lunes, 12 de agosto de 2019

MUNDOS EXTINGUIDOS



Brideshead: la mansión, y los protagonistas de la serie televisada.

Carles Geli, en un artículo cultural de elpais, se deja llevar por la nostalgia al recordar una de las series televisivas “de su vida”: Retorno a Brideshead, según la novela de Evelyn Waugh.

También yo fui un fan de esa serie: pasó tres o cuatro veces por pantalla, a lo largo de los primeros años ochenta, y procuré ver cualquiera de sus capítulos cuando podía, cosa nada fácil con los horarios de trabajo que tenía yo entonces en el sindicato.

A diferencia de Geli, yo sí había leído antes la novela. Me la prestó un hombre que no prestaba nunca sus libros: aquella fue una muestra de confianza insólita, que yo aprecié mucho. En cuanto a la obra en sí, mi entusiasmo inicial no fue tan grande. No me costó percibir la clave sobre la que está construida la obra: el narrador ejerce de cronista intruso, aunque bien acogido, en un universo que no es el suyo. Un universo apabullante en un sentido (alta cultura, música refinada, obras de arte únicas ubicadas en espacios privados y oscurecidas por la pátina de la costumbre, toda una biblioteca clásica a disposición) y, en otro sentido, amenazado de forma directa por el peligro de extinción, que acabará por dejar tan solo la memoria incierta de lo que se fue para siempre.

Yo había leído ya eso mismo en Proust, mucho más por extenso (el hombre que me prestó Brideshead tenía sobre la Recherche la misma opinión de Anatole France: “la vida es demasiado  corta, y Proust demasiado largo”), y en El jardín de los Finzi-Contini, crónica del mundo exquisito y recóndito de las familias judías de Ferrara, que como explica Bassani en el prólogo, están ya tan lejos de nosotros, y sus claves vitales nos resultan tan extrañas, como las de los antiguos etruscos.

Hay un triple hilo común a las tres obras literarias: en primer lugar, ya citado, el punto de vista del intruso, que no comparte, e incluso encuentra ridículas, las formas ceremoniosas de relación propias de un mundo pequeño y claustrofóbico que intenta preservarse de las acometidas del otro mundo “grande y terrible”, como lo definía Gramsci.

En segundo lugar, la ambigüedad moral, que en los tres casos toma además, pero no únicamente, la forma de la ambigüedad sexual. Charles Ryder recala finalmente en el amor de Julia, pero no ha sido inmune al encanto decadente de su hermano Sebastian, a quien llama el “precursor”. Micòl es el gran amor de Giorgio, pero parte del prestigio de Micòl reside en ser la hermana de Alberto, el muchacho al que Giorgio admira decididamente. En el caso de Marcel, y de forma aún más significada porque aquí todo está concebido a una escala mayor, el tránsito desde los juegos infantiles con Gilberte en los Campos Elíseos al amor fugitivo de Albertine, no es concebible sin el intermedio de Saint-Loup, muy en particular de un Saint-Loup vestido con uniforme de oficial en el curso de su servicio militar.

En tercer lugar, la guerra aparece como el crisol en el que arde hasta desaparecer una aristocracia resignada de antemano a su suerte, que es la de constituir únicamente una especie de superestructura efímera, casi una excusa inverosímil, para un mundo burgués adocenado y sumiso a las leyes de la economía política.

Todos esos temas están también contenidos en un cuarto libro imprescindible: El gatopardo, de Tomasi di Lampedusa. El panorama descrito es el mismo, pero ninguno de los tres hilos conductores citados ejerce aquí el mismo papel. El punto de vista no es el del intruso, sino el del implicado: el príncipe Fabrizio de Salina, heredero de una larga estirpe aristocrática siciliana. No hay ambigüedad moral ni sexual perceptible; en todo caso, la mésalliance concertada de Tancredi con la bella y rica pero tonta hija de don Calogero. Y finalmente la guerra aparece también, pero no es el factor que rubrica la extinción de una civilización condenada, sino el Ave Fénix de cuyas cenizas resurgirá una concepción del mundo más amplia y mucho menos exigente en los aspectos formales: todo habrá de cambiar para que nada cambie.


domingo, 11 de agosto de 2019

ALCALDESAS PERPETUAS


La Mare de Deu de les Neus, patrona y alcaldesa perpetua de la villa de Calp.

El Observatorio del Laicismo de Europa Laica señala que las advocaciones de la Virgen María, Cristo y diversos santos acumulan en España 344 honores de carácter “político”. Por ejemplo, se han nombrado 244 alcaldesas perpetuas, la gran mayoría de ellas Vírgenes. La última hasta el momento es la Mare de Deu de les Neus, en Calp (Alicante). Con el nombramiento, el PP gobernante declara haber colocado un hito en pro de la igualdad de género, puesto que la villa ya contaba de antes con un alcalde perpetuo, que compartirá en adelante sus prerrogativas con la Mare de Deu. Era el Santíssim Crist de la Suor, nominado alcalde por aclamación en el año 1949.

