martes, 24 de abril de 2018

PARTIDOS POLÍTICOS Y/O MOVIMIENTOS


Tomo pie para mi zambullida de hoy en un artículo de Carlos Yárnoz en elpais. Su título: «Los movimientos sustituyen a los partidos.» No es solo una afirmación cuestionable, sino además cuestionada en el cuerpo del artículo. Volveré sobre ello. Antes me voy a detener en el subtitular: «Las organizaciones políticas clásicas pierden peso por su incapacidad para enfrentarse al nacionalismo, el terrorismo o las migraciones.» La causa y la consecuencia están mal engarzadas en esta afirmación. Sería más exacto decir que la pérdida de peso (previa) de las organizaciones políticas clásicas las incapacita para enfrentarse, etcétera.
Hace muchos años que las organizaciones políticas “clásicas” languidecen. Aquellos partidos de masas de la izquierda tenían sus bases en una clase obrera relativamente homogénea y solidaria, reunida durante muchas horas al día en el ámbito de la fábrica. Su función insustituible era entonces la interlocución, a partir de la fábrica, con el mundo de las instituciones del Estado providencia. Todo el sistema descansaba en la premisa de la regulación ordenada de las conductas sociales en un cuadro institucional más o menos marcado por la empatía, de forma que quedaran garantizadas en lo posible la redistribución de la riqueza generada entre sus diversas fuentes de contribución, y la igualdad de oportunidades para todos en una sociedad inclusiva (dicho de otro modo, el funcionamiento libre de trabas del ascensor social).
Los partidos políticos clásicos perdieron pie a partir del doble fenómeno, promovido inicialmente por las elites financieras y la derecha, pero secundado luego asimismo desde posiciones nominalmente de izquierda (“terceras vías”), de la fragmentación del mercado de trabajo y la desregulación paralela de las reglas del juego, lo que transformó el antiguo Estado del bienestar en una institución autista, absorta únicamente en su laberinto particular (la deuda ingobernable, los rescates imprescindibles a entidades bancarias, el horror paralizador a las partidas deficitarias de los presupuestos).
La fortaleza amurallada del Estado, bien rodeada en todo su perímetro por un ancho foso con cocodrilos, ha recogido los puentes levadizos que antes estaban tendidos. Las tres calamidades que anuncia Yárnoz son reducibles a una sola: el repliegue del Estado post-benefactor sobre sí mismo (nacionalismo), conduce al aseguramiento de las fronteras (rechazo a los migrantes) y al pago de un precio de sangre por las desigualdades abismales que se han generado (terrorismo). Un precio, debe añadirse, que los Estados siguen considerando barato cuando lo confrontan con otras alternativas teóricamente a su alcance.
La dialéctica entre partidos y movimientos no es reducible a estos problemas. Los movimientos no son ningún dique frente al nacionalismo, el terrorismo y el flujo migratorio; solo ejercen una función de interlocución puntual y limitada a un problema o grupo de problemas; no influyen continuadamente en la dinámica legislativa de los parlamentos sino que se comportan como formas ocasionales de lobbying; y en definitiva, por su misma naturaleza, no tienen capacidad para llevar adelante iniciativas políticas a medio y largo plazo.
No pueden sustituir, por tanto, a los partidos políticos. Pero los partidos, a su vez, están en la ruina ideológica y organizativa, y necesitan de nuevas ideas y nuevos métodos para volver a ejercer su función natural aglutinadora y finalista.
Ha concluido el ciclo vital de los partidos construidos sobre la jerarquía, con las vacas sagradas indiscutibles dictando consignas desde su sanedrín. La alternativa hoy debe ser la misma que prevalece en el actual escalón tecnológico para la producción material de bienes y de servicios: organización en red, flexibilidad, capacidad de respuesta rápida, y fiabilidad máxima.
Una solución verosímil es la configuración en tándem de un partido que actúe como “centro” de impulsos y de relaciones, y de una plataforma movimientista, más o menos autónoma y más o menos laxamente coordinada con el partido-centro y con el grupo parlamentario que debe plasmar las iniciativas sociales en propuestas de legislación general.
No estoy hablando de una estructura virtual situada en el mundo vagoroso de los futuribles, sino de algo que está ya en funcionamiento, en fase de experimentación práctica. Es el caso de la plataforma ‘Momentum’ en relación con el partido laborista británico liderado por Jeremy Corbyn. Pueden encontrar ustedes información al respecto en un trabajo de Miguel Martínez Lucio publicado en el último número de Pasos a la Izquierda: ver http://pasosalaizquierda.com/?p=3739.
Es un tema para tomarlo en serio. El futuro de los partidos políticos, y más en general de la izquierda en las sociedades avanzadas, puede estar ahí.
 

domingo, 22 de abril de 2018

INSPIRADO POR DIOS


El titular del blog de aquí al lado juega con la idea, alentada por algunos medios sensacionalistas como reclamo para ganar audiencia, de que el mundo podría acabarse hoy. Vistas las cosas con fría objetividad, por un lado sería una lástima, dado que un fin del mundo tan repentino arruinaría sin remedio la Diada de Sant Jordi de mañana, que es un festejo muy bonito y tradicional en Cataluña; pero por otro lado, sería una digna culminación de la final de la Copa de fútbol que presenciamos ayer noche.
Algún antiguo, cuyo nombre no estoy en condiciones de facilitar, dijo lo de «Ver Nápoles y después morir.» Otros, emperezados con las incomodidades de un viaje a Nápoles como condición ineludible para un final tan adocenado por expresar la idea sin remilgos, preferiríamos algo más sencillo y casolano. Juan Ignacio Valdivieso habría sentenciado: «Lo veo y no lo veo.» Por mi parte, avanzo la modesta proposición siguiente: Ver primero a Iniesta, y luego morir.
Anoche, a la altura del minuto 52 del partido final de la Copa, y ya con amplia ventaja del Barça en el marcador, una larga serie de diabluras en la frontal del área sevillista finalizó con una asistencia de Messi a Iniesta, el cual estaba escorado hacia la derecha, que no es su lado. Iniesta engañó a Soria, el portero rival, con ese jugueteo de la pelota de un pie a otro que ha sido bautizado en la jerga profesional con el nombre de “croqueta”, y luego alojó el balón en la red por el rinconcito, besando el poste debido a la falta de ángulo.
Fue un detalle delicioso, solo apto para gourmets auténticos. En cuestión de goles, suele disfrutarse más la cantidad que la calidad. Y puestos a elegir lo segundo, el aficionado común prefiere los zambombazos desde fuera del área o las acrobáticas chilenas. Iniesta tiene otro estilo, y lo que hizo no es fácil. El delantero puesto en una tesitura similar, con todo el estadio en un grito y la defensa contraria preparada para el hachazo al agresor furtivo, se siente por regla general atrapado por el pánico escénico y dispara al muñeco sin pensar dos veces. Luego, si sale con barba San José, y si no, la Purísima.
Pero Iniesta recibió el recado de Messi en la misma disposición en que Adán recibe la Creación de manos de Dios, en lo más alto de la capilla Sixtina. Y como inspirado por Dios, se recreó en aquel floreo inesperado durante una fracción de segundo excelsa, antes de introducir el balón por el único hueco posible.
Si algo no puedo soportar de Dios (dicho quede entre nosotros y sin ánimo alguno de faltarLe, no me vaya a suceder lo que a Willi Toledo), es esa puta manía que tiene de escribir derecho con renglones torcidos, algo que nos ha proporcionado incontables disgustos a las gentes sencillas que no tenemos espíritu jesuita. Dios ha sido muy sobrevalorado por la larga tradición cultural monoteísta, eso es algo indiscutible.
Pero habida cuenta de que el último pase en la ocasión a que me vengo refiriendo fue de Messidiós, caben pocas dudas de que la croqueta decisiva debió de tener una inspiración divina, es decir, situada más allá de la contingencia de este pedazo de barro que llamamos mundo.
Tomen ustedes nota. Porque si luego viene de veras el fin del mundo, será un fastidio, sí, pero ya lo habremos visto todo.
  

