martes, 12 de febrero de 2013

TIEMPO DE FÁBRICA Y TIEMPO DE VIDA

Lo que sigue no es un trabajo elaborado y coherente, sino unas notas a pie de página que sirven de comentario a un párrafo de Vittorio Foa, en su libro Il Cavallo e la Torre.Riflessioni su una vita. El párrafo en cuestión, que un improbable lector curioso puede encontrar en la página 278 de la edición de Einaudi, es el siguiente (traducción mía):

«Cuando estaba en prisión me interesó la percepción del tiempo en los reclusos sometidos a condenas largas. Para la crítica a aquel tiempo “espacializado”, divisible hasta el infinito y por tanto inmóvil por la imposibilidad de recorrerlo, en otras palabras para la crítica de la concepción eleática, me ayudó la lectura de un libro hoy olvidado: L’évolution créatrice de  Henri Bergson.  Esa percepción del tiempo carcelario la llevé conmigo al trabajo sindical y la reencontré en el trabajo fragmentado y subfragmentado de la organización científica del trabajo, en el taylorismo. La cadena se me representó como el modelo llevado al extremo de la alienación del trabajo asalariado. [...] Ese modelo tan privado de sustancia, adaptado superficialmente a la sociedad industrial automatizada e informatizada, sigue perseverando en el seno de una izquierda huérfana de las viejas certezas. Para ella la alienación del trabajo ha invadido la vida entera; después de haber perdido el sentido del trabajo, las personas habrían perdido el sentido mismo de la vida.»

Vamos por partes.

1)  Me interesó la percepción del tiempo en los reclusos sometidos a condenas largas.

Vittorio Foa fue juzgado en 1935 por actividades antifascistas y condenado a 15 años de prisión. Fue puesto en libertad en 1943 y se incorporó de inmediato a la Resistencia. En sus memorias dedica un capítulo entero a su experiencia carcelaria, y en él analiza en varias páginas la percepción del tiempo en la cárcel. Resumo deprisa su análisis: para el recluso el tiempo de vida se convierte en simple “espera”, un vacío que es necesario colmar de alguna manera. Lo consigue por medio de divisiones y subdivisiones continuas que intentan diferenciar ese tiempo siempre igual e imprimir a cada porción un contenido significativo, por irrelevante que éste sea: la hora del patio, la llegada del correo, el reparto de la minestra, la lectura del periódico... Tiene lugar por esa vía una deformación paulatina en la percepción psicológica del tiempo, que parece desmenuzarse y alargarse indefinidamente. La deformación se va acentuando cada vez más, de modo que, para un recluso condenado a diez años, el décimo año de condena resulta mucho más largo que, por ejemplo, el cuarto, porque el tiempo carcelario se identifica estrechamente con la espera del momento de la libertad, y esa espera exacerbada, vacía de los elementos de socialización, de aprendizaje, de trabajo físico y mental que suelen arropar nuestra vida, se hace más y más insoportable. Tal y como lo expresa Foa, «el tiempo ya no se mide por su contenido en acciones: sus unidades se convierten en recipientes delimitados geométricamente que se trata de rellenar con unidades de tiempo geométricamente menores.»

2)  Para la crítica a aquel tiempo “espacializado”, divisible hasta el infinito y por tanto inmóvil por la imposibilidad de recorrerlo, en otras palabras para la crítica de la concepción eleática...

Los “jefes de fila” de la escuela eleática de la filosofía griega fueron Parménides y su discípulo Zenón. Zenón de Elea formuló en el siglo V el siguiente problema o “aporía”, muy conocido: en una carrera entre Aquiles, el más veloz de los héroes griegos, y una tortuga, si se da ventaja de salida a ésta, Aquiles nunca la alcanzará porque en el tiempo que tarde en recorrer el espacio que le separa de la posición inicial de la tortuga, ésta habrá avanzado algo y se encontrará en un segundo punto; cuando él llegue a ese nuevo punto, la tortuga se habrá movido a un tercer punto; y así, de fracción en fracción de espacio-tiempo cada vez más reducidas, Aquiles se acercará infinitamente a la tortuga, pero no podrá rebasarla.