En 1949 había la excusa del franquismo; ahora no. Las fuerzas vivas de Calp, como las de los 343 restantes lugares censados por Europa Laica, alegan que esos nombramientos no tienen nada que ver con la religión, sino con la tradición.

No vayamos a pollas, que el agua está muy fría. Ni religión (obviamente), ni tradición tampoco. Superstición, en todo caso. ¿De cuándo acá viene la tradición de nombrar a nadie, menos aún a los miembros destacados de la jerarquía celestial, alcalde o alcaldesa perpetuo/a en nuestros municipios y pedanías? Nunca jamás se había hecho, ni en el Siglo de Oro, ni en la Hispania visigoda, ni en la Celtiberia, antes ni después. Europa Laica contabiliza 66 nominaciones otorgadas en la época franquista, la nacionalcatólica por excelencia (por Su Excelencia), y 150, bastante más del doble, entrado ya el siglo XXI.

No es por tradición, entonces, sino por mis cojones. El PP y Ciudadanos encabezan el ranquin de astracanadas de este tipo, pero también figuran en el censo PSOE, Izquierda Unida, Podemos y confluencias varias. Los regidores en general consideran que el ritual es “bonito” y los administrados lo agradecen. Lo más que conceden es que se trata de una medida “populista”. Confunden de ese modo sin excusa posible el culo con las témporas, la cual es confusión típica de la época.

Puestos a reivindicar la tradición como elemento simbólico para honores que no significan nada ni tienen trascendencia para la vida de las personas, podríamos nombrar alcaldesas perpetuas de Jaén a las tres morillas Aixa, Fátima y Marién; a León Hebreo, de Sevilla; a la diosa Minerva, de Santiponce, antigua Itálica famosa; a Venus Afrodita de Badalona, antes Baetulo; al califa Abderramán III, de Córdoba, por no hablar de otros lugares de los que ha sido desalojado recientemente con violencia institucional.

Pero no hay cuidado, que no caerá esa breva. La gente de Vox podría irritarse.

Que se joda Vox. Yo propongo además nombrar a Immanuel Kant, promotor de la Paz Perpetua, alcalde perpetuo de Madrid, o de Barcelona, o de ambas capitales; y en su defecto, o mejor aún en su acompañamiento para preservar adecuadamente las cuotas de género, a Manuela Carmena, que ha dejado una honda huella en la poltrona municipal inmerecidamente ocupada en estas calendas por un sansirolé.

Que conste en acta mi petición, señorías.

sábado, 10 de agosto de 2019

TOPLESS



La escena del pecho salvaje desencadenado, en "Todo lo que quería saber sobre el sexo pero temía preguntar", de Woody Allen.


Estamos en agosto y la prensa viene repleta de sucesos irrelevantes. Son incontables, por ejemplo, las noticias sobre personas muertas debido al ansia por aparecer en las redes sociales haciendo alguna cosa singular, que a fin de cuentas se les fue de las manos. Imposible evitar la conclusión de que la humanidad no ha perdido gran cosa con la desaparición de esas personas, dicho sea con todo el respeto a ellas y a sus deudos.  

Un truco menos peligroso para ganar notoriedad, solo posible para mujeres bellas y con ansias reivindicativas, es burlar el veto de Facebook e Instagram a los pechos femeninos. Es un triunfo conseguir que las redes difundan una fotografía o un vídeo en el que se adivine de algún modo la sombra de la areola o el pico a contraluz del pezón de una famosa o aspirante a serlo.

No está claro, sin embargo, para quién ni para qué sea un triunfo la fugaz exhibición anatómica, pero en todo caso el logro viene respaldado por cientos de miles de likes. (Ahora dicen que se van a eliminar los likes, y nos invade la angustia de qué se inventará para sustituirlos, dado que la aprobación entusiasta del prójimo anónimo es la gasolina que alimenta el motor de nuestra autoestima.)

En las piscinas de Barcelona, según disposición judicial recentísima, las mujeres podrán enseñar el pecho sin rebozo. Para decirlo con más exactitud, “no podrá prohibírseles” enseñarlo. Bien. La noticia es típicamente agosteña en el sentido antes mencionado de su absoluta irrelevancia. No se prevé que la disposición vaya a generar ningún “efecto llamada”, ni abarrotar las instalaciones acuáticas de varones ansiosos de comprobar in situ la disposición dual y la turgencia de los atributos femeninos públicamente desvelados.

Es curioso que la sentencia judicial mencione la “igualdad” como argumento. En efecto, yo mismo llevo tiempo inmemorial exhibiendo el pecho en playas y piscinas; pero no considero que tal circunstancia sea un derecho adquirido, sino más bien un permiso. También he hecho el amor totalmente o cuando menos parcialmente desnudo, pero no como ejercicio de un derecho sino más bien por gusto. Nunca, ni bajo ningún concepto, he hecho el amor con los calcetines puestos; ahí entra también el ingrediente del gusto propio, pero asimismo la deferencia hacia mi compañera.

