miércoles, 23 de abril de 2014

LITERATURA DE MUJERES

Por la diada de Sant Jordi, conviene hablar de libros. Yo he regalado hoy a Carmen dos: “La librería” y “La flor azul”, ambos de Penélope Fitzgerald. El segundo pasa por ser la obra maestra de su autora; por el primero fue nominada para el Booker Prize, y recibió de una colega (A.S. Byatt) el siguiente piropo: «Es la más privilegiada heredera de Jane Austen.» Un elogio que significa mucho en Inglaterra y bastante menos entre nosotros, a pesar de la moda inesperada de Austen hace algunos años gracias a unas películas de ambientación e interpretación muy cuidadas. En cuanto a Penélope Fitzgerald (Knox de soltera), me temo que es una perfecta desconocida para la inmensa mayoría de los hispanoparlantes. Yo la descubrí hace muy poco. Durante la convalecencia de la implantación de una prótesis en la cadera, leí de prestado “El comienzo de la primavera” y me gustó a rabiar. Me recordó en efecto a Jane Austen, por la observación de los personajes, el tono de ironía amable y el punto de vista característicamente femenino desde el que aborda una construcción literaria de una gran originalidad. Lo explicaré un poco más, a riesgo de chafar la guitarra a algún posible lector curioso: el personaje principal, una mujer, desaparece en el primer capítulo de la novela sin que sepamos por qué, y sólo reaparece en el último párrafo. Toda la peripecia que se desarrolla en medio gravita en último término alrededor de su ausencia.

Debo matizar mi afirmación anterior acerca de un “punto de vista femenino” para contar una historia. No es exacta. Hay, desde luego, subgéneros dirigidos a un público lector femenino, desde la novela “rosa” hasta las diversas sombras de Grey; pero no existe tal cosa como una alta literatura “de género”. El autor literario (discúlpenme que omita la fatigosa convención: el/la autor/ra literario/a) trabaja siempre para dar una versión lo más fiel y completa posible del mundo que pretende plasmar, y su punto de vista es estrictamente individual, nunca genérico. El genio rechaza el género, podría afirmarse. Pero la lectura de algunas autoras enriquece un ángulo particular de la experiencia de un varón; puesto que la realidad no es plana e igual a sí misma desde cualquier posición que se adopte, sino poliédrica y varia, no reducible a un punto de vista unitario. Vive la différence!, que se dice en Francia.

Lo expresaré sin pudor: yo siento por las mujeres amor, gratitud y una curiosidad infinita. No hablo de pulsiones al hacer esta declaración, sino de otra cosa. Para explicarla de forma adecuada, vienen muy a propósito en esta diada tan catalana dos versos de Ausiàs March: «Sens lo desig de cosa deshonesta…, ço que jo am de vos es vostre seny.» (Sin el deseo de cosa deshonesta…, lo que amo de vos es vuestra sabiduría.)

Me atrae de un modo especial la forma como elaboran algunas mujeres la literatura. No todas, advierto; podría dar una lista larga de escritoras que aborrezco. Me gustan mucho Jane Austen y Penélope Fitzgerald, y al lado de ellas apunto de corrido y sin pensar demasiado unas cuantas más, distintas, con visiones y estilos muy diferenciados, pero todas con ese plus que viene a suplir y remediar mis propias carencias en lo que se refiere a sensibilidad: las británicas Virginia Woolf e Iris Murdoch; las canadienses Alice Munro y Margaret Atwood; la “africana” Doris Lessing, en sus mejores momentos; la mexicana Ángeles Mastretta, discípula directa y reconocible de Gabriel García Márquez; o nuestras Carmina Martín Gaite y Almudena Grandes, sin olvidar a la Carmen Laforet de “Nada”. Gracias a todas ellas por lo que han escrito.



martes, 22 de abril de 2014

TIRAR (CONTRA GABO) POR ELEVACIÓN

Bien se dice que no hay regla sin excepción. Groucho Marx ilustró a la perfección esta verdad en su respuesta a una dama que le preguntó si la recordaba. «Jamás olvido una cara, dijo Groucho, pero por tratarse de usted haré una excepción.» Yo también he hecho una excepción a mi costumbre inveterada de no leer nada de Federico Jiménez Losantos, al saber que había escrito sobre “Gabo y los funerales de Gabondela”.

Resumiré para el lector apresurado los tres grandes argumentos de Losantos contra Gabo: 1) No es el mejor de los escritores latinoamericanos del boom ni de después del boom. 2) Lo que en los manuales de literatura se describe como realismo mágico, y que él despacha con elegancia como “Macondo y la Macondez”, es una cursilería. 3) Gabo fue un esnob que corría a hacerse la foto con presidentes y arzobispos. Eso y su amistad con Fidel Castro le ha valido unos funerales tan “multitudinarios y vergonzosos” como los de Nelson Mandela.

Obvio el tercer argumento. No es un modelo de coherencia de pensamiento, y uno se pregunta a santo de qué se ha dado al Madiba vela en el entierro de Gabo, ni qué han tenido de vergonzoso los funerales de los dos. Quizás otro día nos lo explique Federico más despacio.

Ahora bien, el método de crítica literaria utilizado para desmontar la excelencia de García Márquez, es típico y sobradamente conocido. Consiste en esquivar la infraestructura y atacar sin piedad cualquier elemento de la parafernalia que dé pie a una sombra de argumento. Dicho de otro modo, en tirar por elevación. O en tomar el rábano por las hojas. En este caso, lo que centra la atención del crítico es la “cursilería” del realismo mágico. Conviene recordar que se trata de una etiqueta colocada por los críticos a una forma determinada de narrativa, muy señalada en ciertos autores latinoamericanos, pero no privativa de ellos; y en ningún caso, una invención particular de Gabo. Por lo que resulta aún más sorprendente que, cuando Losantos enumera autores con más méritos que García Márquez en el panorama del boom y del pre-boom, vaya a citar en primer lugar a Juan Rulfo y su “Pedro Páramo”; y también a Borges (“sobre todo”), a Cortázar y a Carpentier. Grandes escritores, desde luego, eso es innegable. Dice Losantos que de joven leía “como una locomotora”. ¿Quizá por esa razón no se ha dado cuenta de que todos ellos escribieron más “macondeces” que el propio Gabo?

¡Qué fácil y grata resulta la tarea de denigrar a Miguel de Cervantes según el método Losantos! Destacaremos en primer lugar su fastidiosa condición de lameculos del conde de Lemos, señalaremos a continuación que en su época hubo escritores a nuestro juicio superiores, por ejemplo Quevedo o Lope (ya ajustaremos las cuentas con los dos, llegado el caso, para que nadie se salve de la quema) y acabaremos señalando la inaceptable cursilería del episodio “real-maravilloso” de la cueva de Montesinos. Sólo nos faltará añadir que el “Quijote” de Avellaneda era mejor que el suyo. Nadie se alarme, ni crea que me estoy pasando tres pueblos; hay críticos que ya lo han dicho.


lunes, 21 de abril de 2014

PREGÓN DE FERIA


 
Ser antitaurino significa renunciar a «la esencia misma de nuestro ser español. Por eso, y solo por eso, los españoles que quieren dejar de serlo luchan contra la Fiesta.» Lo ha dicho Esperanza Aguirre en el pregón de la feria taurina de Sevilla. En una ocasión tan solemne, es improbable que sus palabras fueran una ocurrencia improvisada, tal vez al calor de un par de copas de más de manzanilla. No, debió de llevarlo escrito. Escrito y bien rumiado.

