Quienes abogamos por la recuperación de la centralidad del
trabajo en el quehacer político de nuestras izquierdas, lo tenemos crudo. Un
botón de muestra del estado real de la cuestión puede ser la tercera entrega de
la larga reflexión de Javier Aristu (1) en torno al libro La tercera república, del joven dirigente de Izquierda
Unida Alberto Garzón. Garzón no sitúa el trabajo en el centro de su
preocupación ni de su agenda política; deja el problema ubicado con
apresuramiento en un lugar accesorio en relación con su gran propuesta para una
renovación de la democracia. Ahora bien, no tengo la impresión de que Garzón
sea un marmolillo al que haya que inculcar las cuatro letras en la mollera a
fuerza de palmetazos. Muy al contrario. El problema tiene que estar situado en
otra esfera, y mucho me temo que lo he localizado. Alberto Garzón es joven,
sencillamente.
Bueno, sencillamente no, supongo que hacen falta más
explicaciones. Vamos a ellas. Para un sindicalista, y más aún si (como me
ocurre a mí) es un sindicalista de cierta edad, la centralidad del trabajo es
algo que cae por su propio peso. No hace falta convencerlo, está ya convencido.
El trabajo es su mundo, el mundo que le rodea por los cuatro costados. Y lo
mismo puede decirse del trabajador con cultura de fábrica, jubilado o a pique
de jubilarse: del hombre que empezó su vida laboral como aprendiz, adquirió un
oficio o al menos un know-how, ascendió a una categoría reconocida en un
convenio, y lleva impreso de forma permanente su oficio y su historial de trabajo
en el DNI y en el ADN. Pero ese ya no es el mundo que han encontrado los
jóvenes en el momento de acceder al mercado de trabajo. Las cosas ahora son muy
diferentes. Y cuando las cosas son diferentes, no puede esperarse que las
personas permanezcan iguales.
Una persona es un proyecto de vida; incorpora a lo que ya es en
el momento presente un futuro previsto y unos medios inmediatos o mediatos,
poseídos ya o por adquirir, con los que se propone conquistar ese futuro
previsto. Ocurre que, en un recodo del camino, para los jóvenes el futuro
laboral se ha convertido en un país extraño, para expresarlo con el título de
un libro emblemático del profesor Josep Fontana. Un país sin vías practicables
de acceso, situado fuera del alcance de cualquier expectativa razonable. Si
muchos jóvenes como Alberto Garzón prescinden del factor trabajo en su diseño
del futuro, es porque antes el trabajo ha prescindido de ellos, los ha
acantonado en un espacio de precariedad, de descalificación, de desvalor y de
aleatoriedad.
Iginio Ariemma, en el libro que está traduciendo para nosotros
José Luis López Bulla (2), sintetiza del modo siguiente la visión de Bruno
Trentin sobre la revolución de la producción que ha supuesto el post-fordismo
(un término que Trentin prefería evitar, dicho sea de pasada): «… predomina la inversión inmediata, por
razones financieras y especulativas, con relación a la de larga duración, lo
que modifica completamente las relaciones entre accionistas y management, y en
ese conterxto aumenta la diferencia entre la precariedad y la descualificación
y la necesidad de una formación continua y permanente del trabajador y el
crecimiento de la calidad del trabajo frente a los procesos tecnológicos cada
vez más rápidos.»
Un cambio como el que describe Trentin
tiene consecuencias de todo tipo. Para empezar, en las relaciones entre los
accionistas y el management: el cortoplacismo de las inversiones significa la
supresión radical de las expectativas de futuro de la empresa y la pérdida de
su proyección. Inversión a corto plazo quiere decir réditos urgentes, y en
consecuencia renuncia a cualquier sacrificio temporal de rentabilidad en aras a
un objetivo lejano, bien se trate del I+D+i, del prestigio de la marca o del
valor del capital humano, todos esos intangibles que habían puesto en pie un
modo de producción basado en la defensa de la calidad y de la permanencia tanto
del producto como del trabajo. El manager es sacrificado en el altar del
beneficio urgente por un accionista que exige su libra de carne.
Pero entonces también cambia la
relación entre el manager y la plantilla de trabajadores asalariados. La
calidad del trabajo deja de contar, la profesionalidad no es ningún requisito
exigible, no hay ni tiempo ni dinero para la formación continua y permanente,
se externalizan todas las fases de la producción posibles, se imponen plazos,
condiciones y precios a la baja, y todo el universo del trabajo heterodirigido
se degrada.
De rebote, la degradación del trabajo
repercute a su vez en la conciencia que el trabajador tiene de sí mismo y del
lugar que ocupa en el mundo. Esta cuestión, de una importancia imposible de
soslayar, fue abordada en el libro La
corrosión del carácter por
el sociólogo británico Richard Sennett. Un dato curioso: La città del lavoro de Bruno Trentin apareció en 1997,
y la obra de Sennett la siguió como un eco lejano, en 1998. Su tesis principal
puede resumirse con la transcripción de algunos párrafos de la contraportada: «Vivimos en un ámbito laboral de
transitoriedad y proyectos a corto plazo. Pero en la sociedad occidental, en la
que “somos lo que hacemos” y el trabajo siempre ha sido considerado un factor
fundamental para la formación del carácter y la constitución de nuestra
identidad, este nuevo escenario laboral puede afectarnos profundamente, al
atacar las nociones de permanencia, confianza en los otros, integridad y
compromiso, que hacían que hasta el trabajo más rutinario fuera un elemento
organizador fundamental en la vida de los individuos y, por consiguiente, en su
inserción en la comunidad.»
El desastre que vivimos estaba, por
tanto, perfectamente anunciado desde hace tres lustros. ¿Es factible, entonces,
evaluados ya los estragos producidos en nuestras sociedades occidentales por la
orgía de codicia a que se han entregado los capitalistas anónimos de todas las
latitudes, volver las cosas a su quicio y recuperar el futuro, un futuro digno
con cara y ojos, a partir de la centralidad del trabajo? Lo tenemos crudo, como
he dicho al principio. Al pesimismo de la razón habremos de oponerle el
optimismo de la voluntad.
(1) http://encampoabierto.wordpress.com/2014/07/09/alberto-garzon-la-izquierda-y-la-tercera-republica-
