martes, 8 de agosto de 2017

TÉCNICA DEL CONTRAGOLPE DE ESTADO


El otro prisionero de Zenda, capítulo 5 (*)
Como todo el mundo pudo saber gracias a Google Earth hasta que la información ha sido bruscamente borrada de la red en fecha reciente, una calzada-puente de unos 60 metros de largo era la única vía que permitía el acceso al castillo de Zenda, cuya fachada principal se abría a un lago rodeado de bosques. La calzada, bien asfaltada, unía la aldea de Zenda con el castillo, y como queda dicho, su último tramo cruzaba el lago y terminaba delante del severo portal dieciochesco de la fachada principal del edificio. El ultimísimo tramo del puente, de una longitud de unos 4,5 metros, era levadizo. Cuando el coronel Sapt lo observó con sus prismáticos desde la orilla boscosa en la que había disimulado a nuestro aguerrido pelotón de asalto, el puente estaba levantado, y el castillo, por consiguiente, incomunicado.
– Podemos hundir el rastrillo a cañonazos y acceder a la puerta por medio de pontones – observó Sapt entre dientes.
– No tenemos cañones, no hemos traído pontoneros, y un ataque frontal pondrá seguramente en peligro la vida del presidente – objetó Freddy. Sapt lo miró de arriba abajo.
– Enseñas a tu abuela a freír huevos, novato. Me he limitado a enunciar la teoría. Y la teoría dice que, en caso de imposibilidad de un asalto frontal, lo indicado es el desborde con un movimiento imaginativo de flanco.
La parte trasera del castillo, en tiempos unida a tierra firme, había sido aislada en algún momento del siglo XIX mediante la excavación de un foso de tres metros de ancho y seis de profundidad, rellenado con las aguas del mismo lago. La planta baja de esta parte del edificio albergaba las cocinas. Las mazmorras quedaban debajo. La cena para los moradores del castillo y el prisionero albergado en él con carácter excepcional debía haber sido servida temprano, porque todas las luces de aquella sección del edificio monumental estaban apagadas. Dos ventanas de tamaño mediano, sin embargo, habían permanecido abiertas; podían corresponder a unos aseos, o un guardarropa. Sapt las señaló.
– Ahí está la llave que nos permitirá rendir la fortaleza. Un hombre puede cruzar el foso a nado, entrar en el castillo por una de esas ventanas, maniobrar desde dentro para bajar el puente levadizo, y facilitar así nuestra irrupción.
– ¿Por qué un hombre, y no dos, o tres, o más? – pregunté yo, ávido siempre de clarificar las ideas.
– Un hombre solo puede disimular su presencia, en la oscuridad. Cuanto más numeroso sea el grupo, eso será cada vez más difícil.
– Usted, Rodríguez, puede hacerlo – intervino Freddy.
Yo era el menos indicado, el menos entrenado, el menos aguerrido. Aparte de que por aquellas ventanas abiertas podía haberse colado en Zenda la Sexta Flota al completo. Pero Sapt y Tarlenheim insistieron.
– A nosotros nos conocen. Usted puede pasar por uno más de la servidumbre.
Desde luego yo no iba ya vestido ni maquillado como Donald Trump. Había recuperado mi propia fisonomía. La posibilidad de rondar por ahí dentro inadvertido tenía algún viso de resultar razonable. Pero ¿no íbamos a armar una operación de asalto? ¿Qué fin podía tener pasar inadvertidos?
Discutir no sirvió de nada. Tengo poca madera de héroe pero sí mucha fibra de estoico, de manera que me puse entre los dientes la bolsa impermeable que me pasó Freddy, en cuyo interior iba un arma automática capaz de vomitar veinticuatro proyectiles por segundo; crucé el foso a nado en cuatro brazadas, y me acurruqué detrás de una roca que sobresalía en la base del castillo. Allí, esperé a que se me secaran las ropas. Más o menos una hora más tarde, cuando casi todas las luces de los pisos altos del castillo se habían apagado ya, una señal luminosa desde las sombras del bosque me indicó que era el momento de entrar. Me encaramé a la ventana del guardarropa y enseguida estuve dentro. Repasé para mí mismo las instrucciones de Sapt: a) yo tenía el factor sorpresa de mi lado; b) una vez dentro debía eludir la vigilancia y buscar el habitáculo desde el que se accionaban los mecanismos del puente levadizo y del rastrillo; c) ese lugar estaría probablemente situado en algún punto de la barbacana, encima del patio de armas, con buena visibilidad hacia el exterior y el interior. “Hay un noventa por ciento de posibilidades de que usted lo consiga, Rodríguez, quizá más, crea en mi larga experiencia.”
Avancé por pasillos desiertos en penumbra, y al salir al patio de armas me camuflé detrás de uno de los grandes pilares que sostenían las arcadas. Desenfundé allí el subfusil automático, y comprobé el cargador al resguardo del pilar detrás del cual me había disimulado.
No había cargador. Freddy me había pasado un arma sin munición. Paradójicamente, me sentí desde ese momento más tranquilo. Había alcanzado la certeza absoluta de que, tal como me temía desde hacía días, yo no era el héroe improbable de aquella aventura, sino el chivo expiatorio previa y debidamente señalado.
El patio de armas estaba vacío y silencioso. No había patrullas, ni centinelas, ni movimiento de ninguna clase. Subí por una larga escalera de piedra hasta la barbacana. Encontré sin dificultad el puesto de mando del mecanismo del puente. El soldado de guardia allí estaba enfrascado en la visión de unos vídeos porno en su tableta.
– Baja el puente levadizo ahora mismo – le amenacé con el arma descargada –. Cuidadito con dar la alarma ni hacer ningún movimiento extraño.
– Vale, vale, ya va, tranquilo – me contestó el hombre, cachazudo.
El puente levadizo descendió. El patio de armas se llenó al instante de gente, mientras por la calzada avanzaba a paso de desfile nuestro pelotón asaltante. Cuando los dos grupos convergieron en el centro del patio, los jefes se saludaron militarmente, se estrecharon las manos y el personal formó en dos pelotones colocados uno frente al otro. Irrumpió en ese momento una limusina de carrocería plateada, que se detuvo justo en medio de ambos pelotones. Vi bajar a Trump pausadamente la escalinata desde el piso noble, y entrar en la limusina, mientras los hombres de uno y otro lado le presentaban armas. De alguna parte surgieron las notas del himno de las barras y estrellas. Desde mi posición de observador, Trump me pareció en aquellos momentos críticos un hombre presa de una cólera mal reprimida.
Fred Tarlenheim subió sin prisas la escalera de piedra y entró en el habitáculo donde estábamos el guardián del puente y yo.
– No hace falta que me expliques nada – le advertí.
– Llegamos por fin a un acuerdo de último minuto con Hillary – se disculpó Freddy. Y siguió desparramando las disculpas que nadie le había pedido –: Escuche, Rodríguez, no nos guarde rencor por esto, no hay nada personal contra usted, se lo garantizo.
En ese momento preciso el otro hombre, que se había colocado a mi espalda, me golpeó junto a la oreja. Debió de ser un golpe de profesional de las artes marciales, dado con el canto de la mano, enormemente efectivo. Lo vi todo negro y supongo que caí al suelo desvanecido.
(*) El lector encontrará los primeros capítulos de la historia en el post del 4 de agosto, “Cabello de Ángela”, y los días siguientes: “Hablando de Dios, aproximadamente”, “Una proposición deshonesta” y “Rumbo a Zenda”.

