miércoles, 16 de marzo de 2016

PERICLES ERA KEYNESIANO


Y si no, lo fue el filósofo Anaxágoras de Clazómenas, que fue su asesor principal. Plutarco, a quien tengo por fuente de esta chuchería, cuenta una anécdota conmovedora de los dos. Andaba tan ocupado Pericles con los graves asuntos políticos de la ciudad de Atenas que descuidó a su consejero, el cual no poseía medios de fortuna propios. Reducido a vivir del aire, Anaxágoras, antes que pedir ayuda a su poderoso protector, se tendió en un rincón y se cubrió la cabeza, señal que entre los atenienses tenía el significado de que se esperaba la muerte. Alguien contó el caso a Pericles, que corrió sobresaltado al lado de su amigo y le rogó que no se dejara morir, porque sus prudentes consejos eran la luz que inspiraba todos sus actos, y sin ellos quedaría a oscuras. Después de hacerse de rogar un rato, Anaxágoras se descubrió por fin y le respondió: «Pericles, los que necesitan una lámpara le echan aceite.»
Vamos al tema keynesiano. Pasaba Atenas, después de las victorias sobre los persas, por un mal momento: exceso de población (para la guerra se habían juntado en la ciudad todos los brazos disponibles) y almacenes de grano vacíos. Pericles inició una política de expansión enviando hombres “de buena edad y robustos”, en expresión de Plutarco, al Quersoneso, a la Tracia, a Naxos y a Italia. Respecto de la «muchedumbre no llamada a filas y obrera», la empleó en grandes proyectos de obras sufragadas con el erario público. «Porque había la materia prima: piedra, bronce, marfil, oro, ébano, ciprés; trabajaban en ella y le daban forma los carpinteros, vaciadores, fundidores, canteros, teñidores de oro, ablandadores de marfil, pintores, esmaltadores y torneros; además, en proveer de estas cosas y portearlas entendían los mercaderes y pilotos en el mar, y en tierra, los constructores de carros, arrieros, carreteros, cordeleros, lineros, guarnicioneros, constructores de caminos y mineros; y como cada arte, a la manera de cada general su brigada, mantenía en formación su propia muchedumbre de simples peones, viniendo a ser como el instrumento y cuerpo de su peculiar ministerio, a toda edad y naturaleza, para decirlo así, repartían y distribuían sus exigencias el bienestar y la abundancia.» (Plutarco, “Vida de Pericles”, en Vidas paralelas, José Janés editor, Barcelona 1945, traducción de don Antonio Ranz Romanillos; procede el volumen de la biblioteca de mi padre.)
Así se levantaron en un tiempo asombrosamente corto el Partenón, los Propíleos, el Odeón, la llamada “muralla larga” entre Atenas y el puerto del Pireo, y otras obras memorables. El partido aristocrático se opuso a tal despilfarro de los caudales públicos, logró detener momentáneamente las obras y propuso la expulsión de Pericles de la ciudad. El gobernante replicó en el Areópago que estaba dispuesto a sufragar él mismo todos los proyectos, sin tocar los haberes públicos, pero que en tal caso los monumentos habían de ser de su propiedad particular, y no de la ciudad. La solución pareció satisfactoria a los aristócratas ociosos pero no a los obreros, que se enorgullecían de su propia participación activa en aquellas mejoras ciudadanas. De modo que, llegado el momento de someter a Pericles al ostracismo, salió airoso de la votación y el condenado a exiliarse fue su rival Tucídides (no el historiador sino el político del mismo nombre, jefe del partido aristocrático).
Me parece refrescante leer una historia así en los tiempos que corren.
 

martes, 15 de marzo de 2016

LA DOCILIDAD DE LOS LÍDERES


Se está haciendo la ola sin disimulo a Albert Rivera, en la actual situación de impasse en la investidura. Gusta a todos: a los medios, a la jerarquía eclesiástica, a la cúpula militar, al colectivo de las amas de casa. Los descosidos se le disimulan: en sus listas, confeccionadas con cierto apresuramiento, han aparecido ex falangistas, ex blaspiñaristas, ex corruptos, y ahora es llamada a declarar en el caso Púnica su número 3 en la Comunidad de Madrid, Eva Borox, que en su época de concejal de Valdemoro por el PSOE se había distinguido por su buena amistad y concordia con el conseguidor Marjaliza, que le proporcionó los fondos requeridos para algunos viajes turísticos. Nada de eso importa mucho a efectos de publicidad. En El País-Metroscopia acaban de confeccionar una encuesta de opinión a la medida de Rivera, según la cual Ciudadanos rebasa ya de largo en intención de voto a la turba demoníaca de Podemos.
Rivera no tiene partido detrás, ni ideología, ni perspectiva de gobierno. Es el líder ideal; estará a lo que le digan. Lo que le digan, claro está, quienes tienen poder y autoridad para decir.
Rivera tiene una fisonomía agradable, un tono de voz suave, viste con aliño y muestra la debida firmeza para defender en todas las ocasiones posibles la libertad omnímoda del dinero y la prosperidad necesaria de los negocios. La operación de lanzamiento no ha tenido tanto éxito como la de Mauricio Macri en Argentina. Macri, otra cara agradable y otro pasado anodino, ha conseguido la presidencia, y su primera batalla en el Congreso va a ser la votación de un pacto sobre los fondos buitre que contradice varias leyes estatales. El cronista de El País, Carlos Cué, aclara de este modo los intríngulis de la cuestión: «El Gobierno juega contrarreloj: antes del 13 de abril necesita tener aprobadas en el Congreso y el Senado las leyes que desbloquean ese pacto alcanzado en Nueva York. Si no lo logra para entonces, el acuerdo decae y el descrédito internacional de Argentina será muy importante en especial en los mercados financieros, que han acogido la llegada de Macri con gran entusiasmo.»
Los mercados financieros han acogido “con gran entusiasmo” la llegada al poder de Macri, un líder dócil. Los mismos están haciendo también la ola a Leopoldo López, el líder opositor venezolano encarcelado: guapo también, y con un currículo vinculado a la ultraderecha política (según algunas fuentes, también a la CIA), más un intento previo de candidatura presidencial frustrado por un caso de corrupción. Cristina Cifuentes ha colgado del emblemático edificio de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol, dos carteles pidiendo la libertad de Leopoldo: una iniciativa solidaria internacional insólita, sin ningún precedente conocido. La propia Cifuentes patrocina la presentación de un libro de López, “Preso pero libre” en la Real Casa de Correos, para la que está anunciada la presencia del nóbel literario Mario Vargas Llosa y del ex presidente de España Felipe González Márquez.
La futura docilidad de López, como las de Rivera y de Macri, queda así debidamente asegurada.
 

lunes, 14 de marzo de 2016

EL VARÓN QUE COLGABA DE SU BADAJO


Don Óscar Bermán Boldú, cuya existencia ignoraba yo hasta esta misma mañana, es concejal y portavoz del Partido Popular en Palafolls, preciosa localidad del Alt Maresme que no tiene en el asunto que se va a tratar más culpa que el voto algo descarriado de una porción cuantitativa de su censo electoral.
Hoy ha tenido Don Óscar el cuarto de hora de fama que a todos corresponde en este mundo, con unas descalificaciones destempladas de algunos políticos que no le caen bien.
Así pues, de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, ha dicho que «en una sociedad seria y sana, estaría limpiando suelos.»
Difícil, realmente, superar en una expresión sintética unas dosis tan morrocotudas de machismo y de fascismo. Averigüe quien corresponda en qué sociedad "seria y sana" estaba pensando este Sub-Bermán palafollense.



