sábado, 18 de mayo de 2019

LOS RICOS TAMBIÉN ODIAN



La alcaldesa de Madrid Manuela Carmena, sorprendida en trance de comprar magdalenas en un supermercado. (Fuente: Instagram)

El artículo de Jordi Évole en lavanguardia de hoy no tiene desperdicio. Su título: “Ada Colau y los príncipes destronados”. Un simple botón de muestra, entre tantos para elegir: «Lo que no saben los que destilan tanta rabia contra Colau es que son su principal motor. Sin ellos no hubiese llegado hasta aquí. Son ellos los que mejor dibujan lo que representa Colau.»

En uno de los primeros lugares de ese delito de odio interminable e insaciable a Colau figuran los medios independentistas; pero también, y simétricamente, el cogollito de la vieja oligarquía barcelonesa, acostumbrada a practicar la extracción de rentas de todo tipo no ya desde la impunidad, sino desde la convicción de que ese es el orden jerárquico natural y establecido por el designio divino, para que los ricos sigan siendo ricos y los pobres pobres, por la eternidad.

Las dos derechonas, la de la nueva fiebre soberanista y la que traslada al otro lado del Ebro las sedes sociales de sus empresas y las cuentas bancarias para evitar fluctuaciones indeseadas en el ingreso regular de sus rentas, coinciden en muchos aspectos de su visión del mundo; y uno de ellos es la abominación por el sacrilegio de tener una intrusa del “otro” mundo instalada en la Casa Gran.

Algo parecido, aunque con características distintas, ocurre en Madrid con Manuela Carmena. Su posible continuidad en un club al que nunca se le habría debido permitir pertenecer, está poniendo de los nervios a las intelectuales orgánicas más finas del peperío instalado al que le están removiendo las sillas en la Comunidad más rica de España. Isabel Díaz de Ayuso echó en cara a Carmena haber acabado con los entrañables atascos de Madrid Centro, en los que había ido a refugiarse la “movida” posmoderna, ahora inmovilizada, y podían fraguarse amistades para toda la vida en la eternidad transcurrida hasta superar un semáforo.

Pero la puntilla la ha dado Cayetana Álvarez de Toledo, implacable en su mirada al mundo plebeyo desde la punta afilada de su nariz aristocrática: «Miente tanto que un día se descubrirá que compra sus magdalenas en el supermercado.»

Una frase así debería ser suficiente para imputarla por un delito de odio. Odio puro y duro. Odio reflejado como en un espejo por la propia Álvarez, al decir de Carmena que «hace crecer la política del rencor disfrazada de causas morales.»

Los ricos se sienten odiados por la chusma progre. Es algo que ya sabíamos de siempre. Mientras los ricos gobiernan, sin embargo, ese odio les resbala. Se exacerba, en cambio, cuando empiezan a perder las alcaldías, las autonomías y los parlamentos que coleccionaban como fichas de su Monopoly particular. Entonces ponen en marcha a su vez un odio centuplicado hacia quienes les han despojado de sus juguetes, tanto más queridos porque era costumbre ancestral suya utilizarlos siempre en beneficio propio, y nunca nunca del común.

El odio de los ricos es un odio negro, que no se preocupa de disfrazarse de causas morales.


viernes, 17 de mayo de 2019

VUELO GALLINÁCEO


No es posible saber todavía si la escaramuza indepe contra Iceta traerá consecuencias de calado, o si se tratará de un simple “chubasco” como ha deseado, desde su escaño en Madrid, Gabriel Rufián. Los prohombres y las promujeres representantes de la Cataluña ancestral han querido tan solo, según se desprende de sus declaraciones, marcar territorio frente a la “arrogancia” del PSOE (la expresión entrecomillada es de F.-M. Álvaro). Para que lo entiendan, se trata de la misma actitud de tantos defensas que en el minuto tres de partido ya han dado a Messi una patada en la espinilla y un codazo en el morro, no por evitar ocasiones de peligro sino para que el crack se vaya enterando de lo que le espera si se le pasa por la cabeza la funesta idea de regatearles.

Desde el PSC se ha interpuesto el recurso correspondiente a los tribunales (seguimos en la judicialización de la política), además de emitir un comunicado muy duro contra el “tacticismo y el vuelo gallináceo” de ERC y JxCat.

Tiene miga lo del vuelo gallináceo, por lo que sugiere: un aparatoso movimiento circular de muchas aves alborotadas, con ruidoso batir de alas acompañado de cacareo estridente, y todo ello sin elevarse más allá de un palmo mal contado del suelo.

Es una descripción magnífica de esa forma de entender la política que viene a conocerse con el término impreciso de “populismo”. Se viene a calificar de populista, hoy, tanto a la figurilla de San Antón como a la de la Purísima, diferentes entre ellas, claro que sí, pero mayormente por el hecho de haber salido del molde la una con barba, la otra con la cara exenta. El vuelo gallináceo define al trío Torra, Puigdemont, Torrent, pero no solo a ellos tres. Y, no solo en su caso, se combina a la perfección con el discurso fake de lo estratosférico, de los grandes horizontes, de las banderas que ondean y las perspectivas insondables.

La imagen viene a corresponderse con la de Don Quijote y Sancho montando a Clavileño con los ojos tapados por una venda, mientras los Duques y la concurrencia ponderan en tono de burla lo alto que están ascendiendo en los cielos de la fama. También en la vida real de hoy, unos Duques han financiado el pitorreo público y se carcajean por lo bajini del espectáculo que están proporcionando a los selectos invitados a su fiesta.

