jueves, 18 de junio de 2020

EPIFANÍAS RODIAS



En facebook dos amigas han montado un grupo abierto titulado Els viatges de l'Argonauta. Argonauta puede ser, en este caso, todo el que se sienta tal. Yo mismo, sin ir más lejos.

He buscado en mis discos duros algún recuerdo apropiado de Rodas, mi paraíso terrenal particular. Rodas ha sido muy fotografiada, hasta la exasperación si se quiere. Las dos imágenes que incluyo corresponden, sin embargo, a lugares no demasiado visitados, en la costa oeste.

Siguiendo la carretera que bordea esa parte de la costa, llega un momento, más allá de Mandrikó y del puertecito pesquero de Kámiros Skala, en que la ruta asciende hacia el interior. Destaca allí la silueta de una fortaleza en ruinas, que fue baluarte de la Orden del Hospital, y que recibe el nombre de Kastellos. Cerca de Kastellos está tomada la primera foto; una colección de islotes ocupa una porción del mar, con Halki, la mayor y más elevada del grupo (593 m), asomando a la izquierda de la imagen que tiene a Carmen de protagonista.

Muy cerca de ese lugar está el pueblo de Kritinía. Frente al mar, en alto sobre la costa, un edificio muy blanco con arcadas airosas guarda un pequeño museo de etnología rodia. Desde el mirador del museo, a la puesta del sol, las islas se transmutan en un grupo de siluetas azuladas a contraluz, y el mar aparece como un espejo de plata que en el último instante, cuando el sol roza ya el horizonte, vira a un rojo intenso.

Siguiendo hacia el sur, la carretera bordea el macizo de los Attáviros (1215 m, máxima altitud de la isla), y por Siána llega a un pueblo de nombre curioso, Monolithos, cuyo origen quizás sea la excrecencia rocosa sobre la que se encarama otra fortaleza hospitalaria en ruinas, dominando una bahía de dimensiones perfectas entre los cabos de Armenistís y de Furni. Es ahí donde aparezco yo (abajo) frente a un islote verde que se diría desprendido del acantilado.

Las dos fotos son de mayo de 2005, tomadas casi con seguridad el mismo día. Un mes antes había venido al mundo en el nosocomio (hospital) de Rodas-capital mi nieta Carmelina. Las dos efemérides, el nacimiento de un lado y la aparición de las islas del otro, se entrelazaron para mí en una larga epifanía gozosa.


miércoles, 17 de junio de 2020

CIEN ECONOMISTAS


Elefante en una tela de araña (fuente, Pinterest)


Leo en la prensa que Pedro Sánchez va a poner en nómina a cien economistas de élite para que entre todos diseñen nuestro futuro poscovid.

Me parece bien, vaya esto por delante. Cien economistas juntos componen un cuadro espectacular. Imaginemos a cien vicetiples en la apoteosis final de un espectáculo arrevistado como los que funcionaban en etapas ya arrinconadas de la historia de la frivolidad. Bueno, pues lo mismo con economistas en lugar de vicetiples de élite. Algo espectacular e indiscutible. Imaginen a cien Pedroches dando las campanadas de las uvas desvestidas de aquella manera sutil. El mundo mundial nos miraría boquiabierto.

Si los/las economistas (¿habrá cuotas de género? Supongo que sí), además de un tipo juncal tienen buena voz y saben afinar, podrían, además de insinuar sus encantos íntimos, cantar a coro el «Va pensiero» del Nabucco de Verdi. Sería de mucho efecto. Con un número así, el gobierno de coalición podría tapar la boca para siempre a Fra Casado y a doña Montserrat de los Dolores. Incluso la bata de cola púrpura del cardenal Cañizares quedaría reducida a un atrezzo puramente  banal y vulgar, en comparación.

No pongo ninguna objeción, entonces, a toda esa profusión de economistas; quede claro. Podrían incluso ser ciento uno. O sea, cien economistas de élite se balanceaban en una tela de araña, y como veían que aún resistía, Pedro Sánchez fue a buscarles un camarada.

La fórmula debería, por lo demás, extenderse a otros terrenos. El doctor Fernando Simón, por ejemplo, está demasiado solo y cada día recibe una andanada nueva de aquello que sí huele, a cargo de los Indas, los Pablo Motos, las Anarrosas y otros acreditados lanzadores de dardos envenenados. Imagínense entonces a cien doctores Simones dando las uvas en deshabillé y brindando con cava, catalán de preferencia, por los contagiados del día ante una audiencia en rapto.

Inatacable. Incluso Inda hincaría el pico ante algo así. Más potente, cien veces más potente, que esa corrida de toros que propone Ayuso.

Sentado lo cual, es por lo menos dudoso que cien economistas valgan más que tres a la hora de diseñar nuestro futuro económico. ¿Por qué dar voz y voto a tanta gente, sabiendo como sabemos la cantidad de piques y puntillos de escuela que envenenan sus relaciones recíprocas? ¿Vamos a alguna parte con tanto eclecticismo? Un economista sería sin duda demasiado poco, pero bastarían tres para redondear una faena seria: uno para la tesis, otro para la antítesis y un tercero, el mejor, para la síntesis.

