domingo, 17 de noviembre de 2019

CÓMO EMPEZÓ TODO



Mesa de la sesión “Así empezó todo” en el Encuentro de Jóvenes de la Federación de Sanidad de CCOO. Salón “Málaga” del Hotel Amaragua, en Torremolinos, día 15.11.2019. De izquierda a derecha aparecemos los “históricos” Manolo Verano (Andalucía), Paco Rodríguez (Cataluña), Leonardo Romero (presentador), Anita Sirgo (Asturias) y Miguel Mata (Euskadi). La foto, muy de circunstancias (la iluminación no era buena) es de Carmen Martorell.


Me sentí muy honrado con la invitación a participar en un encuentro de jóvenes de CCOO, y explicar en un tiempo limitado cómo iban las cosas hace cincuenta años. Era un desafío personal: he hablado bastantes veces en público, pero eso ocurrió hace muchos años. Y después están los achaques físicos, que van siendo ya importantes. La cosa resultó satisfactoria en conjunto, según me han comentado algunos de los oyentes. Me refiero a mi intervención en particular; la sesión fue sin duda muy interesante, y todos los viejos tenores (más una soprano) de bravura echaron el resto. El ambiente y la interacción de veteranos con noveles fueron realmente magníficos.

Diré algo más acerca de mi intervención. La primera tentación era hablar de las personas, los dirigentes, las personas que estuvieron en aquella etapa histórica en la cresta de la ola. Fueron muy grandes y sentimos hacia ellos una deuda de agradecimiento y de admiración; pero de ellos hablan ya los libros de historia y pensé que no hacía falta decir más. Decidí, en consecuencia, no dar ningún nombre y hablar solo del movimiento mismo, no de quienes lo encabezaron. Dicho en otras palabras, no hablar de la cresta de la ola como si en ella se resumiese todo, sino contar de la ola misma, de sus características y sus leyes “físicas”: volumen, masa, fuerza, movimiento.

Recurrí a mi memoria personal, pero ayudándola con algunas lecturas y con bastantes notas puntuales, sobre todo numéricas y estadísticas, que tenía intención de mencionar en mi discurso, aunque luego no las saqué a relucir porque me estaba alargando ya mucho y porque por las caras de los/las oyentes llegué a la conclusión de que lo que estaba contando resultaba de por sí, y sin añadirle “muletas”, suficientemente veraz e interesante.

Quizá en esta bitácora, y en días sucesivos, utilice de alguna forma el aparato de documentación que he reunido para referirme de nuevo a aquellos tiempos, a la experiencia dura pero liberadora por la que pasamos toda una generación. No me parece imprescindible, sin embargo, porque enredados como estamos en una batalla (o varias) de actualidad rigurosa, retroceder al pretérito puede resultar bombástico, o por lo menos inoportuno. Se verá.

¿Qué fue lo que dije, en sustancia? Me referí al movimiento inicial de las comisiones obreras, surgido en una circunstancia concreta del seno de los lugares de trabajo, con cinco notas caracterizadoras:

1) Nuevo. Apareció en el panorama cuando, en la etapa del desarrollismo franquista, se alcanzó una masa crítica de trabajadores industriales y de los servicios que antes, en las etapas de la autarquía y de la estabilización, no existía.

2) Joven. Fue una generación recién aparecida como población laboral activa la que se hizo con la manija de las operaciones. Ocurrió así porque se había roto el relevo generacional normal y ordinario: la generación que nos precedió había muerto en la guerra o en la represión de la posguerra; o estaba en las cárceles; o se había exiliado; o había emigrado a Europa en busca de mejores aires.

3) Auto organizado. Con lo que quiero decir que no fue un movimiento “encuadrado” ni dirigido desde fuera de los propios centros de trabajo. Sobre esta cuestión hay demasiadas opiniones acumuladas, pero quienes lo vivimos desde dentro estamos sustancialmente de acuerdo. El movimiento creció como debe ser en la naturaleza, de dentro afuera y de abajo arriba. Hubo toda clase de consignas y de apropiaciones, cierto, pero todas ellas importaron muy poco en lo que respecta a la cuestión fundamental: las comisiones se organizaron en las fábricas y para las fábricas; no en las células y para una lucha de masas contra la dictadura. Eso vino en una segunda instancia, y a más a más. Claro que hubo un trasvase entre lo laboral, lo social y lo político, en una época en la que todas las crisis coincidieron y se superpusieron. Pero, para utilizar una expresión que le he oído muchas veces a José Luis López Bulla, éramos un sindicato socio-político, nunca fuimos un político socio-sindicato.

4) Hombres y mujeres. Unas y otros participamos juntos y en pie de igualdad en la creación y en la organización de aquello. Es necesario subrayarlo: se ha tendido a invisibilizar a las mujeres también en el tema sindical, como si todo hubiera sido cosa de machos alfa. Di tres pistas que revelan la intervención sustancial de las mujeres en la creación y la organización del sindicato: una, la inclusión estatutaria de secretarías de la mujer en todos los órganos de dirección (aún se ha de escribir la historia de las secretarías de la mujer y del papel importante que desempeñaron. Nadia Varo Moral ha hecho una aportación de un gran interés, pero limitada a una pequeña zona geográfica: “Las militantes ante el espejo”.) Dos, las formas distintas y originales de lucha en centros de trabajo con fuerte presencia femenina. Y tres, la panoplia de reivindicaciones, en particular las relacionadas con la flexibilidad, la compatibilidad y la conciliación, que han liderado el tránsito desde un sindicato “fordista” de los salarios y las categorías, a un sindicato “general” de las personas y de los derechos de las personas.   

