jueves, 12 de diciembre de 2019

FACILITADORES



Vista panorámica de Singapur.


La facilitación me parece un mecanismo importante para las negociaciones complejas, tan frecuentes en las relaciones políticas. Al señor García-Page, presidente socialista de la comunidad de Castilla-La Mancha, en cambio, no se lo parece. Yo desearía que los Reyes Magos me trajeran de regalo, en los primeros días de enero si antes no es posible, un bonito y flamante gobierno de coalición. No me importa mucho quién esté dentro y quién quede fuera, pero sí pediría que fuera un gobierno estable, sin el remoquete de “en funciones”, y que empezara sin prisa pero sin pausa a hacer su trabajo de cara al bienestar material y moral de todos nosotros, “los antes bienhadados y los agora tristes y afligidos”, como lo habría expresado Fray Luis de León.

Emiliano García-Page desea por encima de todo que los Magos no le traigan vaselina de regalo. La alusión parece transparente: si es de necesidad que se la hinquen por retambufa, el honorable barón prefiere que sea al modo viril, sin “facilitaciones” ni amaneramientos que solo pueden llevarnos a perder la recia tradición carpetovetónica de dar (y tomar) por culo todo lo que se pueda y más.

Por mi parte, estoy encantado de que la ONU haya nombrado dos facilitadores oficiales (vulgo “vaselina”) para alcanzar un acuerdo final en condiciones para los trabajos del COP25. El asunto estuvo a punto de descarrilar (aún es posible que suceda) por la cuestión de las políticas de género, que desde Katowice se habían planteado como una incógnita más del problema del cambio climático, inescindible de la sostenibilidad del hábitat humano en el planeta.

Hay al parecer numerosos partidarios de detener el cambio climático sin frenar por ello las situaciones de desigualdad concreta entre las personas, que incide de forma lateral pero sustancial en las políticas ambientales. Hay quien quiere hacer como si las relaciones sociales y las relaciones medioambientales fueran dos compartimientos herméticamente aislados. Otros, ahí está Vox para confirmarlo, niegan de plano y con la misma fuerza el cambio climático por un lado, y la desigualdad de género por otro. A ese ganado le han reservado quienes yo me sé una vicepresidencia en el Congreso de los Diputados.

Los facilitadores elegidos por la ONU son Teresa Ribera, ministra española, y Masagos Zulkifli, su homólogo de Singapur. Singapur es un Estado insular que tiene una extensión de 697 km2 y una densidad de población de 7796 habitantes por km2. Algunos comentaristas lo definen como una “ciudad inteligente”. Se comprende que en ese hábitat, Zulkifli tenga amplia experiencia en pelear por el medio ambiente y los recursos hídricos. En cuanto a Ribera, se está afirmando como una de las esperanzas más sólidas para el futuro gobierno de coalición español in pectore.

Si no es demasiado pedir, me atrevería a pedir a los Reyes Magos en mi carta para 2020 que Ribera y Zulkifli, una vez concluidos sus buenos oficios en la cumbre del clima, se añadieran a los equipos implicados en las negociaciones secreto-públicas del PSOE y ERC, con la finalidad de alcanzar el fatigoso acuerdo de investidura que muchos anhelamos, bien sea con o sin vaselina para el señor García-Page.


miércoles, 11 de diciembre de 2019

DIFERENTES, ÚNICOS, VÍCTIMAS



Monasterio benedictino de Sant Pere de Casserres, erigido sobre un meandro del río Ter; una parábola de la Catalunya diferente y de la Catalunya rodeada.


Peru Erroteta ha entrevistado al psicólogo Ricard Cayuela en El Triangle. Al resultado de la conversación, bastante llamativo, pueden acceder ustedes desde el link a pie de página (1).

Habla Cayuela de un trastorno obsesivo-compulsivo que ha afectado a dos millones de personas. El motor de tal obsesión es una triple consideración de los catalanes, o si prefieren la expresión, de la catalanidad, como diferentes, como únicos, como víctimas.

Es difícil argumentar cualquiera de los tres términos. Es más cierto, a partir de un somero examen teórico de la cuestión, que los catalanes no somos únicos (estamos sobradamente acompañados en el mundo), no somos diferentes (de hecho la mayoría inmensa de los catalanes somos mestizos, y la circunstancia de hablar una lengua diferente de la de nuestros vecinos más bien tiende a igualarnos que a distinguirnos ─si bien se mira, también los vecinos hablan una lengua diferente de la nuestra─), y no somos víctimas, bajo ninguna acepción admitida del término. Cierto que estamos mal gobernados, pero la misma queja pueden esgrimir miles de millones de personas en este mundo mal globalizado. De otro lado, los defensores del buen gobierno se verían en un apuro para explicar por qué prefieren el estilo de gobernar de Quim Torra al de Pedro Sánchez.

Y si se trata de las famosas sentencias en el macrojuicio, mal se puede alegar que las leyes no son las que son, y que los presos no fueron oportunamente avisados ─incluso por los letrados del Parlament─ de las consecuencias de unos actos claramente situados al margen de cualquier legalidad establecida (la de las leyes estatales, la del Estatut vigente, la de la jurisprudencia europea e internacional). En tales circunstancias, el castigo legal no obedece al hecho de que sean catalanes, sino al de que han tenido una conducta punible según toda clase de leyes aplicables al supuesto.

