jueves, 17 de octubre de 2019

INFILTRADORES


El muy honorable (por protocolo) presidente de la Generalitat señor Quim Torra ha echado la culpa de la violencia presente y ampliamente documentada en Cataluña a los “infiltrados”. 

Vayamos por partes, infiltrados según la definición clásica, haberlos haylos, señala un informe de la policía. Son grupúsculos anarquistas y antisistema de otras latitudes que han venido, en una especie de internacional de los insumisos, a sumarse a los festejos programados trayendo consigo su propia pirotecnia y situándose claramente al margen de las consignas establecidas desde los cuarteles generales de la ANC y los CDR, después del preceptivo conciliábulo con las clavegueras de la Generalitat.

Pero esos infiltrados no son el elemento clave que ha venido a desestabilizar una protesta cívica y pacífica en esencia. Son marginales de origen y están al margen del grueso de la movida programada. Son en todo caso un a más a más; lo que en comparación resultaría de una excrecencia cartilaginosa adyacente a una malformación genética.

En la escalada de violencia que se ha ido imprimiendo de día en día con formas imaginativas a las protestas por la sentencia, la mayoría de los/las detenidos/as son catalanes de origen, muy jóvenes y sin ficha policial. Es decir, para precisar un poco más su perfil: estudiantes atentos, buenos ciudadanos en agraz, meritorios que esperan obtener el aplauso de sus mayores, auténticos infiltrados o inoculados por la inyección de ese virus epidémico que viene repitiéndose en todos los tonos: “Ara es l’hora”, “Ara o mai”, “Ho tornarem a fer”, o incluso, en latín clásico: “Donec perficiam”.

Hay mayoritariamente infiltrados de ese tipo en los desórdenes catalanes, y hay, claro está, infiltradores. Infiltradores son quienes difunden esos mantras, quienes creen que todos los sacrificios ajenos valen como combustible en la hoguera de las vanidades que están montando en beneficio propio.

Pero atención, el fuego que los infiltradores están atizando consume energías no renovables en más de un sentido. Una juventud sin futuro está ardiendo en la pira de una república en potencia que es unilateral, unidireccional y totalitaria. ¿A quién le echaremos la culpa cuando finalice la actual y vistosa sesión de fuegos artificiales?


miércoles, 16 de octubre de 2019

DOBLE VERDAD


Asistimos en estos momentos en Cataluña, según la información oficial que se nos dispensa, a una movilización pacífica y espontánea de la ciudadanía contra las condenas a los políticos, la cual es reprimida pacíficamente también por los Mossos, que tratan de proteger a la buena gente de los sinsabores potenciales de una acusación injusta por sedición, a cargo de unos fiscales perversos.

La explicación no acaba de cuadrar con las imágenes emitidas por las cadenas de televisión. Son imágenes en directo y en continuo, no puede alegarse que han sido seleccionadas y manipuladas. Incluso los organismos oficiales reconocen que la reacción a las condenas no está siendo todo lo pacífica que debería, si bien llaman a la comprensión del mundo mundial dada la magnitud de la venganza de los aparatos de un Estado opresor contra personas cuyo único delito consistió en poner las urnas.

La labor de maquillaje mediático alcanza tanto a las consecuencias como a las causas de esta situación. Se destila una doble verdad impostada y contradictoria. En una Cataluña pacífica, la movilización ciudadana eminentemente pacífica ─bueno, sí, con invasión de aeropuerto, intentos de forzar la entrada en la sede de las instituciones, cortes de carreteras y ferrocarriles, quema de contenedores, etc.─ está siendo pacíficamente tutelada ─bueno, sí, a porrazos y pelotazos de goma─ por unas fuerzas del orden cumplidoras de su estricto deber, porque en este país el orden público es religiosamente respetado y respetable.

Con la boca chica se reconoce que hay violentos en algún lugar de esta performance, pero se aclara que son marginales y ajenos a la cuestión. La opción elegida por nuestros comunicadores es, como de costumbre, omitir todo lo no relacionado con el núcleo inicial del conflicto (unos se habrían limitado a poner las urnas, otros se vengan de ellos con condenas judiciales excesivas sea cual fuere su dimensión); y en particular se deja en la sombra el hecho de que desde el Palau de la Generalitat se sigue animando a la “resistencia”, a la vez que se justifica su represión.

Ciento treinta heridos o lesionados, y un ojo perdido, es el balance hasta el momento. Los indicios son de que la escalada va a proseguir. Podría haber muertos y de quién sería la culpa, como ha señalado Xavier Vidal-Folch. El oráculo orate de Waterloo ya ha acomodado tal vicisitud en su relato: en Euskadi hubo cerca de mil muertos y no se aplicó el 155, dice. Ergo, hay margen de sobra, sería la conclusión tácita. 

Si se calla el hecho de que en el origen de esta situación estuvo el forzamiento consciente por el Parlament y el Govern de todas las legislaciones competentes para promulgar unas “leyes de desconexión” sin el respaldo exigible a semejante iniciativa, todo lo demás que se nos cuenta resulta una jerigonza incomprensible, sin lógica ni coherencia.

