sábado, 16 de agosto de 2014

EL PRESO, EL PÁJARO Y EL BALLESTERO



La canción de Georges Brassens À l’ombre du coeur de ma mie es el contrapunto de otra de añeja tradición. En las dos se nos presenta una pareja de hecho formada por un pájaro y un ballestero. Los dos cumplen con el estereotipo que se espera de ellos, a saber el ballestero dispara y el pájaro es disparado. En la primera canción, recitada en primera persona por un preso, la acción del ballestero es puro salvajismo; en la de Brassens, si no exactamente un acto de legítima defensa, sí puede calificarse de reacción justificada desde criterios civilizadamente compartidos. Veamos las dos canciones por orden de aparición (cito la primera, de autor anónimo, de memoria, consciente además de que he manejado variantes distintas del mismo texto medieval):

Que por mayo era, por mayo,
Cuando hace más calor,
Cuando los enamorados
Van a servir al amor
Sino yo, triste y cuitado
Que estoy en esta prisión
Que no sé cuándo es de día
Ni cuándo las noches son,
Si no fuera una avecilla
Que me cantaba al albor.
Matómela un ballestero,
Dios le dé mal galardón.

La indignación del oyente brota espontánea. El caso parece visto para sentencia. Pero oigamos ahora el pliego de descargo del ballestero, en la voz de Brassens y traducido por el firmante de este blog. (El lector interesado, quizá no está de más advertirlo, puede encontrar en youtube esta y todas las canciones de Brassens.)

A la sombra del corazón de mi amiga
Se posó a dormir un pájaro
Un día que ella jugaba a ser la bella durmiente
Y yo, puesto de rodillas
¡Hadas buenas, protegednos!,
Quise posar sobre su corazón
Una especie de beso.
Entonces ese pájaro de mal agüero
Empezó a gritar “¡Al ladrón,
Al ladrón!” y “¡Al asesino!”,
Como si fuera su pecho lo que yo buscaba.
A los gritos del estornino
Se armó de pronto un gran revuelo.
Todo el mundo y su padre acudió
Para prestarle auxilio.
Tanto ruido, tantas carreras
Ahuyentaron el encantamiento,
Y la bella, incomodada,
Hurtó su seno a mis besos.
Desde ese día, hermanos,
Me he hecho cazador
Y recorro caminos y trochas

Con mi ballesta montada.​

viernes, 15 de agosto de 2014

ANATOMÍA DEL POPULISMO (y II)

Nadia Urbinati, siguiendo el análisis que comentaba en mi anterior entrada (1), señala como características del populismo la polarización, la simplificación y también la personalización de la política. El populismo, cuando no se limita a una aspiración difusa y demuestra capacidad para consolidar una estrategia dirigida al objetivo de alcanzar el poder, requiere siempre un liderazgo fuerte. Eso significa una vinculación más directa y estrecha – afectiva incluso – entre el líder y su electorado, pero también una desfiguración de la política, que pasa de verse como un quehacer colectivo a una gestión personal, avalada, eso sí, por un respaldo multitudinario sin fisuras.

Cuando esa estrategia y ese liderazgo se contienen en los esquemas y los procedimientos de la democracia representativa, suelen desembocar en otra desfiguración, que Urbinati denomina democracia plebiscitaria. En ella el pueblo está presente y movilizado, pero no se comporta de forma activa sino pasiva: su participación en la cosa pública se vehicula, no en la forma del debate libre, sino en la aclamación al líder y el abucheo al rival. El pueblo degenera en público. Viene a comportarse igual que la plebe de la Roma antigua, reunida en el foro para escuchar a los tribunos y expresar de forma ruidosa su aprobación o desaprobación; pero apartada de cualquier otra forma de participación en los asuntos públicos.

La estrategia populista puede también ir más allá de la democracia, y configurarse como régimen personal, como cesarismo. Las premisas son las mismas: identificación del líder con el pueblo y recíprocamente del pueblo con el líder, de modo que éste se transmuta en la expresión y el pensamiento de un colectivo amplio, unificado y galvanizado por un ideal común. Cuando se produce esa comunión, los mecanismos de equilibrio, las garantías y las cautelas de la democracia pueden saltar, y el ejecutivo constituirse como el poder prácticamente único y omnímodo del estado.

Ernesto Laclau, profesor argentino fallecido en Sevilla hace pocos meses, sostiene en La razón del populismo que, puesto que la política surge del pueblo, política y populismo son términos intercambiables, y toda estrategia política se resume en un proyecto tendente a la creación de una ideología dirigida a definir una identidad común que unifique a las distintas capas o fracciones del pueblo. El proyecto populista/político queda justificado y convalidado cuando consigue alcanzar la hegemonía, entendida ésta en el sentido gramsciano, dentro del ámbito social y político propuesto. A través de esta argumentación defiende Laclau la legitimidad democrática de un régimen personal como lo fue el de Juan Domingo Perón en Argentina.

Pero esa utilización del concepto de hegemonía por parte de Laclau supone un forzamiento indebido del pensamiento de Gramsci, señala Urbinati. En sus Notas sobre Maquiavelo, Gramsci contrapuso dos formas de cesarismo, una en el sentido del progreso que ejemplificó en determinados pasajes de la trayectoria de Julio César y Napoleón, y otra (referida sin nombrarlo a Mussolini) que definió como «versión populista de la degeneración del príncipe moderno en un dogmatismo despótico»; como un proyecto no hegemónico sino despótico.