domingo, 6 de agosto de 2017

RUMBO A ZENDA


El otro prisionero de Zenda, capítulo 4 (*)
Oír silbar las balas en los oídos no predispone a un humor juguetón, y la situación en la que nos encontrábamos era de lo más desairada. Conté toda la conversación con Hillary a mis amigos e insistí en que, a menos que ella me hubiese mentido, Trump había sido llevado, o estaba siendo llevado en esos momentos, a un lugar idílico entre montañas y a orillas de un lago. No era mucho, pero por ahí había que empezar a investigar.
– Bueno, no es en el Sahara, podía haber sido peor – ironizó Sapt, de un humor tétrico. Freddy fue a avisar a Recepción del hotel de que los tiros se habían debido a un ejercicio deportivo del señor Trump, y que se pagarían generosamente los desperfectos. Luego se enredó en una larguísima charla, smartphone mediante, con sus superiores en Langley.
Mi propio móvil dio señales de vida en ese momento. Estaba entrando un largo SMS. Era de Putin. Leí:
“Vladimir saluda a su gran amigo Paco Rodríguez. Paz y fraternidad entre los pueblos. El vergonzoso atentado de la corrupta clique financiero-militar estadounidense contra un gran estadista amigo de la distensión en el mundo, acabará sumido en el fracaso estrepitoso que merece. Mis servicios me alertan de que Donald Trump, a pesar de la conmoción sufrida, está vivo y con buena salud. Ha sido llevado del hotel a una base aérea de la OTAN, y conducido desde allí en helicóptero militar hasta Ruritania, pequeño país balcánico que ha recuperado su independencia en fecha reciente, solo para caer en las garras del imperialismo de Wall Street. Imágenes muy precisas emitidas por satélite indican que un automóvil blindado, de color negro, con lunas oscurecidas, ha trasladado al señor Trump desde el aeropuerto de Strelsau hasta el puente levadizo del castillo de Zenda, a orillas del lago de Zenda. Envío a ese lugar de inmediato a mi mejor agente, con el fin de coadyuvar a la liberación del prisionero. Usted, Paco Rodríguez, conoce ya a Józef K. Él se encargará de activar el contacto si el curso de los acontecimientos lo aconseja. Quebraremos juntos en fraternidad indestructible las gruesas cadenas del imperialismo yanqui asesino. Salud y amistad eterna.”
– Está en el castillo de Zenda – dije escuetamente a Sapt y Freddy. Mi sexto sentido me llevó a callar por el momento los demás pormenores del mensaje.
– ¿Por qué Zenda? ­– se preguntó Sapt.
Freddy aventuró una explicación de orden estratégico-psicológico.
– Bueno, cuando se emprende una acción subversiva, todo el orden previo constituido queda subvertido también, de modo que es normal que se elija un escondite que empiece por la última letra del abecedario.
– Ah – fue el escueto comentario de Sapt y mío.
Mientras tanto, mi entrevista con el papa Francisco había generado una conmoción de características mundiales. Dimos por terminada la gira de buena voluntad, pero en los cinco días siguientes protagonicé un total de quince ruedas de prensa en quince ciudades distintas, en las que expuse en líneas generales la intensa impresión que me había producido la refinada espiritualidad de un hombre sencillo como el papa Francisco. Reconocí haber bebido un martini con tónica durante la entrevista, aunque apunté que habría preferido una cocacola; y definí Italia como un país pequeño y lleno de ruinas, pero que en otros aspectos no estaba tan mal. Cuando me preguntaron por el porvenir de la Unión Europea, puse cara inocente y pregunté a mi vez: “¿Porvenir? ¿Qué es eso?” Mi salida de tono fue muy celebrada por los valedores del Brexit, pero le sentó fatal a Merkel. Me mandó un mensaje encriptado y redactado en su peculiar español: “Situación delicadísima usted no empeore chistes sin gracia. Urgente actúe.” Recibí, en la cuenta de Trump desde luego, otros mensajes de destacados jefes de Estado y de gobierno, en aquellos días.
Theresa May: “Dales en las pelotas, Donald, machácalos.”
Emmanuel Macron: “Sueño europeo más grande, más vívido, más actual hoy, usted Donald no debe ignorar un horizonte radiante.”
Mariano Rajoy: “Sé fuerte, Donald.”
Me habrían divertido más aquellas interminables ruedas de preguntas de no haber sido por el temor de que cualquiera de los periodistas presentes me señalara con el dedo y me acusara de no ser Trump. Pero nadie lo hizo. Todos los corresponsales fueron de la opinión unánime, sin embargo, de que se me notaba muy cambiado después de mi larga charla espiritual con el papa Francisco.
Un mensaje de Hillary Clinton a Fred Tarlenheim vino de pronto a poner las cosas en su punto crítico exacto. «La impostura no debe alargarse más. El falso Trump declarará públicamente en un plazo de 48 horas su intención irrevocable de dimitir. Estamos abiertos a negociar las formas y las condiciones, no el fondo de la cuestión. El prisionero goza de buena salud; si todos obramos con sensatez esta historia acabará felizmente tanto para él como para el país. La pelota está en vuestro campo.» Indicaba a continuación una web segura para parlamentar.
Tuvimos una reunión seria los tres, y Freddy, el hombre de la CIA, resumió así las cosas:
– Nuestra única ventaja es que sabemos dónde está él, y ellos no saben que nosotros lo sabemos. La web segura es una patraña. Negociando no adelantaremos nada, no es momento para una guerra de posiciones. Nuestra única alternativa válida es asaltar frontalmente el castillo de Zenda.
– Adelante – se limitó a decir Sapt, hombre siempre de pocas palabras.
Emitimos un comunicado en el sentido de que Donald Trump necesitaba un lapso de descanso y reflexión, con vistas a adoptar una decisión personal grave de mucho calado, y que se disponía a llevar a cabo un retiro espiritual en un campo de golf. Se suspendieron todos los actos previstos para los dos días siguientes, y pusimos rumbo a Zenda respaldados por un pequeño grupo de especialistas. Bueno, especialistas… Me refiero a esos seres de pesadilla a los que los británicos llaman War Dogs.

