata.» Dado que Colau, abominada tanto por tirios como por troyanos, es la alcaldesa de la Ciudad Condal, en el texto se apostilla la noticia con un dato temporal: «… mientras agoniza Barcelona».

El ventilador se ha enchufado bien. Va directamente contra Colau, pero cita a Iglesias y establece entre los dos una relación equívoca: ella es su “amiguita”. Colau replica de inmediato: «Todo falso: ni Cabo de Gata ni lujosa urbanización. O rectifican o tendrán una demanda.»

La rectificación se produce en efecto, y es antológica. Este es el titular: «Ada Colau niega que haya estado de vacaciones en una lujosa urbanización de Cabo de Gata.»

O sea, puede que sí haya ido como nosotros afirmamos, pero lo niega. Nosotros no ponemos la mano en el fuego porque no haya ido, solo dejamos constancia de que ella dice que no ha ido.

Lo cual impulsa la bulería un poquito, solo un poquito más allá. Lo suficiente para desviar la mirada de Aguirre y Cifuentes, esa pareja de esforzadas lideresas sometidas por el sanchismo a un juicio político inicuo.

Mientras, Barcelona agoniza debido a las puñaladas traperas, al no contar con la protección implorada de la guardia civil.


lunes, 2 de septiembre de 2019

¿EN NOMBRE DE QUIÉN HABLA PISARELLO?


“Puesto que yo he sido elegido representante de los Comuns, eso quiere decir que los Comuns están representados por cualquier cosa que yo diga.” Es lo que debe de haber pensado Gerardo Pisarello, al declarar que su formación estaría dispuesta a formar parte de un gobierno de concentración independentista en Cataluña, ciscándose en la historia y la memoria del colectivo al que teóricamente representa.

Pues no, las cosas no van así. Si don Gerardo está personalmente dispuesto a convertirse en la tabla de salvación de un movimiento dividido, confrontado, desgarrado y políticamente fracasado, es cosa suya. Pero señalar con el dedo a las bases y decir, a lo Cardenal Cisneros, “estos son mis poderes”, no solo falta a la verdad más elemental, sino que es una mentira de muy escaso recorrido.

Ya han empezado los desmentidos, y es de suponer que irán en crescendo. Anoto lo que afirman JL López Bulla en el blog de aquí al lado, y Emma Riverola en elperiódico. Pisarello no va a contar con muchas complicidades en esa postura de totum revolutum hacia la independencia como sea y a costa de lo que sea.

Al mismo tiempo que Colau acusa al conseller Buch de torpedear a conciencia la seguridad de Barcelona con la finalidad exclusiva de moverle el sillón, Pisarello propone un gran abrazo fraternal a Buch en campo propio. No hablemos aquí del Tete Maragall ni del penoso espectáculo de las “putas, guarras, zorras”; omitamos (por favor) todo comentario sobre las recientes hazañas de Carles Puigdemont, Quim Torra y Roger Torrent, ese tridente letal. Con estos mimbres, parece sostener Pisarello, haremos el cesto más hermoso.

Preparémonos para un largo periodo de desobediencia civil, ha dicho en una entrevista reciente David Fernández, la conciencia íntima de la CUP, ahora solo militante de base. Qué quieren que les diga, no me convence pero tiene la virtud de hablar claro, por lo menos.

Proponer la concentración en el gobierno de Cataluña de un grupo no ya heterogéneo sino disparatado de fuerzas que rivalizan a degüello entre ellas para extraer las rentas muy depauperadas del viejo y ya sobreexprimido negocio del nacionalismo pujolista, es todo lo contrario de hablar claro. Involucrar de forma gratuita en esa operación dudosa a los Comuns, que es una organización atravesada además por sus particulares y muy fuertes contradicciones internas, es aún peor.

Es una desvergüenza.


domingo, 1 de septiembre de 2019

DEMASIADO GRANDE PARA CAER



Tumba de Lorenzo de Medici en la cripta de San Lorenzo, en Florencia; obra de Miguel Ángel.

En otro momento he comentado aquí lo que sucedió entre el gonfaloniere Albizzi y el banquero Cosimo de Medici, como ejemplo del poder ubicuo y subterráneo del dinero frente a los poderes llamados “públicos” (1). La lectura del libro de Paul Strathern sobre los Medici me proporciona otro ejemplo singular, el de un forcejeo entre la Banca y la Iglesia.

