miércoles, 11 de marzo de 2020

PLACEBOS



El padre Lacordaire y yo en la Rue des Augustins de Montpellier. Lacordaire es el de la ventana pintada en la pared. Fue un exponente del catolicismo social, mal visto tanto por las clases trabajadoras, que le acusaban de meapilas, como por las clases propietarias, que lo consideraban un rojo peligroso. Una posición ingrata, pero consecuente. (Foto, Carmen Martorell)


Nuestra entrañable patronal, Foment del Treball, ha hecho público un comunicado en el que propone medidas enérgicas para frenar la pandemia del coronavirus. Proponen, entre otras medidas drásticas, una rebaja del impuesto de sociedades y mayores facilidades para el despido.

No hay ninguna evidencia científica de que tales medidas tengan algún efecto en el virus; pero es más cierto que nuestros empresarios se verían muy aliviados si tales medidas se dictaran. Es lo que se llama un placebo: una medicina que no cura, pero que conforta al paciente en su tribulación.

La “libre empresa” que preconizan nuestros arriesgados empresarios como la panacea contra todos los males de la sociedad, es un ámbito privadísimo y absolutamente desregulado. No cabe en él otra ley que la de la autonomía de las partes contratantes, sin ninguna norma externa que sirva para equilibrar la desigualdad de partida entre la oferta y la demanda de trabajo.

La demanda de trabajo es para la "libre empresa" algo parecido a la caja de las herramientas para el fontanero, o el cajón para el sastre: se rebusca ahí lo que se necesita en cada momento, se usa, y luego se olvida sin mayor escrúpulo. El hecho de que la prestación laboral la desempeñen personas, y no cosas materiales, no afecta al nudo de la cuestión, desde ese punto de vista: el trabajador/ra que se contrata un día y se despide el siguiente es un mero suministro, como el agua, el gas o la luz que se contratan con las compañías correspondientes.

Después está el "nombre de la rosa": o sea, la forma de llamar a ese vínculo raro. Al empresario moderno no le gusta tener asalariados, sino colegas emprendedores autónomos que se costean por sí mismos el instrumental, la formación, la seguridad social y las bajas por enfermedad. Desde su perspectiva, todo es una joint venture en la que cada cual se costea su participación, aunque luego los beneficios caigan solo de un lado.

Una reciente sentencia de la Corte de Casación francesa, divulgada en nuestro entorno y ampliamente comentada y valorada por nuestros imprescindibles maestros Antonio Baylos y Eduardo Rojo Torrecilla, dictamina que los trabajadores de plataformas como Uber no son socios, sino asalariados con derecho a las medidas de protección y las garantías correspondientes. Vale la pena repetir aquí la caracterización que hace el Tribunal, del trabajo subordinado frente al trabajo autónomo: «La subordinación se descompone en tres elementos: el poder de dar instrucciones, el poder de controlar la ejecución de la prestación y el poder de sancionar el incumplimiento de las instrucciones emitidas. Mientras que el trabajo independiente (o autónomo) se caracteriza por la posibilidad de constituir una clientela propia, la libertad de fijar las tarifas por sus servicios y la libertad de fijar las condiciones de ejecución de la prestación del servicio.»

Los chóferes de Uber, señalan los altos magistrados franceses, incurren de pleno en la primera de las dos clasificaciones. El placebo, en este caso, consiste en etiquetarlos como gente emprendedora, dispuesta a abrirse paso con ánimo de superación para no depender más que de sí misma.

Aceptar ese placebo no es más que una variante de lo que Étienne de La Boétie llamó, hace ya algunos siglos, la «servidumbre voluntaria».


martes, 10 de marzo de 2020

HASTA SIEMPRE, MAX VON SYDOW



El Caballero y “el” Muerte se disponen a jugar al ajedrez. Fotograma de “El Séptimo Sello”, de Ingmar Bergman.


Nunca vi “El exorcista”, primera ni segunda parte. Mis recuerdos de Max von Sydow en la pantalla se extienden al oficial alemán que añoraba un buen partido de fútbol en “Evasión o victoria”, y al sicario implacable de “Los tres días del cóndor”; pero se concentran sobre todo en algunas películas de Ingmar Bergman. Mi primer contacto visual con el actor ocurrió en “El séptimo sello”.