viernes, 20 de abril de 2018

DOCE PASEOS POR LA IZQUIERDA


Está en el éter el número 12 de Pasos a la Izquierda. Dejo constancia del dato, como lo hice en el momento mismo de nacer la revista, en octubre de 2015 (1). Entonces, al pequeño grupo fundador nos movió el deseo de activar sinergias y refrescar colectivamente las ideas. Fuimos ambiciosamente humildes, o humildemente ambiciosos, según se mire. Pretendíamos estar atentos a todo lo que se movía, dar a conocer cosas de fuera de interés para dentro, y promover el debate dentro para que irradiara hacia fuera. Ensueños juveniles, en una palabra.
He confeccionado un listado de firmas que han colaborado en esta primera docena de paseos por la izquierda. Espero no olvidar a ninguno. Están, por orden alfabético: Estella Acosta Pérez, Martín Alonso, Manuel Alcaraz Ramos, Ramón Alós, Jordi Amat, Carlos Arenas Posadas, Javier Aristu, José Babiano, Roberto-Luciano Barbeito, Ricard Bellera, Antonio Baylos, Isidor Boix, Mireia Bolíbar, Jordi Borja, Juan Bosco Díaz-Urmeneta, Berta Cao, Andreu Claret, Bartolomé Clavero, Javier Doz, Ángel Duarte, Bruno Estrada López, Miquel Àngel Falguera i Baró, Xulio Ferreiro, Javier Flores Fernández-Viagas, Steven Forti, Olga Fuentes Soriano, Manuel Gamella, Lucía García Cobo, Adoración Guamán, Jordi Guiu, Antonio Gutiérrez Vegara, Fernando Hernández Sánchez, Eva Izquierdo, Joan Herrera i Torres, Enrique M. Jiménez, Pere Jódar, José Luis López Bulla, Conrad Lluís Martell, Sebastián Martín, Miguel Martínez Lucio, Carlos Martínez Shaw, Andreu Mayayo i Artal, Fernando Mendoza, Jordi Mir García, Leandro del Moral, Javier Pacheco, Ángel Parada, José Antonio Pérez Pérez, Juan Manuel Pericás, Luisa Posada Kubissa, María Recuero, Blanca de Riquer, Victoria Rodríguez Blanco, Paco Rodríguez de Lecea, Carlos Rodríguez Martorell, Lola Sánchez, Marcial Sánchez Mosquera, Julián Sánchez-Vizcaíno, Paquita Sauquillo Pérez del Arco, Jaume Suau, Javier Tébar Hurtado, Teresa Torns, Javier Urtasun, Ramón Utrera, Ramón Vargas-Machuca y Javier Velasco.
La nómina de voces llegadas de fuera es también nutrida. Cito sin pretensión de exhaustividad: Michel Aglietta, Pierre Bourdieu, Luciana Castellina, Giorgio Cremaschi, Geoff Eley, Paolo Flores d’Arcais, Luciano Gallino, Andrew Gamble, Tarso Genro, André Gorz, Agnés Heller, Pietro Ingrao, Owen Jones, Pierre Joxe, Maurizio Landini, Luigi Mariucci, Roger Martelli, Dominique Méda, Edgar Morin, Laura Pennacchi, Poul Nyrup Rasmussen más Udo Bullman, Alfredo Reichlin, Umberto Romagnoli, Gaetano Sateriale, Wolfgang Streeck, Alain Supiot, Riccardo Terzi, Enzo Traverso, Bruno Trentin, Nadia Urbinati, y Richard Wilkinson más Kate Pickett.
Hemos abierto ventanas, refrescado un ambiente que olía un poco a cerrado, y sacado lustre a algunos estantes que llevaban tiempo sin que nadie les quitara el polvo.
No es mucho, pero tampoco es de despreciar. La única constatación posible es que casi todo está aún por hacer en este terreno. Anuncio que seguimos en ello, que no hemos variado nuestra idea inicial.
 


 

jueves, 19 de abril de 2018

PITANDO HIMNOS


Suelen incomodarme las declaraciones de Javier Tebas, baranda de la Liga de fútbol española y militante confeso de Fuerza Nueva, porque siempre se trata de reflexiones no inocentes, sino “orientadas”. Hay otras personas que comparten esa característica, por ejemplo María Dolores de Cospedal. Cuando Tebas o Cospedal hacen una afirmación a primera vista de valor universal, viene a resultar que en realidad se trata de otra cosa: generalizan a partir de casos muy concretos, y lo hacen con el fin de justificar su propia posición en esos asuntos, que por regla general tiene muy difícil justificación.
Es el caso cuando Tebas afirma en el curso de una entrevista distendida que pitar himnos es violencia. Violencia verbal, precisa. Violencia condenable, remacha además.
Dicho así, parece estar hablando en general. «Himnos.» Pero la afirmación se decanta rápidamente hacia lo concreto cuando caemos en la cuenta de que estamos en vísperas de una nueva final de la Copa del Rey, y que en ella va a participar el FC Barcelona, una desgracia nacional que viene repitiéndose temporada tras temporada.
De modo que ahí tendremos, como en tantos otros años, el riesgo de que una parte de la afición reunida en el estadio exprese de forma sonora su reprobación tanto a Felipe VI como al himno oficial de España.
Insisto en lo de “oficial”. Si retrocedemos hasta la afirmación inicial de Tebas, tan “himno” es la marcha de Granaderos como el Himno de Riego, la Internacional o Els Segadors. ¿Todos merecen el mismo trato respetuoso, secundum Tebas? Me temo que no. Va a resultar que en un caso pitar el himno es violencia verbal, y en los otros tres es violencia coral entonarlo.
A la gente como Tebas no se le ocurre que tocar un himno determinado en un estadio al que la gente ha ido a ver fútbol, sea asimismo una forma de violencia. O que sea una forma de represión impedir que el público ejercite su libertad de expresión pitándolo.
Más aún, si lo que importa es el símbolo, todas las ocasiones en las que Gerard Piqué, vestido con la zamarra roja y el escudo de España, ha sido abucheado e insultado por un público español, el futbolista catalán debería ser defendido por Tebas con el mismo ardor que pone en defender el himno. Pero en este asunto el dirigente futbolero se ha mostrado particularmente laxo. Su opinión viene a ser que el propio Piqué se lo ha buscado. Piqué nunca se ha metido con España ni con ninguna opción política concreta. Sí que se ha metido con el Real Madrid y con algunos de sus epifenómenos más populares, como Cristiano Ronaldo y Arbeloa. Pero, en la visión de Tebas al menos, la mística de la patria incluye como componente indisociable el fervor madridista. Igual que no hay paridad entre himnos, tampoco la hay entre clubes.
Otro argumento utilizado con frecuencia desde los estamentos oficiales, es que la política no debe mezclarse con el fútbol.
De acuerdo. ¿Qué nombre debe darse entonces a la ejecución ritual del himno nacional en un evento simplemente deportivo? ¿Y por qué se llama Copa del Rey, si la competición no está costeada por la Corona, y nunca lo ha estado?
Una cosa es que los símbolos de la nación deban unirnos a todos, y otra muy distinta es que en efecto cumplan esa función. Ni la monarquía ha tenido en los últimos tiempos la ejemplaridad deseable, ni la patria representa hoy exactamente lo mismo para todos los compatriotas.
La muy reciente actitud justiciera y punitiva de las instituciones del Estado hacia todo lo que tenga alguna relación con la rebelión, la sedición, el terrorismo, el delito de odio y la violencia insoportable, términos todos ellos que han sido objeto de una redefinición “orientada” para la ocasión al modo de Tebas, puede contribuir a un nuevo estropicio en la convivencia. ¿Tan difícil sería quitar hierro a estas viejas historias?
 

