viernes, 20 de marzo de 2020

LOS RODIOS EN LA ILÍADA



Vista del sitio arqueológico de la “blanca Kámiros” desde la acrópolis de la ciudad. Al fondo, el mar de los estrechos. Enfrente se adivina la costa turca.


Estoy aprovechando la cuarentena para una vuelta a los orígenes: he empezado a releer la Ilíada. No es mi epopeya homérica favorita, de todos es sabido mi entusiasmo por la Odisea. Pero tiene su encanto.

Vean por ejemplo la exhibición de Zeus como macho alfa en el Olimpo. La ninfa Tetis le ha pedido que, sin perjuicio del resultado final de la guerra que está ya cantado, deje a los de Héctor dar un buen meneo a los aqueos, debido a que Agamenón ha ofendido a su hijo Aquiles arrebatándole de su tienda a la esclava Briseida (entonces el “no es no” no había asomado aún en el horizonte; las doncellas formaban parte del botín de guerra, y no se les pedía su opinión en lo que se refiere a compañía sexual).

Zeus duda porque sabe que el tema le va a costar una bronca con su santa, Hera “la de brazos nevados”; pero al final accede. En efecto, Hera le hace una escena de celos delante de todos los dioses: su corazón “tiene miedo de que ahora hayas sido seducido por Tetis, la de pies de plata”. Y esta es la respuesta de Zeus “el que nubes reúne”:

«Si lo que tú sospechas es cierto, será que me es grato.
Pero siéntate y cállate ya y mis palabras acata,
no sea que no te valgan los dioses que tiene el Olimpo
si me acerco y encima te pongo mis manos invictas.»

No lo habría dicho con más claridad Harvey Weinstein.

De modo que Zeus envía a su mensajera Iris a comunicar a Agamenón un sueño engañoso: si da batalla el día siguiente, rendirá Troya “la bien murada”.

El ejército griego se alinea en la playa, cada grupo delante de sus naves, y Homero pasa revista a todos. Me interesa en particular lo que cuenta de los rodios. Mis dos nietos nacieron en Rodas, en el “nosocomio” (hospital) situado en alto, cerca del yacimiento que guarda los restos de la acrópolis de Yalisos, uno de los tres reinos antiguos asentados en la isla (los “reinos” eran entonces poco más que ciudades con su hinterland correspondiente).

Así describe Homero el despliegue bélico (la “traslación en verso” es de Fernando Gutiérrez. Mi edición es la de José Janés, editor, 1953):

«El valiente y de cuerpo robusto Tleptólemo Heráclida,
desde Rodas llevó en nueve naos a los rodios violentos.
En tres grupos había ordenado a los hombres de Rodas:
los de Lindos, Yalisos y también de Kamiros la blanca.»

Cada nave podía transportar a un máximo de ciento veinte guerreros, de modo que los rodios presentes ante Troya eran poco más de mil, trescientos y pico por reino.

En siglos posteriores, en la época de la talasocracia ateniense, los reinos de Rodas quedaron demasiado expuestos a las incursiones desde el mar; en particular Kámiros, una ciudad construida en anfiteatro y sin protección hacia el mar porque la fortaleza estaba situada al fondo, en la parte alta.

Los tres reinos se fundieron en uno, con capital en Rodas, ciudad dotada de un buen puerto natural, vecina a la antigua Yalisos, y con defensas naturales prácticamente inexpugnables, descontado el famoso Coloso que vertía fuego sobre los barcos enemigos que se acercaban. 

Lindos fue también fortificada, y en su peñascosa acrópolis tuvieron durante la Edad Media los monjes hospitalarios una de sus encomiendas principales. Kámiros, la más débil de las capitales, fue abandonada y hoy es, por paradoja, la mejor conservada de las tres ciudades antiguas.


jueves, 19 de marzo de 2020

LO PÚBLICO Y LO ESTATAL



Ada Colau.

Suscribo al ciento por ciento el tuit de la alcaldesa de Barcelona Ada Colau en el que critica una expresión deslizada por el presidente Pedro Sánchez en su discurso sobre las medidas tomadas contra el coronavirus.

En sustancia, Colau afirma que no es el Estado lo que se debe reforzar en esta situación, sino “lo público, lo común”. Algunas personas han retrucado que lo público y lo estatal son lo mismo. No lo son. Uno ha llegado a decir que eso se enseña en primer curso de Ciencias Políticas. Si es así, se enseña mal.

Es un hecho constatado que, en el pensamiento de la izquierda, hubo un momento en el que Marx fue sustituido a la chita callando por Lassalle, y del gran objetivo de la revolución social se pasó al atajo dudoso de la conquista del Estado, para que fuera el Estado, desde arriba, quien llevara a cabo la revolución soñada. El Estado, una superestructura, sustituía de ese modo a la sociedad y le servía en bandeja, ready-made, la revolución necesaria.