Don Quijote salió con dignidad del trance: «Nadie podrá quitarme la gloria del intento». Y también de otras bromas menos inocentes urdidas por los mismos, como el acoso sexual a que le sometió la “discreta y desenvuelta” Altisidora, doncella de la Duquesa. No es el caso de nuestros prohombres y promujeres, así catalanes como de otros orígenes, en el trance de revolotear alborotando el gallinero.

Todos ellos calculan que su actitud no traerá consecuencias, que todo es un juego de farol ingenioso acometido con espíritu deportivo para ver qué pasa, y que nadie habrá de pedirles responsabilidades por su actuación faltona, atropellada y vociferante.

Pero eso, como he dejado escrito al principio de este post, aún está por ver. El deporte que practican estas estrellas de nuestro firmamento ha entrado en la etapa del VAR y de las tarjetas rojas y amarillas. Y ya nadie compite solo por el resultado, sino por el negocio.


miércoles, 15 de mayo de 2019

ESQUERRA ESQUIZOFRÉNICA DE CATALUNYA


Una vez más, Esquerra Republicana había tomado asiento en la antesala del poder de la Generalitat. Una vez más, se dedica minuciosamente a despilfarrar el patrimonio acumulado después de un largo esfuerzo.

Ocurrió en la época del pujolismo, en la que nunca llegó a consolidarse ni como alternativa ni como aliado inter pares. Siempre fue a remolque, con esa característica de los remolques que transitan por carreteras comarcales: la de dar bandazos continuos a derecha e izquierda.

Ocurrió en los gobiernos tripartitos, en los que Esquerra se comportó al mismo tiempo como socio de gobierno y como quinta columna, y acabó por hacer fracasar el experimento.

Ocurrió en la histórica/histérica jornada del 27-O de 2017, el día en que Puigdemont había decidido convocar elecciones y Esquerra, encabezada por una Marta Rovira desmelenada, lo aguardaba en la plaza de Sant Jaume con pancartas que llevaban escrito el apelativo “TRAÏDOR”.

Ahora, después de unas elecciones en las que ha cosechado el fruto de una posición dialogante y opuesta a la intransigencia, da un nuevo bandazo hacia su personalidad de Mister Hyde, y anuncia su propósito de taponar la vía de Iceta a la presidencia del Senado, con el argumento de que no quiere “normalizar” una situación anómala.

Es justo el discurso contrario al que le ha valido desbancar a JxCat y su hijuela la Crida de la posición alfa del campo independentista. Es una pataleta inútil además, porque consigue taponar la posibilidad de contar en la “cocina” de los posibles acuerdos con una persona muy cualificada como interlocutor; pero en cambio no está en su mano impedir que se nombre a otro presidente del Senado socialista, posiblemente no catalán y posiblemente también menos sensible que Iceta a los matices a tener en cuenta en el diálogo institucional.

Esquerra Esquizofrénica de Catalunya elige una vez más no comprometerse en faenas de gobierno que repugnan a su alma romántica. Está mandando una señal fuerte a sus votantes de hace pocos días: Non serviam. Seguirá viviendo de los tuits ingeniosos de Rufián en el Congreso, y de las repetidas declaraciones de Junqueras de que él es una buena persona, creyente fervoroso, de misa diaria.

Poca cosa. Poquísima, en sustancia. Las formaciones políticas que no consiguen superar sus enfermedades infantiles acaban por caer en la irrelevancia. Esquerra lo sabe porque ha pasado por el trance ya en muchas etapas históricas de su torturada personalidad esquizofrénica.


martes, 14 de mayo de 2019

ESE DISPARATE DE PIP



Miss Havisham, vestida eternamente de novia y protectora de Pip, en la cubierta de una edición inglesa de ‘Grandes esperanzas’

Curioseo siempre las propuestas de lecturas que hace Librotea en elpais electrónico. Constatan las preferencias de autores o de celebridades varias del mundo de la cultura, y yo las chequeo, no con ánimo de seguir sus recomendaciones, sino de compararlas con mi propio criterio de lector.

Hoy es Donna Leon la que da su lista. Dice del género negro que es por lo general previsible, mal escrito y con un exceso de violencia, en particular violencia sexual. Le doy la razón, pero se trata de una opinión válida también para otros géneros en boga. Hoy se escribe deprisa y mal, en general, y los recursos con los que se pretende retener la atención del lector suelen ser de vuelo rasante. Supongo que el mal no es privativo de esta época. Los buenos libros siempre han sido excepciones en las estanterías.

Me alegra la buena opinión de Donna Leon sobre “Winnie the Pooh”, que yo he descubierto hace muy poco gracias a la pasión de mis nietos por sus historias. Y valoro lo que dice de “Orgullo y prejuicio” de Jane Austen, porque la consistencia de las historias de Austen merece elogios más encendidos de los que comúnmente se le conceden.

Y me conmueve que se haya acordado de Charles Dickens, de “Grandes esperanzas” en particular. Dickens está presente indiscutiblemente en el Olimpo literario, junto a Cervantes (su Pickwick es un Don Quijote inglés y en un siglo distinto), Balzac y Tolstoi; pero también está alojado en el fondo del fondo del baúl de los recuerdos. Decir que “Grandes esperanzas” es «más emocionante que cualquier novela negra» resulta un tributo con un sabor tan añejo como el del vino rancio guardado en la bota del racó, en el barrilito del rincón.

