lunes, 19 de mayo de 2014

MI PRIMA CUQUÍN



Para seguir el hilo general de los comentarios sucesivamente expuestos en este blog (que es el vuestro, queridos lectores), este sería el momento de comentar el gracioso desliz machista de don Tancredo Cañete, que se habrá dado cuenta a posteriori de los peligros de tirarse al redondel a cuerpo limpio y fiar únicamente, para sacar adelante su candidatura electoral, en una facundia bravucona (y antañona) de barra de bar de tapas, amén de cuatro apuntillos del argumentario de la FAES, mal leídos y peor entendidos, para los momentos de apuro en el debate.

También sería el punto adecuado para echar un par de piropos vehementes a Alexis Tsipras y su manifiesto electoral, publicado en el blog hermano Metiendo bulla, en el que por fin he encontrado esa idea-guía para una Europa de los pueblos o mejor aún del pueblo, por la que suspiraba en uno de mis anteriores comentarios.

Volveré sobre esos temas en su momento, pero voy perder (y haceros perder a vosotros, sufridos lectores) un poco de tiempo precioso para rendir un homenaje quizás intempestivo pero sentido a mi prima Cuquín, que se me ha muerto en Madrid el jueves pasado.

He dicho prima, y no es del todo exacto. Pudo ser prima, tía o algo parecido que no hemos sabido precisar nunca, porque dos varones Rodríguez, tío y sobrino entre ellos, casaron en tiempos con dos hermanas Cirugeda, y de uno de esos matrimonios nació mi padre, y del otro Cristina o Cuquín, además de muchas otras personas que al cumplir el mandato divino de crecer y multiplicarse han dado lugar a una profusión inabarcable de primos y primas de diferentes calibres y alcances, valencianos según se dice (y los hay, en efecto), y de otras latitudes.

Cuquín no se casó nunca, cosa sorprendente a primera vista porque era guapa, de carácter abierto y nunca se le advirtió afición a vestir santos. O bien no encontró el hombre adecuado, o, tesis mayoritaria entre sus familiares, sí lo encontró pero no se dieron las circunstancias adecuadas. A ella le gustaba repetir (pero nunca se lo atribuyó a sí misma) un dicho de tía Concha, otra soltera incomprensible en una familia de gran afición casamentera: «Con mi media naranja alguien se ha hecho un refresco.»

El caso es que Cuquín asumió el papel del Punto Fijo de un péndulo familiar que oscilaba en todas las direcciones de la rosa de los vientos. Las puertas de su casa estuvieron siempre abiertas a parientes de toda edad, sexo y condición, y la sagacidad increíble de su mente, parecida en eso a la de Úrsula Iguarán, consiguió llevar la cuenta de la clasificación genética de las diferentes estirpes de josearcadios y aurelianos que los giros sucesivos de la rueda del tiempo fueron arrojando sobre la faz de la tierra.

Cuando de forma imprevista e irreversible yo derivé hacia la izquierda política (algo inusitado en una familia meritocrática de militares y funcionarios, mayoritariamente patriotas, monárquicos, católicos y de derechas con o sin Franco), encontró rápidamente la explicación, «Paquillo va engañado». Y la ubicación genética correspondiente: «Es un Rodríguez de la Rodriguera. Lumbreras todos, eso sí, pero sin pizca de sentido práctico.» De su bien provisto archivo mental sacaba entonces a relucir una retahíla de casos, como el del tío X, al que habían estafado los ahorros de su vida camelándolo para un negocio de minas en Bolivia, o incluso el de mi propio padre, alto funcionario del ministerio de Hacienda, que en lugar de robar como hacían otros más listos, se había quemado las pestañas y dejado la salud en un cargo al que dedicó durante años sus mejores esfuerzos sin ánimo de lucro. Para lo que sirve ser honrado…, ironizaba, pero más que criticar lo que hacía era blasonar de esa incapacidad familiar para los negocios, que trascendía en nuestro caso el defecto individual para constituirse en un rasgo genético hereditario: «Los Rodríguez a los duros les dan patadas.»

Desde una sólida arquitectura mental, mi prima Cuquín hizo esfuerzos por explicarlo, comprenderlo y perdonarlo todo. Tenía una espontaneidad impulsiva para calificar acontecimientos y personas con unos juicios relampagueantes, casi siempre certeros. Cuando no lo eran y se daba cuenta, le dolían muy dentro sus propias palabras: «¡Qué imprudente, Dios mío, qué imprudente he sido!»

Volcada en la atención a los demás, y en particular en sus últimos años al cuidado de Marichu, su hermana mayor, no prestó atención a los achaques de su propia salud, hasta que esos achaques se le echaron encima sin remedio posible. Sus últimas palabras, a las dos sobrinas que la acompañaban en el momento de la misericordiosa inyección de morfina que le permitió descansar su última media hora de vida, fueron: «Yo creo que ya me voy para arriba, cuidad vosotras de mi hermana.»


Lo harán. Podemos ser optimistas, la ciencia de la genética nos asegura que aparecerán en el mundo otras Cuquines que remediarán la ausencia de la que se nos ha ido.

viernes, 16 de mayo de 2014

EL MÓVIL DEL CRIMEN

La muerte a balazos de la presidenta de la Diputación de León ha removido las aguas legamosas de la política nacional en un momento delicado por la coincidencia con una campaña electoral que no se caracteriza por la manifestación de pasiones desbordadas ni entre los candidatos ni en el electorado. Dos concejalas socialistas gallegas han sido obligadas a dimitir ipso facto por haber tuiteado alusiones poco favorecedoras para la víctima. Ya se sabe cuánta importancia tiene guardar los modos y las convenciones de la corrección política, pero sorprende, sin embargo, que un “quien siembra vientos…” genere una dimisión fulminante mientras que no tenga sanción llamar “malnacidos” a los militantes de Bildu, como hizo el señor Iturgaiz porque juzgaron que el asesinato no era motivo suficiente para interrumpir su campaña electoral. Anotemos para futura referencia el dato de que también en la corrección política se otorgan bulas y existe la ley del embudo.

El exabrupto de Iturgaiz habría tenido sin duda más razón de ser en el caso de que el asesinato de Isabel Carrasco hubiera tenido un trasfondo político, pero no es el caso, a no ser que hayan intervenido móviles criminales relacionados con la fontanería interna del PP, cuestión de la que no ha aparecido hasta el momento ningún indicio verosímil. Y aunque así fuera, ¿por qué habría de cambiar Bildu su calendario de campaña, tratándose de un asunto interno de otro partido?

Por otro lado la investigación del crimen, narrada con abundancia de detalles en los medios, ha estimulado mi afición a las deducciones detectivescas, bien entrenada por la lectura frecuente de novelas policiacas. He seguido con curiosidad, en planos urbanos y gráficos adjuntos a las crónicas periodísticas, los meandros del trayecto entre la vivienda y el despacho oficial de la víctima, vía pasarela peatonal sobre el río Bernesga; la búsqueda y sorpresiva aparición del arma del crimen, y las precauciones y rodeos adoptados por las luego detenidas para disimular los hechos. Los asesinos de las novelas lo hacen bastante mejor, es la primera conclusión provisional a la que he llegado. Las dos imputadas actuaron con premeditación, puesto que compraron la pistola hace más de un año (a un yonqui, ya fallecido) y acecharon a su víctima durante al menos cinco días, a la espera de que saliera de su casa sola. No lo hizo en todas las ocasiones anteriores, y tampoco lo habría hecho el día de autos de no ser porque el novio de Isabel tuvo la fatal ocurrencia de despedirse de ella en la puerta e ir por su cuenta al despacho en moto, dando un largo rodeo, en lugar de acompañarla.