Francesco della Rovere, Sixto IV desde su elección como papa en 1471, fue una personalidad formidable. General de los franciscanos, filósofo y teólogo que mereció el sobrenombre de Doctor acutissimus, polígrafo, patrono de las artes (la Capilla Sixtina le debe su nombre). Desde el principio de su pontificado, se le atravesó en el gaznate la Banca Medici. Retiró su cuenta corriente de la institución para colocarla en el establecimiento de un sobrino, y negó a Lorenzo de Medici la petición de nombrar cardenal a su hermano Julián para poner en el cargo a otro sobrino.

No fueron movimientos casuales. Un historiador, citado por Strathern, dijo del papa Sixto que «elevó el nepotismo a la categoría de principio político». Fueron en total más de 25 los sobrinos y parientes que colocó en altos cargos; a ocho de ellos les hizo cardenales. Algunos, es difícil decir cuántos, eran más que sobrinos.

El Agudísimo se vio de este modo enfrentado al Magnífico, el muy joven Lorenzo de Medici, hijo de Piero el Gotoso, nieto de Cosimo el Viejo, y jefe entonces de la Banca Medici. Lorenzo no tenía ningún interés en topar con Sixto, pero el negocio es el negocio. Sus rivales florentinos, los banqueros Pazzi, perjudicados de alguna forma por sus maniobras, acudieron a Roma y presentaron allí sus agravios. Llegaron incluso más allá. Habían tramado una conspiración perfecta para asesinar a Lorenzo y Julián de un solo golpe, un domingo en mitad de la misa de doce en la catedral. El pueblo de Florencia les respaldaría en su gesto heroico para erradicar la tiranía. Deseaban la bendición papal para su plan. El Agudísimo les dio una respuesta de manual: miraré a otra parte, y si todo sale bien, entonces, no antes, os bendeciré.

El plan no salió del todo bien. Julián murió y Lorenzo fue herido en el cuello, pero consiguió refugiarse con un grupo de los suyos en la sacristía y atrancar las puertas de bronce. El pueblo de Florencia salió a la calle, pero no para celebrar el final de la tiranía sino para apoyar al Magnífico.

Los conspiradores se vieron forzados a huir pero fueron perseguidos y apresados. Los más significados fueron colgados desnudos de las ventanas altas del Palazzo della Signoria; entre ellos, el arzobispo de Pisa. Al saberlo, el Agudísimo montó en cólera, ¡eso era sacrilegio! Y emitió una bula de excomunión para Lorenzo, su familia, sus secuaces y todo el alto clero florentino. El popolo minuto se rio de la excomunión papal; el clero florentino replicó con una contra bula que excomulgaba a Sixto.

La cosa degeneró en una guerra en la que Milán, aliada tradicional de Florencia, cambió la casaca, y Venecia, con ambiciones propias en el tema, respaldó también a Sixto. La situación era apurada, solo Ferrara sostenía a Florencia porque Nápoles mantenía desde tiempo atrás una alianza firme con el papado. Ahí, sin embargo, localizó Lorenzo el eslabón débil de la cadena.

Escribió una carta a la Signoria explicando que se entregaba a sus perseguidores como único medio para preservar la paz y la prosperidad de su ciudad. Embarcó en una galera y marchó derechamente a Nápoles a ponerse en manos del rey Ferrante.

De haberse puesto en manos de Sixto, habría sido hecho picadillo; pero Ferrante se sintió admirado ante aquel gesto genuinamente magnífico. No tenía la menor intención de romper su alianza con Roma, pero no sabía qué hacer con aquel preso intempestivo que había venido motu proprio a colocarse en su poder.

Mientras Ferrante dudaba, Lorenzo no perdió el tiempo; su banca tenía oficina en Nápoles, y de la casa central de Florencia llegaron varias sustanciosas letras de cambio. El centenar de remeros esclavos de la galera que le había llevado hasta allí fue liberado, y cada uno de ellos recibió como regalo diez florines y dos mudas de ropa, para ir tirando. Lorenzo patrocinó festejos públicos, dotó a las hijas de viudas pobres para que pudiesen encontrar marido, repartió espléndidas limosnas. Estaba preso en teoría, pero Ferrante decía a todo el mundo que si no lo dejaba ir era por disfrutar más tiempo de su presencia.