«No nos entienden», dicen compungidos quienes al observar el entorno concluyen sotto voce que «estamos en el buen camino». En eso al menos llevan la razón. No les entendemos.


martes, 15 de octubre de 2019

FOA



Vittorio Foa

Es un político singular el que, después de ejercer de diputado en una Asamblea constituyente, es decir de “padre de la patria”, dimite de sus cargos en “palacio” para ocupar un puesto modesto en el gabinete de estudios de un sindicato.

Vittorio Foa lo hizo, en 1947. Y en el sindicato al que dedicó su vocación más sincera, reclamó con toda energía un mayor protagonismo político de la organización unitaria de los trabajadores. Explica Andrea Ricciardi (1) que «pidió al sindicato la elaboración de una política de largo aliento para la reconstrucción política, que no se tradujera únicamente en la reivindicación de aumentos salariales y en la defensa del puesto de trabajo (su adhesión al Piano del Lavoro propuesto por Di Vittorio confirmaría más tarde la función política que Foa asignaba al sindicato). Antes, como diputado de la Constituyente, había pedido ─en vano─ la constitución de un alto tribunal de justicia encargado de examinar las medidas económicas para verificar su compatibilidad con las exigencias primarias de todos los ciudadanos y limitar la influencia de los poderes económicos…»

En 1970 dejó también el sindicato (y paralelamente su militancia en un partido pequeño pero propagandista de la unidad de clase, el PSIUP, Partido Socialista de Unidad Proletaria), para estudiar Historia y dedicarse a la enseñanza. ¿La razón? Él lo explicó de la siguiente manera: «El pasado no nos da respuestas, pero nos permite formular mejor las preguntas.» Una intuición certera que viene a completarse con otra formulada muy tardíamente, en 1999, cuando ya eran visibles los efectos de la globalización y la financiarización en la organización posfordista de la producción. Dijo entonces que su método de trabajo era el «realismo analítico», y añadió que «para poder construir el futuro antes es necesario, de algún modo, presagiarlo».  

Así, sus estudios del tradeunionismo inglés en los años veinte del pasado siglo cristalizaron en un libro tan indispensable como sorprendente: La Gerusalemme rimandata, una llamada a la construcción del socialismo desde abajo, utilizando las dos grandes palancas de la autonomía y la participación.

Porque, dice Foa, el socialismo únicamente puede construirse desde la sociedad, como un impulso de abajo arriba. Socialismo ─así lo dejó escrito en un artículo en Mondoperaio─ no es otra cosa que «el control colectivo de las fuerzas de producción». La autonomía es, entonces, un valor universal, un “empoderamiento” (para emplear un término que poco a poco va dejando de estar de moda) tanto más necesario cuanto más descendemos en la escala social. Y la autonomía exige como correlato la participación activa, y no el simple asentimiento o el ritual del voto, para la construcción de una democracia socialista (y una democracia plena difícilmente puede ser otra cosa que socialista).

Vittorio Foa se apuntó, en consecuencia, a la utopía cotidiana. A la descentralización, al autogobierno, al valor democrático del conflicto, al desarrollo de las fuerzas productivas en dirección a una mayor libertad y autoconciencia. Estuvo activo en muchas formaciones políticas, pero desde la legítima desconfianza hacia los partidos, que veía como «maquinarias políticas peligrosas de estructura piramidal, tendencialmente autorreferenciales e incapaces de relacionarse con la totalidad de los ciudadanos, con el resultado de favorecer únicamente intereses particulares e impulsos neocorporativos, y de no tener en cuenta suficientemente la condición de quienes, privados de representación y de protección social, se ven empujados a los márgenes de una democracia no lo bastante inclusiva ni participativa.»

Un hereje de las ideologías; y un reformista radical.



Foa junto a Bruno Trentin: dos reformistas radicales, o radicales reformistas, compañeros de trabajo largos años en el sindicato, de pensamiento distinto pero ambos plenamente compatibles. Y dos grandes amigos.


(1) “Vittorio Foa tra accionarismo e socialismo”, en Vittorio Foa e le transformazioni della società italiana, a cura di Amos Andreoni y Enrico Pugliese, Ediesse 2011. Andrea Ricciardi tiene el doctorado de investigación en Historia de la Sociedad, y colabora con la Università degli Studi de Milán.
   

lunes, 14 de octubre de 2019

UN BAÑO DE REALIDAD


La sentencia sobre el procés, conocida en todos sus pormenores esta mañana, ha sido sobre todo un baño de realidad.

La esfera política de la Cataluña oficial levitaba. De las encuestas que daban a un 85% de la ciudadanía como favorable a un referéndum consensuado, se extrajo la consecuencia de que existía una mayoría consistente y aguerrida dispuesta a conseguir la independencia con urgencia y por cualquier medio, unilateral incluso.

No era lo mismo.

Se confundió de forma interesada el malestar sordo por el problema de fondo, con las vías más drásticas para resolverlo. Hubo autoengaño por parte de una parcela de la clase política que pensó que el proceso sería fácil, corto y pacífico; que el único ingrediente necesario para activar la receta era el coraje; que los dubitativos y los poco aficionados a “mojarse” seguirían sin rechistar la marcha enérgica de una vanguardia triunfal; que la acreditada “bondad” personal de los dirigentes (pienso sobre todo en Junqueras, en Romeva, en Rovira, en Comín, y en el alarde que han hecho de su propia excelencia) era la mejor garantía para el éxito de la operación en su conjunto.

