Serpiente
trepando a una higuera, fresco hallado en Pompeya datado hacia 50-70 de nuestra
era. Ese culebreo hacia la fruta apetecida es parecido a muchos razonamientos actuales
que buscan una apariencia de demostración irrefutable donde solo hay en
realidad un vacío de argumentos.
Nuestra derecha política de forma inveterada, y nuestra izquierda
ocasionalmente, usan de una forma de análisis adulterada por un sesgo vicioso
muy determinado: el de "me quedo con aquello que me favorece, e ignoro todo
lo que delata errores, fallos e insuficiencias por mi parte."
Es un procedimiento que culebrea a través de argumentos capciosos dirigidos a
demostrar la existencia de algo que a simple vista se percibe como inexistente.
Véanse como muestra la acumulación infinita de acusaciones al mundo entero y la
autoindulgencia practicadas por Carlos Mazón, presidente de la Comunidad
Valenciana, en relación con la DANA fatídica.
Otro ejemplo de carácter distinto y más divertido - por lo inofensivamente
ridículo - de este tipo de razonamiento, lo hemos visto en las declaraciones de
Alberto Toril, "coach" del equipo femenino de fútbol del Real Madrid,
después de perder por 0-5 el partido de ida de semifinales de la Copa de la
Reina, que lo enfrentaba al FC Barcelona.
Esas también son estadísticas, pero no son consideradas por Toril en su intento de "quedarse con lo positivo". Su valoración de que tiraron más a puerta (una vez más, y en fuera de juego) viene a corresponderse con la pretensión de Mazón de culpar de la debacle valenciana a la Confederación Hidrográfica del Júcar, ignorando la larga relación de avisos (esas son "estadísticas", también) pasados a lo largo del día por dicho ente a la Generalitat Valenciana, que los ignoró. La guinda del pastel la ha puesto el señor Feijóo al apuntar que "las culpas están repartidas".
Con ese tipo de análisis se intuye enseguida lo que puede esperarse de la
futura gestión de los órganos de gobierno, o en su caso de los equipos de
fútbol, liderados por esa clase de tipos.