Pero es cierto. El lector se ve atrapado en las aventuras por completo imprevisibles del protagonista que cuenta su historia en primera persona, desde el primer encuentro con el preso fugitivo, para el que Pip roba comida en la alacena de la casa de sus padres, hasta el final agridulce de su reencuentro con Estella. Un final que Dickens cambió en galeradas, para alejar la sombra (antes explícita) de una partida inminente. Lo hizo, al parecer, por consejo de Bulwer Lytton, plumífero amigo que opinó que aquel primer final era demasiado triste. El público lector, abducido por un relato tan singular de aprendizaje de la vida, agradeció la ambigüedad calculada. Luego hubo un pulso encarnizado entre literatos y críticos sobre el significado último de la última frase. Para unos la recomposición de una relación rota; para otros, la premonición de una separación definitiva.

Thomas Carlyle calificó la novela de “Pip nonsense”,  ese disparate de Pip; pero añadió que algunas escenas le habían hecho reír a carcajadas. Así es Dickens en estado puro. Según testimonios contemporáneos quedó muy complacido de sí mismo cuando acabó de perfilar la trama, y la calificó de “sutil y grotesca”. Y ridícula, y patética, y llena de sorpresas y revueltas sucesivas, y carente de los límites consuetudinariamente impuestos por la verosimilitud.

Viva como la vida misma. Y una obra maestra.


lunes, 13 de mayo de 2019

CRÓNICA DE SUCESOS


Dice Francesc-Marc Álvaro en su columna de lavanguardia que «el vuelco en la Cambra es el hecho político más relevante en Cataluña después de los acontecimientos del otoño de 2017.»

Quizás dicha frase precisa de alguna explicación ulterior. Álvaro se está refiriendo a la Cambra de Comerç de Barcelona, entidad sin duda muy importante aunque no se sabe de cierto que intervenga de alguna manera en el pilotaje de la vida económica catalana, ni que alguien la reconozca, según afirma Álvaro, como un «organismo esencial en la vida económica de Barcelona y del país». En cualquier caso, en las elecciones a la entidad venció una candidatura promovida por la ANC bajo el lema “Eines de País” y encabezada por Joan Canadell, empresario propietario de siete gasolineras que pronto, anuncia lavanguardia, serán ocho. Votó el 4% del censo de entidades representadas (récord histórico de participación) y la victoria está aún entre paréntesis, por la investigación en curso acerca de un voto electrónico masivo posiblemente fraudulento.

Procuremos entonces contener el entusiasmo y examinar los datos con frialdad. Todo es cuestión de escala. Vista a través de una lupa de una gran capacidad de aumento, una pulga puede parecer mayor que un elefante.

El presidente de la Cambra ha sido hasta ahora Miquel Valls Maseda, que ocupaba el puesto desde 2002. En aquel año concurrió a las elecciones y fue elegido sin oposición, en candidatura única. He encontrado los datos en Google, a mí me habían pasado desapercibidos hasta ahora.  

Puede que la elección de Joan Canadell sea, entonces, un acontecimiento político de gran relevancia para Cataluña, pero a Francesc-Marc Álvaro quizá le sería difícil argumentar por qué razón. Canadell expenderá certificados y asesorará a las pymes, como venía haciendo Valls. De otro lado, ha anunciado que romperá los lazos con la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de España. Se trata posiblemente de una perspectiva preocupante, pero no he encontrado ningún rastro de preocupación en la prensa llamada nacional.

Tal vez no es la presidencia de la Cambra de Comerç de Barcelona lo importante del acontecimiento, entonces, sino la presencia de la ANC, la Assemblea Nacional de Catalunya, entidad social radicalmente independentista.

Desde ese parámetro conviene volver a examinar el otro término de comparación propuesto por Álvaro, los acontecimientos del otoño de 2017. Entonces el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont proclamó de forma unilateral la independencia de Cataluña, durante ocho segundos, antes de dejarla en suspenso. Ocho segundos. El asunto ha traído cola amplia, sin embargo. Hay protagonistas de aquel asunto en prisión y otros en el extranjero, sometidos todos ellos a juicio por los tribunales del Estado cuyas leyes supremas fueron lesionadas en la ocasión.

De la independencia de Cataluña al independentismo de la Cambra va, sin embargo, un largo trecho. Cuestión de escala, como he mencionado antes. Pero puede que el intento acabe también en proceso, dado el problema de esos 950 votos emitidos desde la misma dirección electrónica para forzar la mayoría indepe en un lugar donde a nadie le iba ni le venía la cuestión.

¿Es comentarista político Francesc-Marc Álvaro, o cronista de sucesos?
  

domingo, 12 de mayo de 2019

RUBALCABA EN EL FRONTISPICIO


El género literario del editorial de prensa ditirámbico no da para mucho; pero si se recurre a profesionales avezados, el trance puede salvarse con alguna dignidad.

No ha tenido esa suerte Alfredo Pérez Rubalcaba con el editorialista de elpais. Era de esperar, Rubalcaba no tuvo suerte en la vida casi con nada, si excluimos su propia conformidad consigo mismo; esa especie de coherencia interna que llevó consigo desde las aulas universitarias a la política, y desde la política, de regreso a la universidad.

Puede parecer un trayecto admirable. Me sucede que estoy leyendo en este momento una novela de Petros Márkaris (“Universidad para asesinos”), en la que se cuestiona precisamente ese tipo de trayectos de ida y vuelta entre la docencia y la función pública. Un personaje, Seféroglu, profesor jubilado, cuenta al comisario Jaritos la diferencia entre un erudito y un intelectual; la traducción de ambos términos es cuestionable, se supone que el erudito es el científico que trata de transmitir su saber, y el intelectual el que encabeza y conforma un sector de opinión.