3)  Esa percepción del tiempo carcelario la llevé conmigo al trabajo sindical y la reencontré en el trabajo fragmentado y subfragmentado de la organización científica del trabajo, en el taylorismo. La cadena se me representó como el modelo llevado al extremo de la alienación del trabajo asalariado.

Y aquí sucede algo asombroso. Una antigualla del siglo V antes de Cristo, un problema filosófico teórico ridiculizado por sus contemporáneos y rebatido por Aristóteles, viene a encontrar su justificación en pleno siglo XX industrial. La vieja aporía de Zenón se cumple en sus términos exactos en la cadena de montaje de una fábrica organizada según el sistema del ingeniero Taylor. Con sus acciones estereotipadas y descompuestas fragmento a fragmento en gestos simples cronometrados hasta la fracción de segundo, Aquiles y la tortuga se igualan. No hay forma humana de que el más ágil, el más inteligente, el más preparado se distinga del más torpe. El trabajo humano se ha convertido en un fondo anónimo e indistinto, el tiempo en un vacío abstracto, la fábrica en un mecanismo deshumanizado. El tiempo de la fábrica se asocia así al tiempo de la prisión: es un tiempo geométrico, una larga espera alienada que se rellena con una serie de gestos repetitivos, desprovistos de sentido para el trabajador.

No hace falta insistir más en este punto. Bruno Trentin, en La ciudad del trabajo, ya ajustó las cuentas de forma convincente con el ingeniero Taylor y su nutrida claca de admiradores, así en la derecha como en la izquierda(1). Sigamos.

4) ... me ayudó la lectura de un libro hoy olvidado: L’évolution créatrice de Henri Bergson.

Para saber más sobre el asunto, me bajé el libro citado de Bergson de un sitio de internet que ofrece gratuitamente los clásicos franceses de las ciencias sociales: Francia es insuperable en todo lo relacionado con la difusión de su propia cultura.

Pues bien, según Bergson damos el mismo nombre, “tiempo”, a dos realidades diferentes: el tiempo de los matemáticos, abstracto, mensurable e infinitamente divisible, y el tiempo vital, que él llama “duración”. A diferencia del tiempo abstracto la duración, dice, muerde, y deja en nuestra carne la huella de sus dientes. Se refiere, claro es, a los procesos de crecimiento, plenitud y decadencia física, pero también a otra cosa: la duración nos acompaña como el halo gaseoso, la atmósfera que rodea determinados astros. Y a medida que la vida avanza, ese halo va haciéndose cada vez mayor, más voluminoso, como la bola de nieve que rueda por una ladera: a él se acumulan todos los procesos de aprendizaje, de socialización, de adaptación al medio, de cultura. Es decir, lo que llamamos experiencia vivida, todo lo que se almacena en nuestra memoria, la sustancia misma de que está hecha la historia.

Cuando hablamos de tiempo, tendemos a pensar en la primera de las dos realidades. Desde la escuela nos hemos acostumbrado a problemas del tipo siguiente: un tren viaja de A a B, un trayecto de320 km, a una velocidad media de 55 km/h. Si sale de la estación A a las 12.00, ¿a qué hora se cruzará con otro tren que viaja de B a A, y ha partido a las 12.40 desarrollando una velocidad media de 45 km/h?

Espacio, tiempo y movimiento son entidades abstractas, desprovistas de vida, en un problema así. Para la solución no cuentan esos incidentes que salpican la vida real de las personas, ya sean la avería de una catenaria o las peripecias de una guerra civil como las que dan sustancia a un clásico del cine que tiene el mismo argumento del problema: “El maquinista de la General”.

5)  Ese modelo... sigue perseverando en el seno de una izquierda huérfana de las viejas certezas. Para ella la alienación del trabajo ha invadido la vida entera; después de haber perdido el sentido del trabajo, las personas habrían perdido el sentido mismo de la vida.