Lo que se perdía en ese esquema era, en primer lugar, la libertad. La libertà viene prima, tituló Bruno Trentin una de sus obras básicas. Y los lectores tienen desde ayer la oportunidad inapreciable de paladear, en el número 18 de Pasos a la Izquierda, un estudio espléndido de Norberto Bobbio sobre el liberalismo y el Estado. El primer liberalismo, señala Bobbio, se dirigía contra el despotismo ilustrado. El segundo liberalismo, ominosamente llamado “neo”, se dirige contra el Estado democrático. Conviene señalar al respecto que el Estado solo es democrático si se construye de forma subversiva, y no jerárquica; es decir, si se construye de abajo arriba y no de arriba abajo.

Yo diría que hace falta una teoría del Estado más afinada, en el primer curso de Ciencias Políticas y, cosa más importante, en la praxis política de las izquierdas. He rebuscado entre viejos escritos y he encontrado lo siguiente, publicado en mi blog el 15.7.2014. Por entonces José Luis López Bulla había emprendido la traducción del libro La sinistra de Bruno Trentin, de Iginio Ariemma, que publicaba por entregas. Yo las seguía fielmente y añadía comentarios por mi cuenta. Bruno Trentin fue un gran heterodoxo, un comunista libertario y un sindicalista preocupado en primer lugar por las personas y sus derechos, y a continuación por la dignificación del trabajo y por su ascensión del reino de la necesidad al de la libertad. No en un futuro lejano, la aclaración es importante; sino como utopía cotidiana.

Esto es, entonces, levemente adaptado, lo que escribí en julio de 2014:

«En la construcción de Trentin, la vida social es un despliegue dialéctico que parte de la libertad de la persona y se proyecta hacia su autorrealización. Persona, en esta concepción, no es lo mismo que individuo. El individuo está aislado en medio de la multitud; la persona es en sí misma un nudo complejo de relaciones, vive en función de otros y es ella misma indispensable para la vida de otros. Las personas están unidas entre sí y a través de las generaciones por un cemento peculiar que da cohesión al conjunto. Ese cemento es la solidaridad. Como ha recordado Alain Supiot, el término solidaridad remite a “solidez”, a cohesión. Frente al Leviatán, como lo llamó Hobbes, o la “máquina” del Estado en expresión de Bakunin, el individuo está aislado e inerme, y en cambio, para utilizar una formulación clásica, un pueblo unido jamás puede ser vencido.

En el pensamiento de Trentin los derechos no están dados, no se reparten graciosamente a la multitud desde la torre del homenaje, como los panes y los peces de una distribución milagrosa. Los derechos se conquistan desde abajo. Y las conquistas no son eternas, sino peligrosamente reversibles. Las leyes cambian (¿o es que no lo vemos? Están cambiando todos los días, y para peor.) La única garantía de los derechos sociales y de ciudadanía es la cohesión social, o dicho de otra forma, la solidaridad. Uno de los vehículos más importantes de esa solidaridad arraigada en el fondo de la sociedad, es el sindicato. La solidaridad ha de ser precisamente una de las funciones capitales del sindicato, y esa característica excluye de raíz la idea misma de un sindicato "para" los trabajadores (exterior a ellos) y, con mayor razón, la de un sindicato sólo para los afiliados. El sindicato nace de abajo, de la cohesión social, y a partir de ahí construye su autonomía (que debe amoldarse, pero no someterse ciegamente, al imperio de las leyes). La autonomía, finalmente, es necesaria para poner a punto un sindicato que sea instrumento eficaz de emancipación social, es decir de autorrealización.

Un equívoco particular, muy extendido hasta hace pocos años, acerca de la solidaridad, consiste en localizarla – en una especie de delegación – en los servicios y las instituciones del llamado Estado social. El equívoco consiste en imaginar que esos admirables servicios e instituciones son por naturaleza una providencia universal, atemporal y sempiterna. Ni siquiera la fragmentación social cada vez más profunda, la extensión de los egoísmos y las reacciones corporativas y xenófobas más estrechas, y la misma quiebra estrepitosa del Estado social, han conseguido modificar esa percepción. ¡Cómo, no faltaba más! ¡Ni un paso atrás! Que el Estado siga ocupándose de lo que nosotros nos vamos desentendiendo.

Y así seguimos reclamando el fuero, el cascarón vacío de una providencia estatal, mientras damos por perdido el huevo, a saber la centralidad del trabajo como elemento vertebrador de la sociedad, y la solidaridad como cemento que mantiene la cohesión y ejerce de plataforma de despegue de nuevos derechos y conquistas sociales.»


miércoles, 18 de marzo de 2020

FORMAS DE NEGACIONISMO



Galileo Galilei ante un tribunal negacionista. Grabado antiguo.


Pablo Casado está acusando al gobierno de haber asumido demasiado tarde un problema cuya existencia él mismo negaba.

En una apretada síntesis, lo que está negando Casado es tanto el problema como la negación del problema.

Niega sobre todo al gobierno. El gobierno lo hace todo mal, por principio.

Es una forma de contemplar la realidad. La Iglesia católica excomulgó a Galileo y quemó los libros de muchos científicos (a veces, a los científicos también) que afirmaban que la Tierra no era el centro del universo. Los teólogos partían de un prejuicio: manejaban una interpretación del mundo lista para usar, antes incluso de conocer los datos reales del mundo.