El autoengaño fue trasladado pedagógicamente a una parte de la ciudadanía muy dispuesta a escuchar las voces procedentes de arriba. Escuchaban a Turull o a Jordi Sánchez y creían estar oyendo la voz de Artur Mas o la de Jordi Pujol.

Pero ni Pujol ni Mas han salido salpicados por este proceso. Maestros en el arte de nadar y guardar la ropa, sus actuaciones y sus declaraciones a lo largo de varios años han sido mucho menos imprudentes en relación con el “tigre de papel” de los aparatos de Estado que las de esa nueva generación floreciente que acaba de ser inhabilitada y encerrada en seguro por una sentencia que ni siquiera ha buscado el ensañamiento.

Queda, naturalmente, la vía de los recursos a Europa; y también se emitirán a Europa nuevas órdenes de busca y captura de los Puigdemont de Alfarache que pisaron el teatrillo de las instituciones con menos ingenuidad y más dosis de picaresca que sus vecinos.

No se percibe qué podrían cambiar esas vicisitudes pendientes en la realidad dolorosa que la sentencia hace gravitar sobre (lo digo en versos de Dante) una Cataluña “serva, di dolore ostello; nave senza nocchiere in gran tempesta; non donna di provincie, ma bordello.”


domingo, 13 de octubre de 2019

FEUDALISMO DIGITAL VERSUS INNOVACIÓN DEMOCRÁTICA


Un artículo reciente de Mariana Mazzucato, “La prevención del feudalismo digital” (1), sitúa con sobriedad el problema principal de la innovación: «Ambas empresas [se refiere a Amazon y Google] utilizan sus posiciones dominantes para reprimir la competencia, ellas controlan cuáles productos son vistos en línea por los usuarios, y favorecen a sus propias marcas (muchas de las cuales tienen nombres aparentemente independientes). Al mismo tiempo, las empresas que no se anuncian en estas plataformas se encuentran en grave desventaja.»

La situación actual, caracterizada por la influencia creciente de la economía de las plataformas, señala Mazzucato, es de feudalismo puro y duro (2), y no de democracia económica: «Los algoritmos y el big data podrían utilizarse para mejorar los servicios públicos, las condiciones de trabajo y el bienestar de todas las personas. Sin embargo, estas tecnologías se utilizan actualmente para socavar los servicios públicos, promover contratos de cero horas, violar la privacidad individual, y desestabilizar las democracias del mundo: todo ello en aras del beneficio personal.»

Los gobiernos cuentan con poder suficiente para poner coto a esta situación, si no quieren dejarse caer en el dulce adormecimiento de una servidumbre voluntaria al gran capital: deben dirigir la innovación de modo que produzca beneficios sociales, y favorecer la genuina creación de valor, en lugar de condescender con la simple y cómoda extracción de valor, que ha alcanzado en la economía global un volumen gigantesco, con efectos desastrosos para la igualdad y para el bienestar social.

He marcado en cursiva el verbo “dirigir”. Dirigir la innovación desde los gobiernos supone una herejía para el credo ultraliberal, que estima que solo el mercado debe dirigir el curso de la economía, desde una supuesta omnisciencia de lo que mejor conviene al mayor número de agentes económicos. Pero como señala Mazzucato, donde nos lleva ese sistema es a la subordinación permanente y forzosa de los más a la religión de las ganancias pingües predicada por los menos.

El problema de los gobiernos ─como el español que ha de salir de la próxima y enésima consulta electoral─ es decidir con qué grupo de intereses se alinean: con las corporaciones, o con una ciudadanía crecientemente desamparada y explotada; con los algoritmos, o con las personas; con la gobernanza abstracta y verticalizada de los fenómenos económicos y sociales, o con el concurso inteligente de las organizaciones intermedias que asumen la representación de una diversidad social conflictiva quizás, pero no incompatible con la búsqueda democrática de un bien común más allá de las diferencias.


(2) Coincide Mazzucato en su planteamiento con Alain Supiot (La gouvernance par les nombres, Fayard 2015), que caracteriza como “vasallaje” la situación de predominio de las ─no necesariamente grandes─ corporaciones frente a constelaciones amplias y jerarquizadas de empresas subordinadas y un número creciente de trabajadores precarios y sumergidos..


sábado, 12 de octubre de 2019

DESPUÉS DE LA SENTENCIA


Cabe sospechar que en el calendario de Pedro Sánchez estaba señalado en trazo rojo que la sentencia sobre el procés había de llegar necesariamente antes que la investidura. Por la misma razón tal vez, ha elegido situar la exhumación de Franco entre las tareas rutinarias de un gobierno en funciones, antes que en el programa de trabajo de un gobierno de coalición.

Hoy, festividad del Pilar, sacan músculo el poder judicial de un lado, con un anticipo o filtración de lo que será la distribución alícuota de las penas por sedición más malversación a los protagonistas de la “desconexión unilateral” catalana de hace dos años; y de otro lado el poder de facto militar, que ocupará la calle con 4200 “efectivos”, 150 vehículos y 76 aeronaves, pertenecientes estas últimas tanto al Ejército del Aire como a Salvamento Marítimo, Cuerpo Nacional de Policía y Agencia Tributaria (?).