En cuanto al sentido progresista del cesarismo, al que se acoge Laclau, Gramsci limita de forma explícita su función a una ayuda «no intencional» a las fuerzas de progreso en una situación potencialmente revolucionaria bloqueada por un «equilibrio catastrófico» entre las fuerzas en presencia. Al resultar entonces ineficaces o insuficientes los mecanismos de la hegemonía («guerra de posiciones»), la ruptura del bloqueo consiguiente puede llevarse a cabo mediante la aparición de un liderazgo personal fuerte y movilizador («guerra de movimiento») más o menos comprometido con el bloque de progreso. De esta forma es siempre posible abrir un escenario nuevo y más favorable; pero el protagonismo deberá volver lo antes posible al “príncipe” colectivo, organizado, comprometido con una concepción de la historia y del progreso social que es simétricamente opuesta a la ideología y a la retórica como instrumentos de persuasión.

He seguido hasta aquí la línea de argumentación de Urbinati, de forma muy resumida y tal vez no suficientemente precisa. Termino con una larga cita de su libro (p. 166), en torno a las diferencias entre democracia representativa y populismo: «Una democracia que incorpora las trabas de los procedimientos liberales puede ser un instrumento para llevar a cabo un proyecto más amplio de democratización. Lejos de ser una indicación de impotencia, esas trabas dan al estado democrático legitimidad para emprender una política consistente de democratización, en la medida en que colocan al estado bajo control. Pero en manos de la democracia populista, esa misma política se convertiría en una estrategia temible de incorporación social y de homogeneización. En conclusión, una democracia “segura” e institucionalizada permite la utilización de un abanico más amplio de recursos y de iniciativas. El populismo no parece capaz de resolver el dilema de ser, o bien minoritario, o bien despótico. Estar en minoría no es seguro en un régimen populista, y esa es razón suficiente para desconfiar de él.»

jueves, 14 de agosto de 2014

ANATOMÍA DEL POPULISMO (I)

Sostiene la profesora Nadia Urbinati, en su libro Democracy disfigured (Harvard University Press 2014), por desgracia no traducido aún a nuestro idioma, que el populismo ha acompañado siempre en la historia a la democracia representativa, como una tendencia, o posibilidad, o desfiguración de la misma.

Que esto sea así, implica dos cosas. La primera, que una política populista se sitúa en principio dentro y no fuera del terreno de la democracia representativa; la segunda, que no se trata de la versión más ajustada o deseable de esa democracia, sino de una imagen reconocible pero desfigurada. La democracia, en cualquier caso, casi nunca se ha distinguido por ofrecer la imagen inmaculada de una vestal que custodia el fuego sagrado; sus desfiguraciones son muchas, y sus defectos, sus tics, sus vicios grandes y pequeños, sus corruptelas, son innumerables. Es, como dijo Clemenceau, el peor régimen político posible con la sola excepción de todos los demás.

Platón, es sabido, no era amigo de la democracia. En su bien ordenada república o politeia, los sabios se encargaban de gobernar, los guerreros de combatir, y el pueblo de trabajar y obedecer. Platón fue un taylorista, muchos siglos antes de que el ingeniero Frederick Winslow Taylor estableciera las coordenadas de masas del invento. La democracia, por el contrario, implica conceder el mismo poder (“empoderar” por un igual) a los sabios y a los ignorantes, a los listos y a los tontos, a los ricos y a los pobres. No establece una división del trabajo para gobernar el común, todos están llamados a ello por un igual. Por eso, la democracia – lo dijo Norberto Bobbio – es subversiva.

No es sólo el poder, la democracia concede algo más a las personas: libertad para equivocarse. Y todavía más importante, derecho a rectificar los propios errores, sin traumas serios y sin necesidad de hacer rodar cabezas. La democracia es un invento imperfecto, muy imperfecto, porque es humano y no divino, porque no toma nota de ideales ni de ideologías sino de realidades prosaicas. Pero también, justo es reconocérselo, es un invento práctico.

Populismo y demagogia, dos conceptos interrelacionados, acompañan a la idea de democracia desde la antigüedad. La teoría política estima que es democrático el discurso que apela a la razón, y demagógico el que agita las pasiones de los oyentes. El primero atiende al bien común, al del conjunto, y el segundo trata de arrancar ventajas para una parte de la comunidad en perjuicio de otra. Lo cierto es que haría falta un metro de platino iridiado y un microscopio de altísima definición para discernir en qué parte se contienen y en qué otra parte rebasan la línea divisoria entre ambas actitudes los discursos de todos los políticos de las democracias antiguas o modernas. No creo que ninguno de ellos esté libre en algún momento del pecado de demagogia y/o de populismo.

Nadia Urbinati analiza en su estudio tres características definitorias del populismo. La primera se refiere al caldo de cultivo, el “mantillo” que propicia la aparición de tensiones populistas en una sociedad democrática. Ese ingrediente aparece cuando se produce una ruptura del equilibrio social o se pone en cuestión una hegemonía hasta entonces bien asentada. El empequeñecimiento numérico y la pérdida de la preeminencia de las capas medias, un declive acusado en el bienestar de amplias mayorías sociales, el incremento de las desigualdades en el reparto de la riqueza y los derechos entre los distintos estratos de la población, provocan tensiones que difuminan la percepción de un bien común para todos y potencian reivindicaciones enérgicas de grupos sociales que se consideran marginados o perjudicados por la marcha general de los negocios. Es esa situación la que propicia la aparición de “brotes verdes” populistas.