Pablo Casado no parte tanto de un prejuicio como de una posverdad, pero los efectos son los mismos: si este gobierno es malo, si no es lo que España necesita, cualquiera de las propuestas que haga y de las medidas que tome, será perjudicial e inadecuada. Y como manifiestamente el gobierno se está comportando de una forma idónea ante el problema del coronavirus, incluidos los miles de millones de euros puestos a disposición de la crisis sanitaria, social y económica, la única salida posible para la oposición es declarar que lo inadecuado ha sido el momento de tomar la decisión que su partido jamás habría tomado.

Casado es como la señora de un viejísimo chiste de Gila, la cual ponía peros a todas las formas posibles de limpiar la lámpara del salón. La criada se quejaba así: «Si me subo en las sillas, que las mancho; si me subo en el señorito, que le hago pupa…» Nada, que no había manera.

Los dos modelos de éxito que guían a Pablo Casado hacia el poder son José María Aznar y Donald Trump. Los dos son al mismo tiempo negacionistas, y convencidos de que es posible fabricar una “realidad” adecuada y convincente mediante la propaganda. Aznar y sus amigos Bush y Blair encontraron pruebas virtuales de que Saddam Hussein tenía en su poder armas de destrucción masiva que no existían. Eso les permitió rediseñar a su gusto todo el Oriente Medio. Lo dejaron bien arreglado, no hay más que ver cómo está ahora. Pero no vayan a decírselo a Aznar, ni a Trump: ellos no ven más que lo que quieren ver, y solo aceptan lo que de antemano aceptaban como cierto.

Si Casado estuviera al frente del gobierno, la pandemia sería la misma pero los medios llamados de comunicación ─en realidad, medios de propaganda─ silenciarían las víctimas y todos viviríamos más consolados: aquí sí que estamos bien y no en China o en Italia, aquí todo se reduce a unos hilillos de plastilina.

Son formas de negacionismo. A muchas personas les gustan; si no, no se explica tanto voto a la ultraderecha del autobombo.


martes, 17 de marzo de 2020

HACIA UN NUEVO MODELO DE DESARROLLO



Fotografía de “portada” del no 18 de Pasos a la Izquierda.


El milagro ha vuelto a producirse; está en la red un nuevo ejemplar digital, el número 18, de la revista Pasos a la Izquierda, tal y como nos lo ha anunciado oportunamente su profeta Javier Aristu. Es un buen momento para leer despacio lo que ahí se ha reunido laboriosamente, y tomar algunas notas sustanciosas de lo que se va leyendo. Las notas manuscritas o electrónicas depositadas en un soporte adecuado son como los estantes de un armario ropero en el que ordenamos nuestras pertenencias ─pocas o muchas─ a fin de tenerlas a mano siempre que las necesitamos.

Comento aquí y a bote pronto lo que me parece más urgente: la explicación que hace Gaetano Sateriale ─un amigo─ del Piano del Lavoro, del que es responsable oficial en la dirección de la CGIL italiana. Este “Plan del Trabajo” es una iniciativa sindical a largo plazo que va más allá de la defensa inmediata de los puestos de trabajo realmente existentes, porque apuesta no solo por la resistencia sino además por la alternativa; por una alternativa propia del sindicato, discutida y elaborada desde abajo.

La propuesta sindical italiana no se limita a negociar “lo que se pueda” con las instancias que tradicionalmente se encargan de programar el desarrollo (gobierno y patronal, por antonomasia), sino que entra a discutir de entrada la mayor, y a señalar de forma contundente: esto es lo que el país necesita, esto es lo que nosotros queremos que se haga, por esto y no por otra cosa estamos todos a una dispuestos a arrimar el hombro.

En pocas palabras, el Plan apuesta por un nuevo modelo de desarrollo económico para Italia y para Europa, centrado, explica Sateriale, «ya no en los consumos y en la producción de bienes duraderos, sino en las exigencias ─las necesidades─ de las personas, de las comunidades y de las áreas geográficas en las que viven.»

Es decir, lo que se propone es cambiar la orientación y los puntos cardinales del mapa del desarrollo, y darle un sentido nuevo. El objetivo ya no es engordar el PIB (el mentiroso, el puto PIB, que cuando el capitalista se come dos pollos y yo ninguno, declara que él y yo nos hemos comido un pollo “per cápita”, y me felicita por haber mejorado mi dieta).

El objetivo son las necesidades reales de las personas reales. Y como las personas no viven del aire y en el aire, ni de las estadísticas y en las estadísticas, esas necesidades incluyen las comunidades humanas y los territorios en los que se asientan. Tanto los territorios superpoblados con problemas de gigantismo y de contaminación, como los territorios vacíos con problemas de falta de infraestructuras vitales: esos lugares marginales que los economistas dan ya por perdidos y esconden debajo de la alfombra y detrás de las estadísticas cuando echan sus cuentas.

Una gran idea, un Plan del Trabajo para potenciar la igualdad y un desarrollo armonioso y sostenible. Una idea que necesariamente se puede asumir y desarrollar también aquí, en España y en sus autonomías.