UNA PROPOSICIÓN DESHONESTA


El otro prisionero de Zenda, capítulo 3 (*)

Tardé unos segundos en percibir que la candidata frustrada a la presidencia estaba siendo víctima de un ataque de nervios. La pantalla del televisor estaba encendida, y en ella la CNN daba en bucle el momento de la bendición papal a un Donald Trump (yo) reverente. El locutor decía, seguramente por decimoquinta vez, que la entrevista, cordialísima, había durado más allá de la hora y tres cuartos, y que de la lectura de los labios del pontífice en el momento de la bendición, hecha por expertos internacionales rigurosamente independientes, se deducía que las palabras murmuradas por Francisco habían sido “Exultans jubilabit Deus in excelsis”, a lo cual Trump (yo) había respondido en tono audible “Amén”. Se apuntaba off the record, como variable a considerar, a una eventual conversión inminente del presidente yanqui al catolicismo, con la consiguiente ruina de la mayoría republicana evangélica en el Senado.
Hillary tenía su mirada fija clavada en mí; en la comisura de su boca abierta se entreveía un hilillo de espuma; los ojos llameaban.
– Impostor, falsario, sátrapa, filibustero, macarra, zuavo…
No detallo los calificativos que siguieron a esta ristra, porque dejaría en mal lugar a una dama, cosa que no entra en mis costumbres.
– Escuche, señora Clinton, no sé a qué demonios está jugando… – empezó a amonestarla Sapt. Ella lo interrumpió.
– Llámeme Wonder Woman. He desechado mi nombre de casada desde que pasé a la clandestinidad.
– El caso, mi querida WW – condescendió Freddy –, es que nos gustaría saber dónde está el presidente. ¿Se ha refugiado en el baño ante su inesperada visita?
Wonder Hillary prorrumpió en sollozos. De sus palabras entrecortadas conseguimos extraer algunos hechos esenciales para la comprensión de la situación a la que nos veíamos todos abocados: 1, El complejo militar-industrial estadounidense había percibido el peligro de que el papado, considerado en los ratings de Standard & Poor como la compañía transnacional más aglutinadora de consenso en el mundo, tal vez solo superada en ese aspecto por CocaCola Inc., bendijera el mandato de un presidente cuyo impeachment se estaba intentando conseguir por todos los medios legales y extralegales. 2, Para impedir la conjunción prevista de los dos enemigos públicos, se destacó a un comando con instrucciones precisas para secuestrar a Trump en su hotel romano antes del encuentro programado con el líder papista. A continuación, y entrados ya en las vías de hecho, el comando debía arreglárselas para forzar a Trump a dimitir ipso facto de todos sus cargos, por escrito, rubricado ante notario. El vicepresidente Pence asumiría el mando y nombraría a Clinton secretaria de Estado. 3, La propia Clinton, afectada desde el noviembre anterior por una ansiedad característica conocida entre los psiquiatras de élite como “mono de mando”, se había sumado a la operación para supervisar los acontecimientos de cerca y desde dentro. 4, La operación había estado a pique de fracasar debido a que en ningún momento tuvieron en cuenta sus programadores la densidad del tráfico romano en los alrededores de Via Veneto. 5, En cualquier caso, y a pesar de un considerable retraso en el timing previsto, en el momento de la irrupción del comando en el hotel Trump se encontraba aún en su suite, en soledad completa; las contramedidas para anular la vigilancia del equipo de seguridad funcionaron, y el secuestro tuvo lugar con pleno éxito. 6, El presidente estaba siendo conducido en esos momentos a un lugar secreto solo conocido por una supercomputadora que había seleccionado 136.000 escondites posibles y elegido uno por el procedimiento de la randomización. Era inútil, por consiguiente, que hiciéramos preguntas al respecto. 7, La aparición en todas las cadenas de televisión de la entrevista en la cumbre del líder papista con el presidente Trump (yo), dejaba en entredicho todos los objetivos señalados por los promotores de la definida en clave como Operación Pelo de Zanahoria. Una Wonder Woman presa de la angustia se preguntaba en las presentes y enojosas circunstancias qué hacer a continuación.
– Charlemos – sugerí yo –. Tome asiento y discutamos con calma las perspectivas.
– Solos tú y yo – me respondió Wonder ­–. Fuera esos dos – y señaló a Sapt y a Freddy.
Los dos protestaron. “No corra el riesgo de quedarse a solas con ella”, me insistió en especial el viejo Sapt. “Esta zorra es peor que un virus troyano”.
Llegamos entre todos a un acuerdo de caballeros. Freddy me pasó su arma automática, y Sapt y él salieron al pasillo aunque se mantuvieron pendientes de cualquier ruido extraño que viniera del interior de la suite. Al cerrarse la puerta del pasillo, Wonder Woman se relajó visiblemente y me dirigió una sonrisa que no olvidaré nunca: una sonrisa dulce, inocente, límpida y al mismo tiempo llena de promesas inexpresadas. El tipo de sonrisa que habría dirigido a su papá después de romper un plato una de esas niñitas de los anuncios de la tele que jamás han roto un plato.
– Escuche, no sé quién es usted ni qué papel juega en esta comedia, pero no me cabe duda de que es un profesional, y de que está al corriente, tanto de los riesgos, como de las recompensas previsibles. Hagámoslo del modo siguiente: usted se mantiene en la piel del presidente Trump, concluye su gira, regresa a Washington. Mis amigos y yo no plantearemos ningún problema. Será usted en todo caso una opción presidencial muy preferible a la persona actualmente en el cargo, y tiene grandes probabilidades de resultar mejor también que el vicepresidente Pence. Solo le pido colaboración amistosa en el resto del mandato, y mi nombramiento inmediato como secretaria de Estado.
– ¿No prefiere la vicepresidencia? – pregunté, solo por curiosidad.
– ¿Me está tendiendo una trampa? ¡Claro que no! Secretaria de Estado, o no hay trato. En los próximos comicios puede usted presentarse a la reelección, si la experiencia le ha gustado, o retirarse discretamente a la vida privada. Respetaremos su elección. Remuneraremos de forma adecuada sus servicios.
– ¿Y el verdadero Trump?
– Sufrirá un accidente irreversible en un término máximo de veinticuatro horas después de que usted haya firmado mi nombramiento para la secretaría de Estado. Allí donde se está dirigiendo, no hay peligro de que su óbito cause un gran revuelo mediático.
– ¿Dónde está ese lugar, a propósito?
Me repitió lo de la supercomputadora y la randomización y le contesté que la trola no colaba. Sonrió con picardía y travesura infinitas, y me guiñó un ojo. El derecho.
– Vamos a llevarnos bien, ¿verdad?
– Oh sí, muy bien – aseguré, poniendo mi mejor cara de honestidad perfecta.
– Te cuento otro rato dónde tenemos previsto guardar a Donald. Un sitio de postal, entre montañas, a orillas de un lago. Pero antes tú y yo hemos de hablar de negocios. Me tienes que firmar unos papeles que llevo aquí…
Mi intuición no me falló. Cuando en lugar de los papeles sacó del bolso un revólver con empuñadura de nácar, yo saltaba ya para parapetarme detrás del sofá. Disparó tres veces en rápida sucesión. La lámpara colocada sobre la mesita saltó hecha añicos. La puerta del pasillo se abrió de golpe e irrumpieron Freddy y Sapt. Yo tenía en la mano el arma de Freddy, pero no se me ocurrió en ese momento nada sensato que pudiera hacer con ella. Wonder se plantó en dos zancadas junto al ventanal, se encaramó al pretil y se dejó caer al vacío exterior. Aquel punto también estaba previsto como eventualidad operativa, porque aterrizó sobre un gran toldo colocado junto a la marquesina de la entrada, se deslizó hasta el borde y desde allí se dejó caer a horcajadas sobre una moto de gran cilindrada aparcada en la acera. En un segundo desaparecía en medio del denso tráfico, libre, audaz y desprejuiciada, acariciándose, eso sí, suavemente la nalga derecha. El batacazo en la rabadilla al caer de aquel modo sobre la moto tuvo que ser considerable, y Hillary ya hace tiempo que ha dejado de ser una niña.