La estupenda declaración de doña Espe aporta una luz nueva sobre un tema bastante sobado. En tiempos nos defendimos de la reducción arbitraria de lo español a lo taurino. El resultado de tal aberración era, dijimos entonces, la «españolada», perpetrada por lo común por franchutes que no entendían la especial hondura de nuestra idiosincrasia. «Yo soy la Carmen de España, y no la de Mérimée, y no la de Mérimée», se cantaba en coplas (también, por otra parte, esenciales a nuestro ser mismo, y si no que me lo desmienta la doña). Tuvimos entonces a orgullo ser Algo Más. Unamuno, que no era especialmente taurófilo, lo expresó con otra frase tan rotunda como la de Espe e igualmente poco sospechosa de haber sido inspirada por los vapores del jumilla: «¡Que inventen ellos!» (los europeos, se entiende). Sin embargo, miradas las cosas en su conjunto y con la debida ponderación, nuestra esencia inmortal no mejora demasiado si al espíritu de Pepe-Hillo le añadimos los del inquisidor Torquemada «martillo de herejes», del apóstol Santiago Matamoros, del Cid Campeador y de Agustina de Aragón. En conjunto la esencia de lo español parece consistir en hacer correr la sangre, ya sea de la morisma, del juderío, de los gabachos, o de otras bestias con cuernos. Quizá debamos añadir a ese recuento de urgencia otro ingrediente aún, personificado por la misma señora: la chulería de quien aparca el “haiga” en lugar prohibido y se larga de allí atropellando la moto del agente que iba a ponerle la multa.


Pocos argumentos nos dejan para amar a esa España. ¿Y si buscáramos otra España? Un país sin «esencias» y con respeto exquisito hacia las diferencias, en el que quepan también los antitaurinos.

domingo, 20 de abril de 2014

ANTE EL PELOTÓN DE FUSILAMIENTO

Al revés que mi consuegro el kir Mijalis, que ha ejercido de contable toda su vida y, una vez jubilado, sigue añorando sus números, mi consuegra la kiria Panayota siente afición por las bellas letras. Un día, hace ya bastantes años, le preguntó a mi hija Albertina, en calidad de experta en la materia, si valía la pena leer a ese colombiano al que habían dado el Nobel, y en caso afirmativo por cuál de sus libros era preferible empezar. Albertina le contestó sin dudar que por “Cien años de soledad”, y la kiria Panayota corrió a comprar un ejemplar en una traducción al griego.
Después de leer el famoso primer párrafo, cerró el libro de inmediato. Es una mujer que funciona a partir de grandes intuiciones, y le pareció que había percibido de golpe y agotado de un sorbo toda la materia argumental de la novela.
– Así que al final lo fusilan – comentó a Albertina en la primera ocasión.
– Pues no – respondió mi hija.
– Pero habla muy claramente de un pelotón de fusilamiento. ¿O es que la traducción es mala? – se inquietó Panayota.
– La traducción es correcta. Aureliano Buendía sí estuvo ante un pelotón de fusilamiento, pero no fue fusilado – le aclaró Albertina.
Aquella pequeña contradicción picó la curiosidad de la kiria Panayota, que volvió a abrir el libro y ya no lo soltó hasta el final. En mi siguiente visita a Atenas, me contó que le había gustado.
– Pero no lo entendí todo – me reconoció.
Le aseguré que tampoco yo lo había entendido todo. Gracias desde este rincón a Gabo, por tantas curiosidades como ha despertado en tantos lectores, y tantas sorpresas felices como nos ha dado.


viernes, 18 de abril de 2014

UNA IGLESIA DESENTERRADA




Quizá como compensación por mi desconfianza hacia una Patria con mayúscula, sagrada, he desarrollado un cariño particular hacia las patrias chicas, laicas y de adopción. Una de mis preferidas es desde hace muchos años el Empordanet. Es una tierra amable (riallera, la definió el poeta Joan Maragall), de perfiles suaves, surcada por el bajo Ter y cerrada del lado del mar por el macizo del Montgrí, el espolón del Estartit y la silueta inconfundible de las illes Medes. Aquí han pasado o pasan muchas horas de sus vidas amigos ilustres como Carles Navales en Colomers, Manolo Vázquez Montalbán en Cruïlles, Jaime Gil de Biedma en Ultramort o Pasqual Maragall en Rupià, sin olvidar al abogado Rafael Senra “El Sevi”, en Fonolleres.

En estos inicios de la primavera el color que predomina en los bosques y los prados es un verde nuevo y brillante, y en los márgenes de los campos de cultivo se arraciman las amapolas. Carmen y yo hemos subido a pasar allí este jueves santo – que quedará marcado en la historia por la muerte de Gabriel García Márquez –, y aprovechado el buen tiempo para revisitar uno de nuestros “monumentos” particulares en la zona, la iglesia de Sant Romanç de Sidillà, situada en una zona boscosa próxima a la orilla derecha del río Ter, entre Sant Llorenç de les Arenes y Foixà. Sant Llorenç fue en tiempos una encomienda de la orden del Hospital, y aún siguen bien visibles en la iglesia parroquial y en la modesta pero antigua casa de la encomienda las cruces de ocho puntas o “patadas”, emblemáticas de la orden. Por lo demás es un núcleo de población muy modesto, aunque situado en un entorno rico en historia y en memoria.

Estas tierras sufrieron hace unos meses un incendio devastador, atizado por la furia de la tramontana. Las llamas llegaron muy cerca de los muros de la iglesia de Sant Romanç; sin embargo, no la alcanzaron. Sería exagerado afirmar que sigue “intacta”, tratándose como se trata de una ruina mal apuntalada; pero mantiene lo que los cirujanos llamarían sus “constantes vitales”.

Esta es su historia. El nombre de Sidillà parece ser una corrupción local de “Sicilià” o “Ciziliano”, grafía que aparece en los documentos más antiguos relacionados con el lugar. Algún italiano (¿marinero en tierra, tal vez?) debió de instalarse en una época no del todo precisada, anterior al siglo X en todo caso. En cuanto al nombre de Sant Romanç, parece provenir del plural Sants Romans (Santos Romanes o Romanos), sin que se sepa a ciencia cierta a qué circunstancia del santoral responde la advocación. La iglesia fue el centro de un pequeño núcleo rural desde los primeros siglos de la edad media; se han encontrado en su entorno cerámicas bajorromanas y altomedievales, y huesos indicativos de que pudo haber allí una necrópolis. La fábrica del edificio tal y como subsiste corresponde al siglo XI, aunque algunas partes del mismo podrían remontarse hasta el VI.

A finales del XIII, los condes de Empúries, hartos de que los acarreos del Ter cegaran el puerto de Torroella, desviaron el curso bajo del río de forma que desembocara más al sur. El desvío cambió toda la morfología de la zona. Para contrariedad de los condes el nuevo delta dejó el puerto de Torroella sin mar, mientras que en la ribera derecha del río, por la banda de la adecuadamente llamada Sant Llorenç de les Arenes, se acumularon dunas móviles cada vez mayores de arenas y gravas depositadas en ese punto por el río.

Los embates de la tramontana hicieron el resto: las dunas se desplazaron inexorables hacia el sur, arruinaron los cultivos de Sidillà y obligaron a sus habitantes a abandonar tierras y hogares. Las arenas lo sepultaron todo.

Muchos siglos después, los embalses y las represas del Ter volvieron a cambiar el paisaje. Los aportes fluviales se redujeron y las dunas se fijaron con pinos y matorral. Aún hoy, el tacto al pisar la tierra es blando y poroso.

