martes, 12 de enero de 2021

INICIATIVAS PIONERAS


 Logotipo luminoso de BE en la fachada del Ayuntamiento de Barcelona, en julio de 2018.

 

Desde el 30 de junio de 2018, es decir desde hace ya dos años y medio, el Ayuntamiento de Barcelona cuenta con su propia empresa eléctrica pública, Barcelona Energía (BE). En la circunstancia de “muerte súbita” motivada por el paso arrasador de la borrasca Filomena, los cuasimonopolios del Ibex activaron las tarifas tipificadas en sus conciertos respectivos con el Estado, con una subida de un 27% que ciertamente, todo hay que reconocerlo, venía después de un largo período de descenso. Simultáneamente, Colau bajó las tarifas un 50% a sus “clientes”, unas 20.000 familias barcelonesas en condiciones más o menos próximas a la pobreza energética.

La energía de BE procede de fuentes locales limpias y renovables, mayormente de las placas fotovoltaicas instaladas en su momento en el Forum, y de la planta de tratamiento de residuos del Besós. De una u otra forma, la iniciativa del consistorio barcelonés podía haber sido imitada por muchos miles de ayuntamientos que disponen de potencial energético local suficiente, así en el sol como en el viento, en fuentes hídricas u otras. Una cosa que se ha hecho en Barcelona ha sido destinar una parte sustancial del sueldo de los ediles a la promoción y financiación de este tipo de iniciativas dirigidas al recorte de los gastos de infraestructuras de la alcaldía y al mejor servicio de los ciudadanos más necesitados. Algo que habría sido impensable en la época del convergente Xavier Trías, pero también de alcaldes socialistas anteriores (Hereu, Clos) más preocupados por la imagen externa de la ciudad que por su funcionamiento eficiente y barato.

Se ha reprochado mucho a Ada Colau, y se le sigue reprochando incluso desde posiciones de izquierda, el “feísmo” de sus soluciones de pacificación del tráfico, la “improvisación” de sus medidas, y la falta de diálogo. Se obvia en este sentido cualquier término de comparación, cuando en la lengua común los alcaldes en general son corporativamente famosos por sus “alcaldadas”, y cuando Pasqual Maragall, hoy emblema de un gobierno municipal abierto al mundo y con visión de futuro, fue crucificado en su momento por sus “maragalladas”.

Convendría saber reconocer lo nuevo, en medio de la polvareda y el barullo interesados que crean los habituales manipuladores de la opinión. Conviene que se sepa lo que ha hecho Barcelona y no han hecho tantos munícipes empeñados en buscar la prosperidad privada con las cuentas públicas de su alcaldía. Empezando por Almedilla, ese alcaldillo madrileño que después de desmontar las mejoras urbanas aportadas por Manuela Carmena y de gastarse el oro y el moro en infraestructuras inservibles y banderas kilométricas, está pidiendo ahora auxilio al ejército para no verse obligado a pagar trabajadores municipales con el dinero de los madrileños.