Lo que Sateriale dice de Italia lo encuentran en https://pasosalaizquierda.com/el-potencial-innovador-del-piano-del-lavoro/.

Buena y provechosa lectura.


lunes, 16 de marzo de 2020

EL REY SE DESHEREDA



Un mapa meteorológico.


Sostiene Carles Puigdemont que el monarca Felipe VI ha elegido para “soltar el lastre” de la institución que representa un momento en el que todo el mundo está pendiente de otra cosa. De ese modo, supone el hombre de Waterloo que Felipe supone que se notará menos.

Piensa mal y acertarás, reza la sabiduría popular. Pero eso no ocurre siempre ni necesariamente. Puigdemont ha pensado mal de Felipe, y probablemente tiene razón en lo que se refiere a que algo “va mal”. Pero creo que no acierta en la diana.

Por dos razones. La primera, que este no ha sido un momento “elegido”. No había otro. No han sido los tribunales españoles los que han manejado los tiempos de este embrollo. Con eso contaba seguramente el Emérito, pero el escándalo viene rodado desde fuera, y los titulares y las primeras planas no son los de los medios nacionales (que siguen tratando el asunto con pinzas) sino los de los medios extranjeros. Medios muy cualificados, además; imposibles de soslayar.

Entonces, segunda razón, yo diría que el paquete de medidas adoptadas ha sido negociado. Con rigor, pero también con mucho apresuramiento, con buenas dosis de ataques de nervios tras las bambalinas, y contra el reloj. Según todos los síntomas.

Es decir: el gobierno (o más propiamente, la parte gubernamental de obediencia del PSOE, mientras que UP presionaba en otra dirección) frenó la comisión de investigación parlamentaria, pero dejando claro que no se trataba de una concesión gratis et amore. Se impusieron deberes a la institución monárquica desde los distintos centros de poder institucionales y fácticos, y Felipe, presumiblemente, buscó una salida del atolladero consensuada con su padre.

El padre, poco margen tenía para negociar: lo han pillao, con el carrito del helao. Su papel habrá de ser aguantar el chaparrón a pie firme, y callar a toda costa, incluso en cuanto a peticiones públicas de perdón como la que se sacó de la manga cuando el asunto de los elefantes de Botswana y la pierna rota.

Ni siquiera le queda el consuelo de Corinne, irritada también con su comportamiento autosatisfechamente campechano.

El hijo, por su parte, se esfuerza en desgajar la rama manifiestamente podrida, como ocurrió antes con Udangarín, para salvaguardar en la medida de lo posible la institución, la Constitución y el puesto de trabajo futuro para su hija Leonor.

Que lo consiga o no, es otra cosa. Hace unos cuantos años este país era una balsa de aceite, y se podía apostar con confianza por una dirección determinada de futuro.

Ahora corren tiempos revueltos, y el cambio climático en curso no afecta solo a la meteorología.


EL TORRA DE PAPEL HIGIÉNICO



La pequeña Torre de Babel, obra de Pieter Brueghel el Viejo. Museo Boymans-Van Beuningen, Rotterdam.


Los grandes mitos se sobreviven a sí mismos. Cuando Yavé decidió que la humanidad que Él había creado en aquel fatídico sexto día no le gustaba, envió un Diluvio para acabar con todos. Noé y familia se salvaron gracias a una segunda residencia espaciosa y flotante. La humanidad post-Noé reaccionó tratando de construir una gran torre que sobrenadase cualquier nuevo diluvio potencial, lo que obligó a Yavé a diseminar entre los constructores una confusión de lenguas que fue el inicio de los populismos nacionalistas, y el final de un duro esfuerzo unitario de los hombres y las mujeres hechos de barro del Edén por sobrevivir a los dioses vengativos.

Hoy las cosas van más o menos por el mismo camino. Las gentes huyen del coronavirus como del diluvio, y buscan la salvación en lugares elevados como la Cerdanya, o la sierra madrileña, o las cercanías del Peñón de Ifach. Otros han dado en la fantasía de que el virus es cosa de fuera, y que basta cerrar la patria a cal y canto para que las fuerzas oscuras de Wuhan y de Madrid no puedan prevalecer contra las legiones angélicas de los CDR.

Frente a la Torre de Babel tenemos hoy al Torra de Papel (higiénico). Firmes en su fe, los indepes de raza no desfallecen y se disponen a cerrar las puertas a la avalancha de fuera. Una república nostrada y una sanidad privada propia y de pago para que la purria no la contamine, serían los dos brillantes escudos capaces de poner coto a la invasión de esos publicanos que andan ahí dándose grandes golpes de pecho y con los que, gràcies a Deu, nosaltres no tenim res a veure.

Torra ha sido el único representante autonómico que ha dicho “No” al esfuerzo común para atajar y superar una pandemia que no ha sido generada por Madrid y de la que Madrid está resultando la presa predilecta (tres de cada cuatro fallecimientos, en una Comunidad que se había propuesto a sí misma como “modelo de éxito”).

