domingo, 7 de agosto de 2016

INTERMEDIO RECREATIVO


Operación Presidente (4)


Aquella misma tarde (1), cuando por fin conseguí arrastrar mi dolorido esqueleto y el socorrido equipaje de mano hasta la suite que había reservado en un hotel madrileño céntrico de cinco estrellas  cuyo nombre y dirección no pienso facilitar a nadie porque hoy te demandan y te montan un pollo por cualquier cosa, me encontré con tres bellezas ligeras de ropa que me esperaban entretenidas en una amena charla. Mientras hacían tiempo, se habían comido los bombones obsequio de la dirección y habían descorchado el champaña francés puesto a enfriar en un cubo plateado relleno de hielo picado.
– ¡Mira quién está aquí! – dijo al verme una de ellas, morena y curvilínea; y otra, rubia con unas piernas larguísimas, palmoteó:
– ¡El rey de la fiesta!
El tono de ambas era alegre, pero me inspiró una tristeza inmensa. La perspectiva de la tortura que me esperaba aquella noche me provocó un bajón repentino de la presión sanguínea. Tuve un vahído y me tambaleé.
– ¡Sujétalo, Judit, que se viene al suelo! – gritó la rubia, y el tercer ángel de Victoria’s Secret se abrazó con tanto mimo a mi cuerpo, rozándolo con las delicadas puntillas y los lacitos rosados de su negligé, que, literalmente, me hizo revivir. Juntos dimos dos o tres pasos de baile sobre la alfombra persa, y finalmente conseguí quedar más o menos en posición de firmes, salvo una parte determinada de mi cuerpo que siguió blandamente en posición de descanso. No me había dado tiempo de comprar Viagra; mejor dicho, con tantos detalles del plan M por discutir, no me había acordado más del asunto, maldita sea.
La rubia me inspeccionaba con ojo clínico.
– A este hombre le pasa algo. Aflojadle el cinturón y bajadle los pantalones.
Así lo hicieron las dos morenas. Cuando sobresalieron mis partes por encima del calzoncillo a media asta, quedó al descubierto un feo moretón esparcido por toda la zona, y algunos puntos sanguinolentos. Hubo una triple exclamación de horror, y la rubia, que dijo llamarse Vanessa, tomó el mando:
– ¡Judit, Eliané, dadle un baño y limpiad bien toda la zona con jabón y agua templada! Yo corro a la farmacia a por gasas, pomadas y desinfectante. Vuelvo en cinco minutos.
Aquel fue el comienzo de una larga amistad entre nosotras/os cuatro. Se procedió metódicamente al baño y a las curas de primeros auxilios pertinentes. Una vez acomodada mi persona en el centro del amplio tresillo de la sala de estar de la suite, nos dedicamos a conocernos mejor. Vanessa era ucrania y doctora en reumatología por la Universidad de Kíyiv; la morena más pequeña, Judit, era filipina y tenía un master en sociología; Eliané, la brasileña escultural, se había diplomado en ingeniería en Minas Gerais. Ninguna de las tres pensaba perseverar en su minijob de azafatas de compañía, pero también procuraban capear los malos tiempos laborales con profesionalidad.
– Cuando veo a esos viejitos que te vienen palotes de viagra con la pretensión de que nunca vas a olvidar sus cualidades de amantes, me entra la ternura y finjo un orgasmo – dijo Eliané –. Si te apetece, te finjo uno a ti también – ofreció con la mejor de las intenciones.
– Yo no estoy palote, ni vengo con pretensiones – gruñí, tétrico.
– No, ya, pero puedes darme una opinión como observador imparcial. Estas representaciones necesitan mucho ensayo.
Hice un esfuerzo por cambiar de tema y le pregunté:
– ¿Por qué Eliané, y no Eliane sin acento?
– Porque sí – me aclaró ella la duda gramatical.
Les ofrecí salir a cenar los cuatro a Zalacaín, pero se negaron de forma tajante.
– Quita allá con atracones de grasas saturadas – dijo Judit –. Abajo hay un puesto de fruta, saldré a comprar unas bananas y unos kiwis.
– Mangos – pidió Eliané.
– Nueces y pasas – hizo el eco Vanessa.
Cenamos opíparamente, y después de ver juntos el Pasapalabra en la tele, volvió a surgir el tema del orgasmo fingido.
– Es la piedra de toque de la profesión – argumentó Judit –, la prueba del algodón. Un orgasmo fingido a conciencia exige nervios de acero, capacidad de persuasión, creatividad. El físico ayuda, desde luego, pero no es decisivo. Eliané, por ejemplo, tiene las tetas más bonitas que las mías, y el chichi de Vanessa es un amor, todo depiladito y con el piercing. Pero lo decisivo en un orgasmo fingido no es eso sino la técnica, la dedicación y la coreografía. Esfuerzo, no hay otro secreto. Y te diré una cosa – añadió, dirigiéndose a mí –, hay chicas que se tocan abajo para entrar en situación, y para mí eso es trampa. Es como el dopaje. Es prostituir la verdad última de un orgasmo fingido auténtico, o sea hecho según las reglas.
Se ofreció a hacer una demostración sobre la marcha, lo que los estudiosos denominan in situ. Eliané propuso trabajarlo en dúo, “para que tú puedas comparar”, me dijo; pero Vanessa les dio la alerta.
– Si se le empina, le dolerá – advirtió. Las dos me pidieron perdón de inmediato, y Judit incluso soltó unas lágrimas mientras se hacía reproches a sí misma:
– ¡Seré bruta!
Apagamos temprano la luz. Los cuatro cabíamos sin apreturas en la enorme cama circular King size que dominaba el dormitorio de la suite. Dos paracetamoles habían suprimido los dolores intermitentes de mis bajos, y dormí toda la noche como un querubín, sin recordar ni por un momento la ordalía tenebrosa que me esperaba el día siguiente.
 