Los años cincuenta no eran buenos tiempos para la lírica ni para el espectáculo, en el grisáceo Madrid franquista; pero mis padres, atentos a la formación adecuada de sus hijos en todos los aspectos, nos habían abonado a los dos mayores al cine-fórum de los Jesuitas de la calle de Serrano.

(¿Saben dónde digo? El lugar se hizo célebre muchos años después por la voladura del coche de Carrero Blanco, que aterrizó en un patio interior de la parte de atrás del edificio, partiendo de la calle de Claudio Coello.)

Ahora bien, el mantenedor de aquel fórum era el padre Staehlin, miembro de la Junta de Censura, y él consideró que la historia del séptimo sello bergmaniano era profundamente positiva y cristiana, y en consecuencia podía autorizarse su visión, no en salas comerciales, por supuesto, sino en lugares accesibles solo para personas de criterio formado.

De modo que en la sala de los Jesuitas me encontré con Max von Sydow en primer plano, sin saber quién era él ni quién era Bergman, y con la única preparación de una larga introducción del propio padre Staehlin en la que nos contó que Muerte es palabra masculina en sueco, por lo que en la película no la representaba una Parca sino un varón (el actor Bengt Ekerot) de cara extrañamente enharinada, algo así como un Joker antes del Joker.

También nos advirtió el padre de que Jof y Mia, la pareja con un niño de pocos meses a la que el caballero Antonius ayuda a escapar de la muerte, eran los nombres de José y María en sueco, y que el significado simbólico de la película era que el cristianismo libraría a la humanidad de los cuatro Jinetes del Apocalipsis. Off the record, nos anunció que Bergman estaba en conversaciones con un jesuita muy significado en la jerarquía de la orden, y que de ahí a poco tiempo se haría pública la conversión del cineasta al catolicismo.

Cosa que nunca ocurrió.

En fin. Mi visión de las Cruzadas y el mundo de la caballería se reducía en aquel tiempo (yo tenía unos trece años) a un “Ivanhoe” pasado por Hollywood. Von Sydow me pareció un caballero raído y despeinado, sumergido en un mundo de brujas, hogueras, peste y guerra, en el que no había escapatoria posible. En todas partes reinaba “el” Muerte. En una ermita, un pintor se afanaba en representar en un mural una Danza de la Muerte, y los personajes que incluía eran los mismos de la película: estaba anticipando su historia.

Muchos enigmas y juegos de espejos. Una trama densa en sobreentendidos. Pocos años después vi al propio Von Sydow en “El rostro”, otra película en la que los elementos eran los mismos pero en un contexto absolutamente laico, más relacionado con las fantasías de la ciencia ilustrada que con la religión. Una tercera película de Bergman de la misma época, “Como en un espejo”, completa para mí una trilogía metafísica que no me facilitó respuestas a los grandes problemas, pero me permitió hacerme algunas preguntas oportunas.

Siempre estaré agradecido por ello a Ingmar Bergman y a Max von Sydow.
     

lunes, 9 de marzo de 2020

LO QUE VA DE PIKETTY A CERCAS



Réprobos en el infierno. Detalle del Juicio Final en la cúpula del Duomo de Florencia, obra de Giorgio Vasari.


En otro momento y a propósito de otro asunto (de Galdós, para ser exacto), definí a Javier Cercas como un Cherubino literario; para entendernos, un farfallone (un mariposón), que es como define el barbero Fígaro al paje de la condesa Rosina.

Cercas reincide en el farfaloneo en su última columna de El País Semanal, al tomar a Thomas Piketty en vano. Lo cita, sí, correctamente; pero luego, se lanza por su cuenta a una arriesgada sesión de vuelo sin motor.

Esta es la cita: «En “Capital e ideología”, Thomas Piketty constata que, en la sociedad catalana, “el apoyo a la independencia proviene de manera espectacular de las categorías más favorecidas y, en concreto, de las rentas más altas”.»

A partir de ahí se desliza Cercas a una veloz transición en primera persona: «Es lo que un servidor lleva años diciendo, razón por la cual ha sido arrojado al infierno de los réprobos, donde arde desde entonces.»   