Vale. ¿Y luego, qué?   

Los resultados de las nuevas elecciones del  10N darán la pauta de lo que vendrá a continuación. Desde la esperanza de que no decaiga la mayoría del voto de izquierda que emergió en los desperdiciados comicios anteriores, podríamos tener un gobierno de izquierda a su pesar, o bien uno de centro-izquierda en tonos neutros y algo esfumados, como los que proponen las revistas de moda para la vestimenta del otoño.

En cualquier caso, nadie es tan insensato como para pensar que, después de la sentencia, el problema catalán habrá terminado.

En el problema catalán se han superpuesto dos movimientos simultáneos: uno, la fuga hacia delante de un grupo de políticos amateurs tan entusiastas como incompetentes; y dos, el serio malestar de fondo de la ciudadanía de una nación/autonomía que se ve ninguneada por las políticas recentralizadoras de sucesivos gobiernos empeñados en vulnerar la España de las autonomías plasmada en una Constitución de todos.

La sentencia resolverá en el mejor de los casos únicamente el primero de los dos problemas, el menos consistente. Resolver el segundo problema implica nada menos que construir un proyecto de futuro para España, y tratar de sacarlo adelante con el coraje suficiente para enfrentarse al tridente tóxico Casado-Rivera-Abascal, portavoces de una España monolítica y quintaesenciada que ni existe ahora ni ha existido nunca.

¿Está preparado Sánchez para el round que se avecina? Anoto la reflexión con la que Josep Ramoneda acaba el artículo (en catalán) que firma hoy en elpais, sobre estas mismas quisicosas: «La izquierda instalada en el miedo resulta deprimente.»


viernes, 11 de octubre de 2019

VÍSPERAS SICILIANAS


Pedro Sánchez se ha lanzado sin flotador a unos idus de octubre tempestuosos: coinciden de un lado la exhumación de la momia de Franco, susceptible de encrespar al nacionalismo apostólico español de misa y olla (el prior de Cuelgamuros se remite a la divina providencia como remedio magistral contra el desbordamiento del rojerío; pero no está excluido que la providencia sea ayudada en su sagrada misión punitiva por manifestaciones, represalias y desórdenes varios, con mucho lujo de vandalismos pre y post constitucionales); y del otro, la publicación de la sentencia judicial relativa a los acontecimientos poco consuetudinarios que tuvieron lugar en los días finales de septiembre y primeros de octubre de hace dos años en Cataluña. El Supremo ha descartado la existencia de un delito de rebelión, lo cual es un alivio para mucha buena gente partidaria de extender el consenso y evitar la política de garrotazo y tentetieso; pero temo que no sea suficiente para el “otro” nacionalismo apostólico, el catalán, que solo considera admisible una absolución incondicional para repetir del mismo plato una vez más y tantas como se pueda. Y que está también preparando una movilización “de país” en plan "tsunami democrático", sea ello lo que fuere.

Sin duda Sánchez habría obrado cuerdamente ahorrándose la doble colisión prevista en la circunstancia altamente inestable de un gobierno en funciones y con unas elecciones generales, las enésimas, previstas para veinte días después. Sin embargo, ha hecho patente en todo momento su desinterés por ser investido, en su momento, desde la izquierda. Cosa que ha tenido a huevo, seamos claros.

Él tendrá más datos que yo, sin duda, pero no deja de sorprenderme que declare tener miedo a perder el sueño con un podemita en la vicepresidencia, y en cambio no le altere el pulso la doble movida que se avecina.

La cual podrá ser contenida sin la menor duda por las nunca suficientemente alabadas fuerzas del orden público. Pero una cosa es el orden público eficazmente preservado, y otra muy distinta el talante con el que la ciudadanía afrontará su nuevo paso por las urnas. Se están encendiendo demasiadas cerillas al lado del bidón de gasolina.

Sánchez está seguro de que al final le van a salir las cuentas. Sin embargo, la tradicional unión de las izquierdas va a verse reforzada por lo menos con dos nuevas y bonitas opciones unitarias a más no poder, la CUP y la plataforma Más País. Y el dato fehaciente al que forzosamente hemos de remitirnos es que hasta el momento no está disponible ninguna encuesta fiable de opinión posterior a la doble ordalía que se nos anuncia para la semana que viene. 

Y las encuestas, como dice más o menos aquella aria del Rigoletto, son móviles cual pluma al viento, mutan de acento y de pensier. Y de pensier.


jueves, 10 de octubre de 2019

LA PUTA Y EL APOCALIPSIS


Iluminaciones de viaje



La puta cabalgando la bestia de siete cabezas y el gigante, pintura al fresco de la basílica de Santa Catalina de Alejandría, en Galatina (Puglia).


Un gran artista cuyo nombre se ha perdido pintó al fresco en Galatina  un programa completo de historia sagrada. El impresionante recorrido iconográfico transita ordenadamente desde el Génesis hasta el Apocalipsis. La manera del pintor, activo a mediados del siglo XV, corresponde más al gótico que al estilo hoy llamado prerrenacentista que florecía en esa época en el norte de la península. Lógico; a la Puglia debieron de llegar con bastante retraso los nuevos aires de la Toscana.