(1) El lector encontrará los episodios anteriores de este thriller apasionante en:




sábado, 6 de agosto de 2016

MENINA MUEVE FICHA


Operación Presidente (3)

Soraya me miraba fijamente (1). Había hecho el recorrido desde Génova hasta el despacho del ministro, en Castellana 5, en 2’43”6. Vale que la distancia es bastante corta y que Usain Bolt hubiera conseguido una performance mejor, pero no creo que le recortara más de esos 3”6. De hecho Cristóbal Montoro tardó cerca de cinco minutos más que ella, y llegó sin resuello.
– ¿Cómo sabemos que es auténtico y no un agente ful, Fernan? – preguntó Soraya, inquieta –. A mí, con franqueza, me parece un comemierda.
– La videoconferencia con Berlín ha sido confirmada en todos sus extremos – explicó el ministro –. También hemos detectado su posición de administrador único de una empresa offshore radicada en Panamá City y dedicada a la promoción de eventos deportivos varios, llamada «Aquest Any Triplet Sí». El título es indescifrable para nuestros expertos, suena a lengua yihadista; pero la provisión de capital es de cinco kilos de euratas. Todo concuerda.
– Amén – dije. Lo dije solo por decir algo. Montoro se encrespó.
– Escuche, Rodriqui, no me vacile porque del puro que le meto se enteran hasta en Laponia. Por mí, si es yihadista como si se la pela, pero esa cuenta me la tiene que regularizar. El procedimiento es sencillo: una exposición de motivos en papel con timbre del Estado, una declaración complementaria y una solicitud de amnistía fiscal. Su gestor se lo puede tener preparado en veinte minutos.
– ¿Tanto papeleo por solo cinco miserables millones? – me escandalicé. Montoro asintió.
– Comprendo su punto de vista, pero nosotros en Hacienda somos como hormiguitas. Unos centimitos recortados de una pensión de viudedad por aquí, una denegación de una solicitud de dependencia por allá, y cuando te quieres dar cuenta no veas el redondeo lustroso que te ha salido.
Soraya se impacientaba.
– Qué mensaje traes tú de Merkel.
– Es por lo de Mariano, ya te he dicho – intervino Fernan, conciliador.
– Que me lo diga él.
– Merkel quiere que Mariano dimita y se retire – dije, de forma escueta y sin alardes.
– Ah sí, qué gracia, y luego qué más.
– Lo demás lo arreglarán ellos.
– ¿Ellos quiénes?
Improvisé.
– Juncker y Draghi, por supuesto, y Lagarde, claro, y el Banco Mundial. Hillary Clinton también es de la partida, tengo entendido. Y Bill Gates. Y Vicente del Bosque.
Soraya no me quitaba ojo de encima. Marcó morrito y se puso un poco bizca. Solo un poquito, una insinuación de bizquería.
– ¿A quién pondrán si se va Mariano? ¿Han dado nombres? ¿Hernando, Alonso, Moragas? ¿Albert Rivera, tal vez?
– Merkel solo dijo que ellos se harían cargo de todo. No dio nombres – me guardé las espaldas.
– En ese caso aún nos queda un soplo de esperanza – se volvió Soraya hacia el ministro del Interior –. No será la cofradía de los maitines la que se lleve el gato al agua.
– ¡Marcelo, no grabes! – gritó Fernández, histérico.
– Borro a partir de Del Bosque, jefe – se oyó la voz de ultratumba.
Soraya no había desclavado de mi cara sus ojos, que relucían de pura agresividad.
– Pues le dices a tu amiga Merkel que aquí la que curra soy yo. Quien se come los marrones soy yo. Quien sostiene los palos del sombrajo para que no se hunda soy yo. Y solo yo. Que se entere.
– Angela lo sabe – dije con mi voz más melosa, y sonreí con ternura a Soraya.
– ¿Cómo sabes que lo sabe? – inquirió, arisca.
– Esas cosas se notan. Al fin y al cabo ella está en una posición parecida a la suya, señora Santamaría.
Soraya soltó un bufido.
– ¡Parecida! Ay que me tuerzo de risa. Merkel lo tiene chupao. Y Hillary también. Quisiera yo verlas lidiar con los cofrades de los maitines de Génova, de uno en uno o en montón.
Pero se tranquilizó, a pesar de todo. El tonillo rencoroso desapareció. Brilló en sus ojos, que no apartó de los míos, una luz nueva. La luz de «Angela lo sabe».
– De acuerdo, se hará lo que se pueda. Tú vienes aquí con algún plan para forzar la dimisión de Mariano, vamos digo yo, ¿no?
