sábado, 23 de octubre de 2021

ZURRIBURDI

 


Sentados en el baluarte que prolonga hacia el oeste el muelle del puerto de la isla de Hydra, en el golfo Sarónico (2016). Al fondo, un viejo cañón inutilizado desde hará ya un par de siglos. Una metáfora oculta bajo el sol.

 

“De la carrera de la edad cansados”

(Francisco de QUEVEDO, “Miré los muros”, soneto.)

 

Estamos en otro zurriburdi, uno más, relacionado con el gobierno de coalición. No es fácil ejercer en coalición, por lo que se va viendo. Ni por la izquierda ni por la derecha, añado. Las líneas rojas de la segunda parte contratante en el bocadillo gobernante obligan a peligrosos jeribeques: puede ser la financiación de una escuela de tauromaquia por delante de los estudios universitarios o del fomento de las artes escénicas, de una parte; y de la otra, la consideración del escaño de Alberto Rodríguez como sine qua non.

No se interprete que minusvaloro el escaño, y menos aún el trabajo de Alberto, que cuenta con toda mi solidaridad en este trance. Es solo que convendría hacer más caso del axioma de don Venancio Sacristán: «Lo primero es antes.» En este momento se están resolviendo (mal, a brochazos burdos como los de la restauración de aquel “Ecce Homo”) las líneas sesgadas hacia la derecha de nuestro poder judicial, y convendría poner más atención en el bordado de realce. En lugar de eso, a la prepotencia de las derechas se opone el ultimátum desde la izquierda. Ojo por ojo, Batet por Rodríguez. Lo de Alberto podría tener solución un poco después, si se despeja lo suficiente la batería de jueces llamada a decidir sobre él. “Debería” tener solución, quiero decir con más vehemencia, porque lo que se ha hecho con él es una infamia jurídica.

Vamos ahora a mirar las cosas desde otro lado. Se está dando una batalla larga, exigente, desgastadora, conducida desde el Ministerio de Trabajo y Economía Social y respaldada por los sindicatos, por la derogación de las “reformas” laborales, y es el momento elegido por Nadia Calviño para declarar que esa reforma no se debe reformar “tanto”. Al parecer, las cuestiones de la economía no son perfectamente compatibles con lo que en términos de la OIT y de otros organismos internacionales de fuste se ha venido en definir como “trabajo decente”. La prioridad absoluta va a ser, al parecer, subir el PIB con medidas de choque que aceleren la atribución de más riqueza a los más ricos. Luego, en todo caso, vendrán por su orden el resto de prioridades, entre las que la vicepresidenta primera ministra de Economía coloca el trabajo decente en un lugar incierto, tal vez entre la nada y la más absoluta miseria.

Tengo entre mis notas un apunte de La Vanguardia, artículo de Celeste López, según el cual tenemos en España 6 millones de pobres ─de pobres “estadísticos”, personas situadas por debajo del umbral universalmente admitido de la pobreza─, lo que supone un incremento del 50% respecto de 2018. Se trata de secuelas sociales de la pandemia del covid, que no son aquilatadas suficientemente a mi entender en la política económica que ahora quiere emprender la vicepresidenta primera, empujando sin miramientos a un lado a la segunda (Trabajo) y a la tercera (Transición ecológica).

Vaya todo mi respaldo, lo digo sin retóricas, al gobierno progresista de coalición y a su programa íntegro. Pero no está de más que la coalición conlleve una mayor coordinación entre departamentos, y una idea más clara del punto de arribada de la travesía que se emprende. Esto no se arregla con un recurso a la heroica, y los cañonazos disparados en el interior de la fortaleza van a provocar unos daños colaterales tan paralizadores como desastrosos en sí mismos.

Tiéntense todos la ropa, que a muchos de nosotros, estos dimes y diretes nos pillan ya “de la carrera de la edad cansados”.