Entonces se despliega una segunda característica del populismo: la polarización. El debate político se estrecha, desaparece la visión de una comunidad presidida por la pluralidad y todo queda reducido a un conflicto básico que es urgente resolver. La “ideología” que proporciona la base de sustentación de esa actitud parte sin excepción de los siguientes componentes: a) la exaltación del “pueblo” como garantía última de sinceridad de la política, en oposición al compromiso y al conchabeo como querencia inveterada de los políticos profesionales; b) la apelación a los derechos de la mayoría en contra de las minorías de cualquier tipo (suele existir en el fondo de las ideas populistas un fuerte aliento discriminador contra minorías étnicas, culturales, de género, religiosas, lingüísticas, etc.); c) la oposición cerrada a toda transacción como motor de una política que tiende a construir una identidad propia, un “nosotros” contra “ellos”; y d) la santificación de la unidad y la homogeneidad del pueblo frente a cualquier diferenciación posible.

Finalmente, esa estrategia de polarización puede desembocar en un régimen ya no propiamente democrático: es la posibilidad del cesarismo, el reagrupamiento de una mayoría social en torno a un líder carismático que anula a las minorías y encarna en su persona el “destino en lo universal” del colectivo. En relación con esa posibilidad, Urbinati recoge y comenta los análisis de Ernesto Laclau sobre el peronismo y los de Antonio Gramsci, en las Notas sobre Maquiavelo de sus “Cuadernos de la cárcel”, sobre la génesis del fascismo mussoliniano. La extensión del tema aconseja retrasar la continuación de su exposición hasta una próxima entrega.


miércoles, 13 de agosto de 2014

TROMPE-LA-MORT (EL SIETE VIDAS)


Georges Brassens

Dedicado a mí mismo, a un mes vista de mis primeros setenta tacos

Con la nieve tan abundante
Que cubre mi cabellera,
Algunos me toman a primera vista por un anciano.
Pues bien, señoras y señores,
No es más que un truco,
Pura comedia,
Parodia.
Es para parar los pies
Al tiempo que avanza deprisa,
Para convencer a ese maldito chusquero
De que todo el mal está ya hecho.
Pero debajo de mi peluca conservo
Mi cabellera de verdad, color de azabache.
Va para largo, caramba, el día
De mi despedida.

Y si parezco menos ágil,
Menos sólido sobre mis piernas,
Si camino con lentitud
Con aire de senador,
No digáis «Está acabado»,
No digáis «No puede más».
Todo es pura comedia,
Parodia.
Es para engañar al tiempo,
Ese calculador impenitente,
Para revolverlo y borrarlo todo
En su fatídico reloj de arena.
Lo cierto es que por detrás de las bambalinas
Sigo trotando como a mis veinte años.
Va para largo, caramba, el día
De mi despedida.

Y si mi corazón late más despacio
Y con menos frecuencia que en otro tiempo,
Si persigo con menos ardor
A las jóvenes muchachas en flor,
No penséis que ya no me intereso
Por sus caricias y sus besos.
Todo es pura comedia,
Parodia.
Para convencer al tiempo tozudo
De que se acabaron mis fiestas galantes,
De que hago mutis por el foro,
Y no volveré a entrar en liza.
Pero sigo siendo un gran follador,
Siempre activo, siempre dispuesto.
Va para largo, caramba, el día
De mi despedida.

Y si ocurre que en el cementerio
Uno de estos cuatro días entierran
A un tipo que se me parece como dos gotas de agua,
No vayáis a inundar al apuntador
Con vuestras lágrimas incontenibles.
Todo será pura comedia,
Salida en falso.
Y luego, ¡golpe de teatro! cuando
El tiempo se largue a otra parte convencido
De que la partida ha terminado,
Yo, feliz y sonriente,
Saltaré fuera de la tumba
Y saludaré ante los aplausos y los bravos.
Va para largo, caramba, el día
De mi despedida.

(1976. Por la traducción, Paco Rodríguez de Lecea)

martes, 12 de agosto de 2014

ORGANIZAR A LOS TRABAJADORES NO ORGANIZADOS

Los sindicatos se encuentran en una encrucijada decisiva para su futuro. Por su doble condición de institución pública y movimiento de parte han sido comparados en esta y otras bitácoras amigas con un centauro. Lo anoto simplemente sin insistir en la figura porque ya van siendo excesivos los guiños a la mitología clásica (Ítaca, Gorgona, etc.) en estas líneas cuya pretensión es más bien ceñirse al presente y atisbar el futuro inmediato.

El texto que se presenta a continuación es, con ligeros recortes para agilizarlo y el añadido de algunos subrayados, el mismo que apareció en el blog “Metiendo Bulla” el primero de octubre del año pasado. No despertó entonces el interés que en mi opinión merecía, como guía concreta para el qué hacer inmediato de unas organizaciones en trance de renovar sus estructuras, sus planteamientos de fondo, su personal y sus estrategias. También como una posible concreción de la idea expresada por Riccardo Terzi de un “nuevo” militante sindical desligado de la burocracia y con funciones de experimentador social y de investigador.

Quizá la reaparición de esta entrevista en Punto y Contrapunto contribuya a una mayor atención a propuestas que nos llegan de un país del que no acostumbramos a esperarlas. Quizá no. Pero dicen que a fuerza de insistencia el agua mansa horada la piedra.

