Arriba, restos de la Biblioteca de Celso, en Éfeso. Abajo, la imponente estructura de la Biblioteca de Adriano en el centro de Atenas, a la entrada del Ágora romana.
Sigo leyendo, a ratos y despacio, en su lengua original,
los Ensayos de Montaigne. Una pequeña sorpresa: en I, cap. xxv, “Del
pedantismo”, el renacentista inmensamente culto simpatiza de forma
inequívoca con la sencillez espartana, frente a los retorcimientos excesivos de
los atenienses. En las escuelas de retórica, como es fama, se enseñaba a los aspirantes
a abogados a defender sucesivamente las dos caras del mismo argumento: primero
a favor, luego en contra. Tanto derroche de ingenio subleva a Montaigne, que se
declara partidario del “laconismo”, el habla escueta y antirretórica de los
laconios o espartanos.
Hacia el final del capítulo, el discurso se hace más
general y más ambiguo. «Ejemplos tenemos de que el estudio de las ciencias
ablanda y afemina los corazones, en lugar de hacerlos más firmes y aguerridos.
El Estado más fuerte que aparece en el mundo actual es el de los Turcos: unos
pueblos educados en el amor a las armas y el desprecio de las letras. Encuentro
que Roma era más valiente cuando aún no era sabia. Las naciones más belicosas
de nuestra época son las más groseras e ignorantes. Los escitas, los partos,
Tamerlán, son prueba de ello.»
Todo lo cual lleva como corolario a otro ejemplo curioso,
que, según leo en las notas al texto, fue extraído de la obra de un riguroso
contemporáneo, René de Lucinge, el cual publicó en París, en 1588, el tratado Del
nacimiento, duración y caída de los Estados.
Cuando los bárbaros arrasaron Grecia, explica pues Michel
siguiendo a René, lo que salvó del fuego todas las bibliotecas fue la opinión
de uno de los jefes de los invasores, de que se habían de conservar aquellos
monumentos con el fin de apartar a los enemigos de las bondades del ejercicio
militar, y relegarlos a ocupaciones sedentarias y ociosas.
Es lo más parecido a una “posverdad” moderna que he leído
nunca en un texto validado por una vigencia de cinco siglos, pero no deja de
ser una razón más en favor del uso y la perpetuación de los libros.
Recordemos, ya que estamos en vísperas de otro Sant Jordi,
el otro gran argumento en favor de lo mismo, tal como nos lo dejó expresado
Joan Margarit con laconismo ejemplar: «La libertad es una librería».