Lo que más me impacta de la interpretación de Cayuela es el protagonismo de la “buena gente” en este disparate. La “buena gente” sería el pueblo llano idealizado, por oposición al estamento político. La “buena gente” es capaz de muchas aberraciones para defender lo que tiene por “suyo”, de la implicación de otras buenas gentes a las que consideran sin derechos para inmiscuirse en su preciada posesión. Ese es precisamente el germen del fascismo como doctrina, porque a partir de dicho axioma central (“yo estoy defendiendo lo mío, yo enarbolo en este pleito la razón de la víctima, del diferente, del único”), se justifica cualquier agresión al “otro”, cualquier consideración de que puedan existir buenas gentes más allá y al margen de “nosotros”, el pronombre peligroso, como constataba hace ya algún tiempo Richard Sennett en un libro glosado también en estas páginas (2).




martes, 10 de diciembre de 2019

SENSACIONES INSTANTÁNEAS


Imagen de un succionador, la chisma mecánica capaz de conducir a las mujeres al paraíso en ocho segundos.


Il pleut sur la ville. Atenas está empapada, y las temperaturas han caído de bruces como si hubieran sufrido un tropezón inesperado. Nos lo estamos pensando antes de salir a la intemperie, y de momento hemos encendido la estufa en el cuarto de estar y nos hemos echado un chaquetón encima.

En el libro que abro para seguir leyendo a deshora (Monjas y soldados, de Iris Murdoch, Impedimenta, traducción de Mar Gutiérrez Ortiz y Joaquín Gutiérrez Calderón. Tengo una predilección particular desde hace años por las representaciones complejas y los personajes voluntaristas y cerebrales de Murdoch), una mujer confiesa a otra que ha sufrido inesperadamente un coup de foudre, un flechazo. Con un hombre inverosímil, por otra parte.

─ ¿Cuánto dura un coup de foudre? ─pregunta la amiga, escéptica.

─ Unos cuatro segundos. ¡Eso es lo que pueden tardar dos seres humanos en cambiar el mundo!

Medito que un succionador de clítoris como los que ahora aparecen profusamente anunciados directa e indirectamente en los medios electrónicos, no es tan rápido: invierte de ocho a diez segundos en provocar el orgasmo. Puede tardar menos en llegar a la meta que Usain Bolt en su mejor momento, pero, respecto del coup de foudre enunciado por Gertrude (un trasunto de Titania, la reina de las hadas en la tradición mitológico-literaria británica), presenta dos carencias: primera, es más lento; segunda, no cambia el mundo sino que lo deja igual que estaba.

La velocidad parece superar, en las preferencias de los consumidores de ahora mismo, a la calidad de las sensaciones. Del mismo modo que se impone el fast food, con perjuicio del sentido del gusto, ahora se predica el fast sex, la instantaneidad de un sexo solitario sin consecuencia.

Ocho segundos de succionador garantizan una total satisfacción física, pero no permiten, según una usuaria desilusionada, ni siquiera el espacio mental necesario para esbozar una fantasía. El coup de foudre es absolutamente lo contrario: fantasía pura y dura, que avizora su culminación física erótica a medio o incluso a largo plazo. Rapidez subitánea en el encendido de la mecha, y en cambio, explosión retardada aunque de una eficiencia más o menos absoluta: cambia el mundo, siquiera sea para dos personas elegidas (tal vez al azar) por los dioses.

Georges Brassens dedicó a las prácticas sexuales de una bella una canción que tituló significativamente Le mouton de Panurge, el carnero de Panurgo. La expresión, poco usual hoy, viene del Pantagruel de Rabelais, y se refiere a quienes, incapaces de juzgar las cosas por sí mismos, prefieren seguir la opinión de los demás, incluso si se trata de despeñarse por un desmonte. Concluye Brassens en la última estrofa que, posiblemente, cosas más raras se han visto, su heroína sabrá rectificar a tiempo: «Elle ira jouer à son tour / les Vénus de la vieille école / celles qui font l’amour par amour.»

O sea, puestos a copiar a alguien, la muchacha podría dedicarse provechosamente a imitar a las “Venus de la vieja escuela”, las que “hacen el amor por amor”.

Aún me gustaría recordar en este asunto a otro poeta, Constantin Cavafis. En El viaje a Ítaca, nos impartió la misma lección, con otras palabras y otros horizontes. Llegar a la meta, pisar el suelo de Ítaca, explicó en verso, no tiene una gran significación. Lo interesante es el viaje.


lunes, 9 de diciembre de 2019

TEMPORALIDAD INSOPORTABLE



Limpieza de oficinas, un ámbito laboral en el que la fijeza en el empleo es prácticamente inexistente.


De “temporalidad insoportable” califica Antonio Baylos la conclusión que cabe extraer de un informe sobre el mercado de trabajo en 2018, realizado por Alberto Pérez, de ADECCO Group. El lector podrá encontrar el comentario pormenorizado del catedrático de Derecho Laboral y maestro de laboralistas en https://baylos.blogspot.com/2019/12/los-resultados-de-la-contratacion-en.html.

Las cifras son terribles: 21,5 millones de contratos para un censo laboral de 16,45 millones de personas, lo que supone ya una primera anomalía. Y solo el 6,74% de esos contratos tuvieron carácter de indefinidos; lo que en las actuales circunstancias del mercado de trabajo no significa tampoco que su duración esté garantizada: más del 40% de ellos no resisten los seis meses de vigencia.