 

domingo, 13 de marzo de 2016

GUANTES DE CABRITILLA


María Dolores de Cospedal ha recomendado a Pedro Sánchez que se comporte con los corruptos de su formación de la misma manera como lo hace el Partido Popular. Es decir (lo ha aclarado, porque cualquiera podía tener dificultades para entender el sentido de la recomendación), con “tolerancia cero”.
Uno se preguntaría en qué mundo vive Cospedal, si no tuviera noticias ciertas y cotidianas de cuál es el mundo en qué vive. Cabría la posibilidad de considerarla una necia, si no supiéramos que la necedad es cosa distinta del cinismo. Puestos en el disparadero, los altos cargos populares se están reivindicando a sí mismos como los esforzados paladines de una batalla contra la corrupción que encenagaba la conducta de sus opositores como una nefasta herencia más de los desvaríos de Zapatero.
Para sostener un montaje de ese calibre, los artífices de la nueva ofensiva ignoran de forma sistemática las noticias diarias de los informativos, y acusan de corruptos a todos los que están enfrente. Los cuatro años pasados son reivindicados como una edad de oro de justicia, prosperidad y buen gobierno, que lamentablemente no ha sido bien explicada a la gente debido a una política informativa deficiente por timorata, poco agresiva y volcada en la defensiva.
Todo al revés. La política informativa de la Brunete mediática – a la que se han sumado en una operación sumamente curiosa medios informativos que en tiempos pasaron por progresistas – busca retorcer con saña cualquier frase, incluso la más anodina, de quienes han empezado a plantar jalones para el cambio en este país. Se encuentran segundos y terceros sentidos a declaraciones de Manuela Carmena, una mujer que siempre se expresa de una forma sencilla, eficaz e inequívoca. Se subraya la “rabia” y el “odio” de que dan muestra los muchachos de Podemos, a los que se lleva un año entero ya atacando con saña, con odio y con conexiones venezolanas. Se anuncia cada día una nueva crisis en la izquierda (hoy Compromís, mañana IU, pasado la rebelión de las bases de Podemos contra la “nueva casta”), cuando la noticia real es, cada día, una nueva corrupción destapada en la derecha.
La verdad es tratada como el guante de cabritilla al que hace referencia el Bufón en la escena primera del tercer acto de Noche de epifanía, de William Shakespeare: «Una frase no es más que un guante de cabritilla para un ingenio agudo. ¡Con qué facilidad puede volverse del revés!»
Pero no es buen negocio, a la larga, debatir distorsionando las razones del contrario y buscar pretextos para criminalizarlo. Primero, porque no contribuye a purificar el clima político; segundo, porque de tan repetido el recurso cansa, y los plumíferos a sueldo que atizan esas controversias acaban perdiendo la credibilidad de su firma y viendo dolorosamente disminuidas sus fuentes de financiación adyacentes y secretas.
 

sábado, 12 de marzo de 2016

UN MUNDO INCOMPRENSIBLE A SIMPLE VISTA


Ayer pasé delante de una librería y vi en el escaparate un libro de Stephen Greenblatt en cuya portada aparecía media cara de Shakespeare. El título no me sonaba, pero entré (es milagroso el “efecto llamada” que tienen las puertas abiertas, las luces y los mostradores de novedades en primer plano, en las librerías organizadas con criterios modernos), comprobé que se trataba de una traducción del Will in the World, lo compré y me lo traje a casa preguntándome por qué diablos los editores le han plantado el título “El espejo de un hombre”. Suele buscarse en el título un gancho de ventas, pero difícilmente se me ocurre nada más anodino y despistante que ese título. Si se quiso decir que Will fue el espejo de toda una época y de todo un mundo, la frase tendría que estar construida al revés; el espejo de un hombre es, todo lo más, un hombre delante de un espejo, algo que nos ocurre a todos cada mañana.
De ahí pasé, después de la lectura del prefacio, a un orden de ideas diferente. Greenblatt considera a Shakespeare el más grande literato de todos los tiempos. Señala además la gran coincidencia existente entre su criterio y el de muchísimas otras personas. Ocurre así, en efecto, pero solo en el universo angloparlante. Quienes no formamos parte de él, reconocemos sin titubeos el valor y la grandeza de Shakespeare, pero somos mucho más remisos a darle la primacía.
La razón es evidente, y me ayuda a expresarla una afirmación dudosa de Juan Luis Cebrián en un artículo que publica esta mañana en su periódico: «Desde su creación en seis días, el mundo se ha edificado a modo de relato, y los narradores han sido instrumento primordial de su desarrollo.»
Vamos por partes. Ni el mundo se creó en seis días, ni puede decirse que “se ha edificado”, ni los narradores han contribuido en forma alguna a desarrollarlo. Cebrián está utilizando mitos y metáforas solo admisibles como licencias poéticas. Queda en pie, con todo, el fondo de su argumento: el mundo solo es comprensible a través de la palabra, y la palabra depende de una estructura compleja que ordena significantes y significados en distintas categorías relacionadas entre ellas. Esa estructura es el lenguaje, y como hay infinitos lenguajes posibles, así hay infinitas formas posibles de dar sentido a un mundo incomprensible a simple vista.
Tendemos a dar especial consideración como el trujimán más maravilloso, en esa operación de “dar sentido” al mundo que nos rodea, al escritor que históricamente fue capaz de dar mayor proyección a la lengua que utilizamos; mayor precisión, ambición, flexibilidad y riqueza de matices; quien hizo madurar la lengua desde la tosquedad del habla primitiva, y colocó su obra como ejemplo y parangón para las generaciones posteriores. Shakespeare representa todo eso para los angloparlantes, Dante para los italianos, Cervantes para nosotros, y en Francia la cuestión está mucho más indecisa, aunque autores como Racine, Montaigne y Voltaire tienen buenas opciones en ese sentido.
 