Esa circunstancia es la responsable de que en los folletos turísticos se califique la decoración del templo de “giottesca”, lo cual me parece bien, aunque no muy esclarecedor. Considerar discípulo de Giotto a un émulo que vivió siglo y medio después que el maestro, es un forzamiento excesivo. Digamos mejor que hay similitudes entre ambos.

La imagen que he seleccionado es la visión de la Ramera del Apocalipsis, con la que «fornicaron los reyes de la tierra, y los habitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución», según versión de la Biblia de Jerusalén. Cabalga una Bestia con siete cabezas y diez cuernos; en la explicación del Ángel, «era y ya no es; y va a subir del Abismo, pero camina hacia su destrucción.» Según la misma versión, las cabezas son las colinas de Roma, y los cuernos los reyes vasallos. La copa de oro que lleva está llena de «abominaciones».

La pintura sigue más bien la visión de Dante (Purgatorio XXXII) que la de San Juan. Dante habla de una puttana sciolta (desceñida), en lugar de la descripción bíblica: «vestida de púrpura y escarlata, resplandecía de oro, piedras preciosas y perlas.» Las siete cabezas de la Bestia serían para Dante los pecados capitales, tres de los cuales, los más graves ─soberbia, envidia e ira─ tienen dos cuernos por uno de los cuatro restantes (pereza, avaricia, lujuria, gula). El gigante sería Nerón para la versión de la Biblia de Jerusalén, y la monarquía francesa para el florentino, según explica Marco Santagata, profesor de la Universidad de Pisa, en una exhaustiva biografía de Dante que me ha prestado José Luis López Bulla, hombre de una cultura tan dantesca como yo mismo.

Estos son los versos que dedica Dante a la “puttana”, en traducción de Ángel Crespo:

Cual en monte segura fortaleza,
Tal lucía una puta en él sentada
Que en rededor miraba con torpeza;
Y, como si temiese que robada
Le fuese, custodiábala un gigante
Por el que varias veces fue besada.

El artista de Galatina ha optado por prescindir de los cuernos, y ha añadido a la escena un tercer personaje montado en un caballo blanco, de barba partida y tocado con un gorro frigio, tal vez con la intención de hacer más babilónica la escena. Es un misterio añadido a una alegoría ya de por sí misteriosa.


miércoles, 9 de octubre de 2019

PACTAR LAS POLÍTICAS TRANSFORMADORAS



Laura Pennacchi. Quizás algún lector se pregunte por qué publico una nutrida galería de fotos de mujeres protagonistas de nuestro tiempo. La respuesta es sencilla: porque se lo merecen.


En dos posts recientes de esta bitácora (1), he empezado a esbozar los aproches (es decir, en lenguaje militar los preparativos para el asalto a una fortaleza: logística del abastecimiento, aplanamiento del terreno, trincheras, etc.) de  una idea política nada nueva en la literatura que frecuento, pero sorprendentemente ausente en las preocupaciones de las organizaciones de nuestra izquierda patria, así políticas como sindicales.

Se trata, sucintamente expresado, del problema de quién dirige la innovación, y hacia dónde la dirige.

La innovación aparece en el momento presente como una necesidad vital. Pongamos que hablo de la transición ecológica, a fin de evitar una práctica continuada de esquilmo de las materias primas, de exterminio de especies animales y vegetales, de polución atmosférica, de calentamiento global, etc. Pongamos que hablo de la derogación, o al menos de la complementación, del PIB como instrumento de medida del crecimiento económico, habida cuenta de que el PIB parte de una confusión culpable entre creación de riqueza y extracción de rentas, por no hablar de su desprecio olímpico de todos los trabajos de cuidados a las personas, tan importantes para el bienestar globalmente considerado, pero a los que atribuye un valor económico igual a cero.

Todos estamos más o menos de acuerdo en la necesidad de enderezar ese curso de los acontecimientos; todos echamos pestes del neoliberalismo y de la financiarización. Pocos, en cambio, consideramos que esté en nuestras manos cambiar las cosas.

Como es muy posible que no se entienda bien lo que estoy diciendo, voy a poner un ejemplo que me parece paradigmático. Pepe Álvarez, secretario confederal de UGT, escribe en Nueva Tribuna un artículo bajo el titular «Por una transición energética justa». Y este es el subtitulillo elegido por la publicación como síntesis de su propuesta: «Exigiremos al gobierno contundencia con la dirección de la empresa para el mantenimiento de estas dos centrales en funcionamiento.» Las dos centrales aludidas son las térmicas de As Pontes y Litoral, que funcionan con carbón. A Pepe Álvarez eso no le importa, al parecer. La descarbonización de la economía debe de parecerle una paparrucha; solo defiende de forma acérrima los puestos de trabajo.

Eso no es “transición energética justa” sino “no transición de ninguna clase”. Estamos de nuevo en el caso de las fragatas para Arabia Saudí. Hay una fuerza de inercia en la subalternidad asumida por los sindicatos, que es perdedora. Se trata de la posición que predica resistencia pétrea al cambio, sin alternativa.

Los partidos políticos de la izquierda no ayudan a corregir el tiro porque no tienen un criterio definido en esta cuestión, y solo ven a los sindicatos como posibles caladeros de votantes. De este modo se deja la innovación en manos del capital, del mundo de los negocios, que a su vez introduce un sesgo particular en el modo de aplicar esa innovación. Qué coño va a ser neutral la tecnología. Estamos viendo todos los días los resultados de una tecnología sublimada y celosamente aplicada; de un mundo ordenado por medio de algoritmos tramposos.