El punto al que deseo ir a parar es que el pecho masculino y el femenino no son iguales, por más que las variantes trans y la utilización de la silicona enmascaren en buena medida los perfiles diferenciales en ciertos casos. La igualdad, entonces, no sirve como argumento; viene a ser como mezclar peras con manzanas, según la acreditada explicación de Ana Botella.

Es más, si la picardía de nuestras famosas más revoltosas consiste en airear sus pezones esquivando el veto de Instagram, no puede descartarse que la permisividad en las piscinas barcelonesas conduzca a medio plazo a un descenso porcentual significativo de la práctica del topless. Qué quieren que les diga. Los más viejos de la localidad recordarán todavía aquel cuplé de la pulga que mordía las carnes de la vedette por entre los encajes de su ropa interior. Si le quitamos el picante frívolo al jueguecito de tapar y destapar, la realidad prosaica pierde gran parte de su aliciente. Un pecho femenino desnudo no es más que un pecho femenino desnudo.


jueves, 8 de agosto de 2019

¡DEJAD EN PAZ A TWITTER!


Esa ha sido la recomendación de Unai Sordo, secretario general de CCOO, y Pepe Álvarez, de UGT, a los líderes de las dos formaciones de izquierda que deberían consensuar la investidura de Sánchez en el mes de septiembre, a partir de una coalición cada día más improbable, o por lo menos de un acuerdo programático.

(Magdalena Valerio, ministra en funciones de Trabajo, ha hecho constar su opinión de que tal acuerdo “sería fácil”. No solo ha dicho tal cosa, sino que ha ido desgranando los principales elementos de un marco laboral novedoso, en el que cada medida deberá ajustarse de forma escalonada y sin improvisaciones a un momento determinado y a un presupuesto oportuno; de modo que algunas de ellas, notablemente un Estatuto de los Trabajadores “para el siglo XXI”, solo llegarán como colofón de otros cambios diversos y menores, pero imprescindibles para apuntalar con solidez la nueva estructura de derechos laborales erga omnes.)

Sordo y Álvarez no solo han pedido al jefe del gobierno el silencio estratégico de los tuits; también han criticado de pasada la pésima gestión de los tiempos en la negociación fallida, y han recomendado encarecidamente a los políticos en general que “no lo dejen todo para el último minuto”.

Es un consejo sensato. Falta por ver si la mala gestión de los tiempos ─ por ambas partes ─ fue debida nada más a la torpeza, o si por el contrario se utilizó como un arma de retrocarga para no llegar a los acuerdos tan deseados por las bases, y cargar las culpas del desaguisado sobre la otra parte contratante.

Por el momento, sería aventurado sostener tanto una cosa como la contraria. Pero el síntoma de que algo vuelve a fallar es que twitter sigue echando humo. El último en darle a la venenosa maquinita ha sido Echenique. Que él sea de verdad el último. Todos lo agradeceremos.


BLOQUEO CIUDADANO



El culo, con perdón, del tráiler francés, bloqueando la calle Consolat de Mar, en el centro de Poldemarx.


El verano en Poldemarx está resultando bastante más accidentado de lo habitual. Aquí suele reinar la placidez, o como dicen los autóctonos el panching, expresión popular catalana intraducible que viene a significar, si Álex Grijelmo no me desmiente, que cada cual va como mucho a su bola, sin ocuparse de las ajenas; y de preferencia a ninguna bola, ni siquiera la propia.

Ha habido por consiguiente cierto revuelo cuando alguien se dedicó a producir pintadas en las formaciones rocosas a flor de agua que adornan las calas vecinas a la Roca Grossa. Se trata de lugares en los que se suele practicar inveteradamente el nudismo; eso por un lado. Por otro, los escollos que asoman de las aguas límpidas son el hábitat de una nutrida colonia de cormoranes negros, cuya fotogenia viene dando pie a muchos selfies de guiris venidos por lo general de Calella de los Alemanes.

A algunos les pareció una salvajada pintar unas formaciones calizas en forma de esquistos que tienen la calificación de patrimonio protegido atascada desde hace años en alguna oficina subalterna de nuestra egregia Generalitat. Otros han temido que los cormoranes se molestaran por el tono radical de ciertas frases pintarrajeadas con espray. Respecto a este último extremo me tranquilizó el portavoz del comité de empresa de los cormoranes: «Mire usté, nosotros somos apolíticos, y puestos a hilar fino, también enmerdamos la roca de vez en cuando, esto va así.»

Todavía no nos habíamos repuesto del susto cuando un camión con tráiler fue a incrustarse en la estrecha calle de Consolat de Mar, con el morro puesto en la plaza de los Quatre Cantons. Cualquier vecino, por no hablar de la guardia municipal, podía haber dicho al conductor que por ahí no cabía; pero se trataba de un camionero francés, que circulaba a las cinco y media de la madrugada y seguía a ciegas las instrucciones de su GPS, el cual le indicó el trayecto como un atajo idóneo para acortar en dirección Girona.