Otra circunstancia favorable, también casual, fue el hecho de que una policía municipal amiga de una de las sospechosas tenía su coche aparcado en las cercanías y hasta el día siguiente no se le ocurrió mirar el contenido del bolso que alguien había dejado en el asiento trasero, en el que estaba la pistola utilizada. Se trata de dos circunstancias curiosas, nada más, a las que sería muy aventurado intentar sacar punta, sobre todo porque al cabo de sólo algunos minutos del crimen, las dos sospechosas fueron detenidas a menos de 500 metros del lugar de los hechos. Con un cúmulo tan grande de casualidades favorables, esta rápida detención consagra casi un récord de torpeza criminal.

La visión de conjunto que emerge de los hechos dados a conocer por la prensa sugiere que el crimen no ha tenido connotaciones políticas, ni tampoco laborales propiamente dichas, sino que se inscribe en un entorno intensamente afectivo. Había “inquina” entre la muerta y sus presumibles matadoras, y la causa de la misma parece derivar de la ruptura que se produjo entre ellas al final de una etapa de predilecciones y tratos de favor muy marcados. Los motivos de la ruptura y de la inquina no se han hecho públicos. Quizá no lleguemos a conocerlos nunca, si las instancias oficiales actúan con eficacia y cubren con un velo decoroso determinadas circunstancias de la personalidad íntima de las personas implicadas. Lo que resulta infantilmente absurdo es atribuir el crimen a la “crispación” política y al radicalismo fanático de los opositores al gobierno del partido popular. Esa es, sin embargo, justamente la explicación predilecta en las explicaciones de  la llamada caverna mediática. Una manifestación más, por si faltaban, del “todo aprovecha” en el debate político, que algunos practican esforzadamente a “piñón fijo”.

miércoles, 14 de mayo de 2014

DE LA INDIFERENCIA A LA NO DIFERENCIA

Los oráculos más acreditados auguran malos tiempos para la lírica. En vano se esfuerza Mariano Rajoy en anunciar al mundo día tras día buenas noticias para el mes próximo y mejores aún para el siguiente: la ciudadanía no está por la labor, las fuerzas vivas se encogen de hombros y la valoración del carisma político del presidente en términos de sondeos de opinión se aproxima infinitesimalmente a la raíz cuadrada de menos uno. Tampoco en los cuarteles del primer partido de la oposición está la militancia para tirar cohetes: el descenso de sus expectativas es simétrico al del gobierno, y la desafección de su electorado está tomando proporciones superiores a las del deshielo de la Antártida.

Dos analistas políticos agudos, Sol Gallego Díaz y Miguel Ángel Aguilar, han coincidido en detectar en las dos formaciones básicas del bipartidismo patrio indicios de una misma estrategia, la de fomentar la indiferencia del votante con una campaña europea cansina, rutinaria y repetitiva. Curioso expediente, este de alejar a los demócratas de las urnas. Una abstención elevada sería el recurso más eficaz para preservar el cupo de electos de cada cual. Con una participación en torno al 80% los pronósticos auguran la invasión galopante del pluripartidismo y del radicalismo (que viene a ser lo mismo), la desestabilización de la escena política, la ingobernabilidad, el caos, y lo peor de todo, la mala imagen delante de los socios europeos. Con la mitad de participación, el 40% más o menos, todo quedará disimulado porque un escaño europeo valdrá solo la mitad de votos, y eso es más asumible. En este contexto, las elecciones europeas dejarían de ser significativas ni siquiera como “muestra fiable” para las municipales y las generales, y se les asignaría un valor nulo de cara a las expectativas de los grandes partidos en las próximas contiendas.

El ingenioso expediente sirve para salvar los muebles en el corto plazo, pero ¿y luego? Ni Mariano ni Alfredo, nuestros dos prohombres, se sienten con fuerzas para dar un golpe de timón en las presentes circunstancias; lo suyo de siempre es contemporizar. De ahí que empiece a barajarse en los cenáculos a la moda  una idea no muy luminosa pero sí bastante práctica: la de sumar los reducidos esfuerzos al alcance de ambas formaciones, en vez de restar como se venía haciendo hasta ahora. Se acabarán las descalificaciones, las herencias recibidas y los “y tú más”. Nadie está del todo seguro de lo que dará de sí la suma de dos raíces cuadradas de menos uno, pero las calculadoras de bolsillo ya están echando humo. Después del diluvio de las generales, dicen, brillará el arco iris de la Gran Coalición. Después de la indiferencia, vendrá la no diferencia. “España lo necesita”, ha afirmado en una entrevista Felipe González. La estabilidad y la gobernanza del país estarán aseguradas para un ¿largo? ciclo político. Partiendo de la nada, nos habremos elevado hasta las cimas de la más absoluta miseria.



lunes, 12 de mayo de 2014

EL PARÉNTESIS

A José Luis López Bulla, en la estela del Primero de Mayo

El punto de partida es una frase de Alice Munro, muy aguda: «Estaban en la treintena. Una edad en la que es difícil a veces admitir que lo que uno está viviendo es su vida.»

Yo tenía treinta y un años cuando murió Franco. Treinta y tres en la época de las grandes manifestaciones por la libertad, la amnistía y el estatut de autonomía. Treinta y siete cuando una escisión en la izquierda catalana provocó un corrimiento general en las filas de la militancia y me vi proyectado de sopetón a la dirección confederal de mi sindicato. Nadie piense que hubo ninguna imposición ni apremio en dicha proyección. Se me hizo un ofrecimiento comprometido, pero perfectamente rechazable. Entendí de forma cabal el dilema: la política es eso, cuando una pieza falla se busca un recambio más o menos adecuado que esté a mano. En el caso de que también yo fallara, o de que ya de entrada no me viera con fuerzas para aceptar, otro ocuparía el puesto. Nadie es insustituible.

Ni por un momento pensé en la opción de renunciar. Quería probar. Me sentí, sin embargo, como apunta Munro: espectador interesado de una vida que me costaba admitir que era la mía. Pensé en mí mismo como el beneficiario de un privilegio no del todo merecido, y también como el suplente de un equipo de fútbol, llamado a jugar dos o tres partidos mientras el titular se recupera de una lesión. La comparación no era exacta porque yo constaba como titular a todos los efectos, pero di por descontado que alguien, la persona correcta, aparecería en cualquier momento, y entonces yo me haría a un lado. Todo se limitaría a un paréntesis en mi vida real. (Supe luego que la vida real no tiene paréntesis, uno la vive y eso es todo.)