viernes, 11 de marzo de 2016

LEGISLACIÓN A LA CARTA EN LAS EMPRESAS


Una de las dificultades sobreañadidas que está teniendo que soportar el sindicalismo en el nuevo paradigma de funcionamiento de la empresa es el hecho de que sigue anclado en una reglamentación jurídica precisa y taxativa de carácter nacional (buena, mala o pésima, que ese es otro cantar), en tanto que las estrategias empresariales encuentran acomodo preferente en un derecho plural, movible, flexible y en los mejores casos a la carta, es decir, con posibilidad de escoger el derecho aplicable y el que no lo es.
Eso significa, en el caso más extremo, que una empresa transnacional que opera en España y extrae de aquí rentas y beneficios, reclamará para los sindicalistas que han dirigido una huelga todo el peso de la ley mordaza española, y en cambio en cuestiones fiscales se acogerá a la legislación, ampliamente permisiva en estos aspectos, de las islas Barbados, adonde ha ido a ubicar su sede social a efectos simplemente virtuales.
He dicho el caso más extremo; no el único, ni el más frecuente. Se comete a menudo el error de pensar que el nuevo modo de funcionar las cosas afecta solo a empresas muy ricas, con tentáculos en las cinco partes del planeta. La globalización lo permea todo, de arriba abajo. Se comporta como Don Juan Tenorio, el cual se jactaba, como es sabido, de que «yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé, y en todas partes dejé memoria amarga de mí.»
Hay dos mecanismos principales de orden jurídico, que extienden a todos los acimuts esta nueva percepción de la empresa.
El primer mecanismo es el de la externalización, estudiado entre nosotros por el magistrado del TSJ de Catalunya Miquel Falguera i Baró (La externalización y sus límites, Ed. Bomarzo 2015). Partes cada vez más sustanciales del proceso productivo de una empresa son delegadas a otras empresas, a colectivos diversos (grupos multiservicios, gabinetes de asesoramiento, etc.) y a autónomos, bien falsos (en realidad, dependientes de la empresa, que los contrata bajo una luz jurídica ficticia), o bien auténticos. El resultado es, por una parte, que en un mismo centro de trabajo se encuentra a personas con distintos estatus jurídicos en relación con la empresa en la que prestan sus servicios, encuadrados en empresas diferentes, de diferentes ramas de la producción y los servicios, y con convenios colectivos diferentes también. Un galimatías que provoca dificultades extraordinarias para la acción sindical, cuando en teoría cada sindicato confederal y cada federación de un mismo sindicato debería organizar y pelear por los “suyos”.
Por otra parte, el alejamiento geográfico entre los stakeholders implicados en las distintas fases de elaboración de un mismo producto final hace casi imposible el control sindical del conjunto de todos ellos. El problema no son en este caso las nuevas tecnologías y la invasión de la robótica en los procesos productivos; sino que una parte de la confección de unos pantalones tejanos de marca puede estar llevándose a cabo en Dacca, y otra parte en talleres clandestinos de Mataró. Es otra cara de la globalización, y tiene que ver con largas jornadas, condiciones deficientes de trabajo y salarios míseros; lo que se reclama con la reivindicación genérica de “trabajo decente”. El trabajo real no falta en nuestra época; ha emigrado a lugares donde la pauperización extrema de la población permite que sea considerado como una bendición un trabajo extenuante y pagado a un precio misérrimo. Se produce a precios de Camboya o de Bangladesh, y se vende el resultado a precios de Via Veneto, rue Rivoli, Oxford Street o Paseo de Gracia.
«No lo he inventado yo, son precios de mercado», se justifican nuestros emprendedores. Sigue en pie el mito del mercado como un gran mecanismo regulador que ajusta de forma automática la oferta y la demanda concurrentes. Pero la igualdad entre los distintos sujetos económicos que presuponía Adam Smith es hoy un bulo. Todos los días se está trabajando con firmeza y perseverancia en la estipulación de condiciones diferentes, auténticos privilegios, para unos operadores económicos respecto de otros. Y aquí aparece el segundo gran mecanismo al que he aludido antes: la privatización del derecho aplicable a cada caso, y su amoldamiento a las conveniencias de quienes lo construyen. Un ejemplo claro y actual: la negociación del TTIP. Quienes pueden imponer condiciones no se acomodan a la igualdad de oportunidades; quieren pactar fuera del derecho positivo de los estados mejores condiciones para ellos, basándose en el simple hecho de que, al ser más poderosos, cuentan también con instrumentos más eficaces de represalia.
El paradigma actual implica, no la igualdad, sino la desigualdad de las partes, tanto desde la oferta como desde la demanda, en el mercado global. Se trabaja en red, pero la red tiene puntos fuertes y débiles, unos capaces de imponer condiciones, otros solo de soportarlas. Se externaliza la producción de las empresas, pero sin fair play entre ellas. Aquí la legislación a la carta tiene un matiz distinto del mencionado antes: las empresas que pueden hacerlo no eligen el ordenamiento jurídico que más les conviene entre los existentes, sino que privatizan el derecho aplicable mediante el establecimiento de pactos internos no extrapolables, lo que se conoce como softlaw, “derecho blando”.
Que no es “blando” en absoluto, por más que se plantee como un régimen jurídico privado para soslayar la “dureza” de las legislaciones de carácter estatal. Dos normas de este tipo, cuya vigencia se extiende cada vez más en la esfera global de los negocios, son la Responsabilidad Social de las Empresas y las normas de conformidad (compliance, en su versión anglosajona). La RSE funciona a menudo como una responsabilidad “limitada” o paliativa. La tragedia de Rana Plaza, en Dacca, donde se hundió el 24 de abril de 2013 un inmueble dedicado a usos industriales, con el resultado de más de mil víctimas mortales y más de dos mil heridas de diversa consideración, muy mayoritariamente mujeres, obligó a una reconsideración general de los temas del poder (concentrado) y la responsabilidad (difusa) de las empresas. La vía de solución se encontró en la adopción voluntaria y discrecional de medidas de control de las condiciones de trabajo, seguridad e higiene, etc., y compromisos también voluntarios de promoción de los trabajadores “externalizados” implicados. El defecto de la RSE está en el hecho de que la empresa matriz elude el sometimiento a la responsabilidad penal en la que ha incurrido su subsidiaria, y solo accede a paliar las consecuencias trágicas de descuidos u omisiones de carácter delictivo.
El mismo carácter desigual se deduce de las normas de compliance o conformidad a un código ético que muchas empresas transnacionales imponen a sus colaboradoras en el momento de externalizar procesos productivos. Stefano Manacorda (“La dynamique des programmes de conformité des entreprises”, en VVAA, L’entreprise dans un monde sans frontières, Dalloz 2015), que ha estudiado con detenimiento este tipo de programas «de origen extra-jurídico y de naturaleza interdisciplinar», llega a la conclusión de que no se trata tanto de una autorregulación entre partes iguales y libres, como de una especie de «derecho imperial», por el que la parte que ostenta el poder en la negociación impone a la contraparte toda una serie de condiciones y de regulaciones acerca de cómo ha de cumplir la función subordinada que se le asigna. La vulneración de dichos compromisos de la contraparte implica penalizaciones que pueden llegar a ser muy onerosas, aparte de la principal y más dura de todas, la cancelación del contrato.
Las consecuencias de esta situación para el sindicalismo son evidentes. Si la parte en la que se asienta el mayor poder se desprende en cambio de la responsabilidad por ejercerlo, la “externaliza”, los mecanismos de reclamación y de reposición en los derechos lesionados quedan falseados de modo irreversible. Lo único que quedará al alcance del reclamante será un paliativo, una compensación insuficiente.
La noticia peor en este entramado es que la presión de los poderosos está llevando a los legisladores estatales a reconocer de facto este estado de cosas y recortar de forma drástica tanto los derechos de los trabajadores como los medios de acción de los sindicatos. Las reformas de Zapatero y Rajoy se postularon como adelantadas en este terreno en la Europa comunitaria; hoy vemos como llegan de la mano de Manuel Valls a la vecina Francia, desde siempre un bastión de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Quizá nos equivocamos al pensar aquello de que “siempre nos quedará París”.
 