5) Espacios de libertad. Fuimos pioneros de la libertad en un país encorsetado aún por las leyes franquistas, por las fuerzas represivas, por la autoridad de los eclesiásticos del régimen. En la lucha solidaria y en la movilización, frente a la represión diaria, nos sentimos exaltantemente libres, y extendimos esa condición colectiva a la política en primer lugar, y a las personas y las clases sociales que seguían aún “atadas y bien atadas”. Hubo una transición política en España; pero la nuestra, la transición de los trabajadores del verticalismo a la democracia sindical, vino antes y fue más profunda y completa.

Eso viene a ser lo que dije el otro día, en Torremolinos.


jueves, 14 de noviembre de 2019

LAS BELLEZAS TERRESTRES



Jeanne Duval retratada ─vestida─ en un diván, por Édouard Manet en 1862. El poema de Baudelaire fue escrito veinte años antes.

Marc Bassets anuncia en elpais (1) el descubrimiento de un cuarteto inédito de Charles Baudelaire, escrito de su puño y letra en un ejemplar de la primera edición de Las flores del mal dedicado a un amigo periodista.

Se trataría de la novena estrofa de “Les bijoux”, uno de los poemas malditos del autor, expurgados por la censura después de un juicio resonante. El cuarteto, sin embargo, fue escrito mucho después que la composición a la que se añade. Esta se sitúa en torno al año 1842, dentro del llamado “ciclo de Jeanne”, es decir de los poemas dedicados por Baudelaire a su amante haitiana Jeanne Duval, y caracterizados por un erotismo de altísimo voltaje. Sin embargo, la primera edición del libro tuvo lugar quince años después, en 1857, y la nueva estrofa está anotada a mano sobre un ejemplar impreso.

Por en medio hubo un intento fallido de suicidio, del que he dado cuenta en otro lugar de estas páginas (2), y muchas otras vicisitudes personales para Baudelaire, apremiado en general por los alcoholes y la falta de medios de vida, y más abrumado que satisfecho por las “alas de gigante” con que el genio le había dotado, y que, como las del albatros en una de sus composiciones más conocidas, le permitían un vuelo incomparable, pero le impedían caminar por el suelo común.  

Hubo dos ediciones más de Las flores del mal en vida del poeta, y este no consideró oportuno incluir, en el poema en cuestión, el añadido que improvisó al escribir una dedicatoria. Se trataría entonces de una especie de “verso libre” escrito a beneficio de inventario para el lector al que estaba destinado el ejemplar; pero merece sin la menor duda una nota a pie de página en futuras ediciones.

La composición “Les bijoux” comienza así: «La très-chère était nue,et, connaissant mon coeur, / elle n’avait gardé que ses bijoux sonores…» (“La muy querida estaba desnuda y, conociendo mi corazón, solo llevaba encima sus joyas sonoras…”). Delante del “candor unido a la lubricidad” de las poses de la mujer tendida en un diván, el poeta se describe a sí mismo como un “alma en reposo” que se ha sentado, “tranquila y solitaria”, en un rocher (roca) de cristal. El desfile voluptuoso ocurre frente a unos ojos “clarividentes y serenos”.  

A esta expresa actitud metafísica delante de la belleza terrenal corresponden los cuatro versos ahora resucitados:

Et je fus plein alors de cette Vérité:
Que le meilleur trésor que Dieu garde au Génie
Est de connaître à fond la terrestre Beauté,
Pour en faire jaillir le Rythme et l’harmonie.

Cinco términos aparecen subrayados con mayúscula: Verdad, Dios, Genio, Belleza, Ritmo. Más énfasis: el artista se siente “lleno” de esa Verdad que es el “mejor” tesoro que Dios le concede, al permitirle penetrar “a fondo” la Belleza terrenal y extraer así de ella su ritmo y su armonía.

No es el “mejor” verso de Baudelaire, ni el que contiene más “Verdad” ni “Belleza”. Pero tampoco es en absoluto desdeñable para comprender su estética y su intención.



miércoles, 13 de noviembre de 2019

DECADENCIA Y CAÍDA DE LOS PARTIDOS DE DISEÑO



Sigmund Freud: algunos políticos deberían hacer más caso de su teoría del retorno de lo reprimido.


La burbuja de los partidos coyunturales de diseño ha pinchado; después de Rosa Díez (UPyD), que ha protagonizado un breve cameo en la última campaña pidiendo el voto para el PP, le ha llegado a Alberto Rivera (C’s) la hora de emprender la retirada y alejarse de su buena muchachada. Alberto ha trazado una de las parábolas más vistosas y sorprendentes en el escenario de la política española, tanto en su fase de ascenso meteórico como en la de batacazo fulminante, más que descenso. Un caso para estudiar en un master en las aulas universitarias, como diría Íñigo Errejón, el cual por otra parte debería dedicarse también, antes que luego, a estudiar su propio caso.

Partidos coyunturales, plataformas de diseño basadas en la transversalidad, en el poder amplificador de los medios, y en la inmediatez de las respuestas al electorado: oferta personalizada, a domicilio y a cortísimo plazo.

La burbuja ha pinchado: se trataba de artificios, constructos ad hoc, financiados por los grandes poderes fácticos promotores del TINA (no hay alternativa), y con la finalidad última de sostener el statu quo con el viejo truco de “lo último, el no va más”, cambiarlo todo para que nada cambie.

Hay sin embargo novedades más sustanciosas que descomponen el bipartidismo básico que imperaba desde la transición. Se delinean Unidas Podemos por la izquierda y Vox por la derecha, habida cuenta de que los dos grandes partidos se reagrupan hacia el centro después de ensayos más o menos fugaces de atrapalotodo por ambas partes. (A propósito, y dicho de pasada: vuelve a hablarse de una “gran coalición” PSOE-PP como solución a la “nueva transversalidad” del electorado, que es más un mito de laboratorio politológico que una realidad de la calle).

