viernes, 29 de octubre de 2021

LA RONDA DE LOS NIÑOS PERDIDOS

 


Mercedes (dcha.) y Carmen en la Ronda del Carril de La Garriga, años cincuenta del siglo pasado. A ellas dos va dedicada esta historia, contada por un varón, de modo que los papeles se invierten. Para que Carmen ría un poco, y Mercedes no llore más.

 

“Peter Pan y Wendy” es el cuento de los cuentos, el artefacto más sofisticado que se ha ideado para motivar a los niños a crecer sin desvíos peligrosos. Su tema crucial es el desfondamiento íntimo de los varones de cualquier edad cuando llega la hora de acostarse y no tienen una madrecita  que les cuente cuentos.

El varón tipo, que a lo largo de la jornada ha competido sucesivamente por ser el más rápido, el más alto y el más fuerte (citius, altius, fortius, según el viejo lema olímpico), en definitiva el más heroico y admirable de entre sus pares, se ve a sí mismo a la hora crepuscular, de improviso, desnudo, y siente vergüenza, como consta en la Biblia que sucedió a nuestros primeros padres cuando perdieron, a lo tonto, un paraíso terrenal que les había sido ofrecido en bandeja.

En el libro de James M. Barrie se describe la monótona ronda de la isla de Nunca-Jamás. Si un espectador imparcial se situara en un punto estratégico de la isla, oculto detrás de un matorral, vería pasar primero, por ejemplo, a los guerreros adornados con pinturas de guerra de la tribu india, que andaban buscando brega a los piratas para dirimir la supremacía en una gran batalla. Un éxito bélico sonado les permitiría celebrar una fiesta con tambores y bailes junto al fuego, lo que amenizaría considerablemente las expectativas de una noche de luna nueva.

El hipotético espectador vería pasar a continuación al grupo de los niños perdidos, siguiendo las huellas imperceptibles de los mocasines de los bravos que habían pasado poco antes por allí. Irían guiados por Peter Pan y Campanilla de Cobre, y su intención sería asimismo armar una buena zapatiesta para tener algo que celebrar.

Detrás de los niños, y con su mismo andar sigiloso, vendrían los piratas mandados por Jimmy Garfio. Los piratas estaban hartos de que los niños se interpusieran en su intrépido batallar con los indios. Les estorbaban, en una palabra, y por eso planeaban deshacerse de ellos con un golpe arrasador. Andaban buscando su hogar subterráneo, tan bien escondido que aún no les había sido posible localizarlo.

Y detrás de los piratas, el observador oculto en el matorral vería pasar al cocodrilo cuyo ideal en la vida era comerse entero al capitán Garfio, después de haber probado una mano sabrosísima, y tragado junto a ella el reloj de pulsera que seguía funcionando en su tripa y declamando su tic-tac.

Después pasarían de nuevo los indios. El orden de la procesión es invariable, interrumpido solo por repentinas refriegas entre los distintos grupos.

En este esquema, que admitía sin embargo algunas variantes (la laguna de las sirenas, por ejemplo), irrumpió la necesidad de los niños de una madrecita que les zurciera la ropa y les contara cuentos por la noche, de modo que pudieran dormir con sosiego antes de la siguiente heroicidad. Peter, como buen líder del grupo, se desvivió por remediar la baja moral de su equipo y llevó a la isla, con algunas dificultades, a Wendy, una madrecita maravillosa con un repertorio inagotable de cuentos.

La llegada de Wendy desestabilizó la situación. Campanilla de Cobre, celosa, intentó que el Simplón le diera muerte, diciéndole que la orden venía de Peter Pan. Garfio sintió la presión de sus propias bases, y raptó a Tigre-Lirio, la princesa india, para que contara cuentos a los feroces piratas solitarios, perdidos en nostalgias de la infancia en sus camastros del “Alegre Rogelio”. El plan falló por una alianza niños-indios que liberó a la princesa y permitió ¡por fin! una gran fiesta nocturna con la que espantar el fantasma de la añoranza del hogar.

Pero Garfio había descubierto entre tanto la casa subterránea de los niños, se apoderó de todos ellos y colocó una bomba de relojería para acabar con Peter Pan.

Campanilla salvó a Peter, Peter salvó a Wendy de los dientes del cocodrilo cuando ella ya paseaba por la tabla dispuesta en la amura, y todo concluyó en una apoteosis heroica.

Pero cuando la edad del heroísmo acabó, los niños decidieron por votación unánime regresar a sus casas y crecer. Peter quedó como el único inasequible, condenado a la soledad con la única compañía de Campanilla. Wendy dejaría entreabierta la ventana de su dormitorio para que los dos habitantes de Nunca-Jamás pudieran escucharla, en las noches en que la melancolía se hacía insoportable, contar cuentos a sus hermanos, y años más tarde también a sus hijos y a sus nietos.

Así es el mundo. Los narradores de historias cohesionan el grupo humano, le dan marco, escenario y trasfondo, le permiten crecer, interactuar, situarse en relación con los demás. Cuando las historias orales dejan de ser suficientes para alimentar el proceso, aparece el libro, ese junco capaz de contener dentro de sí el infinito, y ya no estamos nunca solos porque nos acompañan miles, millones de voces de todas las épocas y todos los países posibles.