Y ese es el problema, dice Foa, que hizo fracasar en su momento la ley francesa de las 35 horas. Los trabajadores no se identificaron con la iniciativa legislativa. Reducir la “cantidad” de tiempo de trabajo no resuelve el problema, cuando lo que debe cuestionarse sobre todo es la “calidad”, la apropiación por parte del trabajador de su tiempo, la incorporación de cuando menos algún grado de autonomía sobre su trabajo, que ahora le es sustraído, amputado por así decirlo del conjunto de sus aspiraciones vitales. En un artículo de Umberto Romagnoli aparecido hace muy poco en este blog, se aborda esa dicotomía del trabajador-ciudadano, del ciudadano que lo es en la medida en que es trabajador. Y se cita precisamente otra frase de Foa en este mismo libro: los sindicalistas solemos pensar en el obrero en relación únicamente con su trabajo y con sus intereses materiales, pero el obrero tiene una vida que va más allá de la fábrica.

Es el equilibrio de la vida completa, la perspectiva global “dentro” y también “fuera” de la fábrica, lo que importa resolver. Y en esa doble tarea es donde pierde pie una izquierda política vincente que ya no puede delegar en el Estado la solución de todas las injusticias que afligen a la sociedad civil.

6)  El Caballo y la Torre

Una coletilla ajena a la cuestión, para terminar. La íntima relación entre espacio, tiempo y movimiento es una característica sobresaliente del juego del ajedrez. Vittorio Foa era, como yo mismo lo soy, un apasionado de ese juego, y dio como título a sus memorias el nombre de dos piezas emblemáticas. La torre se asocia al ataque frontal, al choque. Se mueve con rapidez: en un tablero despejado puede llegar a cualquier casilla en uno solo o dos movimientos todo lo más. El caballo, por el contrario, tiene un radio de acción limitado y un movimiento lateral. Es lento en su avance. Puede situarse en cualquiera de las 64 casillas del tablero, pero para ello precisa tiempo: cinco, seis movimientos tal vez para llegar a una casilla lejana. La torre simboliza la fuerza, el caballo la estrategia. Son piezas muy diferentes, pero las dos capaces, a su manera y dentro de las leyes del juego, de dar jaque mate al adversario.

(1) 
LA CIUDAD DEL TRABAJO 


martes, 11 de diciembre de 2012

MIS NIETOS GRIEGOS

Querido José Luis,

leo desde Atenas las últimas entradas de tu blog. Una se refiere a la situación relativa de Grecia vs. Alemania; otras a la situación de España y a la buena noticia de una iniciativa sindical en Catalunya en favor de la unidad entre CCOO y UGT. Yo me vine acá hace unos cuantos días, leyendo en el avión "Liquidación final" de Petros Márkaris. Ya en la ciudad, me pareció que todo seguía igual que el año anterior. Después de una mirada más detenida me di cuenta de que todo era "demasiado" igual.

Me explico: los consabidos posters publicitarios de la plaza vecina ofrecían las mismas bellas mujeres invitando a consumir. Eran las mismas: no las habían cambiado desde mi visita del año anterior. Se notaban algo desvaídas por lluvias e intemperies. Luego la basura seguía amontonada en algunos rincones de las calles. Si te fijabas, veías que los estratos inferiores estaban cubiertos por una espesa capa de polvo apelmazado por la humedad. Y un cagarro de perro en medio de la acera de mi calle, de un color especial entre verde y rosado, ha seguido en el mismo lugar desde la primera vez que lo vi, cada día un poco más tornasolado.

No hay mantenimiento, no hay limpieza pública. Muchos comercios han cerrado. Uno, particularmente tenebroso porque a través de los vidrios polvorientos del escaparate se veía todo el mobiliario interior destrozado a golpe de hacha: los estantes, los expositores, el mostrador, unos espejos, los apliques... Quien dejó el local no quiso que nadie aprovechara los restos supervivientes de su ruina.