Dice Seféroglu (p. 193): «Las personas eruditas son gente de biblioteca, de estudios y de trabajo científico. Los intelectuales son especialistas en todo y expertos en nada. Los eruditos tienen conocimientos, los intelectuales tienen opiniones.»

No quiero decir que sean estos los parámetros desde los que juzgar a una persona como Rubalcaba. No he acabado la novela aún, además, y desconozco la moraleja última que propone el autor. Es solo que me chirrían desagradablemente algunos de los conceptos que maneja en su escrito el editorialista de elpais.

Primer ejemplo, señala como una virtud (“que tanto escasea en la actualidad y que él representó”) «la función social del político». Vamos a ver, si le quitamos a la política su función social, ¿qué queda? ¿Por qué se considera “virtud” lo que es el meollo mismo de la actividad en cuestión?

Sigue el editorial: «Al cabo de las cuatro décadas en que Rubalcaba estuvo en el frontispicio de esa política…» Explíquenme cuál es el frontispicio de la política. Ayúdense en esa tarea con el Diccionario de la RAE. Averigüen dónde está colocado exactamente y cuál es su utilidad. Y una vez determinado todo eso, preguntémonos entre todos qué pudo estar haciendo allí Rubalcaba, u otra persona cualquiera, durante cuatro décadas nada menos.

Aun falta lo mejor: «Cuando la función política dejó a Rubalcaba, este volvió con humildad a su profesión, la docente, con los bolsillos en las mismas condiciones que estuvieron siempre.» Se nos informa de que la función política dejó al hombre, y no el hombre dejó la función que ejercía. ¿Tiene algún sentido esta trasposición entre el sujeto y el complemento de la oración? Seguramente sí, porque a nadie se le ocurriría utilizar un artilugio gramatical de forma tan retorcida si con ello no deseara llamar la atención sobre alguna circunstancia significativa.

El hecho de que volviera a ejercer su profesión, con humildad o sin ella, es preferible sin duda a que tuviera que apuntarse a la lista del desempleo. El hecho de que sus bolsillos no se hubieran abultado mientras tanto dice mucho en favor de Rubalcaba, pero no es tan asombroso en sí mismo. La presuposición de que al obrar así hizo algo singular y extraordinario es dar por supuesto que la gran mayoría de los políticos de este país se enriquecen en el ejercicio del cargo. Seguramente el editorialista no querrá firmar y rubricar ante la fiscalía una acusación semejante.

Paso de comentar la segunda gran virtud que destaca el artículo: la coherencia ideológica (“siempre perteneció al mismo partido, el socialista; dentro de él siempre estuvo con los mismos compañeros…”). No me parece tan singular esa característica como para justificar el epitafio que el editorialista coloca en el frontispicio de su panegírico: «En el político socialista han coincidido las mejores características de lo que se denomina un servidor público.»

No es mi intención poner en duda las virtudes evidentes de Rubalcaba, cuyo fallecimiento prematuro deploro con sinceridad; ni resaltar los posibles defectos de su personalidad, tan publicitados en su momento por amigos y enemigos (hasta la “indecencia”, dice Joaquín Almunia en otro texto), y ahora soslayados por aquello de de mortuis nihil nisi bonum.

Solo digo alto y claro que este hombre merecía un mejor panegirista.


sábado, 11 de mayo de 2019

TÓRTOLAS



Al despertarme esta mañana en Sant Pol con chillidos de pájaros entrando por la ventana abierta, he echado de menos a la tórtola que nos visitaba en Egáleo. Se posaba todos los días al amanecer en la terraza de nuestro dormitorio, que da a un interior de manzana muy fragmentado ─con edificaciones bajas diversas, pequeños huertos urbanos y, debajo mismo de nuestro piso, un hermoso limonero y unos rosales que el vecino del piso bajo, Vasilis, cuida con esmero─, y emitía su arrullo monótono y cansino. Algunos poetas exaltados, inducidos por el Cantar de los cantares, confunden esa piada con un himno al amor conyugal. Qué quieren que les diga.

Yo, que sin audífonos escucho los sonidos muy amortiguados, encuentro agradable el despertador volante; Carmen, por el contrario, considera su aviso repetido un bocinazo insufrible, y en alguna ocasión salió exasperada a la terraza con una escoba en la mano para ahuyentar a la intrusa. Entre los dos compusimos la letra de una mañanita, con la tonada de la del Rey David, que dice así:

            Despierta, Paco, despierta
            Mirá que ya amaneció
            Que la tortolica canta
            Y me estoy cagando en tó.

En Egáleo, pero también en otros lugares de Atenas apartados del tráfico abrumador de las vías rápidas del centro, las tórtolas se han adueñado del espacio aéreo. Suelen ir por parejas, obedientes al cliché poético, y muy compuestas con esos ojos que parecen pintados y el collarín de plumas oscuras característico. He mirado en Wikipedia y descubierto que se trata de una especie vulnerable y con una población en rápido descenso (un 62% en los últimos años, según el Informe europeo para las aves comunes) por la caza de que es objeto en Francia, Italia, España, Grecia, Chipre y sobre todo Malta, donde no se respeta ni siquiera la migración de la primavera, cuando las tórtolas se dirigen a sus cuarteles de reproducción.

Dice Wikipedia que las tórtolas pasan el invierno en una franja africana entre el Sahel y Etiopía, y suben a Europa en primavera. Lo cierto es que en Egáleo se las ve y se las oye abundantemente también en invierno. Será que están tan cómodas en los jardines y los huertos atenienses que les da pereza migrar. Ya no hay paraísos remotos, ni siquiera para las aves.