De los contratos temporales (93,26% del total), un 29,82% fueron extendidos para un periodo que no llegaba a los 7 días; en un 43%, la duración fue inferior a un mes. La gran mayoría de estos contratos temporales desatendieron las modalidades de contratación para la formación y en prácticas, y recurrieron a dos figuras jurídicas concretas: “circunstancias de la producción” (9.829.687 contratos, lo que significaría una imprevisión asombrosa por parte de la dirección de la empresa acerca de las circunstancias de la producción, si no significara otra cosa) y “obra y servicios” (8.267.138) lo que sugiere que la plantilla teóricamente “normal” con la que la empresa afronta su actividad regular, o no existe, o está reducida al mínimo mínimo.

Subraya Baylos que el peso incuestionable de las cifras citadas indica que existe una contratación irregular, practicada en fraude de ley y contra los preceptos constitucionales que amparan el derecho al trabajo; y que esa irregularidad está “consentida” por las autoridades laborales. Los empresarios trasladan todas las incertidumbres y los contratiempos del proceso productivo a sus asalariados, se aseguran de su docilidad, e infringen los derechos que les corresponderían en un estado de derecho en tanto que personas y ciudadanos.

Estamos hablando de empresarios “normales”. Además de esa fuerza de trabajo asalariada cifrada en 16,45 millones de personas, sería preciso hacer entrar en el cómputo global a los “autónomos dependientes”, oxímoron por desgracia muy real en el trabajo organizado en plataformas como Uber o Glovo, y los “emprendedores” que se explotan a sí mismos con jornadas agotadoras o con trabajo “a la espera”, para grandes empresas que recurren a ellos como una forma aceptada, que no aceptable, de incrementar la cuenta de resultados a partir de un ahorro sustancioso en fuerza de trabajo limpia de polvo y paja, ya que cotiza por sí misma las cuotas correspondientes a la asistencia sanitaria y la previsión social.

Un último dato significativo del informe de Alberto Pérez incide en la geografía de la precariedad. Precariedad la hay en todas partes, desde luego, pero en el microscopio del análisis pueden apreciarse diferencias sensibles entre aquellas provincias que no llegan al 2% de contratación fija (son cuatro: Jaén, Huelva, Córdoba y Badajoz) y las otras cuatro que superan el 10% (Madrid en cabeza con el 14; Baleares, 12; Girona, 11,2, y Barcelona, 10,59).


domingo, 8 de diciembre de 2019

ESTÚPIDOS




Ilustración de la graciosa aventura del rebuzno, en Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.


El actor Javier Bardem ha pedido disculpas públicas por haberse dejado llevar por “un impulso nada constructivo” al final de la manifestación madrileña por el clima, y haber llamado estúpido al alcalde madrileño del PP, José Luis Martínez Almeida (también se lo llamó a Donald Trump).

Almeida calificó en su momento de “fracaso” el plan Madrid Central puesto en marcha por su antecesora en el cargo Manuela Carmena, y empezó a desmantelarlo proclamando que la libertad de expresión recogida en la Constitución como derecho fundamental de las personas, incluía asimismo la libertad de circulación sin restricciones. No se entiende muy bien, entonces, que ponga reparos a la libertad de expresión del actor, aplicándole el remoquete de “ese listo tan progre”. En el vocabulario de las personas como Almeida, tanto el calificativo de “listo” como el de “progre” son claramente insultantes.

La reacción de la ciudadanía madrileña y el amago de los tribunales de intervenir frenaron su inicial impulso desmantelador (y por consiguiente “nada constructivo” tampoco, para decirlo con las palabras de Bardem). Después del episodio, y restaurado Madrid Central en toda su dimensión inicial, el alcalde varió la música y la letra de su cantinela, sacó pecho ante la acogida ─que él ni había soñado en pedir─ de la COP25 en su ciudad, y alardeó de la mejora del aire como si esta hubiera sido cosa suya.

Llamarle “estúpido” es de mala educación, de acuerdo; pero no es tan exageradamente ridículo como llamarle “alcalde”. A no ser que lo equiparemos con los munícipes cervantinos que, cada cual por su lado, tan bien buscaban a un asno perdido en las espesuras imitando sus rebuznos, que acabaron encontrándose ellos dos.


viernes, 6 de diciembre de 2019

EL TIRANO (II). TRUMP SECUNDUM SHAKESPEARE



Orson Welles, en un fotograma de la película ‘Macbeth’ (1948), dirigida y protagonizada por él, con Jeanette Nolan en el papel de Lady Macbeth.


Stephen Greenblatt disecciona al tirano tipo, descrito por William Shakespeare en diferentes obras, según el método de los ángulos oblicuos que he procurado explicar en un post anterior (1). Como su disección ocupa muchas páginas, yo las resumo aquí en una breve síntesis que también, y no por casualidad, es oblicua. La intención de Greenblatt viene a resumirse en una desvaloración del mandato presidencial de Donald Trump; la mía, voy a dejarla sin expresar.