Poldemarx había sido tomada por asalto en la guerra del Francés, y las casas de pescadores del frente marítimo fueron incendiadas por el invasor en aquella efemérides. Es un precedente, señalarían los juristas. No se ve muy bien, de otro modo, qué razón habría para que un agente enviado por los servicios secretos de una potencia amiga y sin embargo envidiosa, haya causado deliberadamente destrozos en la frágil infraestructura de una población pequeñita en la que abundan los recovecos.

Tal vez doña Elvira Roca Barea, autora de “Imperiofobia”, nos ilumine en este aspecto con la deducción de que la leyenda negra sigue viva y la teoría de la conspiración antiespañola funciona a marchas forzadas.

Por aquí, sin embargo, no acabamos de creérnoslo. La playa sigue poblándose todas las mañanas de mamás con niños y premamás con bombos, de nacionalidades variopintas. Desde el camping situado a medio camino de la Vallalta bajan riadas de bañistas armados con sombrillas, sillas plegables y flotadores enormes en forma de flamencos rosas. Como los cormoranes, nosotros vivimos y dejamos vivir. Si algún camión apresurado se queda bloqueado en las angosturas de nuestro casco viejo, el único remedio que se nos ocurre es guiarlo en marcha atrás e indicarle, una vez llegados a la rotonda, el camino correcto y claramente indicado en varios letreros.

A cualquiera puede sucederle, pensamos, eso de quedarse atascado en un recoveco. Así pues, hoy por ti y mañana por mí.

Todo antes que ir a ciegas a nuevas elecciones.


miércoles, 7 de agosto de 2019

CULTURA ROMPEHUESOS



Theodor Kallifatides

Me ha atrapado un libro de Theodor Kallifatides, Otra vida por vivir (Galaxia Gutenberg, 2019, traducción del griego de Selma Ancira). No conocía de nada a Kallifatides. Es un griego nacido en 1938 y emigrado a Suecia en 1964, que ha hecho su carrera literaria en el norte y en lengua sueca, pero que se ha esforzado en no perder en el camino su país, su lengua y su cultura de origen. Él mismo da dos versiones de su apellido, según el auditorio. Cuando da una conferencia, dice que su nombre significa “el que habla bien”; cuando está con trabajadores, es “el que calafatea barcos”.

Su libro no es una lectura “de verano”, de evasión; más bien cabe calificarla de literatura de ayuda (ojo, no de autoayuda).

Cuando Theodor cumplió 75 años, le dijeron que a esa edad una persona debía dejar de escribir. Él no pudo. Durante un tiempo, hasta que consiguió superar el bloqueo, ni podía escribir ni dejar de escribir. Se sentaba delante del ordenador, perseguía ideas, dejaba las frases a la mitad, volvía a empezar.

Yo cumplo los setenta y cinco el mes que viene. No tengo planes. Es posible que deje de escribir. No sé qué haré, entonces, dado que escribir es una forma de vivir.

Un amigo de Theodor tenía un pequeño comercio y trabajaba en él sin parar. Theodor le aconsejó que intentara librarse de aquella maldición de Sísifo. El hombre no sabía quién era Sísifo: “¿Es de por aquí? No me suena.”

Sísifo, le explicó Theodor, fue condenado por Zeus a empujar una gran roca hasta la cima de un monte. Al llegar arriba, la roca se desequilibraba y caía por la ladera. Sísifo tenía que volver a empezar, una y otra vez.

El amigo de Theodor intentó evitar el problema: delegó parte de sus quehaceres, se tomó unas pequeñas vacaciones, procuró ver las cosas desde otro punto de vista. Al cabo de unos días fue a ver al escritor. “Theodor, estás equivocado. No fue una condena a Sísifo, sino un premio. El hombre que no trabaja no es nada.”

Una lección de antropología anti-neoliberal. El neoliberalismo sostiene, en efecto, que quien "no es nada" es el hombre que "sí" trabaja.

El libro contiene más lecciones útiles.

La abuela de Theodor decía: “Las palabras no tienen huesos, pero los rompen.” Cierto, en nuestra época la cultura consiste en muchos casos en romper los huesos de otros. Theodor lo explica así (pp. 63-64):

«El derecho a la libertad de expresión no es independiente de la estructura social. No todos pueden expresar su opinión ni divulgarla. Pocos tienen ese privilegio y ese poder. El Otro ha de ser el límite natural y el lindero de nuestros actos y nuestras palabras. No haces cambiar a un cristiano presentándole a un Cristo homosexual. Ni un musulmán deja de creer en Mahoma porque tú se lo presentes como un diablo enloquecido. Más bien, al contrario. […] Una cultura no puede ser juzgada solo por las libertades que se toma, también se juzga por las que no se toma. Hay cosas que no se prohíben, pero eso no significa que se permitan.»

Dicho de otra forma, no hay verdadera cultura sin una amplia inclusión de lo diferente. La cultura excluyente es un oxímoron. No es cultura en realidad, en el viejo sentido clásico de la palabra; no acerca a las personas sino que las divide; no tiende puentes, sino que está atenta a romperle los huesos al forastero que se acerque desprevenido al territorio sagrado de la tribu.


martes, 6 de agosto de 2019

JUGUETES ROTOS


Crónicas desde la Contigüidad del Cosmos



Rosita, la patrona del restaurante La Contigüidad del Cosmos, de Poldemarx, me dio aviso por teléfono.