Pues mire, no. Cercas no ha sido arrojado a ningún infierno de los réprobos, y tampoco se ha significado especialmente en solitario, durante “años”, en la reivindicación de una opinión contraria a las tesis indepes que, conviene subrayarlo, ha generado posicionamientos políticos apasionados, votos electorales consistentes y también ríos de tinta, según la metáfora que se utiliza habitualmente en estos menesteres. Sin que a nadie en esta amplísima corriente de opinión se le haya ocurrido hasta la fecha refugiarse en el victimismo.

Del mismo modo que, en su celebrada Anatomía de un instante, Cercas se inventaba de nueva planta un país mudo, absorto y de rodillas ante el golpe de Tejero, para situarse él en solitario acompañando a Adolfo Suárez en la rectitud, ahora hace surgir de su galera de mago una derecha y una izquierda unánimes en la complacencia con el secesionismo.

No es verdad, pero Cercas no está dispuesto a que la verdad le estropee un artículo ingenioso.

Lo que me hurga en la horcajadura, en especial, es lo que afirma de la izquierda. Lean:

«Esta es la realidad que la izquierda, gran parte de la izquierda catalana —empezando por Ada Colau— y buena parte de la española —empezando por Pablo Iglesias—, se niega a ver: que, además de profundamente antidemocrático (como demostró en otoño de 2017), el secesionismo es un movimiento esencialmente reaccionario. ¿Cómo es posible que un sector relevante de la izquierda sea su compañero de viaje, cuando no se sume a él?»

No transcribo la continuación del artículo ─puro histrionismo─ por vergüenza ajena. Llega a suplicar a Colau e Iglesias que lean a Piketty, como si Piketty dijera en algún momento la verdad de Perogrullo que sostiene Cercas. O sea: «Desde que el mundo es mundo, son los ricos los que quieren separarse de los pobres, no los pobres de los ricos.»

Los ricos ya están separados de los pobres, en Cataluña; no es ese el problema del que se trata. Si Cercas se ocupa en leer a Piketty él mismo, en lugar de suplicar de rodillas y entre sollozos a los demás que lo hagan, verá que el problema que aborda el economista francés es el de la diferenciación ideológica entre las élites, y la forma en que la esgrimen cuando sus intereses económicos están en juego.

El esfuerzo de la izquierda de Colau, de Iglesias, y de otros grupos que para Cercas no existen o son desdeñables, es evitar que el país acabe de partirse definitivamente en dos. No porque estén los ricos en una trinchera y los pobres en otra, esa es una simplificación tan burda que ya nadie se la cree; sino por la consolidación de líneas de fractura más sutiles, marcadas tanto por la economía (por el interés económico inmediato) como por la ideología.

Hay ricos españolistas y ricos independentistas; con los pobres pasa lo mismo; una consideración estadística indica la exacta correlación de fuerzas existente entre ricos y pobres en cada uno de los dos campos. Todo ello debe tener su encaje en una política de amplio aliento dirigida a superar situaciones de quiebra social que a Cercas ni se le han pasado por la cabeza, o no lo parece, a pesar de vivir aquí, en el “infierno de los réprobos” y sin hacer el menor esfuerzo por salir de él.

Cercas, sencillamente, mea fuera del tiesto.

Una vez más.


domingo, 8 de marzo de 2020

DÍAS DE CELEBRACIÓN



En cualquier celebración, si es con croquetas, mejor.


El dato importante a retener es que Carmen y yo hemos cumplido los cincuenta años de casados. Ayer, 7 de marzo. La fecha no tiene tanta importancia sentimental para nosotros como otras de nuestra historia íntima, pero reconocemos en ella el carácter de una efeméride.

Se da la circunstancia de que nuestros hijos están lejos, y aunque en nuestros planes figura hacer un viaje juntos (ahora en globo por el coronavirus), la fecha misma de la celebración la teníamos que pasar solos con nosotros mismos.

Algo a lo que, por suerte, estamos acostumbrados. Cincuenta años juntos se dice pronto, pero hay un montón de vivencias detrás. Mucho cimiento, mucha infraestructura sólida.

Cuando Carmen me preguntó si me apetecería algo especial para comer hoy día 8, antes de bajar a la mani de las/los feministas, le contesté: “Croquetas”. Y antes, cuando los dos buscábamos un sitio adonde ir a pasar el día 7 nuestra “soledad de dos en compañía”, un nombre surgió espontáneo: “Montpellier”.