Organizar a los trabajadores no organizados. Que son, cada vez más, cómplices de un mercado de trabajo convulsionado por una competencia global feroz y por una actitud muy extendida que contempla con escepticismo todas las formas de representación colectiva, y por tanto también a los sindicatos. Este proceso, que alcanza ya a todos los países del occidente desarrollado, empezó a ser percibido en los Estados Unidos en los años noventa, y produjo un descenso desastroso en la tasa de sindicación del país (que apenas alcanza hoy el 12%). Sin embargo, los sindicatos americanos han sabido reaccionar contra esta tendencia innovando en las técnicas y estrategias de proselitismo; no se han limitado, así, a una protesta estéril contra la hostilidad y la incomprensión creciente, sino que han partido precisamente de ese “dato” para renovarse en profundidad y lanzar una idea de Community Organizing que, en síntesis muy apretada, significa la revitalización del sindicato como gran organización social, capaz de actuar e influir también fuera de los centros de trabajo tradicionales, de implicar a comunidades y redes sociales, y de promover un protagonismo de los trabajadores nuevo y directo. Hemos discutido estos temas, que han suscitado un gran interés en Europa y en Italia, con Valery Alzaga, activista y dirigente de SEIU (el sindicato americano de los trabajadores de los servicios).

«En todo el mundo – dice Alzaga – los sindicatos están afrontando grandes dificultades. Por desgracia, sin embargo, tan sólo unas pocas organizaciones han sido capaces de “adaptarse” a las mutaciones duraderas inducidas por el neoliberalismo: outsourcing, subcontratación, flexibilización extrema del trabajo, contratos a brevísimo plazo.»

¿Puedes explicarnos en qué consiste Organizing?

Se trata de un enfoque a largo plazo y capilar. Siempre empezamos con un trabajo prolijo de investigación para comprender con exactitud la naturaleza de las realidades de las que hemos decidido ocuparnos. Se trata de una “investigación sindical” exhaustiva: estudiamos los mercados de referencia de las empresas, su estado de salud, las principales firmas que operan en el sector, su cuota de mercado, las tendencias previsibles, la cadena de proveedores, la organización del trabajo, los márgenes de beneficio, la fuerza de trabajo y sus oscilaciones, el estilo de management y el respeto o no a las reglas y los estándares establecidos. Intentamos también evaluar con honestidad nuestra fuerza o debilidad en el sector. Una vez completado este análisis riguroso, tratamos de imaginar cuáles son los resultados que queremos, y si estamos en situación de alcanzarlos en un plazo de diez años. Con todos estos elementos, realizamos un mapado de la realidad sobre la que hemos decidido intervenir. Finalmente, cuando nos hemos hecho ya una idea sobre dónde y cómo empezar y qué podemos obtener en un plazo de tiempo realista, lanzamos nuestra campaña de “Organizing”, de sindicación.
La faceta más llamativa de ese enfoque es la relativa a las formas de abordar a los trabajadores…

Es verdad, se trata de un aspecto fundamental. Ponemos un gran empeño en tratar de conocer a fondo a los trabajadores a los que pensamos dirigirnos. Intentamos conocer cómo trabajan y dónde, sus exigencias, su visión del sindicato y por qué razones se han afiliado o no, sus deseos, sus temores, las posibles respuestas a las preguntas que más les interesan, sus redes y contactos sociales. Todo esto lo hacemos hablando directamente con ellos, a menudo vamos a buscarles a sus casas. Encontrarse en el domicilio propio representa una gran oportunidad cuando se trata de organizar a personas dispersas en el territorio, o sin una ocupación estable; es, además, un modo seguro de escapar al control del jefe o de la empresa, y proporciona más tiempo para profundizar en las situaciones individuales y elaborar estrategias y planes de acción adecuados a las circunstancias particulares que encontramos.

Pero la dificultad mayor probablemente no consiste tanto en contactar con los trabajadores, como en conseguir implicarlos…
Después de los primeros contactos y de un mapado preciso de los lugares de trabajo, tratamos de identificar a los que en nuestra opinión son los “líderes naturales”: las personas más respetadas, sin importar que con frecuencia no estén afiliadas a los sindicatos. Con ellas empezamos a constituir los comités (Organizing Committees) que van a ser los motores de nuestras campañas reivindicativas: empleamos mucho tiempo en ayudar a esas personas a desarrollar la capacidad de organizar a los demás compañeros, a tener una visión estratégica, a anticiparse a las decisiones de los managers y acrecentar la fuerza de los trabajadores antes del comienzo de la lucha propiamente dicha. En suma:procuramos favorecer la presencia de un liderazgo desde abajo. Los comités son importantes también para organizar el apoyo a las campañas en los barrios, implicando a iglesias, centros de acogida de inmigrantes, partidos políticos, instituciones culturales, universidades, medios de comunicación, artistas, personajes famosos que creen en nuestras luchas. Las campañas se desarrollan por fases, cada una de las cuales es dirigida por un grupo de coordinación del sindicato junto a los comités.
¿Nos puedes indicar, siquiera sea esquemáticamente, cuáles son esas fases?

Por lo general empezamos de forma suave: hacemos peticiones, rogamos a los dadores de trabajo que asuman comportamientos correctos, explicamos nuestros argumentos. Si eso no basta, aumentamos gradualmente la presión. En cada fase buscamos el apoyo de la comunidad y de sujetos y personajes conocidos en el territorio. Trabajamos en el seno de un movimiento social, no en solitario. De este modo los sindicatos se convierten en parte importante de un movimiento más amplio y son percibidos como un vehículo de cambio social y no como una organización de intereses preocupada sólo por el destino de sus propios miembros.
Otro aspecto interesante de vuestro enfoque es el relacionado con la implicación directa de los trabajadores también en las campañas de comunicación…

Sí, es importante que sean ellos mismos el rostro público de las campañas que les afectan directamente. Eso crea un efecto de reflejo hacia los compañeros, que se sienten estimulados a ser ellos mismos protagonistas de las luchas. También en este caso procuramos hacer emerger líderes jóvenes que se relacionan directamente con la prensa y operan en las redes sociales. Personas que hablan en primera persona y animan a los demás a tomar la palabra.