Vox no es una opción coyuntural; es vieja, es cutre, es fideísta, pero obedece a una porción del electorado que es también así. Su voto último ha venido inflado por la indignación, pero no desaparecerá con la misma facilidad que la plataforma de Rivera, porque no es un “invento” aunque sí esté patrocinado.

En cuanto a Unidas Podemos, tiene la ocasión de afirmar su utilidad para mucha gente, gracias al recentísimo pacto ─de ayer mismo─ de coalición para gobernar. En la misma línea de sensatez de las izquierdas sería necesario recuperar al grupo de Errejón para una mayoría estable, menos peleona en las formas y más cuidadosa con las sinergias. Más País no tiene sentido, como no lo tuvo en su momento la intentona de Llamazares con el juez Garzón. No puede ser buena una situación en la que los líderes de opinión tienden a buscarse la vida por su cuenta desparramándose por las costuras abiertas de unos partidos que combinan la escasez de militantes con un exceso de ortodoxia ideológica y de rigidez organizativa.

También parecen destinadas a perdurar en el tiempo las opciones nacionalistas en Euskadi y en Cataluña. Mala idea es esa moción que propone ilegalizarlas, negarles de forma drástica un puesto al sol en el panorama monocorde de una España recentralizada. Como mínimo, convendría que los fautores de semejante idea estudiaran al maestro del psicoanálisis Sigmund Freud, que fue quien enunció, con aparato científico contundente, la ley general del retorno de lo reprimido con una fuerza multiplicada, que llega a hacerse obsesiva. Es justo lo que está pasando ahora en Cataluña, y no es cosa de hacer chistes ni de soluciones del tipo de “esto lo arreglo yo en cinco minutos”.


lunes, 11 de noviembre de 2019

NADA QUE AÑADIR




La Sibila de Cumas, fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.


Se constata que uno de los fakes más rentables de nuestra pos-sociedad del pos-conocimiento es el de los escrutadores de sondeos. Ellos han ejercido de modernas sibilas y llevado en andas al gran líder de la mayoría de abril, Pedro Sánchez ─esa alma de cántaro─ a pegarse el tiro en el pie con una repetición electoral que los adictos a la cuenta de la vieja preveíamos contraproducente.

Lo ha sido. Por el prurito de no ceder una vicepresidencia y tres ministerios, el PSOE ha perdido la mayoría absoluta en el Senado, y sus cantos de sirena en dirección a Rivera han acabado por engordar, precisamente con los escaños de Rivera ─tenido por no fiable, con razón─, a la oposición pura y a la dura.

Durante cinco meses, Sánchez ha dado una y otra vez el mismo mensaje: no quiere compromisos con nadie, y menos que con nadie, con los sindicatos y con las políticas sociales. Ha reafirmado su apuesta por Nadia Calviño, tan bien vista en los medios europeos austericidas, para una vicepresidencia económica; ha puesto entre paréntesis la reconducción prometida antaño de las reformas laborales que han dejado inermes a las clases trabajadoras; y ha dejado en sordina el otro tema que podía haber sido estrella en esta situación: una revolución verde para afrontar el cambio climático, con lo que la formulación podía haber tenido de incentivo a la innovación, a las reformas estructurales y a la generación de empleo. Sánchez no ha querido arriesgar absolutamente nada en el trance, porque sus gurús le informaban sotto voce de que esto estaba ganado y las derechas andaban pidiendo cuartelillo.

La gran baza con la que contaba para ganar otro millón de votos ha sido posiblemente la sentencia del juez Marchena. El PSOE la ha exhibido orgullosamente, como si fuera suya en lugar del juez Marchena. Sánchez ha empeorado las cosas afirmando ─en otro tema, pero por los mismos vericuetos─ que los fiscales cumplían órdenes del gobierno (luego ha achacado al “cansancio” su error constitucional, que es tanto como decir mayúsculo).

Y, de otra parte, se ha dejado ir hasta ensayar la eliminación de la perspectiva federal de su programa. También este error capital lo ha corregido sobre la marcha, pero tantas autocorrecciones acaban por dejar muy emborronada su plana de propósitos por cumplir en la legislatura. Y hablo de error capital a la vista de que los resultados globales del PSOE se vienen sosteniendo regularmente de una manera sustancial debido a su caladero de votos en las nacionalidades históricas de Euskadi y Cataluña, donde ni PP ni Vox rascan mayormente bola. Si Sánchez cercena la perspectiva ofrecida de apoyo mutuo y de alianza, en aras a la visión estrechamente madrileñista de sus sibilas de turno, pronto oiremos al profeta Jeremías anunciar rasgándose las vestiduras que, en efecto, España se ha roto, y no hay ya quien tenga la capacidad de recoserla.

La otra iniciativa electoral a la que ha fiado el PSOE un aumento potencial de votos ha sido la Exhumación, con mayúscula. Un ingrediente puramente emocional, que en definitiva no ha engrosado su cuenta corriente sino, paradojas de la situación, la de Vox. La Exhumación era inexcusable (hace cuarenta años que debió hacerse, pero entonces los augures y las sibilas profetizaban en otro sentido), y sin embargo no podía cumplir la función de aliciente para el electorado porque, al igual que la sentencia del procés, su significado no era político sino institucional.

La cadena de errores del primer partido de la izquierda se ha extendido al segundo, Unidas Podemos, que ha fiado su suerte al papel de segundo de a bordo en una potencial coalición en la que había de ejercer de Pepito Grillo; sin contar para tal balance el plus de las habituales gesticulaciones de su cabeza de lista en los debates televisados.