miércoles, 18 de abril de 2018

MONOS EN INVIERNO


He releído estos últimos días Un singe en hiver (“un mono en invierno”), de Antoine Blondin. Mis razones para hacerlo han sido de orden anímico; alimentar un soplo de rebeldía desfalleciente en una situación política cenagosa, de una inmovilidad tan profunda y desprovista de límites que parece fabricada ex profeso para grandes mascarones hieráticos como Mariano Rajoy y Oriol Junqueras, siempre impenetrables porque carecen de sustancia más allá de la apariencia.
Mi ejemplar del libro es una edición francesa de La Table Ronde, de 1959. No recuerdo dónde lo compré, pero sí que fue después de haber visto la película, dirigida por Henri Verneuil en 1962 y protagonizada por dos intérpretes soberbios, Gabin y Belmondo. La película tuvo cierto éxito; del libro no he visto que se haya hecho ninguna traducción al castellano.
«En las Indias, o en China, cuando llegan los primeros fríos aparecen un poco por todas partes monos pequeños perdidos en lugares inverosímiles. Han llegado allí por curiosidad, por miedo o por incomodidad. Entonces, como los habitantes piensan que también los monos tienen alma, dan dinero para que se les devuelva a sus selvas natales, en las que tienen su vida y sus amigos. Y trenes repletos de animales parten hacia la jungla.»
Ignoro si la anécdota (Gabriel Fouquet la cuenta a su hija Marie, que le ha pedido “una historia” en el tren que les lleva de Tigreville, Normandía, a París) tiene algún fundamento real. Funciona, en cualquier caso, como metáfora de aquellas personas, ya de cierta edad, que se encuentran varadas sin saber cómo en situaciones opresivas, en las que el tedio les empuja a una revuelta desesperada.
Es el caso de Albert Quentin, hotelero, antiguo oficial de marina en Tonquín, que no bebe alcohol debido a una promesa que se ha hecho a sí mismo mucho tiempo atrás, y emprende todas las noches en sueños el largo descenso en barco por el Yangtsé, a través de un territorio hostil infestado por las guerrillas de Sun Yat-sen. “Podrías beber un vasito con la comida, si tanto lo echas de menos”, le sugiere su esposa Suzanne. Y él contesta: “No añoro el vino, sino la borrachera” (l’ivresse, en francés; la ebriedad, algo que va mucho más allá de una lengua trabada y una marcha bamboleante, y es privilegio exclusivo de ciertos príncipes de la fantasía que viajan por el mundo de incógnito). “Sé que lo haces por mí”, insiste Suzanne, halagada, y Albert se muerde la lengua para no contestarle que ella no tiene nada que ver.
Desubicados, desorientados y descontentos en un hábitat extraño, los “monos” de la novela rompen un día de Difuntos las cadenas que les atenazan. Se emborrachan, se pelean con el patrón en la cantina de Esnault, pierden el tren que les llevaría a destinos convencionales y previsibles, encienden de noche en la playa unos fuegos artificiales olvidados treinta años atrás por el potentado arruinado que los encargó, y escapan a los gendarmes y a la lluvia refugiándose en una granja en ruinas.
Al día siguiente, retorna la cordura. Compran nuevos billetes de tren, recomponen de alguna forma los vínculos familiares y sociales que les sujetaban, pasan página, obtienen olvido ya que no perdón por todo el desorden legal y moral que han provocado.
─ Ahora nos espera un largo invierno… ─ concluye resignado uno de los dos protagonistas. Y esos puntos suspensivos cierran el relato.
 

lunes, 16 de abril de 2018

NI MEDIA TONTERÍA


Manel García Biel, un sindicalista por encima de cualquier sospecha de frivolidad, ha titulado su artículo más reciente “La irrelevancia de la izquierda” (1). «Cuando hay un grave conflicto territorial, cuando la democracia se devalúa y hay una grave regresión en cuanto a las libertades colectivas, cuando la desigualdad parece instalada y en crecimiento, cuando la corrupción corroe al partido que gobierna, cuando las fuerzas independentistas desafían la legalidad y hacen un pulso al Estado, nos preguntamos : ¿Dónde está la izquierda?»
Lo cierto es que los parlamentos están dando una sensación de aridez extrema. Mientras los pensionistas – antes las mujeres – se pasean a cuerpo, a la intemperie, en demanda de atención a sus reivindicaciones imperiosas, no hay eco de tales aventuras en las cámaras representativas, unas enredadas en querellas judiciales y otras en votos de censura por másteres imaginarios. Con o sin máster, Cristina Cifuentes es igualmente tóxica. El hecho de que pueda ser descabalgada de su prebenda por haber mentido en su currículum viene a equivaler al caso de Al Capone, al que la Justicia solo consiguió echar mano por un incumplimiento menor con el fisco.
Seamos justos. No es que las izquierdas antiguas y nuevas no hagan esfuerzos por sacar adelante iniciativas y leyes que serían beneficiosas para la ciudadanía; pero tropiezan con dos eficaces cerrojos puestos en el portal por el Partido Popular. El primero es el poder de veto gubernamental a todo lo que exceda de unos límites presupuestarios que, por otra parte, nunca se cumplen. (Y claro, en este terreno se comprueba rápidamente que todo lo que no mata, engorda… los presupuestos.) El segundo son las leyes represivas, aprobadas con el respaldo de fuerzas de izquierda como herramientas del Estado de derecho contra el yihadismo, y que ahora desbordan el propósito inicial para el que fueron consensuadas y convierten todo conflicto interno en violencia, terrorismo implícito y delito de odio.
Las izquierdas políticas aparecen, así, maniatadas en su acción parlamentaria y confusas en cuanto a sus proyectos de futuro.
Hay otra izquierda, sin embargo: la social. A los sindicatos se les ha ninguneado y tildado de ineficaces, por parte de quienes preconizan un tipo de acción reivindicativa espontánea, difusa y transversal, convocada a golpe de tuit. La dispersión de convocantes, prácticas y objetivos ha hecho, sin embargo, refluir estas pleamares puntuales, y parece abrirse paso poco a poco una consideración más cautelosa de los beneficios que son capaces de aportar una organización colectiva permanente, una lucha continuada por las mejoras sociales, y una visión a largo plazo como brújula para moverse en un itinerario reivindicativo enrevesado.
Del mismo modo que la elaboración de normas de eficacia general es el ámbito de actuación natural de los partidos políticos en una democracia representativa, la negociación colectiva lo es de los sindicatos. La negociación colectiva no ofrece (salvo en circunstancias muy extremas) grandes emociones ni momentos estelares, y su práctica resulta ardua: el conflicto y la huelga, por justificados que estén, son tratados siempre como abusos inconstitucionales desde un gobierno apalancado y unos medios de comunicación serviles.
Pero la negociación que trata de avanzar a través del conflicto es una realidad que está ahí, en condiciones para ser utilizada como una palanca de mejoras concretas por un colectivo, el de los trabajadores y trabajadoras heterodirigidos, generador de una riqueza que luego se reparte a sus espaldas y se distribuye con toda clase de trampas y atendiendo a toda clase de privilegios para las elites extractivas.
Son temas sobre los que nos han hablado esta mañana, en el Espai Assemblea de la CONC, dos “sospechosos habituales” en el territorio de la izquierda, Antonio Baylos y Joan Herrera. No detallo sus cualificaciones porque son de sobra conocidas. Estaban presentes en el acto el actual secretario del sindicato catalán, Javier Pacheco, y su antecesor Joan Carles Gallego.
La conferencia ha sido instructiva, y el debate inusualmente rico. Sesiones así son útiles para la cohesión y el rearme moral de la izquierda social, el cual es tal vez un requisito previo e imprescindible para la resurrección práctica de la izquierda política hoy en hibernación.
La resurrección de las izquierdas es posible, así se ha constatado esta mañana. Pero harán falta esfuerzos coordinados, solidarios y precisos. Ni media tontería.

