viernes, 13 de noviembre de 2020

LA IMPORTANCIA DEL ACENTO

 


Luis Mateo Díez. Fuente, Leonoticias

 

Al español lo llaman algunos castellano, pero esa me parece una apropiación indebida. Son reconocibles a uno y otro lado del Atlántico los elementos básicos de una lengua común, pero esta ha variado de forma muy considerable desde sus posibles orígenes en el monasterio de la Cogolla, de modo que el léxico es muy distinto de unas a otras latitudes, y además está la cuestión del acento, el deje, la música de las palabras, que es un patrimonio enteramente local, tan identificador como el ADN. Mi amigo Daniel Martín acaba de comentar en facebook lo bonito que es el acento andaluz y lo bien que suena. Le corrijo: no hay un acento andaluz, hay diez mil acentos andaluces diferentes entre ellos, muy distinguibles los de la Andalucía oriental y los de la occidental.

Pero esa situación no es privativa de Andalucía. Lucio Urtubia se expresaba con el acento de su Cascante natal, incluso en francés. En sus memorias cuenta que, llevando ya muchísimos años fuera, conoció a otro español y nada más oírle hablar le preguntó: “De la Ribera navarra, ¿no?” Era de Murchante.

En uno de los cuentecillos de Jesús Moncada, el gran cronista de Mequinensa, se presenta a sí mismo recién investido de secretario municipal y en el acto de tomar en Lleida un autobús para ir a tomar posesión de su cargo. El hombre que le expende el billete le advierte de que vaya con cuidado porque el autobús de Mequinensa lleva el letrero de Tamarite. Hay dos autobuses con el mismo letrero, uno va en efecto a Tamarite y el otro a Mequinensa. “¿Y cómo sé yo cuál es el bueno?”, pregunta él, y el hombre lo mira con asombro: “Pues por el habla de la gente, claro. El acento es completamente distinto.”

Solo he visto al escritor y académico Luis Mateo Díez una vez, a la puerta de un supermercado de Los Molinos, en la Sierra madrileña. Voceaba algo en dirección a su esposa, que había entrado a comprar, y el acento era muy parecido al de mi amigo el filólogo Santi Alcoba, que es de Santa Marina del Rey, León. Díez es de Villablino. Lleva la tira de años en Madrid, pero el habla de Madrid no le infunde carácter, se añade simplemente al sustrato original. Díez habla ─y lo que es más importante, escribe─ con el acento de su tierra natal. Le han dado el Premio Nacional de las Letras como «heredero de una cultura oral en la que nace y de la que registra su progresiva desaparición.»

Puede que esa “progresiva desaparición” no sea irreversible. Que la gran migración ocurrida en el siglo pasado desde los pueblos hacia las áreas metropolitanas de las grandes ciudades, encuentre un camino de regreso. Que lo viejo y lo nuevo, el campo y la ciudad, la tradición oral y la lengua estandarizada que escupen los instrumentos electrónicos, sean en último término compatibles y consigan coexistir en un ecosistema reequilibrado enteramente nuevo.

Luis Mateo Díez ha dejado hitos que indican con mucha claridad esa posible dirección de las cosas de la vida. Lean “La fuente de la edad”, “La ruina del cielo” o alguna de sus colecciones de relatos, y se convencerán.

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

UNA GEOMETRÍA NO TAN VARIABLE

 


Viñeta de El Roto hoy, en El País.

 

Bien está la geometría variable en las posiciones del gobierno de coalición con el fin de culminar felizmente la aprobación de unos presupuestos de progreso y de reconstrucción económica que estamos necesitando como el agua.

Pero sería inconveniente forzar esa variación geométrica y llevarla a la exageración.

La exageración sería “retocar” el programa de gobierno acordado entre las fuerzas que lo componen. Una geometría variable contra el propio pacto de gobierno que tantos de nosotros hemos rubricado con nuestro apoyo explícito.

No lo digo a humo de pajas. Un artículo de Claudio Pérez en El País habla de “choques” entre los ministerios de Economía y Hacienda, de un lado, y Trabajo y Seguridad Social del otro, en torno a un documento programático que está preparando, al parecer, la vicepresidenta Calviño con su equipo.

Hasta ahora íbamos en la dirección de derogar la reforma laboral de 2012. Íntegramente, si bien no de un plumazo, vale decir mediante un único instrumento legislativo (todos sabemos lo que tardaría la confección de ese instrumento “total”, ese “terminéitor” de la reforma de Rajoy, y lo difícil ─prácticamente imposible─ de culminarlo sin lagunas ni ambigüedades peligrosísimas dada la materia de que se trata y su repercusión en las cosas de comer).

Pero ahora resulta ─a menos que Claudio Pérez y El País nos estén vendiendo una milonga, a menos que Unai Sordo vea fantasmas o espejismos sobrevolando un cielo despejado─ que se quiere rescatar algunos aspectos de dicha reforma laboral que se consideran “no tan lesivos”, dirigidos a asentar las potestades organizativas de los empresarios y a disminuir las capacidades negociales de los sindicatos.

Eso no es lo acordado, doña Nadia. Yo, que me tengo por un “radical temperado”, soy el primero en no santificar las actuaciones de los sindicatos por sistema. En muchos casos, y desde hace muchos años, hay tomas de posición sindicales que me parecen expresión de un corporativismo radicalizado, y no de una visión de clase; es decir, de una visión general en la medida en que consideremos a la clase trabajadora como clase dirigente (codirigente) del conjunto de la sociedad.

Pero lo mismo sucede con la visión de la parte empresarial, que atiende con mucho más ahínco a la ganancia privada por los medios que sea (lesivos o “no tan” lesivos para la contraparte), que a un desarrollo económico armónico, equilibrado e igualitario.

El papel del gobierno en ese diálogo conflictivo entre partes ha de ser precisamente buscar el interés general que le compete por mandato de la ciudadanía. Y esa cuestión no puede reducirse a repartir de forma más o menos equidistante las concesiones entre unos y otros, sino que precisa de una síntesis trabajada para superar posturas, a veces agresivamente enfrentadas.