Lo de las croquetas es fácil de explicar. A mí la langosta Thermidor me indifiere, el esturión con huevas y rehuevas incluidas no me dice nada inteligible, y de otros manjares exquisitos como los huevos duros me atrevo a prescindir incluso en los grandes festines.

De las croquetas, no. Preciso: de las que prepara Carmen. Martí i Pol no las probó nunca, pero escribió unos versos que parecen hechos pensando en ellas:

Se’ns esmolen les dentetes
Quan la Carmen fa croquetes.
Ben rosses i cruixidores,
No te’n menges, en devores.
En qualsevol ocasió,
Si hi ha croquetes, millor.

Las croquetas, entonces, diríamos que cayeron por su propio peso. Lo de Montpellier es distinto.

Ha habido épocas difíciles en nuestra vida. Los primeros ochenta fueron una de ellas. Niños que crecían, un trabajo muy exigente (con frecuencia también muy ingrato) para mí en el sindicato, pocas horas dedicadas a la familia y Carmen erigida en la columna dórica que sostenía todo el edificio con su salario de mujer trabajadora, su multiplicación de esfuerzos para cubrir solidariamente mis ausencias, y su combatividad contagiosa.

En los veranos buscamos una vita beata1 alternativa del lado de Francia. Francia fue entonces, para nosotros, el paraíso a la vuelta de la esquina. Pasamos de largo de Perpinyà y Narbona, recalamos alguna vez entre Beziers y Agde, probamos con poca fortuna entre Marseillan y Sète, y acabamos encontrando lo que buscábamos en el entorno de Montpellier: un camping familiar en Aimargues, la playa de La Grande Motte, las excursiones en busca de librerías y otras formas de cultura en la cercana metrópoli de Montpellier.

No es una ciudad especialmente bella ni tranquila, pero tiene un núcleo antiguo encantador que ocupa el perímetro del montículo, el Monte Pelestario según afirman las enciclopedias, en el que se construyó hacia el año 1000 la fortaleza rural original.

La catedral de San Pedro es feísima vista desde fuera. Las guías la catalogan como “singular”, en un intento de dulcificar la realidad. Pero sí es singular, porque ninguna otra catedral en el mundo tiene como edificio adyacente una Facultad de Medicina; y no una cualquiera, sino la más antigua del mundo aún activa.

De la muralla del siglo XIV subsisten dos torres y un vestigio. En la torre más conspicua, la de la Babote, se instaló en el siglo XVIII el Observatorio astronómico de la Academia de Ciencias. La otra torre, la de los Pinos, en el entorno de la catedral, guarda los Archivos de la ciudad. El antiguo convento de las Ursulinas, luego habilitado como prisión, alberga hoy el complejo “Ágora”, un Centro coreográfico y Escuela Internacional de Danza. La iglesia de Santa Ana, cuya aguja es visible por encima de los techos de todo el núcleo antiguo, ha sido desacralizada y convertida en sede de exposiciones y muestras artísticas.

Montpellier ha reconvertido su historia monumental en ciencia, en lugar de arrasarla como tantos otros lugares.

El otro vestigio de la muralla que he mencionado era desconocido para nosotros, pero está situado al lado del apartamento que hemos alquilado para la ocasión. En el sector de la Pila Saint-Gely descubrieron en 1998 un arco de la puerta de la ciudad del lado nordeste, y vestigios de una capilla. Aquello queda ahora en el entorno del Corum, un gran edificio moderno (1988) que incluye una Ópera, un Palacio de Congresos y varios espacios para convenciones y exposiciones.

En el Palacio de Justicia, vimos que habían cubierto con un lienzo negro la estatua de la Justicia. Eran los Avocats en Colère. No averiguamos el fondo de su reivindicación, pero las pancartas ─en letras blancas sobre fondo negro─ eran significativas: «¿Quién para defender vuestros derechos?» «Sin abogado, no hay derecho.»

Carmen y yo habíamos visitado por última vez Montpellier el año 91, cuando asistimos a la boda de un primo madrileño que se casó con una chica de Saint-Jean de Védas. Fue una bonita boda, en el Hôtel de Ville, con un alcalde socialista de apellido español oficiando la ceremonia.

