Javier
Aristu encabeza una reflexión propia acerca de los partidos políticos (1) con
dos versos de Bob Dylan: Cuánto
tiempo puede existir una montaña antes de ser bañada por el mar. Referida a los partidos políticos,
la pregunta se responde sin vacilación: poco tiempo, muy poco, la verdad. Habla
Javier de algunas sedes, emblemáticas hace algunos años y hoy desaparecidas o
convertidas en otra cosa. Hubo un tiempo en que las sedes centrales de los
partidos políticos eran como templos, arcanos de lo sagrado a los que acudían
los iniciados para participar en los ritos del culto. Nunca fue muy allá la
influencia de aquellos recintos herméticos en el bullir de las calles, pero sí
se dio una intención manifiesta de influir. En estas páginas se ha hablado en
alguna ocasión del proyecto y el trayecto, y de sus diferencias y correlatos en
la praxis política. En las sedes de los partidos se ponía a punto el proyecto,
el diseño. Cuando el proyecto iniciaba por fin su itinerario en las calles y en
las fábricas (in illo tempore, quizá conviene aclararlo, las fábricas,
esas otras sedes de lo social cuyo callejero también amenaza hoy con perderse,
formaban parte importante del proyecto de los partidos), el flamante vehículo
minuciosamente diseñado por los comiteles
centrales empezaba a abollarse y averiarse debido al choque con la dura
realidad. Pero a veces ese vehículo llegaba, con todo, a alguna parte. El mundo
se movía.
Ahora
el proceso se ha invertido. Es la calle, el ruido y los humores de la calle, el
estímulo que provoca la respuesta del proyecto político. El largo plazo, la
previsión, han desaparecido. Se trata de ofrecer soluciones ready-made a las pulsiones a corto plazo de
los estados de opinión, a los trending
topics. Si un escándalo con
unas tarjetas B de crédito produce una indignación detectable una mañana, puede
apostarse a que los portavoces de los partidos introducirán en sus plataformas
nuevas medidas de control e incompatibilidades. El proyecto es banal, y el
trayecto efímero. Lo que predomina es la inmovilidad, la adaptación al medio,
acompañada en general por la autosatisfacción que genera en la clase política
la circunstancia trascendente de haberse conocido.
Con
estas premisas, las sedes (los templos) de la política han perdido todo su
anterior carisma. Allí ya no se discute ni se proyecta, la elaboración de las
alternativas se ha externalizado siguiendo la tendencia general de la
producción de bienes y servicios. Los centros de elaboración de los partidos
políticos han sido deconstruidos y recompuestos en forma de
asesorías, gabinetes, pools y think
tanks de diversos pelajes.
Las montañas cuyas cimas apuntaban al cielo se han derrumbado, y el mar baña
mansamente sus detritos fragmentados.
Pero
esa realidad no es negativa en sí misma. Los partidos eran y en cierto modo son
aún dinosaurios o catedrales góticas con dificultades para la adaptación
urgente a los cambios profundos que han aparecido en el medio ambiente
ecológico y en el teológico. Los nuevos ejes de coordenadas exigen otra forma
de elaborar y un tiempo de reacción mucho más rápido a las novedades, respecto
del paradigma que primaba en los años del fordismo. Hoy ya no es admisible la
respuesta de Henry Ford al periodista que le preguntaba si el comprador de un
Ford T podía elegir el color de su automóvil: «Claro que puede elegirlo,
siempre y cuando lo elija de color negro.» La mutación que representa un
paradigma nuevo impone algunos trabajos añadidos a todos los agentes políticos
y sociales. Todo está en discusión, y también las formas de la discusión son
novedosas. Lo importante en el fondo es adónde se quiere ir, aunque sea
utilizando el GPS. Y tomar como base para la nueva praxis un lampedusismo
distinto: «Cambiarlo todo para que todo cambie.»