─ Los tengo en el reservado. Los dos llevan un pedo de pronóstico.

─ ¿Y qué puedo hacer yo, Rosita?

─ Pruebe a llevárselos de aquí, don Paco. Usted tiene buena mano con los VIPs.

De modo que me llegué hasta el restaurante. A la entrada colgaba un cartel: «Cerrado por defunción de un familiar.» No obstante, Rosita entreabrió la puerta y me hizo seña de que entrara. Una vez en la sala vacía, me llevó junto a la puerta acristalada del reservado. Dentro se oían voces.

─ Yo no querría a Georrgieva parra Fondo Monetarrio ─ sonaba una voz femenina marcando mucho las erres ─. Forrbes me ha elegido como mujer más poderrosa del mundo, ¿sabes, Marriano? Porr undécima vez consecutiva. Y sin embarrgo, no me han hecho caso…

─ Kristalina es una buena elección ─ respondió un caballero culto, con voz nasal y acento levemente gallego ─. Dará una gran transparencia a la institución.

─ Yo querría a Dijsselbloem ─ protestó ella. Y él sentenció:

─ Diselblón es un cabrón. Y Calviño no es nadie.

─ Nadia ─ corrigió ella.

─ Nadie ─ insistió él.

─ Tú tampoco nadie ya, Marriano ─ se puso melancólica la voz femenina.

─ Bueno, quién sabe. Dado el actual bloqueo de la izquierda canalla, si Pablo da un paso al lado y Sánchez se abstiene, yo podría renovar el equipo con gente nueva y dar aún mucho juego. Veo brotes verdes. ¿Sabes que tenemos con nosotros a Hazard?

Elegí ese momento para entrar. Sobre la mesa vi una botella de güisqui casi vacía y una jarra de sangría demediada, dos vasos medio llenos, un recipiente con cubitos de hielo casi derretidos del todo, y otro objeto al que luego me referiré.

─ Don Mariano ─ dije en tono respetuoso ─, el taxi le está esperando fuera.

Miró instintivamente el Rolex que relumbraba en su muñeca.

─ Cielos, ahora recuerdo que tengo entradas para un festejo taurino en San Feliú de Guíchols. Habrá banda de música y tocarán “Que viva España”. Me temo que llego tarde. ¿Por dónde se va a los aseos?

Se dirigió tambaleante hacia el fondo del establecimiento. Quedamos Angela y yo frente a frente. Yo la miré, acusador. Ella me sostuvo la mirada. Temblaba, pero esa reacción podía deberse simplemente a sus recientes molestias musculares.

─ ¿Qué es esto que veo aquí? ─ pregunté, señalando el “otro” objeto colocado sobre la mesa.

─ Un joyerro Louis Vuitton ─ me respondió en tono frívolo.

─ ¿Suyo, por supuesto, cancillera?

─ No mío. Se lo mangué a la Lagarrte.

─ Lagarde ─ corregí.

─ Lagarrte ─ insistió ─.  Siemprre quise hacerrlo. Yo mujerr más poderrosa del mundo, según Forrbes. Porr undécimo año.

─ Cancillera, vamos a ver cómo podemos arreglar esto ─ dije, con un suspiro. Siempre me tocan a mí estos papelones ─. ¿Me da el número de móvil de madame Lagarde, por favor?

─ No quierro ─ se cruzó de brazos. Y añadió despectiva ─: Tú no erres nadia, quierro decirr nadie.

Recordé que tenía en la memoria de mi móvil el número de Christine; ella me lo había dado en cierta ocasión en que también le robaron el joyero. Mientras apretaba el botón, Angela cruzada de brazos temblaba de forma espasmódica.


lunes, 5 de agosto de 2019

HUNDIR PUENTES



Pont des Trous, en Tournai, Bélgica, sobre el río Escalda. (Foto: Google Maps).


Tender puentes siempre ha sido un trabajo delicado. En los primeros siglos del cristianismo, los creyentes rigoristas se oponían de forma terminante a la construcción de puentes ya que, si el Todopoderoso hubiera querido que existieran, los habría hecho Él mismo; y construirlos significaba nada menos que enmendar la plana al Hacedor.

Los puentes se hicieron, de todos modos. Significaban comunicación, progreso, relación. Son uno de los símbolos positivos más emocionantes de la humanidad. Representan un esfuerzo colectivo importante, la superación de una barrera ancestral, la apertura a un horizonte nuevo.