Me sentí acorralado en arenas movedizas y extremé la prudencia. La verdad es que aún no había pensado nada.
– A ver, se trata de una cuestión delicada. Es necesario sopesar los pros y los contras. Desde luego, se han barajado varios planes alternativos – improvisé.
– Muy bien, varios planes. Cuéntame uno.
– El plan A… – empecé a decir.
– Fuera, no vale. El plan A es siempre demasiado obvio, no me interesa. Otro.
– Está el plan B.
– El plan B tampoco. No hay tiempo que perder. Seguro que ya lo hemos usado nosotros, y no ha dado resultado. ¿Cuál es el plan C?
Aquel interrogatorio estaba estimulando mi creatividad.
– El plan C consiste en subirlo a un helicóptero y estrellarlo – dije. Negó, meneando despacio la cabeza.
– Lo hemos hecho ya. A él y a Esperanza, dos por el precio de uno. Pero no funcionó.
Seguimos examinando posibilidades entre los dos. Fernández y Montoro se limitaban a escuchar. A Soraya le gustó el plan M. M de Mercader, Ramón Mercader.
– Fernan, consíguenos un piolet.
– ¡Marcelo, un piolet! – gritó el ministro del Interior.
– Que sea robusto y contundente – encareció Montoro.
– ¡Marchando! – se oyó la voz de Marcelo.
– Ahora falta concretar los detalles – siguió Santamaría –. Tú lo matas – me señaló –. Entonces. Cómo hacemos desaparecer el cadáver.
– Lo tiramos al Manzanares – apuntó el expeditivo Fernández.
– Si lo tiras al río, el cadáver aparece, Fernan; justo lo que no nos conviene. Tiene que desaparecer. ¿Se te ocurre algo?
– No – dijo Fernández.
– Una bañera llena de ácido – sugirió Montoro.
– ¿Tienes una bañera llena de ácido en algún rincón del ministerio, Fernan? – insistió, paciente, Soraya.
– No, no creo. Todo se ha externalizado. Si quieres una bañera con ácido, has de recurrir a amiguetes del sector privado. Y te cobran una pasta.
– No podemos recurrir al sector privado, harán preguntas. Hemos de valernos por nuestros propios medios.
– Puedo programar una visita de inspección fiscal a Aznalcóllar – indicó Montoro –. Aquello está, uf. Llevamos discretamente el fiambre en una furgoneta y lo sumergimos en la balsa de residuos químicos.
– Muy bien, toma nota, Fernan. Problema resuelto. Entonces un holograma de Mariano en 3D se dirige a la nación…
– A la nación, no – intervine –. Nadie se lo va a creer. Acude a casa de Bertín Osborne, o al Hormiguero, y allí dice que se va a su casa, que tiene saudade, que prefiere dejarlo en el mejor momento…
– ¿¿En el mejor momento?? –exclamaron a coro Soraya, Fernández y Montoro.
– Bueno, es lo que diría el auténtico Mariano, ¿no? – razoné yo.
– El auténtico Mariano nunca diría que lo deja, ni en el mejor momento ni en el peor – sentenció Soraya.
– Una objeción – levantó un dedo Montoro –. ¿No es un riesgo enviar un holograma 3D a casa de Bertín Osborne? Pueden darse cuenta de la superchería.
– Objeción rechazada – replicó Soraya en tono seco –. En la pasada campaña electoral no fue Mariano, sino su holograma, quien visitó la casa de Bertín y el plató de Motos. ¿No os llamó la atención que no metiera la pata? Era un holograma programado.
Sonaron en aquel momento unos golpes discretos en la puerta.
– Con permiso.
Aparecieron el rostro inconfundible y la pelambrera esparcida de un futbolista brasileño del Real Madrid. Sin llegar a entrar, desde donde estaba, alargó el brazo en el que empuñaba un voluminoso piolet.
– Su piolet, señor ministro – dijo en tono humilde.
Fernández, Montoro y Santamaría se volvieron hacia mí. Yo miré con aprensión aquel arma letal con la conciencia de que, si algo salía mal, mi foto saldría en primera plana de los periódicos de todo el mundo acompañada del epígrafe: «Paqum al-Rodriqí, el yihadista magnicida.»
– Cógelo tú, Fernan – dijo Soraya en tono práctico –, y lo metes de matute en Génova. Mañana mismo consigo a este hombre una entrevista a solas con Mariano, justo después de los maitines. Lo presentaré como experto de la comisión europea de medidas globales contra el calentamiento del polo Norte, pero tiene que pasar limpio por el arco de detección de metales. Luego nosotros ponemos a su disposición el “objeto”. De ese modo será más fácil.
 