De modo que Lorenzo aparecía de día por todo Nápoles sonriente, encantador, liberal con su bolsa, perfumado y vestido de gala; y por las noches, según confesión propia, no dormía roído por la inquietud.

Todo el asunto dio un giro dramático cuando el sultán Mehmet tomó por asalto Otranto y amenazó con extender sus dominios por la Italia del sur. Sixto predicó la cruzada y llamó a la unión de todos los estados cristianos contra el infiel. También a Florencia. De modo que el Magnífico pasó a ser un aliado imprescindible del Agudísimo, y tanto las bulas de excomunión como las órdenes de prisión fueron debidamente anuladas.

Mehmet falleció de pronto, y el nuevo sultán abandonó sus proyectos de expansión. La paz interna en Italia, sin embargo, se consolidó. La larga partida de ajedrez entre las dos potencias había concluido en tablas.



sábado, 31 de agosto de 2019

OTRO PARAÍSO PERDIDO



Imagen actual de la urbanización Costa Miño, en Miño, A Coruña. Fotografía de Óscar Corral, tomada de El País

No me digan que el Miño que yo conocí nunca existió. Pasamos allí los veranos del 74 y el 75, las familias completas de mi hermana Tere y la nuestra (cinco niños en total, ocho el segundo verano contando la aportación de otros parientes, que se sumaron atraídos por nuestra propaganda). El aire era límpido, el paisaje verde, la playa estaba aceptablemente desierta y propicia a toda clase de juegos, y enfrente de nosotros, al otro lado de la embocadura de la ría de Betanzos y delante de Sada, teníamos fondeado permanentemente el Azor, por si acaso le apetecía embarcar al Caudillo, que aún tuvo arrestos para viajar a Meirás los dos veranos (el del 75 sería el último). La rumorología local hablaba de un quirófano dotado con todos los avances de la ciencia e instalado en el interior del pazo, quizás con ánimo de intentar como último recurso una operación a lo doctor Frankenstein, que liberara al monstruo de las garras de la muerte y lo eternizara.

Desde la casa alquilada por el señor José, ferroviario jubilado, bajábamos todas las mañanas en coche (bautizado el Portamonas; el 75 se añadió un segundo coche, la Bastión) hasta el borde de la playa, alejada unos ochocientos metros del centro urbano. A la derecha de la carretera se extendían unos prados encharcados donde a veces pacían algunas vacas. Esa zona es la que aparece en la fotografía de arriba.

En la playa, el tiempo se hacía corto. Un atardecer, tanto se demoraba en ponerse el sol que nos pasamos de la hora de cenar, y de vuelta las niñas se quejaban de hambre.

A mediodía los mayores subíamos a almorzar al pueblo, en una casa de comidas llamada El Submarino, en la que estábamos a pensión. El menú del día empezaba invariablemente por un caldo gallego (lo servían en sopera, y si la acabábamos, traían otra), seguía con una bandeja de jambas, almejas o empanada de mejillones, y concluía con un plato de carne o de pescado acompañado de cachelos, pimientos y/o grelos.

He escrito adrede “jambas” y no gambas. Con esa fuerza puntuaba la letra “g” el señor Varela, el patrón, que presumía de que los domingos venía a comer a su establecimiento incluso gente de lujo (y eran de Lugo), y acusaba a los miembros de la Juardia de Franco de acollonar con exigencias a los comerciantes locales y comportarse en todas las cosas como unos “vajos y maleantes”.

Dedicábamos muchas tardes a excursiones a lugares vecinos: Puentedeume, con su extraordinario puente (de camino, en Perbes, mi cuñado José Manuel nos señalaba la entrada a la residencia veraniega del ex ministro, por entonces embajador en Londres, Manuel Fraga); el castillo de Andrade, centinela del mar; Betanzos, con sus tres iglesias románicas bellísimas; el majestuoso monasterio neoclásico, semiabandonado entonces, de Monfero; San Juan de Caaveiro, dominando la fraga del Eume y con resonancias siniestras para nosotros, porque en una de sus mazmorras visitábamos la celda con el orificio en el techo que daba paso a la terrible tortura de la “jota de ajua”; Ares y Mugardos, al norte, y Ferrol con su enorme puerto; y naturalmente, visita obligada, Santiago de Compostela y su maravillosa catedral rodeada de un conjunto monumental y un barrio antiguo tan bellos como pueda serlo la ciudad más bella del mundo.