En su defecto, y dada una asamblea de un centenar de economistas diplomados y acreditados (es decir, todos ellos con un ego más grande que la catedral de Toledo), el intríngulis estará en buscar a quién se encargan las conclusiones del simposio.

Yo estoy con el maestro López Bulla en que de tan delicada tarea se podría encargar a don Antón Costas. Auxiliado en una banda por nuestra dulce Nadia Calviño, que pronto será llamada a dirigir el Eurogrupo para llanto y crujir de dientes del Grupo Popular europeo; y en la otra banda por Isidor Boix i Lluch, que no es propiamente economista y tampoco ha sido nunca persona “de élite”, antes al contrario, pero que tiene cuatro ideas claras sobre las cuestiones a tratar, en particular sobre la industria y el trabajo.
  

martes, 16 de junio de 2020

EL OBRERO, EL PRIMITIVO, EL HOMBRE


El ‘Hombre de Vitruvio’, dibujo de Leonardo da Vinci sobre las proporciones ideales del cuerpo humano, inscrito en un cuadrado y un círculo, con comentarios anatómicos. (Galería de la Academia de Venecia)


Hay un famoso texto del Marx joven en el que imagina el “reino de la libertad” como un lugar (distópico, diríamos ahora) en el que el “hombre” ya no será obrero, funcionario, mercachifle o artesano, sino que podrá dedicarse a cultivar la tierra de buena mañana, a pescar a mediodía, a reparar su vivienda por la tarde, y de noche a ejercer de crítico de la filosofía hegeliana. El párrafo, citado mil veces como argumento a favor o en contra de determinadas posiciones políticas o filosóficas, establece una diferenciación entre la persona, como tal, y su oficio o profesión en un contexto social. Uno no se limita a lo largo de la vida a ser médico o cerrajero, y ser obrero no supone ninguna categoría ontológica, de modo que cabe imaginar “otra” realidad en la que cada cual sea en cada momento cualquier cosa que desee ser: violonchelista (estoy citando aquí a Bruno Trentin), erudito a la violeta, talabartero, etc. Sin que cada una de esas posibilidades acabe por convertirse en un destino fatal, dado que hablamos de un mundo liberado de la necesidad.

Tanteo algunos desarrollos colaterales de la idea de Marx en un texto de Alejo Carpentier. Viene a suceder que en este momento preciso, y de salida de ‘Pasos a la Izquierda’, he recaído en Los pasos perdidos (1953), una novela de Carpentier que transcurre en Venezuela, en buena parte en la selva húmeda de la cabecera del río Orinoco. El viajero de la historia se da cuenta con asombro de la maestría de los indígenas en relación a las tareas que desempeñan, y de su adaptación anatómica, su “ajuste fino” por expresarlo de alguna forma, a esas tareas imprescindibles. No habría, en consecuencia, proporciones anatómicas ideales “universales”, como las que quiso fijar Leonardo, sino al contrario, proporciones ideales  ajustadas a cada medio. El texto que sigue corresponde al cap. XXII de Los pasos perdidos, y los indios a los que se refiere son, según una Nota colocada al final de la novela, shirishanas del Alto Caura.

«Aquellos indios que yo siempre había visto a través de relatos más o menos fantasiosos, considerándolos como seres situados al margen de la existencia real del hombre, me resultaban, en su ámbito, en su medio, absolutamente dueños de su cultura. Nada era más ajeno a su realidad que el absurdo concepto del salvaje. La evidencia de que desconocían cosas que eran para mí esenciales y necesarias, estaba muy lejos de vestirlos de primitivismo. La soberana precisión con que este flechaba peces en el remanso, la prestancia de coreógrafo con que el otro embocaba la cerbatana, la concertada técnica de aquel grupo que iba recubriendo de fibras el maderamen de una casa común, me revelaban la presencia de un ser humano llegado a maestro en la totalidad de oficios propiciados por el teatro de su existencia. Bajo la autoridad de un viejo tan arrugado que ya no le quedaba carne lisa, los mozos se ejercitaban con severa disciplina en el manejo del arco. Los varones movían potentes dorsales, esculpidos por los remos; las mujeres tenían vientres hechos para la maternidad, con fuertes caderas que enmarcaban un pubis ancho y alzado. Había perfiles de una singular nobleza, por lo aguileño de las narices y la espesura de las cabelleras. Por lo demás, el desarrollo de los cuerpos estaba cumplido en función de utilidad. Los dedos, instrumentos para asir, eran fuertes y ásperos; las piernas, instrumentos para andar, eran de sólidos tobillos. Cada cual llevaba su esqueleto dentro, envuelto en carnes eficientes. Por lo menos, aquí no había oficios inútiles, como los que yo hubiera desempeñado durante tantos años.»


lunes, 15 de junio de 2020

DESCONTEXTUALIZAR A COLÓN



Puede ser conveniente declarar de entrada que en este blog no se pontifica, que su autor (por llamarlo de una manera suave), que da la coincidencia de que soy yo, no tiene la menor pretensión de infalibilidad, y que da escasa importancia a contradecirse a sí mismo de vez en cuando.