viernes, 4 de agosto de 2017

HABLANDO DE DIOS, APROXIMADAMENTE


El otro prisionero de Zenda, capítulo 2 (*)


Estamos en Roma, en la mañana del día D de la entrevista papal. La gira de buena voluntad de Trump da síntomas de gripamiento, de modo que hoy se ha de decantar el éxito o el fracaso definitivo de la operación de imagen. Cuando el sastre, el peluquero y las maquilladoras acaban su trabajo, echo una ojeada crítica al espejo del vestidor y me horrorizo de mí mismo. Ángela tenía razón; ha hecho falta algo de relleno en los hombros y pectorales, pero el yo que me devuelve el reflejo es Trump redivivo. Mis dos acompañantes en la aventura, el coronel Sapt, del Pentágono, y el joven Freddy Tarlenheim, uno de los talentos más frescos de las hornadas recientes de la CIA, dan su aprobación incondicional.
– Ni su propia puta madre reconocería el engaño – exclama el viejo Sapt retorciéndose la guía del bigote –. Ejem, me refiero a la madre del presidente Trump, por supuesto – aclara –, de ninguna manera a la suya, my dear mister Rodríguez. No era mi intención resultarle inconveniente.
Nos dirigimos los tres a la suite ocupada por Trump, en fila india. Los chicos del FBI han hecho previamente un barrido de los alrededores para que ninguna mirada o cámara potencialmente indiscreta capte lo que está sucediendo. Freddy abre la puerta y se hace a un lado. Desde el sofá Donald me observa, displicente.
– Una chapuza. No se me parece en nada. Todo el plan fracasará sin remedio. No me importa, en ningún caso me veré con ese comiquillo argentino. Sapt, llame al servicio de habitaciones, quiero más whisky. De centeno, puntualice, blended doce años, con mucho hielo. Estos cabrones latinos son capaces de traérmelo de cebada y con agua tibia.
Trump ha rechazado toda compañía femenina (“esas guarras te pueden pegar cualquier porquería”) y se ha comprometido a quedarse encerrado en la suite durante el tiempo de la audiencia papal, aunque profetiza que todo va a irse al infierno por mi lamentable incapacidad para fingir. El resto de participantes en la conjura, incluido yo mismo, somos de la opinión contraria. Me siento en forma y todo está previsto al milímetro, ¿qué puede salir mal?
* * *
El papa Francisco me acogió con unas palmaditas paternales, y me ofreció un martini con tónica. “Para que veas que estoy en la onda, hijo”. Nos sentamos en unas butacas amplias y aerodinámicas, muy mullidas y confortables. “Son herencia de Benedicto, yo habría preferido algo más austero”
Sapt y Freddy Tarlenheim se acomodaron en un segundo plano, a ambos lados de la puerta. Freddy pidió permiso para fumar, y Gabaglio se lo negó, tajante. “Las profanidades no tienen cabida en la casa de Dios.”
Se abrió a partir de ese momento un silencio medio incómodo. Teníamos que estar en el camarín media hora y luego salir sonrientes, como si el papa y yo fuéramos los mejores amigos del mundo. Pero por mi parte, la verdad, no sabía qué decir. Francisco vino en mi auxilio.
– De Barcelona, ¿verdad, hijo?
– Sí, santo padre – confirmé yo contrito, la cabeza gacha. Él me dio un ligero codazo en las costillas.
– ¿Qué sos parece la jugadita que le ha hecho Neymar a Lionel, el muy cabroncete?
La conversación se animó considerablemente a partir de ahí. Coincidimos en que Lionel (Messi) era estratosférico, de otro planeta, nada que ver con Cristiano Ronaldo, sin ánimo de desmerecer a nadie. Comparamos las virtudes respectivas de Luis Enrique y el Txingurri Valverde. Gabaglio fue de la opinión de que el fichaje del Tata Martino había sido una gaffe lamentable. “Por muy rosarino que sea.” Luego evaluamos las posibilidades que tenían Denis Suárez y Samper de ser dignos sucesores de Iniesta. Ambos contrastamos al detalle nuestras dudas razonadas. Dejamos entre paréntesis a Sergi Roberto. “Me parece mejor como enganche”, puntualizó el pontífice, “pero acá no estoy hablando ex cathedra.”
Desde Sergi Roberto nos deslizamos casi sin querer a la discusión sobre el puesto crucial del “2”, un punto sensible una vez perdida la solvencia habitual de Dani Alves. Acalorados por la pasión deportiva, alzamos la voz y Sapt nos llamó la atención con un carraspeo malhumorado. Nada de lo que hablábamos debía trascender más allá de la puerta del camarín, de doble hoja y grosor respetable, blanca con molduras sobredoradas; so pena de que se descubriera todo el pastel.
Miramos el reloj entonces, y nos dimos cuenta de que la media hora prevista se había convertido en hora y tres cuartos. Debo decir en este punto que ese lapso nos había de perjudicar seriamente en el curso de los acontecimientos posteriores, que se relatarán a su debido tiempo. De haber salido a la hora prevista de la audiencia, la insurgencia no habría tenido tanto tiempo para enmendar errores previos de programación y habríamos podido sorprenderla in medias res. Pero estoy adelantando acontecimientos.
Salimos a la antesala, nos deslumbraron los flashes y los focos de las cámaras, yo hice el besalamano perfecto y el papa me dio un gran abrazo y me impartió una bendición por todo lo alto, urbi et orbi y mirando al tendido. “Si Piqué y Busi aguantan bien la zaga, me susurró como quien murmura latines, Lionel volverá a colocarnos en lo más alto esta temporada”. “Amén”, le respondí en tono piadoso. Los dos exhibimos sendas sonrisas beatíficas ante los medios.
El éxito mediático fue portentoso. Freddy estaba entusiasmado, y en la limusina blindada que nos transportó de vuelta al hotel, incluso el viejo Sapt tenía los ojos húmedos. “Mi país recordará siempre lo que ha hecho hoy usted por nosotros, Rodríguez”, llegó a decirme, y hubo de sonarse pudorosamente con el pañuelo para no esbozar un puchero.
En el vestíbulo del hotel, brillaba por su ausencia el enlace de la CIA. Ni rastro de los chicos del FBI que deberían estar de guardia en los pasillos. Llenos de aprensión, corrimos en desbandada a la suite. Freddy llegó el primero y abrió la puerta de un empujón. Trump no estaba allí para recibirnos. A quien teníamos delante de nosotros, con los brazos retadoramente cruzados sobre el pecho, era a Hillary Clinton.