La visita de ahora ha tenido lugar veintinueve años después, y casi todos nuestros puntos de referencia anteriores se han desvanecido: el hotel en el que nos alojamos ya no existe, tampoco los restaurantes a los que solíamos ir. Pero hemos encontrado una ciudad reconocible, asiento de una burguesía próspera y autosatisfecha, que mantiene un crecimiento demográfico notable y se ha preocupado tanto por mantener lo antiguo como por explorar lo nuevo en busca de otros retos con los que reafirmar su presencia en el mundo.

1 «En un viejo país ineficiente, / algo así como España entre dos guerras / civiles, en un pueblo junto al mar, / poseer una casa y poca hacienda / y memoria ninguna. No leer, / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, / y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia.» Jaime Gil de Biedma, De vita beata, en “Poemas póstumos”, 1968.

MUY, MUY, MUY APURADOS



Mis falsas conversaciones con gente importante


Volvimos anoche Carmen y yo de Montpellier. El viaje en tren es cómodo, pero llevábamos encima mucho cansancio de callejear durante tres días, ver museos, sentarnos en restaurantes y otras cosas de la que les hablaré un día de estos.

Me refiero a la posibilidad de que lo que les cuento a continuación haya sido solo una alucinación, un adormecimiento de los sentidos.

Un hombre nos esperaba sentado en un peldaño de la escalera de casa, junto a la puerta. Se puso en pie al vernos.

─¿Rodríguez de Lecea? ─preguntó a bocajarro.

─Soy yo. ¿Con quién hablo?

─Bertomatti ─se presentó. Es posible que dijera Bartolozzi, o Bartomeu, o algo parecido. Como les digo, yo estaba muy cansado.

─A qué debo el gusto.

─Dígame francamente, Rodríguez, qué piensa de Setién.

Yo había estado siguiendo durante el viaje por el wifi de la SNCF los avatares del partido del Barça con la Real Sociedad. Sabía, por consiguiente, a qué atenerme.

─“Se tien” que arreglar ─reconocí a regañadientes.

─Eso creemos nosotros también. Oiga, Pep Guardiola cuenta maravillas de usted. Dice que es la única persona en el mundillo del fútbol que ha entendido su táctica de los dos falsos nueves.

─Pep me abruma. Lo de los dos nueves es fácil, si quiere le hago un gráfico.

─¿Estaría dispuesto a ocupar el banquillo del equipo a partir de mañana mismo? ─me preguntó él de sopetón.

─¿De qué equipo estamos hablando? ─le pregunté escamado. A él le entró una risa nerviosa.

─Estamos muy, muy, muy apurados, Rodríguez. Estamos decepcionando a gente entusiasta, gente magnífica como Jordi Ribó Flos, un hincha ejemplar, ¿le conoce?

─Mucho ─asentí─. Está muy feo defraudar a personas como Jordi.

─Entonces, acepta…

─Oiga ─protesté─. Esto no se puede tratar así, en el rellano de una escalera, no son formas.

─Claro, claro, por supuesto. Se trata solo de que me eche una rúbrica aquí, en una servilleta de cafetería, como hicimos con Messi. Estos pequeños rituales lo son todo para atraer la buena suerte. Mañana se pasa usted por las oficinas del club y solucionamos todos los detalles legales.

─¿De qué club estamos hablando? ─pregunté con la mosca detrás de la oreja. Él soltó otra risita nerviosa pero no contestó. Dentro de casa empezó a sonar el teléfono fijo. Bertonetti o Bertomaletti seguía presentándome la servilleta y un bolígrafo. El bolígrafo relucía discretamente, y a la luz mortecina de la escalera parecía de oro y brillantes. Firmé, por no hacerle un feo.

─Disculpe que no le invite a pasar, ya ve que tengo prisa ─me despedí.

Llegué a tiempo de descolgar el teléfono fijo. Una voz femenina me habló en perfecto español.

─Le hablo de la Convención Demócrata de Estados Unidos. Estamos muy, muy, muy apurados, míster Rodraigues. Prospectamos opciones de sangre joven para una candidatura de consenso a la presidencia, y Pep Guardiola nos ha hablado muy bien de usted. Afirma que es la única persona en el mundo de la política capaz de desarrollar una estrategia mundial de gran estilo en base a la conjugación simultánea de dos falsos nueves.