Este blog es como un rato de charleta en la barra de un bar acogedor, delante de unas cañas de cerveza bien tiradas y de una ración de aceitunas aliñadas de la casa, nada de género enlatado por favor. Un parroquiano se extiende día a día en consideraciones ociosas sobre lo divino y lo humano, porque eso es lo que le apetece. Si alguien le advierte, estás desbarrando, el charlista contestará «quizá» con un encogimiento de hombros y picará otra aceituna del plato. No hay ofensa, si nadie tiene intención explícita de ofender.

Pues bien, ayer comentaba entre otras cosas la pretensión de algunas personas políticamente significativas de desmontar la estatua de Colón en el puerto de Barcelona. La intención es buena, no digo que no; pero el resultado de tanta furia iconoclasta podría dejar a la ciudad condal (coño, ¿condal?, qué es eso de andarse con títulos nobiliarios, la ciudad a secas, o la ciudad ciudadana por más que resulte pleonástico y le chirríe al académico Pérez Reverte) convertida en una tabula rasa parecida a la antigua ciudad de Palmira después del paso de las aguerridas tropas del Estado Islámico.

En un tiempo de unilateralismos, no está mal contemporizar un poco, aunque solo sea por variar. No queremos reconocernos a nosotros mismos que fuimos conquistadores, genocidas, misioneros, visionarios, sectarios hasta la médula, y que esa herencia que tanto deseamos ocultar o hacer desaparecer sigue sin embargo inscrita en nuestros genes, en nuestro ADN reconocible. Henry Kamen, en una entrevista memorable de Sebastiaan Faber publicada en Ctxt (1), apunta que los españoles tardaremos aún muchos años en reconciliarnos con un relato nacional que nos resulte útil para alguna cosa.

Podemos tener dolor de corazón y hacer un sincero propósito de enmienda en todos los asuntos relacionados con nuestra herencia nacional, pero no está claro que para hacerlo sea necesario borrar todas las huellas y abominar de ellas. De las huellas, digo, no de las creencias y de las acciones a que condujeron.

Felizmente, un monumento como el de Colón, que ha devenido en landmark de la ciudad que un tiempo fue cap i casal de los condes de Barcelona, permite en tanto que mobiliario urbano todo tipo de operaciones descontextualizadoras. Digo bien, desontextualizadoras, y no lo contrario, que es lo que propone Jésica Albiach como plan B.

O sea, es posible separar el significante del significado, el Almirante que señala con el dedo una dirección indeterminada, y el artefacto reconocible y cotidiano, desde cuyo mirador se ven de maravilla las golondrinas, esas barcazas de fondo plano que cruzan el agua sucia cargadas de turistas.

No es una infamia para nadie que el Almirante siga ahí, después de tantos años sin molestar a nadie, para que las palomas se cuelguen de su dedo extendido y se cisquen en su manto sin complejos.

Podríamos ser más palomas nosotros también, y menos halcones.




domingo, 14 de junio de 2020

ÉRASE UNA VEZ EN TAHITÍ



Paul Gauguin, ‘Mata Mua’ (Museo Nacional Thyssen-Bornemisza)


Una muchacha vestida de blanco toca la flauta, en primer plano; otra, sentada a su lado, la escucha; a la izquierda, más lejos y detrás de un gran árbol recto, tres muchachas más bailan delante de una gran mole pétrea maciza que ─se nos informa en el catálogo─ representa a Hina, la diosa tahitiana de la Luna. Unas montañas se despliegan como telón de fondo de la escena.

Mata Mua (“Érase una vez”) es el título de una composición de Paul Gauguin, propiedad de la baronesa Thyssen, que ahora desea venderla porque su cash le resulta escaso en proporción a sus necesidades, que no son ciertamente las de usted y las mías.

Bueno. No es una gran tragedia, tal como están las cosas. Tienen ustedes la pintura sobre estas líneas, y la tendrán igualmente si alguien provisto de fondos suficientes paga a la baronesa lo que la baronesa demanda. Lo que están viendo es una reproducción, y no el original. ¿Tiene eso tanta importancia en nuestra era tecnológica?

Hace años, a alguien se le ocurrió una encuesta de calle: “En el supuesto de un incendio devorador en el Museo del Prado, ¿qué cuadro salvaría usted?”

Las respuestas se polarizaban en torno a un puñado de obras “imprescindibles”. Me parece dudoso el concepto de la imprescindibilidad en ese marco mental. Yo habría contestado que salvar una obra sola de un museo tan grande, es lo mismo que no salvar ninguna.

Ahora que han dinamitado los Budas de Bamiyán y el templo de Palmira; ahora que el fuego ha fundido la aguja de Notre Dame de París; ahora que tantas obras de arte “únicas e irrepetibles” aparecen solo como repeticiones virtuales en un “museo” archivado en el disco duro del ordenador y visitable a voluntad, es quizás la hora de encogernos de hombros ante los apuros financieros de la baronesa Thyssen y sentarnos a releer La obra de arte en la época de su reproducción mecánica, de Walter Benjamin.

Después, en algún momento de vacío existencial, de vague à l’âme et de mélancholie, podremos detenernos a pensar en el busto de Abderramán III retirado de una localidad zaragozana por iniciativa de un concejal de Vox; en la estatua de Hernán Cortés pisando la cabeza de un indio que han manchado de rojo en Medellín; en el destino del monumento al negrero marqués de Comillas que estaba frente al edificio de Correos en Barcelona, y en el destino paralelo que tal vez espera a la estatua de Cristóbal Colón en el puerto de la misma ciudad, que Jésica Albiach propone desmontar por su simbolismo genocida.