En 1973, la máquina de una compañía extractora de gravas chocó con algo duro, que de pronto cedió y se hundió. Se había abierto un boquete en la bóveda sepultada de Sant Romanç. El lugar fue, varios años después, desenterrado y limpiado por voluntarios, sin arreglo a ningún programa arquitectónico ni arqueológico; y también se apuntaló de forma precaria la bóveda desfalleciente. En el verano de 2010, en una batida conjunta hecha con Conxa Masià, prima de Carmen, y su marido Narcís, descubrimos por fin la iglesia, muy escondida entre pinos y matorrales, que habíamos estado buscando a partir de informaciones poco precisas aparecidas en publicaciones comarcales. Ahora, después del incendio, el edificio resulta bastante más visible: se ha talado la zona más próxima y creado un espacio de unos 15 metros a su alrededor para prevenir riesgos futuros.

No es un gran monumento; apenas un espacio murado mal cubierto por una bóveda agujereada. No justifica grandes inversiones para su rescate, sólo reclama un poco de cariño por tratarse, a fin de cuentas, del testimonio de un pasado que nos pertenece. Memoria histórica, por más que sea en cantidades infinitesimales. 

jueves, 17 de abril de 2014

EL LIMONERO BAJO EL CEMENTO

Un artículo reciente sobre el futuro de Europa, del sociólogo Ulrich Beck, me ha resultado cargado de sugerencias. Su punto de partida es la siguiente afirmación de Alain Finkielkraut: «Europa no puede construirse sin las naciones, ni contra las naciones.» ¿Y por qué no?, se pregunta Beck. ¿No es así, precisamente, como haría falta construirla? «Abrid bien los ojos y veréis que no sólo Europa sino el mundo entero se encuentra en una transición en la que han dejado de ser reales y operativas las fronteras en las que Europa se piensa políticamente a sí misma.»
El Viejo Continente se encuentra hoy sumido en una crisis que, más allá de la situación de la economía, es una crisis mental, dice Beck, y hace suya una frase terrible de Albert Camus: «El secreto de Europa es que ya no ama la vida.» Lo que está en medio en esta situación, lo que estorba, son justamente las fronteras, las identidades basadas en lenguas diferenciadas, las barreras que los Estados-nación ponen a la difusión y el desarrollo de un modo de vida y una cultura comunes y comunitarios. Dante, Cervantes, Shakespeare, Mozart, Goethe…, ellos son la verdadera identidad europea. Y en referencia a la actual crisis política de Ucrania, apunta Beck: «No se puede proyectar el pasado de las naciones sobre el futuro de Europa, sin destruir irremediablemente el futuro de Europa.»
Para hacer frente a los males de la globalización, es decir a la pobreza creciente y la marginación, a las desigualdades extremas, a la guerra y la violencia, al desarrollismo a toda costa y su consecuencia indeseable que es el cambio climático, Europa necesita una visión global. Debe pensar más allá de las fronteras de los Estados, obligar a cooperar a los enemigos, y tener en cuenta no sólo el estado actual de las cosas sino a las generaciones futuras que van a heredar el mundo que nosotros les dejaremos.
Beck, alemán, encuentra en la cultura de la región mediterránea la “última utopía” aún subsistente, y el ideal de vida, de “buena vida”, que podría unir a todos los europeos en una tarea común. Cita a Goethe y su nostalgia por «el país donde florece el limonero», y se regodea al señalar cuánto mejor nos irían las cosas si el presidente Putin y la cancillera Merkel distrajeran sus ocios en una partida de petanca. Su escapada lírica deja, evidentemente, un flanco abierto al sarcasmo, y en efecto un lector de Le Monde(1), marsellés por más señas, abomina de tales clichés y responde que hoy los jugadores de petanca votan al Frente Nacional y que el limonero está enterrado bajo el cemento «depuis belle lurette», desde los tiempos de Maricastaña como quien dice.
Pues bien, si el limonero está sepultado, es tiempo de replantarlo, para poder soñar una vida mejor a su sombra, perfumados por el aroma de sus flores. Necesitamos reconstruir (o construir de nueva planta) una auténtica comunidad europea: descentralizada, confederalizada, convivencial, culta, tolerante, respetuosa con la naturaleza interna y externa, acogedora para los que llegan de fuera. Y el primer presupuesto de esa Europa en perspectiva, dice Beck, debería ser «la hibernación de la nostalgia étnico-nacional en todas sus formas.»
------------
(1) “Mediterranée, tristes utopiques…”, por Boris Grésillon. Mi agradecimiento a Javier Aristu, que me ha proporcionado tanto este artículo de Le Monde, como el de Beck, aparecido en La Repubblica.


lunes, 14 de abril de 2014

HISTORIAS DE HEREJES

Algunas herejías religiosas, políticas y sociales me provocan una atracción intelectual que contrasta con la afición desmesurada, a lo largo de la historia, de muchos de mis compatriotas por la ortodoxia; una afición que les ha llevado a glorificar a España como “martillo de herejes y luz de Trento”. A quienes, como a mí, no les convence demasiado la clase de iluminación que puede esperarse de las actas del concilio tridentino, seguramente les gustará el libro de Leonardo Padura que estoy leyendo, titulado precisamente “Herejes”. Cuenta historias de hombres que fueron señalados como heterodoxos en el seno de una comunidad que era a su vez herética para círculos más amplios de sectarios disidentes de la rama principal de la doctrina que todos ellos practicaban de una u otra forma. Los meandros de sus comportamientos vienen a configurarse como una especie de arcanos encerrados unos dentro de otros de modo que las reglas, los valores y las conductas se bifurcan y se multiplican en cada nivel.

Padura advierte en una nota que los acontecimientos descritos en su novela están basados en una investigación histórica rigurosa, pero que las exigencias del desarrollo dramático le han obligado a tomarse libertades con la cronología real de determinados acontecimientos. Uno de ellos es la conmoción que en la comunidad judía produjo la aparición de un aspirante a mesías, que arrastró en su estela a un gran número de seguidores. En la novela ocurre tal cosa durante el decenio de 1640; en la realidad, a finales del de 1650. Sabbatai Zeví empezó entonces a predicar la buena nueva de que la redención estaba cerca, y que él mismo era el mesías esperado. Zeví había nacido en 1626, en una familia de sefarditas acomodados de Esmirna. Al crecer empezó a comportarse de una forma extraña: sufría fuertes depresiones durante las cuales creía estar poseído por los demonios, seguidas de fases de euforia en las que se entregaba a provocaciones públicas tan reprobables como ingerir alimentos prohibidos y pronunciar en voz alta el nombre del dios innombrable. Fue expulsado de Esmirna por los rabinos, y sucesivamente también de Estambul, por afirmar que la grandeza divina consistía en permitir lo prohibido, y de El Cairo, donde había contraído matrimonio con una prostituta. En una de sus fases depresivas buscó la ayuda de un exorcista experto en la Cábala, Natán de Gaza. Fue Natán quien se convenció primero a sí mismo y luego también a Sabbatai de que éste era el mesías esperado. Las predicaciones desarrolladas por los dos en Palestina en 1665 despertaron un revuelo considerable, y Natán envió cartas a las comunidades judías de Italia, Holanda, Polonia, Alemania y el Imperio otomano, para notificarles la buena nueva.

De los muchos mesías autoproclamados de la historia del judaísmo, ninguno consiguió un eco entusiástico tan grande, por el número y por la diversa extracción social de sus seguidores. Ni siquiera se le pudo comparar en ese sentido el aspirante que 1600 años antes había predicado una nueva Ley y cuya paradójica trayectoria finalizó en un gran fiasco, colgado en una cruz como un ladrón.