 

domingo, 15 de abril de 2018

LA FALSA MONEDA Y EL CHICKEN GAME


Anda buscando el ministro Montoro quien le compre los Presupuestos de este año, y no hay modo. Igual que la falsa moneda, pasan de mano en mano y ninguno se los queda. Con la excepción de Albert Rivera, claro, a quien se le ponen, cada día más, ojos de ventanilla de caja registradora, contando los votos que va a rentarle el vía crucis errático del gobierno de un Mariano Rajoy que acumula los desprestigios por capazos.
Pero los votos de Ciudadanos no bastan en este caso. Al PNV le gustaría apoyar, porque Montoro le ha doblado las ventajas fiscales; pero Urkullu teme una rebelión de las bases si da cuartelillo a un Rajoy groggy y deja en cambio a Catalunya como está, abierta en canal.
¿Qué más puede hacer nuestro particular Gran Timonel con Catalunya? Anda investigando quién es el que financia la querella del Parlament contra el juez Llarena, y acabará por encontrarlo, pero no hay indicios de que eso vaya a aliviarlo en lo más mínimo. Empapelar a más sediciosos/as y conseguir la extradición de los fugados/as no le dará más votos a él. Puede que se los dé a Rivera, y está por ver; pero seguro que a él, no. Hay un hartazgo de judicialización entre la ciudadanía. Puestos a mirar con lupa las malversaciones en curso o en potencia, nos gustaría saber cuánto nos está costando a los españoles todo ese trasiego de guardias civiles y policías nacionales registrando sedes en busca de urnas escondidas y de facturas impagadas imaginarias.
Nos está costando mucho, sin duda, a juzgar por el hecho de que los Presupuestos, para los que Montoro mendiga una limosnita parlamentaria, no contemplan políticas de empleo, ni subidas significativas de las pensiones (se subirán más adelante si la economía sigue mejorando, dice el gobierno; la factura de la luz, por su parte, bajará si llueve un poco más, aunque el Ebro está que se sale), ni mejoran las ratios de investigación más desarrollo. No ofrecen, en una palabra, ninguna perspectiva de futuro para esa economía cuya mejora se encomienda a la Virgen de la Cueva, ni para los índices de bienestar social, que seguirán empeorando un poco más.
El naufragio es tan considerable que a Rajoy solo le queda en la recámara un último recurso, a saber: dar a toda su tripulación, por la megafonía del plasma, la orden de arriar los botes. Pero no lo hará. No solo se está poniendo de perfil, sino además de perfil numantino.
Cristina Cifuentes, en una situación no menos apurada en la Comunidad de Madrid, ha dicho que solo dimitirá si se lo pide Rajoy. Puede que la hayamos entendido mal y lo que haya querido decir es que solo dimitirá cuando haya dimitido Rajoy. No descartaría que los dos anden jugando al chicken game, a ver quién es el último en tirarse en marcha del coche que va directo al precipicio.
Como en aquella película de James Dean.
 

sábado, 14 de abril de 2018

«VERDUGOS IMPUNES»


Este es un libro imprescindible. Lo firman José Babiano, Gutmaro Gómez, Antonio Míguez y Javier Tébar (Pasado & Presente 2018). El lector encontrará los nombres de los cuatro en la portada, en las solapas y en la bibliografía adjunta. No en ninguna parte del texto, porque aquí no hay visiones particulares, ni interpretaciones personales, ni querellas de escuela. Solo el relato objetivo de lo que supuso el franquismo en relación con los derechos humanos, elaborado y destilado a ocho manos. La pormenorización de las pruebas documentales y de los estudios que avalan la verdad de cada una de las afirmaciones escuetas, desnudas de retórica, que se explicitan y se acumulan como otros tantos considerandos de un acta de acusación.
«El franquismo fue una dictadura larga y poliédrica.» Es la primera frase del primer capítulo, y en ella se resume el contenido del libro. Nada de interpretaciones bondadosas del tipo “régimen paternalista autoritario”. Ningún asomo del “con Franco no se vivía tan mal”. La constatación rigurosamente documentada de la existencia de un poder omnímodo que invadió todos los campos de la existencia social ─ no solo la política y la economía sino la religión, la cultura, los comportamientos, los hábitos, los roles de sexo ─ hasta componer una atmósfera asfixiante.
Un régimen asfixiante basado en la violencia. Violencia explícita, desde el principio mismo, una sublevación militar, hasta la última exhalación de la dictadura. El franquismo fue un régimen de fusilamientos. Nació con la intención totalitaria y prometeica de crear un hombre y una mujer nuevos en una patria nueva, y el medio utilizado para ese fin fue el exterminio deliberado de toda diferencia. La adhesión inquebrantable fue de rigor en la España franquista. No era concebible otra cosa. Quien no se adhería, había de desaparecer.
Violencia implícita, además. El acoso a los disidentes y a los diferentes, la jerarquización brutal de la sociedad, las cárceles y los reformatorios, la reorganización de las familias “apestadas”, los bebés robados. Toda la recomposición de la geografía social para abolir la pluralidad y pisotear los derechos individuales y colectivos desde la lógica totalitaria de la “unidad de destino”.
El franquismo estuvo en contra del liberalismo, del comunismo, de la socialdemocracia y de cualquier otra forma de democracia, palabra que utilizó siempre en despectivo, como cosa “superada”, con la excepción de un engendro teorizado para uso interno, la “democracia orgánica”, que tenía poco de lo segundo y nada de lo primero.
El franquismo subsistió gracias a su sometimiento lacayuno a las potencias occidentales, de las que desconfiaba, y al palio protector de la iglesia nacional-católica, la mayor terrateniente del país, que lo marcó desde el comienzo mismo con su sello (la “cruzada”) tanto espiritual como bajamente material. La iglesia fue cómplice necesaria y coprotagonista en la violación sistémica de los derechos humanos perpetrada por el régimen franquista a partir de la gran mentira formulada mediante el lema «Por el imperio hacia Dios», donde ni Dios ni el imperio eran lo que comúnmente se entiende por tales.
Por todo eso, Verdugos impunes es un libro imprescindible. Una herramienta. A las generaciones que están llegando les explicará cómo fue lo que hubo antes. A todos, nos alertará en relación con los ecos, que aún resuenan por algunos rincones de las covachuelas del Estado, de la antigua y caduca fanfarria.
 