─Escuche, señora, tengo setenta y cinco tacos y estoy jubilado.

─Justamente. Eso rebaja considerablemente la media de edad de nuestras candidaturas. Y podríamos arreglar las cosas para que no pierda el derecho a su pensión a la finalización del mandato.

─Verá, señora ─intenté contemporizar─, el caso es que tengo en cartera otra proposición indecente que acaban de hacerme ahora mismo, no sé si…

─No hay caso, míster Rodraigues, debe decirme sí o sí. Le estoy ofreciendo un empleo a tiempo completo.

─He firmado un compromiso de principio.

─Anúlelo.

─Necesitaré tiempo.

─Tiene de plazo hasta mañana a mediodía.

En esas estoy. No sé qué es peor, entrenar al Barça o presidir Estados Unidos. Mal por mal, quizá lo mejor sería sacar un billete de tren, ahora que aún es posible a pesar de todas las cuarentenas, y volverme con Carmen a Montpellier.

En Montpellier se está muy bien. Se lo contaré otro día.
     

miércoles, 4 de marzo de 2020

NI UN PASO ATRÁS



Estoy leyendo Repensar la economía desde la democracia, un volumen de divulgación económica “alta” coordinado por Bruno Estrada y Gabriel Flores y en el que han participado numerosos amigos y conocidos: Unai Sordo, Albert Recio, Ignacio Muro, Joaquín Pérez Rey, Andreu Missé, Carlos Berzosa, Antonio Baylos, entre muchos otros.

Elijo una frase de la intervención inicial de Estrada y Flores (p. 20) que resume en cierta forma la tesis del libro: «El poder democrático de la sociedad debe prevalecer sobre el poder económico de las elites en beneficio de la mayoría social, las clases trabajadoras y el planeta que nos acoge. Ello implica movilizar todas las energías existentes y la financiación pública y privada necesarias para apostar por alcanzar el pleno empleo con trabajos y salarios decentes para todas las personas que deseen trabajar, como sucedió en Europa Occidental y EEUU durante los treinta años dorados, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la desigualdad social se redujo de forma importante.»

Hay un peligro implícito en esta formulación: la idea de que aquello que fue puede volver a ser, si acertamos a eliminar los obstáculos y las rémoras colocadas por la injerencia de los “otros”, los malvados, para el caso el egoísmo y la codicia de los grandes accionistas privados.

Yo partiría de una perspectiva diferente: la convicción de que lo que fue ya no volverá a ser. El mundo no es ya lo que era en 1970, antes de los cataclismos que enumera Carlos Berzosa en su sustanciosa aportación: «En los inicios de los años setenta el ciclo expansivo daba síntomas de agotamiento. Se comenzó con la crisis del Sistema Monetario Internacional (SMI), que supuso dos devaluaciones del dólar, la supresión de la convertibilidad en oro y el fin de los tipos de cambio fijos. Se continuó con la crisis del petróleo, que fue la espoleta que ponía fin al ciclo expansivo de los “treinta gloriosos” … Se dispararon la inflación y el paro, y ante la dificultad de combatir a los dos con recetas keynesianas, se dio paso a las teorías neoliberales de Friedman y Hayek…»  

Retomar las viejas recetas daría paso a la repetición de los viejos resultados. No es el camino del retorno a una edad de oro el que hay que seguir, sino el de la apuesta por la innovación.

En ese sentido, conviene tener presente que, al utilizar las mismas palabras de siempre, no estamos evocando la misma realidad. Ha cambiado el Trabajo, en primer lugar; y no la periferia de un núcleo que se mantendría siempre igual a sí mismo, sino la sustancia misma del Trabajo, que ya no depende de las órdenes de un capataz sino de los índices fijados por un algoritmo; que ya no está sometido a la regla taylorista de la obediencia ciega y la disciplina rígida, sino que incorpora una gran dosis de discrecionalidad, acompañada por un crecimiento exponencial y altamente estresante de la responsabilidad individual.