La historia de Sabbatai Zeví tampoco acabó bien. En enero de 1666 fue apresado en Estambul. El visir lo trató con respeto, y a demanda suya Sabbatai se ratificó en su divinidad: «Yo soy el Señor vuestro Dios.» Llevado a juicio ante el sultán, éste le dio a elegir entre la conversión al islam y la muerte. Zeví eligió la conversión, fue liberado y vivió como musulmán hasta su muerte en 1676. Natán de Gaza siguió sin embargo con sus predicaciones, y sostuvo que la apostasía de Zeví velaba un misterio más profundo: el mesías había de descender primero a los infiernos, y emerger de allí fortalecido para vencer por fin a las fuerzas del mal. Muchos sabbatianos griegos y turcos decidieron imitar la conducta de su mesías, se convirtieron en masa al islam y siguieron luego a escondidas con sus ritos judaicos. En la comunidad judía internacional, por el contrario, el penoso suceso se convirtió en una nueva fuente de vergüenza y de decepción amarga.


La deliciosa complicación de todos estos sucesos se ajusta como un guante a los curiosos recovecos del comportamiento de los grupos sociales descritos en la novela de Padura. Las informaciones sobre Sabbatai Zeví las he sacado de una obra fascinante de Karen Armstrong, “Una historia de Dios. 4000 años de búsqueda en el judaísmo, el cristianismo y el islam” (Paidós, Barcelona-Buenos Aires 1995; traducción de Ramón Díez).

viernes, 11 de abril de 2014

EL PECADO A LOS TRECE AÑOS

A un amigo le ha sorprendido mi afirmación, hecha el otro día en uno de estos posts, de que la película que más veces he visto en mi vida, con diferencia, es “Cantando bajo la lluvia”. «Te tenía por persona seria», me ha dicho. Lo que, lamentablemente, es verdad. Soy una persona seria. Y sin embargo, el dato está ahí, y sigue siendo cierto.

Puedo dar una explicación. No una excusa, la preferencia por una película no necesita excusas. Sólo una explicación: ese portentoso musical de los años dorados de Hollywood ocupó un lugar muy especial en mi accidentado proceso de educación sentimental.

Ocurrió así. El prefecto de los mayores del colegio de Hermanos de la Doctrina Cristiana en el que estudié, el hermano Luis, unánimemente conocido por el alumnado como el Perifollo, era un hombre de inquietudes culturales. En calidad de tal, llevó adelante en el año 1958 la innovadora iniciativa de dar una sesión de cine-fórum a los cursos de cuarto a sexto de bachillerato, los sábados por la mañana; es decir, justo antes del peligroso hiato que suponían para nuestra salud espiritual los domingos en la vorágine de la gran ciudad.

Cine-fórum no significaba en este caso coloquio, porque ningún religioso sensato podía tener paciencia bastante para responder desde una mesa a las bobadas insulsas que se nos ocurrirían a unos gaznápiros como nosotros. Pero el mismo Perifollo se encargaba de presentar la película y de cerrar la proyección con un comentario final adecuadamente moralizante.

La cosa fue bien (desde su punto de vista, no tanto desde el nuestro) hasta que entró en el turno de géneros la comedia musical, y la casa que alquilaba los rollos de celuloide le envió “Cantando bajo la lluvia”. El Perifollo quedó abrumado al efectuar en solitario el visionado previo, bloc de notas y bolígrafo en ristre para apuntar los comentarios que haría al día siguiente. Pero ya no había opción; no estaba a tiempo para cambiar la película y pasarnos “La canción de Bernadette” o “La familia Trapp”, por ejemplo.

«En esta casa – nos explicó el sábado a las filas de escolares que llenábamos el salón de actos delante de la pantalla en blanco – no solemos recurrir a la censura. Aviso a todos que en esta ocasión sí lo hemos hecho. Tenemos una mentalidad liberal y, como vais a ver, somos capaces de transigir con el desnudo cuando es soporte de un contenido artístico. Pero cuando sólo es vehículo para una nauseabunda pornografía, nos vemos obligados a decir con firmeza: basta, hasta aquí hemos llegado.»

Ni entendimos lo que quería decir, ni nos aclaramos demasiado después de la hora escasa de proyección que siguió. Nos dimos cuenta, eso sí, de que al hablar de “desnudos” se refería simplemente a piernas femeninas desnudas, algo que ya veíamos sin alborotar por ello en la playa o en la piscina, los meses de verano. En cuanto a “pornografía”, era una palabra a retener en la memoria para buscarla más tarde en el diccionario. Las escenas de la película que vimos se sucedían sin pies ni cabeza, eran pura agitación sin sentido de un escenario a otro, y en medio había una escena magnífica de baile bajo chorros de lluvia con un paraguas. Pero detrás, en el metraje suprimido, intuí que tenía que haber “algo” que valía la pena averiguar. A mis trece años yo tenía una noción del pecado muy confusa. Sabía que estaba relacionado con las mujeres, pero ignoraba por completo el “cómo” y casi todo del “por qué”. Y ahora me llegaba de pronto una pista segura de dónde buscar, de la boca misma de un experto en el tema. De modo que cuando en un cine del barrio pusieron “Cantando bajo la lluvia”, pedí permiso a mis padres para ir. Y mis padres me lo concedieron: era una película tolerada para menores.

La proyección puso las cosas en su sitio. Ahora las escenas encajaban unas con otras, y los números desaparecidos de baile hacían avanzar el argumento de una forma comprensible y además ingeniosa. Me divertí recuperando el hilo de las imágenes maltratadas de las que había sido espectador unas semanas antes.

Y de pronto, ya hacia el final de la película, durante una secuencia de danza en la que un novato llegaba a Hollywood decidido a bailar, apareció una pierna larguísima e insoportablemente torneada, extendida a lo largo de la pantalla y sosteniendo en la punta del zapato el sombrero del bailarín novato. Detrás de aquella pierna alucinante estaban una boquilla igualmente eterna y una mujer bella y enigmática: Cyd Charisse.


Asistí al resto del ballet en trance, convencido de haber identificado por fin la fuente de la “pornografía” del Perifollo. Sentí un respeto nuevo por él. No nos había timado cuatro escenas de mierda sólo por el placer sádico de humillarnos. Tenía sus razones. Podía ser un cura y un rastrero, pero había que reconocer que los tenía bien puestos. Y gracias a su indicación de experto, yo había podido avanzar por fin algo en mi conocimiento del pecado. Seguía a oscuras en relación al “cómo”, pero tenía ya un principio de idea básica sobre el “por qué”. Y puesto a hacer balance en mi desordenada almita, llegué a la convicción de que el pecado me gustaba. Mucho.

jueves, 10 de abril de 2014

POSTWELFARIANOS

Desde mi larga costumbre de abordar los problemas sociales bajo la perspectiva del sindicalista, leer a Antonio Baylos me produce una fascinación semejante a la de quien se mira en un espejo. El reflejo inverso nos enseña aquello que los demás ven de nosotros, y nosotros mismos no alcanzamos a ver. Baylos analiza y valora el trabajo sindical desde otro punto de vista, el del derecho del trabajo. “Otro” punto que no es exactamente inverso como lo sería el del espejo, pero sí oblicuo.