jueves, 12 de abril de 2018

LAS LLAVES DEL CIELO EN LOS BOLSILLOS


Entre los recuerdos brumosos de mi infancia está la tarabita siguiente: “Yo tengo las llaves del cielo, y puedo hacer todo lo que quiero.” Supongo que estaba relacionada con algún juego, pero no lo sitúo, ni sé quién ni cómo podía agenciarse las llaves en cuestión.
Lo que cuenta en todo caso es la idea: el cielo como propiedad privada. Es la esencia de lo que está ocurriendo hoy con un grupo de personas muy cualificado. De otro modo no se entiende la pregunta retórica del señor presidente de la Diputación de León, dirigente del PP, señor Juan Martínez Majo, sobre Cristina Cifuentes: «Vale, no tiene el máster. ¿Cuál es el problema?»
Hombre, el problema es en primer lugar que lo ha hecho constar como mérito. Que ha mentido en público y desde su cargo oficial. Por esa bagatela hay gente que dimite, en otros lugares. Suele considerarse, entre quienes no tienen llaves del cielo y además consideran que tales llaves no deben existir porque el cielo es potencialmente de todos y quien llega hasta allí lo hace impulsado por sus propios méritos acreditados y no por derechos adquiridos de otra forma; suele considerarse, digo, que el servidor público tiene deberes hacia sus representados, y el primero de todos ellos es ser honesto y veraz. ¿Son antigüeces o mamandurrias? Lo son, sin duda, para una reducida elite ─¿deberíamos llamarla "casta"?─ de la que forma parte el señor presidente de la Diputación de León.
El cual ha añadido que la cuestión del máster «no tiene nada que ver con la gestión política de la Comunidad.» Ahí ha puesto el dedo en la llaga. Pero si vamos a ver que la gestión política de la Comunidad incluye nombres como los de Ignacio González, Francisco Granados y David Marjaliza, instituciones como el Canal de Isabel II y entidades como Bankia, tal vez habría valido más al señor Majo no entrar en tales vericuetos.
Otra declaración reciente del caballero nos proporciona una vara de medir adecuada acerca de lo que él considera «lamentable y bochornoso». Son los adjetivos que utilizó cuando asistió a una sesión del Senado y comprobó que allí «cada uno habla el idioma que le da la gana», por lo cual se quedó sin entender lo que se dijo en lenguas cooficiales reconocidas por la Constitución española.
Volvemos con este asunto al tema de las llaves del cielo, o más bien, en el caso concreto, de España. Estarían celosamente guardadas, por lo visto, en un despacho oficial de la Diputación de León. Las famosas siete llaves del sepulcro del Cid han ido a aparecer justamente ahí. Enhorabuena a Juan Martínez Majo.
El cual añadió, desolado: «Aunque no sé hasta cuándo se llamará España.»
Poco tiempo, me atrevería a aventurar yo, mientras el país siga cerrado a cal y canto y las llaves las retengan quienes presumen en estos momentos de llevarlas en los bolsillos.
Lo de los bolsillos no es metáfora, aclaro.
 

martes, 10 de abril de 2018

TODA CLASE DE UNILATERALISMOS


Así editorializa elpais esta mañana: «Injerencia inadmisible.» Y como subtitulillo explicativo: «Alemania debe mostrar un respeto escrupuloso al Estado de derecho español.»
¿A qué viene esta tronada? Aparentemente, a unos comentarios de la ministra de Justicia alemana, Katerina Barley, acerca de una decisión de un tribunal regional. Pero una ministra alemana, que ni siquiera está hablando en nombre de su gobierno, no es “Alemania”. El gobierno de la señora Merkel, de otro lado, ha rectificado la declaración inicial de Barley y ha dejado las cosas en su punto. Nuestro diario global lo sabe perfectamente, puesto que ha informado acerca de esa rectificación. ¿A qué viene el exabrupto indignado, entonces, contra “Alemania” en su conjunto?
Hay más preguntas en torno a este tema. Por ejemplo, lo que elpais exige que se aplique a España, ¿es válido también para Venezuela? ¿No ha estado nuestro imprescindible órgano informativo de las mañanas tirando piedras día sí y día también contra otros tejados, y solo ahora se da cuenta de que el suyo propio es de vidrio? Si ha estado apelando a los valores y a los baremos de la comunidad de las naciones con tanta insistencia, en contra de las leyes venezolanas, ¿no debe mantener el mismo criterio cuando en casa se fuerza algo más que un pelín el ordenamiento sacrosanto para encajar en la figura delictiva de la rebelión unos hechos que muy dudosamente se corresponden con lo dispuesto en el código penal?
O sea, visto desde otro ángulo: ¿no corresponde a España en primer lugar respetar escrupulosamente su propio Estado de derecho, en lugar de hacer mangas y capirotes con él y exigir luego respeto internacional a esas mangas y esos capirotes?
Las declaraciones de Katarina Barley son bastante irrelevantes en sí mismas, pero indican por dónde podrían ir las cosas cuando la justicia española decida finalmente sobre la rebelión, la sedición y la malversación, y las personas encausadas recurran la sentencia ante los tribunales internacionales de justicia.
Existen tribunales supranacionales competentes en estos casos, y los españoles, todos los españoles, tienen derecho a recurrir a ellos. Todo ello forma parte de ese Estado de derecho que es obligatorio respetar por parte de todos. No es el Estado de derecho español (el venezolano, tampoco) un islote autosuficiente; forma parte de un archipiélago de leyes y de decisiones jurisprudenciales que afectan a todas las personas independientemente de su nacionalidad, raza, género, lengua, etc.
Este no es un caso de “en mi casa mando yo, y punto”. Por esa razón, supongo, España no entrega a Venezuela a los opositores al régimen de Maduro que han pedido asilo en nuestro país. Pero lo que vale en un caso debe valer también en el otro. El funcionamiento de la democracia se basa en convenciones comunes acerca de lo que es justo y lo que no lo es, de lo que puede hacer y lo que debe evitar un tribunal o un ordenamiento jurídico determinado, incluso cuando está convencido de tener la razón.
Por eso, entre otras cosas y sobre todas las otras cosas, nos sentimos incómodos con la deriva de los acontecimientos en Hungría, o en Venezuela, o en Brasil, o en la frontera sur de Estados Unidos. En ninguno de esos casos nuestra actitud debería ser la de “no injerencia”.
Por eso, es curioso que a elpais le asomen de pronto esos pujos nacionalistas, populistas y decididamente antieuropeos. Unilateralistas, en una palabra.
 