Se ha entendido todo al revés. Este no es el fin de la Historia, que profetizó Francis Fukuyama. El coronavirus será incluido pasado un tiempo en los inputs que alimentan los algoritmos que descifran las necesidades de nuestro mundo. A la espera de que ello ocurra, puede anticiparse que la creación de nuevas fronteras no conduce a ningún monte Ararat virtual, y que la única sanidad eficaz solo puede ser universal porque, en un mundo cada vez más intercomunicado de modo cada vez más irreversible, las pandemias se han hecho transversales y no hay barreras de clase que sancionen a los indigentes y permitan en cambio librarse a quienes tienen medios para costearse su parcela privada de salud.

Torra de Babel, tigre de papel. Cuanto más tarda este irresponsable en convocar elecciones, más se acentúa su desprestigio.


domingo, 15 de marzo de 2020

LAS DESGRACIAS UNEN, PERO NO MUCHO



Un coche de bomberos del parque móvil de Madrid.


Anoche a las diez salimos Carmen y yo al balcón a aplaudir a quienes se desviven por ayudarnos, las mujeres y los hombres de la sanidad pública; y no fuimos los únicos. Había un eco confortante de plasplás a lo largo de la calle Diputación. Nos hizo sentir aquello más solidarios y menos solos, menos encerrados en casa con un solo juguete.

Las desgracias unen a las personas. Descuento a los “cuñaos” y los Ánsares, los que pontifican desde la seguridad teórica de sus segundas residencias que los bomberos llegaron tarde, después de haber afirmado hace cuarenta y ocho horas que tanta alarma era infundada. Con el mismo cuajo, antes y ahora.

Pero lo realmente importante en esta cuestión no es que todos nos sintamos unidos de pronto en la adversidad. Eso es simplemente humano. El gran tema es seguir unidos cuando haya desaparecido la adversidad sobrevenida (sucederá; esta cuarentena no es aún el fin del mundo).

Lo importante será seguir unidos contra otras adversidades menos detectables a primera vista, y en torno a perspectivas de futuro que solo será posible alcanzar a partir de la unión. Seguir unidos para avanzar a pesar de diferencias de criterio, de enfoque, de valoración.

Madame Lagarde se ha visto obligada a rectificar después de mostrarse insolidaria en su alta función bancaria. Le preguntaron qué haría el BCE si el coste de financiación de los Gobiernos se dispara por el frenazo ocasionado por el coronavirus, y contestó: «No estamos aquí para reducir las primas de riesgo. No es la función del BCE. Hay otras herramientas y actores que pueden abordar estos asuntos.»

Esa respuesta fue un desastre sin paliativos, un error no forzado, comenta Luis Doncel hoy en el país. Las bolsas de valores financieros se hundieron. Pero los valores humanos se habían hundido mucho antes, y nadie señalaba el tremendo error. Nadie señalaba que la solidaridad, la decencia, el reconocimiento de los derechos de las personas, el pacto social a largo plazo, estaban llegando demasiado tarde a la cita para un mundo de progreso sostenible.

Los bomberos siempre llegan después de que se hayan consumido ya en el fuego cosas muy importantes.


sábado, 14 de marzo de 2020

LAS LANZAS Y EL CABALLO



Las lanzas revelan más que ocultan el paisaje por encima de la grupa del caballo, con el general Ambrosio Spínola a la izquierda y el autorretrato de Velázquez a la derecha. Museo del Prado.


En la colección de insensateces que nos traen los medios todos los días se incluyen hoy la propuesta de ANC y Quimtorra de separar a Catalunya del Estado por la urgencia del coronavirus, y así vamos adelantando camino hacia la independencia por otros motivos; y de otro lado, un artículo (en elpais) sobre Antonio Gramsci como inspirador de los populismos y de la derecha radical. Lo mismo podría decirse del atomismo de Demócrito, de la Lógica de Aristóteles y de la Física de Newton. Quien toma los rábanos por las hojas siempre aprovecha que el Pisuerga pasaba por Valladolid; cosa muy distinta es culpar a Valladolid de las insensateces propias.

Pero no voy a hablar de eso hoy; me es más urgente una reparación debida. Ayer entré en polémica con José Luis López Bulla sobre un suceso viejuno en el que mi memoria está absolutamente en blanco. Él dice que yo hablé (con tino, añade) sobre el cuadro de las Lanzas delante de un grupo de delegados de Comisiones Obreras, en ocasión de uno de tantos viajes como hacíamos a la capital en autocares de línea o en tren expreso. Yo no lo recuerdo, pero me he pasado tres pueblos al sostener que nunca ocurrió. Bien pudo ocurrir, su memoria lo certifica.

Hablé ayer de un acto en la plaza de toros de Carabanchel. Lo dije al tuntún y José Luis lo desmintió: nunca hicimos un acto en esa plaza.

En efecto. Mi recuerdo es más bien el de una instalación deportiva al aire libre. Ocupamos las graderías hasta abarrotarlas. Cantamos y ondeamos banderas. Durante dos horas nos sentimos invencibles. No pensábamos que podíamos hacer cualquier cosa que nos propusiéramos, pero sí que teníamos un peso específico, que era obligado para todos contar con nosotros.