Su construcción generó leyendas, en las que solía andar mezclado el diablo. En la geografía medieval tanto española como de otros países cristianos, ha habido muchos Puentes del Diablo. Subsisten algunos de ellos. Por lo general el Maligno suscribía un pacto con los vecinos por el que recibía una prenda humana (el alma de una mujer, de un niño, de un arquitecto) a cambio del “permiso” para que el puente no se hundiera catastróficamente a poco de concluido. El puente que salva la formidable grieta del Tajo en el centro de Ronda tiene también su leyenda: es tradición que el hombre que lo ideó, Martín de Aldehuela, murió al despeñarse cuando vigilaba el final de las obras, justo el día antes de la inauguración. Puro fake. Está documentado que Aldehuela murió en la cama, muchos años después.

Destruir puentes es, por la misma razón cívica y sentimental antes mencionada, una operación especialmente dolorosa. Una película narró la construcción y la destrucción sucesivas de un puente sobre el río Kwai, que causó de forma simultánea la muerte del coronel británico que dirigió las obras para mantener alta la moral de los prisioneros de guerra. Destruir puentes enemigos es un objetivo bélico típico, tan importante como construir cabezas de puente propias. Los puentes no dejan a nadie indiferente.

Leo en lavanguardia que ha empezado a ser derribado uno de los puentes más antiguos de Europa, del siglo XIII, sobre el río Escalda, en la ciudad de Tournai. Ese puente ha ejercido durante ocho siglos, además de su papel natural, el de puerta fortificada de la ciudad. A despecho de su condición de patrimonio municipal preciado y de landmark simbólico del territorio urbano, se había convertido en un estorbo al bloquear el paso de embarcaciones grandes, en particular de cruceros turísticos.

Será “reformado”, dicen en el Ayuntamiento. No hay reforma posible para una joya arquitectónica del siglo XIII. Puede hacerse un remiendo, o un pastiche, o construirse un puente distinto (levadizo, colgante, de Calatrava, qué sé yo) en el mismo lugar; pero nunca será el mismo.


domingo, 4 de agosto de 2019

DIALÉCTICA DE LOS SEXOS



Venus y Adonis, óleo del Veronés, Museo del Prado.

─ Adonis, pots ajudar-me un moment? ─ oigo decir a una bella vecina de toalla extendida en la playa de la Riera de Poldemarx. Y corrijo de inmediato mi audición defectuosa: ha dicho Antoni, no Adonis.

Una cosa lleva a la otra. Primero mi mente distraída me lleva a la composición Venus y Adonis, de Paolo Caliari il Veronese. Yo siento una preferencia absoluta por las mujeres desnudas pintadas por Veronés, muy por delante de las de Botticelli, para referirme a un extremo de la línea, y de las de Rubens, en el otro lado. Aunque gustarme, me gustan todas, por todas siento (aún) la carne trémula.

Pero prefiero, en general y atendidas toda clase de excepciones, los formatos amplios, las líneas curvas, el despliegue ordenado de los miembros suavemente redondeados “como un ejército desplegando sus banderas para la batalla”, para citar las palabras, oficialmente inspiradas por Dios, del Cantar de los Cantares.

Todo ello desde la posición, casta solo en apariencia, del observador playero.

Salto desde la primera a otra asociación de ideas distinta, un verso de Antonio Machado que el poeta prefirió no atribuir a su propia pluma, y que colocó bajo la responsabilidad del aristón poético o máquina de rimar.

Es este: «Dicen que un hombre no es hombre / hasta que no oye su nombre / de labios de una mujer. / Puede ser.»

Y puede ser que no, claro está. La dialéctica de los sexos suele ser contemplada desde una doble polarización: hay de un lado una idea de predestinación (“estaba escrito que habíamos de encontrarnos y amarnos, desde la eternidad”), y de otra, mucho más concreta, la de posesión (“eres mía y yo soy tuyo”).

El versillo del aristón se inclina peligrosamente de este último costado. Sería impresentable desde el punto de vista de la corrección política escribirlo en el sentido contrario (“dicen que una mujer no es mujer hasta que no oye su nombre de labios de un varón”), y en cualquier caso el abanico de opciones es más amplio, tanto para ellos como para ellas.

Sin duda es reductor considerar la sexualidad como la cuestión decisiva en la definición de la personalidad. Pero sí es un ingrediente importante en la constelación que compone cada persona humana. La dialéctica de los sexos está anclada en dos realidades distintas y hasta cierto punto contrapuestas: el instinto y la libertad. Ninguno/na seguimos en todo y ante todo a nuestro instinto; ninguno/na nos sentimos tampoco libres de ataduras para hacer cualquier cosa en el terreno sexual.

Los momentos de acuerdo íntimo y de expresión natural de nuestro instinto y nuestra libertad son quizá breves, pero mágicos. Observen ustedes el cuadro del Veronés, con Venus amparando en su regazo a Adonis dormido, bendecidos los dos por un amorcillo que juguetea con el perro de caza, satisfecho de sí mismo.

A eso me refiero.


sábado, 3 de agosto de 2019

LA IRRESPONSABILIDAD INTERMINABLE


Pedro Sánchez retiró a Nadia Calviño de la competición por la dirección del Fondo Monetario Internacional. Lo hizo a última hora, después de varios días en los que la prensa iba insinuando en todos los tonos que las posibilidades de nuestra ministra de Economía en funciones eran reales, y que su currículo para el cargo era más que brillante en comparación con la mediocridad de otros aspirantes.