(1) Para conocer las entregas anteriores de esta escalofriante crónica, el lector debe acudir a:


jueves, 4 de agosto de 2016

DE PERDIDOS, AL RÍO MANZANARES


Operación Presidente (2)

Dado lo somero de las instrucciones que me había dado la cancillera Merkel (1), invertí todo el tiempo que duró el viaje en AVE de Barcelona-Sants a Madrid-Atocha en trazar planes de acción. Al llegar tenía una cosa clara: para poder contender con tres bellísimas azafatas de compañía cada día, iba a necesitar dosis masivas de Viagra; de otra forma estaba perdido antes de empezar. Necesitaba por consiguiente, antes que nada, ir a una farmacia de confianza y solicitar un forfait, a ser posible con rebaja por compra de tres o más frascos del medicamento. Mi experiencia con el (o la, no estoy muy seguro) Viagra es nula, de modo que no sabía muy bien por dónde empezar. En el peor de los casos confiaba en llevarme a las azafatas al palco del Santiago Bernabéu, y encontrar allí voluntarios generosamente solidarios para ayudarme en mi ingente tarea.
En cuanto al plan para convencer a Rajoy de que se retirara de la política, a la llegada a Atocha  todavía no había podido pensar nada concreto. El AVE es demasiado rápido, y yo solo puedo reflexionar sobre mis problemas pendientes de uno en uno. Lo más urgente era lo de las azafatas, lo demás vendría por sus pasos.
En el vestíbulo de la estación me sorprendió la cantidad de policías antidisturbios armados hasta los dientes que observaban expectantes la salida de los viajeros. Decidí – erróneamente – que no tenía nada que ocultar, de modo que avancé hacia ellos arrastrando mi maletín con ruedas y poniendo la cara más parecida a la inocencia perfecta que fui capaz de conseguir. No les di el pego.
– ¡Ahí viene el yihadista! – me señaló uno. Sonó un silbato, y al instante siguiente estaban tres hombres aguerridos encima de mí, inmovilizándome con sofisticadas llaves de artes marciales. Un sargento se me plantó delante, dijo “Esto por resistencia a la autoridad”, y me dio una patada en los mismísimos. El dolor fue brutal. Mientras me sumergía en la inconsciencia, recuerdo haber pensado que ni con un largo tratamiento de Viagra Doble Extra conseguiría cumplir siquiera con la primera de las tres azafatas que según contrato habían de amenizar mis ocios.
Desperté en un despacho lujosamente amueblado. Me habían sentado – o más bien despatarrado – en un sillón de diseño con poliespán atravesado por tubos cromados en ángulos inverosímiles que impedían todo intento de comodidad. Delante de mí, un tipo que me pareció vagamente conocido recitaba:
– En pruebas, en pruebas, uno dos tres, en pruebas…
– Oiga – le dije –, usted es Jorge Fernández Díaz.
– Dígame algo que no sepa. Y usted es Abdalrahman Paqum al-Rodriqí, el peligroso infiltrado de ISIS.
– En absoluto. Está en un error. Soy inocente como una paloma.
– ¿Se han recuperado ya sus testículos de la patada?
– No, aún duele.
– Entonces, no siga por ese camino. Vamos a tener una charla confidencial, sin micrófonos ocultos ni esas porquerías tecnológicas. En pruebas, en pruebas, Marcelo, ¿me escuchas?
– Alto y claro – se oyó una voz como de ultratumba.
– Correcto. Mire, al-Rodriqí, todo lo que diga va a ser utilizado como prueba en su contra, ¿está dispuesto a colaborar?
– ¿En qué? – quise saber.
– Aquí las preguntas las hago yo. Puedo anticiparle que si no colabora no saldrá vivo de estas dependencias. Su cadáver será arrojado al río Manzanares, y le echaremos la culpa a la alcaldesa Manuela Carmena por negligencia en la limpieza de fondos.
– Estoy dispuesto a decirte todo lo que quieras, resalao – declaré de forma espontánea y voluntaria, en un rapto de irrefrenable sinceridad.
– ¿Qué le ha dicho Merkel? – preguntó Fernández.
– ¿Cómo sabe lo de Merkel? – me asombré.
– Aquí las preguntas las hago yo – repitió. Pero de inmediato prevaleció la vanidad de colgarse una medalla –: ¿Tan ingenuo es usted que cree que no tenemos informantes en los Casals d’Avis?
– Ha sido Mónica, por supuesto – exclamé, refiriéndome a la más cotilla e impertinente de las monitoras.
– No diré ni que sí ni que no. Es usted quien ha de desembuchar. Escuche, ¿le habló Merkel de lo mío?
Vi el cielo abierto.
– Largo y tendido – dije –. Casi no hablamos de otra cosa.
– ¿Y cómo lo ve ella?
– Difícil, pero presionará a Ratzinger, para que presione a Gabaglio, para que presione a la curia, para que la curia dé el plácet pertinente a su nombramiento como embajador.
Fernández se relajó considerablemente. Incluso me ofreció una copa de quina Santa Catalina. Acepté por no hacerle un feo, pero solo me mojé los labios y dejé intacta la copa sobre la mesa.
– Ratzinger, ¿eh? – dijo, soñador –. Benedicto XVI.
– Equis Uve Palito – confirmé yo.
– ¿Qué más me cuentas, perillán? Dame más buenas noticias.
Tan amistoso se había vuelto el ambiente que Fernández me tuteaba. Decidí apretar el acelerador a fondo.
– Bueno, ella me habló de lo de Mariano.
– ¿Qué, de Mariano? – Fernández se puso otra vez rígido.
– Dijo que debería… dar un paso a un lado. O dos. O tres, incluso.
Me miró con cara feroz. Por unos instantes temí que me propinara otra patada en mi maltrecho escroto.
– ¿Ha hablado de esto con alguien, al-Rodriqí?
– Le juro que usted es el primero.
– Ah, bien – se tranquilizó, y volvió de inmediato al tuteo –. Pues no lo cuentes por ahí, bocazas. Marcelo, abrimos una pausa de dos minutos, ¿entendido?
– Afirmativo, jefe – sonó de nuevo la voz de ultratumba.
– Soraya tiene que saber esto – dijo entre dientes Fernández, y tiró de teléfono móvil. Yo había improvisado lo anterior un poco al azar; pero de pronto me di cuenta de la razón de los filósofos que sostienen que la verdad es catártica.
 