¿Funziona Organizing en todos los sectores?

Sí. SEIU ha actuado con éxito, utilizando esta estrategia, en la sanidad y en los sectores públicos en general. Actualmente estamos trabajando también con IG Metall in Alemania, en el sector de la energía eólica y en las empresas subcontratadas del sector del automóvil. En Holanda colaboramos con los sindicatos del sector público que buscan nuevas vías para oponerse a los recortes del gasto público debidos a la crisis.

¿Cómo se enfrenta el sindicalismo “desde abajo” con la fuerza avasalladora de la globalización? ¿Cómo combinar el plano local y el global?

La campaña Justice for Janitors (Justicia para los trabajadores de la limpieza) es un ejemplo de la posibilidad de combinar de forma provechosa los dos niveles. La campaña se desarrolló a partir de las ciudades más importantes de los Estados Unidos y de sus suburbios. Conseguimos movilizar ciudades enteras, barrios, sectores (grandes propiedades, industria farmacéutica, empresas de tecnología punta, aeropuertos, universidades, etc.), comunidades y grupos de apoyo. En nuestro caso los grandes dadores de trabajo y también los clientes de los distintos servicios estaban representados por multinacionales. Por esa razón, aunque los conflictos y las campañas se desarrollaron en los niveles local y nacional, tuvimos que actuar asimismo en el nivel global. A través de la ayuda de la UNI (la federación internacional, que representa a 20 millones de trabajadores del sector de los servicios) y el apoyo de sindicatos de los servicios y de asociaciones que velan por los derechos de los inmigrados, en muchos países conseguimos arrancar acuerdos globales que rebasaron el “límite” nacional y nos ayudaron a nosotros y a otros sindicatos a organizar y mejorar las condiciones de trabajo en el sector terciario.
En algunos casos ese enfoque global nos abrió los ojos. Por ejemplo, nos dimos cuenta de que muchas de nuestras referencias sindicales europeas (a las que nos habíamos dirigido para pedirles ayuda) no contaban con fuerza u organización suficiente en estos sectores. Al revés: muchas organizaciones europeas nos pedían precisamente a nosotros apoyo y consejo para desarrollar su propia capacidad organizativa y reivindicativa. Resumiendo: más fuerza en el nivel local significa más energía que proyectar en el nivel global para obtener resultados importantes.

¿Piensas que este modelo es compatible con una tradición, como la italiana, en la que los sindicatos cuentan con estructuras muy fuertes y organizadas?

Me parece que el sindicato italiano es muy activo y vivaz. Vuestra fuerza se basa en haber construido en los años setenta modelos capaces de guiar las luchas de los trabajadores tanto dentro como fuera de los centros de trabajo; el sindicato consiguió penetrar en el tejido social externo mientras, simultáneamente, la política – local, nacional, internacional – entraba en los lugares de trabajo. Este intercambio generó un movimiento de naturaleza política y social en el cual el papel desempeñado por las organizaciones de los trabajadores fue determinante. Por eso creo que Organizing está muy presente en el ADN de los sindicatos italianos. Otros puntos fuertes se encuentran en la difusión en Italia de una importante presencia y cultura sindical que supone un fundamento sólido sobre el que levantar estrategias dirigidas a enfrentarse con las tendencias negativas presentes en el tejido económico y social.
En cualquier caso, mutaciones de este tipo comportan resistencias fisiológicas en las organizaciones, ¿no crees?
Es cierto. Pero si los sindicatos quieren invertir la tendencia de la crisis deberán ayudar a los trabajadores a construir su propia fuerza en los lugares de trabajo. Con todo, también el planteamiento de los trabajadores tiene que cambiar: será necesario hacer mucho más (incluido el tema de la búsqueda de apoyos “institucionales”) para poder afrontar los problemas particulares desde una óptica colectiva. Me doy cuenta de que cambios de esta trascendencia, con las redistribuciones de poder que comportan, no resultan sencillos de digerir en el interior de las organizaciones. Sin embargo, no es posible generar cambios sin que aparezcan fricciones y pugnas, y sin abandonar las tranquilizadoras posiciones de seguridad de cada cual.

(La entrevista fue publicada en el semanario Rassegna sindacale. Traducción: Paco Rodríguez de Lecea. Los subrayados han sido añadidos por el traductor y son responsabilidad exclusiva de él)


domingo, 10 de agosto de 2014

EL CENTRO DE TRABAJO Y LA CENTRALIDAD

Alguien puede interpretar la reivindicación, varias veces argumentada en estas páginas, de una recuperación de la centralidad del trabajo para la política, como un eco tardío de aquella consigna de «vuelta a la fábrica» de la CGIL de Giuseppe Di Vittorio en los años cincuenta del siglo pasado. No hay tal. La vuelta a la fábrica – al centro de trabajo – ya no es posible, ni para la política ni para el sindicalismo.