También se ha extendido la cadena de errores citada al espada restante de la terna, Íñigo Errejón, que sencillamente no ha cuajado como solución de emergencia para desatascar el actual bloqueo. Nadie (salvo en Madrid, donde conserva cierto predicamento) ha considerado que valiera la pena votar su lista con preferencia a otras, habida cuenta de que su propuesta era similar a la del tope que se coloca en la pata coja de una silla.

En estas circunstancias, el voto mayoritario de país a las propuestas de las izquierdas se ha mantenido a pesar de todo; eso sí, ligeramente a la baja, y ─no diré de ningún modo con la nariz tapada, porque la cosa no es para tanto─ con una punta de resignación, habida cuenta de que la alternativa era mucho peor.

Si de tales lecciones colectivas alguien en la torre del homenaje saca alguna conclusión que sea útil, miel sobre hojuelas. Si no, entraremos una vez más en el tobogán de la investidura con multitud de líneas rojas atravesando el espacio de negociación, sinfines de runrunes filtrados a los medios, cobras televisadas en bucle, y sonoras descalificaciones off the record ante la prensa canallesca, a todo lo que se mueva.

Un espectáculo cansino al que ya nos tiene demasiado acostumbrados la casta política. Ojalá que al menos las nuevas cámaras de la soberanía nacional no empiecen su andadura votándose un aumento de sueldo.


domingo, 10 de noviembre de 2019

EL DÍA SIGUIENTE A LA REFLEXIÓN


Alfonso C. Congostrina y Pere Ríos titulan una información en elpais de la forma siguiente: «El día de reflexión acaba en Cataluña sin incidentes graves.» Se sobreentiende que eso era precisamente lo que se esperaba, y de hecho a punto estuvo de ocurrir. Mossos y polis nacionales se emplearon a fondo para impedir a los de los pasamontañas bajar por Vía Layetana hasta Jefatura. Fue un juego del gato y el ratón, señalan los periodistas. Aquí están de moda las actividades lúdicas.

Algún día prendrem mal, dicen los agoreros. Xavier Sardà, designado en ciertos pasquines como terrorista al servicio del Ibex 35, tiene otra visión del asunto: «Nos hemos hecho mucho daño», escribe en elperiodico. Mucho daño está ya hecho. De forma gratuita, festiva, lúdica, pacífica y peristáltica, llevamos tiempo haciéndonos mucho daño, y hablando de las reacciones desproporcionadas de algunos que se quejan. 

A nadie se le va a ocurrir hablar del día de hoy como de una fiesta de la democracia. Ese tipo de clichés ha tenido su época. Ya no.

He hecho los deberes, he ido a votar siguiendo las recomendaciones del manual: a) sin dejar para la tarde lo que podía hacer por la mañana; b) con la nariz tapada; c) sin intención de hacer cola mañana para reclamar al maestro armero si las cosas no salen como deseo, porque sé de cierto que las cosas no van a salir como deseo.

Contra el cansancio y contra el desencanto, he votado como un enésimo ejercicio de buena voluntad.


sábado, 9 de noviembre de 2019

CASA COMÚN, PROPIEDAD PRIVADA


Un artículo publicado hoy por Jordi Évole en lavanguardia (1) la está petando, por lo menos si tengo en cuenta la cantidad de amigos de toda la vida, parientes y viejos compañeros de luchas y fatigas, que me lo están remitiendo para que lo lea (cosa que ya había hecho yo por mi cuenta desde la primera hora).

Viene a sugerir Évole, en base a una conversación sostenida por él en el mes de junio, que los socialistas tenían ya entonces prevista la reconvocatoria en lugar de la investidura. «Volver a celebrar elecciones no tiene por qué ser tan malo», dice Évole que le dijeron sus interlocutores, con una sonrisa enigmática que él no entendió entonces, y que a 9 de noviembre todavía se entiende mucho menos.

Se supone que era estrategia. Se supone que alguien pensó que una repetición sería buena para el PSOE, porque la pérdida de cinco meses de actividad política plena se compensaría con una ganancia equis en votos. Se supone que la suposición previa era que es preferible gobernar con las manos libres a hacerlo con compromisos firmes con otras fuerzas. Se supone que se pensó que en cualquier caso el personal humano iba a aguantar lo que le echaran.

Ocurra lo que ocurra mañana, el PSOE ha cometido un grueso error, con el agravante de que se trata de un error típico, repetido en ocasiones anteriores, característico de una mentalidad y de un modo determinado de hacer política que nació en nuestras latitudes democráticas con el felipismo y el guerrismo.

Es el error de considerar que la casa común de la izquierda puede ser tan amplia como se quiera, abierta a todos, etc.; pero tiene una marca registrada y un patrón que la regenta. De modo que, de los que están dentro, el que se mueve no sale en la foto; y de los que están fuera, no sale en la foto ninguno a menos que la superioridad competente lo permita por especial concesión.

El “propietarismo” de la política vincente de la izquierda por parte del PSOE lo configura como una iglesia (extra ecclesia nulla salus), cosa que le confiere una particular solidez frente a la proliferación de tantas herejías (tu es Petrus [Sánchez, en el presente caso] et super hanc petram…) Pero esa perspectiva política se aproxima demasiado al pensamiento único, al “no hay alternativa” del pensamiento neoliberal; y, al revés, se aleja en demasía de las expectativas, los intereses y las reivindicaciones del popolo minuto disperso, heterogéneo y fragmentado.

Hay un designio de “gran política” y de totalidad en el PSOE, pero se constata que mañana tampoco va a conseguir el objetivo que viene persiguiendo desde abril. Ni hay más cera que la que arde, ni más votos que los que conceden las urnas. Pensar que la socialdemocracia del siglo XXI va a arrasar cambiando el Estado del bienestar por la mochila austríaca es, en una expresión característicamente catalana, soñar tortillas.