(1) Ver el inicio de esta rigurosa crónica en http://vamosapollas.blogspot.com.es/2016/08/en-mision-secreta.html

EN MISIÓN SECRETA




Operación Presidente. Cap. 1 (1)

– Sin rencores, herr Gottráiguetz – me dijo Angela Merkel a modo de saludo, desde la pantalla del televisor situado en el Hogar de la Tercera Edad de Sant Pol de Mar. Yo había tenido que pedir aplazamiento en una muy ventajosa partida de garrafina con unos colegas, a fin de atender a la videoconferencia urgente y privada que ella había reclamado desde su despacho oficial en Berlín. Las monitoras del Hogar me instalaron para los efectos en una de las cabinas privadas en las que los socios podemos, a cambio de un moderado incremento de la cuota de admisión, disfrutar de las cochinadas estereotipadas de las webs porno para abuelitos.
– Sin rencores, cancillera, me lo ha quitado usted de la boca– repuse, galante. Angela y yo habíamos tenido algunas diferencias de apreciación el verano pasado, cuando me inicié de forma prometedora en la digna profesión de chivo expiatorio, con el difícil caso de la desaparición de las joyas de Lagarde, tal y como ha quedado relatado en otro lugar de este blog (2).
– Ha sido Wolfi quien ha pensado en usted, ¿se acuerda de Wolfi?
Con aquel diminutivo ridículo Angela se estaba refiriendo a Wolfgang Schäuble, su ministro de Finanzas.
– Imposible olvidarlo, cancillera – declaré yo con total sinceridad.
– Habríamos recurrido de preferencia a 007, no se lo oculto, herr Gottráiguetz. Lamentablemente – aquí suspiró de una forma muy pasional y muy alemana, tal y como imagino yo que haría Franz Schubert al acabar de componer su Winterreise –, Bond ya no es uno de los nuestros. ¿Está usted enterado del Brexit, supongo?
­– Lo estoy, cancillera.
– Yo aquí charlando y charlando sin ton ni son, qué cabeza la mía. Para abreviar, Wolfi me dice: “La situación es crítica, Angie. Si queremos evitar que el barco se hunda, necesitaremos, aun a costa de taparnos las narices, algún aliado en la pocilga del Sur.” ¿Le ofende lo de la pocilga, tal vez?
– En absoluto, cancillera. Yo mismo no lo habría definido mejor.
– Ah, bien. “¿Por qué no recurrir a ese chivo expiatorio tan elogiado por el FMI?”, que me dice Wolfi. “Era un comemierda, pero no del todo tonto.” ¿Le ofende lo de “comemierda”, herr Gottráiguetz?
– Ahora mismo estaba picoteando una ración de patatas bravas especialidad de la casa, cancillera, mientras jugaba una partida de garrafina con los amigos. No me cuenta usted nada nuevo.
– Ah, bien. Entonces, ¿acepta el trato?
– ¿Qué trato, cancillera, si no es impertinencia preguntarlo?
– Cinco millones de euros libres de impuestos, en una cuenta offshore en un bufete discreto de Panamá City, a nombre de una sociedad ficticia de la que usted será administrador único. Dietas de viaje aparte, y facturas de restaurantes de hasta cinco tenedores incluidas. Bellas azafatas de compañía, hasta tres al día. Entradas de fútbol gratis en el palco VIP del Santiago Bernabéu. ¿Le parece bien, herr Gottráiguetz?
– Falta un detalle, cancillera.
– No se me ocurre cuál.
– ¿Qué tendría que hacer yo?
– Ah, eso. Nada de particular. Solo tiene que convencer a Mariano Rajoy de que se retire de la política. “Tortas y pan pintado”, como dicen ustedes en la lección quinta del tercer curso de español para principiantes, que he consultado hace unos minutos para preparar esta entrevista. De lo demás ya nos encargaremos nosotros.
Noté el chasquido de la adrenalina al retirarse brusca y repentinamente de las venas por las que había estado avanzando impetuosa. Me sentí miserable.
– ¿Confía usted en que un comemierda como yo conseguirá convencer de que se retire a un político triunfador y eufórico, en la flor de la edad y en el ápice de una brillante carrera? – pregunté. Era, no hace falta insistir en ello, una pregunta retórica.
– Mi íntima amiga Christine Lagarde nos asegura que es usted lo mejor de lo mejor, el no va más, la solución definitiva a nuestros problemas de halitosis.
– ¿Y usted, perdone, se lo ha creído?
– No estoy en condiciones de llevarle la contraria a la puta bruja. Así la zurzan con ese asunto de Tapie. Esto se lo digo off the record, herr Gottráiguetz. Impóngase a sí mismo la discreción más absoluta al respecto. Ahora que ha aceptado el encargo…
– No he aceptado aún – puntualicé.
– Ni falta que hace, pringao. ¿No hemos empezado diciendo que “sin rencores”? Pues no me haga enfadar otra vez, porque si me anda buscando, herr Gottráiguetz, le aseguro que me va a encontrar. ¿Estamos? Mueva el culo de una vez, pardillo.
Aquello me ofendió hasta la raíz última de mi dignidad. No niego que su oferta era tentadora, pero yo no he caído tan bajo como para aceptar cualquier humillación.
– O retira eso de “pardillo”, o no hay trato – dije con firmeza. Lo dije en serio.
– Retirado, cacho bolo. ¿Algo más?
– Las entradas de palco, que sean en el Nou Camp. Las bellas azafatas de compañía, desearía cambiarlas por visitas gratuitas al Zoo de Barcelona y a las Atracciones del Tibidabo. ¿Es posible?
– No. Esto es un pack cerrado. ¿Acepta de una vez?
– Qué remedio. Pero no puedo prometerle nada.
Angie pulsó un botón de su mando a distancia y la pantalla quedó en negro. Las desgracias nunca vienen solas: acabé por perder la partida de garrafina y hube de pagar la consumición de las patatas bravas.