“Cambios en el mundo del trabajo” (que puede consultarse en “Metiendo bulla”, el blog matriz del presente, o directamente en “Según Antonio Baylos”) describe la misma situación contra la que está batallando hoy el sindicato, pero no en los términos habituales de lucha, de conflicto y de negociación, sino a través de la decantación, paulatina a veces y otras sorprendentemente acelerada, de los resultados de ese forcejeo social en el ordenamiento jurídico. Mientras algunos venimos desgañitándonos para repetir como una cantaleta fatigosa que estamos en otro paradigma, la prosa reposada y objetiva de Antonio Baylos ahorma los perfiles de ese paradigma nuevo y señala la vigencia y fijeza de una situación compleja que el sindicalista querría ver aún como provisional y revocable.

Nuevo paradigma significa desde la perspectiva jurídica que el trabajo ha dejado de generar derechos sociales y ya no es el pasaporte legítimo a la ciudadanía plena. Que la sociedad se estructura de una forma diferente a como estábamos acostumbrados. Que la Constitución, sin variar su texto ni una coma, ha dejado de amparar al mundo del trabajo asalariado.

Me detendré un momento en ese asunto de la constitución. Leí no hace mucho la tesis de doctorado de Bruno Trentin. Versaba sobre la creación de un derecho nuevo a través de las sentencias con las que el tribunal supremo estadounidense interpretaba la constitución. Un mismo artículo, señalaba Trentin, cambió con el tiempo de contenido sin variar la letra, debido a la labor de los jueces. Por ejemplo, un texto que se incluyó en la constitución en el siglo xviii para amparar la libertad de comercio frente a los monopolios, fue utilizado en el siglo xx para amparar al capital monopolista contra la injerencia de los sindicatos. O bien, las mismas normas que definían un cuadro completo de libertades frente a previsibles designios imperialistas de terceras potencias, pasaron dos siglos después a amparar los designios imperialistas estadounidenses en terceros países. Y así sucesivamente.

Algo parecido está ocurriendo aquí y ahora. Se “desconstitucionalizan” derechos reconocidos por la letra (muerta) de una ley de leyes, y se camuflan situaciones nuevas bajo la letra de una norma antigua. Es lo que está ocurriendo con el estatuto del trabajo asalariado, y más en concreto con la función que se asigna al sindicato en el terreno de la negociación. Ha habido una reinterpretación profunda del papel de los sindicatos y de su protagonismo. «El sindicato  – dice Antonio Baylos – no es considerado un interlocutor, es despersonalizado y reducido a un elemento que se coloca en el proceso de toma de decisiones dirigido e impulsado en todo momento por el empresario, lo que le configura en última instancia como un elemento subsidiario, subordinado a los procesos económico-sociales, determinados por el poder público, o a los procesos económico-organizativo-productivos determinados por el empresario.»

A este extremo ha llegado la situación, siempre en palabras de Baylos: «La legislación reformada es una legislación de degradación de derechos, pero la propia legislación que degrada los derechos es completamente y continuamente incumplida.» No hace falta entonces reformar la norma ni consagrar por la vía de la jurisprudencia una interpretación diferente. El proceso es mucho más rápido y drástico: basta con incumplir la norma. El incumplimiento provocará sin duda litigios y recursos, pero aun en el supuesto (casi utópico) de que los tribunales laborales sigan un criterio unánime en la condena de los abusos, el hecho es que las sentencias se producen con una lentitud mucho mayor que la implantación imparable del nuevo paradigma, sea a golpe de decreto, o sea a golpe de arbitrariedad. Es esta la situación que me ha hecho afirmar que el contrato social rousseauniano está roto, que el Estado se ha liberado de sus obligaciones hacia los ciudadanos, y que ese mismo Estado no va a ser por más tiempo el mecanismo destinado a reequilibrar las desigualdades sociales, sino muy al contrario. La edad de oro de la socialdemocracia y del welfare está finiquitada. En una comparación forzada pero expresiva de la realidad en la que nos movemos, hoy somos robinsones naufragados en una isla desierta de derechos civiles y de protecciones sociales, que contamos con nuestras solas fuerzas para sobrevivir en un mundo hostil.

Recuerdo haber visto escrita por primera vez la expresión “postwelfarianos” en un texto del magistrado Miquel Falguera i Baró. Sirva el recuerdo como homenaje tanto al propio Miquel como al mundo amigo del iuslaboralismo, que Falguera y Baylos tan bien representan.


miércoles, 9 de abril de 2014

SOBRE LA SUMISIÓN (y III)

Como norma de vida y de conducta

Hemos llegado, después de un doble rodeo, al tercer panel de este tríptico sobre la sumisión. Es además el punto preciso en el que se inició el recorrido, al producirse la explosión en mi memoria de una pequeña espoleta agazapada en el libro que estoy leyendo. El libro es “Herejes” de Leonardo Padura, Tusquets, Barcelona 2013 (prestado por José Luis López Bulla, con quien mantengo un fructífero intercambio de munición lectora). El párrafo que desencadenó el estallido es el siguiente (pág. 79):

«… en toda la historia judía, el punto más lamentable, con el cual jamás podría ponerse de acuerdo, estaba relacionado con lo que él consideraba un profundo sentido de la obediencia, que muchas veces había derivado en la aceptación de la sumisión como estrategia de supervivencia. Hablaba (…) de aquellos episodios ocurridos durante el Holocausto, en los que tantos judíos asumieron como inapelable su suerte por considerarla una maldición divina o una decisión celestial. No podía concebir que, ya decretado su destino, muchos de ellos incluso colaboraran con sus verdugos, o se prepararan casi con parsimonia para recibir el castigo; que fueran por sus propios pies, sin intentar el menor gesto de rebeldía, hacia los fosos donde serían ejecutados; que abordaran los trenes en donde morirían de hambre y disentería, se organizaran para vivir en los campos en los cuales resultarían gaseados. Y hablaba del modo en que la esperanza de sobrevivir contribuía a la sumisión. La combinación de los poderes totalitarios de Dios y de un Estado habían aplastado la voluntad de miles de personas, potenciado su sumisión y apagado, incluso, el ansia de libertad, que era, para él, la condición esencial del ser humano. Muchas personas, millones, habían aceptado su suerte como un mandato divino…»

He hablado antes (ver Sumisión II, más abajo en este blog) de la sumisión como estrategia de supervivencia, y he considerado desde ese punto de vista la sumisión de las mujeres como respuesta, diversa o matizada, a un mecanismo que les es impuesto desde fuera. Aunque es cierto también que muchas, o algunas, mujeres interiorizan ese mecanismo y extraen de su sumisión un ámbito de conformidad consigo mismas e incluso de libertad íntima. En mi opinión, la condición del pueblo judío se aproxima a este último supuesto: la suya es una sumisión aprendida desde la escuela rabínica, aceptada e interiorizada colectivamente. No es una estrategia de supervivencia – resulta difícil defender esa tesis a partir de los números del Holocausto histórico –, sino la sublimación de un “destino manifiesto”. (Utilizo aquí a conciencia una expresión favorita del otro pueblo que se considera a sí mismo instrumento en el mundo de un plan divino, el de los Estados Unidos de América.)