El “paréntesis” concluyó hace mucho tiempo, a finales de los años ochenta, y mi actividad profesional pasó a centrarse en otras esferas. Quizás aquella sensación mía de provisionalidad me hizo comportarme en el desempeño de mis responsabilidades sindicales con alguna inseguridad pero, no hay mal que por bien no venga, también tuvo una ventaja incuestionable: cuando dejé el puesto lo hice por mi voluntad, y sin frustración ni resentimiento hacia nadie, como he visto que les ha ocurrido a otras personas. Desde entonces y con el paso de los años, el recuerdo de aquel tiempo se ha teñido de una nostalgia desbordada. Así pues, mi etapa de actividad sindical, la misma que pude tener alguna vez por un paréntesis transitorio en mi vida “real”, la valoro hoy como el dato fundamental de mi autobiografía.

domingo, 11 de mayo de 2014

LA FIESTA DEL DESEO

Les propongo que me acompañen, si no representa una pérdida excesiva de su valioso tiempo, al interior de una mansión noble de los alrededores de Sevilla, propiedad del conde de Almaviva. Allí Fígaro, barbero y factótum del conde, prepara sus bodas con Susana, la camarera de la condesa. Por desgracia para él, asoman en el horizonte nubarrones negros: el conde no dará su necesaria autorización al enlace a menos que Susana consienta en compensarlo prodigándole sus favores, desde luego a escondidas de Fígaro y de la condesa Rosina. Esta última, mientras, entretiene el olvido al que la condena su marido en retozos no del todo inocentes con el paje Cherubino. A su vez, Cherubino – “mariposón amoroso”, lo llama Fígaro – promete amor eterno a Rosina pero al mismo tiempo chantajea a Susana (si te lo haces con el conde habrás de hacértelo también conmigo, a menos que quieras que le cuente el pastel a tu futuro) y se entiende con Barbarina, la hija del jardinero. Otra dama, Marcelina, ama de llaves del conde, está decidida a frustrar la boda de Susana y ser ella misma la novia de Fígaro, a quien tiene atado por una deuda que él no puede pagar. La situación potencialmente explosiva se desencadena a partir del momento en que Fígaro, enterado por Susana de los propósitos de Almaviva, decide vengarse de su amo: «Si quiere bailar, señor condesillo, yo le acompañaré con el guitarrillo.»

Pero la venganza de Fígaro no funciona, y provoca una violenta explosión de celos del conde contra su esposa. Entonces quienes le preparan una trampa son la condesa Rosina y la criada Susana, cómplices en la defensa del amor de cada una y del respeto por ellas mismas. Susana da cita a Almaviva en un bosquecillo del jardín que rodea la casa, asegurándole que le ofrendará las primicias de su amor en la misma noche de bodas. Almaviva está radiante; poco antes expresaba con rabia su negativa a facilitar la felicidad de su criado a costa de su propia desgracia (Vedrò, mentr’io sospiro / felice un servo mio?). Una vez celebrada la ceremonia, es la condesa quien acude a la cita galante vestida de criada, mientras Susana se disfraza de condesa y aguarda el desenlace en el jardín. El plan está a punto de fracasar por la aparición sucesiva en escena de los tres gallos del corral. En la oscuridad, Cherubino asedia sexualmente a la que él cree Susana, hasta que lo ahuyenta la llegada de Fígaro, que se ha enterado de la cita entre su esposa y su señor. Fígaro ve a la verdadera Susana y fingida Rosina, y corre a proponerle un intercambio vengador: ya que el conde les pone los cuernos a los dos, ¿por qué no pagarle con la misma moneda? ¿Sin amor?, pregunta ella. Sustituidlo por el despecho, sugiere él. Susana reacciona con una lluvia de bofetadas, y el ruido atrae al conde, en camino hacia su cita. Al ver juntos a su esposa y su criado, llama a la alarma y exige justicia sumaria e inmediata para los dos delincuentes. Aparece entonces la verdadera condesa, y la aclaración del equívoco provocado por los disfraces concluye en un final ¿feliz?

La comedia Las bodas de Fígaro, de Beaumarchais, tuvo tal éxito de público en la Francia prerrevolucionaria que su autor fue a parar a la cárcel. El argumento era demasiado escandaloso, sobre todo por una razón: la intolerable mezcolanza de nobles y plebeyos que intercambiaban sus personalidades y sus solicitudes en los enredos amorosos de la trama. En una sociedad establecida a partir de jerarquías muy definidas, la clase dominante necesitaba justificar sus privilegios alegando una superioridad moral capaz de marcar la diferencia con las clases subalternas.

Y sin embargo dos genios, un compositor (Wolfgang Amadeus Mozart) y un letrista (Lorenzo da Ponte) se propusieron convertir aquel enredo libertino en una ópera respetable, amparada por las banderas del amor y la fidelidad conyugal. Al personaje más problemático, Cherubino, se le adjudicó una voz de mezzosoprano, de modo que a la vista del público pasaba a la condición de “chica disfrazada de chico que se disfraza de chica”, y su coqueteo desvergonzado con la condesa perdía carga explosiva. En teoría, claro. En la realidad, la película Amadeus ha descrito las dificultades por las que pasó el proyecto Mozart-Da Ponte, debido a problemas con la mentalidad conservadora de una sociedad bien pensante, con la religión, con la censura imperial y con las envidias de otros músicos de la corte, Salieri y compañía. El emperador se impuso a todos y patrocinó el estreno, pero ahí se detuvo. Le nozze di Figaro se representó una sola vez en vida de Mozart. Es una obra maestra absoluta, la fiesta del deseo, de un deseo plural, democrático y transgresor, que arrasa con todas las convenciones. Nunca se ha cantado el amor sensual de una forma más bella. Están las dos arias de Cherubino (Non so piú cosa son, cosa faccio, y la celebérrima Voi che sapete), las de la condesa (la cavatina Porgi amor, y el Dove sono), y la de Marcelina (Il capro e la capretta), pero quiero señalar en especial la hermosísima expresión del deseo amoroso en el aria Deh, vieni, non tardar, que canta Susana en el jardín justo antes del Finale del último acto: Qui ridono i fioretti e l’erba è fresca / Ai piaceri d’amor qui tutto adesca. / Vieni, ben mio, tra queste piante ascose / Ti vo’ la fronte incoronar di rose. “Aquí ríen las flores y la hierba es fresca, todo está dispuesto para los placeres del amor. Ven, bien mío; ocultos entre estas plantas, coronaré de rosas tu frente.”

El Fígaro de Mozart mereció la atención del sombrío filósofo Sören Kierkegaard, en un ensayo tituladoLos estadios eróticos inmediatos o el erotismo musical. Cherubino, Don Giovanni y Fausto personifican para él los tres estadios de la relación erótica, que comienza con la indeterminación del objeto amoroso, prosigue con la seducción y finaliza en la duda y en la angustia. No es obligado seguirle hasta el final de su argumento, como tampoco hace falta estar de acuerdo con la asociación tal vez demasiado traída por los pelos que establece Wilhelm Reich entre la revolución sexual y la revolución social. Yo me he limitado aquí a señalar la condición democrática radical del deseo amoroso, y el hecho de que, a través de la subversión de las convenciones y las jerarquías, y de la liberación de las ataduras sociales, apunta a un orden moral y social nuevo. Un orden en el que, para utilizar una imagen de Goethe retomada en fecha reciente por el sociólogo Ulrich Beck, «florece el limonero» y la vida alcanza una calidad mejor y más grata para todos.

sábado, 10 de mayo de 2014

LA FIDELIDAD DE RAIMON

Desde mi butaca en el segundo piso de un Palau de la Música abarrotado, y mientras presenciaba uno de los recitales más redondos y completos de Raimon a los que he asistido (y han sido muchos), se me ocurrió que la fidelidad inquebrantable de su público es un reflejo de la fidelidad del propio cantante y poeta a sí mismo. «T’he conegut sempre igual», fue su elogio en los años oscuros a Gregorio López Raimundo. Nosotros, su público, podíamos habérselo cantado a él anoche.