Por expresarlo de algún modo, es el centro de trabajo el que ha perdido la centralidad en el nuevo paradigma de la producción; no el trabajo a secas. Hoy en lugar de un centro de trabajo lo que encontramos es una constelación asimétrica. La fábrica se ha diluido, el proceso productivo se ha fragmentado en etapas a veces muy alejadas en la geografía (el diseño de una prenda de vestir puede hacerse en Goteborg, la estampación del tejido en Sabadell y la confección en Dhaka, para poner un ejemplo no peregrino) y la condición de la fuerza de trabajo asalariada que interviene en cada una y en todas las distintas etapas de esa constelación resiste a cualquier intento de unificación: hay ahí trabajo negro y trabajo aflorado, trabajo por cuenta ajena, autónomo dependiente y autónomo auténtico; hay contratos a tiempo fijo, por obra, por tiempo determinado, por ya veremos y por mañana no hace falta que vuelvas. También en los temas de categorías la cosa anda por el mismo tenor: a un mismo trabajo no tiene por qué corresponder un mismo nivel de cualificación, ni de remuneración, ni de garantías laborales y extralaborales. En cuanto a los horarios de trabajo, también caen en lo variopinto, si bien en este caso puede establecerse una ley aproximada: en el escalón managerial (hoy casi por completo colonizado por el proletariado) los horarios no irán nunca por debajo de las doce a catorce horas diarias y habrán de ser sostenidos por güisqui con o sin hielo y por somníferos, para hacerse soportables. El fracaso personal de un manager, en relación a un pedido importante para la empresa a la que ha encadenado su vida y sus expectativas de éxito, le llevará en consecuencia al borde del suicidio; en ocasiones un poco más acá, y en otras un poco más allá.

Este conglomerado o constelación productiva sin simetría ni lógica ni forma definida no depende en rigor de la introducción de las nuevas tecnologías de la producción, de la información y de la comercialización. Depende de las rutinas generadas bajo el fordismo, y cuando este modo de producción ha sido arrumbado, por la pervivencia de la organización taylorista de la fábrica en un contexto en el que, como decía al principio, la fábrica se ha diluido. Lo que ha ocurrido entonces es que, a falta de la fuerza de trabajo abstracta, homogénea, disciplinada, cronometrada; a falta del gorila amaestrado postulado por el ingeniero, el neotaylorismo ha pasado a aplicarse al escalón superior, al puente de mando de la producción (un puente que ya casi nunca es material, sino virtual y digital). Y Taylor disfrazado de Cronos, o el viejo Cronos reencarnado en Taylor, está devorando a sus propios hijos.

Organizar sindicalmente una situación semejante es una tarea mucho más compleja de como era antes. Enfrente no está el patrón, que puede ser sólo una franquicia o una maquila; enfrente está el accionista, anónimo, inabordable e irresponsable. Del lado nuestro no está una plantilla homogénea y reunida en un lugar concreto, sino dispersa y dividida por barreras geográficas y sociales, por estatus, modos de vida y aspiraciones diferentes. Tampoco reina la confianza en la mediación sindical: todo está por reconquistar.

Centralidad del trabajo significa en ese contexto que el trabajo tal como es, tal como se practica en el mundo real, sigue siendo la clave de bóveda de todo el edificio social, y también la clave del poder. Del poder de lo que podemos, para que se me entienda. Sin trabajo, trabajo real, trabajo repartido, trabajo organizado, no habrá empoderamiento posible de la ciudadanía.


Por eso es urgente abordar la geografía, la radiografía y la infografía de la organización del trabajo desde una perspectiva y una lógica distintas de las del capital. Lenin y Antonio Gramsci tuvieron en los años veinte del siglo pasado la misma intuición de que el orden de la fábrica podía prefigurar la organización de una sociedad nueva. Sabemos lo que ocurrió después. Pero más allá de todas las simplificaciones y de todas las ideologías, sigue siendo verdad que la organización adecuada del trabajo realmente existente es la condición necesaria para la libertad concreta de las personas, y la condición previa para su emancipación en una futura sociedad sin opresores ni oprimidos.

viernes, 8 de agosto de 2014

CASTILLOS CÁTAROS

Son como esqueletos blanqueados de dinosaurios, colgados de espolones de roca en lo alto de lugares casi inaccesibles y casi inexpugnables. Me he reencontrado con algunos de ellos durante dos días de agosto, una vez recuperada mi movilidad normal gracias a una prótesis en mi cadera izquierda artrosada. Y he regresado de ese modo a una afición personal que tiene mucho en común con el culto a los dinosaurios que se puso de moda hace algunos años. Se trata en los dos casos de la curiosidad por mundos singulares que se han perdido para siempre.

Los castillos a los que me refiero forman una línea militar de protección a partir de un territorio quebrado, las Corbières, fronterizo entre Francia y el Rosellón, al norte de los Pirineos. El origen de por lo menos varios de estos castillos fue catalán: Quéribus y Aguilar constan en el testamento del conde de Besalú Bernat Tallaferro, a principios del siglo XI. Las dos fortalezas, con la de Termes, situada entre ambas, forman el flanco oriental de una línea que se prolonga hacia occidente a través de los hitos de piedra de Peyrepertuse, Puilaurens, Puivert, Carcasona, Roquefixade, Montségur y Foix. Con los años y las guerras estos territorios bisagra cambiaron de posesión en varias ocasiones. Al final de la cruzada contra los cátaros, san Luis los colocó definitivamente del lado de Francia, y su función militar, ya muy disminuida para entonces, perdió todo sentido después del tratado de los Pirineos, que fijó las fronteras entre España y Francia bastante más al sur.

Es una simplificación falta de rigor llamar “cátaros” a estos castillos. Llevaban más de un siglo de pie cuando la herejía prendió en estas tierras, y salvo una excepción, Montségur, su historia continuó después. Algunos ni siquiera fueron molestados durante la cruzada. El señor de Peirapertusa, por ejemplo, se limitó a observar los acontecimientos bélicos desde su nido de águilas. No hizo el menor gesto de hostilidad hacia el conde de Tolosa ni hacia Simón de Montfort. Se limitó a quedarse arriba a verlas venir. Au dessus de la mélée, como se dice en su país. Cuando todo acabó, bajó con sus hombres a rendir pleitesía al rey Luis.