Si doña Nadia no lo ha entendido bien, conviene que Pedro Sánchez se lo haga entender. Es mucho lo que nos jugamos. Y más allá del límite de la paciencia, como explica gráficamente El Roto en su viñeta de hoy, entraríamos en una terra incognita.

 

miércoles, 11 de noviembre de 2020

LA LIBERTAD ES UNA LIBRERÍA

 


Anuncio de ‘La librería’, la impagable película de Isabel Coixet basada en la novela de Penélope Fitzgerald. Personifica a la librera la actriz Emily Mortimer.

 

He visto el eslogan del título en un telediario de TVE, y me ha parecido justo. Irene Vallejo, en “El infinito en un junco”, nos ha contado cómo los antiguos se propusieron encerrar el mundo, con todas sus infinitas variaciones e interpretaciones, en un lugar hermético y sagrado: la Gran Biblioteca. La biblioteca era la imago mundi, el compendio, la síntesis última de todo lo visible y lo invisible. El cristianismo trajo un punto de vista diferente, al predicar que el intento de los humanos por igualarse a los dioses ─al dios único, para el caso─ es el peor de los pecados. Los humanos seríamos criaturas, siervos de Dios, contingentes y perecederos. Las bibliotecas antiguas, en consecuencia, ardieron o desaparecieron, y solo a determinados libros, biblia en griego, muy seleccionados, conservados a partir de una tradición arcaica, les fue conferido por la nueva religión el carácter sagrado de revelación.

Pero la escritura (las Escrituras…) siempre ha tenido el carácter de una revelación, de una explicación de todo lo que a primera vista nos parece absurdo, o incoherente, o extravagante, en el mundo tal como aparece a nuestros sentidos. Los sentidos nos enseñan la realidad como es, en crudo; pero a través de los escritos de otras personas que han vivido en distintos tiempos y lugares, podemos entender además cómo podría o debería ser si las circunstancias fueran diferentes, si se dieran otras condiciones.

Los libros son una guía de progreso, un itinerario moral, y en ese sentido siguen estando relacionados, después de tantos siglos, con el paso ansiado de la humanidad desde la condición de la servidumbre a la esfera de la libertad.

Todo ese poso cultural señala a la librería como un espacio de libertad privilegiado e imprescindible. En la librería, cada cual escoge su mundo de preferencia, su marco cultural, el hilo rojo que define en último término su ser-en-el-mundo. A través de los libros que compra, pero también de las posibilidades que recorre, de las páginas que hojea, de todo el proceso libérrimo de elegir y de decidir el consumo adecuado de cultura.

El confinamiento obligado por los virus debería tener en cuenta la imprescindibilidad de las librerías para la salud de nuestra alma. Veo por la prensa que se están dando pasos en ese sentido, que Amazon no va a ser la ganadora global de un pulso indispensable para abrir puertas al campo y generar alternativas distintas del consumo estricto de un catálogo estandarizado.

Ahora que estoy en Grecia, padezco un sentimiento de pérdida muy agudo. Aquí hay librerías, sí, una de ellas grande y nutrida a solo cinco manzanas de casa. Pero a mí me está vedado lo que alimenta a mis nietos, soy un iletrado en la lengua de los escritos aquí ofrecidos, para mí son dibujos lo que para ellos son voces. (Estoy citando una frase de Mia Couto, en su “Trilogía de Mozambique”, que encontré en el libro de Vallejo: «Parecen dibujos, pero dentro de las letras están las voces. Cada página es una caja infinita de voces.»)  

 

martes, 10 de noviembre de 2020

VICTORIA PARA UNA NUEVA ESPERANZA

 


Polarización (fuente, revista digital América 2.1)

 

«Sin Trump, Biden se habría quedado en la mitad de los votos. Se llama polarización.» Esta frase la escribí yo anteayer en uno de esos recuadros de color que facebook facilita para colgar tus frases lapidarias.

La polarización es un fenómeno físico, que tiene lugar en presencia de un campo magnético. En política se utiliza el término para expresar una confrontación bipolar que “vacía” o socava el territorio en el que habitualmente se sitúan las opciones políticas moderadas.

Ahora bien, del mismo modo como Trump se queja de que sus mayorías desaparecieron “mágicamente” en una sola noche, las redes sociales tienden a atribuir un carácter fantasmal a ese fenómeno llamativo del vuelco del voto a favor de Biden. En determinados análisis, el ganador ha sido en último término el “aparato” demócrata, imperialista, multilateralista, belicista. En definitiva, el complejo militar-industrial.

Puede que no sea así. Hay otras lecturas posibles de la victoria de Biden, que sobrevuelan el esforzado ejercicio de contabilidad de votos en los condados del Medio Oeste y el Cinturón del Óxido, y atienden a los grandes movimientos. Puede que lo sucedido no se deba a una resituación ideológica de algunos nichos sociológicos de un ecosistema determinado, sino a que América, sencillamente, está cambiando también, en un momento en el que todo cambia en el mundo. Puede ser que la globalización esté adentrándose por rumbos nuevos, y empiece a aflojarse la tiranía de los mercados financieros sobre una ciudadanía fragmentada.

Vale la pena considerar seriamente esta posibilidad. Desde un Brasil oprimido por un neofascismo cruel, y ansioso de liberación, Tarso Genro (*) lo ha hecho en un bello artículo publicado en ‘Sul21’ bajo el título “Trump y Bolsonaro, dos mentirosos compulsivos en una era que es la suya”. He aquí la conclusión de su trabajo, en una traducción algo rústica, hecha por mí a bote pronto:

«La victoria de Biden contra Trump ya es un hecho. Lo extraño y nuevo no es ─como dicen los comentaristas tradicionales─ el desenlace de un país dividido, cosa natural y saludable en una democracia estable. Espanta, por un lado, el estallido ruidoso de un fascismo hasta ahora solapado en las fantasías del mercado perfecto; y asombra, por otro, el surgimiento ─en el país “modelo” del neoliberalismo global─ de una izquierda renovada en los sectores de las clases medias bajas, en los trabajadores dispersos por las redes de instrumentalización de los cuerpos, en las luchas de las mujeres agrupadas en el nuevo mundo del trabajo y en los nuevos movimientos eco-ambientalistas y de identidad sexual, que han protagonizado ya acciones colectivas en defensa de la extensión de las libertades políticas.