Mediado el verano se celebraba en Betanzos la fiesta fluvial de los Caneiros, con barcas engalanadas que remontaban el río hasta un prado donde la romería derivaba en comilona y borrachera para los mayores, y bacanal para los jóvenes. Asistimos desde lejos a aquellos fastos, un tanto sobrecogidos por la voracidad de los apetitos de los gallegos de entonces, fuera de toda medida.

De vuelta en Miño, por la noche, nos recogíamos a veces en la Pousada do Mariñeiro, y cenábamos a base de raciones muy generosas de berberechos, pimientos de Padrón, chorizo frito, pan de borona y vino de Ribeiro. A lo largo del verano, cada parroquia celebraba su fiesta patronal y por lo común se celebraba con sardiñadas épicas al aire libre. Mi hijo Carlos, de dos años y recién estrenado en el duro oficio de andar sobre solo dos patas, se especializó en la suerte de acercarse solo y con cara de pena a mirar a las familias sentadas sobre manteles en la hierba o en la arena. “¡Mírale el rapaciño, tiene fame!”, decían las matronas con la enorme empatía y generosidad que, al menos entonces y seguro que ahora también, las caracterizaba. Y cada cual le daba una o dos sardinas asadas extra, con lo que al final de la jornada él redondeaba un número extraordinario de capturas.

Miño era en aquel tiempo un paraíso natural, un lugar de abundancia y de alegría. Arriba queda constancia de en qué lo ha convertido la especulación urbanística puesta en marcha por Fadesa y otros consorcios. El alcalde actual arrastra una deuda de más de 30 millones de euros, que se esfuerza por obviar sin dejar de pagarla.

Pero aquel Miño existió. Doy fe.


viernes, 30 de agosto de 2019

AMOR Y PEDAGOGÍA


No estoy hablando de la desgarrada “nivola” de don Miguel de Unamuno, sino de las dos virtudes cuya ausencia está refulgiendo con luz propia en las relaciones entre el PSOE y Unidas Podemos, dos formaciones condenadas en principio a entenderse, pero que a pesar de ello, y de tener conciencia exacta de ello, aprovechan cualquier mínima oportunidad para desentenderse recíprocamente un poquito más.

En el caso presente ha sido la aparición de Carmen Calvo en el Congreso para explicar la gestión de la crisis del Open Arms. Cayetana Álvarez de Toledo, desde la bancada del PP, ha celebrado la ceremonia de la confusión al sostener que el sanchismo es igual al salvinismo. (De eso nada, monada. El salvinismo te cae de lo más bien, y el sanchismo todo lo contrario. No te líes tú, que a nosotros no nos vas a liar.)

Más grave es que, de forma simultánea a la reclamación que Pablo Iglesias está haciendo al PSOE del mismo (oigan, ¡el mismo!) pacto de legislatura que rechazó en julio con aspavientos, su formación se alinea con la derecha en el ataque frontal a la gestión de la crisis de los refugiados por parte del gobierno.

Falta amor y falta pedagogía en la relación entre las dos izquierdas, la que ocupa el gobierno y esperamos que por mucho tiempo (la alternativa es peor), y la que legítimamente aspira a participar en él.

Pero, como señaló el socialista Rafael Simancas en el curso de la sesión, «no se puede ser gobierno y contragobierno a la vez», y todos tenemos la sensación de que una cosa así ─ o parecida ─ es lo que pretende Unidas Podemos en esta coyuntura.

Noelia Vera, portavoz de UP, reaccionó de forma destemplada a la indicación de Simancas. Acusó al PSOE de tener dos caras, lo cual no deja de ser un indicio de que su formación querría entrar en el gobierno junto a una tan solo de las dos caras de su coaligado, y estaría en cambio claramente en contra de “la otra”.

Y respecto del trato que recibe su formación por parte del gobierno, lo calificó de «paternalista, prepotente y de superioridad moral». Pedagogía escasa, y ningún amor, por ambas partes.