Un ruego, entonces, a Pedro Sánchez y a sus valedores y magos de la varita: utilicen con sensatez los votos que van a obtener, denles esa utilidad de la que presumen, y esfuércense para alcanzar ventajas y beneficios que reviertan en el común de los sin casa, en lugar de encerrarlos a cal y canto en el interior resguardado de una casa común en cuya puerta han colgado el letrero «Propiedad privada».




viernes, 8 de noviembre de 2019

UNIDAD O CONVIVENCIA


Nos llega desde el centro el enésimo aviso de que unidad de España no hay más que una, y cualquier otra propuesta de unidad diferente de la fetén será debidamente ilegalizada cuando manden de nuevo los que siempre han mandado.

El aviso a navegantes nos llega desde la Asamblea de la Comunidad de Madrid, dispuesta como casi siempre a subrogarse en la soberanía nacional, diga o no diga tal cosa la Constitución de todos los españoles. A todos los demás españoles, que les den, debe decirse a sí misma la alta cámara representativa de la madrileñidad. Son aproximadamente las mismas habas que se vienen cociendo en estas latitudes.

Madrid se ha comportado alternativamente como capital y como quintaesencia, como rompeolas de todas las Españas y como rompeEspañas de todas las olas. Ahora reincide en sus viejos vicios: catolicismo a machamartillo, y luz de Trento. Y al que no le acomode una dieta tan indigesta, que lo zurzan.

Así lo sostiene impertérrita la derecha una y trina, mayoritaria en la Asamblea. La iniciativa aprobada en Madrid es una razón importante para ir a votar (a la contra) pasado mañana. ¿Alguien dudaba de que, en primer término y antes de pensar sobre el qué, resulta imprescindible ir a votar pasado mañana?

Votar el qué es otra cuestión, ciertamente, y no de menor importancia. Sugiero modestamente un voto no meramente declarativo, sino útil. Útil en el sentido preciso como lo es un destornillador que desbloquee esta unidad monolítica, basada en la falsa moneda de una ideología unánime que nadie comparte, ineficaz a todos los efectos para arribar solos o en compañía de otros a algún tipo de futuro.

El voto plural debería dar paso a una convivencia ilustrada, no al trazado de nuevas y más firmes líneas rojas entre las distintas plataformas ideológicas sorprendentemente parecidas entre ellas. Se podría empezar por “calificar” a los rivales electorales, en lugar de descalificarlos. Con las descalificaciones no se consigue más unidad, sino más encastillamiento.

Es la convivencia, entonces, la única vía que puede conducir, después de un largo camino compartido ─el roce engendra el cariño, dicen─ a la unidad de los diferentes. (Lo siento, queridos/as asamblearios/as madrileños/as y queridos/as indepes de “casa nuestra”: lo imposible en este pleito multilateral es suprimir las diferencias entre las partes, menos aún por real decreto o por ley de desconexión. Podemos aunar esfuerzos ímprobos para alcanzar el difícil objetivo de convivir unos con otros; no, en ningún caso, para hacernos uniformemente iguales. Esa idea totalitaria de una patria igual a sí misma e idéntica en todas sus partes, no es de recibo.)


jueves, 7 de noviembre de 2019

LOS LECTORES PERDEMOS UN CÍRCULO



El Grupo Planeta cierra de forma definitiva Círculo de Lectores, un experimento editorial surgido en 1962 de la mano de Bertelsmann, y fagocitado por la multinacional española en dos sentadas, al adquirir la mitad de las acciones en 2010 y la otra mitad en 2014.

Círculo funcionaba como un club de abonados que se comprometían a adquirir mensualmente un nuevo título de un amplio catálogo, en unas condiciones ventajosas en relación con el precio de librería. El catálogo aparecía como una especie de “canon de lectura” muy ecléctico que abarcaba desde los clásicos antiguos ineludibles, hasta las obras modernas que podríamos llamar best-sellers de fondo. No aparecían por lo general ni obras escandalosas, ni muy comprometidas políticamente, ni demasiado recientes. Cuando un título entraba en el catálogo de Círculo era porque ya había consumido un primer ciclo en las librerías y se le abría una “segunda vida” como pieza accesoria de una biblioteca personal.

Es ese concepto, el de biblioteca personal que uno va mimando y completando a lo largo de la vida, el que justificó en su momento la experiencia, y el que ha acabado por arrumbarla en el desván de los recuerdos. No es que hoy se lea menos, sino que se lee de forma distinta y con otros objetivos. En cuanto al concepto mismo de biblioteca, está obsoleto; los libros, por lo menos la gran mayoría de libros, son objetos de usar y tirar. Guardarlos no tiene sentido porque existen otras formas de almacenamiento y de recuperación. Y ahora la literatura ya no se consume exclusivamente en papel, sino cada vez más en soportes electrónicos.

Círculo/Planeta ha intentado evolucionar con los gustos de la clientela. Leo que un 30% de la oferta eran productos distintos del libro; un 11,9%, productos cosméticos. El esfuerzo no evitó una espiral de pérdidas millonarias al sello editorial: tampoco nos abonamos con facilidad al consumo de cremas rejuvenecedoras que nos trae mensualmente un jubilado en un carrito.

El cierre supone la pérdida de 143 puestos de trabajo fijos. Es el punto más doloroso de una decisión empresarial de calado. En tiempos tuve grandes amigos y compañeros en el comité de empresa de Círculo y en sus aledaños sindicales. Gente que ya entonces trabajaba a contracorriente de la dirección, por la calidad antes que por el beneficio, por el servicio a la ciudadanía como desiderátum de una estructuración social distinta, más empática y más horizontal.