Esta victoria, sin embargo, no es solamente una victoria de la izquierda, sino de todo un campo político democrático y republicano, que trasciende el bipartidarismo y que además apuesta por los valores de los “padres fundadores”, que el éxito anterior del “trumpismo” consiguió arrojar al fondo del pozo. Para nosotros brasileños, cuya democracia está maleada por el fascismo descarado, por el negacionismo que despotrica de la ciencia y por el evangelio del dinero –que utiliza a Dios y a sus Profetas para llevar a cabo la política de los mercaderes del templo─, esta victoria, si consigue desarrollar todas sus potencialidades, será magnífica, porque podrá ser un símbolo que estimulará un cambio de nuestros tiempos oscuros. Nada más que eso, pero eso ya es mucho, en un tiempo en el que dos mentirosos compulsivos se encontraron con la intención de socializar la desgracia de dos grandes naciones.»

 

(*) Reproduje en mi blog el pasado 6 de septiembre otro artículo de Tarso sobre “lo nuevo” que se abre paso dificultosamente en la política (ver http://vamosapollas.blogspot.com/2020/09/boaventura-y-la-palabra-supongo-de.html). Otro texto reciente suyo, de mayor vuelo teórico, puede encontrarlo el lector en https://pasosalaizquierda.com/la-ideologia-socialdemocrata-y-las-nuevas-bases-tecnologicas-en-la-dominacion-del-trabajo/

 

lunes, 9 de noviembre de 2020

BUENO PARA LA BANCA, ¿BUENO PARA EL PAÍS?

 


Pablo Hernández de Cos, el gobernador enmascarado (fuente, ABC.es)

 

Leo en la prensa varias noticias conectadas entre ellas, pero que es preciso modular. O sea, que no son exactamente causas y consecuencias, sino en todo caso fenómenos concomitantes.

Una es la subida de las Bolsas a raíz de la victoria de Biden en las elecciones presidenciales. La noticia dice que Biden era “el candidato de Wall Street”, pero ese comentario no es riguroso. Más exacto sería decir que los dos rivales eran candidatos de Wall Street, o que a Wall Street lo mismo le daba uno que otro, porque, a semejanza de otras divinidades, su reino no es de este mundo, y tiene capacidad de sobra, tanto para escribir derecho con renglones torcidos, como para escribir torcido con renglones derechos. Los altibajos de la Bolsa son avatares a considerar, para lucrarse en un caso jugando al alza, y en el otro, a la baja. El mercado de capitales es inmune a los vaivenes de la política.

Mientras tanto, tenemos en el solar patrio las declaraciones del gobernador del Banco de España en el sentido de que es preciso ir preparando la mochila austríaca para la ciudadanía (en otras palabras, una ayuda institucional para que cada cual se pague su propia seguridad social privada), y la conveniencia de retrasar la edad de la jubilación para hacer más sostenible el sistema de pensiones. También ha vuelto a su vieja monomanía de criticar la subida del salario mínimo, desde la extraña convicción de que, cuanto más mínimo sea, a más personas favorecerá. Lo cual es una regla de tres falsa, en el sentido de que toma como cantidades constantes tanto los puestos de trabajo asalariado como el costo global de la mano de obra.

Oficialmente, el señor gobernador se está interesando de forma altruista por la prosperidad de los administrados; extraoficialmente, su preocupación es la salud del negocio bancario. Así de crudo. Hernández de Cos cree, en cualquier caso, que la prosperidad de la banca equivale a la prosperidad del país. Es otra falsa regla de tres, por más que se adscriba aproximadamente al pragmatismo de Deng Xiaoping. Cos tiene la misma actitud de Wall Street en la noticia anterior: “Lo mismo me da el gato blanco (Biden) que el negro (Trump), siempre que cace «mis» ratones.”

Los “ratones” de la banca están en conexión con la cuenta de beneficios.

Pueden creerme bajo palabra, o buscar una segunda opinión. Como pista a seguir en este último caso, les ofrezco un titular reciente de La Vanguardia: «La banca planea despedir a más de 15.000 personas.»

  

domingo, 8 de noviembre de 2020

CERRAR HERIDAS



El poeta Miguel Hernández, censurado por el Ayuntamiento madrileño. (Fuente, laotrapoesia.com)

 

Ni Biden es el PP, ni Trump era Vox. A veces se abusa de las frases lapidarias más o menos ingeniosas. No es de recibo dedicarnos a un spoiler de la Administración Biden como si la historia realmente estuviera ya escrita y nosotros fuéramos tan listos como para conocer de antemano el final.

Donald Trump se ha comportado como un autócrata visionario, y ha ocupado el poder por el procedimiento de agitar los miedos y las expectativas de una sociedad muy compleja y fragmentada, hasta conseguir partirla en dos. Ha encarnado el sueño de grandeza de media América nacionalista y populista, negacionista y terraplanista, dispuesta a romper las amarras con el resto del mundo e imponer la fuerza de los “nuestros” frente a la ignominia de los “otros”. Nada que ver con Vox, con la ruindad miserable de una España de cuartel y de sacristía, envuelta en una bandera apolillada. Hay locura en los dos casos, pero son dos clases muy diferentes de locura.

En cuanto a Joe Biden, ha crecido como político en la defensa de las convicciones del partido demócrata, y los demócratas estadounidenses llevan muchos años identificándose con actitudes y valores progresistas. Es un partido, por lo demás, que no ha ido dejando un rastro de corrupción allá por donde ha pasado. Ningún parecido, ninguna simpatía mutua con el PP de José María Aznar, de Mariano Rajoy y de Pablo Casado.

Lo necesario sobre todo ahora, en el período difícil del postrumpismo naciente, es cerrar heridas, y esa ha sido la primera declaración de Biden. Un punto para él, y no el primero; el primero fue probablemente incluir en el ticket presidencial a una mujer que dista mucho de ser un florero, que tiene una personalidad fuerte y un gran carisma personal. Todos estamos convencidos de que oiremos hablar más de Kamala Harris, a pesar del manto de olvido que ha caído de forma casi invariable en USA sobre sus vicepresidentes.