El canto insistente de las tórtolas es, como he hecho constar en otra ocasión en estas páginas electrónicas, uno de los ingredientes fundamentales que me hacen sentirme en casa en nuestro piso alquilado de Egáleo; el otro es el perfume penetrante de las especias de la tienda situada apenas a cincuenta metros, en la misma calle.

Así suena y así huele para Carmen y para mí el país donde vamos a reencontrarnos con la porción numéricamente más consistente de nuestra familia; que es como decir con nosotros mismos en una dimensión distinta.


viernes, 10 de mayo de 2019

NO LES ENTENDEMOS


La inefable Elsa Artadi, segunda de la lista del PDeCat al Ayuntamiento de Barcelona, ha declarado que si los socialistas colocan de presidente del Senado al catalán Miquel Iceta como cebo para que “los de aquí” le votemos, es que no han entendido nada. Ha añadido que se trata de un “chantaje alucinante”. Finalmente, ha señalado que “nosotros estamos donde estábamos” y es Pedro Sánchez quien tiene “que hacer un giro”.

Solo me parece razonable uno de sus argumentos: la queja de que “ellos” no han entendido nada. Ahí me parece que está pisando terreno firme: yo mismo, y disculpen que me ponga de ejemplo, no la entiendo en absoluto.

No es eso lo peor. Tampoco entiendo nada cuando describe a Ernest Maragall como un mero “recambio” a Ada Colau, a la que critica por su política de seguridad, de vivienda (sí, de vivienda) y del top manta. Maragall, candidato por ERC, sería para Artadi más de lo mismo, un antiindependentista. “Nosotros somos los que hemos dicho que queremos un cambio de verdad.”

¿Un cambio de verdad? El problema no es que lo que dice Artadi sea complicado, o profundo. Es que es incoherente. Esta chica trabajó de becaria de Soraya Sáenz de Santamaría en la época real del 155, y Santamaría no encontró ningún reproche a su trabajo. Será que no le entendió nada. Su capacidad de disociación mental es notable. No encuentra dificultad ninguna en sostener al mismo tiempo una cosa y su contraria. Algunos filósofos señalados, pongamos por ejemplo a Aristóteles, han sostenido con empeño en sus escritos que tal cosa es racionalmente imposible. Artadi, sin duda, le reprocharía (me la imagino regañando a Aristóteles con esa vehemencia y frescura de expresión tan suyas) que “no ha entendido nada”. Posiblemente le informaría también de que ella no ha cambiado de posición, y es él quien tiene que dar un giro copernicano, expresión que dejaría aún más confuso al advenedizo de Estagira.

Es que el Olimpo que habita Artadi no es fácilmente alcanzable para un cualquiera. Cuenta hoy mismo Josep Ramoneda en elpais.cat que Josep Maria Ainaud de Lasarte decía que, desde el tiempo de la dictadura de Primo de Rivera, la república, la guerra, el franquismo y la democracia, todos los alcaldes de Barcelona sin excepción habían sido amigos y conocidos de toda la vida de su familia. Ada Colau rompió esa exquisita norma consuetudinaria. A ella no la habrían saludado los Ainaud en el caso improbable de cruzarse con ella por la calle.

Supongo que lo mismo le ocurriría a Colau con Artadi. O se está en la pomada, o no se está. Colau decididamente no lo está, y sin embargo ahí la tienen paseándose por la Casa Gran con ínfulas de dueña.

Colau no pertenece al cogollito de “los de aquí”. Ni de lejos. “Nosotros estamos donde siempre hemos estado”, la apostrofará Artadi. “Y tú no has entendido nada.”

Ciertas rutinas del mando secular no se pierden nunca. La primera promesa electoral de Artadi ha sido que, si gobierna ella, subirá de 2700 a 3300 efectivos la dotación de agentes municipales.


miércoles, 8 de mayo de 2019

EL PARTIDO DE VUELTA


Vi la vuelta de la primera semifinal de la Champions por televisión; por lo menos la vi hasta el cuarto gol, cuando sentí que mi desesperación ya no podía ser más profunda. El espectáculo era extraordinariamente hermoso, tenía todas las virtudes del deporte del fútbol en estado de exaltación máxima; pero en aquel carrusel de belleza, mi equipo estaba siendo zarandeado de mala manera.

A Pablo Casado le faltó tiempo, al día siguiente, para asegurar que el Partido Popular “va a remontar como el Liverpool contra el Barcelona”, en el “partido de vuelta”. Era previsible que alguien lo dijera. Cuando se les da la ocasión de utilizar clichés emocionales de ese tipo, uno puede poner la mano en el fuego porque uno al menos, o varios incluso de nuestros políticos, no tendrán el menor empacho en hacerlo.

Pero el fútbol y la política no tienen un parecido tan grande, y la metáfora del “partido de vuelta”, que yo mismo he empleado alguna vez en estas notas en contrapunto, tiene poco sentido desde el momento en que no estamos ante una eliminatoria deportiva en la que uno avanza y el otro se va a casa. Todos los competidores van a seguir adelante después del 26-M, y las posiciones que tratarán de ocupar ese día no son las mismas que se disputaron el 28-A.