En el mundo tan chiquito y esquinado, tan incómodo, que nos va quedando, asistimos al crecimiento de una nueva iconoclastia. Según una determinada corriente de opinión, no tendría sentido conservar reverencialmente los símbolos pertenecientes a aquel otro mundo que “érase una vez”, al mundo “grande y terrible” al que se refirió Gramsci.


sábado, 13 de junio de 2020

EL DEMONIO Y DOÑA ELVIRA


El demonio haciéndose un selfie delante del Acueducto de Segovia. Foto La Vanguardia.


Hay un hilo conductor en el acoso a que está siendo sometido el gobierno de España desde las casamatas de la derecha: ese hilo consiste en echar a Sánchez y su equipo la culpa de la pandemia.

En general no se llega a decir de una forma directa y rotunda que la pandemia es un invento del socialcomunismo rampante, con el fin de prevaricar a troche y moche sin oposición responsable.

No se dice, pero se da a entender. Quien más lejos ha llegado por ese camino ha sido Miguel Bosé. Me dirán ustedes que está zumbado. Cierto, pero ni es el único ni siquiera el más zumbado de la colección.

También está zumbado, posiblemente mucho más, Jorge Fernández Díaz, que sitúa al demonio en la sala de máquinas de la “nueva normalidad”. Como él mismo carece por completo de credibilidad, don Jorge pone el argumento en labios de Ratzinger, en el curso de una charla íntima de la que no hubo testigos. El anterior papa era una autoridad mundial en lo que se refiere al diablo, y seguramente lo veía agazapado detrás de todas las tramoyas que están echando a perder el mundo moderno: el feminismo (¡ay, ese 8-M!), el laicismo, la ausencia de valores religiosos, etc. Sospecho, sin embargo, que la aplicación de todos esos parámetros al “pueblo elegido” y especialmente mimado por la divinidad, España, y en particular al problema catalán, sean cosa no de Ratzinger sino de Fernández.

Nadie ha calificado aún de zumbado a Felipe González, pero su aparición en este momento criticando al gobierno progresista con el sambenito de que parece el camarote de los Hermanos Marx, es, digámoslo de manera suave, un hito de felipismo creativo en el peor sentido de la palabra.

Y vayamos finalmente, en este breve repaso acerca de la labor del demonio en la actualidad política, a la Comisión de Reconstrucción del Congreso, donde doña Elvira Rodríguez, ex ministra del PP, se disfrazó de noviembre para culpar a Yolanda Díaz de sus propias fechorías. Consideró los ERTE “un chantaje político”. Vaya. Y concluyó así su alegato: «Los problemas de los españoles no se resuelven dándoles subsidios o subvenciones o Ingresos Mínimos Vitales. ¿Le suena Alcoa, señora ministra?»

La respuesta de la ministra de Trabajo debería ser enmarcada. Elijo solo un párrafo: «Este Gobierno no va a hacer lo que hizo Mariano Rajoy en 2015, ustedes tenían un presupuesto público de 25.000 millones para la protección social que dejaron sin ejecutar con cuatro millones de personas en desempleo… Lo que ha hecho el PP ha sido recortar la prestación pública por desempleo en 25 puntos.» 

(La prestación pública por desempleo, subrayo. El chocolate del loro si se compara con los recortes tendentes a desmontar la sanidad pública.)

Y recordó doña Yolanda sin pelos en la lengua que el grupo popular en ningún momento ha hecho propuestas al Gobierno para la gestión de las medidas económicas para hacer frente a la crisis derivada del coronavirus. 

Quien hace metafísica a partir de la economía, quien critica el remedio sin mencionar la causa del mal, quien despotrica sin apuntar soluciones, forma sin la menor duda parte del problema.


viernes, 12 de junio de 2020

LA JUJUSTICIA DEL SUSUPREMO


Definitivamente, Ana Botella no será condenada por haber causado un perjuicio de 25,7 millones de euros al Tesoro, malvendiendo vivienda pública a fondos buitre. Todos sabíamos ya que la entonces alcaldesa de Madrid estuvo inspirada en su polémica decisión por los más altos ideales patrióticos, eso por descontado. Pero ahora el Tritribunal Susupremo ha dictado la sesentencia absosolutoria definitiva. Dejen en paz a Ana, canallas de la izquierda irredenta, que bastante está sufriendo la pobre en su residencia de Marbella, junto a su Josemari (Aznar), al que de día en día se le va poniendo el careto de Christopher Lee en el papel estelar de su carrera cinematográfica.

Han concurrido diversas voluntades en el resultado final de la absolución de Ana. Fue condenada en su día por el Tribunal de Cuentas, pero la Sala de Enjuiciamento del mismo Tribunal revocó la sentencia con la intervención estelar de Margarita Mariscal de Gante (casualidad, había sido ministra de Justicia en el gabinete Aznar) y Manuel Suárez Robledano (casualidad, ex portavoz de la muy conservadora Asociación Profesional de la Magistratura).