– Anda que no les hemos dado un buen repaso a esos cabrones – debió de decirle Peirapertusa al monarca –, entre vos y yo.

El rey Luis prefirió ahorrarse los comentarios y recibió en silencio tanto el homenaje tardío como los cuantiosos tributos correspondientes.

Los episodios más sangrientos de la cruzada cátara ocurrieron en otros lugares – Besiers, Menerba – y en torno a otros castillos situados más al norte, como Lastours. Pero la cruzada ha quedado ligada indisolublemente al nombre de Montségur. Allí se refugiaron los últimos “puros”, huyendo literalmente de la quema que la inquisición extendía de aldea en aldea. Allí resistieron el cerco de los cruzados hasta que faltaron los alimentos y las medicinas más simples. Hubo una última salida en tromba, al anochecer, de todos los hombres disponibles en edad de combatir. Los más murieron en el intento, los menos pudieron escabullirse al favor de la noche y de los bosques, los desfiladeros y los valles ocultos que tan bien conocían. Al mediodía siguiente, después de una larga oración, bajaron en procesión los cientos de personas que habían quedado arriba: ancianos, impedidos, mujeres, niños. Cantaban himnos. Se les dio la opción de abjurar, pero muy pocos lo hicieron. Los demás fueron conducidos a una inmensa pira preparada en una repisa de la ladera, y se ayudaron unos a otros a trepar hasta lo alto de los montones de haces de leña y acomodarse allí. Siguieron cantando hasta que el humo y el crepitar de las llamas ahogaron sus voces. Luego la fortaleza fue demolida. De la herejía cátara sólo quedó, a partir de ese día, una gran chamusquina.

Algunos fugitivos de Montségur encontraron refugio en Quéribus, el “dado sobre un dedo de piedra”, la fortaleza inverosímil de las Corbières, bajo el mando del último jefe rebelde, Chabert de Barbeira o Barberà. Desde allí siguieron incordiando durante once años aún. Un antiguo compañero de Barberà, un Termes, que se había pasado al servicio del rey, le tendió una emboscada, lo apresó y le ofreció la libertad a cambio de la rendición del castillo. Barberà aceptó, y ahí, sin más luchas ni holocaustos, acabó para siempre la historia cátara. Las viejas osamentas blanqueadas de las fortalezas inservibles siguen en su lugar, han sido restauradas en parte y el Estado francés saca buen provecho del turismo de masas que las invade con una fidelidad ejemplar todos los veranos.


lunes, 4 de agosto de 2014

DEMOCRACIA Y ERROR

Nadia Urbinati

Javier Aristu ha sido el encargado de estrenar en España facetas de la obra de la profesora italo-americana Nadia Urbinati, con la publicación en su blog En campo abierto de un texto titulado De los partidos a la audencia, que tendrá continuación. Los siguientes parágrafos pertenecen a otro libro reciente de Urbinati, “Democracy disfigured” (Harvard University Press, Cambridge, MA, 2014, pp. 97-98) y tratan un problema distinto: los diversos intentos de corregir la función de la democracia protegiendo a la política de decisiones erróneas y mejorando la calidad de sus resultados. El problema, señala Urbinati, es que las correcciones a la política que elabora la democracia representativa tienen un carácter impolítico, es decir, suponen un “desempoderamiento” de la ciudadanía como sujeto activo de la política. Así lo expresa al comentar las tesis desarrolladas por David Estlund en “Democratic Authority”.

Según Estlund, si las decisiones democráticas son preferibles a las no democráticas es porque tienden a producir resultados más aptos o mejores; por esa vía, convierte la calidad epistémica de los procedimientos democráticos en la fuente de su legitimidad. Este punto de vista instrumental parece sugerir que la legitimación para la obediencia a las leyes se fundamenta en un resultado comprobado, lo cual es una paradoja porque la lógica post factum exigiría dar a los ciudadanos la oportunidad de poner a prueba los resultados de las leyes antes de obedecerlas. Es más, la autoridad epistémica avala los procedimientos desde un criterio externo para evaluar sus resultados, y eso contradice el principio de la autonomía de la democracia. Además, ¿quién puede definir en democracia la corrección de las decisiones si no es el mismo pueblo que elige o nomina a alguien para llevarlas a cabo? Y en el caso de que existiera ese juez “independiente” de los actores, ¿no sería él o ella el soberano? La democracia es un proceso inmanente en el que no se contempla ninguna referencia externa para evaluar su autoridad (1). Por tanto, son inherentes a ese proceso tanto la doxa [el peso de la opinión pública, n. del t.] como la mutabilidad de las decisiones, lo que significa que la legitimidad democrática no puede depender de la promesa de que producirá decisiones correctas.

La democracia no necesita avanzar hacia una verdad para ser legítima. Y aunque resultados positivos es lo que los candidatos prometen, los ciudadanos esperan, y los procedimientos permiten, no es de ellos de lo que depende la legitimidad de la autoridad democrática. Tanto en el caso de que se consigan buenos resultados como en el de que sean decepcionantes, los procedimientos son legítimamente democráticos en la medida en que sirven para aquello para lo que están hechos: proteger la libertad de sus miembros para tomar decisiones “erróneas”. (2) En este sentido, está claro que la democracia no es perfeccionista. Yo diría que tampoco es virtuosa. La idea fue formulada con brillantez por Albert O. Hirschman cuando escribió que la única virtud realmente esencial de la democracia es el amor a la incertidumbre, que no es un amor ingenuo sino un hábito mental fundamentado en un proceso abierto de formación de la opinión pública (abierto a la discusión y a informaciones nuevas que pongan en cuestión creencias consolidadas). (3) Hirschman añade además que la máxima errare humanum est ha de entenderse no en el sentido de que cabe la posibilidad de que los humanos cometamos errores, sino más bien en el de que únicamente los humanos tenemos capacidad para cometer errores. Así, los procedimientos democráticos favorecen nuestra necesidad interna de cambiar ideas y decisiones que hemos tomado previamente, sin líneas rojas ni limitaciones de ningún tipo para intentar alcanzar un resultado correcto, y lo que es más, sin ningún resultado final que deba ser alcanzado.