Alguien ha dicho que los pueblos felices no tienen historia. En la medida en que esa afirmación sea cierta, ningún pueblo puede ser más infeliz que el judío, cargado como está de una historia incomparable con la de ninguna otra colectividad, y de un monumento fundacional abrumador, la Biblia veterotestamentaria, poseedora en sí misma de una capacidad más que sobrada para aplastar entre sus polvorientas páginas la rebeldía más contumaz. A ese doble problema mayúsculo se añade, en mi opinión, aun un tercero sobreañadido: que los judíos se creen su Biblia al pie de la letra. Los cristianos nunca lo han hecho, siempre han tomado los dos testamentos a beneficio de inventario. La madre iglesia ha dado a través de sus doctores y sus jerarquías instrucciones detalladas sobre cómo interpretar en un sentido tranquilizador cualquier pasaje dudoso, verbigracia el del camello y el ojo de la aguja. La iglesia siempre ha “defendido de los evangelios” a su grey, como se comenta con alivio entre el beaterio de Santa Fe de la Vega, y también en otros muchos lugares de todas las geografías. Pero el pueblo judío, que niega la Cruz, carga desde los siglos de los siglos con la cruz terrible de ser el “pueblo elegido” por Jehová, la materia dócil y maleable de la que su dios se sirve para llevar a cabo un plan previsto desde la eternidad sobre el mundo.

El problema de fondo es que esa “elección” divina ha implicado siempre para los judíos una separación de los gentiles, una normativa complicada sobre lo puro y lo impuro, y un rechazo de la vida en común tal y como comúnmente es vivida. Los judíos – como pueblo – se han recluido en sí mismos allá donde han ido a partir del hecho histórico del derrumbe de su reino y de la diáspora de sus tribus. Esa separación voluntaria ha sido ratificada en no pocas ocasiones en la historia con su reclusión forzada en guetos, y castigada puntualmente con matanzas y pogromos de una dureza y un salvajismo mayúsculos. Lo aceptan. Saben que es su dios, por la mano interpuesta de los gentiles, quien les castiga, porque es un dios terrible y arbitrario, y asumen sumisos todos esos castigos con la esperanza, no de la supervivencia, sino de la redención última, de su colocación en el día del juicio final por encima del resto de las naciones. El sacrificio es algo incluido en esa concepción del mundo, un concepto ritual incluso, desde la historia de Abraham e Isaac. En el balance de pérdidas y ganancias que va inscribiéndose día a día en el libro mayor de la religión judía, el sacrificio es una partida más del debe, prevista desde siempre y amortizada a todos los efectos por los beneficios futuros que esperan recibir por su fidelidad a la Ley. La muerte individual es compensada así por el premio incomparable de la vida eterna de la comunidad.


Esa es, en cualquier caso, la interpretación que se me ocurre sobre la sumisión del pueblo judío a su destino. Con permiso del admirable Leonardo Padura.

domingo, 6 de abril de 2014

SOBRE LA SUMISIÓN (II)


Como estrategia de supervivencia

He sido un adicto a las historias de Alice Munro desde el primer volumen de cuentos suyos que leí. Me llevé una alegría cuando el comité del Nobel le otorgó, el año pasado, el premio gordo de la literatura. Algunos críticos lamentaron que no se hubiera premiado a Philip Roth o a Haruki Murakami que, según ellos, tenían méritos más consistentes. Yo soporto con dificultad a Roth y Murakami sí me gusta, pero Munro me atrapa sin remedio desde el arranque mismo de una cualquiera de sus “historias de mujeres” (¿es ese su defecto o su minusvalía, para los críticos literarios varones?) intensas y penetrantes, que ella desarrolla en una cuarentena de páginas capaces de contener un universo.

Al hilo de la concesión del Nobel, un periodista le preguntó si se había propuesto de forma consciente a lo largo de su carrera hacer un tipo de literatura feminista, y ella contestó: «Cuando empecé a escribir ni siquiera conocía el significado de esa palabra. ¡Pero claro que fui feminista!»

Las mujeres de las historias de Alice Munro no son sumisas. Ninguna de ellas, creo, se habría dejado arrebatar una moneda sin pelear, como le ocurrió al niño del cuento del señor Keuner (ver más abajo, el post Sumisión I). Pero sí tienen una conciencia aguda de las características del mundo en que viven y de los handicaps y las limitaciones que sufren en razón de su sexo. Por eso es normal que en el relato de su lucha por sobrevivir en un mundo de hombres se hable también de conceptos tales como la sumisión, la renuncia y la abnegación. Son elementos que van a inscribirse fatalmente en la vida de las mujeres, a veces de forma natural, a veces a contrapelo. Un ejemplo de lo último es el cuento “Radicales libres”, que forma parte del volumen “Demasiada felicidad” (Random House Mondadori, Barcelona, 2010; traducción de Flora Casas).

Una mujer anciana, viuda reciente y enferma de cáncer, es sorprendida por un asesino fugitivo cuando está sola en su granja. Después de cortar los hilos del teléfono y de obligarla a prepararle comida, él le exige las llaves del coche que está aparcado a la entrada. Ella intuye que, en cuanto se las dé, él la matará para eliminar un testigo. Pero no se niega ni se resiste; le envuelve en el juego estereotipado de la sumisión femenina, y mientras le entrega las llaves del coche y el dinero que guarda en un cajón, le cuenta en confidencia cómo años atrás ella también mató: envenenó a una rival que pretendía quitarle al marido. La historia inventada le sirve, como a la princesa Sherezade de “Las mil y una noches”, para picar la curiosidad y distraer al hombre que tiene poder de vida y muerte sobre ella. Tantos detalles, tantas precisiones da, que acaba por superar la incredulidad de él y convencerlo. Y entonces, seguro el hombre de haberse adueñado del alma secreta de la anciana y de su poder sobre ella, deja de pensar en matarla. «Tenga la boca cerrada, señora; si usted dice a la policía algo de mí, yo contaré lo suyo.ۛ»

La sumisión no es un ingrediente de un “eterno femenino” que nunca ha existido más que en la cabeza de los varones, aunque en ese lugar se ha instalado con una persistencia difícil de erradicar. La sumisión de las mujeres es una imposición externa a ellas en principio, aunque algunas llegan a interiorizarla como respuesta selectiva a una situación de violencia o de coacción latente en la familia, en la esfera religiosa y también en el terreno jurídico. En el volumen «Resistencia ordinaria» (PUV, Valencia 2012, Javier Tébar Hurtado ed.), que documenta la presencia de la militancia antifranquista catalana ante el Tribunal de Orden Público en los años de la dictadura, la historiadora Nadia Varo Moral constata la menor dureza de las sentencias a mujeres, acompañada en muchos casos por un trato “caballeroso” y paternalista de los magistrados. Las mujeres encausadas recibían instrucciones de sus abogados para que alegaran que “no sabían nada” y sólo fueron a una reunión o manifestación como acompañantes inocentes de sus maridos o novios. El argumento funcionaba a menudo. Pero el fundamento último de esa benevolencia de un tribunal fascista puede rastrearse en estas consideraciones de Antonio Vallejo Nágera, recogidas por Varo en la obra citada: «Recuérdese para comprender la activísima participación del sexo femenino en la revolución marxista su característica labilidad psíquica, la debilidad del equilibrio mental, la menor resistencia a las influencias ambientales, la inseguridad del control sobre la personalidad (…) cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer…»

No hace falta puntualizar que la sumisión al prudente criterio y a la acertada guía intelectual del varón sería uno de esos importantísimos “frenos que contienen socialmente” a la mujer, esa inválida psíquica según el psiquiatra franquista.




sábado, 5 de abril de 2014

SOBRE LA SUMISIÓN (l)


Como reacción pasiva ante una agresión

Conviene quizá advertir al lector que haya aterrizado desprevenido en este blog, que aquí se va a tratar de hacer sonar una nota de contrapunto a puntos que son de ordinario recibo en las mejores casas de la república; o sea, expresado en canto llano, de buscarles las vueltas a los dobladillos. Quien avisa no es traidor, como solía escribir Manolo Vázquez Montalbán.