Algunos de mis conocidos, me consta, ya no están; a otros les he perdido la pista hace mucho tiempo. A todos les recuerdo aún muy bien, sus luchas fueron también mías.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

LAS CUENTAS DE ABASCAL


Sostiene Santiago Abascal ─y lo ha sostenido en un debate público, no en la barra de su bar de elección, donde tiene boquiabiertos con sus luces a los peripatéticos parroquianos del petit matin, expresión que los franceses utilizan para denominar esa hora incierta de la madrugada en que los elefantes se tiñen de rosa─, sostiene, digo, Abascal en debate público televisado, que las autonomías cuestan al Estado noventa mil millones de euros, y que pronto será necesario elegir entre autonomías y pensiones.

Pasemos por alto el hecho de que las autonomías no “cuestan” nada al Estado porque “son” Estado, según la Constitución. Suponer que un Estado verticalizado ahorraría más dinero y generaría menos burocracia es, por decirlo de forma sobria, demasiado suponer. Todos tenemos presente el recuerdo de un Estado no tan lejano en el que incluso los sindicatos eran verticales y la burocracia resultaba asfixiante en todos los ámbitos de la vida. Todo eran colas en las ventanillas, y siempre se necesitaba un sello más para dar curso a una gestión, o bien lo que faltaba era el imprescindible certificado de buena conducta sustanciado por el párroco del lugar, el cual figuraba también en nómina de la interminable burocracia estatal.

La idea de que aquello fue una edad de oro y de que entonces los pensionistas nadaban en la abundancia es prácticamente privativa de Abascal; no hay mucha gente más que la comparta.

Pero yendo al meollo de la propuesta abascaliana, se desprende de la misma otro hecho innegable: si suprimiendo las autonomías el Estado dispondría de noventa mil millones extra para sus gastos, por qué no suprimir además las pensiones y disponer de ciento ochenta mil millones de la misma tacada. Para gastarlos en lo que al Estado le apetezca; preferentemente en fondos de reptiles para premiar a los tertulianos con más labia. Se habría llegado entonces al sursum corda, y dado una estocada mortal no solo a la inmigración delincuente sino a los yayoflautas, esos moscardones verdes siempre bombardeando a las personas de bien con pejigueras.

El Mundo, La Vanguardia y La Razón dan a Vox como ganador del debate de la otra noche, según leo en otro órgano de información. Según se mire. Los demás candidatos optaron por no polemizar con Abascal, debido a razones varias y también porque cada cual contaba celosamente los minutos de que disponía para colocar sus propios mensajes, elaborados con precisión milimétrica por equipos de asesores generosamente pagados.

Según cálculos míos de elaboración propia, el asesoramiento a las plataformas electorales hecho por paneles de expertos en sociología, politología y electorología, viene a costar a los partidos, en los últimos tiempos, unos noventa mil millones de euros anuales, euro más euro menos, que son sufragados con dinero público vía subvenciones. Afirmo en consecuencia, desde esta tribuna pública, independiente e inasequible al desaliento venga de donde venga, que si suprimiéramos todas las expertises electorales golosamente remuneradas dispondríamos de fondos públicos suficientes para mantener con holgura tanto las autonomías como las pensiones.

Átenme esa mosca por el rabo.


martes, 5 de noviembre de 2019

Y EL GANADOR DEL DEBATE ES...



Manuel Campo Vidal con José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy, en uno de los innumerables debates que ha dirigido.


Mi tía Concha no se habría perdido el debate de anoche. Hace muchos años que nos dejó, por imponderables que ocurren, pero mientras habitó la madrileña casa familiar de Menéndez Pelayo le encantaba sentarse en el sofá del saloncito para oír hablar a los políticos de la democracia por la tele.

De joven había sido guapísima, hay fotos que lo demuestran: buena estatura, buen tipo, perfil aristocrático, ojos penetrantes, boca bien dibujada. Nunca se casó, sin embargo. No me pregunten por qué. Ella decía: «Con mi media naranja, alguien se ha hecho un refresco.» La guerra incivil dejó para vestir santos a muchas buenas mozas como ella, pero no consideró el asunto como una tragedia personal. Fue tía universal, en primerísimo lugar de mi prima Cuquín, después del prolífico clan de los Rodríguez y por fin de todos los que la conocían.

Cuando hablaban los políticos por la tele, se sentaba en compañía delante del aparato, y colocaba la caja de los chiribitos al alcance de todas las manos congregadas.

Los chiribitos eran fruta de sartén espolvoreada con azúcar glas, de una delicadeza etérea que se deshacía en la boca. Mi tía Concha tenía mucha mano también para las rosquillas, pero como ella misma reconocía “la rosquilla es más indigesta”. De modo que en los días grandes de la política del país, lo que salía a la mesa eran los chiribitos, metidos en una caja de lata de galletas a la antigua, tuneada por ella misma con ringorrangos de papeles de colores recortados y pegados sobre la tapa.

Mi tía tuvo en vida una predilección especial por Adolfo Suárez. Los demás políticos de la democracia no le hicieron el mismo tilín; ni Fraga, un energúmeno que para no dejar hablar a los demás se atropellaba en lo que decía; ni Felipe González, del que no se fiaba porque tenía un discurso enredado y “se iba por las ramas”; ni José María Aznar, porque se callaba lo que no le convenía decir.

Pero les escuchaba a todos, dejando de vez en cuando que se le deshiciera en la boca uno de aquellos chiribitos celestiales. Y sacaba conclusiones propias acerca de todo.