Estas son las características del tirano secundum Shakespeare, que Greenblatt relaciona de forma no expresa con la ascensión de Trump a la Casa Blanca:

1. El tirano surge de una polarización política extrema en un país. En momentos de una confrontación radical entre dos opciones, el rival político se desliza inevitablemente a la categoría de un enemigo al que conviene eliminar como sea. El fin justifica los medios; todo vale, y no se admiten las posiciones templadas ni las medias tintas. Se pertenece a un partido (a un bando, a una facción), con todas sus consecuencias, incluidas las no deseadas en principio. Tal sucedió, por ejemplo, con Ricardo de Gloucester (III) como culminación de la guerra de las Dos Rosas en Inglaterra, y con Julio César en la guerra civil en la que degeneró la república romana.

2. El aspirante a tirano shakespeariano utiliza lo que Greenblatt denomina un “populismo fraudulento”. Adula al pueblo y lo manipula con promesas de prosperidad o de redención deslumbrantes, que generan en los sectores más crédulos de la población la ilusión de una nueva Jerusalén celeste donde manarán de forma espontánea ríos de leche y de miel. Todo ello es falso, porque lo que mueve al tirano en su ascenso es un narcisismo exacerbado, un deseo compulsivo de dominio. No es un líder surgido del pueblo; más cierto es que odia al pueblo. Coriolano, ejemplo extremo de esta actitud, fracasa en su intento de llegar a tribuno de Roma por su incapacidad de reprimir su visión de patricio y su asco visceral a la plebe. Ricardo de Gloucester, que siente el mismo odio, en su escalada inverosímil hacia el poder lejano se siente capaz de ocultarlo con éxito, como muestra este parlamento de la tercera parte de Enrique VI: «¡Diantre! Puedo sonreír y asesinar mientras sonrío, puedo gritar: “Contento” a lo que desuela mi corazón; puedo mojar mis mejillas con lágrimas hipócritas y arreglar mi cara según las circunstancias.»

3. El tirano cuenta con numerosos cómplices para afirmar su dominio. Este es un punto crucial: no es posible la tiranía sin complicidades. El tirano suele finalizar la parábola de su trayectoria en la soledad más absoluta, como veremos después; pero en sus inicios cuenta con un gran número de voluntades a su disposición. Greenblatt esboza una tipología somera de los cómplices, a partir del Ricardo III. Son estos:

a) En primer lugar los que, «auténticamente engañados por Ricardo, dan validez a sus pretensiones, dan crédito a sus promesas y toman al pie de la letra sus demostraciones de emoción.»

b) «Los que se sienten atemorizados o impotentes ante la intimidación o la amenaza de violencia.»

c) Los que se sienten atraídos irresistiblemente a normalizar lo que no es normal, porque no consiguen creer que las verdaderas hechuras del tirano sean las que saltan a la vista.

d) Los que, aun captando la maldad auténtica del tirano, confían en que las cosas seguirán a fin de cuentas su curso normal. “La sensatez se impondrá”, piensan, cuando la sensatez ha sido ya desplazada por la desmesura.

e) Los que se convencen a sí mismos de que pueden sacar provecho personal de la ascensión al poder del tirano.

f) Y finalmente, está «una variopinta multitud de individuos que ejecutan las órdenes del tirano. Unos a regañadientes, ansiosos simplemente de no meterse en líos; otros, de mil amores, con la esperanza de obtener de paso algún beneficio para sí mismos…» Y añade Greenblatt, oblicuando a conciencia fuera del contexto de la obra que analiza: «Al aspirante a tirano no le faltan nunca gentes de esta calaña, tanto en Shakespeare como, por lo que yo sé, en la vida real.»

4. El tirano llega por fin a ostentar el poder que ambicionaba, y entonces genera un caos que se desborda más y más. «Los tiranos por lo general carecen por completo de competencia administrativa y de visión de lo que significa un cambio constructivo … Incluso sociedades relativamente sanas y estables tienen pocos recursos, pensaba Shakespeare, que les permitan mantener a raya el daño causado por alguien lo bastante despiadado y carente de escrúpulos, y tampoco están equipadas para hacer frente a los gobernantes legítimos que empiezan a dar muestras de un comportamiento inestable e irracional.»

5. El fin de la aventura llega por la incapacidad del tirano de controlar los acontecimientos, a partir del derrumbe de las esperanzas colectivas puestas en su figura carismática. Dicho de otra forma, a partir de los efectos del desencanto en un número creciente de personas que regresan poco a poco desde la obnubilación al sentido de la realidad.

Entonces, a cada paso dado por el tirano florece un “traidor”, y la represión de los traidores engendra nuevas traiciones. Es el bosque de Birnam, como en Macbeth, que se alza contra la fortaleza de Dunsinane y le pone cerco. El tirano acaba su trayectoria solo, temeroso de las sombras, de las consejas y de los presagios. Su ambición desatada, su deseo de dominio, se disuelven en el absurdo, como en el famoso parlamento del mismo Macbeth: «La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y se agita una hora sobre la escena, y después no se le oye más…; un cuento narrado por un idiota con estrépito y furia, y que nada significa.»

El baño de sangre que corona algunas de las biografías teatrales de tiranos de Shakespeare no es preceptivo para esta breve historia; sí lo son la huella negativa, la conmoción profunda que dejan en el reino, la violencia, las penalidades, la dificultad para enderezar las cosas.

Sostiene Greenblatt que Shakespeare pensaba, hacia el final de su carrera como dramaturgo, que la mayor esperanza para acabar con la tiranía radica precisamente en la imprevisibilidad de la vida colectiva, en el número incalculable de factores que actúan en todo momento. Llega un punto en que la sociedad se niega a marchar al paso de las órdenes dictadas por un autócrata al que los acontecimientos han dejado claramente atrás. El hilo sutil que ha unido la ambición de dominio del tirano con las expectativas colectivas de mejora de la situación, se rompe en pedazos.

