El análisis del gasto público en España en los tres últimos años
revela que el peso de la política de austeridad lo han soportado las autonomías
y – en mayor medida aún – los municipios, mientras que el Estado no sólo no ha
reducido su cuota de gasto sino que incluso la ha aumentado en alguna décima.
Los presupuestos para 2015 se ratifican en el mismo criterio. Dejemos a un lado
a Catalunya, cenicienta en el reparto del gasto como indicador fiable de que la
respuesta de Rajoy a los soberanistas no es otra que el viejo pero no eficaz
remedio del ajo y agua. (No sólo se les niega el derecho a decidir; también el
derecho a discutir.) Mientras tanto el Estado español se dispone a emerger
incólume de la austeridad. Los recortes seguirán teniendo una localización preferente
en las áreas de la sanidad y la educación, profundizando en su deterioro,
mientras que la burocracia mantendrá en términos absolutos – luego acrecerá en
términos relativos – sus dimensiones y su peso en el presupuesto.
Un peso ya muy considerable, difícil de soportar para las
estructuras del país real. En las antiguas catedrales, la arquitectura no era
sólo ciencia sino también símbolo. Así, por ejemplo, las campanas, voz del
Señor, se colocaban en el punto más alto de la construcción, y sobre el crucero
de la nave se asentaba, sobre pilastras o sobre tambores, una cúpula que
simbolizaba el cielo protector, la providencia divina. El peso de esa cúpula y
de la bóveda de la nave sobre la estructura de sustentación representaba un
problema técnico importante. Además de exigir un grosor y una fortaleza
considerables a los pilares y las columnas del interior, hacía necesario
reforzar los muros con contrafuertes e incluso con arbotantes exteriores, que
dan a nuestros templos vistos desde el aire ese extraño aspecto de arañas
gigantes. Con todo, no siempre se podía evitar el pandeo de los muros, y en más
de un caso sonado cúpula y bóveda se derrumbaron sobre los fieles.
Hoy se recurre para evitar tales inconvenientes a cúpulas
geodésicas. Su estructura viene a ser la de la sección de un icosaedro partido
por su eje principal. La multiplicación de puntos de anclaje y nódulos de
resistencia dispuestos en red permite aligerar los materiales y proporciona una
estructura autosostenible cualesquiera que sean su altura y sus dimensiones. En
teoría es posible, y se llegó a estudiar la solución en determinado momento,
cubrir una ciudad como Houston con una gigantesca cúpula geodésica estable e
inmune a los movimientos sísmicos. Se trata de un «cielo protector» más aéreo y
ligero, más seguro también, y que gravita en menor medida sobre los humanos que
se apiñan bajo su cubierta. Todo el secreto consiste en renunciar a la
verticalidad, a la jerarquía y al esfuerzo al límite de los materiales, e
insistir por el contrario en la multiplicación, la cooperación y el sostén
mutuo que proporcionan al interactuar entre ellos los miles de nódulos que
conforman la estructura.
La arquitectura conserva su simbolismo social. El procedimiento
de construcción es al mismo tiempo un índice de la conformación de la sociedad
a la que sirve. Propongo que recurramos también en política a la geodesia, sin
esperar a que se precipite sobre nosotros todo el peso de la cúpula.