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(1) Jürgen Habermas, Between Facts and Norms, p. 106.

(2) “Es cierto que en un régimen democrático existe el riesgo de que la gente cometa errores. Pero el riesgo de los errores existe en todos los regímenes de este mundo real […] Es más, la oportunidad de cometer errores es una oportunidad para aprender […] En el mejor de los casos, sólo la visión democrática puede ofrecer la esperanza, que nunca concederá un régimen autoritario, de que al gobernarse por sí mismos todos los ciudadanos, y no simplemente unos pocos, aprendan a actuar como seres humanos moralmente responsables.” (Robert Dahl, Controlling Nuclear Weapons: Democracy vs. Guardianship, Syracuse, NY, 1985).

(3) Albert O. Hirschman, “On Democracy in Latin America”, en New York Review of Books, 10 mayo 1986. Ver tambiénShifting Involvements: Private Interest and Public Action. Princeton, NJ, 1982.

(Por la traducción: Paco Rodríguez de Lecea)

domingo, 3 de agosto de 2014

ADIÓS DERECHO NATURAL

Gorgona o Medusa, monstruo mitológico, convertía en piedra a todo aquel que la miraba. El héroe civilizador Perseo le dio muerte con una certera estocada lateral gracias al escudo bruñido que le prestó la diosa Atenea y que él utilizó como un espejo, para poder ver al monstruo sin mirarlo de frente. Muchos siglos más tarde, Hans Kelsen se refirió al derecho natural como una «Gorgona que petrifica». No conocí hasta el otro día esa comparación, que me encanta, y la información me llegó a través de una cadena estupenda de intermediarios. Leía yo la traducción in progress de José Luis López Bulla al libro de Iginio Ariemma La sinistra di Bruno Trentin, y en cierto momento Ariemma se refirió a un ensayo reciente de Marco Revelli, Los demonios del poder. Era Revelli quien citaba la Gorgona del Poder, y él, o Ariemma, o los dos, señalaban a Kelsen como el autor de la metáfora, que utilizó para calificar el derecho natural en contraposición al derecho positivo.

La pregunta pertinente en este momento es qué tiene que ver el culo con las témporas, y ambas dos cosas con la que está cayendo. Bueno, pues sí lo tiene. Déjenme que les explique. En mis tiempos la carrera de Derecho comenzaba con la asignatura del Derecho Natural, y concluía con su correlato, la Filosofía del Derecho, que venía a ser más de lo mismo. He consultado el plan de estudios actual de la carrera, y las dos asignaturas continúan impertérritas en los mismos lugares. Yo tenía algunas esperanzas de que con la democracia (yo estudié la carrera bajo el franquismo) la concepción académica del derecho habría cambiado. Algunas esperanzas, digo. Pocas, la verdad. España siempre ha sido un vivero de iusnaturalistas.

El derecho natural, disculpen si lo pongo en minúsculas, viene a proponerse como el fundamento último de todo el derecho, y está, según dicen los autores, inserto en el alma, en la naturaleza ontológica del hombre. En este sentido el derecho natural deriva, lógicamente, de la religión (obvio las mayúsculas, pero todas estas nociones van en mayúsulas enormes; la religión con mayúscula solamente puede ser una, la “verdadera”) y de la tradición (una también, con exclusión de todas las demás). Dicho de otra manera también mayúscula, el derecho natural deriva del altar y del trono. Desde esta perspectiva, la verdad, la justicia, la equidad, la proporción, el bien común y el bien supremo, son categorías eternas y transmundanas, descienden de lo alto y se derraman sobre la vida de los hombres (ese caos) para distribuir premios y castigos entre ellos con divina impasibilidad o ataraxia. Se comprende que Kelsen, del que lo menos que puede decirse es que fue un demócrata, sostuviera que no existe ningún derecho natural, que tal invento no es otra cosa que el rostro petrificado de los demonios del poder. El derecho, según él, es otra cosa, un asunto mundano, una herramienta para la convivencia y un factor dinámico, no inmovilista. Surge de la sociedad y cambia con la sociedad misma. Kelsen considera, por otra parte, que “estado de derecho” es un pleonasmo, que estado y derecho son una cosa y la misma, el caparazón protector (orgánico, no pétreo) que la sociedad segrega para facilitar la convivencia y el cumplimiento de los objetivos de ésta: objetivos mundanos, mudables, limitados, perecederos.

En relación con nuestra constitución y con nuestro estado de derecho, tenemos en este momento en liza a gorgónicos y kelsenianos. Los primeros defienden que la constitución gravita sobre nosotros, es un techo petrificado que impone un límite rígido que no es posible ni decoroso traspasar. Los kelsenianos opinamos, por el contrario, que la constitución es un suelo que, bien acondicionado, regado y provisto de nutrientes, puede permitirnos crecer en convivencia y dar nuevas y exuberantes floraciones de derechos individuales, sociales, cívicos y laborales. La coyuntura ecológica que vivimos no nos es demasiado favorable, pero, como señaló Salvador Espriu, en la sequedat arrela el pí (el pino arraiga en la sequedad).