El tema de la sumisión me ha saltado a la mente en una lectura de Leonardo Padura. Dejaré ese texto para más adelante, sin embargo. Voy a enhebrar mi discurso desde otro ángulo, a partir de una historia muy corta de Bertolt Brecht. Se encuentra en el volumen “Historias de almanaque”, Alianza Editorial, Madrid, 1975; traductor, Joaquín Rábago. El mismo año de 1975 figura anotado en bolígrafo por mí en la página en blanco, como el de adquisición; y sin duda lo leí, por única vez, de inmediato. Me ha costado encontrarlo en mi no demasiado bien ordenada biblioteca. No recordaba de las historias del volumen absolutamente nada, y en cambio esta pequeña parábola se me quedó incrustada en la memoria. Dice así:

El niño indefenso
Hablando en cierta ocasión del vicio que suponía el hecho de sufrir en silencio la injusticia, relató el señor K. la siguiente historia: «Un transeúnte preguntó a un niño que lloraba amargamente por la razón de su congoja.
– Había logrado reunir dos monedas para ir al cine, pero vino un chico y me arrebató una – explicó el niño, señalando a un muchacho que estaba a cierta distancia.
– ¿Y no pediste auxilio?
– Claro que sí – contestó el niño, y sus sollozos se hicieron aún más intensos.
– ¿Nadie te oyó? – preguntó el hombre, acariciando tiernamente al muchacho.
– No – sollozó el niño.
– ¿Es que no sabes gritar más fuerte? – preguntó el hombre –. En ese caso, dame también la otra.
Y tras quitarle la moneda que le quedaba, el hombre siguió tranquilamente su camino.»

No hay duda posible sobre la intención de Brecht. El señor K. (Keuner) es la personificación del buen sentido del pueblo llano, y su crítica se dirige al “vicio que supone sufrir en silencio una injusticia”. Debemos concluir que el niño se mereció de sobra perder tanto la primera moneda, como la segunda. Su vicio tiene el nombre de sumisión, y se contrapone a la necesidad de rebelarse contra la injusticia. La pequeña parábola nos predica el deber de luchar en todo momento por lo que es nuestro, recordando que nada nos es regalado y todo, por un camino o por otro, hemos de merecerlo.

Todo está en orden, pues, y sin embargo la historia me deja un regusto de insatisfacción. Diría que algo no acaba de encajar, y lo expresaré con una doble pregunta:

Primera. ¿Serían iguales la historia y la moraleja de haber sido una niña, en vez de un niño, la agredida? Porque en el estereotipo social, hombría equivale a rebeldía, y feminidad a sumisión. La presumible reacción de un transeúnte caballeroso habría sido entonces, en el mismo contexto, intentar proteger a todo trance a la desvalida.

Segunda. ¿Serían iguales la historia y la moraleja de haberse tratado de un niño judío, en una ciudad alemana, en los años treinta del siglo pasado? La sumisión a la adversidad habría sido la misma; las circunstancias concomitantes, no.

Son dos preguntas, y no tengo respuesta clara para ellas. Pero ahondaré un poco más en dos posibles usos sociales de la sumisión – como estrategia de supervivencia, y como norma de vida y de conducta – en mis siguientes posts, con la ayuda de otros dos literatos de fuste: Alice Munro y el antes citado Leonardo Padura.



viernes, 4 de abril de 2014

DEFENSA (MATIZADA) DEL PARTIDO POLÍTICO



A Javier Aristu, que mantiene en este punto un desacuerdo profundo conmigo, dedico este pequeño ensayo sin esperanza de convencerlo.

Creo que fue Clemenceau quien afirmó que la democracia es el peor sistema político que ha existido nunca, con excepción de todos los demás. De manera análoga me parece a mí que el partido político puede estar podrido hasta el tuétano de lacras, miserias, corruptelas y ventajismos, pero su función de herramienta para una democracia plena sigue siendo insustituible.

El tejido social se estructura en dos direcciones formando una especie de entramado. Unos hilos corren en el sentido que podríamos llamar horizontal, o con mayor propiedad estamental: son las capas sociales, ordenadas a partir del trabajo que desempeñan sus componentes: agricultores, albañiles, fontaneros, periodistas, militares, ejecutivos, jueces, comerciantes, artistas, etc. Luego, en un sentido transversal al anterior recorren la masa social otros hilos, los que expresan la conciencia unitaria de sí misma de esa sociedad, sus valores, sus jerarquías. Esos hilos transversales son – o quizá, mejor, deberían ser – los partidos políticos. El cometido de los partidos es expresar unas ideas, valores y proyectos que pretenden infundir y compartir en la comunidad. Como la sociedad es plural, se hace necesaria una pluralidad de partidos y su confrontación permanente en la arena política para determinar qué proyectos y qué valores son los preferidos por la mayoría de los ciudadanos en cada momento.

Si falta la trama transversal de los partidos, la urdimbre estamental de la sociedad se deshilacha y se descompone. Cada cual tira para su lado. El partido político, el sistema de partidos, tiene un sentido vertebrador de las diversidades existentes en la sociedad. Por esa razón, lejos de unirme a voces como la de sor Forcades, que critican la inutilidad de los partidos y defienden su desaparición, me apunto sin dudarlo a la tesis de la restauración de su función primigenia. En fontanería, cuando una cañería se obtura el remedio es desatascarla, nunca eliminarla.

Cuando en 1973 ingresé en el único partido en el que he militado a lo largo de mi vida política, el PSUC era aún clandestino pero estaba ya en trance de emerger a la superficie. Uno de las primeros deberes que se me impusieron fue la asistencia a un cursillo organizado por el mismísimo comité central para “dirigentes de masas” (yo participaba en las comisiones obreras, movimiento sindical sociopolítico como entonces se decía, clandestino también pero menos incluso que el propio PSUC). El cursillo tuvo lugar en un local comercial del barrio del Carmelo de Barcelona. Íbamos allí una veintena de personas una vez a la semana, después del cierre de las oficinas. Las medidas de seguridad eran estrictas; entrábamos y salíamos solos o por parejas, con algunos minutos de intervalo entre unos y otros. Alguien nos abría el local vacío, y sentados en el suelo tomábamos apuntes interminables sobre el tema que desarrollaba el conferenciante de turno: economía, historia, derecho, política, programa del partido. Yo había pasado por la universidad franquista, de modo que la mecánica de las clases me resultaba más familiar que a otros; en cambio las materias impartidas me resultaron doblemente novedosas. Carecía para ellas de cualquier punto previo de referencia; eran otro mundo y otra forma de percibir la realidad. Ingresé en el partido como en una patria.

Luego las cosas variaron, sobre todo desde el momento en que pasé a formar parte de la dirección. Hubo sus más y sus menos, y uno nunca estaba muy seguro de lo que se iba a encontrar al doblar la esquina siguiente. Recibí puñaladas traperas y también asesté más de una; no fui ningún santo, y en nuestro código de conducta no estaba el poner la otra mejilla. Pero creo que mantuve al paso de los años un patriotismo de partido sincero. Más, en cualquier caso, que respecto de cualquier otro patriotismo.

El PSUC tenía por entonces a orgullo ser un partido-escuela. En ese sentido se aproximaba – quería aproximarse – al PCI togliattiano. Rossana Rossanda ha escrito páginas muy bellas sobre el aprendizaje de la política a través de las lecturas y los debates abiertos y libres realizados en el interior de la propia estructura del partido. Éste difundía por ese método y hacia su entorno una ambición globalizadora que se plasmaba en una visión del mundo y en una filosofía de la praxis: la realidad aparecía explícita y comprensible mediante los instrumentos de una teoría, de una historia y de una tradición que acomunaban y hermanaban a todos los militantes.