Contra la revocación, cabía recurso de casación ante el Susupremo. El pleno del Ayuntamiento de Madrid votó a favor de interponer el recurso, pero el alcalde José Luis Martínez-Almeida obstruyó dicho mandato hasta agotar el plazo legal, con el argumento de que no pensaba «derrochar el dinero público de los madrileños ni el dinero de la administración de Justicia en la búsqueda de venganzas estériles.»

En plata, y para que lo entiendan, Almeida estaba en contra del rerrecurso y a favor de una cacasación.

Hay más peripecias y volatines jurídicos en el asunto. Si el lector empedernido desea pasar un mal rato, pero un mal rato instructivo, tiene a su alcance clicar en el siguiente link:

 

jueves, 11 de junio de 2020

CALVIÑO, UN COMODÍN EN EUROPA



La opinión ponderada de Forges, al respecto.


Alemania, Francia e Italia apoyan el nombramiento de la ministra de Economía española Nadia Calviño al frente del Eurogrupo, sustituyendo al portugués Mário Centeno.

Es una excelente noticia. Calviño defenderá la ortodoxia financiera europea, está claro. Maniobrará para que la deuda pública no se dispare, por supuesto. Pondrá límite a algunas reivindicaciones muy sentidas de Unidas Podemos, de acuerdo.

Pero eso había de ser así de todos modos. El avance en la reconstrucción (la llamo así por ser así como la llaman, siempre insisto en que no se trata de reconstruir lo que ya había, sino de innovar a partir de unos fundamentos de características sociales e inclusivas que antes no existían, ni se les esperaba), el avance en la reconstrucción, digo, implica contención y gradualidad, porque estamos todos metidos en un lío muy serio, y todo debe hacerse de forma conjunta con el resto de los Estados de la Unión. En ese “resto” se incluyen los Países Bajos, Dinamarca y Austria, que no nos quieren ni ver, y otros aun que cuando se les habla del Sur se ponen de perfil.

No hace tanto, he leído en facebook el siguiente planteamiento procedente de opiniones situadas claramente en la izquierda: “pues si no nos quieren, mejor nos vamos.”

Mejor, no. No nos hemos ido de Europa, no nos vamos a ir. Vamos a estar ahí peleando por lo nuestro, por los nuestros. Una solución para Nissan, por poner un ejemplo inmediato y es solo un ejemplo, resulta inconcebible sin una negociación de ámbito europeo y global. La solución de mandar a Torra a Japón a negociar, es ridícula. No porque se trate de Torra, que es especialmente inepto en estos menesteres, sino porque la industria mundial del automóvil está ahora mismo en una coyuntura particularmente crítica; porque la solución debe ser global y no limitada a una factoría concreta de una firma determinada; y porque debe estar concebida en términos de política industrial, no solo de puestos de trabajo.

Se trata de Nissan, y de Alcoa, y de muchos temas más que no son ni Nissan ni Alcoa. Nada es sencillo en el mundo en el que nos ha tocado vivir, y la culpa no la tiene el gobierno de este año, por mucho que lo digan grandes comunicadores con enormes cifras de audiencia, como Miguel Bosé o Rosa Díez.

Tenemos demasiados cuñados en nómina que, si les dejáramos, resolverían el asunto en un plisplás, en algún caso mediante el recurso de poner al frente de todo al Rey Felipe como comandante supremo de las fuerzas armadas.

Que se sepa que estamos en Europa. Para todo. Que sepan también las juezas rebeldes que sus instrucciones fantasiosas de casos fantasmales como el del 8-M van a terminar pasando por el control de tribunales europeos, porque no somos una república bananera y nuestras fuerzas armadas no son aquel legendario ejército de Pancho Villa.

Por eso, un eventual nombramiento de Nadia Calviño para la presidencia del Eurogrupo, consolidando el peso de España y de su gobierno en el núcleo crítico de las decisiones globales, será una excelente noticia.


miércoles, 10 de junio de 2020

LA LECCIÓN DE HATTIN



Vista aérea de los llamados Cuernos de Hattin (Fuente: Biblewalks.com)



He releído el capítulo de la “Historia de las Cruzadas” de Steven Runciman (Alianza Editorial 1973, versión de Germán Bleiberg) para refrescar mi memoria acerca de la batalla de los Cuernos de Hattin, que marcó el final del reino cristiano de Jerusalén y el inicio de la larguísima hegemonía del Islam en el área del Mediterráneo oriental y Siria.

Los antecedentes se remontan a finales de 1186, cuando el caballero francés Reinaldo de Châtillon rompe deliberadamente una tregua acordada entre el rey Guido de Lusignan y el sultán Saladino, y asalta una caravana de mercaderes egipcios, en la que viajaba al parecer la hermana de Saladino. Reinaldo había favorecido la elección de Guido como rey de Jerusalén, en perjuicio de Raimundo de Trípoli. Saladino envía embajadores que reclaman la libertad de los presos y una indemnización por las mercancías robadas, y Guido ordena a Reinaldo que acceda a esas peticiones a fin de mantener la paz; pero Reinaldo decide hacer caso omiso.