Dos imágenes de una fuerte carga simbólica dan título a dos de sus primeras canciones y recorren a partir de ahí toda su poesía: “el vent” y “la nit”. El viento sopla en contra, estamos expuestos «al vent del món». Constatación metafísica quizás, pero más tarde, y sobre todo, expresión de un compromiso civil:«Encarat sempre amb el vent / a contracorrent m’he fet.» Lo mismo ocurre con la noche: es una enemiga existencial («… de cremar amor nit vella / de sentir la mort tot sol. / La nit. / La nit és llarga, la nit»), y también portadora de amenazas muy palpables para unos militantes clandestinos que temen que el ascensor de la represión se detenga en su piso: «… jo i tu impotents front a la nit: / aquesta vella, odiada nit.» Y en otro poema, enlazado al anterior: «Ells arribarien de nit, n’érem segurs.»

Se produjo en un momento crítico, para suerte de Catalunya, el encuentro y el reconocimiento mutuo de dos grandes figuras de una cultura ninguneada desde el poder, ambiciosa en las formas y resistencial en los contenidos: Raimon cantó a Salvador Espriu, y Espriu escribió versos para que Raimon les pusiera música. Y se constata la continuidad de las mismas imágenes, en textos de Espriu con la voz de Raimon:«elevem en la nit un cant a crits»  y «home salvat en poble contra el vent» (en Indesinenter), «Però ara és la nit, i he quedat solitari…» (Cançó de capvespre), «Amb el vent contra tu, cavalls salvatges»(Cancó del triomf de la nit), «Ah, joves llavis desclosos després de la foscor, si sabíeu como l’alba ens ha trigat, com és llarg d’’esperar un alçament de llum en la tenebra!» (“¡Ah, labios jóvenes abiertos después de la oscuridad, si supieseis cuánto ha tardado el alba, qué larga ha sido la espera de una luz que se alza en la tiniebla!”, Inici de càntic en el temple.)

Y también cuando Raimon puso música y voz a la gran literatura en lengua catalana, fue a elegir las mismas imágenes en la obra de Ausiàs March: «Veles e vents han mos desigs complir…» (Velas y vientos han de satisfacer mis deseos), «Lo jorn ha por de perdre sa claror / quan ve la nit que expandeix ses tenebres…» (El día teme perder su claridad al llegar la noche que extiende sus tinieblas.)

Hay una gran consistencia en el mundo de imágenes poéticas de Raimon, en particular las que se refieren a vivencias no estrictamente individuales, a las «que jo sent junt amb altres», “que siento junto con otros”. La secuencia completa viene a ser la siguiente: Contra el viento, en la noche, el canto quiebra el silencio del miedo, «de la por». Y ese canto, que expresa un rechazo, un gran No, se hace colectivo, coral: «Diguem No», «No anirem al darrera d’antics tambors», «Nosaltres no som d’eixe mon», «No em trobe sol, company, no et trobes sol.» He ahí el “mensaje” inequívoco del primer Raimon, del Raimon que sigue imperturbable entre nosotros. (Qué gran acierto el prólogo del recital de anoche a cargo de la coral infantil del Orfeó Català. Nada más apropiado que un conjunto de voces de niños para entonar “D’un temps, d’un país” y “Diguem no”.)

Junto a las imágenes, consistencia también en el instrumento: la lengua. Nunca ha querido Raimon utilizar en su carrera otra distinta de su lengua materna. Dos adjetivos para ella: estimada, maltractada. Y por fin, consistencia en la fuente de su inspiración, en ese fondo colectivo del que surge la canción: el pueblo, la gente, las calles repletas de hombres y mujeres que trabajan «als petits tallers, a casa o al camp.» No hay mística ni glorificación en la lucha antigua, sorda y constante de esa gente, «gent que anomenen clases subalternes», «gent sense místics ni grans capitans, / que viuen i moren en l’anonimat.»

Un cronista del recital del Palau ha apuntado la hipótesis de un “alejamiento” progresivo de Raimon de la política. No lo creo. La palabra alejamiento implica cambio de posición relativa, y Raimon siempre ha estado en el mismo sitio. «Ara digueu: ens mantindrem fidels per sempre més al servei d’aquest poble», ha cantado y sigue cantando con palabras de Espriu. Esta fidelidad a sus raíces («qui perd els orígens, perd l’identitat») sigue presente, poderosa, intacta. Quizás, pienso yo, no ha sido Raimon quien se ha alejado de la política sino la política, y me refiero a la política partidaria, la que se ha alejado de Raimon. No de él en particular, claro, no hay nada personal en este asunto. Quizás la política, enfrascada en magnos empeños superestructurales, se ha alejado del pueblo, de la calle, del trabajo, de las clases subalternas, de todo lo que Raimon canta y sus seguidores cantamos con Raimon.
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viernes, 9 de mayo de 2014

LOS CREYENTES TAMBIÉN MATAN



El cura párroco de Canena es el último ejemplar de esa conducta tan frecuente en nuestros días de soltar la barbaridad primero y recoger velas luego, cuando aparecen las críticas mediáticas. Antes lo han sido el fulano que tiró un plátano a Dani Alves en el córner de un campo de fútbol, el que prendió fuego a la bandera española que ondeaba en el balcón de un Ayuntamiento, y la señora empresaria que criticó los planes de empleo juvenil. Y hay muchos más casos, si los buscamos. Ninguno de los citados era tan joven como para encontrar una coartada en la irreflexión. En todos ellos el gesto parece responder a un movimiento de ira irracional contra un enemigo insidioso al que se agrede de palabra o de hecho en el curso de un “calentón” por el que más tarde se pide un perdón ambiguo. “Yo no soy así”, han dicho algunos de esos protagonistas cuando se han visto retratados a sí mismos con demasiada crudeza en los medios.

Se equivocan. Sí que son así, o al menos son así también, aparte de los bellos sentimientos que sin duda les adornan en otros aspectos. Los gestos criticados escaparon en un momento dado a su control pero estaban dentro de ellos, no fueron el resultado de ningún accidente externo ni de una posesión diabólica.

Muy en particular se equivoca el señor cura de Canena. Al margen de sus explicaciones, de la solidaridad del obispado y de que sus razonamientos en el curso de un sermón de primeras comuniones hayan sido mal entendidos, se equivoca en los datos que maneja. No matan sólo los ateos, o los agnósticos, o los musulmanes; también matan los católicos creyentes. Mire a su alrededor sin anteojeras, y lo verá. Diré más. Hace treinta o cincuenta años, la violencia de género se contenía en el límite de la paliza a veces (igual que pasa ahora), y a veces no. También se mataba, sin estadísticas y con mucho menos runrún mediático, pero se mataba. No hubo ni más respeto a la mujer ni más moral (moralina, en todo caso) bajo el franquismo. Hubo la reducción de las mujeres a un gueto propio (la cocina, la iglesia, las labores, el papel de esposa y madre) y el castigo severo de la descalificación social a las que buscaban horizontes más allá de aquel molde demasiado estrecho: las frívolas, las ventaneras, las estudiantes marisabidillas, las deportistas, las divorciadas, o simplemente las modernas. En la doctrina canónica tradicional de la santa madre sigue vigente la jurisprudencia de que en una violación la culpa está compartida en los casos en que la violada «se puso en la ocasión». Y no eran ateos los inventores de ese dicho atroz: «La mujer, la pata quebrada y en casa.»