Ahí está la razón por la que me ha venido a la memoria, después del debate de anoche. Cuando era ya muy mayor, le pregunté cuál le había parecido mejor, en un debate estrella entre González y Aznar, en 1993, aquella época bronca del “váyase señor González”. Y me contestó sin dudarlo, a bote pronto:

 ─ El mejor, Campo Vidal, dónde va a dar.


lunes, 4 de noviembre de 2019

LA LEVEDAD DEL GIRO DE LA RULETA



Va a resultar que nuestros políticos no tienen mayor interés en gobernar. Lo que les pone de verdad, lo que hace que la adrenalina les suba en flecha es el carrusel de las campañas, la tumba abierta de los debates a cinco, el riesgo de la apuesta al todo o nada, el subidón de ver la bolita de la ruleta electoral volando rauda hacia ¡ojalá! una casilla roja, impar y manque.

«Van una vicepresidencia, tres ministerios y políticas activas de empleo», pone Pablo rictus impasible al colocar sus fichas con un golpe seco en la mesa. «Nosotros solos quizá con algún independiente», replica Pedro con gesto medido y sobrio. «Más centrismo y mano dura en guante de seda para los catalanes», se inclina sobre la mesa el otro Pablo, desde el otro lado de la sala. «Regeneración y 155 por un tubo», apunta Alberto. «¡Maj Ejpaña y cátedra universitaria de tauromaquia!», declara farruco el cuñao. «Rien ne va plus», canta con voz impasible el crupier.

Y la bolita sale disparada y empieza a girar. Una vez más.

Quim Torra, en cambio, no quiere apostar; tiene alergia a unas nuevas elecciones en las que su formación, según sondeos que jamás se harán públicos, oscila en una horquilla situada a medio camino entre la irrelevancia y la catástrofe.

Pero su parsimonia ante las urnas por siempre benditas y alabadas en el santoral del catalanismo pacífico y festivo, no viene de ningún mensaje recibido en el camino de Damasco para que exhiba algún atisbo de interés por gobernar. No. Es que tiene la perra de la república, y sigue encerrado con ese solo juguete, esperando que los hados o las hadas se la pongan en el calcetín como un regalo navideño. ¡Le haría tanta, tanta ilusión una república nueva de trinca!

No para hacer nada con ella, no se equivoquen; solo para mirarla desde la ventana, entre los humos de las hogueras y el zumbido de las pelotas de goma ilegales, y suspirar hondo: ¡tanta, tanta felicidad!


domingo, 3 de noviembre de 2019

FU, Y NI FU NI FA



Olga Tokarczuk y Peter Handke, premios Nobel de Literatura en 2018 y 2019, respectivamente.

Después de las dimisiones voraginosas que dejaron reducido el año pasado el comité del Nobel a un grupito de friquis peleados entre ellos, cabía esperar que el retorno a la grandeur de la Academia Sueca, anunciado al son de los claros clarines, comportara lo que canónicamente exige la santa iglesia para el perdón de los pecados: a saber, dolor de corazón y propósito de enmienda.

Nada más lejos de la realidad. Los premiados han sido Peter Handke y Olga Tokarczuk. Ella era una desconocida en el panorama internacional de las letras, y es muy posible que lo siga siendo en adelante. En síntesis, ni fu ni fa. Handke, por su parte, bien conocido desde hace décadas y por muy distintas razones, es definitivamente fu.

Dice Fernando Savater que, a pesar de todo, Handke ha merecido el Nobel. Estaré de acuerdo con él si me aclara qué significa “merecer” el Nobel.

Es posible (difícil, pero posible) sostener que la excelencia de la literatura de Handke no tiene nada que ver con su apoyo sin matices a la causa serbia (que incluyó un genocidio constatado) y sus loas a Slobodan Milosevic.

La disociación de las dos cuestiones vale en todo caso para la excelencia en literatura. Ahí está el ejemplo de Céline, que defendió causas todavía más siniestras que Handke y fue, sin embargo, un gran escritor.

Pero Céline no fue galardonado con el premio Nobel. Y es mucho más difícil demostrar que la “no” concesión del Nobel a Céline no tuvo nada que ver con sus posicionamientos políticos.

Benito Pérez Galdós iba a ser premiado con el Nobel, pero intervino la diplomacia española, que lo tenía enfilado por su escaso aprecio a la monarquía de Alfonso XIII, y el galardón fue a parar de rebote a don José de Echegaray. ¿Recuerdan ustedes a Echegaray? ¿Han visto o leído alguno de sus dramas? ¿Se le atribuye un lugar eminente en alguna historia de la literatura española escrita con cierta dosis de distanciamiento? ¿“Merecía” el Nobel Echegaray? ¿Lo “merecía” Galdós? ¿Lo “mereció” Cela? ¿O Bob Dylan? ¿O la simpática Tokarczuk, que ha ejercido en su corta carrera en las letras de Kelly y de niñera?

Si partimos de la premisa de que la excelencia en literatura y el galardón anual del Nobel de la disciplina siguen caminos abiertamente divergentes, que solo se cruzan y coinciden en determinados nombres casi por arte de magia, llegaremos a la conclusión de que todos los premiados con el Nobel lo han merecido, puesto que han ganado la votación decisiva en el comité creado al efecto dentro de la Academia Sueca.

Otra cosa muy distinta es si los miembros del comité del Nobel merecen estar donde están, y juzgar los méritos de los autores como los juzgan.

El tema habría ofrecido una distracción oportuna a los teólogos del cristianismo naciente que se enzarzaron en acaloradas disputas sobre el sexo de los ángeles.


sábado, 2 de noviembre de 2019

LIBERTAD POLÍTICA Y ECONÓMICA DEL SINDICATO



Antonio Baylos (izq.), diserta en el marco del Instituto Agustiniano de música clásica, en Roma. Foto extraída del blog Según Antonio Baylos.