(1) Al encontrarse el usufructuario habitual de este blog en paradero desconocido, y haber recibido los administradores del mismo el texto que se inserta, más el anuncio de nuevos envíos para completar la crónica de una así llamada “Operación Presidente”, queremos poner en guardia al lector habitual de este sitio normalmente serio y ponderado. Si tiene dudas razonables acerca de que la publicación de hoy y las venideras sean obra de un troll informático, cese de inmediato la lectura y zapee en busca de otro sitio más seguro. Gracias.


(2) El lector curioso encontrará la citada odisea, capítulo por capítulo, en:
http://vamosapollas.blogspot.com.es/2015/07/spleen-e-ideal.html


http://vamosapollas.blogspot.com.es/2015/07/art-deco.html


http://vamosapollas.blogspot.com.es/2015/07/sunset-boulevard.html









miércoles, 3 de agosto de 2016

MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA DE CONVERGÈNCIA


Una de las vanidades más extendidas entre los humanos es la de querer ser recordados como los mejores en su especialidad. Maradona anduvo murmurando de Messi por las esquinas, decidido a impugnar que el “pecho frío” pasara a la historia por encima de su propia figura. Felipe González sigue empeñado en dictar la estrategia del PSOE incluso cuando él ya no es nadie en el PSOE, y el PSOE casi nada en la política española.
Jordi Pujol lo fue casi todo en Cataluña. El pal de paller, el hombre providencial e imprescindible. Los adversarios políticos comían de su mano. O se los comía él. A ERC se la merendó tres veces.
Solo se le conocen dos errores. El primero, de poca monta, fue un asuntillo de dineros B en Andorra. Habida cuenta del panorama en la encrucijada de la coyuntura nacional, peccata minuta.
El segundo error ha tenido una trascendencia bastante mayor. Pujol no dejó crecer bajo su sombra a políticos de tanta envergadura como Miquel Roca y Joaquim Molins. Los aburrió, literalmente. Y en cambio, fue a designar como sucesor de su trono a un guaperas con masters por Harvard. Lenguas de doble filo señalan a Ferrusola como la inductora del desastre (del desastre de Andorra también, sea dicho de pasada): la primerísima dama se habría sentido seducida por el hoyuelo de la barbilla y el tupé (en sus dos acepciones) de Arturo. El patriarca se retiró a la vida privada, y en pocos años su herencia política ha quedado desbaratada. El palo del pajar se rompió en algún momento, y Mas fue primero el audaz dirigente que marcó un nuevo rumbo a media Cataluña, y últimamente ni eso. Conserva, eso sí, la vanidad común de querer ser recordado como mejor que quienes le sucedieron. Eso puede explicar la resistible ascensión de Puigdemont al semigobierno de la semigeneralitat, de un lado; y el nombramiento de Homs al frente de las avanzadillas del semiejército catalán en territorio enemigo.
Homs ha intentado recientemente una filigrana de la vieja escuela, el peix al cove. Mientras se votaba la desconexión en Barcelona, en Madrid prestaba sus votos para una mesa del parlamento favorable a los designios de las fuerzas opresoras. A cambio, CDC se aseguraba dos millones de euros y un grupo parlamentario propio durante la legislatura.
No es que fallara algo sutil e imprevisible: falló todo. Homs trabajaba a partir de un libro de texto del curso pasado, ahora hay asignaturas nuevas. Convergència se ha quedado sin los dineros (nada que no se pueda remediar; bastará con cerrar algunos quirófanos y unos cientos de camas hospitalarias más durante este mes de agosto), y sin legión tebana en Madrid para alimentar las funciones de lobbying habituales en el mundillo de los politinegocios. Fiasco total.
En cuanto a la segunda parte contratante de la delicada operación por los bajinis, mantiene de momento su objetivo, una mesa favorable, pero podría ser que tampoco: ya se habla en voz alta de la emergencia de unas terceras elecciones. En septiembre aguarda a los españoles una secuencia de órdagos a la chica: elecciones vascas, ídem de lienzo gallegas, y cuestión de confianza catalana. Con su cachaza peculiar, Mariano Rajoy piensa que más vale esperar a que pase la tormenta y ver por dónde escampa, antes de optar por algo que le resulta especialmente doloroso: tomar una decisión (una cualquiera). A Rajoy elegir le revuelve las tripas. Le encanta la ideología del fin de la historia, de la concatenación de fuerzas irresistibles y del “no hay alternativa”. Ahí está la política que prefiere, no hacer nada y dejarse llevar por las corrientes subterráneas hacia un futuro repleto de brotes verdes.