Y también bajo el franquismo, porque no hay nada nuevo bajo el sol, cuando un marido se excedía en el “merecido” (y jaleado por la iglesia) castigo a los devaneos reales o presuntos de su legítima, hasta el extremo de modificar de pronto su estado civil de casado al de viudo, justificaba a posteriori su conducta explicando a amigos y convecinos: “Yo no soy así.”


miércoles, 30 de abril de 2014

SOBRE EL DESEO AMOROSO

A Raimon

Por la diada de Sant Jordi me atreví a escribir unas notas apresuradas sobre las mujeres y la literatura. Mi texto fue, espero, acorde con el paradigma más exigente de la corrección social. Incluí en él – muy apropiadamente, creo – dos versos de Ausiàs March, también correctos hasta un punto exquisito. Pero este blog tiene por objeto mostrar el punto y el contrapunto de realidades que, como he sostenido en otras ocasiones, son poliédricas y contradictorias, y no se dejan abarcar desde un solo punto de vista. No es sólo que todo buen ortodoxo resulta ser el perverso hereje de otra persona adepta a una ortodoxia diferente, sino que en nosotros mismos la ortodoxia y la herejía, el bien pensar y el desvarío, se mezclan e interfieren sin remedio en una confusión que viene a expresar la complejidad de la vida misma. La “vida tal como es” tiene una densidad que la vuelve refractaria a las simplificaciones de los esencialismos y las ideologías. Nunca o casi nunca se deja encasillar en una cuadrícula milimétrica.

Volvamos a Ausiàs March, o si lo preferís a Oseas Marco, nombre con el que fue inscrito el joven poeta en la expedición a Italia del rey Alfonso de Aragón, en el año 1420. Fue Raimon quien me puso sobre su pista. (Aprovecho la ocasión para manifestar que estaré presente como un clavo, una vez más, el próximo 8 de mayo en su recital del Palau.) En una canción sobre la ausencia y el deseo dedicada a Annalisa, Com un puny, Raimon cita dos versos de Ausiàs (Plagués a déu que mon pensar fos mort / e que passàs ma vida en dorment) y comenta hasta qué punto siente y comparte profundamente la raíz «atávica, joven, fuerte» que inspira esos versos. Yo le había oído cantar, de Ausiàs, Veles e vents y No em pren així, dos canciones que sigo escuchando sin cansarme, pero fue el comentario contenido enCom un puny lo que me decidió a emprender la tarea nada fácil de leer a Ausiàs en una vieja edición en dos tomos, regalo de mi suegro (Poemes. Edició crítica per Andreu Pagès, Institut d’Estudis Catalans, MCMXII). El poema cuyos dos versos cité es el XXXIII. Doy completa su primera estrofa, en la grafía anticuada de la obra:

Sens lo desig de cosa desonesta,
D’on ve dolor a tot enamorat,
Visch dolorit, desitjant ser amat.
E par ho be que no us vull desonesta:
Ço que yo am de vos es vostre seny,
E los estats de vostra vida casta.
Molt no deman, car mon desig no basta
Sino en ço que honestat ateny.

Todo lo que se dice es convencionalmente correcto. El deseo amoroso es citado dos veces. Hay una pequeña contradicción en la primera cuando dice del “deseo de cosa deshonesta” que trae “dolor” a todo enamorado, y declara enseguida “vivir dolorido” a pesar de que ha afirmado no sentir tal deseo. Remacha esta última afirmación en otros dos versos: “no pido mucho, porque mi deseo no alcanza más allá de los límites de la honestidad.”

Bonito, pero no veraz. Ausiàs ni siquiera pretende ser creído al pie de la letra. El verdadero mensaje a la amada es más bien: “me contento con lo que me des, pero cuanto más me des, mejor.” Podemos comprobarlo en el remate de otro poema suyo, el LIII, de una ambigüedad, y al mismo tiempo una sinceridad, desarmante (copio de nuevo la ortografía tal como aparece en la obra citada, a pesar de que no es congruente con la del poema anterior):

Lir entre carts, ma voluntat se gira
Tant que yo us vull honesta y deshonesta.
 Lo sant hair aquell del qual tinc festa,
E plau-me ço de que vinch tost en ira.

Corrijo para mí, con base únicamente en mi propio criterio, ese "Lo sant" como "Jo sent", e intento una traducción libre: «Lirio entre cardos, mi voluntad vacila hasta el punto de que os quiero honesta y deshonesta. Siento odio por lo que tanto alabo, y me complazco en eso que luego me enfurece.»

Las contraposiciones y las paradojas son figuras retóricas de las que abusa con demasiada frecuencia la poesía barata; pero en la gran poesía, son también la forma más penetrante y bella de expresar una ambigüedad y una confusión que forman parte de la vida; y dentro de la vida, de nuestros sentimientos y nuestros propósitos.


martes, 29 de abril de 2014

CUÁL EUROPA (Y 2)

