La lectura de un artículo de Andrew
Leonard, traducido por Javier
Velasco Mancebo y publicado en
los blogs En Campo Abierto y Metiendo Bulla (1), me hace caer en la cuenta de
que conocemos aún pocas cosas sobre los efectos reales de la TIC (tecnología de la
información y las comunicaciones) en el empleo. El artículo de Leonard – muy
periodístico, muy cuidadoso de no emitir juicios personales y dar en cambio una
panorámica del estado de la cuestión a través de puntos de vista contrapuestos
de distintos expertos –, alude a una realidad al parecer estadísticamente
comprobada y cuantificada en Estados Unidos: la TIC está destruyendo más empleo del que crea,
pero además uno de sus efectos es la polarización de los salarios hacia los dos
extremos de la escala retributiva: se dan de forma simultánea un incremento
salarial muy pronunciado para quienes están en la onda de la innovación, y un
retroceso significativo para el resto, incluidos los empleos medios que no son
marginales a dicha innovación sino que se definen como “complementarios” a la
misma. De esta forma se produce un vacío progresivo en las capas “medias” del
empleo y un crecimiento rápido de las desigualdades en el universo del trabajo
heterodirigido.
En otras palabras, el dinero afluye sin
tasa a la espuma que corona la ola de la innovación, y escapa en cambio de la
amplia base que sustenta la misma. La percepción del fenómeno en Estados Unidos
no es distinta de la que podemos tener en nuestras latitudes. Nos encontramos
ante un motivo de preocupación serio. Y, más allá de la preocupación, ante una
realidad intrigante en la medida en que contradice tendencias muy consolidadas
a lo largo de la historia económica. La introducción de tecnologías novedosas
siempre, desde los luditas, ha producido en una primera etapa destrucción de
empleo, pero ese desajuste inicial se ha compensado sobradamente después con
una ampliación generosa de las oportunidades de trabajo mejor remunerado. En
todas las revoluciones industriales se ha dado una sustitución progresiva de un
tipo de empleo obsoleto de cualificación muy baja, condenado de antemano a la
desaparición, por puestos de trabajo de nueva creación, con una cualificación
más alta y niveles salariales superiores, adaptados ya a la innovación.
Sin embargo, en el caso actual, los datos
conocidos no se ajustan a ese esquema. Todo indica que lo que está ocurriendo
es distinto. Y la pregunta concreta de Leonard es la siguiente: «¿Por qué el aumento de la
productividad de tanto cambio tecnológico radical no ha elevado el nivel de
vida de la mayoría de la gente?»
Algunos de los expertos citados por Leonard
responden a esa pregunta que todo está en orden y el tiempo pondrá las cosas en
su sitio. La nueva revolución tecnológica es en sustancia igual a las
anteriores en sus mecanismos y en sus efectos, sólo hay que darle tiempo para
que penetre más a fondo en el sustrato social; cuando se disipe la polvareda de
la novedad y todo se asiente, empezarán a notarse los consabidos efectos
beneficiosos en el empleo y en la calidad de vida de las personas.
Yo no confiaría demasiado en esa hipótesis.
Se me ocurre que esta mutación tecnológica concreta tiene unas características
diferentes de todas las anteriores. La
TIC ha aparecido como una novedad absoluta en la historia
económica, y como tal debe ser comprendida, asimilada, y también, en su caso,
rectificada en los aspectos que aparecen indeseables. Es lo que sugiere el
mismo Leonard cuando señala que los estropicios sociales generados por una
revolución “liberal” convocan paradójicamente el contrapeso necesario de más
“socialismo”. Y en ese contexto convoca al espíritu de un Carlos Marx que
refunfuña: «Ya lo decía yo.»
Tampoco confío demasiado en la posibilidad
de poner remedio “desde fuera” a la innovación. Lo cierto es que la innovación
ha impregnado ya el modo de vida de las sociedades avanzadas; ni los
sindicatos, ni los gobiernos, ni los ciudadanos críticos, nos encontramos al
margen de ella. No podemos corregirla desde fuera, porque estamos dentro.
Wifis, iPads, iPhones, facebook... El acceso a las tecnologías de banda ancha
ha cambiado la estructura del mundo; por así decirlo, ha modificado todos los
puntos cardinales.
Esa es la novedad de la innovación, y no
hay redundancia en la expresión. El modo de producción de bienes y servicios
avanzaba hasta ahora por los carriles del maquinismo y de la automatización.
Ahora el motor del progreso se ha desplazado a un terreno distinto. Estamos en
la sociedad de la información. De tan repetida, la frase puede parecer vacía de
contenido, pero no es así; los tópicos también apuntan a realidades operativas.
El acceso a una información ingente, su tratamiento, su utilización, su
manipulación, son las señas de identidad de nuestro mundo actual.
Ahora bien, si en este caso la innovación
se diferencia de las anteriores y abarca un universo de transformaciones mucho
más amplio, en una cosa sigue siendo igual a aquellas, o por lo menos tal es mi
hipótesis de partida: la TIC
es neutral en relación con el sistema productivo, y por tanto con el empleo y
su remuneración. Es el modo concreto de gestionar y de utilizar la innovación
lo que está erosionando los niveles salariales y creando desigualdades
desmesuradas y abusivas en el universo del trabajo por cuenta ajena.
No entra en mi intención ni en mis
capacidades entrar en filosofías de fondo sobre el tema de la sociedad de la
información; sólo pretendo, y ya es seguramente demasiado, apuntar desde mi
propia y mínima experiencia y desde mi intuición algunas posibles consecuencias
prácticas para la acción de los sindicatos. A ese empeño dedicaré un próximo
post.
