lunes, 8 de agosto de 2022

LA HISTORIA COMO CIENCIA Y COMO RELATO

 


Estoy pasando unos días en Cercedilla, por un motivo grato: festejos familiares. Cercedilla fue la última atalaya desde la que el pintor Joaquín Sorolla paseó sobre el mundo su mirada privilegiada: el valle asciende desde Los Molinos hasta el murallón de los Siete Picos, bajo la vigilancia refunfuñona de la Peñota, que bloquea con determinación el flanco occidental, en los contrafuertes de la sierra de la Mujer Muerta. Al fondo, tapando la esquina entre los Siete Picos y la Peñota, asoma el pico cónico del Montón de Trigo; hacia el este, levitan imponentes sobre el paisaje serrano los macizos de la Maliciosa y la Bola del Mundo. Es un paisaje que no puedo recorrer con la vista sin escalofrío.

He venido aquí con un programa cultural preciso, y solo uno: la lectura del libro de Giaime Pala, “La fuerza y el consenso. Ensayo sobre Gramsci como historiador”, Comares 2021. Es una faceta gramsciana que me faltaba por conocer; como advierte Pala, un estudioso muy consistente, las partes propiamente históricas de los Cuadernos han sido poco traducidas al español, dado que tanto a Solé-Tura como a Sacristán les pareció más necesaria la divulgación de otros recorridos del pensamiento del autor, más “exportables” y más apropiados para una praxis urgente.

En lo demás, mi idea ha sido socializar con hermanos, sobrinos y sobrino-nietos todo lo posible, y conformarme con el sobrio ideal de “vida beata” expresado por Jaime Gil de Biedma en uno de sus poemas más perfectos: «… no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia.»

Algo voy a escribir, de todos modos. Tengo subrayado un párrafo del libro (pág. 17, es decir en el preámbulo del ensayo) en el que Pala explica la costumbre, de muchos historiadores, y que Gramsci rechazaba, de hacer, no historia, sino “biografía nacional”, es decir partir de la suposición de que un país crece como una persona, y por lo tanto en el curso de su vida va incorporando experiencias y saberes que acaban por determinarlo para siempre tal y como es en el instante en el que el historiador lo eterniza.

Teilhard de Chardin llegó aún más lejos por esa vía, al suponer un “punto omega” de la evolución al que el designio de Dios iba llevando a toda la Creación. Ese vicio historiográfico parte del preconcepto de que lo que sucede es justo lo que había de suceder, porque así estaba previsto anteriormente por una mente planificadora prodigiosa.

Pala habla de «un tipo de historia mítica – dirigida a coordinar y fortalecer en las grandes masas los elementos que constituyen precisamente el sentimiento nacional – que presuponía la existencia de una sempiterna nación italiana cuyo conseguimiento de un Estado propio era solo una cuestión de tiempo y voluntad.» Es fácilmente reconocible el mismo esquema en las historias nacionalistas de España, por un lado, y de Cataluña o Euskadi por otro: se interpreta todo el aluvión de acontecimientos a lo largo de un milenio o más, como un mero trayecto preparatorio del punto Omega que se ha elegido como desiderátum. El Designio viene a ser la aguja imantada que guía la nave de la nación en proyecto a través de las olas procelosas del mar de los siglos. No es casual que esta misma forma de explicación condicione de forma férrea la explicación de los avatares que afectan a los Pueblos Elegidos, como Israel, o a las naciones provistas de un Destino Manifiesto, como los Estados Unidos de América.

Gramsci es modélico en su actitud historiográfica, porque distingue con precisión lo accidental de lo sustancial, y porque evalúa las posibilidades de recorridos históricos diferentes, y hurga en los recovecos del “pudo haber sido” con la seguridad de que lo que en un momento histórico no llegó a concretarse, sí puede en cambio volver a “ser” historia en un punto distinto de una trayectoria que nunca está fijada de antemano.