Es seguro que consumí varios carajillos para sobrellevar la fatiga, durante el viaje y en Madrid. Comíamos de bocadillo, nadie nos pagaba dietas ni gastos extra, y al final del día todo eso se notaba. Yo tenía en aquella época accesos recurrentes de fiebre y un principio de úlcera. No es extraño que no recuerde absolutamente nada de la escena del Prado.

Sí sé lo que pude decir delante del cuadro Velázquez; lo que digo siempre, en eso no improviso.

Alguien debió de preguntar por qué estaba colocado ese caballo en primer plano tapando la escena, y yo debí de contestar que ese caballo en escorzo era el vector que convertía un espacio plano en otro tridimensional.

Velázquez fue un magnífico pintor de caballos. Donde el Tintoretto puso un perro (1), y Goya habría puesto seguramente a un niño, Velázquez colocó un caballo porque amaba los caballos.

Pero su preocupación esencial era la construcción de un espacio figurado: los campos de los Países Bajos en guerra como fondo de la escena simbólica en la que el genovés al servicio de la Corona española Ambrosio Spínola recibe las llaves de la ciudad de Breda en medio de un grupo de personajes, algunos de los cuales miran hacia el retratista.

Es magia. En las Meninas la magia es aún más evidente. En tiempos tenían el cuadro en una sala pequeña, con un espejo en un rincón para mirar la escena del revés y comprobar que los personajes estaban vivos. Luego vino el turismo de masas y aquella disposición particular se hizo imposible. Luego vinimos nosotros, el grupo de las Comisiones, antes de tomar un autocar de vuelta que nos dejaría en casa a las tantas de la madrugada.

No recuerdo en absoluto la visita, pero me fío de la memoria de José Luis.




viernes, 13 de marzo de 2020

JEAN RANC



“Vertumno y Pomona”, obra de Jean Ranc, Museo Fabre de Montpellier.


Las cuarentenas forzosas perjudicarán la afluencia de visitantes a la exposición temporal del Museo Fabre de Montpellier dedicada a “Jean Ranc, un montpelliérain à la cour des rois”, que resigue la carrera del artista (Montpellier 1674 – Madrid 1735) desde sus inicios en el taller de su padre Antoine, pasando por el aprendizaje en la Academia real de pintura y escultura, hasta sus años de París y Madrid, como retratista de aparato de los reyes de Francia y de España. El Prado ha sido uno de los principales contribuyentes a la colección que se exhibe ahora en Montpellier, pero es raro que alguien vaya al Prado a ver en particular los cuadros de Ranc, por ejemplo el gran retrato ecuestre de Felipe V o el delicioso del infante Carlos, futuro rey de Nápoles primero y de España después.

¿Por qué? Porque la colección del Prado cuenta con tantas obras descomunales de primerísimo orden que acaban por oscurecer los méritos de artistas que gozaron en vida de predicamento y contaron con la admiración y los encargos del distinguido público de las cortes reales, el único que estaba entonces en situación de ejercer de mecenas y asegurarles un estipendio desahogado como algo parecido a “valets de cámara” especializados.

Frente a las colecciones permanentes de los grandes museos, que ocultan tantos talentos como los que exhiben para visitantes apresurados, muestras como la de Ranc en el Museo Fabre, o como la de los retratistas holandeses de la Thyssen (que contaba con ver, pero seguramente ya no veré dada la inmovilidad a que nos someten los rápidos estragos de la pandemia), dan amplitud y fondo de armario al vademécum que todos llevamos en mente, un canon según el cual el Gran Arte se reduce a unas pocas docenas de grandes nombres, entre Leonardo y Picasso pasando por Goya o Rembrandt.

Observen el gesto delicado de la rozagante Pomona para sostener su parasol, envuelta en una tela flotante y luminosa de raso, mientras Vertumno la mira con arrobo. En España Jean Ranc desplegó también su arte cortesano, amable y luminoso. Sostiene la comparación con Carreño de Miranda, pintor de la corte de Carlos II experto en tenebrismos y austeridades monásticas, pero queda muy por debajo de Velázquez, que ejerció el mismo cargo con Felipe IV.

Probablemente sea casi entera de Velázquez la culpa de que entre nosotros el excelente pintor francés no haya tenido la misma fortuna que en el país vecino.


jueves, 12 de marzo de 2020

ÉRAMOS POCOS



Sede central del Fondo Monetario Internacional, en Washington, DC.


Primero ha sido la vidente Pilar Gutiérrez, que nos ha explicado la pandemia como una rabieta de Franco por haber sido exhumado sin consideración. Franco, según su teoría, sigue teniendo mucha mano en la Ultra Tumba.

Éramos pocos y ha venido además el FMI a explicarnos qué es lo que estamos haciendo mal. En los titulares de elpais de ayer se resume de la peor forma posible la información al respecto, remitida por Antonio Maqueda. El titular principal dice: «El FMI pide a España medidas extraordinarias para afrontar la crisis del coronavirus.» Y el subtitular, literalmente: «El organismo recomienda que no se deshaga ahora la reforma laboral, contener el gasto en pensiones y subir impuestos.»