Casado también ha comentado negativamente la intención de Pedro Sánchez de colocar a Miquel Iceta en la presidencia del Senado. Iceta es un hombre conciliador, abierto al diálogo, muy preparado, risueño y bailón. A lo largo de su carrera las ha visto de todos los colores, igual que el hombre que lo patrocina para el puesto. Avalan su candidatura la abominación que le profesa la derecha españolista y la exactamente simétrica de las formaciones indepes. Al primer sector le escandaliza que haya dicho que si la independencia catalana cuenta algún día con un 65% de votos favorables, será forzoso tener en cuenta el dato de alguna manera. Para el segundo sector, Iceta ha sido un valedor de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Y es cierto, pero también lo es que en las circunstancias actuales sería la garantía más firme de que no habrá repetición de la jugada, salvo catástrofe imprevisible o nueva unilateralidad.

No obstante, es posible que, en cumplimiento práctico de la regla del partido de vuelta o de la revancha pura y simple, indepes y unionistas se unan en el Parlament català en el voto (inédito en democracia) en contra de Iceta, a fin de que no vaya al Senado y, así, haya un presidente distinto. Ambas partes del electorado, contrarias entre ellas, prefieren sin duda un perfil más duro y menos catalán al frente de la cámara alta. Son cosas de la polarización de la política.

No va a haber ningún “partido de vuelta”, sin embargo. El 26-M se deciden cuestiones distintas de las que se trataron el 28-A. Convertir las municipales y las europeas en una segunda vuelta plebiscitaria de las generales es un intento fantasioso de regreso al pasado, una simulación de que no ha sucedido aún lo que sí ha sucedido ya, una intención solapada de revisión permanente de un resultado que ya campea fijo en el marcador para los próximos cuatro años de legislatura.


GATO BLANCO O GATO NEGRO


«Ya solo sabemos hacer política alimentando la polarización», concluye Antoni Puigverd en su columna de hoy en lavanguardia. Una intuición parecida me asaltó de pronto mientras escuchaba el lunes, en la sede de CCOO, disertar a Gemma Ubasart y Steven Forti sobre los populismos en la política. La explicación de Puigverd es eminentemente política: el ideologismo (los populismos y los nacionalismos) funciona como un “castillo-refugio” para la política desde el momento en que esta es consciente de su impotencia para influir en una realidad marcada por la fuerza incontestable de una economía globalizada.

Ante esa fuerza avasalladora que ha adquirido la categoría de lo global, cada opción política se ocupa con mimo de la diferenciación detallista de su propia parcela. El afán mayor consiste en distinguirse del propietario de la parcela vecina, como en una urbanización de casas construidas en serie donde uno pone figuras de enanitos en el jardín, y el otro una marquesina de vidrios de colores sobre la puerta principal.

Las grandes preguntas que la política debería responder quedan sin enunciar. Cedo al respecto la palabra a Puigverd: «¿Cómo detendremos la desigualdad creciente? ¿Cómo evitaremos que la economía especulativa se imponga a la productiva? ¿Cómo daremos estabilidad a las nuevas generaciones? ¿Cómo afrontar la precariedad laboral? ¿Cómo frenar el desbocamiento del precio de la vivienda? ¿Cómo evitar el colapso del planeta?» Respecto de todo ello los políticos, así de izquierdas como de derechas, marcan con una cruz la casilla “No sabe/No contesta”. El tiempo del que disponen en prime time lo ocupan en afirmaciones más pueriles, tales como que “su” persona es la única garantía viable en todo el abanico de opciones parlamentarias y/o municipales para evitar que los de Fulanito pacten con el diablo separatista para conservar sus poltronas, o los de Menganito traicionen a mansalva sus principios eternos vendiéndose al feminismo o a la reforma de la constitución.

Asistimos a un retorno impetuoso de la ideología después de una larga etapa crepuscular. (Puigverd recuerda el pragmatismo del que alardeaba Felipe González, cuando citaba a Deng Xiaoping: “Lo mismo da que el gato sea blanco o negro, con tal de que cace ratones”).

Vuelvo a mi intuición entrevista, que no es contradictoria con lo expuesto pero retrocede un paso más para completar la perspectiva.

La polarización existente en el mercado de la política podría tener asimismo una razón paralela desde el lado de la demanda, no exclusivamente desde la oferta. La forma de organizarse en la actualidad la producción de bienes y servicios, y la precarización creciente del empleo, han deteriorado las bases de la personalidad del hombre común del siglo XXI, de la misma forma que la rapiña de los bienes naturales está deteriorando de forma irreversible la biodiversidad. 

La personalidad fragmentada y la corrosión del carácter del trabajador actual por cuenta ajena conforman un gran vacío interior y una inseguridad existencial que reclaman certezas sencillas a las que asirse, dada la quiebra generalizada de los valores que manejaba en la etapa anterior. La demanda política se dirige entonces a las certezas de perfiles más nítidos entre las expuestas en el escaparate de la política espectáculo, y la característica que se exige de ellas es que no sean ─porque no pueden ontológicamente serlo─ ni compatibles, ni intercambiables entre ellas. 

Así, en una sociedad desnortada, cada individuo viene a exigir una certeza "total" para su propio uso, y lo hace desde una convicción radical, en lucha contra todas las demás certezas posibles, que pasan a encarnar el Mal omnipresente en su vida escindida.

En el nuevo tinglado de la política se da por descontado que ningún gato va a cazar ningún ratón. En consecuencia, ha pasado a ser de la mayor importancia si “nuestro” gato de elección va a ser modelo blanco o modelo negro.


martes, 7 de mayo de 2019

JD, EL MITO


Jerome David (JD) Salinger murió en 2010. Dejaba atrás cuatro cosas publicadas, entre ellas una novela más bien corta que lo había elevado a la condición de mito mediático: The catcher in the rye, título traducido como “El cazador oculto” en la versión española que yo tengo, y más tarde como “El guardián entre el centeno”. En la película El coleccionista, de William Wyler, rodada en 1965, el secuestrador (interpretado por Terence Stamp) preguntaba a la secuestrada (Samantha Eggar) qué opinaba de ese libro, por entonces un icono en los ambientes intelectuales y universitarios estadounidenses. Ella alababa la penetración psicológica del autor y la sensibilidad extraordinaria del personaje, y a él le daba un acceso de furia. “¡Es una porquería, es puro esnobismo!”, vociferaba (y no estaba del todo exento de razón).