En la agenda de la construcción europea están, desde luego, las dos grandes cuestiones de la historia y la economía, pero sobre todo, dice Étienne Balibar en el artículo referenciado en un post anterior, un tercer problema que él define como «de legitimidad y de democracia.» Ocurre que la Unión se ha dotado de un sistema político mixto, con un federalismo imperfecto que aparece esbozado en la división entre unas instancias decisorias propiamente comunitarias y otras reservadas a los Estados miembros. El sistema nunca ha sido estable, debido a derechos de veto y otros mecanismos que permiten a cada una de las dos instancias «organizar su propia irresponsabilidad», en palabras de Balibar. Los problemas que resultan incómodos para un Estado miembro o para la comunidad en su conjunto se encarrilan sin demasiado ruido ni alharacas a una vía muerta. Esa es una de las razones de la inutilidad, por no llamarla ingenuidad, de la reivindicación contenida en algunas candidaturas catalanas a Europa, que reclaman de la Unión que se defina sobre el derecho a decidir. Lo cierto es que la Unión europea a) ni sabe, b) ni puede, y c) ni quiere, entrar en ese tipo de cuestiones “internas”.
Pero si el sistema político europeo era ya antes inestable, la crisis actual lo ha desestabilizado aún más al hacer surgir de su seno una instancia independiente del propio sistema representativo, el Banco central europeo (BCE), que funciona como un organismo prácticamente soberano que impone sanciones a los Estados miembros, dicta leyes y directrices, quita y pone gobiernos, y modifica mandatos constitucionales. Lo hace sin sujeción a ningún acuerdo formal previo, sin debate ni votación en los órganos de representación comunitarios. Sin legitimidad y sin democracia, por consiguiente.
Esa conducta del BCE ha sido justificada por una situación de emergencia económica motivada por la situación gravísima en que se encontraba la moneda común debido a la crisis financiera global; pero lo cierto es que ha inducido otra situación no menos grave para el funcionamiento democrático de las instituciones europeas. Y deja planteada una pesada incógnita para el futuro.
En efecto, si en tiempos Europa aparecía partida en dos por una divisoria ideológica entre Este y Oeste, ahora aparece con claridad una divisoria económica Norte-Sur. Y no parece del todo injustificada la sospecha de que en la floreciente Mitteleuropa alguien se está proponiendo, al socaire de la crisis y mediante el mecanismo de la gestión de las deudas soberanas, colonizar los países del Sur y mantener por tiempo indefinido en ellos una “reserva india” con el pesado yugo del equilibrio presupuestario al cuello, combinado con índices de desempleo altos, salarios bajos y privación de derechos sociales; todo lo cual alimentaría un crecimiento de la productividad sumamente beneficioso para las deslocalizaciones y las inversiones de capitales privados del Norte. No una Europa de dos velocidades, pues, sino una Europa intrínsecamente desigual, en la cual una brújula enloquecida señalaría el sur para los asalariados del Norte, y el norte para los poderosos del Sur.
No hace falta insistir mucho en la idea de que la prolongación de la actual “emergencia” interesa a determinadas instancias políticas: justo las que repiten cada día que estamos «en el buen camino» y todo se va a arreglar en el mejor de los mundos posibles. La legitimidad y la democracia son engorros fastidiosos para el mundo de las finanzas globalizadas, siempre más que dispuesto a dejarlas a un lado con la virtuosa finalidad práctica de acelerar la acumulación de capital. He aquí la primera opción para Europa que se nos presenta: todo lo que ocurre es lógico y normal, no hay que rectificar nada (de hecho, no hay alternativa) y el tiempo se encargará de curar las heridas.
La segunda Europa posible es la que se cierra en sí misma, la que se refugia en los mitos identitarios y expulsa de su seno a los forasteros y a los diferentes. Es la Europa del populismo y de la xenofobia. Su cara es fea, nadie se acoge a ella como primera opción («yo no soy racista, pero…» es quizá el inicio de frase más repetido en estos tiempos; sospechosamente demasiado repetido). En un entorno de lucha por la supervivencia y de desesperación, esa actitud puede hacer estragos entre los votantes. Los está haciendo.
Una tercera posibilidad es la de devolver la iniciativa a los Estados-nación. A partir de la constatación de que las instituciones comunitarias son inoperantes, la propuesta es recuperar la democracia a partir de los Estados como depositarios “naturales” de la soberanía popular. Más poder para los Estados, pues, y menos para la Unión, incluido el grano en el culo de los decretazos del BCE. Algunos proponen además el retorno a las monedas nacionales, puesto que el euro se ha convertido en una cadena pesada que nos mantiene a todos presos e inmovilizados. El euro es un objetivo demasiado vulnerable para los especuladores globales, se dice; sería preferible un sistema monetario internacional más flexible, combinado con un control democrático más riguroso de las inversiones especulativas. Europa como tal pasaría entonces a ser un ámbito político residual, activo sólo a partir de iniciativas propuestas y consensuadas desde los Estados-nación. Es lo que parece proponer un grupo de “economistas demócratas” cuyo portavoz es el francés Jacques Sapir.
Hay una cuarta posibilidad, y es la de retomar la vía de la construcción de una Europa común, una Europa de los pueblos si se quiere utilizar una imagen ya instalada entre nosotros (Balibar propone como alternativa una “Europa del pueblo”, en singular). Es un camino difícil porque exige movilizaciones, y hasta ahora no ha habido grandes movilizaciones por Europa. Requiere en primer lugar la construcción jurídica de un ámbito político comunitario plenamente democrático que resuelva el problema de la legitimación. Habrá que luchar por ello; demasiados intereses creados se conjuran en su contra. Y ese será sólo el primer paso. Hará falta después continuar la ofensiva hasta situar en el corazón de Europa el conflicto social: el trabajo, las condiciones y las garantías del trabajo, los derechos de ciudadanía, la movilidad interna, el trato a los inmigrantes. Tantas cosas. Superar el desfase que existe entre un capital ya plenamente transnacional y un trabajo reducido a los límites estrechos de las legislaciones nacionales. Será necesario llevar a cabo una globalización también del trabajo y sus circunstancias; y los sindicatos habrán necesariamente de dejar de ser “provincianos” (excuso el calificativo; es de Balibar). Y quizás todo eso no baste y haga falta aun algo más: que los movimientos sociales, los “indignados”, se internacionalicen, se organicen para llevar sus reivindicaciones a un ámbito superior de protesta y de propuesta. Sólo en el conflicto y en la protesta, dice Balibar, podrá vivir una Unión Europea democrática. La contra-democracia deberá ayudar en este trance a la democracia.
Todo este complejo de problemas es lo que va a empezar a decidirse para nosotros el próximo 25 de mayo. No serán unas “primarias” que proporcionen un sondeo fiable para lo importante, para las generales. Lo cierto es que la importancia de las generales palidece ante lo que está en juego en Europa. Resulta por ello irrisoria la cifra prevista de participación del 43%. ¿Van a ser capaces las candidaturas presentes de movilizar al electorado con algo distinto de una carta a los reyes magos? 