Lo menos aconsejable después de Trump era un bandazo fuerte en sentido contrario, que habría exacerbado las hostilidades en un contexto de vencedores y vencidos. A todos nosotros, y en este sentido también los españoles somos yanquis, nos interesa que se dé una pacificación de los ánimos y un reencuentro de la Administración USA con las personas como son.

Sin vendettas ni matanzas de San Valentín. Sin gestos tan genuinamente estúpidos como el del alcalde de Madrid, que ha hecho retirar a martillazos los versos de Miguel Hernández del cementerio de la Almudena, y la placa de mármol dedicada en su calle a Francisco Largo Caballero.

Gestos que marcan la enorme distancia existente entre el PP, en crudo, y el Partido Demócrata de Biden, que dispondrá de un mandato de cuatro años para combatir de forma eficaz la pandemia (lo primero es antes) y resanar las numerosas heridas perpetradas en el cuerpo social por su antecesor.

  

sábado, 7 de noviembre de 2020

EL RITMO LENTO DE LAS DEMOCRACIAS

 


La imagen televisiva de la rueda de prensa de Donald Trump que se ha hecho viral.

 

A todos se nos ha ocurrido en estos días de recuento de votos que sería factible arbitrar un sistema más rápido de conocer la voluntad popular con absoluta certeza y obrar en consecuencia sin pérdida de tiempo.

Es algo que afecta a los métodos, no a la sustancia del tema. La sustancia es que, si salen Biden y Kamala, se metan rápido en faena, que no falta. Y si sale Trump, pues Trump, y empezar ya a preparar el impeachment. Pero rápido, oiga, que el tiempo apremia.

La democracia en América ha cambiado mucho desde los tiempos de Tocqueville, pero el proceso electoral sigue siendo en buena parte el mismo: demorado, minucioso, garantista. Las personas pueden tener ideas primitivas en la cabeza, pero es obligado darles la oportunidad de expresarlas, y hacer de ellas el caso pertinente cuando son mayoritarias.

(Esto vale para las elecciones, no para todo. Para la policía de según qué lugares y delante de las personas de según qué color, la regla parece seguir siendo disparar primero y preguntar después.)

Pero no es justo que nos quejemos de la lentitud de los procedimientos democráticos, cuando sirven para amparar el sentido del voto, libremente expresado, a unos representantes del pueblo. La lentitud y minuciosidad en el recuento es casi lo único respetable de todo el gran show electoral americano.

En España hay más rapidez en el conteo, pero no más calidad democrática. Urge conocer deprisa los resultados, pero es para otras cosas, no siempre loables. El ex secretario de Interior Francisco Martínez, número dos del ministro Jorge Fernández Díaz, ha reconocido ante el juez que intentó por todos los medios salir en las listas electorales de su partido porque era el medio idóneo de fabricarse una inmunidad ante las averiguaciones judiciales sobre la Kitchen. Multipliquen por equis el caso concreto. Otros diputados están ahí no por la inmunidad sino para presionar en favor de los intereses económicos de las grandes empresas para las que trabajan en un vertiginoso mundo de puertas giratorias.

Lo mismo ocurre en Estados Unidos, por supuesto. Pero en el Gran Martes de noviembre se juntan muchas cosas significativas para un sistema representativo muy imperfecto pero también menos malo que otros sistemas regidos por los más listos de la clase.

Lean en El País el artículo «Esto no es raro, es un escrutinio rápido», de Pablo Ximénez de Sandoval. Presten atención, en particular, al siguiente párrafo:

«Las papeletas en Estados Unidos no son de uno y otro partido. Son sábanas muy largas en las que en cada convocatoria se elige de todo. En estas elecciones, la papeleta del condado de Maricopa (Arizona) incluye: el presidente, un senador federal, tres congresistas, un senador estatal, 15 representantes estatales, un comisionado del condado, un supervisor del condado, el registrador de la propiedad del condado, el fiscal, el jefe de los archivos, el superintendente de los colegios, el sheriff, el tesorero del condado, dos miembros de los consejos escolares de dos colegios, el alcalde de Phoenix, el alcalde de Scottsdale, un concejal de Scottsdale, los jueces de la Corte Suprema de Arizona, los de la Corte de Apelaciones y cuatro iniciativas populares que se someten a referéndum.»

La lista de personas a elegir es impresionante. Habrán notado que están ahí (cito por el orden en que son nombrados) el registrador de la propiedad, el fiscal, el sheriff, el tesorero, los alcaldes, y los jueces tanto de la Corte Suprema de Arizona como de la Corte de Apelaciones.

Ninguno de esos cargos se elige por sufragio universal en España. ¿Sería aberrante, sería obsoleto un sistema así? Ah, aquí tampoco se elige al Rey.

 

viernes, 6 de noviembre de 2020

TRUMPDEMONT

 


Portada antigua de la revista 'Time'. Algunos analistas apócrifos han creído identificar al personaje que aparece a la izquierda como Carles Puigdemont.

 

Trump es un autócrata caprichoso, Puigdemont también. Los dos cuentan con los votos de medio país, y con el aborrecimiento sincero del otro medio. (Hay mucha diferencia en kilómetros cuadrados y habitantes entre el país del uno y el del otro, de acuerdo, pero el principio es el mismo). Los dos fabulan y viven en una burbuja paralela que prescinde de los datos de la realidad comprobada experimentalmente.

La diferencia entre los dos, es que Trump está convencido de su papel, y Puchi sabe en el fondo que miente. Trump es un enfermo que delira, Puchi un vivales capaz de vender el monumento a Colón a un turista desprevenido.

Cuando vivió su momento álgido, y medio país le convocaba a realizar el sueño de dicha de una comunidad enquistada en su particular regla de tres, Puchi proclamó la República catalana, la desproclamó a los ocho segundos, llamó a sus leales a una reunión para el día siguiente en el Palau de la Generalitat, y picó soleta hacia lugares de difícil extradición.

Eso, Trump jamás lo habría hecho.