Si se lee el texto (la letra pequeña), resulta que el organismo recomienda más cosas, algunas incluso sensatas; pero las citadas en concreto en el subtitular, están todas. Los impuestos que deberían subirse, por cierto, no son los de sociedades y patrimonio, sino el IVA (vaya por dios) y otros tributos indirectos a consumos perjudiciales para el medio ambiente. También critica el FMI la reciente subida del salario mínimo, y deja al desgaire un comentario sobre lo inútil de controlar los precios de los alquileres.

El FMI está convencido de que el coronavirus puede llevarnos al borde de una nueva crisis parecida a la de 2008. Madame Lagarde, desde el puente de mando del BCE, alerta sobre lo mismo. La culpa no la tendrían la guerra comercial con China, ni el Brexit, ni la política errática a la que nos arrastra Donald Trump, sino el coronavirus (ese sucedáneo mediático del mal absoluto encarnado hasta ahora mismo en los migrantes de África y los refugiados de Siria), complicado con el peligroso programa que ha empezado a desarrollar este aventurero gobierno nuestro de coalición, empeñado en buscar alternativas donde There Is No Alternative. 

Una frase de Cary Grant en una de aquellas películas “de ricos” tan trasnochadas de la edad dorada de Hollywood que protagonizaba casi siempre Katharine Hepburn (Vivir para gozar, George Cukor 1938), puede darles una pista certera a Sánchez y compañía. Decía Cary: «Siempre que estoy en un apuro, procuro ponerme en el lugar de la General Motors para hacer exactamente lo contrario de lo que haría la compañía.»

Pongan FMI en el lugar de General Motors, y gobierno progresista en el de Cary Grant. Después de todo, los puntos de vista de las dos partes implicadas eran ya decididamente opuestos desde mucho antes: un gobierno progresista se ocupa de personas, mientras que el Fondo Monetario Internacional trata, si el nombre no miente, de finanzas.

Lo que es bueno para las finanzas no suele serlo para las personas. Por poner un ejemplo, una medida de gobierno adecuada para afrontar la epidemia del coronavirus sería potenciar una sanidad pública, universal, gratuita, transparente y sostenible. Pero esta opción resulta ser un desastre, en cambio, desde el punto de vista financiero.

Alguien se preguntará cómo es eso posible, dónde está el fallo oculto.

No es difícil identificarlo: el desajuste viene sencillamente de que las finanzas que nos dominan no son ni públicas, ni universales, ni gratuitas, ni transparentes, ni sostenibles. Son privadas, particulares, codiciosas, opacas y no sostenibles.

Cambien el modelo de gobernanza financiera global si no quieren regresar antes o después a 2008, señores Garamendi y Sánchez-Llibre, señora Lagarde, doña Kristalina. No son el salario mínimo, ni las pensiones, ni la reforma de las reformas laborales, lo que está empujando las Bolsas de valores hacia abajo; como tampoco el problema del campo está en unas peonadas excesivamente generosas. Miren los hechos de frente: la realidad es tozuda.


miércoles, 11 de marzo de 2020

PLACEBOS



El padre Lacordaire y yo en la Rue des Augustins de Montpellier. Lacordaire es el de la ventana pintada en la pared. Fue un exponente del catolicismo social, mal visto tanto por las clases trabajadoras, que le acusaban de meapilas, como por las clases propietarias, que lo consideraban un rojo peligroso. Una posición ingrata, pero consecuente. (Foto, Carmen Martorell)


Nuestra entrañable patronal, Foment del Treball, ha hecho público un comunicado en el que propone medidas enérgicas para frenar la pandemia del coronavirus. Proponen, entre otras medidas drásticas, una rebaja del impuesto de sociedades y mayores facilidades para el despido.

No hay ninguna evidencia científica de que tales medidas tengan algún efecto en el virus; pero es más cierto que nuestros empresarios se verían muy aliviados si tales medidas se dictaran. Es lo que se llama un placebo: una medicina que no cura, pero que conforta al paciente en su tribulación.

La “libre empresa” que preconizan nuestros arriesgados empresarios como la panacea contra todos los males de la sociedad, es un ámbito privadísimo y absolutamente desregulado. No cabe en él otra ley que la de la autonomía de las partes contratantes, sin ninguna norma externa que sirva para equilibrar la desigualdad de partida entre la oferta y la demanda de trabajo.

La demanda de trabajo es para la "libre empresa" algo parecido a la caja de las herramientas para el fontanero, o el cajón para el sastre: se rebusca ahí lo que se necesita en cada momento, se usa, y luego se olvida sin mayor escrúpulo. El hecho de que la prestación laboral la desempeñen personas, y no cosas materiales, no afecta al nudo de la cuestión, desde ese punto de vista: el trabajador/ra que se contrata un día y se despide el siguiente es un mero suministro, como el agua, el gas o la luz que se contratan con las compañías correspondientes.

Después está el "nombre de la rosa": o sea, la forma de llamar a ese vínculo raro. Al empresario moderno no le gusta tener asalariados, sino colegas emprendedores autónomos que se costean por sí mismos el instrumental, la formación, la seguridad social y las bajas por enfermedad. Desde su perspectiva, todo es una joint venture en la que cada cual se costea su participación, aunque luego los beneficios caigan solo de un lado.