jueves, 10 de marzo de 2016

PARA ASALTAR LOS CIELOS HACEN FALTA ESCALERAS


Estamos en la vieja aporía de los fines y los medios; o sea, quien quiere el fin ha de querer también los medios necesarios para alcanzarlo. Sin excusas ni coartadas. No es posible alcanzar los cielos sin contar con una escalera, por lo menos. De nada vale proponerse alcanzar el gobierno del Estado, si al mismo tiempo se es hostil a los aparatos de Estado, en bloque y por principio. No se dirige un país desde una ONG, eso es solo un sueño de la razón. No se ocupa un sitio en un parlamento con el único objetivo de hacer desde allí una oposición muy dura. La vocación de oposición es estéril; la política consiste en hacer cosas, no en oponerse a ellas. Los acuerdos de gobierno no son una práctica política negativa a la que de cuando en cuando es preciso someterse, son la cosa misma.
La política democrática es refractaria a todos los absolutos, no solo al poder absoluto, sino también al ejercicio de una mayoría absoluta. El consenso no es un recurso vicario cuando no se posee la hegemonía; es el cemento mismo de la hegemonía.
La afirmación anterior vale para todas las fuerzas parlamentarias actuales, porque todas coinciden en el mismo estilo de proclamas declarativas gaseosas, o sea sin solidez ni sustancia, y en la apuesta tajante por el “todo o nada”. Incluso los que han construido un pacto a todas luces parcial, insuficiente e insatisfactorio, lo esgrimen como un ultimátum: o pasas por el aro, o te quedas a dos velas.
Alguien debería decir a Mariano Rajoy que la soberanía nacional no es algo reducible a su arbitrio particular; a Pedro Sánchez, que son necesarios más esfuerzos para conformar un bloque social y político capaz de sostener un gobierno con proyección de futuro; a Pablo Iglesias, que las sesiones parlamentarias no son un live show en prime time; a Albert Rivera, que la habilidad para situarse a rebufo de otros sin tener ni partido, ni programa, ni ninguna clase de dirección común, y sostenerse  en el candelero a base de generalizaciones y de robar planos, no es más que malabarismo ocioso.
No nos hacen ninguna falta ni ocurrencias arbitrarias, ni glamour mediático, ni malabarismos circenses. Lo que pido, en nombre propio y en el de quien me escuche, es algo sencillo: a) un gobierno; b) de cambio.
 

miércoles, 9 de marzo de 2016

AULA DE BRICOLAJE GEOESTRATÉGICO


Hubo un tiempo en el que las formaciones socialdemócratas se constituyeron como el centro de gravedad de la política europea, a partir de los esquemas del Estado social, con un sector público estratégico como locomotora de un aparato productivo tendencialmente capaz de absorber toda la fuerza de trabajo disponible, y con un casi pleno empleo estable, garantizado por la acción aglutinante de unos sindicatos fuertes y activos y por la seguridad añadida de un sistema de cobertura universal en los temas de sanidad, vivienda y educación. El eje francoalemán actuaba como palanca de avance de la prosperidad comunitaria, secundado por la constelación de países que formaban su guardia de honor así en el Norte como en el Sur, y que contaban con líderes tan indiscutidos como Palme, Soares, González, Craxi o Papandreu. Aquel espacio homogéneo de prosperidad quedaba acotado al Este por un telón de acero simbólico, en realidad un muro ominoso de ladrillo. La prosperidad europea occidental funcionó como un escaparate iluminado que atraía a toda clase de disidentes, fugitivos, refugiados y migrantes que se acercaban desde las tinieblas orientales a aquella luz deslumbrados como mariposas nocturnas.
No hace falta indicar que ya no ocurre así, que el telón se alzó de forma definitiva y los gobiernos del Este se han convertido en defensores acérrimos del neoliberalismo económico, mientras la socialdemocracia europea occidental ha ido perdiendo consenso al mismo ritmo que avanzaba el desmantelamiento del Estado social, y en tanto que la izquierda clásica, reducida a límites poco más que testimoniales, tanteaba en busca de nuevas referencias que sustituyeran a las viejas certidumbres basadas en un éxito global a corto plazo del socialismo real.
Si nos ceñimos a lo que ocurre hoy en el Sur de Europa, en los países denominados PIGS (Portugal, Italy, Greece, Spain) en la jerga convencional de los cenáculos europeos, la pérdida de suelo electoral de las formaciones inspiradas en la socialdemocracia ha sido espectacular a partir de la crisis financiera de 2008, mientras se observa un repunte de las formaciones situadas a su izquierda, a partir de concepciones no asimilables a lo que antes se englobaba bajo el nombre genérico de “movimiento obrero”.
En Italia el PSI ya no existe; su espacio y su organización han sido fagocitados desde su izquierda por los herederos del PCI. El PD que gobierna actualmente de la mano de Renzi no es en modo alguno una formación de la izquierda clásica, pero tampoco una continuación con otro nombre de la vieja escuela socialdemócrata.
En Grecia, el PASOK ha quedado reducido a una opción meramente marginal, y el KKE sigue en el mismo lugar donde solía, en beneficio de una opción de izquierda conceptualmente distinta. Syriza se encuentra en apuros gravísimos, y sus perspectivas de supervivencia pasan por el apoyo de fuerzas amigas en el contexto del Sur europeo. Pero gobierna, y los contratiempos sufridos no parecen haber erosionado demasiado su posición hegemónica en el interior del país.
Grecia podría encontrar ese aliado que busca, aunque con una debilidad estratégica parecida a la suya ante el rodillo de las troikas, en Portugal, donde el PS lidera una coalición de izquierdas en contra de las recomendaciones, admoniciones y amenazas de las autoridades de Bruselas.
Pero Bruselas ya no es lo que era. No ha sido el escandaloso castigo impuesto a Grecia lo que la ha desestabilizado, sino su incapacidad para encauzar e integrar en el espacio común la riada de refugiados procedente del oriente gracias al mismo efecto llamada que tuvo en tiempos resultados tan excelentes en contra de los regímenes socialistas. Europa ha dejado de ser un espacio de acogida, ahora lo es de exclusión. El comisionado Tusk ha cerrado la puerta de malos modos a las multitudes amontonadas en Idomeni y lugares parecidos. Es toda una etapa política de inclusión y de integración paciente lo que se arroja por la borda, cuando se devuelve sin contemplaciones a los refugiados al mar que los trajo. Algo que debería resultar inaceptable desde los viejos pilares fundacionales de la socialdemocracia, pero que está pasando en un silencio ominoso.
Por lo menos, así ocurre en España. Y en este marco de coordenadas se plantea el dilema del PSOE. Con los resultados electorales más bajos de su historia reciente, tiene aún la opción de constituirse en centro de gravedad de un movimiento hacia la izquierda, al modo de Portugal, y pelear por la reconstrucción de una Europa más amable, aún posible. O bien, contribuir a paliar los destrozos de las políticas neoliberales vigentes, a través de una gran coalición con la derecha.
Pero Europa ya no ofrece seguridades; la Unión ya no es nuestra amiga, sino un entorno hostil en todos los casos, ante todos los gobiernos posibles. Exigirá, como el mercader de Venecia, su libra de carne. Y de preferencia, elegirá el corazón como presa. Lo demuestra el anuncio reciente de que también la Francia socialista se pliega a la imposición de reformas laborales que ni han sido solución ni han paliado la desigualdad en ninguno de los lugares donde se han aplicado.
Hay riesgos considerables anejos a las dos vías posibles hoy para el PSOE; no hay modo de eliminarlos ni de soslayarlos en una situación como la actual, de perfiles tan críticos. El camino que se abre a la izquierda puede llevar a medio plazo a una refundación del partido centenario, a una reconsideración general de sus expectativas, o a una convergencia paulatina con otras formaciones. El situado a la derecha lleva, a tiro fijo, a la irrelevancia, como en Grecia y en Italia. Será la dirección colectiva – no magnifiquemos los poderes que puede esgrimir el secretario general Pedro Sánchez – la que decida, en un sentido o en otro.
 

