El otro
prisionero de Zenda, capítulo 5 (*)
Como todo el mundo pudo saber gracias a Google Earth hasta que la información ha sido
bruscamente borrada de la red en fecha reciente, una calzada-puente de unos 60
metros de largo era la única vía que permitía el acceso al castillo de Zenda,
cuya fachada principal se abría a un lago rodeado de bosques. La calzada, bien
asfaltada, unía la aldea de Zenda con el castillo, y como queda dicho, su
último tramo cruzaba el lago y terminaba delante del severo portal dieciochesco
de la fachada principal del edificio. El ultimísimo tramo del puente, de una
longitud de unos 4,5 metros, era levadizo. Cuando el coronel Sapt lo observó
con sus prismáticos desde la orilla boscosa en la que había disimulado a
nuestro aguerrido pelotón de asalto, el puente estaba levantado, y el castillo,
por consiguiente, incomunicado.
– Podemos hundir el
rastrillo a cañonazos y acceder a la puerta por medio de pontones – observó
Sapt entre dientes.
– No tenemos
cañones, no hemos traído pontoneros, y un ataque frontal pondrá seguramente en
peligro la vida del presidente – objetó Freddy. Sapt lo miró de arriba abajo.
– Enseñas a tu
abuela a freír huevos, novato. Me he limitado a enunciar la teoría. Y la teoría
dice que, en caso de imposibilidad de un asalto frontal, lo indicado es el desborde
con un movimiento imaginativo de flanco.
La parte trasera
del castillo, en tiempos unida a tierra firme, había sido aislada en algún
momento del siglo XIX mediante la excavación de un foso de tres metros de ancho
y seis de profundidad, rellenado con las aguas del mismo lago. La planta baja
de esta parte del edificio albergaba las cocinas. Las mazmorras quedaban
debajo. La cena para los moradores del castillo y el prisionero albergado en él
con carácter excepcional debía haber sido servida temprano, porque todas las
luces de aquella sección del edificio monumental estaban apagadas. Dos ventanas
de tamaño mediano, sin embargo, habían permanecido abiertas; podían
corresponder a unos aseos, o un guardarropa. Sapt las señaló.
– Ahí está la llave
que nos permitirá rendir la fortaleza. Un hombre puede cruzar el foso a nado,
entrar en el castillo por una de esas ventanas, maniobrar desde dentro para
bajar el puente levadizo, y facilitar así nuestra irrupción.
– ¿Por qué un
hombre, y no dos, o tres, o más? – pregunté yo, ávido siempre de clarificar las
ideas.
– Un hombre solo puede
disimular su presencia, en la oscuridad. Cuanto más numeroso sea el grupo, eso será
cada vez más difícil.
– Usted, Rodríguez,
puede hacerlo – intervino Freddy.
Yo era el menos
indicado, el menos entrenado, el menos aguerrido. Aparte de que por aquellas
ventanas abiertas podía haberse colado en Zenda la Sexta Flota al completo.
Pero Sapt y Tarlenheim insistieron.
– A nosotros nos
conocen. Usted puede pasar por uno más de la servidumbre.
Desde luego yo no
iba ya vestido ni maquillado como Donald Trump. Había recuperado mi propia
fisonomía. La posibilidad de rondar por ahí dentro inadvertido tenía algún viso
de resultar razonable. Pero ¿no íbamos a armar una operación de asalto? ¿Qué
fin podía tener pasar inadvertidos?
Discutir no sirvió
de nada. Tengo poca madera de héroe pero sí mucha fibra de estoico, de manera
que me puse entre los dientes la bolsa impermeable que me pasó Freddy, en cuyo
interior iba un arma automática capaz de vomitar veinticuatro proyectiles por
segundo; crucé el foso a nado en cuatro brazadas, y me acurruqué detrás de una
roca que sobresalía en la base del castillo. Allí, esperé a que se me secaran
las ropas. Más o menos una hora más tarde, cuando casi todas las luces de los
pisos altos del castillo se habían apagado ya, una señal luminosa desde las
sombras del bosque me indicó que era el momento de entrar. Me encaramé a la
ventana del guardarropa y enseguida estuve dentro. Repasé para mí mismo las
instrucciones de Sapt: a) yo tenía el factor sorpresa de mi lado; b) una vez
dentro debía eludir la vigilancia y buscar el habitáculo desde el que se
accionaban los mecanismos del puente levadizo y del rastrillo; c) ese lugar
estaría probablemente situado en algún punto de la barbacana, encima del patio
de armas, con buena visibilidad hacia el exterior y el interior. “Hay un
noventa por ciento de posibilidades de que usted lo consiga, Rodríguez, quizá
más, crea en mi larga experiencia.”
Avancé por pasillos
desiertos en penumbra, y al salir al patio de armas me camuflé detrás de uno de
los grandes pilares que sostenían las arcadas. Desenfundé allí el subfusil
automático, y comprobé el cargador al resguardo del pilar detrás del cual me había
disimulado.
No había cargador.
Freddy me había pasado un arma sin munición. Paradójicamente, me sentí desde
ese momento más tranquilo. Había alcanzado la certeza absoluta de que, tal como
me temía desde hacía días, yo no era el héroe improbable de aquella aventura,
sino el chivo expiatorio previa y debidamente señalado.
El patio de armas
estaba vacío y silencioso. No había patrullas, ni centinelas, ni movimiento de
ninguna clase. Subí por una larga escalera de piedra hasta la barbacana. Encontré
sin dificultad el puesto de mando del mecanismo del puente. El soldado de
guardia allí estaba enfrascado en la visión de unos vídeos porno en su tableta.
– Baja el puente
levadizo ahora mismo – le amenacé con el arma descargada –. Cuidadito con dar
la alarma ni hacer ningún movimiento extraño.
– Vale, vale, ya
va, tranquilo – me contestó el hombre, cachazudo.
El puente levadizo
descendió. El patio de armas se llenó al instante de gente, mientras por la
calzada avanzaba a paso de desfile nuestro pelotón asaltante. Cuando los dos
grupos convergieron en el centro del patio, los jefes se saludaron
militarmente, se estrecharon las manos y el personal formó en dos pelotones
colocados uno frente al otro. Irrumpió en ese momento una limusina de carrocería
plateada, que se detuvo justo en medio de ambos pelotones. Vi bajar a Trump pausadamente
la escalinata desde el piso noble, y entrar en la limusina, mientras los
hombres de uno y otro lado le presentaban armas. De alguna parte surgieron las
notas del himno de las barras y estrellas. Desde mi posición de observador,
Trump me pareció en aquellos momentos críticos un hombre presa de una cólera mal
reprimida.
Fred Tarlenheim
subió sin prisas la escalera de piedra y entró en el habitáculo donde estábamos
el guardián del puente y yo.
– No hace falta que
me expliques nada – le advertí.
– Llegamos por fin a
un acuerdo de último minuto con Hillary – se disculpó Freddy. Y siguió desparramando
las disculpas que nadie le había pedido –: Escuche, Rodríguez, no nos guarde
rencor por esto, no hay nada personal contra usted, se lo garantizo.
En ese momento preciso
el otro hombre, que se había colocado a mi espalda, me golpeó junto a la oreja.
Debió de ser un golpe de profesional de las artes marciales, dado con el canto
de la mano, enormemente efectivo. Lo vi todo negro y supongo que caí al suelo desvanecido.
(*) El lector
encontrará los primeros capítulos de la historia en el post del 4 de agosto, “Cabello de Ángela”,
y los días siguientes: “Hablando de Dios, aproximadamente”, “Una proposición
deshonesta” y “Rumbo a Zenda”.