Pero siempre queda entonces una deuda muy pesada por pagar, y un difícil camino de regreso hacia la normalidad, hacia el reconocimiento de los derechos de las personas y las colectividades, hacia la igualdad de oportunidades como aspiración, hacia la democracia como marco de convivencia.


(1) El lector desprevenido podrá encontrar el texto anterior al que me refiero en http://vamosapollas.blogspot.com/2019/12/el-tirano-i-la-mirada-oblicua.html


jueves, 5 de diciembre de 2019

EL TIRANO (I). LA MIRADA OBLICUA



Venus del espejo, de Velázquez, National Gallery de Londres. Diego de Silva Velázquez fue un maestro en el uso oblicuo de los espejos.


Stephen Greenblatt explica del modo siguiente el nacimiento de su libro El tirano. Shakespeare y la política (Alfabeto Editorial 2019, traducción de Juan Rabasseda): «… estaba yo sentado en un jardín lleno de verdor en Cerdeña y expresé mi inquietud cada vez mayor por el posible resultado de unas elecciones que estaban a punto de celebrarse. Mi amigo el historiador Bernhard Jussen me preguntó qué estaba haciendo yo al respecto. “¿Y yo qué puedo hacer?”, repliqué. “Puedes escribir algo”, respondió. Y eso fue lo que hice.»

Yo vi el libro en el estante de una librería. No tenía referencias directas, lo compré porque me habían gustado las dos cosas que había leído del autor: El giro, una formidable excursión por la fortuna moderna de Tito Lucrecio Caro pasando por la odisea de Poggio Bracciolini, el hombre que descubrió el manuscrito de De rerum natura roído de humedades en el anaquel de prohibidos de una abadía de cuyo nombre nunca quiso acordarse; y El espejo de un hombre, una intensa biografía de William Shakespeare, el autor sobre el que Greenblatt dicta cursos como profesor de Humanidades en Harvard.

De modo que empecé la lectura de El tirano con garantías. Ha sido provechosa para mí, y por esa razón la traigo a estas notas en contrapunto. Después de pensarlo un poco, me ha parecido bien dividir mi comentario en dos partes. En esta primera trato del método, bajo el título “La mirada oblicua”. Mañana me detendré en los resultados que ofrece la investigación de Greenblatt: titularé mi reflexión “Trump y Shakespeare”.

Greenblatt declara en el primer capítulo de su libro el método que se propone utilizar. El capítulo se titula “Ángulos oblicuos”, y de forma asimismo oblicua el autor no habla de lo que va a hacer él, sino de lo que hizo Shakespeare en sus obras. Shakespeare, dice Greenblatt, hablaba del presente a partir de historias y argumentos de un pasado remoto. Lo hacía así porque si intentaba poner en escena los problemas y los enredos de la turbulenta época isabelina en la que le tocó vivir, habría perdido literalmente la cabeza a manos del verdugo.

Pero hay otros motivos posibles para la mirada oblicua sobre las cosas. Si nos colocamos frente a un espejo se produce un pequeño milagro y podemos ver lo que está detrás de nosotros. Otro milagro paralelo: quien se coloque a nuestra espalda podrá vernos mirarle. Y si adoptamos una posición en oblicuo, surgirá un tercer milagro más improbable: el espejo no solo nos dará una imagen esquinada de nosotros mismos y de lo que tenemos detrás, sino que abrirá una perspectiva lateral diferente que nos permitirá atisbar realidades que pertenecen a un orden distinto, que quedaban antes fuera del marco de nuestra mirada, y por consiguiente invisibles.

Cuando Vittorio Foa escribió su autobiografía “oblicua”, la tituló El caballo y la torre. Para la torre del ajedrez no hay más ángulo posible que el recto. Es una pieza de combate frontal, pensada para batir la trinchera contraria. El caballo, menos poderoso, posee sin embargo una cualidad distintiva: su forma de moverse en oblicuo le permite alcanzar casillas inalcanzables para el roque.

El movimiento del caballo me es particularmente grato. Yo mismo escribo en este blog “en contrapunto”, lo que viene a significar que trato de pillar de enfilada temas que normalmente se abordan por derecho, y dar una melodía disonante pero concertante. Hace falta alguna habilidad para utilizarla, pero la mirada oblicua tiene la ventaja de abrir perspectivas nuevas en relación con la visión frontal. Funciona mediante analogías y homologías. No es infalible; puede descarrilar en las comparaciones, pero es única para alcanzar objetivos inalcanzables por las vías habituales.

William Shakespeare dio lecciones políticas a sus contemporáneos dirigiendo una mirada oblicua a los hechos antiguos de, por ejemplo, Ricardo III, Macbeth, Julio César, Coriolano, el rey Lear o el rey Leontes de Cuento de invierno. Stephen Greenblatt recurre oblicuamente a Shakespeare para llevar esas lecciones a un plano distinto, y referirlas a un hombre al que no nombra ni una sola vez en el libro.

Del mismo modo cualquier otra persona, yo mismo, puede utilizar los resultados de Greenblatt para efectuar su propia excursión oblicua en una dirección distinta. Los espejos tienen esa propiedad: multiplican las imágenes y las proyectan en cualquier dirección en la que se mueva el instrumento revelador.

