Un artículo de José Ignacio Torreblanca en El País de ayer
domingo, “La socialdemocracia en la era de la austeridad”, analiza las
dificultades electorales que encuentra la opción socialdemócrata en el actual
contexto europeo. Las conclusiones del análisis son pesimistas, y se sintetizan
en el siguiente párrafo:«Muchos socialdemócratas sospechan que se han situado en una tierra de nadie
donde sus posibilidades de ganar las elecciones sobre la base de sus viejas
promesas y gobernar de acuerdo con sus verdaderas preferencias políticas se
aproximan peligrosamente a cero. Y dudan sobre qué hacer: por un lado saben que
volver al viejo Estado de bienestar es imposible, pues requeriría economías
cerradas, es decir, deshacer la integración europea y la globalización; por
otro, saben que construir un Estado de bienestar a escala europea y,
paralelamente, domesticar la globalización es una tarea que excede sus
capacidades.»
No son conclusiones halagüeñas, pero tampoco son veraces. Sólo
por entretenernos, vamos a hacer como en la canción infantil y contar las
mentiras. Primera, los socialdemócratas europeos dejaron de habitar ya hace
años esa «tierra de nadie» a la que le condenaban sus «viejas promesas» y sus
«verdaderas preferencias». Segunda, no «dudan sobre qué hacer», ya han
decidido; abandonando toda propuesta de políticas redistributivas
(probablemente insuficientes en cualquier caso), se han sometido con
mansedumbre a la dictadura de los mercados y a las desigualdades rampantes que
genera (díganlo si no Blair, Schröder y Zapatero). Tercera mentira, no saben o
por lo menos fingen no saber que «volver al viejo Estado del bienestar es
imposible»; siguen planteando como anzuelos electorales la honradez centenaria
y la eficacia en la gestión de lo público de la tradición socialdemócrata, el
sueño de la vuelta atrás, sin que su mano izquierda parezca enterarse de que
con la mano derecha practican el mismo deporte de las puertas giratorias entre
la función pública y el negocio privado de sus colegas de la casta. Y cuarta mentira,
¿por qué ha de exceder sus capacidades la construcción de una red europea de
protección y previsión social, y qué tabú sagrado les impide intentar poner
coto a los desafueros de los especuladores globales? Esta es la falsedad más
enigmática del artículo de Torreblanca; ni siquiera intenta argumentarla, a
pesar de que se refiere a un proyecto político necesario y ambicioso, a la
altura de los tiempos que corremos. Obama está intentando hacer eso mismo desde
el centro del imperio, y curiosamente las reticencias a sus planes de control
de la banca global vienen de Europa (véase al respecto el artículo de Sol
Gallego-Díaz, también en El País de ayer).
En conclusión, la imagen de Torreblanca de una manta electoral
demasiado corta de la socialdemocracia, que le deja al descubierto
alternativamente los pies si tira para arriba, o el pecho si tira para abajo,
puede resultar bondadosa en exceso en la situación española, donde se ha fiado
todo a una renovación de personas y de imagen, pero no de política. De seguir
contemplando su ombligo en una época en la que la realidad avanza a largos
trancos de velocidad digital, la insuficiente manta electoral que cubre a
nuestra socialdemocracia podría verse reducida en un plazo no demasiado largo a
un breve, brevísimo tanga. No estoy enunciando ningún desiderátum, al
contrario. Me parece urgente que nuestros amigos espabilen.