Y hay un tercer elemento más venenoso: la precariedad se ha instalado en el corazón del Trabajo por cuenta ajena, de “todo” el trabajo por cuenta ajena. La rotación en los puestos de trabajo es mucho más rápida, sin excepciones para los altos ejecutivos que cobran emolumentos sustanciosos. El entrenador que ocupa el banquillo de un equipo de fútbol de primera línea como el Barça sabe que sus opciones de conservar el empleo más allá de tres temporadas son reducibles a cero. Pero con gusto firmarían llegar tan lejos muchos ejecutivos de grandes empresas. Y de ahí hacia abajo, los tiempos de los contratos se acortan en una contradanza frenética. Menos de un mes dura un empleo, por término medio. Hay contratos que se firman por veinticuatro horas, incluso por menos tiempo.

La Empresa tampoco es la que era. Hoy no tiene una dimensión física abarcable, es pura abstracción jurídica, con la sede situada en algún paraíso fiscal, las patentes que le aseguran el cuasi monopolio en su nicho productivo particular guardadas en la caja fuerte de los sótanos de un banco inexpugnable, y los lugares y la fuerza de trabajo, las máquinas, los edificios, los socios en la explotación, los concesionarios y los clientes, los asesores y los colaboradores, todo convertido en un gran revoltijo mudable, todo de alquiler, de quita y pon, de baratillo, de mercado de ocasión en el que se ofrece la ganga al mejor postor.

Y finalmente, tampoco el Estado-nación es el de 1970. Entonces se definía orgullosamente a sí mismo ─en el Primer Mundo─ como Estado social; hoy ha dejado de ser “el cielo protector” de la ciudadanía. Ya no asume endeudamientos en unos presupuestos rígidamente fiscalizados desde las troikas, no elegidas democráticamente, a las que se confían todos los poderes de regulación en un mundo financiarizado. Las deudas no recaerán sobre el aparato público sino sobre los sujetos privados. Quien quiera emprender, quien quiera trabajar, quien quiera innovar, quien quiera mejorar su vida y sus expectativas, lo hará a su costa, pagando por su sueño hasta el último céntimo en un contexto de darwinismo social implacable.

Ese es el panorama real. Lo que nos cuentan Estrada, Flores y el resto de autores en el libro mencionado arriba sigue siendo válido, urgentemente válido. Pero el camino hacia atrás está cerrado. Solo podremos salir del túnel avanzando hacia delante, abriéndonos paso a una realidad nueva.

Ni un paso atrás.


FEMINISMO AMAZÓNICO



Aquiles da muerte a Pentesilea. Decoración de una vasija ática, siglo VI a.C. Museo Británico.


Cayetana Álvarez de Toledo, siempre original, no acudirá a la Jornada feminista del 8 de Marzo porque se reclama del “feminismo amazónico”, al estilo de Camille Paglia.

He tenido que recurrir a la wikipedia para saber quién es la señora Paglia y de qué va el feminismo amazónico. Algunos lo llaman “sueño andrógino”. Se relaciona con las antiguas amazonas, no con el río sudamericano. Las amazonas luchaban contra los varones de igual a igual. Cayetana, actual marquesa de Casa-Fuerte, rechaza cualquier tipo de protección legal a la mujer, y se siente lo bastante fuerte para imponerse al machismo sin ayudas extra, ni cupos especiales, ni mariconadas.

Hay que reconocer que se ha despojado de muchas ataduras desde que difundió el tuit que la dio a conocer en las redes sociales, después de la cabalgata de Reyes de Madrid en 2016: «Mi hija de 6 años: Mamá, el traje de Gaspar no es de verdad. No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás.»

Las amazonas más famosas de la mitología griega tuvieron en general mala suerte en su lucha esforzada contra los varones. La reina Hipólita aparece en uno de los trabajos de Hércules, que le robó el cinturón y la mató, según unos; o según otros, que recibió de ella el tal cinturón como regalo, en un acto de amor no correspondido por el bruto.

Pentesilea, de otra parte, luchó contra Aquiles delante de los muros de Troya. Dicen algunas fuentes que se había enamorado de él, pero el héroe, algo distraído por sus considerables hazañas bélicas, solo reparó en ella en el momento de atravesarle el pecho de lado a lado con su lanza. En ese momento sí se fijó, y se enamoró perdidamente de la que acababa de matar.

Una actitud muy tradicional entre los varones desde la antigüedad remota, si se me permite el comentario.