Negociar los algoritmos, entonces, es imprescindible; pactar las políticas concretas desde los intereses de las clases trabajadoras y, mejor aún, de las personas humanas que trabajan. Pero no desde la miopía de la defensa cerrada y sin matices del puesto de trabajo, sean cuales sean las características benéficas o nocivas de ese trabajo, sino desde la consideración de un entorno complejo que afecta a la vida, a la salud, a la educación, a la vivienda, a toda una perspectiva y un proyecto de futuro.

Esta es labor inexcusable de los sindicatos. Y no solo de ellos sino de los partidos de izquierda, cuando consigan superar su infatuación y su dispersión, y se den cuenta de que el trabajo, el vilipendiado trabajo, es el único y el gran denominador común imprescindible para una política de progreso.

Solo una nueva alianza estratégica, después de la rotura de la correa, entre partidos, sindicatos y movimientos sociales, puede generar la necesaria capacidad de negociación con las elites detentadoras de la innovación.

Estos serían los objetivos de fondo según los expresa Laura Pennacchi, economista, coordinadora del Forum Economia nazionale de la CGIL, en un trabajo reciente (2): «La idea de un pacto por las políticas transformadoras es ciertamente preciosa y connatural a la historia del movimiento obrero y sindical, en particular en Italia. Pero hoy necesitamos insertar esa idea en un marco todavía más ambicioso, porque necesitamos someter a crítica tanto la “racionalidad política” de la innovación, como su “racionalidad científica”, en particular la “racionalidad del algoritmo” con su pretensión de responder a una naturaleza objetiva dirigida a transformar todos los fenómenos en estados de necesidad cerrados a todo espacio de alternativa.»

Soy consciente de que han sido, con diferencia, los dos artículos menos visitados del blog en fechas recientes. Qué se le va a hacer, insisto de todos modos.

(2) AAVV, Lavoro e innovazione per riformare il capitalismo. A cura de Laura Pennacchi e Riccardo Sanna. Ediesse, Roma, 2018.


martes, 8 de octubre de 2019

CENSURA POR ELEVACIÓN


La moción de censura presentada por Ciudadanos al Govern de Quim Torra ha seguido su curso previsible. Se supone que eso debería de significar un triunfo de Torra y un fracaso de la formación censuradora, que no ha conseguido aprontar más que los cuatro votos del PP, además de los propios.

Nada de eso. La censura no iba en realidad contra quienes iba, sino que estaba dirigida a minar la posición del PSC de Miquel Iceta de cara a las próximas elecciones generales. Era una censura a Pedro Sánchez por elevación. Su verdadero resultado, entonces, es aún una incógnita, que solo se resolverá en el recuento final de la jornada del 10N.

Los socialistas catalanes se abstuvieron en la moción. Era no solo lo previsible, sino incluso lo anunciado. De modo que los distintos argumentarios tuvieron tiempo suficiente para cargar de metralla sus baterías artilleras, y llovió sobre Iceta un nutrido fuego cruzado desde las dos trincheras teóricamente enfrentadas, las cuales se olvidaron la una de la otra para concentrar su bombardeo en el centro equidistante. Maravillas de la nueva política.

«Son ustedes los socorristas del procés», acusó Lorena Roldán, de Cs. Sergi Sabrià, de ERC, replicó desde la trinchera opuesta: «Su abstención de hoy no le sirve para taparse las vergüenzas.» Miquel Iceta ha constatado: «Parecía que la moción iba contra mí.» En efecto, Quim Torra siguió el debate con la somnolencia invencible que caracteriza toda su in-acción de gobierno. Torra viene a ser una especie zoológica protegida, en proceso de hibernación; solo despierta cuando la ANC y los CDR tocan a sometent.

La conclusión posible del extraño evento es que ciertos populismos están decididos a utilizar los mecanismos parlamentarios como teatrillo electoral. La tendencia no es nueva, pero sí es muy peligrosa. El abuso programado de las apariciones tonantes en los hemiciclos, no para convencer al rival sino para aplastarle con frases tempestuosas susceptibles de convertirse en titulares de prensa, puede acabar a la larga o incluso a la corta con los populismos, y de paso con los parlamentos. No hay peor combinación que la del estrépito y la furia aplicados al vacío de proyecto político. Los grandes acontecimientos parlamentarios suelen ser televisados por las cadenas de televisión públicas, pero muy otra cosa es la cifra de las audiencias. Después de la desaparición de “Pasapalabra”, los huérfanos del programa prefieren por lo general apagar la tele a soportar las arias de bravura de nuestros tenores y nuestras sopranos en un hemiciclo donde cada vez menos se decide nada, en términos de los intereses de una ciudadanía escamada.

La guinda del pastel la ha puesto Juan Carlos Girauta, no en el parlamento al que ya no concurre, sino en Twitter, el foro virtual al que se está trasladando cada vez más el debate político de altos vuelos. Girauta ha acusado al PSC de ser «un partido de lameculos paniaguados mezclados con ladrones pijos. Traidores, acomplejados, inmorales y nacionalistas.»