La tregua no se rompe de momento. Sin embargo, Saladino reúne un gran ejército y en la primavera de 1187 algunas de sus tropas cruzan (con permiso expreso) el río Jordán. Cerca del poblado de Cresson, Gerard de Ridefort, maestre del Temple, decide por su cuenta atacar con una cuarentena de sus monjes-militares a un nutrido destacamento de mamelucos que efectuaba un reconocimiento cerca de Nazaret (estamos en la Palestina de Jesús, la Tierra Santa). La cosa acaba más o menos como lo de Custer en el Little Big Horn, aunque en este caso Gerard puede escapar (es casi el único) de la quema. Muere en la refriega Jaime de Mailly, maestre de la Orden del Hospital; Gerard le había acusado de cobarde por no querer atacar a un grupo tan numeroso de guerreros sarracenos.

Dando la tregua por rota, Saladino se apodera de la ciudad de Tiberiades y pone sitio a la fortaleza, defendida por Eschiva de Bures, la esposa del barón Raimundo.

La noticia llega a Acre, donde se encuentran el rey y las jerarquías del Temple y del Hospital. Guido consigue reunir un ejército casi tan formidable como el de Saladino, pero mientras tanto ha llegado el verano a un territorio árido y reseco.

El ejército cruzado acampa en Sephoria, a solo seis leguas de Tiberiades, un lugar en alto con agua y césped en abundancia. En el consejo de guerra celebrado allí, Raimundo defiende la opción de atrincherarse y esperar a Saladino, contando con la ventaja del terreno. Pero llega en ese momento un mensajero enviado por Eschiva, sitiada, solicitando socorro urgente. Saladino ha dejado pasar al mensajero sin interceptarlo: sus espías le han informado de las dudas y las divisiones en el ejército cristiano.

Raimundo convence al consejo de que es preferible perder la fortaleza y a su propia esposa, a perder el reino intentando un rescate arriesgado. El rey Guido se manifiesta de acuerdo con él, pero esa noche el maestre del Temple le visita en su tienda. «Sire, le dice, estáis dispuesto a confiar en un traidor?»

Palabras mayores. Guido tiene ese tipo de temperamento que lleva a hacer caso del último en hablar. Así pues el ejército se pone en marcha contra la opinión de Raimundo, por un terreno calcinado. Acompaña a la hueste, sin embargo, una garantía inmejorable: se ha pedido al obispo de Acre que acuda con la Vera Cruz (fuera esta en realidad lo que fuere, en esa cuestión no entro), y esta es paseada por los escenarios por los que había transcurrido la vida mortal de Cristo. Si se pelea en Tierra Santa y con la Vera Cruz por estandarte, ¿qué puede fallar?

El camino de descenso al lago sigue una pendiente pronunciada entre dos elevaciones llamadas los Cuernos de Hattin. En ese lugar esperan los mamelucos de Saladino. El ejército cristiano acampa el 3 de julio en un altiplano en el que teóricamente hay un pozo de agua potable, pero lo encuentran seco. La noche es una pesadilla, los cruzados sedientos oyen las bromas y las carcajadas de los musulmanes, que banquetean algo más abajo sin que les falte de nada. Por la mañana del día 4, Saladino ordena prender fuego a la maleza para que el humo reseque aún más las gargantas de los cristianos.

Los cruzados intentan abrirse paso hacia el agua del lago. Raimundo, como señor feudal de las tierras en las que se encuentran, manda la vanguardia y carga al frente de la caballería pesada, pero los mamelucos se limitan a apartarse, dejar pasar a los jinetes en tromba, y cerrar de nuevo las filas. Ahora, si la caballería quisiera cargar en sentido inverso, sería en la dirección contraria al agua, cuesta arriba y con los caballos exhaustos y sedientos.

La batalla que siguió acabó en un desastre para los cristianos. Entre los supervivientes que hubieron de rendir sus armas sin condiciones estaban el rey, el maestre del Temple Gerard de Ridefort, y Reinaldo de Châtillon. Saladino dio de beber agua con hielo de su propia copa al rey Guido y le aseguró que no debía temer nada de él: «Un rey no mata a otro rey.» A Reinaldo lo insultó primero y lo decapitó de inmediato, ahí mismo, con un voleo de su alfanje. Luego ordenó pedir un rescate elevado por el rey y los nobles capturados, y ejecutar in situ a todos los monjes templarios y hospitalarios. La Vera Cruz fue arrastrada por el polvo, tirada por dos caballos, para regocijo de la tropa.

Raimundo y sus caballeros pudieron refugiarse en Tiro después de una penosa retirada. En una carta guardada en el archivo de la orden de los hospitalarios se cifran en 1000 los caballeros muertos, por unos 200 que consiguieron escapar o fueron rescatados.

Las cifras de muertos de la infantería y las tropas auxiliares no constan en ese escrito. Sin embargo, esos contingentes debieron ser decisivos en el resultado de la batalla. Runciman señala en un Apéndice: «Los caballeros cristianos iban mejor armados que cualquier soldado musulmán, pero la caballería ligera musulmana se hallaba probablemente mejor equipada que los turcópolos y la infantería igual de bien o mejor que la cristiana.»

Hattin es hoy una página olvidada de la Historia Universal. Olvidada a conciencia, porque es un contraejemplo de la lección ejemplar que siempre desean extraer del desarrollo de la Historia sus ganadores designados. Salieron malparados en la ocasión la Religión triunfante, la Providencia divina, y sobre todo los “pueblos elegidos”, los “destinos manifiestos” y las teorías supremacistas.