martes, 8 de marzo de 2016

CHE FECE PER VILTADE IL GRAN RIFIUTO


En julio de 1294, después de un conclave infructuoso que duraba ya dos años por la confrontación cerrada entre quienes querían un papa Colonna y quienes preferían a un papa Orsini, sin contar ninguna de las dos partes con el quórum reglamentariamente prescrito de votos, el sacro colegio cardenalicio decidió dejar la solución del tremendo compromiso en manos del espíritu santo. Tres cardenales abandonaron el recinto cerrado de la elección, y subieron al monte Majella a ofrecer la tiara a un ermitaño venerable, Pietro de Morrone, que vivía en una cueva ayunando y haciendo penitencia. Pietro aceptó, tomó el nombre de Celestino V y entró en Roma en procesión luciendo su hábito raído a lomos de un borrico, en recuerdo del domingo en el que Jesús hizo su entrada triunfal en Jerusalén, saludado por las palmas y los ramos agitados por la multitud y jinete en el mismo tipo de caballería.
El papa Celestino no duró mucho. También su domingo de ramos fue seguido por una semana de pasión. Cuando se dio cuenta del nido de víboras en el que estaba metido, optó por dimitir de todo y pidió ser devuelto a su cueva del monte Majella. Ni siquiera eso le fue concedido; su sucesor lo encerró de por vida en una prisión, por si acaso algún día se arrepentía del gran rifiuto (rechazo) que había cometido por viltade (cobardía).
Se diría que desde aquella ocasión, y con sonadas excepciones, el espíritu santo optó por inhibirse de la elección de pontífices, y las fumatas negras o blancas obedecieron a otros tipos de estímulo basados en el cálculo racional del valor de mercado de los intereses en juego. Vinieron más papas colonnas, y más orsinis. No se apreció ningún cambio en el terreno espiritual. Celestino entró con el tiempo en el santoral oficial de la santa iglesia, pero Dante, mente inquieta, carácter exigente y temperamento irritable, lo inmortalizó en su Commedia en el umbral del infierno, allá donde van a parar las almas de quienes, habiendo tenido la oportunidad de hacer un gran bien, se echaron atrás por cobardía (como se expone en el endecasílabo en lengua toscana que encabeza estas líneas).
Todo lo cual, si me permiten la impertinencia, viene a cuento, siquiera sea de una forma oblicua y algo descarrilada, de la situación que estamos viviendo en el país. Existe la posibilidad, números y programas en mano, de un gobierno netamente mejor que el que se avizora ahora que el PP también entra en la ronda de negociaciones y la persona de Mariano Rajoy aparece como el último obstáculo para un gran consenso de coalición. Del “podemos”, estamos a punto de pasar al “pudo haber sido y no fue”. Qué quieren, se nos hará duro volver a soportar a los orsinis y los colonnas de turno, a los sacamuelas de la política, los vendedores de crecepelos milagrosos, los donald trump revestidos del gabán y el puro de Churchill. Pero el mundo no se acabará. Tal vez algunos jóvenes políticos con más ambición que coraje descubran de pronto que han desaparecido por el escotillón las grandes expectativas que les habían sido anunciadas para sus carreras; pero incluso eso es demasiado predecir, a la vista de lo turbias y revueltas que bajan las aguas.
 