lunes, 9 de abril de 2018

CONSPIRANOICOS


Dice la sabiduría popular que si algo es blanco, líquido y en botella, hay grandes probabilidades de que se trate de leche. La sabiduría de los Populares, en cambio, sostiene que no. Su tesis es que un topo socialista infiltrado en la cocina se ha zampado el jamón ibérico y ha falseado fraudulentamente todas las pruebas de su existencia para sugerir que lo que había en la nevera era simplemente una botella de leche.
Eso es más o menos lo que ha salido en sustancia del conventículo del Partido Popular en un hotel de Sevilla. Cristina Cifuentes hizo puntualmente el máster presencial en el que nadie la ha visto, sacó varios sobresalientes anteriores a la fecha de su matriculación, redactó la TFM que no consta en ningún lugar y ella misma es incapaz de encontrar, y recibió por ella un Notable en la misma casilla en la que constaba un No presentada. Todo el enredo posterior es culpa de un profesor socialista, que tergiversó a gusto las pruebas documentales porque tenía acceso fraudulento a las mismas. El PP solicita de la ciudadanía ayuda para revertir la horrible trama montada contra Cifuentes. Entre la ciudadanía, el elemento dominante parece ser la rechifla.
El máster de Cifuentes no es un hecho aislado, sino una muestra más del pensamiento mágico y conspiranoico en el que se mueve nuestro partido alfa como el pez en el agua. En la disyuntiva de ajustar su práctica a la realidad, o bien ajustar la realidad a su práctica, elige el segundo camino sin empacho. El único problema es luego gastar la labia necesaria para explicar su actitud como un deber de patriotismo acendrado.
Ahí incide en buena parte el hábito prolongado de ser obedecidos sin rechistar, el ordeno y mando, práctica heredada de viejos sistemas y viejas estructuras, en el que se revela un fondo de taylorismo aplicado a la política. Recuerdan ustedes sin duda a Frederick Winslow Taylor, el ingeniero que decretó que en el interior de las fábricas, a la dirección le corresponde pensar y decidir por todos, y los obreros y empleados subalternos han de obedecer a ciegas todas las indicaciones recibidas de arriba, como requisito inexcusable para el mejor funcionamiento del conjunto.
Pues algo así. El pueblo debe ser inculto y crédulo, en el ordenamiento establecido desde las premisas sugeridas por una gran banca que monopoliza el área de los negocios y recibe el grueso de las ayudas públicas. Y el estamento superior de la política, el de “los nuestros”, debe ser defendido a ultranza, como predica María Dolores de Cospedal, que por algo es ministra de Defensa.
El esquema es perfecto. Solo deja fuera un pequeño detalle: la realidad.
Nada de importancia. Siempre es posible ocultar la realidad, o disfrazarla hasta dejarla irreconocible mediante un aplicado ejercicio conspiranoico.

domingo, 8 de abril de 2018

DERECHO AL PATALEO


“Si la Unión Europea no sirve ni para esto, es que no sirve para nada”, ha dicho sobre poco más o menos Esteban González Pons en Sevilla en una charla a alumnos del Erasmus. Se refería el portavoz del grupo popular en el Parlamento europeo a la negativa de un tribunal alemán a aceptar la imaginativa propuesta del juez Llarena de considerar violencia de alto voltaje la actitud de las abuelas arrastradas por los pelos por la policía nacional y la guardia civil en los vestíbulos de los institutos catalanes de enseñanza media donde se habían colocado las urnas ilegítimas para la consulta o referéndum del 1-O. El secesionismo, no la fuerza pública, sería el culpable último de tanta desmesura; "violencia pasiva", se llamaría a la nueva figura penal.
El PP sigue teniendo aún, después de tantos siglos, una concepción feudal de las alianzas. Rajoy no acaba de creer lo que ven sus ojos. Después de tantas ceremonias del homenaje, tantos pactos de sangre, tantas zalemas en una palabra, a Ángela Merkel, el cuerpo le pedía en este momento apoyo moral para un auto de fe con herejes encapirotados ardiendo en hogueras. Sin embargo, el mensaje que le llega desde allende los Pirineos es que el conflicto catalán debe ser resuelto a partir de otros enfoques, y conforme a normas legales más compasivas y menos excluyentes. Katarina Barley, ministra alemana de Justicia, ha llegado a insinuar que Carles Puigdemont podría no ser extraditado ni siquiera por el delito menor de malversación; insinuación que ha provocado en su colega español Alfonso Dastis la misma reacción que cuando el árbitro deja de castigar la mano en el área de un defensa rival. ¡No hay derecho, árbitro vendido!
El gobierno español pretendía ganar este partido por goleada. Necesita un baño de autoestima, en un momento difícil porque Ciudadanos – que le acusa de flojo en el tema catalán – está tomando una ventaja apreciable por el carril derecho, y Podemos ha progresado por el izquierdo hasta situarse casi a su altura. Y entonces, de pronto, le falla la conexión Merkel, a la que lo había fiado todo para un último golpe de teatro en la recta final de las elecciones municipales y autonómicas.
Hay quien ya sueña despierto en represalias. Federico Jiménez Losantos, siempre sutil y ponderado, ha señalado que las cervecerías alemanas podrían ser objeto de atentados. Es sin duda un paso en la buena dirección: seguro que la cancillera rectifica su negativa obcecada, ante la gravedad de la amenaza contra los intereses nacionales.
Las represalias contra los rebeldes catalanes se centrarían, por otra parte, no en el sector de la hostelería sino en el deportivo. Hay dos iniciativas que están quitando el sueño a los hinchas del Barça, equipo que lleva hasta el momento una temporada deportiva impecable. De un lado Javier Tebas, el baranda de la Liga, persona no ligada directamente al gobierno del PP pero sí a Fuerza Nueva, anuncia que podría suspenderse la final de la Copa del Rey (FC Barcelona-Sevilla) en el caso de que los espectadores piten el himno nacional.
Por el mismo tenor viene la advertencia de Zinedine Zidane, entrenador del Real Madrid. En el caso muy probable de que el Barça haya acumulado ya los puntos suficientes para ganar el título de Liga cuando el Madrid visite el Nou Camp, el equipo blanco no hará el tradicional pasillo a los campeones en el momento de la salida al campo.
Esas dos medidas ejemplares sin duda van a fastidiar muchísimo a los catalanes.
 

sábado, 7 de abril de 2018

LA IMAGINACIÓN DEL PODER


Todo el secreto consiste en que, cuando la realidad fetén, la “tozuda” realidad como la llamaba Marx, no acaba de gustarle, el poder (¿sería más adecuado ponerlo en mayúscula: el Poder?) levanta para su uso particular otra realidad paralela. Con paciencia y pulso, pieza a pieza, como los castillos de naipes. “Imaginación al poder”, escribían los estudiantes en los muros del 68. Pero esto es muy distinto: es la imaginación utilizada desde el poder para dar a la realidad el sesgo que le conviene.
Tenemos tres ejemplos a la vista. Dos en España y uno en Brasil. Dos en sede judicial y uno en sede administrativa. El juicio a Lula, el proceso al procés y la manipulación apresurada de un máster para Cifuentes.
Los jueces brasileños inventaron el delito y las pruebas de la corrupción de Lula, fabricaron un juicio ex profeso y ahora lo van a meter en la cárcel. Lula estaba en condiciones de ganar holgadamente unas elecciones generales que forzosamente tenían que convocarse con los requisitos democráticos prescritos y las garantías al uso; de modo que era urgente sacarlo del carril. Por lo civil o por lo criminal, expresado en la jerga de los comentaristas deportivos. Ha sido por lo criminal. Seguía el ex candidato condenado recorriendo con su caravana de seguidores los pueblos y dando mítines, y en un lugar fue recibido a tiros. Eso da mala prensa al poder, no puede repetirse y la solución es que Lula entre de una vez en la cárcel real como reo de un delito imaginario.
También el juez Llarena, “juez campeador” como lo define certeramente José Luis López Bulla, ha hecho uso de la imaginación. Como Don Quijote, se ha tomado en serio el retablillo montado para entretenimiento del personal por el Maese Pedro de turno, lo ha calificado de “rebelión” perseguible mediante euroorden, y ha arremetido espada flamígera en mano contra los títeres. Hay una intención también detrás de sus maniobras, un objeto oscuro del deseo: borrar del mapa el movimiento independentista. El caso es que el independentismo sí existe en la realidad banal; que tiene un apoyo cuantificado, que cuenta con órganos y portavoces, que actúa desde un poder (este necesariamente con minúscula) capaz como cualquier otro de inventarse un relato adecuado a sus fines. El choque de trenes de las dos imaginaciones contrapuestas está dejando la realidad banal hecha unos zorros. Como ocurre en Kenya, ha aparecido en Cataluña un Rift Valley de cientos de kilómetros de longitud, y cualquier nuevo movimiento telúrico agranda y ahonda la brecha. Eso al poder (a los poderes contrapuestos) no le importa. Desde ambas trincheras se especula con que la brecha desaparecerá mediante la aplicación de unos documentos bien conformados, signados y sellados, que especifiquen por un lado que lo que hay es una rebelión violenta; del otro, que se trata de un ejercicio inocuo de libertad de expresión.
La tragedia se reproduce en clave de farsa en el caso del máster realizado por Cifuentes con todos los requisitos legales pero fuera de plazo, sin comparecencia presencial y con las firmas de los directores y vocales falsificadas. Todo a mayor gloria de una lideresa deseosa de saltar de una delegación del gobierno al gobierno directo de una autonomía.
Veremos cómo acaba la historia. La primera reacción del PP, congregado en Sevilla para unos ejercicios espirituales, ha sido cerrar filas. Cospedal ha sido muy explícita: no va a dejar que la realidad le arruine un buen relato. Eme Punto también se ha manifestado, pero distraído, como pensando en otra cosa. Lo suyo, dada su condición de  gallego, es templar gaitas. Veremos por cuánto tiempo, dado que el liderazgo de Cifuentes es tan solo una variable dependiente de otros liderazgos colocados al presente al albur de un voto popular bastante errático y no poco escamado.
Cifuentes, como Llarena, como Puigdemont y como Michael Temer, el atribulado presidente de Brasil, recita mientras tanto el mantra que puso en circulación hace ya algunos años Terenci Moix: «No digas que fue un sueño.»
 