CABELLO DE ÁNGELA


El otro prisionero de Zenda (1)

 

Fue Merkel, como de costumbre, la que armó el zafarrancho por cuenta mía. Las cancillerías europeas estaban en un impasse. Querían presentar ante la ciudadanía del área de Schengen a Donald Trump como “ese caballero original y de humor bondadoso del que se viene hablando tan mal sin motivo”: un lifting de imagen, dicho de otra manera.
Entonces, habían empezado a programar una gira de buena voluntad. Trump estrujaría la mano sin contemplaciones a Macron, a Renzi, a Koczinski; jugaría un tute subastado con Mariano Rajoy (Trump ganaría la partida y Rajoy se haría cargo de las consumiciones, requisito indispensable para el placet presidencial); pellizcaría al paso el popó de Ángela, en un descuido fingido de esta. Etc. Todos los implicados estaban ya de acuerdo en tragarse el sapo sin rechistar. Se trataba de gestos adscribibles a una persona poco convencional pero encantadora en el fondo, y contribuirían a tranquilizar al europeo medio, que en términos de tendencia andaba con la mosca detrás de la oreja al respecto del jerifalte indiano.
Pero la confección del calendario de la gira de Trump tenía un agujero negro, que podía dar al traste con todo. Los chambelanes de las oficinas diplomáticas, los think tanks de los lobbys más a la vista, y los tertulianos de las cadenas televisivas de mayor audiencia, insistían en que la imagen apacible del mandatario estadounidense solo podía quedar bien asentada si se dejaba ver por las cámaras y los teleobjetivos al lado de su santidad el papa Francisco. Era un sine qua non.
Las primeras gestiones prospectivas cerca de ambas personalidades arrojaron un resultado descorazonador. Donald declaró con altanería que no tenía la menor intención de dar cancha a un pringaíllo latino a quien, caso de que albergara la intención de instalarse en territorio yanqui, él mismo se vería obligado a negar el permiso de inmigración. Gabaglio, por su parte, cuando le expusieron el plan, reaccionó arrojando su solideo al Tíber, y en un tris estuvo que no fuera detrás uno de sus legendarios zapatones: “¿Vos me pedís que reciba a ese gran boludo en el Vaticano? ¿A esa mezcla rara de penúltimo linyera y polizonte en un viaje a Venus, con medio melón en la cabeza? ¡Nunca! ¡Me pianto nomás!”    
Chambelanes, lobistas y tertulianos insistieron en que urgía encontrar una solución. La solución no aparecía. Fue providencial, hablando en términos bastante laxos y en sentido figurado, que Ángela tuviera una iluminación repentina en la peluquería, debajo del secador. “¡Gottráiguetz!”, dicen las crónicas que exclamó, colocando a la peluquera al borde del infarto por lo sonoro de la expresión y el énfasis puesto por la cancillera.
Más tarde explicó su plan pormenorizadamente a Wolfie Shäuble, que fue el encargado de hacer circular la iniciativa por los lugares oportunos:
– Herr Gottráiguetz es casi tan bobalicón y tripudo como el presidente Trump, y tiene su misma edad provecta, sin hablar de la sanfasón y la falta de respeto por la autoridad constituida. Con una peluca color fuego, un corte de traje del mismo sastre de la Casa Blanca, y un maquillaje adecuado para festonearle esa desagradable jeta de pecas rojizas, colará ante los fotógrafos como si fuera el original. Herr Papa le concederá una audiencia de media hora, y al salir Gottráiguetz le besará el anillo delante de un círculo de fotógrafos de prensa cuidadosamente seleccionados. Colará, apuesto a que colará. El querido Donald no tiene más que interrumpir la gira durante 24 horas y no dejarse ver en público ese día. Se le puede meter en el dormitorio unas cuantas chicas ligeras de ropa para que entretenga la sesión matinal agarrándolas del chichi. Todo sea por la causa.
Gottráiguetz era yo, por supuesto. Ángela me llama así convencida de que está diciendo el apellido Rodríguez en español correcto con acento castizo. La inquina venenosa que me tiene data de dos veranos atrás, ocasión en la que yo desempeñé de forma airosa y con un sentido de la iniciativa destacable el papel de chivo expiatorio en un complejo caso internacional, el robo de las joyas de madame Lagarde en un hotel de cinco estrellas en Atenas. Todo salió a pedir de boca (*), pero al humo de las velas tuve el desacierto de descararme con la cancillera estando ella en el pleno desempeño de sus altas funciones. El suceso ocurrió rigurosamente en privado y por videoconferencia, pero Ángela no es de las que olvidan.
A Wolfie, un puritano clavado, de cabeza cuadrada, no le gustó el plan; ni la parte de Gottráiguetz (me tenía tirria, también, por los mismos motivos que su superiora), ni la parte de las pobres muchachas de chichis desamparados en el dormitorio de semejante verraco.
Pero Wolfie tuvo que envainársela. Ángela le dejó muy claro en la ocasión (como en todas las otras ocasiones, por lo demás) quién mandaba allí.
Fui reclutado por el procedimiento habitual; es decir, secuestrado y arrastrado a un piso secreto de los servicios de inteligencia, donde se me aleccionó por videoconferencia sobre lo que debería hacer. Mis monitores fueron dos hologramas de estrellas de la pantalla, pero no los mismos hologramas de dos años atrás. Signo de unos tiempos menos glamurosos y más devotos del gimnasio, en lugar de Cary Grant y Lauren Bacall, mis interlocutores fueron en esta ocasión Arnold Schwarzenegger y Kim Kardashian.
Fuera o no por esa razón, me negué insistentemente a colaborar. Ángela, sin embargo, me dejó también a mí muy claro (como siempre) quién mandaba allí. No tuve la menor opción, a pesar de que le elogié el encanto de la permanente lacia que lucía con un salero muy, llamémoslo, pomeranio. Enrojeció de placer, pero no se movió un milímetro de sus exigencias. Al final, como en el fondo soy un estoico y un epicúreo, accedí. Haría todo lo que se me pedía. Charlaría media hora con Gabaglio, le besaría el anillo y dejaría que nos hicieran fotos para la prensa. Luego, desaparecería discretamente por el foro.
Parecía un asunto sencillo. Desagradable por el disfraz de Trump, uno no sabe nunca qué miasmas pueden acudir al conjuro de una personalidad de ese calibre. Por lo demás, coser y cantar.
Eso creía yo.
 