Es lo que me propongo hacer mañana.


LAS LÍNEAS ROJAS DE LA PATRONAL



Imagen del Hospital Clínic de Barcelona, poseedor de un récord difícil de batir 
en cuanto a precariedad en el empleo.


La CEOE ha emitido un comunicado en el que da por bueno un gobierno PSOE-UP, siempre y cuando no se traspasen unas líneas rojas. Bienvenido el progreso, entonces. Albricias. Las líneas rojas no supondrían ningún problema salvo en lo referente a un eventual compromiso “corsario” con ERC, dado que se refieren, según el comunicado, al respeto debido al marco constitucional.

Ahora bien, eso es muy etéreo. El marco constitucional da para un barrido y para un fregado, como acaban de demostrar los jueces del Supremo al sentenciar que se puede despedir legalmente a un trabajador por el hecho de estar de baja (legal, asimismo) por enfermedad. Es decir, se priman los apuros productivos del empresario por encima de los apuros de salud de los trabajadores. Es constitucional dejar en la cuneta a quienes no pueden seguir físicamente el paso ligero que marcan los algoritmos que gobiernan la producción y los servicios. Los derechos individuales al trabajo, a la salud, a una vivienda digna, y otros concomitantes, son derechos condicionados a que no traspasen unas líneas rojas. Expresado de otro modo, el derecho a la vivienda decae cuando se pierde la vivienda en manos de un fondo buitre; el derecho a la salud decae también cuando la salud se pierde por un virus cualquiera; el derecho al trabajo decae, finalmente, cuando uno no puede trabajar al ritmo exigido porque ha perdido antes la salud (y posiblemente la vivienda).

Así se entiende mejor lo de las líneas rojas. Pero la nota de la CEOE lo aclara de forma más precisa, si alguien tenía dudas. La gran patronal será “beligerante”, expresa el documento, en el caso de que se produzcan grandes subidas de impuestos, y si se revierten reformas “que han sido positivas para crear empleo”.

La CEOE nunca ha dejado de ser beligerante en estas dos cuestiones: impuestos de sociedades bajos, y manos libres en relación con la fuerza de trabajo asalariado. Lo de que las manos libres hayan tenido efectos positivos en el empleo es más discutible. Se ha creado mucho empleo en estos años, en efecto; y en contrapartida se ha destruido mucho más. El paradigma de las reformas laborales vigentes puede ser esa trabajadora de la limpieza del Hospital Clínic de Barcelona, que en ocho años firmó 242 contratos (uno cada doce días, por término medio) para cubrir en interinaje el mismo puesto y la misma faena, sin que nunca se le reconociera fijeza. Ahora un juez “garantista” ha declarado improcedente su despido, reconociéndole la condición de fijeza, o cuando menos de “habitualidad”, que las asesorías de recursos humanos le negaban.

“Temo sobre todo a las togas negras”, se exclamó hace años la entonces ministra de Empleo Fátima Báñez, fautora de la última reforma laboral. No se excluye que el juez garantista en cuestión sea llamado al orden por el CGPJ por haber rebasado las líneas rojas de un marco constitucional bien entendido. Bien entendido por la CEOE, naturalmente.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

NO SOMOS GRETA THUNBERG



Mientras se celebra el COP25 en Madrid y Greta Thunberg concluye su travesía del Atlántico en catamarán para viajar del modo menos contaminante para el planeta, las emisiones de CO2 en el mundo aumentarán este año en un 0,6, y el aumento global de temperatura no remitirá, lo que hará más difícil el cumplimiento de los Acuerdos de París sobre cambio climático.

Nosotros no somos ni Greta Thunberg ni Teresa Ribera, la inteligente y apasionada ministra en funciones para la Transición Ecológica. Las dos son admirables, y hay muchas más personas admirables alrededor de ellas; pero ellas no son nosotros.

Me refiero a que se está alentando un desplazamiento de las responsabilidades asumidas, una lucha anticontaminante por procuración. Tenemos todos un problema, pero adjudicamos su solución a unas heroínas muy concretas, como si se tratara de Daeneris en una serie televisiva en prime time (me excuso si la comparación con Daeneris no es adecuada; jamás he visto un episodio de “Juego de tronos”).

La asunción de responsabilidades en la Green Revolution, es decir en la lucha por un planeta libre de emisiones, más limpio y sostenible, ha de producirse en todos los niveles políticos y sociales. Cambiar los hábitos de consumo es bueno, pero claramente insuficiente. La revolución debe implicar un gran cambio presidido por la innovación tecnológica: producción de energías no contaminantes, edificación de viviendas inteligentes, urbanización inteligente de ciudades a las que se asignan nuevos cometidos, revolución en los transportes así urbanos como a media y larga distancia, nuevos materiales para la construcción y la comunicación ahorradores de energía. Y más en general y por encima de todo lo anterior, una inteligencia colectiva renovada dirigida a nuevas formas sostenibles de vivir y de estar en el mundo.

La revolución verde, empero, puede llevarse a cabo de varias maneras. Es aplicable a ella lo mismo que se decía de las castañuelas en el famoso tratado sobre cómo tocarlas: es preferible hacerlo bien, que mal.