lunes, 28 de abril de 2014

CUÁL EUROPA

Señala Étienne Balibar, en el artículo que quedó referenciado en el post anterior, cómo la historia de la construcción de Europa no tiene las características de un desarrollo progresivo que se despliega por etapas a partir de un plan director. Es un proceso por etapas, sí, pero en cada una de ellas han variado tanto el plan como el trasfondo de la correlación de fuerzas dominante, de modo que el conjunto no se explica si no se tiene en cuenta la existencia de presiones contradictorias, continuadas y muy fuertes. «Sin la historia, precisa Balibar, no comprenderemos a qué tendencias reales – no reducibles a un “proyecto” o a un “plan” – responde la transformación de Europa en un sistema post-nacional, ni por qué su devenir y su misma forma siguen siendo inciertos en el momento actual.»
Las etapas por las que ha pasado el proceso de construcción de Europa son tres, según el profesor francés; y nos encontramos probablemente en el umbral de una cuarta. La primera etapa, que va desde la creación de la CECA hasta la primera crisis del petróleo, se inscribió en un mundo bipolar y en el contexto de la guerra fría y de la reconstrucción industrial y social.
En la segunda etapa, que abarca desde los años 70 hasta el derrumbe del sistema soviético y la reunificación alemana, «se da una fuerte tensión entre la integración en la esfera de influencia de los Estados Unidos y la búsqueda de un renacimiento geopolítico y geoeconómico de Europa, que avance en paralelo al perfeccionamiento de un modelo social europeo; es esta segunda tendencia la que prevalece en la práctica, bien entendido que dentro de un marco capitalista.» Es la época de Jacques Delors y del condominio francoalemán. En ella se ponen en marcha los proyectos de la Unión monetaria y de la Europa social, las dos pilastras fundamentales en las que se pretende apuntalar el “gran mercado” común. La unión monetaria se salda con un éxito relativo (hay países significados que rehúsan adherirse al sistema), y el proyecto social acaba por abandonarse. El fiasco, señala Balibar, obedece tanto a responsabilidades individuales que convendría esclarecer, como a causas políticas objetivas. Entre estas últimas, señala la presión del neoliberalismo, y (atención, porque de nuestra pequeña parte de culpa somos responsables al ciento por ciento) «la incapacidad del movimiento sindical europeo para pesar sobre las decisiones comunitarias, a causa del provincianismo de sus componentes y del desequilibrio de fuerzas, en un momento en el que se multiplicaban las deslocalizaciones.»
El impulso centrípeto se agota en la tercera etapa de la vida de la Unión Europea, datable entre 1990 y 2007. La hegemonía USA está en declive, pero la construcción de una Europa política se diluye en beneficio de la incorporación a marchas forzadas de la Unión a las premisas del capitalismo financiero globalizado. No es una dinámica proyectada y realizada sólo por las derechas; entre sus abanderados más conspicuos se encuentran el británico Tony Blair y el alemán Gerhard Schroeder, con su decisión de adherirse al modelo de competitividad industrial basado en los bajos salarios. En ese contexto se rompe la colaboración – desde siempre en un equilibrio precario – entre las potencias europeas, aparece la intención depredadora de unas economías hacia otras, se establece la gran contraposición Norte-Sur, y el egoísmo de determinadas patrias lleva al fracaso la gran consulta puesta en marcha para poner en pie una Constitución europea. La etapa concluye con el crash financiero, generado en los Estados Unidos pero cuyas peores repercusiones afectan a países con economías débiles o en situaciones delicadas de transición. Es el caso del grupo PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, Spain) con desequilibrios generados por la inmersión reciente en un sistema de moneda y mercado únicos, lo que conllevaba problemas difíciles de adaptación incluso en el caso de que no hubieran interferido en la situación delirios insensatos de nuevos ricos como los que patrocinó el presidente Zapatero en España durante sus dos mandatos.
Europa está hoy en un impasse, en un callejón sin salida clara. Importa mucho la dirección que adopte a partir del momento solemne de las votaciones del próximo mes de mayo. Balibar apunta varias rutas posibles (tengo intención de comentarlas mínimamente en una próxima entrega), para superar la indeterminación y el bloqueo en que han colocado a las instituciones de la Unión las fuertes confrontaciones que se dan en su seno. Cualquiera que sea la opción elegida, sin embargo, implicará compromisos y decisiones compartidos, de modo que ninguna fuerza política va a poder desatrancar el carro en solitario.
Se equivoca de mucho Elena Valenciano cuando plantea que los “enemigos” son ahora Mas, Rajoy y Merkel. Dicho sea de pasada, ese alineamiento de todos los malos en un mismo montón es puro delirio de patio de colegio; no voy a perder el tiempo comentándolo. Lo grave de la estrategia electoral del PSOE es su ausencia total de autocrítica y de propósito de enmienda. Se vende a sí mismo como un antigripal: “Vótenos y notará alivio instantáneo.” A pesar de que la historia reciente indica que Blair, Schroeder, Zapatero, no se comportaron de forma distinta a como se comporta Merkel. «Tú mueves Europa», pero ¿hacia dónde? Y sobre todo, ¿cuál Europa? Todo sigue en la indeterminación, en la ambigüedad atrapavotos, en el ya se verá lo que se va haciendo. Una actitud desprestigiada por el hecho mismo de que la parroquia está levantisca y nadie confía en los poderes taumatúrgicos de unas siglas. Casi agradecemos por comparación la labia campechana del ministro-candidato Don Tancredo Cañete, que se presenta a cuerpo gentil, sin discurso ni programa, y con una única consigna: «A mandar, señora Merkel.»


domingo, 27 de abril de 2014

¡VIVA PREMURA!

Un largo artículo sobre Europa de Étienne Balibar me ha provocado algunas reflexiones quizá no del todo ociosas (1). Me propongo exponerlas aquí en varias etapas. Como preámbulo, sin embargo, me he dado un breve paseo por los programas – o esbozos de programa – electorales de los distintos partidos. Debo decir que los he encontrado bien, en general. Los programas electorales son la fachada noble del edificio de la política: la que se adorna con los mármoles jaspeados y los capiteles corintios más vistosos, la que concentra mayor preocupación por la estética y la armonía, la que busca dejar en el visitante una mejor impresión. Los puntos que componen un programa electoral son por lo general objeto de una amorosa meditación y larga decantación, en los cuarteles generales de los partidos. Quizá por esa razón las promesas ofrecidas se encierran con todo cuidado entre algodones en la caja fuerte hasta la siguiente contienda electoral, y entonces se desempolvan, se retocan, se repulen bien para darles brillo y se presentan de nuevo intactas a la admiración del público votante.

Nada que objetar, pues, a las propuestas de nuestra clase política, si no es el hecho de que son unidireccionales: todas van en el sentido de lo que queremos conseguir de Europa, no de lo que Europa misma necesita de nosotros. Son, en ese sentido, como una larga carta a los reyes magos, que se niega a tomar debida nota de la realidad de que los reyes magos no existen, y si existen son otra cosa.

Europa como tal ha conocido en los años recientes dos reveses de consideración. Primero fue el intento fallido de poner en pie una Constitución europea, es decir de vertebrar políticamente el continente a partir de unas normas comunitarias del rango más elevado. Tengo en la memoria las campañas por el No, basadas en que no queríamos una Europa de los mercaderes sino de los pueblos. Lo cierto es que la Europa de los mercaderes ha aprovechado con saña los huecos que se dejaron abiertos con la renuncia a emprender esa construcción jurídica necesaria. Cuando se produjo la tormenta perfecta de las finanzas globales y todo entró de golpe en crisis, los mercaderes se nos montaron a horcajadas encima de los pueblos europeos, nos molieron a coces y nos mearon en la boca, con total impunidad. Hubo que arbitrar soluciones de emergencia para el problema, y aquello se hizo tarde, mal y en vano. Es decir, que las soluciones llegaron de arriba, arbitradas por “técnicos”, y éstos hicieron de su capa un sayo sin cortapisas, sin garantías, sin debate y sin votaciones. Existe hoy cierto consenso en considerar que los tales técnicos se equivocaron de medio a medio; el estado comatoso en que ha quedado Grecia, que tuvo la mala suerte de ser el eslabón más débil de la cadena, es el mejor botón de muestra.

Esa es la Europa que tenemos, ahora mismo; la que disecciona Balibar. Claro que una campaña electoral no es el momento idóneo ni el más oportuno para abordar problemas de construcción fallida, de urgencia económica y de falta de democracia. Pero da la impresión de que en los programas se tiende a obviar lo sucedido y no se hace hincapié suficiente en evitar una posible repetición de situaciones parecidas en el futuro.

En los mensajes de los partidos situados a la izquierda del PSOE, encuentro críticas, incluso muy duras, pero no acompañadas de propuestas de orden práctico. Entiendo por falta de orden práctico el hecho de que todo lo que se dice está referenciado a lo que ocurre aquí, y falta la idea-guía de una Europa como espacio político común. ¿Ha habido diálogo con fuerzas políticas de otros países, se han hecho esfuerzos para elaborar y presentar un programa transnacional capaz de estructurar y democratizar la Europa invertebrada? Si ha sido así, lo cierto es que no emerge con fuerza suficiente esa idea. La mentalidad sigue siendo la de que las elecciones europeas constituyen el más fiel sondeo anticipado para preparar las generales. El marco de la política se mantiene inmóvil, rígidamente constreñido por las fronteras del Estado-nación (o de la nación que aspira a ser Estado). Y todo lo demás se hace depender de las buenas conexiones y amistades que hagan en Bruselas y en Estrasburgo nuestros flamantes cabezas de lista, a cuya eficaz gestión personal se confía el arreglo de las cosas de por aquí.