(*) El lector interesado en aquella trama puede consultar las actas no oficiales de lo sucedido en Punto y Contrapunto, julio de 2015, días 21,23, y 25 a 29.

miércoles, 2 de agosto de 2017

UN CUENTO DE LA BUENA PIPA


Este es el post 1001 de Punto y Contrapunto, y el homenaje es obligado: lo dedico a la princesa Sherezade, que supo entretener al sultán con otros tantos cuentos de la buena pipa. El sultán tenía la viciosa costumbre de casarse todos los días a media tarde y decapitar a su esposa al amanecer después de la primera noche. El día siguiente volvía a buscar novia y repetía sin falta la misma maniobra. Sherezade consiguió, al llegar su turno, engancharlo a un relato que se enredaba de noche en noche como las cerezas, y así no solo salvó su propio cuello, sino el de mil potenciales compañeras más en la desgracia. Y además hizo recapacitar a su amo y señor en que la vía de progreso en la que andaba obcecado no era sostenible, de modo que a fin de cuentas fue todo el pueblo – la ciudadanía, diríamos ahora – el que salió beneficiado del trance.
En honor de Sherezade voy a contar aquí lo que ocurrió el 16 de septiembre de 1992. Ese día cumplí los 48 años, pero el dato es irrelevante para lo que quiero contar. John Major había desbancado al frente del gobierno británico a su colega de partido Margaret Thatcher. En Estados Unidos George Bush Sr vivía los coletazos postreros de su mandato, y Bill Clinton avizoraba ya la victoria para noviembre. En Alemania gobernaba Helmut Kohl, y en Francia François Mitterrand. En España Felipe González apenas empezaba a sufrir los primeros síntomas de la fuerte marejada que le llevaría a la “dulce derrota” de 1996.
No era un momento político “hueco”, por consiguiente. No faltaba liderazgo en las mejores casas. La URSS se había derrumbado de forma espectacular el año anterior, sin embargo, e Internet aún estaba pendiente de su aparición en el dominio público.
Thatcher había aceptado la inclusión de Gran Bretaña en el Sistema Monetario Europeo (SME), lo que vinculaba el valor de la libra al del marco alemán. La City, el centro financiero, respaldó la maniobra desde el convencimiento de que haría descender la inflación y beneficiaría la balanza de pagos. Todo ello era razonable, pero desde un paradigma ya desfasado. El país sufría en aquel momento un doble déficit: en la contabilidad del gobierno de un lado, y en la balanza de pagos además.
El 16 de septiembre, George Soros, seguido rápidamente por otros especuladores y por varios bancos y fondos de pensiones, empezó a vender libras esterlinas, en una apuesta porque Gran Bretaña no podría mantenerse en los límites económicos marcados por el SME. La tormenta se desarrolló a una velocidad inédita: el Banco de Inglaterra intentó conjurarla gastando dos mil millones de libras de sus reservas por hora, para apuntalar su divisa. Quince mil millones en tan solo un día, mientras los tipos de interés subían del 10 al 15 por ciento. Todo en vano.
Lo cuenta Owen Jones en El Establishment (Seix Barral, Barcelona 2015, pp. 378-79. Traductor, Javier Calvo). En palabras del entonces secretario del Interior, «No teníamos poder. Los mercados y los acontecimientos habían asumido el control. A medida que el día avanzaba, fue quedando claro que no éramos más que restos de un naufragio zarandeados por las corrientes.» Desde la trinchera opuesta, Mark Clark, un corredor de la City, se declaró «lleno de asombro al darse cuenta de que los mercados podían enfrentarse a un banco central y ganarle la batalla. No me lo podía creer.»
De alguna manera, es posible sostener que así empezó todo, que aquel 16 de septiembre marcó un antes y un después. La primera conclusión que sacó el mundo liberal fue que los gobiernos basaban sus políticas en ideas económicas desfasadas, y en cambio la sabiduría tenía su sede en la omnisciente autorregulación de los mercados. Esa convicción generó un optimismo exagerado, que se vino abajo después de la quiebra de Lehman Brothers, dieciséis años después y ya con un escalón tecnológico por encima. Tampoco el imperio de los mercados financieros era la panacea.
Ahí seguimos. La historia de Simbad el Marino aún no ha concluido; quedan muchos capítulos por contar. Mil y una noches más, si la princesa Sherezade nos da fuerzas a sus leales seguidores.
 

martes, 1 de agosto de 2017

ELUSIÓN FISCAL 4.0


Las empresas del Ibex-35 tienen en total 1.285 filiales o sucursales en territorios offshore, cifras actualizadas al cierre del ejercicio fiscal 2015. Casi un tercio de ellas, 394, fueron creadas en ese último año, después de que en el ejercicio anterior la fuga de capitales se cuantificara en más de 2.000 millones de euros, con un crecimiento del 20 por uno (insisto para quienes leen en diagonal: no 20 por 100, sino 20 por 1), en tan solo doce meses.
Las empresas con mayor presencia de filiales offshore son, ninguna sorpresa en el ranking, Banco de Santander (216), ACS (152), Arcelor-Mittal (145) y Repsol (120). El territorio de preferencia es el estado norteamericano de Delaware, con 463 filiales. En tres de cada cuatro casos no se ha detectado en este tipo de sucursales ninguna actividad de tipo productivo y/o comercial. Se trata de artefactos financieros cuya única función es eludir impuestos. Las cifras las proporciona la ONG Intermon-Oxfam.
La sucursalización de las finanzas de empresa se ha quintuplicado desde el estallido de la crisis de 2008. Quiere decirse que se trata de una estrategia de acumulación primaria, paralela a otras, tales como el recurso al Estado benefactor, un concepto desfasado ya en relación con la ciudadanía “de a pie”, pero que sigue en plena vigencia para las entidades financieras del ámbito privado. Si pensamos en las operaciones de rescate bancario con dineros públicos que nunca serán devueltos, y les añadimos esos otros capitales que se filtran a través de las fronteras con intención de no regresar nunca, tampoco, al flujo económico normal, la conclusión es que la crisis mundial ha supuesto para las grandes compañías el mítico agosto que, en tiempos, marcaba el clímax de los negocios.
Podría suponerse que el Estado está tratando de poner trabas al enjuague, pero sucede lo contrario. La abogacía del Estado ha frenado los intentos realizados desde las trincheras municipales y autonómicas para evitar la concesión de contratas públicas a empresas que eluden impuestos mediante la colocación de sus beneficios en paraísos fiscales. Tales intentos, dicen los letrados, invaden una competencia que es exclusivamente estatal, la de fijar las condiciones de la licitación pública. Y el Estado no respalda la inclusión de ninguna cláusula relacionada con la tributación, para no “discriminar” a las empresas que, precisamente y en virtud de sus ventajas tributarias y de sus amistades con la administración, acaparan la parte del león en los contratos públicos.
Porque, dicen los expertos en legislación fiscal, el hecho de tener sucursales o filiales en territorios offshore no implica en principio ninguna ilegalidad: es un ejercicio olímpico y desinteresado de libertad por parte de esos benefactores de la sociedad que son las grandes compañías. Solo en el caso de que se demuestre de forma fehaciente que se defraudó, por sentencia firme de los tribunales competentes, podría apartarse a tales compañías de acudir en igualdad de oportunidades a la licitación municipal y autonómica (la estatal es ya un predio sometido a ellas sin restricciones).
Dada la proverbial lentitud de la maquinaria de la justicia, el evento de una sentencia firme después de agotados los sucesivos recursos a tribunales superiores, podría situarse, según cálculo aproximativo y a ojo de buen cubero, en torno a las próximas calendas griegas o en todo caso las siguientes. Para entonces, las filiales offshore de las empresas del Ibex, y otras, podrían haberse vuelto a quintuplicar varias veces. En eso se parecen las grandes financieras a las conejas: en la facilidad para parir crías.
 