Al contrario que Puigdemont, Trump cree hasta el final en su carisma y en la causa que encabeza. Ahí lo tienen desde su ensueño roto, asegurando que litigará hasta el final y que es víctima de un fraude debido a la conjura en su contra de “los grandes medios, las empresas tecnológicas y Wall Street”. En sustancia, viene a ser la misma conjura que denuncia también Puchi, salvando las distancias: los grandes medios, la España opresora, los intereses madrileños.

Trump se cree lo que dice, todo es blanco o negro, en su cerebro no caben los matices. Puigdemont declama lo que le interesa, desde la única convicción de que en este mundo cruel nada es verdad ni es mentira.

Tres cadenas de televisión han interrumpido el discurso que ofrecía Trump en directo sobre el leitmotiv indicado.

Eso, TV3 jamás lo habría hecho con Puigdemont.

 

jueves, 5 de noviembre de 2020

NO SON LAS URNAS, SINO EL RECUENTO

 


Instrucciones de voto para las elecciones presidenciales americanas.

 

Cuiden otros del gobierno del mundo y sus monarquías, como declaró con formidable retranca don Luis de Góngora. La raíz última de la democracia, su núcleo duro, no está en manos los filósofos, sino de los fontaneros.

Ya ha llovido desde que alguien, ignoro exactamente quién, dejó caer una frase que ha hecho fortuna: “Deje que hagan ellos las leyes, mientras me dejen cuidarme a mí de los reglamentos.”

El fondo implícito en esa proposición es que la rigidez consustancial a la norma puede esquivarse mediante la flexibilidad infinita de su interpretación. Para expresarlo de una forma gráfica y eminentemente física, la ley de la gravedad es universal, lo cual es un rollo; ahora bien, el punto interesante de un sistema tan poco prometedor es maniobrar de forma que le caiga la manzana en la cabeza a la persona adecuada.

El principio general expuesto arriba sobre la ley y el reglamento, vale también para lo que hasta ahora ha sido considerado el fundamento último de la democracia en cualquiera de sus formas: el voto. Todas las partes implicadas convienen en que la decisión de las urnas es inapelable; sin embargo, el resultado final va a depender en adelante de cómo se haga el recuento. El dato nuevo es que ese pasa a ser el punto principal en litigio.

Está ocurriendo en las actuales elecciones presidenciales USA. Mientras el recuento avanza penosamente (ya ocurrió antes con Florida en el match Bush Jr.-Gore), todos los analistas se han puesto de acuerdo en señalar lo estrambótico del procedimiento electoral (el reglamento) americano, y lo mucho mejor que podría haber sido en la actual era de tecnología avanzada, para evitar equívocos terribles sobre quién ha ganado y quién no, en situaciones ajustadas como la que ahora se presenta.

Y es que los votos están ahí, en las urnas, inapelables en teoría. Pero lo decisivo ha pasado a ser el recuento: no solo cómo se hace, sino sobre todo en qué momento se detiene. La norma dice que vale igual un voto presencial que otro tramitado por correo o incluso on line, pero para Donald Trump unos votos serán siempre más iguales que otros, y él se muestra dispuesto a perseguir la realización de esa clase de justicia electoral aunque perezca el mundo.

Y el mundo perecerá, por este camino. Trump ha lanzado a la lid a su Brigada Aranzadi particular, y amenaza con llevar hasta el Supremo el “fraude” de un recuento que comete la tropelía de dar por buenos todos los votos emitidos, en lugar de dar por buenos solo los votos recontados hasta determinada hora.

Estamos en una escalada de judicialización de la política, al parecer imparable. Hasta ahora se recurrían ante los tribunales únicamente las decisiones del poder ejecutivo. Trump está dispuesto a hacer lo mismo también con las decisiones del electorado.

 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

CUANDO NOS HEMOS DESPERTADO, TRUMP SEGUÍA AHÍ

 


El ticket demócrata: Joe Biden y Kamala Harris.

 

Escribo a las once de la mañana hora griega, las diez en España. Por lo que venimos sacando en limpio hasta ahora de la información disponible, Trump podría ganar, y sin embargo denuncia un fraude monstruoso (?) en favor de su rival y exige parar el recuento y ser declarado ya ganador. Amenaza con recurrir a la Corte Suprema, la eventual Administración demócrata sería “ilegítima”. Hay cosas que no cambian con las latitudes, vivimos ciertamente en un mundo globalizado.

A estas horas Joe Biden sigue aún delante en el recuento. Pide paciencia y confianza al electorado, pero el nivel de paciencia y de confianza de la ciudadanía americana ─y de rebote, también el nuestro─ lleva la luz de la reserva encendida desde hace muchos kilómetros. Nadie se atreve a aventurar cuánto más puede durar el combustible.  

La incertidumbre es la atmósfera que respiramos. Las viejas certezas han ido cayendo una tras otra; también los parapetos detrás de los cuales nos sentíamos protegidos por el Estado benefactor. Estamos a la intemperie y nos llueven las amenazas.

Entonces, curiosamente, no sé si les pasa a ustedes pero a mí sí (y este es un blog en el que se analizan, no tanto los hechos objetivos, como las sensaciones subjetivas, el "contrapunto" de las noticias), la posibilidad de que Trump vuelva a ganar pierde importancia esta mañana. Las cosas no serán tan diferentes, de todos modos. Estamos demasiado acostumbrados a que acontecimientos que se anunciaban como trascendentales han pasado luego sin pena ni gloria; a que personajes tenidos en tiempos por redentores de la penuria en la que vivíamos pisan ahora con desenvoltura las alfombras de los consejos de administración. Les preguntas a los niños en la escuela si saben quién fue Franco, y te contestan que una moneda francesa.

Quizá contra Trump, como nos pasó contra Franco, vivíamos mejor. Quizá la Unión Europea se arme mejor si se confirma que habrá cuatro años más de embestidas externas, y así consigamos obviar el actual peligro de deshilachamiento entre el Norte rico, el Sur perezoso, el club de los austeros y el grupo de Visegrad. Tener un enemigo sólido, visible, beligerante, enfrente, despierta, si más no, el instinto de supervivencia que a casi todos nos acompaña.