En una entrada reciente de su blog, el profesor Baylos desgrana algunos conceptos de interés en torno a la libertad sindical en un sentido político y económico, aspectos que no se contraponen de forma decidida, pero sí son bastante diferentes.

Veamos la descripción sintética que hace Baylos de la libertad sindical política: es «la capacidad de organizar el trabajo de manera que este pueda trascender su condición de mercancía.» Esta capacidad se tiene o no se tiene, y su ausencia en un régimen político determinado se configura como un déficit democrático. El sindicato debe estar reconocido institucionalmente, sobre todo en sus atribuciones de negociación colectiva, para que una sociedad determinada pueda ser reconocida como enteramente democrática.

Ahora bien, una vez establecido el principio y el reconocimiento, existe en las sociedades avanzadas, y dado el signo neoliberal de la economía globalizada, la tendencia a ver la libertad sindical no como un hecho político (un hecho que configuraría al sindicato como “sujeto político”) sino como una mera característica particular de la esfera económica. Es decir, tal como lo explica Baylos: «un instrumento de ajuste y de equilibrio en el que la fuerza de trabajo se desvela como una mercancía especial que compromete a la persona que presta su actividad y que requiere por consiguiente una negociación de su valor en una relación que intente reducir la asimetría de poder que se expresa en la misma.»

En último término, entonces, tanto es un sindicato libre aquel que intenta organizar el trabajo de un modo diferente a la condición de mercancía que le asigna el capital; y aquel otro que se adapta a una negociación “de ajuste y de equilibrio” en la que se atribuye al trabajo asalariado la citada condición de mercancía, si bien con un estatus “especial” por el que se permite al trabajador negociar su salario dentro de ciertos límites.

Se trata de dos concepciones diferentes del trabajo (simplistamente las caracterizaríamos como trabajo “emancipador” y trabajo “subordinado”) y como corolario, de dos concepciones diferentes de la acción sindical y por tanto de su organización concreta y de la forma de su institucionalización.

Ambas formas de acción sindical son positivas para el entorno social en el que inciden; pero hay una diferencia muy marcada de horizonte. En el primer caso la acción apunta a una transformación de las condiciones no ya de trabajo sino de vida, a la igualdad, a la codeterminación de los objetivos económicos, al protagonismo político de los trabajadores en la configuración de una sociedad más justa establecida sobre nuevas bases. Toda esta perspectiva desaparece de la segunda visión de la acción sindical; su motivación se reduciría a la mejora de las condiciones de un trabajo abstracto y pasivo, privado de todo impulso energético en la política de las cosas. De algún modo, y exagerando la nota, a hacer “esclavos felices”.

La libertad sindical significa también que cada organización sindical realmente existente tiene el derecho de enfocar su actividad y adaptar sus estructuras en dirección a una u otra de las dos posibilidades confrontadas, e incluso de adoptar vías intermedias, lo que definiríamos como un programa mínimo (paliar las desigualdades inmediatas) y un programa máximo, el de la trascendencia del trabajo más allá de su concepción como mercancía en el orden capitalista.

Sobre todo ello versó, según cuenta Baylos, la sesión en el Instituto Agustiniano de Roma, donde fue presentado un número monográfico de la revista Diritti, Lavori, Mercati, que tendrá a finales del año próximo una versión española. Para más información, ver:


viernes, 1 de noviembre de 2019

IMPEACHMENT


Las probabilidades están en contra de que Donald Trump sea destituido, en el juicio que se le acaba de abrir en el Congreso de Estados Unidos. Los republicanos votaron masivamente en contra, pero eran minoría; en el Senado, donde tendrá lugar la votación final si las cosas llegan a ese punto, los republicanos son actualmente mayoría.

No importa demasiado; se pueden perder todas las batallas y ganar la guerra, como dejó dicho Joan Coscubiela a propósito de otra cosa. Nancy Pelosi, la presidenta demócrata de la cámara baja, lo ha expresado así: «Lo que está en juego es la democracia; los republicanos temen la verdad.»

Se me ocurre, ustedes me perdonarán si desbarro, que el juicio parlamentario a Trump por un abuso de poder tan manifiesto como grosero, viene a tener algún punto de contacto con la exhumación del Innombrable hace pocos días, y tal vez con alguna otra cosa que ocurre en estas latitudes.

Daba igual en el fondo que los huesos del General reposaran en un lugar o en otro, pero era urgente sacarlos de ahí donde estaban. Era la sacralización bajo palio del cargo vitalicio e incluso más allá de lo vitalicio, lo que se impugnaba; y en el caso del Pato Donald, su facultad omnímoda otorgada de buena fe por la constitución, para hacer lo que le saliera de las pelotas con total impunidad.

Los mecanismos democráticos vigentes implican la posibilidad de que una mayoría vote a favor de la inmunidad de los que han roto las normas democráticas que obligan a todos. Eso ocurre tanto aquí como en USA. No importa tanto el resultado “político” a que todo eso dé lugar, como la reclamación firme en contra, formalizada desde las instancias representativas de un pueblo en teoría soberano. Si luego quienes defienden a Franco, o a Trump, o la desconexión, obtienen una mayoría suficiente en las instancias democráticas, Franco volverá a Cuelgamuros, Trump será reelegido, y las fuerzas que pretenden separar a Cataluña del Estado “volverán a hacerlo”. Les amparará la ley.

Ahora bien, eso sucederá si la mayoría que arropa a esas actitudes es realmente suficiente, porque es ella la que les legitima; nunca, en ningún caso, la legitimidad desciende de la sacralización de un poder situado por encima de la ley positiva, en cualquiera de las formas en que se manifieste dicho poder: populismo, nacionalismo, fascismo u otra modalidad de Antipolítica.

Lo que está en juego es la democracia, como ha dicho Nancy Pelosi.