P.D.- Lector, acabas de leer el post número mil de este blog. Calculando una media de 650 palabras por post (no creo exagerar), se trata de 650.000 palabras “sacadas una a una del fondo del mar” como decía de los pescaítos el Piyayo de José Carlos de Luna, y debidamente alineadas en párrafos y bloques rigurosamente puntuados según las normas excelsas de la gramática. Parece fácil, visto así.
 

lunes, 31 de julio de 2017

VIVA JEANNE MOREAU


Las desgracias nunca vienen solas, mi conexión a internet en Poldemarx ha sufrido un desfallecimiento y la he perdido durante dos días y medio, y cuando por fin la he recuperado, me trae la noticia de la muerte de la actriz francesa Jeanne Moreau. Tenía 89 años, dicen los periódicos. Y qué. Los inmortales no deberían morir, no es de recibo que los inmortales mueran.
Pienso en tres películas suyas, sobre todo. Una hermética, “La noche”, de Michelangelo Antonioni (1961); otra irritante, pero que arrasó como un soplo de aire fresco, de nouvelle vague, “Jules et Jim” de François Truffaut (1962); la tercera, francamente fetichista, “Diario de una camarera”, de Luis Buñuel (1964). También rodó con Joseph Losey, Elia Kazan, Louis Malle, Tony Richardson, lo mejor del repertorio cinéfilo de entonces; y en “Campanadas a medianoche” de Orson Welles (1966), nos dejó a una Doll Tearsheet tarasca y montuna, digna amante tabernaria de Falstaff. Creo recordar que también interpretó a Mata Hari, en una película olvidable pero que debido a ella me he dejado sin olvidar. Y con Brigitte Bardot jugó a las ametralladoras en un Oeste no tan salvaje, en “Viva María” (1965). He tenido que buscar, porque no lo recordaba, el director de aquella cosa tan artificiosa y pensada para la taquilla, y ha resultado ser el mismísimo Louis Malle para el que Moreau había trabajado dos años antes en “Le Feu follet”. Paradojas.
Todas las películas citadas caben en seis años, los mismos en los que cursé la carrera de Derecho en Madrid. Veía mucho cine, entonces, y adoré a Jeanne Moreau. Luego ella siguió actuando regularmente por lo menos hasta bien entrados los años ochenta, con la misma sensibilidad, inteligencia y dominio de la escena. O bien sus películas no eran ya de primera fila y de grandes directores, o bien, como para entonces el cine había dejado de formar parte de mis prioridades culturales, los títulos de su filmografía consignados en la wikipedia ya no me dicen nada. Pero siempre fue un placer verla en la gran pantalla o en las reposiciones televisadas de sus películas.
Jeanne Moreau ha muerto. Viva Jeanne Moreau.
 

viernes, 28 de julio de 2017

CRECIMIENTO, ¿PARA QUÉ?


No es la primera vez que aparece en estas páginas Mariana Mazzucato (1). Recientemente ha venido a dar una conferencia en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, y ha insistido en sus particulares caballos de batalla, que la han elevado al puesto de enemiga pública número uno de Silicon Valley.
Digo bien “enemiga pública” puesto que en el Valley predomina una fuerte convicción de que lo público debe ser necesariamente ancilar en relación con la iniciativa y la creatividad privadas, que son los auténticos motores tanto de una economía guiada por los algoritmos irrefutables, como del bienestar medido por el número de emprendedores millonarios. Se trata, evidentemente, de un “relato”, para definirlo como hoy se califican esas cosas; y Mariana sostiene impávida que dicho relato es una monserga.
Mariana no cree en la necesidad de conquistar el socialismo por la vía de urgencia, sino en la de reformar el capitalismo, antes de que sea demasiado tarde. Los reformistas somos (perdón por la inmodestia) personas que no alimentamos una gran confianza en las virtudes de la exigencia de “todo y ya mismo”, sino que preferimos “anar a pams”, como decimos en mi tierra: avanzar palmo a palmo.
No es fácil, sobre todo porque las reformas a las que nos referimos son estructurales, y no cosa de pinturilla para disimular el orín. Contra Silicon Valley, Mariana insiste en el papel central de lo público y en los cometidos insustituibles del Estado como emprendedor. Un desarrollo sostenible exige una planificación previa; y una planificación previa implica una fuerte inversión de capital a largo – en ocasiones, larguísimo – plazo. Estamos acostumbrados (nos han acostumbrado interesadamente) a asociar los términos “capital” y “privado”. Existe, sin embargo, un capital público, controlado por el común a través de las instituciones democráticas representativas, y gestionado en último término por las maquinarias estatales. Los inversionistas privados reclaman del Estado ese apetitoso capital. Como el aristocrático Charles Laughton en “Posada Jamaica”, exigen: “El dinero dénmelo todo a mí, que soy el único que sabe cómo gastarlo.” Es una verdad a medias: saben cómo gastarlo de la forma que más les aprovecha a ellos. Pero nunca debería ser esa la función de lo público.
La puesta de los capitales públicos a disposición de la inversión privada (selectiva), sumada a una larga conllevancia con la corrupción sobrevenida, ha sido la vía utilizada por el gobierno español para conseguir una de las tasas de crecimiento más altas de la UE. Mariana Mazzucato replica a Ariadna Trillas, en una entrevista aparecida en Alternativas Económicas (2): «¿Y qué?» Es un crecimiento basado en el consumo, no en la inversión productiva. Un crecimiento que no genera riqueza social y exacerba las desigualdades. Un crecimiento no sostenible bajo ningún concepto.
Podemos recurrir para comprobarlo a uno de los parámetros más urgentes y alarmantes con los que medir la calidad de la actividad económica: en el conjunto de la UE, las emisiones a la atmósfera de gases invernadero se han reducido en un 24% desde 1990. El objetivo, según la reciente Convención de París, es llegar a un 40% de reducción para el horizonte de 2030. En España, las emisiones han aumentado en un 15% desde 1990, y la “política” energética del gobierno (algún nombre hay que darle) convoca muy escasas ilusiones de cambio. Rajoy culpará del desastre ecológico inminente a los agentes privados, y en último término a los ciudadanos que se empeñan en circular en automóvil por las ciudades. Para Rajoy, gobernar se reduce a administrar “razonablemente” la impotencia absoluta del Estado teorizada por la ortodoxia neoliberal.
  