jueves, 5 de abril de 2018

REBELIÓN, SEDICIÓN Y MÁSTER FUL


La justicia alemana, tal vez vestida con blusa de lunares, se ha empeñado en hacerle una letizia a los jueces españoles, y por extensión a los entusiastas ministros Zoido y Catalá, a los que hemos visto escasos días atrás coreando a voz en cuello “El novio de la muerte” en una procesión religiosa armada que desfilaba, intimidadora, por el centro de Málaga.
La justicia alemana es una sosa y una antipática. Eme Punto Rajoy ha manifestado su máximo respeto por el veredicto, pero solo porque no está a su alcance ninguna forma humana de no respetarlo. Puchi está varado de momento en un lugar inaccesible para la Brigada Acorazada Aranzadi, el Schleswig-Holstein lo llaman, lugar incógnito del que lo único que se sabe es que cae muy lejos de Pontevedra.
─ ¿Cómo de lejos, como Mondoñedo?
─ Mucho más, no vas a comparar.
Eme Punto ha resaltado el dato incontrovertible de que el juez no es español. Le ha faltado añadir que, de haber sido español, se iba a enterar deprisita de lo que vale un peine. De haber sido catalán, más aún. Se le habría caído el pelo. El ex major Trapero ha sido procesado por la jueza Lamela, de la Audiencia Nacional, por un delito de sedición, ahí va que bufa. Aquí no somos de arreglar los estropicios con cataplasmas ni medias tintas.
Podría acompañar a Trapero en la trena, aunque no con una gran probabilidad, la presidenta de la Comunidad de Madrid Cristina Cifuentes, culpable de hermosear su currículo de triunfadora con algunas firmas falsas que atestiguaban la presentación y calificación académica de un trabajo que es incapaz de enseñar al presente dado que lo tiene metido en alguna caja de las que aún no ha abierto desde su última mudanza.
Trapero ha sido destituido. Puigdemont se inhibe (a medias) y ha vuelto a designar a Jordi Sánchez como su sucesor en la Gene a todos los efectos virtuales. Cifuentes no dimite, ni es destituida, ni tampoco todo lo contrario. A la espera de una moción de censura inminente, ella flota ingrávida en el limbo particular de las rubias platino, una especie de burbuja de colores sin contacto ninguno con la realidad exterior.
Más le habría valido hacer una escapada a Málaga esta semana santa pasada. El Cristo de la Buena Muerte tiene mucha mano en milagros tales como hacer aparecer oportunamente exámenes extraviados. Sobre todo si la petición de la gracia se acompaña cantándole con mucha convicción y buenos pulmones: “Soy la rubia a quien la suerte / hirió con zarpa de fiera…”
 

miércoles, 4 de abril de 2018

EMPANTANADOS EN EL DELTA


Joan Coscubiela ha escrito un libro sobre su experiencia personal y la colectiva de su pequeño grupo de diputados (la “patrulla japonesa”) en el Parlament de Cataluña durante el tiempo en que la mayoría oficial de diputados/as desarrolló complejas maniobras para forzar una declaración unilateral de independencia de muy escaso recorrido, por no hablar de lo que sucedió luego. Coscubiela añade al relato de las vicisitudes vividas un análisis circunstancial en torno a la estrategia independentista ─marcada siempre por la astucia, y no por un programa─, y algunos atisbos de cuál podría ser la vía para desencallar una situación inestable en riesgo de pudrirse rápidamente.
El libro fue escrito, según aclara en la página de agradecimientos, en siete semanas y media, lo que mejora en dos semanas enteras la performance de Kim Bassinger y Mickey Rourke en aquella película de Adrian Lyne. Mi felicitación al autor. Es cierto que el apresuramiento se nota, y que muchas aristas del tema se omiten o son objeto de una simplificación excesiva. Con todo, el libro tiene la virtud de dejarse leer con la voracidad de un thriller de marca. Y contiene imágenes brillantes, como la comparación de Cataluña con el delta del río Okavango.
El Okavango forma en el norte de Botswana un enorme delta, como se lo llama comúnmente ─aunque más apropiado sería hablar de un pantanal─, de 15.000 km2, que en la temporada de lluvias llega a los 22.000. Cataluña, por su parte, tiene 32.106 km2, no muchos más. El Okavango no llega nunca al mar, como sería normal en un curso de agua de su volumen e importancia, sino que sus aguas acaban por perderse en el secarral del desierto de Kalahari, una de las zonas climáticas más áridas del mundo. El curso “natural” del independentismo catalán, por su parte, se agota y se pierde en otro desierto de características diferentes pero no menos inhóspitas (esto no lo dice nunca Coscubiela; pero se adivina). El resultado en ambos casos es un empantanamiento descomunal, y en el caso del río la creación de un hábitat privilegiado para una abigarrada colección de fauna salvaje. Por ejemplo, en el delta del Okavango hay más elefantes por km2 que personas. Los grandes rebaños de búfalos han desarrollado estrategias de grupo para defenderse de los leones, que se alimentan casi en exclusiva de ellos; y los leones, por su parte, son los únicos en toda la redondez de la Tierra que saben nadar, porque de otro modo no podrían sobrevivir.
El delta del Okavango ha pasado a formar parte del patrimonio natural mundial en 2014, y es objeto de una protección especial. Quizá sea ese un destino deseable también para Cataluña; no sería una mala solución desde el momento en que una salida a mar abierto resulta, incluso en metáfora, totalmente inviable.
Elisenda Alamany, portavoz del grupo de los Comuns,  ha propuesto salir del impasse político creado en la autonomía con un gobierno formado por personalidades independientes de prestigio, bajo la dirección de una figura que debería tener señas de identidad progresistas y no formar parte del grupo de JxCat. Ellos/ellas encabezarían una legislatura reducida, de tan solo dos años, en los que se dedicarían a deshacer los nudos gordianos más peliagudos que bloquean la situación. Coscubiela llama a una operación de este tipo «pactar el desacuerdo», a la espera de un curso más favorable de la evolución de las cosas.
Habida cuenta de que es una incógnita cuándo y cómo acabará la labor frenética de los jueces, caducará la vigencia del 155 y el país recuperará sus instituciones autonómicas, dar el necesario paso adelante para liderar una salida tan precaria, condicional y a medias, resulta un marrón monumental para las eventuales personalidades de prestigio que se presten a ello, no cabe duda. Pero el patriotismo se demuestra en estas andaduras mejor que en precipitadas fugas a Suiza o Bélgica, o que en las barreras de neumáticos quemados y el asalto a los peajes en las autopistas, según propuesta de los CDR, comités de defensa de la República sin padre ni madre conocidos, aunque muy apegados a la ANC, Assemblea Nacional de Catalunya, y a la llamada "CUP de comarcas" para distinguirla del modesto aparato central.
Si en definitiva no cuajara la difícil propuesta de Alamany, propongo que se solicite a la UNESCO la declaración formal del pantanal catalán como patrimonio de la humanidad y área protegida de la biosfera. Aquí no nos faltan elefantes ni leones, siquiera sea en metáfora. Atraeremos a los turistas y quizá pueda, a fin de cuentas, celebrarse la famosa regata suspendida por falta de sponsors.
 