Nada nuevo bajo el sol. Señalo, de todos modos, la aparición un tanto inesperada, en la ristra de improperios, del calificativo “traidores”, que parecía no tener encaje adecuado en el conjunto.

Es cierto, sin embargo, que todos siempre somos traidores ante alguien, por alguna causa.  


lunes, 7 de octubre de 2019

TAMBIÉN EL ALGORITMO SE NEGOCIA



Susanna Camusso, trabajadora metalúrgica milanesa, afiliada al Partido Socialista y secretaria general de la CGIL en el decenio 2010-2019.


En las primeras páginas de un libro reciente e importante de Estella Acosta (Trabajo y educación: dilemas y desafíos. Editorial Bomarzo 2019. Prólogo de Antonio Gutiérrez Vegara) figura la siguiente cita del científico Jorge Wagensberg: «El primer signo claramente diferencial de la humanidad “sapiens” es la capacidad de hacer herramientas para hacer herramientas.»

Cualquiera en la pirámide zoológica se sirve de una herramienta para una tarea determinada. Guardar la herramienta felizmente empleada implica un escalón superior en la cultura de la especie: es la previsión de que la chisma utilizada en una ocasión puede servir de nuevo. Fabricar la herramienta necesaria para multiplicar las herramientas a disposición del grupo, es un segundo escalón de importancia trascendental: es el principio de la cooperación social y de la reflexión humana sobre el trabajo y su utilidad. Es, expresado con brevedad, el principio de la historia.

La reciente neoestupidez humana promovida por el neoliberalismo retrocede aceleradamente hasta perder pie en estas conquistas de la humanidad. El neoliberalismo predica el fin de la historia, el fin del trabajo y la inexistencia de la sociedad cooperativa. En su mentalidad la tecnología sustituye al pensamiento; y el algoritmo, a la capacidad humana de dirección de los asuntos en los que está concernida. Todo se reduce a un determinismo férreamente organizado desde algo que se parece mucho a dios en el sentido de que está fuera de las capacidades humanas y desciende de los cielos para guiarnos adecuadamente. No hay alternativa a esa sabiduría suprema. Sin embargo, la tecnología en cualquiera de sus escalones es producto del trabajo humano, y un resultado constatable de esa actividad original que consiste en fabricar herramientas que son útiles para fabricar herramientas.

Una actividad original que no significa un punto alto muy particular en la historia de las técnicas, una excepción valiosa en un océano de rutina. La innovación se forja como una cadena que se transmite de una persona a otra, de un grupo a otro, de una generación a la siguiente.

Porque si la innovación no se transmite, deja de existir como tal.

La gran preocupación neoliberal al respecto es el registro de patentes para adueñarse de la innovación y monopolizar las rentas que pueda generar. Pero eso no es historia, sino ruindad. La historia consiste en que la innovación es utilizada globalmente, es mejorada y perfeccionada una y otra vez, y finalmente es sustituida por otra innovación de orden superior.

La cultura consiste en la transmisión organizada de la innovación, de la fórmula para fabricar en cada momento nuevas herramientas que sirven para fabricar con ellas herramientas útiles al común. La educación, el aprendizaje, acompaña desde la prehistoria al trabajo como su compañera inseparable para progresar. El progreso consiste en eso: en la transmisión universal y ordenada de los conocimientos útiles, entendiendo por utilidad la capacidad para mejorar en lo concreto la vida de las personas corrientes.

Vuelvo al algoritmo. No es malo en sí mismo ordenar los trabajos y las recompensas asociadas a ellos según un algoritmo. Lo malo es endiosar el algoritmo, considerarlo como expresión de una perfección indiscutible e inmodificable. Es lo que está haciendo de forma enfática y engolada la neoestupidez.

Y esto es lo que dijo Susanna Camusso, secretaria general en ese momento de la CGIL, en el informe introductorio a la Conferencia de Programa del sindicato italiano, celebrada en Milán el 30 y 31 de enero de 2018: «Debemos negociar el algoritmo. No es una metáfora, es sustancia, y no afecta solo a las plataformas. El algoritmo es la fórmula que elabora datos sobre la base de inputs, determina horarios, flujos de producción, movilidad de las plantillas, sanciones si no se alcanzan determinados ritmos, distribución de los asuetos y las vacaciones, etc. Esos inputs deben ser objeto de negociación… Negociar el algoritmo significa retomar la prestación del trabajo como objeto de la contratación colectiva.»



Estella Acosta Pérez. Es, entre otras actividades, miembro del GICE-UAM (Grupo de Investigación Cambio Educativo para la Justicia Social, de la Universidad Autónoma de Madrid) y promotora de la asociación Isegoría, además de coordinar el Proyecto “Cambio de modelo productivo – cambio de modelo educativo” para las Federaciones de Industria y de Enseñanza de CCOO. Pueden leer su ensayo “Una digitalización justa y equitativa” en http://pasosalaizquierda.com/?p=2838


domingo, 6 de octubre de 2019

DESPUÉS DE LA ROTURA DE LA CORREA



Leo en Nueva Tribuna dos artículos de Ramón Górriz (“La farsa electoral”) y Manel García Biel (“Las izquierdas y las urgencias sociales”). Los dos parten de las mismas perplejidades; los dos tienen, más allá de su opinión particular, un calado que, de alguna manera, da expresión a un sentir colectivo; lo cual hace que su significación sea mayor, y exija una mayor atención por parte de un mundo de la política demasiado afectado hoy en día por el autismo.