Una variante extraña de ese culto popular la dio Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, que quería modelar su vida sobre la de Holden Caulfield, el protagonista de la novela de Salinger. Caulfield se convirtió de alguna manera en el santo patrón de una legión de inadaptados.

El propio JD impulsó su leyenda, al retirarse a vivir a Cornish, New Hampshire, y abominar de los medios de comunicación, que mantuvo férreamente apartados mediante un eficaz cordón sanitario, durante el resto de su existencia. Según quienes le conocieron, practicaba el budismo zen, desarrolló toda clase de manías y siguió una disciplina inflexible de escritura diaria, con ánimo de escalar la perfección última.

Hace un par de días, se publicó en elpais una entrevista con su hijo y albacea literario, Matt Salinger. El chico se muestra dispuesto a publicar la obra inédita de su padre, “porque es lo que él quería”. Por lo demás, en ningún momento afirma que esa obra es un tesoro por descubrir, o que nos deslumbrará cuando la conozcamos. Del enorme amasijo de material acumulado a lo largo de tantos años de escritura insomne, dice que aún no está preparado para la edición, y calcula unos tres o cuatro años más de trabajo hasta tenerlo todo a punto.

Qué quieren que les diga. Si desde los años sesenta JD no encontró nada que valiera la pena dar a la imprenta, y desde 2010 su hijo y albacea anda buceando en los manuscritos para establecer un cierto orden y coherencia, yo diría que no debemos esperar gran cosa del resultado final de toda esa fatigosa labor de edición.

Marcel Proust es un caso clásico del escritor encerrado a solas con su obra, en lucha titánica por darle forma. Hay una diferencia, sin embargo. A Proust le habría encantado encontrar un editor que creyera en él lo bastante para arriesgar su dinero: empezó por financiarse él mismo sus publicaciones. A Salinger, por el contrario, las casas de edición le pedían de rodillas un libro, uno cualquiera, fuera novela, ensayo o colección de cuentos. Si no lo daba, yo diría que es porque no lo tenía; seguía buscando sin desfallecer pero también sin éxito su propia voz literaria; en tantos años, nunca dejó que sus escritos pasaran de la etapa de borradores.

Lo sabremos, de todos modos, si su hijo culmina su intención de dar a conocer la obra del padre. Afirma Matt que en 1992, en un incendio que destruyó casi enteramente la casa de Cornish, se produjeron dos “milagros”: uno, que JD no murió en la catástrofe, a pesar de su sordera, porque su mujer se dio cuenta a tiempo del estrépito de las llamas. El otro, que el fuego no llegó al escritorio en el que guardaba todos sus papeles.

Quizás habría sido preferible que los papeles se perdieran, como ocurrió con el famoso baúl de Hemingway, que se extravió en uno de sus viajes y nunca más ha aparecido. Hemingway se mostró durante algún tiempo profundamente afectado, pero al final decidió que no había perdido nada serio, nada que no pudiera recuperar con memoria y trabajo.

Lo de JD tiene pinta de ser una historia distinta. La de un mito hinchado y zarandeado en una coyuntura muy concreta, después de la guerra mundial y en un ambiente de desorientación y de inadaptación a nuevas hechuras sociales. Un mito que empezó a crecer de forma autónoma e imparable, hasta asfixiar el talento creativo del escritor.

En una escala bastante menor, algo parecido le ocurrió entre nosotros a Carmen Laforet, después de su revelación literaria con Nada. Publicó algunas novelas más, pero acabó por dejarlo, incapaz de responder a las expectativas que habían despertado sus inicios.


lunes, 6 de mayo de 2019

DIÁLOGO O UNILATERALIDAD


En la séptima asamblea general ordinaria de la ANC se ha votado de forma masiva trabajar por la independencia de Catalunya desde la unilateralidad. Estas son las palabras de Elisenda Paluzie, presidenta de la entidad: «Está muy bien proponer un referéndum acordado, fantástico, una independencia negociada siempre es mejor. ¿Pero qué pasa con un referéndum acordado? Que dependes del otro, y si no nos lo acuerdan ¿qué haremos? Más frustración.»

Paluzie expresa descarnadamente el problema: “dependes del otro”. Una posición incómoda, evidentemente. Si miramos a Catalunya desde cualquier enfoque realista (geográfico, político, económico, cultural, lingüístico, gastronómico, etc.), siempre aparece ese “otro” indeseable. La forma de eliminarlo de la ecuación solo puede consistir en darle un valor cero; no contar con él, no depender más de él.

Si en las próximas elecciones autonómicas los partidarios de la independencia suman más del 50% de los votos, ha señalado Paluzie, y lo ha refrendado la asamblea, “ya no habrá excusas” para no implementar una independencia “más necesaria que nunca”.

Algún profano en la magia de las matemáticas puede objetar la aporía de Paluzie desde el simple sentido común: el “otro” sigue existiendo, no desaparece porque lo borres de la ecuación. El “otro” cuenta, en todas las cuestiones materiales que conforman la Catalunya realmente existente. Si depender del “otro” genera frustración, el  intento de prescindir de él provocará una frustración todavía mayor.