Luego, de pronto, el gobierno la apartó de la votación decisiva con el argumento de que deseaba “favorecer el consenso”. No era una mentira, pero sí una mentirijilla. Era cierto que había una disputa cerrada para el cargo, pero entre los aspirantes situados en la pomada no estaba Calviño. Sí estaba, en cambio, Kristalina Georgieva, una economista búlgara de la que no conocíamos su currículo, y ni tan siquiera su nombre. Los medios barren para adentro.

Retirar a Calviño con una excusa más o menos airosa resultaba, así pues, preferible a la revelación pública de la falta de apoyos internacionales a la candidata española.

Aunque no “muy” preferible. La propuesta sobre la que se habían dibujado unas expectativas tan promisorias ha quedado, de todos modos, desairada.

Y, sobre todo, ¿qué se nos había perdido a los españoles en el FMI? ¿Qué beneficios no estrictamente honoríficos íbamos a sacar de esa nominación? Tuvimos en su momento a Rodrigo Rato en el puesto. ¿Cuál ha sido el balance de su gestión a efectos de peso de nuestra nación en el concierto de las potencias ─no hablo ya de provecho particular, en inversiones por ejemplo, o en puestos de trabajo─?

No es la primera vez que Sánchez da palos de ciego que acaban por tener resultados perjudiciales para él. En la elección para la Comisión Europea se anunció que íbamos a por tres puestos, que definirían la nueva posición de privilegio de la España socialista en la reconstrucción progresista de la Unión. Al final solo salió Borrell, el peor de los tres candidatos posibles.

Después, el fracaso resonante de la negociación para la investidura no solo ha debilitado el prestigio del gobierno, sino el de toda la izquierda plural, que se ha dejado muchas plumas en el trance. Ahora mismo es la derecha tríplice la que clama por unas nuevas elecciones, y ya piensa en recuperar por medio de una santa alianza el disputado voto de un electorado en shock.

Las cosas tienen un cariz cada vez más preocupante para el favorito de abril, el hombre que iba a traer el cambio, la estabilidad, el progreso y la firmeza para gobernarlo, todo junto y sumado.

Quizás lo que ocurre es que Sánchez está queriendo contentar a todos al mismo tiempo, y eso no es posible. Como en el dicho popular sobre la mentira, es posible contentar a todos una vez o contentar a unos todo el tiempo, pero no contentar a todos todo el tiempo. Es necesario elegir para quién se gobierna, y contra quién. Se trata de una elección muy exigente y de muy largo alcance, porque necesita fuerzas sociales concretas y poderosas que la respalden. El asunto no puede quedar en la indefinición ni en la alternancia: de lunes a miércoles para un lado, de jueves a sábado para el contrario.

Un problema parecido al de Sánchez viene a planteárseles de forma típica a tantos otros Peter Pan de la política que bajo ningún concepto se animan a crecer, porque crecer les significa asumir responsabilidades y ellos prefieren con mucho la irresponsabilidad interminable de disfrutar de aventuras siempre renovadas en su isla privada de Nunca Jamás.

Sería deseable una mayor madurez de actitud y de carácter en nuestros altos dirigentes. Les damos a cambio nuestro voto, que no es poco. No parece exagerado, entonces, exigirles un poquito de por favor.


viernes, 2 de agosto de 2019

LA CAUTELA DE PENÉLOPE Y EL TIEMPO EN LA ODISEA





Matanza de los pretendientes. Decoración de una crátera procedente de Capua, siglo IV a.C. Museo del Louvre, París.


A mi abuelo don Ignacio de Lecea no le gustaban los flashbacks. Cuando se sentaba en la butaca de un cine, quería presenciar una historia inteligible que empezara por el principio y acabara por el final. Recuerdo su indignación con Alfred Hitchcock después de ver a Gregory Peck e Ingrid Bergman en Recuerda (Spellbound). Le pareció una mamarrachada sin pies ni cabeza y tronó contra la manía moderna de contar las historias al revés.

Mi padre argumentó, con razón, que la Odisea está contada de la misma manera, y no es precisamente el paradigma de la modernidad. Mi abuelo respondió con dignidad que hay que ser Homero para poder hacer eso, pero esa actitud condescendiente nos pareció a todos un recurso retórico de pocos quilates.

Lo cierto es que en la Odisea el tiempo está tratado de forma muy elástica. El poema empieza en un punto cualquiera: Telémaco emprende un viaje a Pilos y Esparta para tener noticias de su padre, que sigue desaparecido diez años después, cuando todos los guerreros que fueron a Troya han vuelto ya o han tenido sus honras funerarias.