El partido político tenía, así, una función esencial para la democracia, y sin embargo él mismo no era democrático. El principio del “centralismo democrático” tenía mucho de lo primero y poco de lo segundo; era, simplemente, un plus a favor de la dirección cuando surgían contradicciones y desacuerdos. Se funcionaba a golpe de consignas casi siempre, y en los debates el encargado de las conclusiones las llevaba muchas veces escritas ya antes de empezar la reunión.

En cualquier caso, hoy ese tipo de partido es una especie extinguida en la biosfera. En la época de los grandes partidos de masas (en España, en mi opinión, nunca llegó a haberlos, la salida de los partidos democráticos a la superficie fue demasiado tardía, y la primera crisis económica se nos echó encima de inmediato), éstos mantenían una relación directa, material, “corpórea”, con sus partidarios. Esa relación era en buena medida “taylorista”, es decir que se basaba en las directrices emanadas de una elite que fluían de arriba abajo, y en la respuesta coordinada y disciplinada de la gran masa social. Algo imposible e inservible hoy en día, en el nuevo paradigma productivo, económico y vital. Se trata, entonces, no de recuperar el viejo instrumento, sino de restablecer la función que cumplía a través de nuevos recursos.

Me parece evidente que la función del partido político debe ser hoy más limitada que entonces, pero menos de lo que lo está siendo. No podemos quedarnos en un funcionamiento del partido político reducido a plataforma electoral, pendiente de las encuestas de opinión y atento a no perder pie en el reparto del pastel institucional. Se dan en el momento actual, en los partidos de izquierda, tentativas de establecer nuevos mecanismos de decisión democráticos, que me parecen estimables pero insuficientes. Las primarias como método para la confección de las listas electorales, o la cláusula de reprobación, son ideas buenas, pero aún inscritas en el terreno limitado de la política institucional. Veo necesario sobre todo que el universo de la política (esta es una idea ya expresada en una reflexión mía reciente) vuelva a la sociedad, al suelo en el que necesariamente arraiga. Con su autonomía propia, con su función transversal de cohesión social, con el faro de un proyecto común capaz de iluminar el camino. Debe volver a la sociedad, y hacerlo sin pisar el terreno de los movimientos y de los sindicatos, sino coordinándose con ellos.

El “nuevo” partido político de la izquierda debería constituirse como un centro de elaboración programática, como ocurrió en otro tiempo, y en cambio habrá de buscar nuevos canales para sus iniciativas, y nuevas formas más abiertas y flexibles de participación democrática, su gran déficit de siempre. El problema esencial será la relación que se establezca entre el partido político y la red heterogénea del asociacionismo democrático y de las representaciones sociales. En esa red se expresa hoy de forma clara una exigencia política que se dirige a los partidos y los interroga, pero al mismo tiempo rechaza ser canalizada dentro de los partidos porque responde a una autonomía propia que exige ser respetada.

Me parece importante trabajar sin prejuicios ni vetos con el fin de llegar a acuerdos para construir unas condiciones sociales que permitan superar lo que Riccardo Terzi ha llamado el “exclusivismo oligárquico del sistema político”, y su aislamiento de la sociedad. El tema crucial entonces no es quién manda aquí, sino cómo se organiza colectivamente la vida democrática.


jueves, 3 de abril de 2014

DE TRAICIONES VIRTUOSAS Y LEALTADES TORTICERAS


Esta es la frase: «Estamos acostumbrados a pensar en la lealtad como una virtud, y lo es, pero hay momentos en la historia en que es más ardua, más valiente y más honesta la traición que la lealtad.» La escribe Javier Cercas en una tribuna sobre Adolfo Suárez en El País del día 2 de abril, bajo el título “El hombre que mató a Francisco Franco”.

El título es un remedo de “El hombre que mató a Liberty Valance”, de John Ford, y el artículo establece un paralelo entre Suárez y Tom Doniphon, el personaje de John Wayne en la película. Yo siento una admiración especial por el Valance de Ford, posiblemente es la película que más veces he revisitado gracias al pequeño milagro de los DVD, después de mi gran favorita, “Cantando bajo la lluvia” de Kelly y Donen. Y encuentro una cosa en común entre las dos cintas: ambas testimonian un cambio de época, con sus héroes y sus villanos particulares. También en los dos casos siento una simpatía marcada por los villanos: Liberty Valance-Lee Marvin en un caso, Lina Lamont-Jean Hagen en el otro; dos caracteres de una pieza, dos grandes interpretaciones. No es fácil representar a un villano en el cine; el del héroe es un papel mucho más agradecido.

Volvamos a Javier Cercas. No estoy de acuerdo con su visión de Suárez ni con el paralelo que establece con la película de Ford; pero me quedo con la frase que queda citada arriba. Para mí, el personaje de Tom Doniphon tiene mucho que ver con el príncipe Fabrizio Salina de “El Gattopardo”: en el conflicto entre lo viejo y lo nuevo, es el hombre que, al tiempo que añora la época anterior, comprende las necesidades del presente y se hace a un lado para no estorbar el proceso de transición. En ellos no hay traición, hay renuncia, hay una comprensión melancólica de que su hora ha pasado.

Doniphon mata a Valance, pero no hay traición en ese gesto. Nunca lo apoyó ni estuvo a su lado. Cercas fuerza en exceso su interpretación de la película, como cuando dice que la chica (Vera Miles) se dio seguramente cuenta demasiado tarde de que se había equivocado de hombre. ¿En qué argumentos basa Cercas una suposición tan gratuita?

Pero Suárez sí es el héroe de la traición. Es un hombre de azul, que traiciona sus orígenes y su educación política para proyectarse hacia la denostada democracia. Rompe sus viejas lealtades, a conciencia, cuando se ve situado por una serie de casualidades y de carambolas inverosímiles al frente de una situación que no admite medias tintas. No fue el hombre más preparado para encabezar la transición, ni el hombre que habría elegido el rey como su valedor, de haber tenido las manos libres. Su nombre estaba en una terna propuesta a Juan Carlos para presidir el gobierno de la monarquía, y los testigos de la época nos dicen que había sido colocado en ella como nombre de relleno.

Se destaca por lo común de Suárez su capacidad para el enredo y su facilidad para fascinar y convencer al interlocutor (¡incluso a Carrillo!) en las distancias cortas. Se afirma que mintió mucho. Todo eso es cierto. Pero también lo es que en un aspecto trascendió en mucho sus habilidades innatas de charlatán de feria: cuando asumió la tarea de guiar a un país hacia la democracia, sabía sin la menor duda que iba a quedar quemado en el proceso, que perdería los amigos con los que contaba y no ganaría otros nuevos. Asumió tanto la traición como el sambenito que comportaba. Otros, pongamos como un ejemplo entre muchos posibles a José María Aznar, conservaron íntegras sus viejas lealtades, tronaron contra la nueva Constitución, se alinearon en la denigración del nuevo régimen y aguardaron para cambiar (hasta cierto punto nada más) de camisa a que todo el país lo hubiera hecho antes. Y se agenciaron así una bonita posición en el nuevo régimen, porque conservaban sus amistades de antes y supieron sumar a ellas las de nuevos círculos de opinión.

Suárez conoció el valor de las palabras lealtad y traición, las sopesó y eligió entre ellas. Otros personajes políticos, en una disyuntiva cualquiera quieren elegir al mismo tiempo y a toda costa las dos opciones. A eso lo llaman ellos habilidad de estadista.