Solo si contemplamos a Catalunya desde un punto de vista espiritual, concibiéndola como un ideal luminoso y eterno que traspasa y trasciende las bajas realidades de este mundo, es posible prescindir de tanta clase de tropa como anda dispersa por ahí. Seguramente es desde ese punto de vista acendradamente espiritual como la Honorable Núria de Gispert se refirió a las recientes exportaciones de porcino catalán. Y como Gemma Domenech, directora de Memoria Histórica de la Generalitat, confundió un acto internacional de homenaje a los presos republicanos españoles bajo el nazismo con un homenaje de los elegidos, de los creyentes, a Raül Romeva, en trance actualmente de juicio en el opresor Estado español.

La Generalitat de Waterloo y su intendencia de la ANC están reclamando de Pedro Sánchez un diálogo abierto y sin limitaciones. Al mismo tiempo, sin embargo, dejan claro que solo quieren diálogo sobre un único punto, y además lo reclaman desde una posición inamovible. “Si me lo das tú, vale; si no, me lo tomo yo.”

Eso, en el idioma de las faves contades, no se llama diálogo sino monólogo. Un monólogo decidido a ignorar olímpicamente que la institución de gobierno de Catalunya tiene la misma responsabilidad y está obligada a tener el mismo respeto exquisito respecto del “otro” evocado por Paluzie, que respecto del “uno” para el que reclama reconocimiento en exclusiva.

El reino de las instituciones “es” de este mundo, y está precisamente en este mundo, no en las alturas empíreas en las que la Catalunya espiritual exige ser escuchada y atendida.


domingo, 5 de mayo de 2019

NO SON MOLINOS


El resultado de las elecciones del pasado 28-M ha provocado en algunos cenáculos de la izquierda una euforia desproporcionada. Con el mismo ímpetu de hinchas futboleros de que hicieron gala las derechas plurales durante la campaña, parece ahora que la consigna del momento en la izquierda sea un «a por ellos» en el sentido inverso. Leo en ctxt que el “con Rivera no” esconde una trampa, porque Sánchez ─traidor en potencia, en este país poblado de traidores hasta debajo de las piedras─ podría utilizar una geometría variable para aprobar políticas sociales aliándose con la izquierda, y políticas económicas con la derecha.

Reconozco que cabe esa posibilidad, pero no me parecería ni una “trampa” ni una “traición”, a menos que confundamos una gallina con un pavo real, y una minoría mayoritaria electoral con una victoria arrasadora.

Ignacio Sánchez-Cuenca se ha preocupado de cuantificar y localizar el voto real que está detrás de los resultados electorales de la jornada pasada (1). A su juicio, el voto muestra una España dividida y una ventaja “modesta” de la izquierda.

Nada para echar las campanas al vuelo (una nota marginal al respecto: las campanas al vuelo serían una prueba irrefutable de la existencia de una política de campanario). Nada que sugiera que ha dejado de tener importancia el propósito de aunar fuerzas y proponer objetivos compartidos y consensuados por un amplio espectro de fuerzas progresistas y razonables, incluidas las derechas que respondan a ese perfil. 

Con la mirada puesta sobre todo en el largo plazo.

Parece sin embargo que lo importante ahora mismo sea el reparto del botín. Algunas personas, serias por lo general, han empezado a teorizar sobre el “voto prestado” a Sánchez, y a exigirle que se comporte en función de la radicalidad supuesta de ese voto que le ha sido confiado no en calidad de donación libre de cargas sino de préstamo oneroso a corto plazo.

Eso es una aberración. Sánchez está moralmente obligado a reeditar la propuesta de presupuestos cuyo acoso y derribo en el parlamento fue el motivo último de la convocatoria electoral anticipada. Y además, a cumplir con la petición razonada y razonable de los sindicatos, que quieren acudir a la negociación colectiva con los patronos sin tener las manos atadas por unas “reformas” laborales profundamente injustas que acumularon en el empresariado todas las ventajas imaginables, desde la convicción falsa de que los sindicatos eran el freno principal para la recuperación de la economía.

Más allá de esta doble restitución debida a la ciudadanía de a pie, la correlación real de fuerzas está lo suficientemente ajustada, y el panorama exterior es lo suficientemente sombrío, para justificar todas las cautelas por parte del gabinete que finalmente se forme.

Yo soy más bien partidario de dar entrada a Unidas Podemos en la segunda e incluso en la primera fila del gobierno, pero no me parece que se trate de ninguna línea roja, ni siquiera de una garantía de nada. En un post anterior he señalado que me parece de mucha mayor trascendencia la sintonía con «asociaciones, sindicatos, movimientos, fundaciones, ateneos y demás. Todo el conglomerado societario vivo, colectivamente pensante y actuante. El general intellect, para decirlo al modo de Marx. Muera Taylor, abajo el taylorismo político.» (2)

Dicho de otro modo, solo ganaremos esta batalla si la ganamos entre todos, bastante más allá del grupo de quienes de forma magnánima “prestaron” supuestamente su voto a Sánchez. Si todos tenemos en la cabeza el programa político de cambio que queremos ver plasmado, y no delegamos nuestros derechos y nuestro protagonismo en un bloque aguerrido de vanguardias institucionales.

No deseo ver de nuevo al hidalgo caballero picando espuelas con el escudo embrazado y la lanza en ristre hacia unas aspas movedizas; y si tal cosa llegara a ocurrir, le avisaré como humilde pero leal escudero: “Mire bien vuesa merced que esos no son molinos, que son gigantes.”