jueves, 14 de agosto de 2014

ANATOMÍA DEL POPULISMO (I)

Sostiene la profesora Nadia Urbinati, en su libro Democracy disfigured (Harvard University Press 2014), por desgracia no traducido aún a nuestro idioma, que el populismo ha acompañado siempre en la historia a la democracia representativa, como una tendencia, o posibilidad, o desfiguración de la misma.

Que esto sea así, implica dos cosas. La primera, que una política populista se sitúa en principio dentro y no fuera del terreno de la democracia representativa; la segunda, que no se trata de la versión más ajustada o deseable de esa democracia, sino de una imagen reconocible pero desfigurada. La democracia, en cualquier caso, casi nunca se ha distinguido por ofrecer la imagen inmaculada de una vestal que custodia el fuego sagrado; sus desfiguraciones son muchas, y sus defectos, sus tics, sus vicios grandes y pequeños, sus corruptelas, son innumerables. Es, como dijo Clemenceau, el peor régimen político posible con la sola excepción de todos los demás.

Platón, es sabido, no era amigo de la democracia. En su bien ordenada república o politeia, los sabios se encargaban de gobernar, los guerreros de combatir, y el pueblo de trabajar y obedecer. Platón fue un taylorista, muchos siglos antes de que el ingeniero Frederick Winslow Taylor estableciera las coordenadas de masas del invento. La democracia, por el contrario, implica conceder el mismo poder (“empoderar” por un igual) a los sabios y a los ignorantes, a los listos y a los tontos, a los ricos y a los pobres. No establece una división del trabajo para gobernar el común, todos están llamados a ello por un igual. Por eso, la democracia – lo dijo Norberto Bobbio – es subversiva.

No es sólo el poder, la democracia concede algo más a las personas: libertad para equivocarse. Y todavía más importante, derecho a rectificar los propios errores, sin traumas serios y sin necesidad de hacer rodar cabezas. La democracia es un invento imperfecto, muy imperfecto, porque es humano y no divino, porque no toma nota de ideales ni de ideologías sino de realidades prosaicas. Pero también, justo es reconocérselo, es un invento práctico.

Populismo y demagogia, dos conceptos interrelacionados, acompañan a la idea de democracia desde la antigüedad. La teoría política estima que es democrático el discurso que apela a la razón, y demagógico el que agita las pasiones de los oyentes. El primero atiende al bien común, al del conjunto, y el segundo trata de arrancar ventajas para una parte de la comunidad en perjuicio de otra. Lo cierto es que haría falta un metro de platino iridiado y un microscopio de altísima definición para discernir en qué parte se contienen y en qué otra parte rebasan la línea divisoria entre ambas actitudes los discursos de todos los políticos de las democracias antiguas o modernas. No creo que ninguno de ellos esté libre en algún momento del pecado de demagogia y/o de populismo.

Nadia Urbinati analiza en su estudio tres características definitorias del populismo. La primera se refiere al caldo de cultivo, el “mantillo” que propicia la aparición de tensiones populistas en una sociedad democrática. Ese ingrediente aparece cuando se produce una ruptura del equilibrio social o se pone en cuestión una hegemonía hasta entonces bien asentada. El empequeñecimiento numérico y la pérdida de la preeminencia de las capas medias, un declive acusado en el bienestar de amplias mayorías sociales, el incremento de las desigualdades en el reparto de la riqueza y los derechos entre los distintos estratos de la población, provocan tensiones que difuminan la percepción de un bien común para todos y potencian reivindicaciones enérgicas de grupos sociales que se consideran marginados o perjudicados por la marcha general de los negocios. Es esa situación la que propicia la aparición de “brotes verdes” populistas.

Entonces se despliega una segunda característica del populismo: la polarización. El debate político se estrecha, desaparece la visión de una comunidad presidida por la pluralidad y todo queda reducido a un conflicto básico que es urgente resolver. La “ideología” que proporciona la base de sustentación de esa actitud parte sin excepción de los siguientes componentes: a) la exaltación del “pueblo” como garantía última de sinceridad de la política, en oposición al compromiso y al conchabeo como querencia inveterada de los políticos profesionales; b) la apelación a los derechos de la mayoría en contra de las minorías de cualquier tipo (suele existir en el fondo de las ideas populistas un fuerte aliento discriminador contra minorías étnicas, culturales, de género, religiosas, lingüísticas, etc.); c) la oposición cerrada a toda transacción como motor de una política que tiende a construir una identidad propia, un “nosotros” contra “ellos”; y d) la santificación de la unidad y la homogeneidad del pueblo frente a cualquier diferenciación posible.

Finalmente, esa estrategia de polarización puede desembocar en un régimen ya no propiamente democrático: es la posibilidad del cesarismo, el reagrupamiento de una mayoría social en torno a un líder carismático que anula a las minorías y encarna en su persona el “destino en lo universal” del colectivo. En relación con esa posibilidad, Urbinati recoge y comenta los análisis de Ernesto Laclau sobre el peronismo y los de Antonio Gramsci, en las Notas sobre Maquiavelo de sus “Cuadernos de la cárcel”, sobre la génesis del fascismo mussoliniano. La extensión del tema aconseja retrasar la continuación de su exposición hasta una próxima entrega.