lunes, 7 de marzo de 2016

CONTRA LA ESPAÑA DE LAS BARONÍAS


Un síntoma reciente de lo que de forma genérica llamaré el “mal de España” ha sido la especie de OPA hostil esbozada por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, contra la celebración del Mobile World Congress en Barcelona. Uno de los síntomas más claros de la regeneración posible ha estado en la templada respuesta de la alcaldesa madrileña Manuela Carmena: las ciudades no deben competir entre ellas, sino cooperar.
No hace falta que la deseada regeneración empiece por una reforma de la Constitución; puede empezar por una reforma a fondo de las actitudes. Que debería empezar, ya que estamos en ello, por la actitud del gobierno central que en breve plazo – o no tan breve, lo que sería de veras lamentable – debe ser investido.
El Estado de las autonomías ha degenerado en el Estado de las baronías. Fue diseñado como un esquema cooperativo y poco a poco se fue convirtiendo en un laberinto competitivo. Un cordón umbilical hacendístico sólidamente instalado une el centro con cada una de las autonomías, y estas compiten entre ellas por los favores del centro y levantan murallas las unas frente a las otras. Esta deriva indeseada ha sido particularmente perceptible en los que fueron antiguos territorios de la Corona de Aragón. La hostilidad entre ellos llegó al máximo con la declaración política del valencià y el lapao como lenguas distintas del catalán, y con el oscurecimiento de la señal de TV3 en territorio de la Comunidad Valenciana. Eso de un lado; del otro, queda el empeño enconado en alcanzar la independencia para Cataluña como liberación de las cadenas seculares que la oprimen desde el Estado central.
Parece claro que sería conveniente para todas las partes una cooperación basada en la comunidad geográfica e histórica para una prosperidad común, pero lo que ha existido, por lo menos hasta el pasado mes de mayo, ha sido una competencia feroz para ver quién levantaba la muralla más alta e impermeable.
El cambio político en curso también ha de abordar esta cuestión, y no a más a más, sino como uno de los ejes principales de la regeneración de las estructuras profundas que mantienen y exacerban la desigualdad y la hostilidad entre los distintos territorios del Estado. El pequeño gran pacto PSOE-C’s es un paso, enmendable, en la mala dirección: vuelve a señalar la dirección del centro fuerte contra las razones de las periferias, y vuelve a estimular una España jacobina y uniformada, con una sola locomotora centralizada que arrastre en su estela unas autonomías escasamente autónomas, ordenadas en función de una división particular del trabajo para medro del cogollo central.
Ese esquema ya no es de recibo. Hoy se trabaja en red, desde la coordinación y no la subordinación, desde iniciativas y líneas de avance múltiples y entrecruzadas, con sinergias que se refuerzan entre ellas. Y no desde la tentación antañona y viejuna del ordeno y mando, y todo el mundo firmes a mi voz.
Que vaya tomando nota quien corresponda.
 

domingo, 6 de marzo de 2016

LA EDAD DE ORO DEL INSULTO


Manuel Rivas, en “La pereza del insulto” (El País Semanal), coloca una bonita cita de Eric Jarosinski que resume las miserias concomitantes a nuestra nueva condición postecnológica: «Lo de las redes sociales fue cuando nuestros amigos salieron de nuestras vidas y se metieron en nuestros teléfonos.» Los amigos ciertamente, y también los enemigos. Hoy, todo el mundo se da por ofendido o provocado a través del móvil o la tableta. Las divergencias entre Piqué y Arbeloa se dirimen por medio de tuits. En el estilo del “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, Rivas rememora los tiempos en que los insultos fueron un lujo elitista: «Imaginémonos a Góngora y a Quevedo dándose caña móvil en mano.»
Ningún problema, podemos imaginarlos. Como también a Poggio Bracciolini y Lorenzo Valla, dos humanistas eminentes que se intercambiaron feroces insultos a mediados del siglo XV y a los que ha dedicado un recuerdo en su blog, hace pocas fechas, José Luis López Bulla.
El problema entre Poggio y Valla parecía consistir en cuál de los dos escribía un latín más elegante, y Valla llevaba seguramente ventaja en ese terreno; pero el trasfondo era también la pelea por un empleo en la curia papal (una sinecura, es decir, un empleo bien pagado y que implica una dedicación muy escasa). Además, las cosas no quedaron ahí.
Valla había formado parte de la corte napolitana del rey Alfonso V de Aragón. Su pluma florida delineó un panegírico extenso del Trastámara, de carácter más imaginativo que respetuoso con la verdad histórica, el Historiarum Ferdinandis Regis Aragoniae Libri Tres; y a la misma época pertenece su denuncia de que la “Declaración de Constantino”, un documento que se hacía valer como prueba del derecho hereditario del Papado sobre el Imperio de Occidente, era una falsificación burda. (El papa era por entonces enemigo acérrimo del rey aragonés, y reclamaba como feudo propio el reino de Nápoles.) Eso demuestra la capacidad del humanista para poner su pluma al servicio de las posiciones políticas, pero no explica el golpe bajo dado a Poggio cuando éste, cincuentón, desposó a la jovencísima Vaggia di Buondelmonti y Valla hizo correr el rumor de que su enemigo había retirado de los tribunales florentinos la solicitud de legitimación de cuatro hijos anteriores habidos con una amante. Supongo que era cierto.
La venganza de Poggio llegó con la publicación del diálogo De Voluptate, por parte de Valla. Le acusó de herejía por seguir las ideas de Epicuro, y eso a pesar de que el propio Poggio había rescatado del polvo y los ácaros de una biblioteca abacial el manuscrito del De rerum natura de Tito Lucrecio Caro, el discípulo latino más relevante de Epicuro.
Entre otros argumentos, Poggio afeó a su rival haber sostenido que la prostitución era superior a la virginidad. Constaba así en el diálogo de Valla, por boca de uno de los personajes, que luego era refutado por otro; pero Poggio sostuvo que la contradicción era solo un artificio para esconder las propias inclinaciones de su rival. Supongo que era cierto también.
«Las manchas de tu sacrílego discurso no se lavarán por medio de palabras, sino por el fuego, del que espero que no te libres», finalizó Poggio su soflama con un alarde hipócrita de virtud, él que había escrito años antes un tratado contra los hipócritas.  
Como en el caso de Góngora y Quevedo, podemos imaginarlos muy bien lanzándose mutuamente rayos y centellas a través del móvil. Incluso cabe imaginar que cada uno de ellos tendría cientos de miles de seguidores en facebook. Pudo ser la Edad de Oro del insulto.
 

sábado, 5 de marzo de 2016

BERENJENAS CON QUESO


No es mi intención entrar en competencia con tantos blogs dedicados a recetas y gastronomía de autor, sino rendir un modestísimo homenaje a mi padre, de un lado, y de otro a un poeta sevillano “menor” del Siglo de Oro.
De Baltasar del Alcázar es muy conocida la “Cena jocosa”, en la que el poeta, hablando con Inés en primera persona, interrumpe a la hora de la cena una anécdota que había empezado a contar sobre un don Lope de Sosa y su criado portugués, y enhebra una serie de alabanzas sobre las distintas viandas que comparecen en la mesa, y sobre un vinillo aloque que le han traído de la taberna («Si es o no invención moderna, / vive Dios que no lo sé, / pero delicada fue / la invención de la taberna.»). Al final de la cena, le entra sueño y deja la historia del portugués “para mañana”.
La composición que transcribo no es igual de conocida, pero mi padre la citaba cada vez que salían berenjenas a la mesa. Solo se sabía de memoria la primera estrofa y la penúltima; en esta, recitaba en el último verso la variante «su andaluza antigüedad», en lugar de “española”, y hurgó en algunos recetarios tradicionales de la región para averiguar la receta auténtica y primigenia de un plato tan excelso. Sin resultado.
En Grecia, uno de los entrantes tradicionales básicos es un plato de berenjenas con queso, que llaman “imam” por nombre corto, y “el imam lloró” por título extenso. La historia es que un imam que llegó a territorio griego procedente del desierto sirio (un antecedente de las actuales muchedumbres de refugiados) pidió a unas gentes algo de comer por caridad, porque venía desfallecido; y cuando le dieron una porción del plato de berenjenas que estaban preparando, lloró de dicha y dijo que aquel sabor anticipaba las delicias celestiales.
Las comparaciones que establece Baltasar del Alcázar no son ciertamente celestes sino, por el contrario, de todo punto terrenales. Refuerzan, sin embargo, el testimonio plurisecular de la honda impresión que puede causar en paladares sensibles un plato evidentemente de origen popular y concebido para mesas humildes.
Al jamón de Aracena, claro está, no le hacía falta tanta propaganda. Pero adviértase que don Baltasar, y yo con él, lo colocamos en el mismo nivel de las berenjenas, y de ninguna manera más arriba.
Este es el poema:

Preso de amores
Tres cosas me tienen preso
De amores el corazón:
La bella Inés, el jamón
Y berenjenas con queso.
 
