martes, 19 de octubre de 2021

EL CHARLATÁN QUE FUE A LA ONU A VENDER UN CRECEPELO MILAGROSO

 


El archiconocido escenario de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

 

Ayer falleció Colin Powell, de complicaciones por el covid. Es un hecho triste, más o menos como el de que Franco muriera en la cama. De existir la justicia poética, Powell habría sido ahorcado junto a Saddam Hussein. Había jurado ante el mundo que existían pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. No hizo públicas tales pruebas por tratarse de un secreto militar de Estado: “Créanme bajo palabra”, dijo en la Asamblea de la ONU.

Se invadió, y no se encontró ningún arma de destrucción masiva, casi ni siquiera había de las otras, a pesar de las fanfarronadas de Saddam, que se escondió en un zulo bajo tierra cuando vio venir a por él las tropas aliadas (ya saben, las de Bush, Blair y Aznar, también estuvo presente la Marca España en aquel entremés).

Los guionistas de Hollywood habían descrito con todo detalle la base atómica subterránea de Saddam, situándola en la isla del Dr. No. En la realidad era solo un zulo, en el pueblo natal del Supermalvado. Colin Powell se tuvo que tragar sus juramentos bajo palabra.

¿Por qué hizo aquello? Todo había empezado el 11-9, con la tremenda conmoción del atentado con reactores de línea al Pentágono y las Torres Gemelas. Fue una cosa urdida por Bin Laden pero, para los conspiranoicos de la Central de Inteligencia, Osama y Saddam eran uno y lo mismo. El presidente George W. Bush no se puso al frente de la emergencia, sino que desapareció durante unas horas. Se fue a su propio zulo subterráneo, más cómodo sin duda que el de Saddam.

Un bochorno semejante necesita una rehabilitación a su altura, y el pequeño de los Bush (dos eran, dos, y ninguno era bueno) juró hacérselas pagar a aquel Saddam Bin Laden que le había dejado en ridículo. Se exhibieron fotografías borrosas que podían significar que había almacenes de armas atómicas en Irak, o bien posiblemente cualquier otra cosa. La comunidad internacional las consideró insuficientes como elemento de prueba; igual podían ser jaulas para conejos.

Bush se fotografió entonces cantando rancheras con el trío de las Azores. La imagen gustó, pero tampoco aquello fue considerado decisivo en el foro de las naciones. Solo quedaba el recurso a Colin, el general de la guerra del Golfo, el secretario de Estado para todo.

─Hazlo por mí, Colin. Tú puedes.

Colin acudió a la ONU y comprometió allí su prestigio. Luego se desencadenó la batalla de todas las batallas. Luego el asunto acabó como acabó, y Colin fue destituido de su cargo. “¡Paren las rotativas y cambien la portada!”, vociferaron los directores de los medios informativos internacionales.

Colin se retiró a la vida privada, y ayer falleció de las complicaciones de un covid mal curado. Esto no habría ocurrido jamás, de haber existido la justicia poética.