Y sin embargo, algunos think tanks de Cataluña piensan aún que la debilidad del gobierno de Madrid permitirá a las fuerzas activas del procès alcanzar el resultado con el que sueñan. A pesar de que el desgobierno catalán no es menor que el de Madrid; a pesar de las contradicciones internas prácticamente insalvables de su mayoría parlamentaria; a pesar del forzamiento ya demasiado evidente del vocabulario para simular que, cuando hablamos del derecho a decidir, todos estamos hablando de lo mismo, y no de cuestiones que pueden estar en las antípodas las unas de las otras.
En tiempos, Convergència tuvo en su mano, no la hegemonía, ojo, pero sí el pulso del país catalán, hasta el punto de que llegó a identificarse sin rubor a sí misma con Cataluña. Más dura será su caída.
 

martes, 2 de agosto de 2016

SOBRE LA PROPIEDAD DE LOS TESOROS ARTÍSTICOS


Lo irónico es que el monasterio cisterciense de Santa María de Sigena podría ser un hito histórico y simbólico de la Cataluña irredenta. Allí se refugió Isabel de Aragón con sus hijas, después de la breve guerra y rendición humillante del conde Jaime de Urgell a Fernando de Trastámara, elegido rey de la Corona de Aragón en Caspe. Conviene recordar que el Compromiso para seleccionar al candidato con “mejor derecho” a la Corona no fue ningún paripé, aunque sí fue ideado y gestionado, con su habilidad diplomática característica, por Pero Martínez de Luna, el papa de Illueca que más tarde sería desposeído por el concilio de Constanza de su nombre de Benedicto XIII y de sus prerrogativas eclesiales.
Isabel de Aragón era hija del rey Pere IV lo Cerimoniós y de su última esposa, la ampurdanesa Sibil·la de Fortià. Su boda con el conde Jaime reforzó las expectativas de este de alcanzar la Corona al morir Martín I sin descendencia legítima. Jaime acató al principio la sentencia de Caspe, pero luego se sublevó, inopinadamente, en el peor momento y sin tropas suficientes para mantener su reto al rey legítimo. Contó como si fueran juramentos en firme con vagas promesas de una alianza inglesa que exigía a cambio el reino de Mallorca; pero los ingleses nunca se presentaron a la cita.
Después de la rendición del Castell Formós de Balaguer, que fue arrasado hasta los cimientos, Jaime de Urgell inició una larga peregrinación por prisiones castellanas, con recuerdo especialmente ominoso de la de Urueña, para morir finalmente en 1433 en las mazmorras del castillo de Xàtiva. Su esposa Isabel, prima hermana del nuevo rey Fernando I, había tenido a su sexta hija, Catalina, durante el asedio de Balaguer, y fue ella la enviada por el conde Jaime a negociar las condiciones de la rendición (única condición aceptada fue la de respetar las vidas de los miembros de la familia). Con todo, Isabel fue perdonada y se le devolvió la propiedad de algunos predios de la casa de Urgell en el entorno de la villa de Alcolea de Cinca; entre ellos, Sigena. Allí encontró un refugio – muy modesto – para ella y sus hijos. Vestía hábito, se definía a sí misma como viuda de un hombre vivo, y escribió a su primo pidiéndole dinero para telas con las que confeccionar vestidos y ropa interior a dos hijas que habían de viajar por orden real y carecían de lo imprescindible. Murió en 1424, y fue enterrada en el monasterio. Su sarcófago es una de las piezas que ahora reclama el gobierno autónomo de Aragón.
Lo diré con toda claridad: yo soy partidario de que se devuelva a Sigena lo que fue de Sigena, del mismo modo que pienso que los frisos de Fidias deberían volver al Partenón, y el altar de Pérgamo, a Pérgamo. La idea de arrancar los tesoros de sus lugares de origen para preservarlos en instalaciones museísticas de características globales y universales significa abstraer la cultura y convertirla en un totum revolutum en el que uno se traslada de los muros polícromos de Babilonia a los mármoles de Pérgamo con solo traspasar el umbral de una puerta, como me ocurrió a mí en Berlín.
La cultura arrancada de su sustrato vivo no es más que show business. Puede argumentarse en contra de este principio el hecho de que las ruinas de Palmira seguirían existiendo de haber sido trasladadas a un lugar seguro para admiración de cientos de miles de turistas que pagarían religiosamente su entrada para verlas. Cierto, pero son gajes que se debe pagar por considerar el mundo, sin exclusiones y sin peajes, como el resultado provisorio, unas veces hermoso y otras terrible, del paso incesante de las generaciones.
Si una vez recibidas las piezas reclamadas, el gobierno de Aragón, en lugar de amueblar con ellas la iglesia y las dependencias monásticas de Sigena, hoy prácticamente en ruinas, opta por ponerse el mundo por cachirulo y abrir un Museo Etnológico de Aragón o similar en Zaragoza, y cobrar la entrada a tanto por cabeza, pues también me parecerá mal, qué quieren que les diga. Una cosa es el respeto a la historia y otra muy distinta la compraventa de mercancía artística con denominación de origen. A esto último no deberíamos jugar, nadie.
 