 

jueves, 27 de julio de 2017

MARIANO RAJOY, O LA CORRUPCIÓN RAZONABLE

Ayer fue un día grande para la democracia, con la primera comparecencia en estrados de un presidente de gobierno para declarar en un juicio sobre corrupción. Había que celebrarlo, y así se ha hecho: esta mañana vienen los titulares de prensa con la noticia de que el paro desciende por debajo de los cuatro millones de personas censadas, por primera vez desde 2009.

Ninguno de los dos noticiones ha sido inesperado. De un lado, era conocida de antes la extraordinaria capacidad de nuestra economía para generar empleos basura. Nadie ha dicho que se hayan reducido las bolsas de pobreza, ni la precariedad, ni que haya subido el salario medio. En cuanto a esto último, ayer fue también el día en que los sindicatos se retiraron de la mesa de negociación ante la negativa cerrada de la patronal a considerar una cláusula de revisión salarial si los índices del coste de la vida crecen por encima de las expectativas.

Quiere decirse que las cosas del empleo están donde estaban, y que el anuncio sobre el descenso prodigioso del paro responde tan solo a una idea fija del gobierno, muy marianista y muy fatimista: la de inculcar en el subconsciente colectivo la idea de que la corrupción, en el fondo, ha sido útil para el país; que ha sido uno de los motores más poderosos de la brillante recuperación económica que tanto resplandece en las previsiones del FMI.

De otro lado, y esta es tal vez la única novedad que nos ha aportado el paso de Rajoy por la Audiencia Nacional, la corrupción que hemos vivido ha sido “razonable”. Mariano ha utilizado en varias ocasiones este calificativo para explicar sus relaciones con Bárcenas. Era razonable reunirse en sede oficial con una persona que había abandonado el partido al ser inculpada por irregularidades; era razonable mandarle esemeses pidiéndole fortaleza, porque ambos son personas bien educadas; era razonable permitirle mantener un despacho en la sede del partido, para que tuviera allí sus cosas después de desvincularse de su militancia. Se supone que también era razonable, aunque sobre este asunto delicado Mariano no se ha pronunciado, machacar con un martillo los discos duros de sus ordenadores después de haberlos borrado 32 veces.

De todos estos temas, Rajoy no sabía nada porque solo se ocupaba de las cosas políticas, y no de las económicas. Es razonable, también. Uno no puede abarcarlo todo, y cualquier presidente o secretario general, si le piden que bendiga con su autoridad una maniobra dudosa o un enjuague fuera de toda duda, responderá: “Vosotros haced lo que queráis, pero que conste que sobre eso yo no sé nada, ni me habéis preguntado, ni hemos estado nunca aquí reunidos.” La indicación figura en el capítulo primero del catón universal de buenas prácticas para instituciones del ámbito político.
De tantas buenas noticias, cavilo que la única importante es la mala: la ruptura de la negociación salarial. Todo lo demás se daba de antemano por descontado. Pedro Sánchez ha aprovechado la circunstancia para exigir la dimisión del jefe del gobierno. Mejor habría hecho reservándose para una ocasión mejor, no en vísperas de agosto y con parón parlamentario. Si se repite demasiado, este tipo de gestos se convierte inevitablemente en rutina desprovista de sentido.
 

miércoles, 26 de julio de 2017

CAMBIO DE ÓPTICA EN LOS TOROS


Me sorprenden dos noticias actuales relacionadas con la fiesta de los toros. La primera, la intención de celebrarla en la autonomía balear durante un tiempo máximo de diez minutos por toro, sin muertes ni efusión de sangre. La segunda, que dicha norma administrativa está en vías de ser recurrida al Tribunal Constitucional.
Respecto de la primera noticia, no digo que el proyecto no sea factible, e incluso económicamente provechoso. Es sabido que Búfalo Bill y Toro Sentado recorrieron las grandes llanuras centrales de Norteamérica con un espectáculo dedicado a los granjeros que se basaba en las leyendas del Salvaje Oeste, pero sin muertes ni efusión de sangre: el espectáculo por el espectáculo, con la taquilla como valor supremo. Nadie se engañaba y a nadie le engañaban: aquello no era una reproducción del Little Big Horn, sino un espectáculo dominical al aire libre que incluía caballos, pólvora e indios con plumas.
Del mismo modo, nadie puede hacerse la ilusión de que lo que propone el gobierno balear sea una corrida de toros. Una cosa es que el astado sea el “enemigo”, y otra que sea un animal al que por criterios de humanidad debe evitarse todo sufrimiento. La óptica del asunto cambia radicalmente. Lo que es bueno y deseable en un caso, se hace odioso en el otro. No hay forma de compatibilizar los dos puntos de vista.
Picasso, Miguel Hernández, Ortega, Ernest Hemingway y otros muchos han sido grandes aficionados a la fiesta. También yo; me han interesado tanto la simbología como el ritual del festejo; su estética al límite, su fondo oscuro y dramático. Hace muchos años, sin embargo, que no asisto a ninguna corrida ni en persona ni por pantalla de plasma interpuesta. Y no veo ninguna razón para abonar un billete para ninguna charlotada balear. Viene a ser como pedir en el restaurante un plato de mejillones al vino blanco, y que te sirvan solo las cáscaras. No, lo que yo quería paladear era la sustancia del bicho, no su envoltorio.
En el palacio de Cnossos, en Creta, se encontraron abundantes simbologías del toro y del culto al toro, y alguna pintura mural en la que aparecen jóvenes jugando con un toro que embiste. Están ahí el símbolo y el ritual, pero me parece dudoso que sean los mismos de la tauromaquia. Los expertos dicen que la proeza del muchacho que hace volatines sobre el lomo del tremendo morlaco es imposible. Yo sospecho que no está jugando, sino que ha sido lanzado al aire por los cuernos del tótem, y que lo que contemplamos no es un festejo ritual sino un sacrificio ritual: no el del toro objeto de adoración, sino el de los humanos presentados a él como víctimas propiciatorias para la fecundidad de la tierra, las buenas cosechas, etc.
Al margen de esta sospecha particular, sobre la cual no encuentro literatura fundamentada entre los científicos, queda el comentario a la segunda noticia a la que me refería al principio: el hecho de que los juegos de toros baleares vayan a ser recurridos al Constitucional por puristas fanáticos de la esencia prístina de nuestra idiosincrasia.
Me parece una solemne majadería.