Esta Inés, amante, es
Quien tuvo en mí tal poder
Que me hizo aborrecer
Todo lo que no era Inés.
 
Trájome un año sin seso,
Hasta que en una ocasión
Me dio a merendar jamón
Y berenjenas con queso.
 
Fue de Inés la primer palma,
Pero ya júzgase mal
Entre todos ellos cuál
Tiene más parte en mi alma.
 
En gusto, medida y peso
No le hallo distinción:
Ya quiero Inés, ya jamón,
Ya berenjenas con queso.
 
Alega Inés su beldad,
El jamón que es de Aracena,
El queso y la berenjena
La española antigüedad.
 
Y está tan fiel en el peso,
Que, juzgando sin pasión,
Todo es uno: Inés, jamón,
Y berenjenas con queso.
 

viernes, 4 de marzo de 2016

PACTANDO CONTRA EL CAMBIO


Nos quieren vender como un pacto por el cambio lo que es a todas luces un pacto contra el cambio. Un pacto que echa el cerrojo a la constitución en la cuestión de la reforma del estado, que pone paños calientes a la reforma laboral pero la mantiene en su sustancia, y que ratifica la obediencia a las autoridades europeas en todos los puntos e incluso en las comas que están ya establecidas o puedan establecerse en adelante.
Tanto Manuela Carmena como Carlos Jiménez Villarejo, dos veteranos irreprochables, han expresado su deseo de que la izquierda facilite la investidura de Sánchez para impedir un nuevo gobierno de Rajoy. Comparto esa intención, pero no a costa de ceder en los contenidos de la acción del futuro gobierno. De ceder tanto, por lo menos. El pacto al que se ha llegado es el que deseaba Albert Rivera, no el que Sánchez podía alcanzar desde el margen de maniobra de que disponía. Rivera, el mejor valorado en el primer debate de investidura por unos medios de comunicación nada imparciales ni inocentes, ha amenazado además con romper la baraja si se añaden nuevos contenidos, más progresistas, a lo ya firmado. Con este preámbulo, ya pueden los peones del PSOE esgrimir las famosas 68 medidas de progreso para reclamar a Iglesias: «¿Vas a rechazar esto?»
No vale aislar, a efectos de tratar de impactar a la audiencia, la parte más positiva del pacto. Lo que se está ofreciendo es un pack completo de medidas y de omisiones concomitantes, bien envuelto y atado. Hay que tomarlo o dejarlo en su conjunto, y el conjunto sanciona el statu quo existente y cierra de un portazo las expectativas de cambio, sin ningún género de vacilación. De paso, refuerza sin pudor a la “casta” contra la “gente”, si atendemos a las nuevas categorías recién acuñadas desde los estamentos emergentes.
Por eso, si bien desalojar a Rajoy sigue siendo un objetivo deseable, y factible, no ocurre lo mismo con el acuerdo de gobierno que se ofrece. No estamos en el final del proceso, las posibilidades de negociación no están cerradas. Hay vías abiertas para trabajar en la concreción de un pacto que contenga, cuando menos, si no el cambio, sí horizontes hacia el cambio; que abra puertas a una correlación de fuerzas distinta y a una política más favorable a la mayoría social.
En el primer round de la investidura, Rivera ha sido el que ha quedado mejor colocado, Sánchez se ve empujado contra las cuerdas (no solo él, todo su partido; nadie se haga ilusiones de que cambiar de montura en mitad del vado traerá perspectivas mejores), y Rajoy puede estar herido de muerte sin haberse percatado todavía de dónde le llegó el tiro. Después de la sesión de esta tarde, si acaba con el resultado más previsible, se abre un plazo de sesenta días para reconsiderar todas las apuestas, desde el principio. El pacto contra el cambio será letra muerta. Ya no valdrán más amagos, fintas ni regates en corto. Serán sesenta días que no se deben dejar caer en el vacío. El desperdicio para el país sería demasiado costoso.
 

jueves, 3 de marzo de 2016

EL FIN DEL MARIANATO Y DEL FLORENTINATO, O VICEVERSA


Tal como se están desarrollando los acontecimientos, en el mes de junio podrían coincidir un remake de las elecciones generales del pasado diciembre y unas anticipadas a la presidencia del Real Madrid. De producirse tal conjunción astral, no cabe duda de que se ahondarán las zozobras de los dos electorados concernidos y el desgarro social, tal vez irreparable, de la ciudadanía globalmente considerada.
Los dos presidentes se han beneficiado en tiempos cronológicamente próximos, pero que hoy parecen muy lejanos, de un aura de infalibilidad. Lo mismo había sucedido antes con la Pitia de Delfos, el Brujo de Oz y el Pulpo Paul, hasta que sus repetidos patinazos en el control de los eventos futuros devolvieron las cosas a su justo lugar.  Butragueño, gloria deportiva del club, había llegado a decir de su presidente Florentino Pérez que era «un ser superior», en uno de los ejercicios de sumisión personal y vasallaje más ridículos que se recuerdan desde que la revolución francesa puso fin al Ancien Régime. Con Mariano la cosa nunca llegó a tanto si atendemos a las declaraciones explícitas, pero se sobreentendía que era así, y punto redondo. Él contaba con su Versalles particular, y un leve gesto de fastidio o un guiño pícaro de ojos en los maitines de su corte de la calle Génova bastaban para poner fin a un asunto o, por el contrario, relanzarlo al estrellato.
No estamos hoy tan lejos de las viejas estructuras feudales de poder, como podría suponerse. Mariano y Florentino se han preocupado mucho menos de la suerte de las instituciones que presiden, como de afirmar su propia jerarquía, recibir con magnanimidad los besalamanos y los tributos materiales de sus valvasores, y cegar con empeño todos los canales que pudieran facilitar una sucesión ordenada a sus caudillajes personalistas y autoritarios.
Florentino habrá de devolver 25 millones de euros de una recalificación de terrenos amparada por uno de los barones de Mariano, el entonces alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, y está amenazado con la prohibición de fichar jugadores (su ocupación favorita) la temporada que viene, por presunto quebrantamiento de las normas de la FIFA, otra institución rigurosamente feudal de nuestra época. En cuanto a Mariano, el cerco a las tramas corruptas va descabezando a sus colaboradores habituales y a las personas más cercanas a su restringido círculo de confidentes, primero Bárcenas, después Rato, ahora la aforada Rita Barberá, acosada por los flashes de la canallesca en el trayecto entre su casa y la peluquería.
El marianato y el florentinato han consumido ya su tiempo sobre la tierra, pero se resisten tozudamente a dejar paso libre a caras nuevas. Todos los sufrimientos que ya han padecido y los que avizoran parecen preferibles a los dos jerarcas, antes que el trance horrísono de su desaparición de las primeras planas de los medios. Ese empecinamiento esforzado de los dos ensombrece con un patetismo particular el Götterdämmerung wagneriano que tal vez nos espera a todos el próximo mes de junio.
 