Convendría, me digo, retrazar la historia del recorrido que ha tenido la relación entre partido y sindicato. Hablo en general, de distintos partidos y distintos sindicatos entre los que se ha dado en una fase histórica esa relación singular de dependencia que hemos dado en llamar correa de transmisión: unas veces en una dirección (partidos tradeunionistas), las más en la contraria (partido como príncipe moderno; sindicatos como fiel infantería).

Después de la rotura, en todas partes, de la correa, debido a la voluntad de afirmar su autonomía por parte de los sindicatos y, más allá, de la evolución acelerada de los tiempos y el cambio general en el paradigma de la producción, sería necesario ─digo yo─ hacer un balance provisional de la situación en la que se encuentra la relación entre los dos sujetos históricos de la izquierda: tener una idea aproximada de en qué punto se encuentra esa relación y en qué recorrido, es decir, hacia dónde se va en el medio/largo plazo.

Lo cierto es que, hoy por hoy, no hay ya uno o más partidos que sean una referencia para los sindicatos. A la inversa, los sindicatos no tienen la audiencia que tuvieron en los cuarteles generales de los partidos. Es dudoso, por lo demás, que sigan existiendo cuarteles generales en los partidos; han sido sustituidos por asesorías y think tanks contratados para el breve plazo, con emolumentos sustanciosos y con carencia absoluta de limitación ideológica, de modo que vemos cómo el mismo equipo o la misma persona asesoran un día al PP y otro al PSOE.

En esa tesitura, los sindicatos son rebajados a la condición de un lobby más, que solicita favores concretos a un partido de gobierno verticalizado, que salta por encima de todos los organismos sociales intermedios y se dirige directamente al votante. Al votante desnudo, en dos sentidos complementarios: porque ya no tiene organizaciones propias que lo tutelen ante las instancias institucionales, y porque en consecuencia se ve inerme y postrado de rodillas ante el Poder, con mayúscula, omnímodo.

Hablamos, entre otros muchos, de estos asuntos el otro día, en un almuerzo entre amigos. Salieron a relucir muchos apuntes, muchas sugerencias, dentro de un tono general de suave y matizado pesimismo que podría sintetizarse en la pregunta que fue formulada por uno de los comensales, más bien hacia los postres: “¿Le importa a alguien, hoy, este asunto?”

Una pregunta cuya respuesta solo puede ser colectiva. A Górriz y a Biel sí les preocupa, sin duda. El dato que importa averiguar es a cuántos/as más.


viernes, 4 de octubre de 2019

QUE VIENE EL LOBO


Azuzado por las soflamas del energúmeno Sánchez, el rojerío se dispone a llevar a cabo su programa máximo: primero, retirar la tumba del caudillo; luego, la cruz; por fin, el valle; como traca final, quemar parroquias.

Es lo que ha leído en voz alta y firme (atención, lo llevaba escrito, no ha sido una improvisación desafortunada) Maribel Díaz Ayuso en la Asamblea regional madrileña. “¿Qué vendrá luego?”, preguntó para terminar, en tono de suspense dramático, a los concurrentes.

Ayuso no improvisaba sino que contraprogramaba conscientemente a su patrón; Pablo Casado había dicho poco antes, en otro lugar, que la exhumación de Franco es un asunto “que no interesa a nadie”. Casado está cayendo aceleradamente en el sector templado y maricomplejines del centro-derecha. Para el otro centro-derecha ultra y racial, el que representa Ayuso, en cambio, el tema del desahucio del caudillo es esencial; la presencia permanente de sus huesos bajo la cruz del valle tiene una relación íntima con la idea de la centralización y la verticalización suprema del poder; es símbolo, además de ser doctrina.

Las demás etapas in crescendo del programa de izquierdas enunciado por Ayuso plantean otro tipo de problemas, relacionados más bien con la logística: retirar la cruz de Cuelgamuros sería técnicamente factible pero costaría un pastón y podría en consecuencia provocar disidencias en la izquierda, con protestas por parte de quienes preferirían gastar los dineros públicos en nuevas subidas del salario mínimo o en actualizaciones de las pensiones en consonancia con el coste de la vida.

Hacer desaparecer el valle, de otro lado, es bastante imposible, como no sea utilizando el fotoshop. Pero en fin, si las Kardashian lo hacen en sus elaborados semidesnudos, ¿por qué no Sánchez con un simple paisaje?

Finalmente está lo de quemar parroquias. Los de Más Madrid, que no respetan nada, han interpelado a la lideresa para que explique si existe en efecto un peligro real de quema de templos, y en qué datos fiables sustenta la hipótesis anunciada en el hemiciclo.

Los de Más Madrid no comprenden la poesía y el arrebato, el vivo sin vivir en mí de la intrépida Ayuso.

Y sin embargo, el asunto no deja de tener miga. Cabría incluso que las derechas voraginosas aceptaran una enmienda transaccional si se efectúa una corrección gramatical mínima. Ahí donde pone “quemar iglesias”, la expresión se podría cambiar por la de “quemar a Iglesias”.