(Ojalá gane Biden a fin de cuentas, de todos modos.)

 

lunes, 2 de noviembre de 2020

EL SEÑOR VENDRELL Y LA LIBERTAD DE PRESIÓN

 


La consellera catalana de Sanitat, Alba Vergés (fuente, El Periódico). El departamento invertirá 236 millones de euros en “recuperar la actividad aplazada” por la irrupción de la pandemia. Sobre el almuerzo con Vendrell, no hay todavía ninguna declaración oficial.

  

Se ha sabido ahora que Xavier Vendrell, empresario y conseguidor de ERC afín a Carles Puigdemont, se reunió con la consellera de Sanidad Alba Vergés el mes pasado. Comieron juntos en tête à tête, y la sesión duró tres horas y media, lapso de tiempo improbable si únicamente se dedicaron a comer.

Vendrell justificó esa sesión extraordinaria de masaje mental por las dificultades que estaba teniendo para obtener para su empresa una contrata autonómica relacionada con la lucha contra el covid. Dinero público sustancioso que era imprescindible canalizar hacia las manos privadas que lo esperan como agua de mayo con la finalidad colateral de ayudar a los trabajos procesistas. Una cadena bien engrasada.

La consellera tenía que entender las cosas bien entendidas. Alba no ha dado prueba de muchas luces hasta ahora, de modo que era esencial explicárselo ce por be. Si quieren un resumen apresurado del argumento, lo ha dado el propio Vendrell: «Tanto como he hecho yo por este país, y vienen ahora a tocarme los cojones.»

La Generalitat había hecho su parte del trabajo, fuerza es reconocerlo. Por dos veces había atribuido la contrata al grupo de Vendrell, pero una empresa rival impugnó en los dos casos la licitación, alegando que el grupo beneficiado era una UTE (unión temporal de empresas) creada ex profeso para «falsear la competencia y repartirse el mercado».

Así se hacen las cosas en este país. El Instituto Catalán de la Salud dio la razón a los impugnantes, y un juez (ese peligro de los hombres de negro que señaló en su día la entonces ministra de Empleo Fátima Báñez) autorizó escuchas a Vendrell, a fin de profundizar más en el asunto. Hemos sabido así que el empresario estaba dispuesto a enviar a “un colombiano” a persuadir a la firma rival de que le saldría más a cuenta desistir de su empeño. Con la Patria no se juega.

Después de ser detenido y puesto en libertad con cargos, Vendrell ha acudido a un programa de entrevistas de TV3, donde ha sido recibido como un héroe. Allí ha explicado que la lucha de los catalanes por la democracia plena es similar a la de los negros en Estados Unidos, o a la de las mujeres en todo el mundo. Hay que luchar para que los derechos sean reconocidos. En su forma de pensar (pero eso no lo dijo), la “lucha” puede incluir, eventualmente, la participación de sicarios colombianos en función de deus ex machina.

 

SUBIR A LA ACRÓPOLIS

 


Carmen y yo frente al Erecteion, ayer. Abajo, nueva edición de un ‘déjà vu’: nosotros y el Partenón.

 

Aprovechando que era día de visita gratuita, hicimos ayer el “peripatos” (el paseo circular) de la Acrópolis, y así nos enteramos de que están instalando un ascensor por la ladera Norte.

Es el momento adecuado, seguramente, para una obra de esas características. En Grecia la mascarilla es obligatoria en la calle desde la semana pasada (antes, solo en espacios cerrados), y mañana martes cierran los bares, cines, teatros, museos y comercios no indispensables. También hay cierre perimetral de los nomos, de modo que no podremos movernos del Ática.

El rebrote de la pandemia, que sin embargo no ha alcanzado en ningún momento las dimensiones de países como España, y el reflujo del turismo internacional, indican la oportunidad de emprender obras de mejora de las infraestructuras. Un tipo de inversión razonable, a medio plazo; ¿piensan las autoridades autonómicas españolas en algo así?

Volviendo al ascensor para la Acrópolis, es un aditamento sin duda útil, pero contraría la idea, muy arraigada en mí, de la ascensión a la antigua fortaleza como una ascesis, es decir, algo que se hace con esfuerzo porque solo así tiene su recompensa.

Y es que la subida hasta el Partenón, precedida por el prolongado recorrido de la ladera Sur, donde están el teatro de Dionisos y el Odeón de Herodes Ático, además de los restos de algunos templos menores, y el trabajoso camino entre mirtos y acebuches, pisando mármoles, hasta los Propíleos, comporta una elevación, no solo desde el plano de la ciudad al de la montaña, sino desde el plano de lo profano a lo sagrado, desde lo cotidiano a lo indecible.

Arriba nos esperan los dos grandes templos: el Partenón, cifra y compendio del Cosmos bien ordenado, y el Erecteion edificado en tres niveles aprovechando un desmonte, con su sorprendente balcón de las Cariátides.

Ahora todo ese conjunto puede parecer obvio, pero alguien tuvo que imaginarlo. Lo hemos visto mil veces, en reproducciones. Lo vimos ayer, en una mañana ventosa, de tiempo revuelto. Desde arriba se percibe toda la extensión de Atenas. En el entorno, por el norte, las dos ágoras y el Theseion; hacia el sur, el templo de Zeus, el pórtico de Adriano y el estadio. El monte Licavittos y la colina del monumento a Filopapo miran a la Acrópolis desde una media distancia. Al fondo, por el este, el Himeto, mientras hacia el sur espejea el mar en la ensenada de Fáliro y, lejos hacia el este, surgen del golfo Sarónico el perfil de Salamina y las edificaciones de Eleusis, que ya no guardan el misterio de las estaciones sino que exhiben chimeneas de refinerías.

Es una exageración abusiva sostener que este paisaje ha quedado impreso para siempre en nuestro ADN cultural.

Pero de todos modos, lo pienso así.

 


domingo, 1 de noviembre de 2020

SEAN EL INTOCABLE

 


Sean Connery, segundo por la izquierda, como Ned Malone en un fotograma de ‘Los Intocables’ (Brian De Palma 1987).