miércoles, 2 de marzo de 2016

GEOGRAFÍA DEL DINERO


Las poblaciones con mayor renta media familiar de España son ciudades-dormitorio y están situadas en el entorno de Madrid – las más – y de Barcelona las restantes. Son, por orden de más a menos haberes, Pozuelo, Majadahonda, Sant Cugat del Vallès, Las Rozas, Alcobendas y San Sebastián de los Reyes, que está a caballo entre Madrid capital (por arriba) y Barcelona capital (por debajo). Sigue en la lista Castelldefels. La primera población en nivel de renta no situada en ninguna de las dos provincias citadas es Ceuta (10ª). La última población española en nivel de renta es Torrevieja (Alicante). La renta media familiar es en Torrevieja de 13.977 euros; en Pozuelo, de 70.298. Quiere decirse que la renta de una familia media de Pozuelo da para cinco familias de Torrevieja, y aún sobra un pico. Estamos hablando de rentas familiares medias, claro; la comparación entre las porciones más altas de renta de un lado y las más bajas del otro añadiría un par de ceros a la derecha de ese ‘5’. Si contáramos los ingresos en negro y las rentas generadas en paraísos fiscales de las que Hacienda no tiene noticia, los ceros diferenciales se multiplicarían.
El barrio más rico de España es el del Viso, en Madrid, también un barrio residencial; el más pobre, el de los Pajaritos en Sevilla, un barrio obrero degradado. Los tres municipios con mayor índice de paro están en Andalucía: son Sanlúcar de Barrameda, La Línea de la Concepción y Jerez de la Frontera. Sin duda el registro estadístico de la riqueza y del paro no tiene la precisión deseable, y lugares hay, en la misma Andalucía, en los que la miseria y la falta de recursos son mayores que en los tres citados. Los datos de la evasión fiscal, de la economía sumergida, o de los niveles de autoconsumo en las zonas rurales y pesqueras, introducirían correcciones significativas en el panorama que se dibuja. En todo caso, se demuestra que la geografía del trabajo es bastante diferente de la del dinero, cosa que en principio podría resultar sorprendente para algunas mentes cartesianas.
Dos conclusiones: Una, el dinero no da la felicidad, pero se refugia en urbanizaciones de lujo. Dos, el trabajo, allá donde existe, no genera rentas significativas; estas aparecen por otras vías y mediante expedientes de un orden distinto al derivado estrictamente de la producción.
Son cifras que proporcionan una radiografía aproximativa de una distribución patentemente desigual del dinero y el trabajo en el territorio. Un elemento a considerar en un momento crítico del que se esperan proyectos políticos encauzados a mejorar la suerte de los más desfavorecidos y proporcionar un mayor bienestar en todos los órdenes a la ciudadanía.
 

martes, 1 de marzo de 2016

POLÍTICA Y GEOMETRÍA


Las urnas han situado a Pedro Sánchez en el centro geométrico del espectro parlamentario. Con muy escaso peso propio, con una fuerza en retroceso, con abundantes cadáveres en el armario y con amas de llaves adictas a la disciplina inglesa tipo Manderley, que vigilan cada uno de sus pasos. Pero en el centro.
En geometría, el punto que ocupa el centro de una figura no es más que un topos igual a los demás, carece de cualquier cualidad especial. En física, en cambio, el centro ordena en torno suyo las fuerzas de un campo gravitatorio y garantiza el equilibrio y la “sostenibilidad” (disculpen el término, no estoy nada seguro de que los físicos lo utilicen; estoy improvisando una seudo disciplina que se llamaría “fisicopolítica”) del cuerpo al que pertenece.
En geometría, la regla es la estática; en física, la dinámica.
Está por ver a cual de las dos disciplinas se adscribe el aspirante a la jefatura del gobierno en esta tesitura. El pacto con el que se presenta a la investidura responde a las leyes de la estática, de la inmanencia. «La izquierda no suma, lo siento», acaba de decir, mientras escribo estas líneas. Entonces, a lo que aspira en este trance es a desmontar las reservas de la derecha, o bien a forzar a la izquierda a optar por el mal menor.
Las dos posibilidades son reales. Aleix Vidal-Quadras, largos años en el PP y después, hasta hace muy pocos meses, en VOX, ha declarado que el pacto PSOE-C’s es perfectamente asumible por el PP, y que solo el empecinamiento de Mariano Rajoy en volver a gobernar impide la gestación de una Gran Coalición. Es seguramente cierto, pero solo en geometría; en física política, el centro de gravedad está en otro lado, y los equilibrios derivados de tal operación resultarían muy inestables.
En el otro lado, el bloque Podemos-Mareas-Compromís-IU puede resignarse a la abstención y dejar vía libre a un ejecutivo cuya debilidad interna le llevará a tropezar y caer de bruces en la primera ocasión. Derribar por fin al gobierno del PP responsable de tantos desaguisados sería nada más el primer paso de un largo camino, pero nada determina que el primer paso en una dirección haya de ser necesariamente el trayecto completo.
Ni las fuerzas soberanistas catalanas, ni el PNV con Bildu de añadidura, van a dar de ninguna forma su acuerdo explícito o tácito a la maniobra de Pedro Sánchez ni al programa de gobierno que pueda surgir de una potencial coalición de centro-derecha, grande o pequeña. Y este no es un inconveniente menor, sino una hipoteca grave para toda la nación, enfeudada desde mucho tiempo atrás en una concepción mágica, que no práctica, de la unidad como uniformidad impuesta sin discusión ni recurso posible.
Si se atiende por fin a la física de los cuerpos, y no a la geometría euclidiana, en este grave asunto, será necesario diseñar un nuevo “pacto de mínimos” que atienda con solvencia a los tres ejes dinámicos de avance que mi amigo Javier Aristu ha identificado del modo siguiente: «Reformas en la cuestión social y del trabajo, modificación de ciertos aspectos de nuestro marco constitucional o institucional, al inicio de un proceso de profundización en la federalización del estado, y mejora y sostenibilidad del estado de bienestar.» (1)
El resto no son sino pollas en vinagre o gabinas de cochero, según se viene argumentando con cierto acaloramiento en Santa Fe de la Vega.