Una reciente sentencia de la Corte de Casación francesa, divulgada en nuestro entorno y ampliamente comentada y valorada por nuestros imprescindibles maestros Antonio Baylos y Eduardo Rojo Torrecilla, dictamina que los trabajadores de plataformas como Uber no son socios, sino asalariados con derecho a las medidas de protección y las garantías correspondientes. Vale la pena repetir aquí la caracterización que hace el Tribunal, del trabajo subordinado frente al trabajo autónomo: «La subordinación se descompone en tres elementos: el poder de dar instrucciones, el poder de controlar la ejecución de la prestación y el poder de sancionar el incumplimiento de las instrucciones emitidas. Mientras que el trabajo independiente (o autónomo) se caracteriza por la posibilidad de constituir una clientela propia, la libertad de fijar las tarifas por sus servicios y la libertad de fijar las condiciones de ejecución de la prestación del servicio.»

Los chóferes de Uber, señalan los altos magistrados franceses, incurren de pleno en la primera de las dos clasificaciones. El placebo, en este caso, consiste en etiquetarlos como gente emprendedora, dispuesta a abrirse paso con ánimo de superación para no depender más que de sí misma.

Aceptar ese placebo no es más que una variante de lo que Étienne de La Boétie llamó, hace ya algunos siglos, la «servidumbre voluntaria».


martes, 10 de marzo de 2020

HASTA SIEMPRE, MAX VON SYDOW



El Caballero y “el” Muerte se disponen a jugar al ajedrez. Fotograma de “El Séptimo Sello”, de Ingmar Bergman.


Nunca vi “El exorcista”, primera ni segunda parte. Mis recuerdos de Max von Sydow en la pantalla se extienden al oficial alemán que añoraba un buen partido de fútbol en “Evasión o victoria”, y al sicario implacable de “Los tres días del cóndor”; pero se concentran sobre todo en algunas películas de Ingmar Bergman. Mi primer contacto visual con el actor ocurrió en “El séptimo sello”.

Los años cincuenta no eran buenos tiempos para la lírica ni para el espectáculo, en el grisáceo Madrid franquista; pero mis padres, atentos a la formación adecuada de sus hijos en todos los aspectos, nos habían abonado a los dos mayores al cine-fórum de los Jesuitas de la calle de Serrano.

(¿Saben dónde digo? El lugar se hizo célebre muchos años después por la voladura del coche de Carrero Blanco, que aterrizó en un patio interior de la parte de atrás del edificio, partiendo de la calle de Claudio Coello.)

Ahora bien, el mantenedor de aquel fórum era el padre Staehlin, miembro de la Junta de Censura, y él consideró que la historia del séptimo sello bergmaniano era profundamente positiva y cristiana, y en consecuencia podía autorizarse su visión, no en salas comerciales, por supuesto, sino en lugares accesibles solo para personas de criterio formado.

De modo que en la sala de los Jesuitas me encontré con Max von Sydow en primer plano, sin saber quién era él ni quién era Bergman, y con la única preparación de una larga introducción del propio padre Staehlin en la que nos contó que Muerte es palabra masculina en sueco, por lo que en la película no la representaba una Parca sino un varón (el actor Bengt Ekerot) de cara extrañamente enharinada, algo así como un Joker antes del Joker.

También nos advirtió el padre de que Jof y Mia, la pareja con un niño de pocos meses a la que el caballero Antonius ayuda a escapar de la muerte, eran los nombres de José y María en sueco, y que el significado simbólico de la película era que el cristianismo libraría a la humanidad de los cuatro Jinetes del Apocalipsis. Off the record, nos anunció que Bergman estaba en conversaciones con un jesuita muy significado en la jerarquía de la orden, y que de ahí a poco tiempo se haría pública la conversión del cineasta al catolicismo.

Cosa que nunca ocurrió.

En fin. Mi visión de las Cruzadas y el mundo de la caballería se reducía en aquel tiempo (yo tenía unos trece años) a un “Ivanhoe” pasado por Hollywood. Von Sydow me pareció un caballero raído y despeinado, sumergido en un mundo de brujas, hogueras, peste y guerra, en el que no había escapatoria posible. En todas partes reinaba “el” Muerte. En una ermita, un pintor se afanaba en representar en un mural una Danza de la Muerte, y los personajes que incluía eran los mismos de la película: estaba anticipando su historia.

Muchos enigmas y juegos de espejos. Una trama densa en sobreentendidos. Pocos años después vi al propio Von Sydow en “El rostro”, otra película en la que los elementos eran los mismos pero en un contexto absolutamente laico, más relacionado con las fantasías de la ciencia ilustrada que con la religión. Una tercera película de Bergman de la misma época, “Como en un espejo”, completa para mí una trilogía metafísica que no me facilitó respuestas a los grandes problemas, pero me permitió hacerme algunas preguntas oportunas.

Siempre estaré agradecido por ello a Ingmar Bergman y a Max von Sydow.