 

Siempre hubo algo de interés garantizado en las películas en las que intervino Sean Connery: la misma labor interpretativa del actor. Pongamos por ejemplo ‘La Roca’, una producción descaradamente comercial. Ricemos el rizo, y pongamos como ejemplo ‘007 contra el Doctor No’, una pesadilla machista, sexista y neoliberal, a la que Connery llegó después de su excelente desempeño como el Vronsky de ‘Ana Karenina’ en una serie televisiva británica.

Siempre admiraré a Connery por haber sabido decir “Basta” al personaje de Bond. Lo llevó a la cumbre de la mitomanía popular, y minimizó e hizo insípidos para siempre, por comparación, a los numerosos Bond que han seguido sus huellas. Entonces, pasó página.

No es tan fácil como parece pasar página, cuando el caché por película llega a alturas de vértigo. La industria siguió contando con Sean, y pagándole bien. Él renunció únicamente a un personaje que le caía rematadamente mal (a mí también). Se negó, solo y nada más, a ser identificado con la imagen en el celuloide de un determinado modelo de éxito. Quiso mantener su propia personalidad a través de personajes distintos de Bond, y con frecuencia muy distintos también entre ellos.

Los ejemplos más brillantes son seguramente ‘Robin y Marian’ y ‘El hombre que pudo reinar’. Tuvo dos acompañantes extraordinarios en ambas películas: Audrey Hepburn en la primera, Michael Caine en la segunda.

Quizá sea esa la razón de que, por contraste, me haya quedado en la memoria su papel de Malone en ‘Los Intocables de Eliot Ness’, de Brian De Palma. Le valió el único óscar de su carrera, y fue, oh paradoja, como mejor actor secundario.

Un secundario, conviene puntualizar, que se comió con patatas al actor protagonista, Kevin Costner. A pesar del virtuosismo visual de De Palma, desde que Malone es acribillado en su refugio la película se va por el desagüe, sostenida tan solo al final por el elocuente alegato de De Niro (“¿Es eso justicia, señor juez?”, reclama un escandalizado Capone condenado por delito fiscal).

Hay una diferencia abismal entre actores de verdad y “estrellas” de las public relations como Costner.

Sean Connery está ya en el Olimpo de los Intocables. Allá donde pocos llegan.

 

sábado, 31 de octubre de 2020

NUEVAS FORMAS DE FILIBUSTERISMO

 


Ayuso, Mañueco y Page, de derecha a izquierda, reunidos en Ávila (foto, ConSalud.es)

  

Lo que cuentan Mañueco y Page de su reunión en Ávila con Díaz Ayuso, da que pensar. Se trataba allí del confinamiento perimetral de las comunidades de Castilla y León, Castilla-La Mancha y Madrid, que queda encerrada entre las dos anteriores como los calamares en el bocadillo. La coordinación del bloque geográfico compacto a efectos de pandemia y el consenso de todas las partes en las medidas eran condición indispensable para la eficacia del operativo que debía montarse. Page y Mañueco expusieron sus argumentos y discutieron sobre los procedimientos, mientras la lideresa madrileña ejercía de convidada de piedra. Solo pidió para sí misma ser la última en hablar en la rueda de prensa, lo que lógicamente le fue concedido, tanto por galantería como por el peso de la Comunidad madrileña en el subconjunto allí reunido.

Acabada la discusión con acuerdo aparente de las partes, Ayuso fue un momento al baño antes de la rueda de prensa. No tuvo que explicar nada a nadie, sin duda en su bolso llevaba alguna chisma (“device” lo llaman en inglés) que permitía la escucha de lo que se había ido poniendo encima de la mesa, desde algún lugar remoto. Recibida la oportuna consigna por el móvil, Ayuso procedió disciplinadamente a reventar el consenso intercomunitario y la rueda de prensa de paso.

Despuntan nuevas formas de filibusterismo político. De la máxima buenista “lo importante es remar juntos en la misma dirección”, se está pasando a “lo esencial es reventar lo que hacen los otros, aunque hacerlo no sirva para nada”. Trump actúa de ese modo. La “trumpolítica” es una especie de marca de fábrica de una determinada forma de hacer, profundamente antidemocrática pero que rinde a las formas de la democracia el homenaje de la hipocresía.

El gobierno Sánchez no debe esperar gran cosa, entonces, de posibles consensos con Casado, con Lesmes o con los cabecillas del “prusés”. El consenso no es un valor político en sí mismo, porque en sí mismo, es decir desnudo de programa y de objetivos, dibuja un equilibrio estático que tiende al inmovilismo absoluto, y el inmovilismo es el oscuro objeto del deseo de quienes detentan posiciones de poder, cualquier clase de poder. Miren las declaraciones recientes de Felipe González. Ese hombre anhela ─ desesperadamente─ volver al año 1985. Querría que la correlación de fuerzas fuera la de entonces, que su partido fuera el mismo de entonces, y querría ser él mismo el que fue y ya no es, el gran timonel que señala el rumbo a seguir. Lo mismo cabe decir de Aznar, trasladando la fecha correspondiente al año 2000.

Los objetivos de la política no surgen del consenso entre las corrientes de opinión, nunca, ni en el más pacífico de los supuestos. Siempre proceden de las expectativas y las reivindicaciones de los distintos grupos sociales, por lo común confrontados entre ellos. Las instituciones abandonadas a sí mismas tienden por inercia a reafirmarse y a perpetuarse. El consenso válido aparece en todo caso después de fijados sus objetivos por cada partido en cuanto que representante de un bloque social; y hay que establecerlo, a partir del análisis concreto de cada cuestión concreta como dejaron dicho nuestros maestros, con los votos eficientes disponibles en un parlamento. Cualquier otra cosa es palabrería, en el mejor de los casos.

En el caso peor, nos encontramos con este tipo de torpedeamientos llevados a cabo incluso contra propuestas de conmilitones (Mañueco) o casi conmilitones (Page). Por nada, sin objetivo ninguno, de forma gratuita, por simple mala fe.