lunes, 1 de agosto de 2016

KAROSHI


Los japoneses tienen una palabra que expresa la muerte por exceso de trabajo: “karoshi”. En un artículo del Washington Post de ayer, Anna Fifield perfila el concepto: el problema comenzó en los años setenta, cuando los salarios eran tan bajos que muchas personas intentaban complementarlos en horas libres con otras fuentes de ingresos. Continuó en una sociedad orgullosa de su productividad, cuando Japón se alzó como la segunda economía del mundo, en los años ochenta. Y ha subsistido después de que la burbuja reventara, porque ahora quienes aflojan en el esfuerzo laboral corren serio peligro de encontrarse en la calle, sin un empleo que en Japón posee una fijeza muy superior a la de los países industrializados de occidente, pero también muchas más obligaciones concomitantes.
Los infartos se han multiplicado, y ahora afectan de forma significativa tanto a varones como a mujeres de treinta y pocos años, que nunca antes habían sido caracterizados como grupos de riesgo. También se han multiplicado los suicidios. Cuando se puede probar que la causa de la muerte ha tenido relación directa e inmediata con el “karoshi”, los familiares de la víctima reciben una indemnización del Estado. El año pasado hubo 189 indemnizaciones por esta causa, sobre un total de 2310 expedientes incoados a petición de las familias. Los expertos sostienen que las cifras reales de muertes por exceso de trabajo son muy superiores.
Un caso particular que relata Fifield en su artículo es el de Kiyotaka Serizawa, un joven que trabajaba como supervisor de una empresa de limpieza de edificios, en tres localidades distintas del área de Tokyo. Su trabajo le absorbía unas 90 horas semanales, lo que equivale a 12 diarias en 7 días, sin descanso semanal. Solía dormir en su coche, comer durante sus desplazamientos de uno a otro lugar de trabajo, y pasaba esporádicamente por casa de sus padres para que se hicieran cargo de la ropa sucia que no tenía tiempo de llevar a lavar. Intentó pedir un cambio de trabajo a sus jefes, pero ellos consideraron que su defección sería un mal ejemplo para las brigadillas de limpieza que supervisaba. El 26 de julio del año pasado no se presentó al trabajo; tres días después lo encontraron encerrado en su coche, muerto por las emanaciones de monóxido de carbono que él mismo había provocado quemando carbón en pastillas. Tenía 34 años.
En el ministerio japonés de la Salud existe un departamento particular para la prevención del “karoshi”. Su titular, Yasukazu Kurio, afirma que es difícil luchar contra el hábito del exceso de trabajo debido a que este es algo muy arraigado en la cultura japonesa. Los sindicatos, por ejemplo, insisten con mucha más fuerza en la remuneración del trabajo y en la fijeza del empleo que en las condiciones en las que se desarrolla la labor de los asalariados.
Es la misma vieja historia de siempre: el olvido de que trabajo es vida, y por tanto la calidad de las condiciones de la prestación del trabajo es – literalmente – calidad de vida, indispensable para la vida.