Además, la herida de Hattin sigue abierta. La Noche Triste de Tenochtitlán se vio compensada casi de inmediato en Otumba; los nombres ominosos de Hiroshima y Nagasaki borraron la afrenta sufrida por la civilización occidental en Pearl Harbour. Pero el curso posterior de las Cruzadas, desde la inmediata del rey Ricardo Corazón de León hasta la última del rey San Luis, ratificó una y otra vez el signo de aquella batalla en todos sus extremos; y aún es la hora en que Palestina y Siria siguen marginadas de la ecúmene cristiana occidental.


lunes, 8 de junio de 2020

EL EFECTO DE LAS PEDRADAS SOBRE UN TECHO DE CRISTAL



Invernadero de cristal, modelo Gran Oasis.


La obsesión por aprovechar el coronavirus como ventana de oportunidad contra el programa del Gobierno de progreso puede traer consecuencias indeseadas, así en Madrid como en Cataluña. La dura pinza Ayuso/Torra descuidó la salud de sus respectivas ciudadanías en su afán de lanzar piedras contra el presidente Sánchez y el doctor Simón, a propósito de la pandemia. Ahora se van dando cuenta de que ellos mismos tienen el techo de cristal, y de que los proyectiles lanzados pueden dañar de forma irreparable su propio ámbito.

No fue un borrador. Hasta cuatro correos envió la Comunidad de Madrid para excluir a los mayores de 75 años de la hospitalización por el Covid. Ayuso no puede esperar un respaldo entusiasta de sus administrados a semejante barbaridad. Quienes la votaron, votaban una determinada idea de providencia y de seguridad. No puede decirse que la electa haya respaldado con los hechos esa idea, que personificaba según una presunción extendida.

En cuanto a Quim Torra, sigue firme en la idea de que todas las bondades llegarán a Cataluña después de la independencia, de modo que las maldades concretas del mientras tanto son nimiedades que no cabe tomar en consideración. Pero ¿le respaldan en esa férrea visión ideal los creyentes que están sufriendo en lo concreto las penurias de una transición demasiado larga y llena de tropiezos acumulados? ¿Va a seguir inconmovible el independentismo ante el mal gobierno? Parece que no. La masa de votantes creyentes oscila hacia Esquerra Republicana; el procesismo a palo seco ha llegado al límite de su (escaso) recorrido. El cartero siempre llama dos veces, también para el señor de Waterloo en su exilio dorado, y para su vicario en la tierra prometida.

No son ellos dos solos. Pablo Casado tiene cada vez más difícil rendir cuentas a sus electores por sus extravagantes excursiones al extrarradio del Estado de Derecho. Pretendía dividir sí o sí, por lo civil o por lo criminal, a la coalición de gobierno, y está dividiendo a sus propias fuerzas. En su caso no se trata tanto de expectativas electorales, como de su liderazgo personal, que está quedando muy en entredicho.

No le ocurre lo mismo a Santiago Abascal, siempre fiado en la fe del carbonero para alimentar sus maneras de puto amo; pero todos los indicios son de que sus expectativas electorales decaen. Cuánto, está aún por ver; pero no resultan de recibo sus repetidas tomas de posición en favor de los poderes fácticos y en contra de esa gente corriente maltratada, irritada y de luces cortas, en la que tiene su principal caladero.

Queda finalmente, justo detrás de la línea de bambalinas, el hombre de la FAES. Lo más piadoso que puede decirse de él en este momento, es que su influencia en la política española no es mayor que la de ese otro ex presidente tan nombrado, Felipe González.
   

AL OLOR DEL DINERO



Dinero (istockphoto).


Para mi sorpresa, la sustancia de mi post de ayer, “Un golpe de baja intensidad”, se ha visto replicada de inmediato y a la inversa ─como en un espejo─ por unas manifestaciones de Jiménez Losantos. Viene a decir el notorio propagandista de la ultraderecha que lo que le conviene al gobierno de Sánchez es «un 23-F en pequeñito», un golpecillo de Estado mediante el cual desmontaría el “núcleo duro” del patriotismo fetén, o sea la guardia civil.

Ha habido en los últimos días otros ejemplos de la misma figura retórica utilizada con la misma intención. No hace mucho, el portavoz del PP hacía un juicio de intenciones a Sánchez, el gran culpable de todo y para todo, por si acaso se le ocurriera culpar a la oposición de un eventual repunte de la pandemia debido a la abierta resistencia que ofrece su partido a la prudencia gubernamental en la desescalada. “Convivir con la pandemia” sin un nuevo confinamiento, según la propuesta explícita de Pablo Casado, iría entonces de la mano con la culpabilidad central y total del gobierno Sánchez en el caso de un repunte.

Ahora, Losantos atribuye al gobierno la estrategia precisa que está siguiendo la oposición desde la fuerza que conserva en algunas autonomías, en la judicatura y en los institutos armados. Un «23-F en pequeñito», un golpe de Estado de baja intensidad.

El supuesto minigolpe de Sánchez es una forma de ocultar detrás de una cortina de humo la conducta de la oposición. Se grita «¡Al ladrón!» señalando un punto lejano mientras se mete la mano en el bolsillo ajeno. Se revuelven las aguas del río para ganancia de pescadores oportunistas.