Joan Baldoví, portavoz de Compromís, dio en el clavo al señalar que en Italia el PD y M5S han sido capaces de superar en 20 días una desconfianza tan aguda, por lo menos, como la que aquí nos tiene empantanados desde hace 120.

Lo que ambas formaciones italianas han tratado de evitar es justamente el ascenso del salvinismo rampante que la insensata Cayetana adjudica frívolamente al “sanchismo”, agraviando de ese modo al político europeo que mejor se acomoda a las políticas de su propio grupo y a las de sus amistades más peligrosas en el interior.

No es tan difícil, pienso, extraer las analogías oportunas y aplicarlas a nuestra situación. Los números en el parlamento son los que son: la derecha energuménica no está derrotada definitivamente ni en Italia ni en España. Serán el juego de los mecanismos democráticos, por un lado, y la puesta en práctica de políticas inclusivas por otro, lo único que podrá desactivar la presión insistente de quienes están reivindicando el orden público con la finalidad última de asentar con mayor firmeza la injusticia.


jueves, 29 de agosto de 2019

YA NOS PELEAREMOS LUEGO


La frase es de Matteo Renzi. Ante el órdago del otro Matteo (Salvini), que rompió a la brava el gobierno de coalición con la pretensión de ir a nuevas elecciones en las que mejorar sus apoyos, el ex patrón del Partido Democrático italiano ha apoyado la entrada del PD en el gobierno con un pacto de programa con el M5S (un mal menor pero un mal de todos modos, como señala en su bitácora de aquí al lado JL López Bulla [*]; o dicho de otra forma, un sapo que tragarse con mucha salsa barbacoa y sin hacer demasiados ascos), dejando para más tarde la áspera controversia que mantiene con Nicola Zingaretti por la dirección del maltrecho aparato del partido.

El razonamiento de Renzi es impecable, lo que no impide que siga siendo un cabrón con pintas. Ocurre que en la política práctica nunca se produce una transfiguración como la del Monte Tabor, donde Cristo se apareció a sus discípulos envuelto en el esplendor de la gloria celestial y con Moisés a un lado y Elías al otro. Las cosas, aquí abajo, siempre se dibujan en matices mucho más difuminados, de un gris más bien sucio, y no dejan espacio para otra alternativa que la de optar por el mal menor. El arte de la política tiene todo que ver con saber elaborar programas magníficos en el laboratorio o el think tank, y luego, en el trantrán de la vida cotidiana, seleccionar primero y adoptar después aquel mal menor que se percibe intuitivamente como el menos malo de los posibles, el que por lo menos no cierra puertas que se desean abiertas ni impide pequeños progresos parciales (“microsoluciones” las llama Joan Coscubiela) capaces a medio plazo de ampliar un poco el horizonte de las expectativas.

Me refiero a las expectativas colectivas, sociales; no al listón particular que se marcan las ambiciones acrecidas de los políticos, así las legítimas como las ilegítimas.

Tienen que trabajarse mucho aún ese librillo del mal menor tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias. No es una receta recomendable dar por sentado que en el cotarro estoy en primer lugar Yo, el macho Alfa, marcando tendencia y comportándome con modos de autócrata, y en un lejano segundo plano un amplio coro de figurantes que no van a tener más remedio que ir por donde Yo les indique.

Es posible ver ahora mismo esa precisa concepción de la política en el otro órdago del británico Boris Johnson, que se ha puesto el Brexit por montera arrastrando al descrédito a la Queen, que es tan idiosincrática en ese país, y enfrentándose a un único asalto con los conservadores moderados, los laboristas juiciosos, los escoceses, los irlandeses, la iglesia anglicana y el sursum corda.

La democracia, en un aprieto tan duro, se apresta en estos momentos a ocupar la última trinchera de la legalidad, con la intención de defender las instituciones centenarias de la embestida cerril del Pájaro Loco.

Puesto a hacer un pronóstico de la situación, yo, que soy un optimista histórico, me inclino por pensar que prevalecerá la democracia, y asistiremos sentados a la puerta de nuestras casas al paso de las pompas fúnebres del niñato pijo británico que no quiso crecer.

Lo mismo pasará tarde o temprano con el órdago del furibundo Salvini. Y asimismo debería ser esa la salida de las difíciles negociaciones entre Pedro y Pablo por una solución que no será la que ninguno de los dos quería al principio.