Por ejemplo, una transición “justa” puede serlo de un modo que fomente la creación de nuevos empleos dignamente remunerados para compensar la inevitable destrucción de empleo en sectores obsolescentes o muy contaminantes. O bien, “justa” con el accionariado de las poderosas multinacionales que extraen y comercializan los combustibles fósiles y exigen dividendos altos para su inversión. Los dos objetivos no son plenamente compatibles entre sí, como se sugiere de forma subliminal: va a ser necesario priorizar uno por encima del otro. Es lícita la sospecha de que esa priorización ya se ha elegido.

Por ejemplo, resulta incoherente que desde las altas jerarquías de la Unión Europea se alienten de un lado los esfuerzos por cumplir los Acuerdos de París, o bien el programa, cualquiera que sea, que salga del actual COP25, y al mismo tiempo se mantengan intocados el sacro horror al déficit público y la regla áurea del austericidio. Y eso es, perdonen mi forma poco educada de señalar con el dedo, exactamente lo que se está haciendo.

Se diría que el tema del control de las emisiones contaminantes a la atmósfera se remite desde los poderes públicos, que ejercen en el tema el papel de controladores últimos pero no de sujetos activos del cambio, a la ciudadanía. Y que, dentro de la ciudadanía, se atiende antes a la necesidad de que las grandes empresas sigan obteniendo beneficios que ofrecer en bandeja a sus shareholders, que a un planteamiento que represente un salto adelante en la democracia industrial, en la participación del factor trabajo en los objetivos generales de la economía, y en un crecimiento del empleo y de la igualdad social.

En estas circunstancias, Greta Thunberg corre el riesgo de pasar, de ser el símbolo de una lucha compartida, a una coartada desde la cual justificar una revolución pasiva en la que todo será cambiado para que todo siga igual en el fondo.


martes, 3 de diciembre de 2019

VUELVE EL SEÑORITISMO



El señorito Iván de cacería, acompañado por Paco el Bajo (fotograma de la película “Los santos inocentes” de Mario Camus, sobre la novela de Miguel Delibes).


Vuelve el señoritismo. Ah, ¿pero se había ido alguna vez? La imagen definitiva de esta lacra de la España profunda es la del señorito Iván disparándole a la milana de Azarías porque sí, porque está cabreado, porque se aburre. Sucede en Los santos inocentes, de Miguel Delibes.

Javier Ortega Smith-Molina, hispanoargentino, secretario de Vox, ha reeditado la imagen displicente del señorito Iván al mirar a otra parte en el pleno del Ayuntamiento de Madrid cuando una víctima de la violencia de género, Nadia Otmani, le recriminaba una intervención en el pleno en la que había negado la existencia de la violencia de género. Ortega Smith no quiere enterarse de las realidades que le desagradan, que ponen en cuestión su concepción de un mundo bien dispuesto y arreglado para su medro particular. Ortega Smith es la quintaesencia del señorito.

Tiene defensores, además. El alcalde Almeida lo defendió y quiso evitar su reprobación por parte del pleno. No lo consiguió, y la reacción del reprobado fue también paradigmática: «Me importa un bledo.»

Los señoritos tienen multitud de amigos en las altas esferas. De otro modo no se explicaría lo suyo. Ortega Smith cuenta con la adhesión incondicional del alcalde del PP. El líder del PP Pablo Casado va a posibilitar una vicepresidencia del Congreso para los señoritos de Vox. Rocío Monasterio ha encontrado en el Colegio de Arquitectos ambiente propicio para armar una coartada contra la acusación de intrusismo que le hacían algunos por haber firmado obras sin tener el título. El Colegio ha dictado una resolución que quedará en los anales del surrealismo: no puede entrar en la acusación de intrusismo porque la señora Monasterio no estaba colegiada en el momento de los hechos. ¡Angelitos del cielo! ¿De qué trata entonces la acusación de intrusismo, si no es precisamente de que la señora no estaba colegiada cuando firmó como si lo estuviera?

La figura del señorito ha estado desde siempre ligada a la del cacique. Se trata de dos pilares fundamentales de una estructura política y social determinada. Los herederos de Franco han ejercido a lo largo de años la doble función de señoritos y de caciques. Ahora han subastado las joyas de la familia, al parecer con un resultado económico muy inferior al que esperaban.

El caciquismo y el señoritismo cotizan a la baja en el mercado de valores, pero no todo está perdido: existe todo un movimiento sociopolítico de la gente fina, de la casta de toda la vida, para traerlos de vuelta. Vox tendrá una vicepresidencia en el Congreso: Casado y Arrimadas avalan la extravagante maniobra.


lunes, 2 de diciembre de 2019

UN MOTÍN EXTRALITERARIO



Retrato de Marcel Proust, por Jacques-Émile Blanche.


Ediciones del Subsuelo publica en español el libro del crítico francés Thierry Laget sobre el revuelo mediático causado en Francia por la concesión del premio Goncourt a Marcel Proust, por À l’ombre des jeunes filles en fleur. La decisión del jurado, por seis votos contra cuatro, tuvo lugar el 10 de diciembre de 1919, hará justamente un siglo dentro de unos días. Los editores españoles han añadido al título original de Laget (“Proust, premio Goncourt”) la apostilla “Un motín literario”.

