miércoles, 13 de enero de 2021

LOS NEGACIONISTAS TAMBIÉN MUEREN

 


Imagen del termopolio (establecimiento de comida rápida) de la Regio V de Pompeya, desenterrado recientemente. Hasta momentos antes de la erupción fatal del Vesubio, los temblores de tierra y los penachos de humo eran considerados por muchos un colorido local típico de la región, enteramente inofensivo (“estamos en la Campania, ¿no?”)

   

Stanley Gusman, reportero de la TV brasileña y seguidor apasionado del presidente Jair Bolsonaro, ha muerto de covid. Hasta el día antes de infectarse, en las pasadas fiestas navideñas, se opuso de forma iracunda a cualquier medida de protección; también de autoprotección (en esto fue consecuente, son muchos los que se dedican a nadar y guardar la ropa al mismo tiempo). Cuando experimentó los primeros síntomas, alardeó de que muy pronto estaría repuesto. No fue así, y soy el primero en sentirlo. Lo siento sinceramente, y al mismo tiempo extraigo la conclusión de que negar la realidad sirve de bien poco.

Una pirada cuyo nombre ignoro decía, también por la tele pero en este caso en Madrid, que las nevadas traídas por la borrasca Filomena eran fake, aquello no era nieve sino plástico. Dejaba sin explicar dos cuestiones: una, cómo era posible diseminar tanto plástico en una porción de territorio tan grande; la otra, más sustantiva, el frío. En este caso la negacionista sí guardó la ropa puesta, al tiempo que “nadaba” quemando un copo con una cerilla.

Para unos jueces de Ica, Perú, el coronavirus ha sido producido y distribuido por millonarios como Gates, Bezos y Soros. Habrían perpetrado este crimen sin precedentes con el objetivo de lucrarse. Es cierto que se han lucrado durante la pandemia, pero no lo es que la pandemia haya sido la fuente de su lucro. Este se ha debido a la inercia imparable del mecanismo bancario del interés compuesto que tantos réditos genera cuando se ha conseguido reunir una acumulación ingente de capitales.

Es notable el despilfarro de energías utilizado para negar aquella parte de la realidad que no cuadra con la idea preconcebida que tiene cada persona del mundo y sus jerarquías. Las iglesias van muy por delante en este ejercicio voluntarista de interpretación sesgada. Ante algo que tiene todo el aire de ser una plaga, los ministros de los distintos cultos creen a pies juntillas que quien la envía es su dios, porque esa eventualidad está enteramente de acuerdo con el orden de sus ideas; pero además, están convencidos de que la plaga ha sido emitida en modo selectivo; es decir, que va dirigida a cosica hecha contra las personas que no viven conforme a las pautas que el tal ministro predica. Él, en cambio, sería inmune al azote.

La inmunidad al azote es asimismo una creencia arraigada en quienes creen que el mundo moderno está exento de plagas y cualquier plaga anunciada no es más que una monserga agitada por intereses oscuros o por mera holgazanería de las clases subordinadas, que no quieren trabajar como es debido. La naturaleza habría sido enteramente domada por la técnica, y la historia de los hombres habría llegado ya a su fin, de modo que nada puede acontecer fuera de ese cuadro ya perfilado, esmaltado y colocado en su marco. 

Estas estructuras mentales perniciosas han causado la muerte de muchos Stanley Gusman en la historia de la humanidad. Y sin embargo, el ejemplo no sirve de nada. Cada nuevo predicador de una nueva moral cree estar en posesión de la clave maravillosa que explica el mundo en su quintaesencia. Unos confían en la providencia divina, y otros en la del neoliberalismo a ultranza. Ambas providencias, sin embargo, se comportan en caso de catástrofe natural ─vírica, telúrica o climática, tanto da─ del mismo modo: miran a otro lado mientras la plaga irrumpe sin discriminar a nadie. Como la lava del Vesubio corriendo ladera abajo hacia el mar, o como un elefante moviéndose dentro de una cacharrería.