Tampoco hay sanidad, lo sé bien por personas amigas: la privada carece de medios pero retiene a los pacientes para cobrarles días de una asistencia que son incapaces de darle; la pública está en proceso acelerado de liquidación. Y sobre la escuela a la que van mis nietos, las maestras se excusan de las frecuentes huelgas: hace más de un año que no cobran.

La vida sigue, a pesar de todo. Pero no es ahí adonde voy a parar, sino a una observación de Márkaris en una entrevista. "¿Cómo ve a España?", le preguntaron, y él contestó: "Como Grecia el año pasado." Pues bien, si alguien no lo remedia, me temo que la Greciaque estoy viendo es la España del año que viene.


viernes, 19 de octubre de 2012

LA ORGANIZACIÓN DE LA DEMOCRACIA

Dice Riccardo Terzi, en el texto corto, denso y contundente que ha recibido calurosa acogida en las páginas de este blog, que nos encontramos ante una inequívoca crisis política del sistema:  Democrazia e partecipazione nella crisi del sistema político


Se refiere a Italia y a la Toscana, pero lo dice desde la conciencia de que la situación en su país y en su región es trasplantable, sin forzar lo más mínimo la analogía, a otras y muy diversas latitudes. Las páginas que firma Terzi son, por otra parte, no una elaboración individual, sino la presentación e introducción de una investigación llevada a cabo conjuntamente por el Istituto di Ricerche Economiche e Sociali (Ires) de la Toscana, la Universidad de Florencia y la Cgil. Laglobosfera de Parapanda sin duda estará atenta a la difusión, en su momento, del texto completo de esa investigación más extensa.

No hace falta insistir mucho en calificar y caracterizar la crisis que padecemos: las noticias prácticamente diarias en los medios de comunicación acumulan prueba sobre prueba de una situación de parálisis, de falta de ideas y de proyectos, de una clase dirigente política y financiera enquistada en sus privilegios, corrupta y arrogante. No han faltado en los últimos años, señala Terzi, esfuerzos generosos para salir del cenagal. Pero es un hecho que quien ha vencido en todos los casos ha sido el cenagal.

En los últimos años la democracia representativa ha sido puesta en cuestión desde tres grandes frentes, que han tratado de colocarla “bajo tutela” en nombre de tres distintas autoridades de rango superior.

La religión ha sido el primer frente: en realidad lo ha sido desde hace ya siglos. Obispos, imanes y rabinos coinciden en considerar la democracia como un artificio tolerable sólo en la medida en que no contradice ni estorba las normas de vida emanadas de la divinidad que ellos representan. Cuando la moral ciudadana viene a chocar con la moral de la religión dominante en un país, se producen en la vida democrática de éste toda clase de presiones indirectas o directas, e interferencias de diversas magnitudes. Incluso muy graves.

Con todo, poca cosa son las interferencias religiosas al lado de las económicas y financieras. Todo el sistema democrático queda en suspenso cuando se trata de plegarse al imperio de los mercados y a seguir las normas de actuación emanadas de la llamada “troika”. Tal es el miedo entonces a que los parlamentos se “equivoquen” y voten en contra de lo que es ineluctablemente necesario hacer según el pensamiento único, que los poderes ejecutivos soslayan la confrontación en las cámaras y legislan de tapadillo por decreto. Incluso cuando se hace necesario tocar la “intocable” Constitución.

El tercer ataque a la normalidad democrática viene del populismo plebiscitario. Ante el líder que se erige en el portavoz privilegiado de una comunidad, sea esta nacional, supranacional, de nacionalidad, región o municipio, no valen las instituciones establecidas, y el pueblo puteado, olvidado y ninguneado durante largos años, emerge de pronto como la única opción capacitada para validar, con su voto o más a menudo con su simple presencia, las pretensiones del dirigente carismático.