Seguimos en la mentalidad betanceira. Es bien conocido (lo recogió Cela en Del Miño al Bidasoa) lo ocurrido a finales del siglo XIX, cuando se dio la circunstancia difícilmente repetible de que un hijo del mismo Betanzos fue elegido diputado a Cortes por la circunscripción correspondiente. Las fuerzas vivas se juntaron en la plaza do Globo, y el electo habló a las masas desde el balcón consistorial.
– Betanceiros, ¿qué queredes?
– ¡Que suba o pan e que baixe a caña! – gritó a coro la plaza.
– Pois cando chegue a Madrid xa falarei con premura – accedió el prohombre, y la multitud rugió entusiasmada:
– ¡Viva Premura!





sábado, 26 de abril de 2014

AL SERVICIO DE LA BANCA

De forma tradicional se incluye a la banca en el sector Servicios de la economía. La cosa es plausible, sobre todo si se añade una precisión: Servicios Recibidos. Lo digo porque, después de dos grandes rescates sucesivos por valor de muchos miles de millones de euros, el Gobierno ha hecho por decreto, es decir, sin pasar por la fiscalización del parlamento, la institución que encarna (de forma más teórica que práctica) la soberanía nacional, un jugoso regalo a la banca española: se le permite la capitalización desde ahora mismo de las futuras deducciones fiscales que puedan corresponderle. Para calcularlas, cada cual no tiene más que tirar de papel y lápiz y empezar a sumar.

Esas deducciones es innecesario señalarlo, no las vamos a tener ni usted ni yo. Ni soñar, encima, en que se nos conceda la posibilidad de monetizarlas. El favor que desde el gobierno se hace a la banca se inscribe, sencillamente, en un marco ya añejo y bien consolidado de colusión entre los intereses privadopúblicos y los publicoprivados. También, y por la misma regla de tres, se ha rescatado a las autopistas madrileñas, que se encontraban al borde de la quiebra dolosa. Mientras tanto, siguen los desahucios a familias impotentes para conseguir créditos, ni baratos ni caros.

El ahorro que supone para la banca (privada, no lo olvidemos) esa concesión graciosa del gobierno se sitúa en el orden de los 40.000 millones de euros. O sea, nuestra banca está que rebosa. Las agencias internacionales, los Fitch y Standard & Poor’s, le han subido la nota. Con disimulo, se relamen al hacerlo. Todo esto será carnaza, a fin de cuentas, para el próximo vendaval especulativo global que sople desde Singapur o desde Cincinnati. Aviso a navegantes: ya va faltando menos para tal evento.

La bonanza actual de las finanzas de nuestro país, sin embargo, es innegable. Siempre y cuando no miremos a nuestro alrededor. Y es que, como ocurre con los videojuegos, la pétrea solidez de nuestras instituciones de crédito y ahorro sólo es visible en el ordenador. Aquí, si uno clica con astucia y se vale de los diversos Bonus, los miles de millones se multiplican hasta alcanzar cantidades inverosímiles. “You Win”, te saluda la nube de colores con un fondo sonoro de explosiones de cohetes. Pero si el aparato está apagado y la pantalla en negro, los datos son diferentes. Sigue la contracción del crédito, el paro apenas desciende, no hay creación de empleo, las exportaciones menguan, las pensiones van a ser recortadas de nuevo, las facturas de la luz engordan y la Unión Europea apremia para que se suba más el IVA. En todos estos asuntos, la exuberante lozanía de nuestra banca privada es un factor desdeñable, un cero a la izquierda.

¿A quién sirve entonces la banca? O expresada de una forma más cruda, he aquí la pregunta del millón:¿Para qué sirve la banca?

Una pista para los posibles concursantes: «Para nada» NO es la respuesta correcta.

jueves, 24 de abril de 2014

ELOGIO DE QUIM GONZÁLEZ

Enseña el maestro Perogrullo que ante la grave situación por la que atraviesan tanto la economía como el sindicalismo, caben dos actitudes: a) caer en el desánimo; b) no caer en el desánimo. Quim González Muntadas personifica a la perfección esta segunda actitud. Invito al lector a saborear a fondo su escrito más reciente (No habrá cambio de modelo productivo sin cambio de las relaciones laborales), que arranca de las siguientes premisas:
«No habrá nuevo modelo productivo si no somos capaces de cambiar las bases y la filosofía que inspiran la gestión de las personas, y si sus gestores no aprecian la necesidad de cambiar los valores dominantes por otros centrados en la gestión de nuevas formas y maneras de trabajar y de relacionarse en la empresa. No habrá nueva economía sin unas relaciones laborales que sitúen la búsqueda del conocimiento y la creatividad en el centro mismo de la gestión empresarial.»
Muy cierto. Quizás algunos estamos hablando en enigmas, y los enigmas asustan en la medida en que no se entienden. Hablamos de «mutación» y de «nuevo paradigma», y alguien puede entender que se trata de peligros, o de trampas alevosas tendidas por alguien al modo de funcionar “de siempre”. No. Son el nuevo terreno en el que es necesario actuar. Quim se sitúa con toda naturalidad en la distancia corta, y da al fenómeno un nombre familiar y comprensible: «nuevo modelo productivo». Y a continuación, agárrate que vienen curvas, nos convoca a todos al alboroto. Si queremos un nuevo modelo productivo, debe cambiar la gestión empresarial, deben cambiar la concepción y la valoración del trabajo, debe cambiar la relación entre empresario y sindicato. Las relaciones laborales actuales son un lastre y un freno poderoso al proceso de establecer ese nuevo modelo necesario. En tanto se cambia el marco legal, cosa que habrá de venir por sus pasos, ¿por qué no empezar por establecer acuerdos razonables entre los actores sociales con vistas a la consolidación de ese nuevo modelo con las ventajas que conlleva? ¿No es el momento acaso de arrimar todos el hombro y prevenir de ese modo más desgracias para las empresas y para los trabajadores?
El alboroto, como he dicho antes. Bravo, Quim. Empezar a arremangarse, empezar a trabajar, empezar a hablar. Ir de frente. Seguro que habrá quien vuelva la espalda a una oferta franca de diálogo, pero todo avance empieza por un primer paso.
Tuve el privilegio de estar presente en la clausura del congreso de la FITEQA en la que Quim se despidió de muchos años de sindicalismo en primera línea. Aquel día Toxo le dedicó en su parlamento un elogio sorprendente para mí. Dijo que Quim González había sido ejemplo perfecto de un «sindicalismo de proximidad». Mi sorpresa no va referida a que Quim no merezca ese elogio, sino al concepto mismo. Sindicalismo de proximidad, ¿es que hay otro? Disculpen mi deformación profesional por hablar de figuras retóricas: sindicalismo de larga distancia me parecería un oxímoron, sindicalismo de proximidad lo tengo por un pleonasmo.