A partir de ahí, el tiempo de la historia va y viene con una gran fluidez. Los distintos personajes se adelantan a contar su parte. Esas partes se sobreponen unas a otras como las ventanas que se abren en el ordenador para aclarar aspectos accesorios al documento principal. El comienzo de la historia de Ulises que es objeto central del poema lo cuenta Helena en el canto IV (la caída de Troya mediante el recurso del caballo de madera); el final lo adelanta la sombra del adivino Tiresias cuando Ulises visita a los muertos en el canto XI. En el canto XXIII Ulises mismo repite el vaticinio de Tiresias y sus instrucciones detalladas, casi palabra por palabra, a su esposa Penélope, después de haber dado muerte a los pretendientes y a las doce siervas desleales.

Luego, desde el punto de vista técnico, la composición finaliza con las paces, forzadas desde el Olimpo por Zeus, entre los familiares y deudos de los pretendientes muertos por un lado, y el grupito (Ulises, Laertes y Telémaco, el porquerizo Eumeo y demás) atrincherado en la casa de Laertes.

Me detengo un instante en el asunto de Penélope. Ha pasado veinte años guardando la ausencia de Ulises, tejiendo y destejiendo un bordado durante tres años y pico para engañar a la manada de pretendientes que le exigen la elección rápida de uno de ellos como nuevo marido, y mientras tanto banquetean todos los días en el palacio. Suspira por la vuelta de su hombre. Y cuando su hombre se presenta ante ella y le dice “soy yo”, no se precipita en sus brazos; mantiene una compostura perfecta, a pesar de los reproches del joven Telémaco, experto en el oficio de apostrofar a su madre y tratar de avergonzarla.

Cuenta el narrador que Penélope “ve y no ve” a su marido en la imagen del hombre vestido con harapos de mendigo sucios de sangre y polvo después de haber matado a varias docenas de guerreros y criados, que se yergue “como un león” con las fauces retintas en sangre después de despedazar a sus víctimas.

Ulises no ha colaborado para ser adecuadamente reconocido. Vía Telémaco, hizo retirarse a su esposa a sus aposentos antes de que se celebrara la prueba del arco, que fue ideada como última argucia precisamente por Penélope, falta ya de excusas para no entregarse a alguno de los pretendientes. Allá arriba, en el gineceo del palacio, Atenea ha enviado a la esposa un “sueño dulcísimo” para que no oyese el estruendo de las armas y los gritos de los pretendientes, sin escapatoria al haberse cerrado herméticamente las grandes puertas de bronce. Después de consumada la hazaña, Ulises ha hecho limpiar todo el escenario de la matanza y purificar la atmósfera con azufre. Solo entonces llama a su esposa y así plantado, sin lavarse ni cambiarse de ropa, le dice “soy yo, soy tu marido que he vuelto”.

A Telémaco le indigna la compostura de su madre. ¿Por qué no corre a abrazar al esposo tanto tiempo esperado? Y ella responde plácida que sí, Ulises de retorno debe tomar posesión de su tálamo, y ordena a su anciana gobernanta que haga trasladar al momento el lecho del héroe, el que él mismo hizo con sus manos, al dormitorio real.

Es la última astucia de Penélope. Ulises estalla. ¿Cómo ha podido moverse de su lugar el lecho que él construyó como centro mismo, inamovible, de su palacio? En un patio interior había un olivo añoso, y él hizo construir paredes alrededor y un techo encima, y cortó el olivo de manera que el tocón resultante sirvió de base al lecho, al que luego fue añadiendo traviesas metálicas y adornos de oro, de bronce y de marfil.

En ese momento Penélope sabe de cierto que tiene delante a su marido, porque ninguna sierva salvo su gobernanta de confianza, y menos aún ningún hombre, ha entrado jamás en aquel recinto íntimo y ha podido contar cómo estaba hecho. Y se arroja a los brazos de Ulises, y lo agasaja, lo baña, lo unge y entra con él en el lecho.

Para dar mayor espacio al reencuentro de los esposos, Atenea detiene la marcha del carro solar en el que la Aurora de dedos rosados se disponía ya a empezar su carrera diurna. Y es en ese momento íntimo, justo antes de la primera luz del nuevo día, cuando Ulises cuenta a su mujer el final de la historia, tal y como se lo transmitió a él el adivino Tiresias.

Habrá de tomar un remo de su nave, cargarlo al hombro y emprender un viaje hacia el interior, pasando por muchísimas ciudades, hasta llegar a las tierras donde las gentes no conocen el mar ni usan sal para aderezar sus alimentos. Allí recibirá una señal inequívoca. Se cruzará con un hombre que, señalando el remo, le preguntará por qué lleva un aventador al hombro. En ese lugar debe clavar el remo en tierra y ofrecer a Poseidón el sacrificio de un toro, un carnero y un verraco que cubra a las cerdas. Después, de vuelta en su casa, ofrecerá a todos los dioses, “por su orden”, hecatombes perfectas. Si así lo hace tendrá una vejez placentera y una muerte dulce, lejos del mar, y su pueblo será muy feliz en torno suyo.

Fin.

Nota Bene.- Un saludo efusivo desde este rincón a José Luis López Bulla, que ha retornado a sus tareas blogueras después de una semanita provechosamente pasada en el Hospital de Mataró. Tus seguidores y tus amigos te echábamos de menos, maestro.