Pero se me escapa en qué ayuda a las mujeres en general, ni a la señora marquesa en particular, ese calificativo de “amazónico” como aditamento de sus extrañas convicciones feministas.


martes, 3 de marzo de 2020

OTRO LADRILLO EN LA PARED


Carles Puigdemont ha prevenido sobre las falsas expectativas que puede generar la mesa de diálogo entre Gobierno y Govern. Dado que las falsas expectativas son indeseables, ha sido su conclusión, no se debe descartar nunca la vía unilateral a la independencia.

La vía unilateral se ensayó en 2017, con el resultado de todos conocido. Dice Puchi que no se estaba suficientemente preparado, que hay que hacerlo mejor la próxima vez. De hecho, él sí estaba preparado: se hizo humo justo a tiempo, dejando a amics i companys en la estacada.

De aquella experiencia aciaga surgió en el entorno independentista un estado de opinión según el cual la vía unilateral era una falsa expectativa, y había que concentrar las energías en un diálogo con el Estado, amplio, sincero y sin limitaciones. Es este estado de opinión, hoy ampliamente arraigado, lo que rebaten Puigdemont y Ponsatí.

Resulta que el diálogo es una engañifa, y lo serio es la vía unilateral. Hay que ir a un nuevo choque contra la pared del Estado. Una nueva trayectoria de colisión. Absténganse los timoratos y los hiperventilados.

En vísperas de la Aparición milagrosa de Puchi en el Rosellón, Quim Torra retiró la exigencia de un mediador internacional en la Mesa, y Elsa Artadi reconoció que se abría un resquicio de posibilidad de solución negociada. Las multitudes que se congregaron en la verbena de Perpinyà iban convencidas de que el independentismo volvía a estar sólidamente unido como una piña. 

Solo era un fake. En el mitin tuvo lugar la voladura no controlada de esa ilusión. Se disipó la humareda y todo volvía a estar en su sitio: unos a un lado, otros al otro, y la brecha cada vez más honda en medio de unos y otros, de cara a las elecciones inminentes pero sin fecha.

El resto de los catalanes no estuvimos en la verbena, ni se nos esperaba. Los partidarios del diálogo institucional somos más o menos el 86% del censo, según sondeos. No nos movilizamos, no quemamos contenedores, no cortamos la Meridiana dos horas todos los días. No consideramos que la incoherencia, la incompetencia y la irresponsabilidad sean un ejercicio democrático legítimo.

Existe una pared, en efecto, que dificulta la solución consensuada del problema de encaje de Cataluña en un Estado que hasta hace cuatro días ha seguido una política descaradamente recentralizadora, de espaldas a la Constitución. El acto de Perpinyà ha sido, simplemente, un ladrillo más en esa pared. Como lo expresó Pink Floyd: “All in all, you’re just another brick in the wall.”


lunes, 2 de marzo de 2020

TOT S'APROFITA



La tumba de Antonio Machado, en Colliure.


Con ánimo de redondear la jornada política en el Rosselló irredento, una vez finalizado el macroconcierto de Perpinyà, Carles Puigdemont y su troupe se dirigieron al pequeño cementerio de Colliure, y allí quisieron colocar una estelada junto a la bandera republicana, sobre la tumba de Antonio Machado. Los circunstantes lo impidieron y le devolvieron la bandera, acompañándola con los adjetivos más expresivos que supieron encontrar.  

Machado no es un icono del independentismo; más bien ha sido ninguneado por los estamentos oficiales de la cultureta del país.

No escribió en catalán.

Su infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, circunstancia deplorable para los capitostes de aquí mismo.

Su austera descripción de los cárdenos roquedos por los que traza el Duero su curva de ballesta en torno a Soria, tiene poco que ver con las ufanoses muntanyes del Canigó.

Pero todo se aprovecha, tot s’aprofita, como dejó escrito Pere Calders. Una acompañante del cortejo explicó a las personas indignadas que rodeaban la tumba del poeta que ambos dos, Machado y Puchi, habían sufrido exilio debido a sus ideas contrarias a la España opresora.

Podía ser un chiste comparar los dos exilios, pero al parecer la señora lo decía en serio. Tot s’aprofita.

En vista de la escasa predisposición del auditorio a hacerle la gara-gara, don Carles caló el chapeo, requirió la estelada, miró al soslayo, fuese… y no hubo nada.