Los tres frentes de agresión a la democracia suelen imbricarse y reforzarse mutuamente. Bajo ese triple y poderoso envite, hemos visto banalizarse el trabajo de los parlamentos, resquebrajarse la coherencia del poder judicial, y perderse de forma progresiva la función de los partidos políticos, que actuaban como enlace entre la sociedad civil y las instituciones. La democracia ha perdido sus cauces y vías de transmisión; peor aún, se han anulado o corrompido sus topes, sus frenos y sus contrapesos. Lo que rige en la política actual es la ley del desafuero.

La reconstrucción a fondo de la democracia, maltratada y lacerada por estas agresiones, es una tarea urgente. Y también, una tarea ingente. La clase política en su conjunto, es decir las instituciones, los partidos políticos, los sindicatos, las fundaciones y los organismos de diverso tipo que se mueven en órbitas más o menos próximas a los centros de poder, pueden intentar resolver la cuestión “desde dentro”, renovando personas, revitalizando recursos y activando resortes. Es una opción plausible, afirma Terzi, pero de éxito improbable. Por muchas razones, pero en particular por una: porque implica una limitación, una más, de la democracia.

En el exterior del sistema hay también vida. Se expresan los que no tienen voz: los indignados, los asambleístas, los grupos antisistema o antipolítica. La derecha, el centro y la izquierda establecida, la que Bruno Trentin llamó “sinistra vincente”, tienden a englobarlos a todos ellos en una descalificación irrevocable. Pero cuando la política está paralizada en el marasmo, en la ineficacia y en la corrupción, todos somos antipolítica. Y la democracia, por definición, es un derecho de todos, sin exclusiones, sin vallas ni letreros que digan “Prohibido el paso a toda persona ajena a la obra”.

Entonces la gran propuesta para hoy, dice Terzi, es ampliar la democracia, llevarla a todos los rincones, a todas las personas, y organizarla. Una democracia espontánea, plebiscitaria, rudimentaria, vale de muy poco. Es urgente recurrir a todos, promover una participación democrática masiva y organizada. Una democracia organizada implica la creación de cauces adecuados, de nuevos canales y nuevas sedes de discusión y de expresión, para la decantación y formulación de síntesis sucesivas de un proyecto político que englobe a todos y en el que todos puedan reconocerse. En ese contexto los partidos políticos dejarán de ser los vehículos exclusivos de la opinión de sus bases. No por eso habrán de dejar de arrimar el hombro, pero no pueden reclamar el monopolio de esa función. (Otro tema que no es oportuno tratar aquí, añade Terzi, es la necesidad de una reforma a fondo de los partidos políticos democráticos, de sus estructuras y de sus métodos, si quieren tener algo que decir en el nuevo mundo global.)

Al sindicalismo confederal también le corresponde, dice Terzi, una tarea importante en ese proceso largo, trabajoso y complejo. Entre otras, por una razón de un peso abrumador. La democracia, en la medida en que significa libertad de expresión y de participación, impregna toda la vida y la experiencia de las personas. Y la dimensión esencial de las personas es el trabajo. Hay una tendencia, incluso desde la izquierda, a separar el mundo del trabajo del mundo de los derechos de ciudadanía. Es una tendencia errónea, lo discutimos a fondo el editor de este blog y yo mismo a propósito de su traducción del libro de Trentin “La città del lavoro” (1). Recortar de la vida democrática de una persona, de su derecho fundamental a la libertad y a la igualdad, las horas que pasa en el trabajo (o buscando trabajo, en tantos casos), es una amputación brutal e inadmisible. Pensar, como hace Josep Ramoneda en su reciente “La izquierda necesaria”, que el trabajador puede y debe tender a buscar la felicidad al margen del trabajo para no caer en el “economicismo”, es pura filfa. Estamos acostumbrados a argumentaciones más rigurosas del filósofo de Cervera.