 

viernes, 30 de octubre de 2020

«LA GUARDIA MUERE PERO NO SE RINDE»



El general Cambronne en la batalla de Waterloo, según una estampa popular (fuente, Alamy Stock Photo)

 

Según la versión oficial, las palabras que constan arriba fueron la respuesta del general Pierre Cambronne a su homólogo británico Charles Colville, cuando este le conminó a rendirse en una situación desesperada.

Circula sin embargo por los mentideros populares una versión distinta, que fue recogida por Victor Hugo en “Los miserables”. El general francés, marcial y lacónico, habría respondido simplemente «Merde». Dejo sin traducir la expresión francesa para no herir los castos oídos de mis lectores/as.

La cosa ocurrió en Waterloo, lugar de Bélgica donde siguen dándose como hongos las dobles versiones de frases históricas. Carles Puigdemont, el emperador destronado que en la actualidad se ha atrincherado allí, habrá exclamado seguramente “Merde” (quizás “Merdé”, que tiene resonancias más nostradas) a la noticia de la detención, por un delito presunto de malversación, de algunos componentes fieles de su Vieja Guardia (Vendrell, Madí, Soler, Alay), tan solo horas después de la defenestración de otro incondicional del puigdemontismo, Eduard Pujol, el hombre de la vara alta en todos los sentidos.

Pero tal vez lo que dijo exactamente Carles Napoleó Puigdemont fue, atención a los matices: «La Guardia merde, pero no se rinde.»

Lo de que no se rinde, está muy claro. Jordi Puigneró, el hombre de la patria virtual, augura la creación de una Agencia Espacial catalana (virtual, por supuesto), que pondrá en órbita el año que viene dos satélites de comunicaciones, que si no son enteramente virtuales también, habrán sido comprados por cuatro cuartos en un mercado persa, ya que Catalunya no cuenta con suficiente I+D+i en este terreno. Los cohetes que impulsarán a los dos satélites en cuestión, lucirán probablemente los colores de la enseña de la patria, de modo que dejarán en el cielo una estela estelada, para admiración del concierto de las naciones.

Todo ello precisa de una financiación adecuada, pero en ese terreno la Vieja Guardia es insuperable. La inversión solicitada al Estado que nos roba para combatir la pandemia podría canalizarse en parte, con prudencia, hacia estos otros objetivos más grandiosos y simbólicos; y el resto se conseguiría a partir de una discreta rueda de favores a empresarios patriotas, que pagarían con gusto la comisión establecida.

La imputación de la banda de los cuatro es una putada, en un momento delicado para los altos, estratosféricos, destinos de la patria virtual. Pero no se desesperen: la Guardia está dans la merde, pero no tiene la menor intención de rendirse.

  

jueves, 29 de octubre de 2020

EL TEXTO Y EL CONTEXTO


Javier Aristu, primer promotor y principal artífice de ‘Pasos a la Izquierda’, en Sevilla 2018.

 

Esta mañana ha aterrizado en la “nube” el número 20 de la revista digital “Pasos a la Izquierda”. Podría ser el último, nos advierten sus editores, Javier Aristu y Javier Tébar; ellos, advierten, no pueden seguir asumiendo la tarea de editar un instrumento tan complejo, en unos tiempos tan revueltos y en situaciones personales complicadas. Les comprendo mejor que nadie; estuve desde el principio y hasta hace poco en su lugar y a su lado.

«Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía», escribió Gustavo Adolfo Bécquer. De forma similar, se seguirán dando pasos a la izquierda con una gran ambición y sin ningún dogmatismo, por más que añoremos mucho, si finalmente se desvanece («como la llama, como el sonido, como la niebla, como un gemido del lago azul»), el amplio y heterogéneo contenedor de propuestas y de estudios que ha sido la revista en el panorama de los cinco años últimos.

Más vale no anticipar duelos. El número 20 de Pasos muestra una gran vitalidad en sus contenidos. Hay mucho donde elegir, muchas horas de lectura provechosa, a poder ser con lápiz y bloc de notas a mano.

Está en primer lugar el acercamiento a las elecciones de noviembre en Estados Unidos, en forma de dossier que analiza sucesivamente los antecedentes remotos, los condicionantes más próximos y la cruda realidad actual de un proceso electoral que nos concierne a todos. Un modelo de método y de perspectiva.

Pero quiero señalar en particular otros dos textos, ejemplares por la forma de abordar las tareas urgentes de una política con objetivos.

Son la entrevista a Joan Benach sobre la pandemia, y el ensayo de Antonio Baylos sobre las medidas laborales emprendidas por el Gobierno y su posible colofón en un futuro Estatuto de las personas trabajadoras para el siglo XXI.

En los dos casos, se da una correlación estrecha entre el texto y el contexto, de modo que se tantea sobre todo lo que aparece como nuevo en una realidad actual ampliamente considerada, a fin de sentar las bases necesarias para la “previsión” de un futuro que aparece en buena medida como imprevisible.

Ese es el método, en los dos casos. Se parte de una crítica clara de lo que se ha hecho o se está haciendo mal, y de lo que no debe hacerse. Se ofrece una argumentación documentada de por qué sería indeseable abordar los acontecimientos relacionados con la pandemia sanitaria mediante una política puramente mecanicista, de frenazo y marcha atrás. Antes de febrero de 2019 ya existía una pandemia social necesitada de remedio urgente; rebobinar la película de lo ocurrido desde entonces no tendría sentido. Mucho más fructífero es analizar al microscopio todo lo que ha ocurrido, el texto y el contexto de la pandemia en unas sociedades sometidas al ultraliberalismo. Lo queramos o no, el mundo como es da señales inequívocas de agotamiento, y el cambio se hace necesario. Volver atrás en un momento así sería distopía. Benach y Baylos hacen en sus intervenciones un esfuerzo serio para mirar adelante, con el objetivo de hacer funcional el mundo realmente existente, sin referencias inútiles a lo que existió tiempo atrás y cuyo funcionamiento, hoy ya imposible, tanto nos gustaba a todos.

Les deseo buena lectura. Cliquen aquí: https://pasosalaizquierda.com/sobre-la-pandemia/, y https://pasosalaizquierda.com/un-estatuto-para-el-siglo-xxi/