Es el programa de este gobierno lo que levanta ampollas y sarpullidos. Y otra cosa, íntimamente conectada a la primera. A los primeros pasos en la dirección del desguace total y completo de las reformas laborales, se ha sumado el anuncio de la llegada inminente de fondos europeos utilizables en excelentes condiciones para la especulación, pero que este gobierno pretende encauzar hacia objetivos deleznables desde una óptica liberal-elitista: sanidad y educación públicas, inversiones sociales, energías limpias.

Nuestras clases rentistas se ven sometidas, por consiguiente, a un suplicio de Tántalo: “¡tener la niña en el campo y catarle cortesía!”, como se dice en el romance viejo de la Hija del Rey de Francia.

Afirmó Vespasiano sobre el jugoso negocio de las letrinas de Roma que el dinero no huele, pecunia non olet. Los caballeros de fortuna alineados en los escuadrones de líneas prietas y marciales de nuestras derechas, tienen, sin embargo, un olfato exquisitamente fino para oler el dinero que no huele. Y aguardan como buitres la descomposición del gobierno de coalición progresista para arrojarse como flechas sobre la carroña resultante.

De ahí la particular urgencia de la situación. En otras circunstancias, el calendario de las derechas fijaría sus objetivos en los idus electorales y seguiría ritmos más pausados, cadencias más amables, dialécticas más contenidas por los paripés de la cortesanía.

Ahora mismo, todo es urgente y descarnado. Los tiburones han olido la sangre, las narices de los financieros olfatean un dinero que se les podría escapar.


domingo, 7 de junio de 2020

UN GOLPE DE BAJA INTENSIDAD



Golpe de estado de Pavía, en un grabado de la época.


Ayer mismo, a propósito de una entrevista a Javier Pérez Royo en la que el catedrático de Derecho Constitucional exponía que ha existido “un golpe de Estado fracasado”, comentábamos un amigo de Facebook y yo que tal vez sea prematuro darlo por fracasado. Yo hablaba de un golpe “en stand by”.

Lo sucedido en el Congreso en relación con los acuerdos con Gran Bretaña sobre la fiscalidad de Gibraltar me obliga a contradecirme en tan solo unas horas: en mi opinión, valga esta por lo que valga, nada está en stand by, y la intentona de golpe sigue el curso tortuoso diseñado por una de las providencias superiores que velan por nuestros destinos (*).

Vox ha arrastrado al PP (tentado en principio por la abstención) a oponerse a una solución pactada con Gran Bretaña sobre la tributación en España de determinadas empresas radicadas en el Peñón, y de sus trabajadores españoles residentes en el Campo de Gibraltar, que cruzan diariamente la verja para trabajar en ellas.

El acuerdo es favorable a los intereses de todo tipo de la nación, pero el tándem Vox-PP opone que nada puede ser satisfactorio en este tema salvo la devolución a la soberanía española del territorio en cuestión. Más aún, considera que un acuerdo fiscal cualquiera con Gran Bretaña es en sí mismo una traición.

(El tema de la traición es recurrente. Se utiliza como descalificación última para cualquier estrategia basada en un plazo más largo que el del “a por ellos, oé”. Se ha utilizado recientemente en Cataluña, ha dividido una y otra vez a la izquierda de este y otros países en facciones irreconciliables, se viene utilizando desde hace muchos siglos en aventuras en las que un orgullo de sastrecillo valiente se antepone a cualquier género de sensatez. Las mayores catástrofes históricas han ocurrido de la mano de personas que no querían ser señaladas como traidoras a una causa cualquiera, y que prefirieron morir rápidamente a intentar perseverar por otros medios. La historia de la Brigada Ligera en Balaclava, o la de la batalla de los Cuernos de Hattin, son eternos retornos del mismo estribillo.)

Entonces, el golpe contra el gobierno no está en stand by, sino in progress, en marcha. Es un golpe cronificado, de baja intensidad si se quiere, en comparación con momentos de crisis aguda en los que se disparan armas de fuego, se irrumpe a gritos en los parlamentos como hicieron el general Pavía y el coronel Tejero, y se imponen leyes marciales y toques de queda.

Los estadounidenses, leo esta misma mañana en elpais, llaman “guerra civil fría” a lo que les está ocurriendo. El término es bastante adecuado a lo que se intenta aquí. La base del constructo es la deslegitimación absoluta del gobierno, la negación de sus competencias, la relativización de las leyes que se dictan, la reivindicación de una libertad abstracta que implica una concreta desobediencia institucional (no civil, que es enteramente otra cosa).

Así no vamos a ningún lado, evidentemente. Pero las fuerzas de la derecha extrema no pretenden ir a ningún lado. Son schumpeterianas sin saberlo, porque creen en la destrucción creadora. Aborrecen la “nueva normalidad” que anuncia el gobierno, porque para ellas solo es válida la vieja normalidad.

Y como el caos les parece la única vía para regresar al viejo orden de cosas, nos sirven caos en bandeja de plata todos los días.

Sin maricomplejines.


(*) Empleo el término “providencias” (en plural) en el sentido que nada de lo que nos ocurre depende del azar. El azar en nuestra época tecnológica es un input más en una realidad global analizada por diferentes think tanks con los métodos del Big Data.