Marcel Proust era en 1919 una figura conspicua y levemente ridícula que aparecía de cuando en cuando en la sección de los ecos de sociedad de la prensa parisina bien pensante: esnob, adinerado, judío, viejo (48 años), enfermo y sexualmente ambiguo. Llevaba años aspirando a la gloria literaria, pero la gloria literaria le rehuía. La editorial Gallimard rehusó publicar Du côté de chez Swann, concebida como la primera parte de un ciclo de varias novelas. Luego la editorial se arrepintió y no solo editó la segunda parte, sino que le hizo una propaganda fervorosa, hasta el punto de que Paul Claudel describió À l’ombre… como un “gallimardtías”.

Frente a Proust, en la recta final de aquel premio de 1919, estaba Roland Dorgelès, patriota y soldado, con un libro sobre la vida y la muerte en las trincheras de la guerra mundial recién concluida: Les croix de bois, las cruces de madera. Historias de heroísmo, de sacrificio en el altar de la patria. Era un contrincante temible, aunque hoy su nombre no aparezca en ningún canon literario y ningún editor acaricie la idea de resucitar en el mercado el libro que pudo triunfar.

El motín literario fue más bien, entonces, un motín extraliterario. No se discutieron tanto dos artefactos literarios como dos ideas generales, y más allá, dos formas opuestas de compromiso del arte con una u otra visión de la realidad y de la cotidianidad. Los miembros del jurado se decantaron por la opción que les pareció más consistente a largo plazo, y en la perspectiva se puede afirmar que no se equivocaron.

No era tan fácil, sin embargo. Hoy conocemos completo el proyecto de Proust en la Recherche; entonces, la Recherche no existía como tal. Era fácil confundir las disertaciones minuciosamente distribuidas por el narrador en frases con frecuencia interminables, con un murmullo literario confuso y carente de sentido: le pasó a André Gide, le pasó a Anatole France (“la vida es demasiado corta y Proust demasiado largo”), me pasó a mí cuando empecé a leerlo.

Con el tiempo, À l’ombre… se ha convertido en un florón indiscutible para el prestigio del premio que obtuvo. Se ha dicho que no fue Proust quien ganó el Goncourt, sino el Goncourt quien ganó a Proust. Es cierto de algún modo. Proust aparece hoy, triunfal, en la colección de cromos del Goncourt. No aparece, en cambio, en la del Nobel de literatura, que pasó olímpicamente tanto de Proust como de Dorgelès. En 1919, el premiado por el comité de la Academia sueca fue el escritor suizo Carl Spitteler. La Academia se ha distinguido en numerosas ocasiones por su tendencia repetitiva a tirarse al palo contrario, como algunos porteros ante el penalti.


domingo, 1 de diciembre de 2019

NUEVA VISITA A ELEUSIS



Con mi hija Albertina, en los propíleos de lo que fue el Telesterion, el templo de los misterios de Eleusis. (Foto, Carmen Martorell)


Elefsina, es decir la antigua Eleusis, será una de las capitales europeas de la cultura en 2021. Hemos vuelto a ver el sitio arqueológico, hoy domingo. El día era luminoso, el golfo Sarónico resplandecía. Recorrimos el recinto a partir del muro ennegrecido en el que se abre la grieta por la que Hades devolvía cada primavera al mundo a la ninfa Perséfone, pasando por el área de los templos, el pequeño museo y el paseo que bordea la muralla, hasta regresar al portal norte y el Pozo de las Danzas, en cuyo brocal se sentaba la diosa Démeter a esperar la devolución anual de su hija de los infiernos del invierno (valga la paronomasia). Una gran área en la que apenas sobreviven los suelos formados por grandes losas cuadradas y algunos restos de columnas y graderías, indica el lugar que ocupaba el Telesterion, el lugar de celebración en el que solo podían entrar los iniciados.

En lo alto de la acrópolis hay ahora un par de templos cristianos, que fueron erigidos en ese lugar para controlar de forma efectiva a los poderes infernales. El tema debía preocupar mucho a finales del siglo IV, porque primero el emperador Teodosio clausuró el lugar de los misterios con el fin de asentar con mayor firmeza la religión cristiana en sus dominios (392), y poco después el rey godo Alarico arrasó con todo, secundado por una horda de cristianos “vestidos de oscuro”, según las crónicas. Eran arrianos, pero eso no es excusa; los Padres de la Iglesia se ufanaban igualmente de su poder de destrucción de los ídolos del paganismo. Vistos en la perspectiva, todos ellos vinieron a sustituir una superstición amable por otra más rígida y oscura.

Así lo percibió el estudiante sevillano Ruano, alter ego de Rafael Senra, que lo explica en su novela del modo siguiente: «Sin poder asegurar si ello se debía al contenido de las explicaciones o a la belleza de su profesora [de griego], lo cierto es que Rogelio Ruano quedó definitivamente identificado con lo que denominaba el sistema de deidades griego, mucho más divertido, dinámico e imprevisible que el aburridísimo e infumable monoteísmo que presidía la vida cotidiana de su familia y de casi toda la sociedad…» (Ruano, p. 33).

Algo acerca de los misterios y sus ceremonias conté hace años en un post que titulé “Muchacha que huye” (1) en honor de la figura que pueden ver debajo de estas líneas. Fue encontrada en las proximidades de la Iera Oikós (la Casa Sagrada), junto a la salida sur del recinto amurallado, y debió de formar parte del frontal de un templo, de modo que la singular inclinación de la figura al correr quedaría sin duda equilibrada por el juego de las diagonales del conjunto de la composición escultórica.