Dado que la intención de la propuesta avanzada por Terzi es ampliar la democracia y llevarla a todos los rincones del país, una tarea primordial será introducirla dentro de las fábricas y los centros de trabajo. Allí también han de regir los principios universales de la libertad, la igualdad y la fraternidad, o expresado de otro modo, la solidaridad. Y fuera y más allá de la empresa, importan para la democracia el encaje y la interacción entre empresa y territorio, de un lado, y de otro entre economía y política; dos cuestiones en las que el sindicalismo tiene, si es capaz de afrontarlas, mucho que decir.



martes, 4 de septiembre de 2012

LAS COSAS IMPOSIBLES DE PIETRO INGRAO

Querido José Luis:

en la autobiografía oral de  Pietro Ingrao (Le cose impossibili, Editori Riuniti, 1990) que me proporcionaste como provechosa lectura para este verano, encuentro un párrafo que me parece un broche de oro a la larga conversación que hemos venido manteniendo sobre ”LA CIUDAD DEL TRABAJO “ de Bruno Trentin. 

El entrevistador, Nicola Tranfaglia, pregunta a Ingrao cuáles fueron las razones de que se opusiera a la propuesta del nuevo secretario del Pci, Occhetto, de una “svolta” que había de conducir al cambio de nombre del partido, al ingreso en la Internacional socialista y a la formulación de un nuevo programa fundamental. Al fin y al cabo, comenta Tranfaglia, tú llevabas ya años criticando el modelo soviético y llamando a la necesidad de una reforma del partido.

La respuesta de Ingrao es larga y jugosa; selecciono el párrafo que incide con más claridad en las preocupaciones que hemos ido expresando. Para la versión castellana he recurrido a la competente Escuela de Traductores de Parapanda, digna sucesora de la que creó en Toledo en épocas antañonas el rey castellano don Alfonso llamado el Sabio, que fue un gran zascandil en muchos aspectos, pero en este la clavó. 

Tiene la palabra Pietro Ingrao: 

¿Por qué crees que la «crítica al modelo soviético» ha de implicar el abandono de lo que yo mismo he llamado el horizonte del comunismo? Sigo convencido de que la sociedad soviética no era ni comunismo, ni socialismo. Mi discrepancia al respecto se ha basado –entre otros– en ese motivo esencial. Y otros han emitido ese juicio antes que yo: desde la Luxemburg hasta Korsch, y el mismo Gramsci. Es posible, por tanto, extraer conclusiones distintas de una misma crítica áspera del modelo soviético. Y ya es hora de reconocer laicamente ese hecho. Y aun más: mi crítica del modelo soviético y del estalinismo se basa (como puede leerse en las cosas que he escrito) en el hecho de que en esos regímenes no sólo se quebrantaban libertades políticas esenciales, sino que se reforzaba una condición alienada de los trabajadores que yo, por mi parte, sigo considerando decisivo combatir y superar. ¿Es un deseo abstracto por mi parte? En esta entrevista hemos hablado de luchas por el control obrero llevadas a cabo por millones de trabajadores, del poder de incidir en las decisiones de las grandes empresas, e incluso –¿lo recuerdas?– de la calidad general del desarrollo, y en un plano distinto de la gran cuestión planteada por el movimiento estudiantil acerca del porvenir que aguarda al mayor recurso de nuestra época: los saberes. Yo no creo que estas reivindicaciones agoten el horizonte del comunismo. Pero sé que basan su fuerza en una crítica a la alienación del trabajo y en el trabajo, y en una lucha contra la penetración de las grandes concentraciones capitalistas más allá de la esfera misma del trabajo, hasta mercantilizar esferas delicadísimas de la vida de las personas. Sé también que esta es una visión que parte de un horizonte teórico, que desarrolla una crítica de una forma específica de la sociedad mercantil: el modo de producción capitalista. Sé que desde ese punto de vista puedo comprender mejor la gran cuestión de la diferencia sexual, y las culturas y los movimientos que han surgido a partir de dicha cuestión. 

¿Son ideas, puntos de vista, objetivos de lucha, erróneos? Confrontémonos. Confrontaos. Pero no a partir del prejuicio de que se trata de temas que en la actualidad no pueden tener ya vigencia. 


Hasta aquí, Ingrao. Recibe un fuerte abrazo, Paco Rodríguez