martes, 3 de abril de 2018

GUSTO POR EL GÉNERO


Se  me ha muerto Paco Camarasa, el Virgilio que me guiaba por los vericuetos del “Inferno” negrocriminal, y me ha dejado huérfano y sin palabras.
Ha sido una muerte anunciada, es cierto. Anunciada por él mismo, cuando le llegó el duro veredicto de los doctores y primero se vio obligado a restringir la ubicuidad portentosa que le permitía estar en cualquier foro donde se encendiera una candela literaria con la que alumbrar la negrura criminal, además de organizar eventos multitudinarios como BCNegra, y es solo un ejemplo. Luego empezó a espaciar los mails en los que nos daba cuenta a los iniciados de las novedades aparecidas en los distintos sellos editoriales; de las trampas con las que se ofertan productos publicitados como “lo último de Fulanito” pero que son obras ya publicadas años atrás a las que se cambian el título y la portada; y también, ay, de las sucesivas e inevitables defecciones en nuestras nutridas filas, por causa de muerte. La penúltima, la de Philip Kerr, casi un recién llegado al círculo de los leales.
Antes aún, apenas en 2015 y no por problemas de salud sino por las estrecheces de la economía, se había visto obligado a clausurar su guarida (y de Montse Clavé, “la librera”) en el corazón de la Barceloneta. Tan bien publicitaban el género los dos libreros, que los beneficios de su esforzada misión fueron a recalar en plataformas de distribución mucho más poderosas, con puntos de venta en lugares mucho más céntricos y espaciosos que el modesto local de la calle de la Sal. También publicó Paco una guía del género, Sangre en los estantes, ecléctica y casi completa, que ha entrado por derecho propio en la categoría de los best-sellers.
A esto último voy a referirme. El “género” no está incluido en el canon literario occidental (por fortuna). Se lo considera un accesorio prescindible para la alta cultura, lo cual sin duda es cierto en un momento en el que prácticamente todo es prescindible, incluida la alta cultura. También hay autores empeñados en “romper los moldes” del género con obras que no nos resultan del todo sorprendentes ni originales por la razón de que el género no es así, porque carece de moldes propiamente dichos. Y lo que gusta al lector no es el “género” por sí mismo, una especie de fondo de armario indiferenciado, sino esta obra concreta, y no en cambio la otra.
Podemos comprobarlo fácilmente recorriendo las páginas de Sangre en los estantes. Cada cual puede encontrar allí sugerencias y juicios ponderados, pero ninguna jerarquía, ninguna sentencia tajante, ninguna imprescindibilidad anunciada a son de clarines.
Es una disposición cordial e inclusiva que apreciamos muy en particular quienes sentimos gusto por el género. Quienes nos hemos sentido cómodos siguiendo las indicaciones discretas de Paco Camarasa a lo largo de tantos años.
 

lunes, 2 de abril de 2018

MALDICIONES BÍBLICAS


El “relato” del independentismo catalán, ese ingrediente tan importante según los expertos para la eficacia del planteamiento reivindicativo de fondo, tiene fuertes puntos de contacto con dos de los relatos más exitosos del canon cultural de la humanidad: de un lado la aventura de Don Quijote, que un buen día optó por hacer abstracción de las coordenadas que limitaban su existencia y se trasplantó a sí mismo a una esfera más alta, para su desgracia desconectada de la realidad factual; de otro lado, el Éxodo de los israelitas desde el Egipto que los esclavizaba hacia la Tierra Prometida, donde les esperaba una vida más armoniosa y feliz si conseguían mantener la unidad de propósito y la unidad de mando que garantizara la protección permanente de Jehová.
El muy honorable Carles Puigdemont acaba de lanzar desde su celda en Neumünster el mensaje de que, estando preso, es (y somos todos los catalanes con él) más libre de espíritu que nunca, y que la jornada del 1-O, de la que ayer se cumplieron seis meses justos, marcó un punto de no retorno en la peripecia de un pueblo hacia su independencia.
No serviría de nada, pero mi primera reacción es gritarle, como un moderno Sisco Pança: “¡Mire vuesa merced que no son gigantes, que son molinos!” Da la sensación de que Puchi está empeñado en una batalla ficticia contra un enemigo ficticio también, pero que las aspas muy reales del molino de viento que no ve lo van a apalizar de todos modos, sin que él llegue a ser consciente de qué manera.
De otro lado la aventura del Éxodo, vista en perspectiva, acabó bastante mal. Hubo una travesía del desierto de cuarenta larguísimos años sobrellevados gracias a la intendencia puntual de maná y al complemento proteínico suministrado por las plagas de langostas; se hicieron coyunturalmente sacrificios al becerro de oro; Moisés no llegó a ver nunca la Tierra Prometida, y Josué hubo de detener el curso del sol durante algún tiempo ─hazaña que tiene cierto regusto a las modernas horas extraordinarias─ para poder ganar la batalla decisiva. Aun así, diez de las doce tribus que emprendieron el fatigoso camino hacia la autorrealización se perdieron para siempre, y siglos después del éxodo sobrevino la diáspora, que fue en todos los aspectos mucho peor que todo lo anterior.
La connotación de Pueblo Elegido acarrea consigo una maldición, tanto desde las leyes de la caballería a las que atendía escrupulosamente Don Quijote, como desde las de la Biblia en verso, que arrastraron a los judíos a varios holocaustos sucesivos antes de situarlos en la privilegiada situación que ocupan ahora, en la que su principal distracción parece consistir en masacrar palestinos.
Sería este un buen momento para reflexionar sobre si es eso lo que queremos, como colectivo. Dicen algunos que los pueblos felices son aquellos que no tienen historia. No llego yo a tanto, pero sí me veo capaz de sostener que son más felices los pueblos capaces de contener su historia en sus justos límites, sin dejar que la emoción por el pasado se desborde y encharque el presente.