lunes, 4 de agosto de 2014

DEMOCRACIA Y ERROR

Nadia Urbinati

Javier Aristu ha sido el encargado de estrenar en España facetas de la obra de la profesora italo-americana Nadia Urbinati, con la publicación en su blog En campo abierto de un texto titulado De los partidos a la audencia, que tendrá continuación. Los siguientes parágrafos pertenecen a otro libro reciente de Urbinati, “Democracy disfigured” (Harvard University Press, Cambridge, MA, 2014, pp. 97-98) y tratan un problema distinto: los diversos intentos de corregir la función de la democracia protegiendo a la política de decisiones erróneas y mejorando la calidad de sus resultados. El problema, señala Urbinati, es que las correcciones a la política que elabora la democracia representativa tienen un carácter impolítico, es decir, suponen un “desempoderamiento” de la ciudadanía como sujeto activo de la política. Así lo expresa al comentar las tesis desarrolladas por David Estlund en “Democratic Authority”.

Según Estlund, si las decisiones democráticas son preferibles a las no democráticas es porque tienden a producir resultados más aptos o mejores; por esa vía, convierte la calidad epistémica de los procedimientos democráticos en la fuente de su legitimidad. Este punto de vista instrumental parece sugerir que la legitimación para la obediencia a las leyes se fundamenta en un resultado comprobado, lo cual es una paradoja porque la lógica post factum exigiría dar a los ciudadanos la oportunidad de poner a prueba los resultados de las leyes antes de obedecerlas. Es más, la autoridad epistémica avala los procedimientos desde un criterio externo para evaluar sus resultados, y eso contradice el principio de la autonomía de la democracia. Además, ¿quién puede definir en democracia la corrección de las decisiones si no es el mismo pueblo que elige o nomina a alguien para llevarlas a cabo? Y en el caso de que existiera ese juez “independiente” de los actores, ¿no sería él o ella el soberano? La democracia es un proceso inmanente en el que no se contempla ninguna referencia externa para evaluar su autoridad (1). Por tanto, son inherentes a ese proceso tanto la doxa [el peso de la opinión pública, n. del t.] como la mutabilidad de las decisiones, lo que significa que la legitimidad democrática no puede depender de la promesa de que producirá decisiones correctas.

La democracia no necesita avanzar hacia una verdad para ser legítima. Y aunque resultados positivos es lo que los candidatos prometen, los ciudadanos esperan, y los procedimientos permiten, no es de ellos de lo que depende la legitimidad de la autoridad democrática. Tanto en el caso de que se consigan buenos resultados como en el de que sean decepcionantes, los procedimientos son legítimamente democráticos en la medida en que sirven para aquello para lo que están hechos: proteger la libertad de sus miembros para tomar decisiones “erróneas”. (2) En este sentido, está claro que la democracia no es perfeccionista. Yo diría que tampoco es virtuosa. La idea fue formulada con brillantez por Albert O. Hirschman cuando escribió que la única virtud realmente esencial de la democracia es el amor a la incertidumbre, que no es un amor ingenuo sino un hábito mental fundamentado en un proceso abierto de formación de la opinión pública (abierto a la discusión y a informaciones nuevas que pongan en cuestión creencias consolidadas). (3) Hirschman añade además que la máxima errare humanum est ha de entenderse no en el sentido de que cabe la posibilidad de que los humanos cometamos errores, sino más bien en el de que únicamente los humanos tenemos capacidad para cometer errores. Así, los procedimientos democráticos favorecen nuestra necesidad interna de cambiar ideas y decisiones que hemos tomado previamente, sin líneas rojas ni limitaciones de ningún tipo para intentar alcanzar un resultado correcto, y lo que es más, sin ningún resultado final que deba ser alcanzado.

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(1) Jürgen Habermas, Between Facts and Norms, p. 106.

(2) “Es cierto que en un régimen democrático existe el riesgo de que la gente cometa errores. Pero el riesgo de los errores existe en todos los regímenes de este mundo real […] Es más, la oportunidad de cometer errores es una oportunidad para aprender […] En el mejor de los casos, sólo la visión democrática puede ofrecer la esperanza, que nunca concederá un régimen autoritario, de que al gobernarse por sí mismos todos los ciudadanos, y no simplemente unos pocos, aprendan a actuar como seres humanos moralmente responsables.” (Robert Dahl, Controlling Nuclear Weapons: Democracy vs. Guardianship, Syracuse, NY, 1985).

(3) Albert O. Hirschman, “On Democracy in Latin America”, en New York Review of Books, 10 mayo 1986. Ver tambiénShifting Involvements: Private Interest and Public Action. Princeton, NJ, 1982.

(Por la traducción: Paco Rodríguez de Lecea)