martes, 25 de septiembre de 2018

UN MOSAICO Y UN RINCÓN


(Viaje a Eslovenia)

Desde el aeropuerto de Zagreb nuestros autobuses tomaron la dirección norte y entraron en el ángulo nordeste de Eslovenia, en dirección a Maribor.
Maribor
Es la capital de la región de Estiria, en los Prealpes, una tierra productora de vino y de manzanas. La riega el río Drava, cruzado por varios puentes. Nudo de comunicaciones, tanto por carretera como ferroviarias. Una capital regional austríaca, Graz, queda a poco más de 50 km, al norte. De hecho, a finales del siglo XIX también Maribor fue una ciudad austríaca; se llamaba Marburg an der Drau, y tenía un 80% de población germánica y un 20% de eslavos del sur (eslovenos). La proporción se invirtió al final de la primera Gran guerra. Con el Anschluss de Hitler la ciudad fue devorada de nuevo por la Gran Alemania, y después de 1945 la población germánica que aún quedaba en ella optó por emigrar.
La ciudad cambió en su composición humana, pero la piel siguió siendo la misma. Desde la orilla izquierda del río, que bordea la antigua muralla, el terreno asciende por una colina en la que se asientan, en escalones sucesivos, la plaza, la catedral y el castillo, hoy museo. Más arriba quedan el parque y el lugar encantador de los Tres Lagos, donde comimos.
Los edificios, los monumentos y las calles del centro histórico se conservan bien y muestran, si no opulencia, un aire de prosperidad. La guía nos contó que aquí la última crisis global ha repercutido de forma muy grave. Varias industrias cerraron las puertas; el desempleo es alto. “Pero la gente de Maribor conserva intacto su orgullo”, añadió. Signifique ello lo que signifique.
Un mosaico
Maribor ejemplifica la situación particular de Eslovenia. Participa del mundo alpino; se sitúa en el extremo occidental de Panonia, la gran llanura que se extiende por la Vojvodina y la puzsta húngara, avenada por el Danubio y sus afluentes; y tiene comunicación fácil tanto con Liubliana como con Zagreb. En apenas veinte mil kilómetros cuadrados (Cataluña tiene 32.000) y con solo dos millones de habitantes (7 mill. en Cat), Eslovenia “toca” los Alpes por el norte, el Mediterráneo por el sur, y se abre al conglomerado de los Balcanes por el sudeste. Es un mosaico singular y muy atractivo de paisajes y de culturas.
Un rincón
La posición geoestratégica en relación con Europa también es peculiar, encajada como está entre el Norte y el Sur, en el eje vertical, y entre el Este y el Occidente en el horizontal. Tiene fronteras con Italia, Austria, Hungría y Croacia. Una situación ambivalente. Se puede argumentar que forma parte de todo, pero también que no forma parte de nada, que es un mero y simple rincón de Europa, a trasmano de las grandes líneas de comunicación europeas y de los ejes fluviales de la zona: el Rin y el Danubio. Budapest queda a 462 km de Liubliana; Viena a 375; Milán a 495; Munich a 408; Praga a 649. Son distancias asequibles, pero nada de todo ello queda “de paso”, las barreras naturales son considerables. El aeropuerto de Liubliana cubre solo algunos vuelos internacionales, y se estudia reservarlo en exclusiva al tráfico de mercancías. A todos los efectos, la “puerta grande” de entrada al rincón esloveno es la autopista de 134 km entre Zagreb y Liubliana.
En Radovljica vi colgado de una pared un mapa sucinto del paso del Camino de Santiago por territorio esloveno, en época medieval. El esquema era el mismo de hoy: la ruta jacobea llegaba a Liubliana desde Zagreb, y allí se bifurcaba en dos ramales: el principal bajaba a Trieste (Trst en esloveno) para continuar por el norte de Italia, y el secundario iba a Bled y cruzaba luego los pasos de los Alpes, por Tarvisio hacia Venecia y Verona, o por el Wurzenpass en dirección a Villach.
Los caminos de salida son problemáticos; no así el eje Zagreb-Liubliana, que transcurre por un terreno no exactamente llano, pero sí rápido y cómodo.
Ahí, sin embargo, se presenta un inconveniente de otro tipo: el aborrecimiento de los eslovenos hacia sus vecinos croatas solo es comparable con el recíproco de los croatas hacia los eslovenos.
Uno estaría tentado de decir que se trata de dos naciones “condenadas a entenderse”, a la larga. La historia nos cuenta una historia diferente: Eslovenia y Croacia solo se han sentido enteramente satisfechas cuando han establecido una frontera entre ambas.
 

lunes, 24 de septiembre de 2018

TEORÍA Y PRÁCTICA DEL VIAJE CIRCULAR


(Viaje a Eslovenia)

Carmen y yo hemos pasado ocho días de viaje colectivo por Eslovenia y, un poco, también por Croacia. He sido amablemente emplazado a contar ese viaje por personas muy estimadas de la Federación de Pensionistas de CCOO de Catalunya. Es un honor para mí. No voy a tener la pretensión de componer una crónica de las cosas que sucedieron; eso sería picar demasiado alto por una parte, y por otra quedarme más o menos en la mitad de la historia, si hago caso de esa observación tan interesante de Carlos Marx, cuando dice que lo importante no son las cosas en sí, sino las relaciones entre las cosas.
En fin, lo que me propongo hacer (y si sale con barba será un sanantón, y si sin ella una purísima), es tomar el camino de en medio y dejar escritas una serie de notas, o apuntes, o impresiones, de viaje, muy subjetivas. Cada cual verá si le traen el recuerdo remoto de lo vivido, y si le sirven de algo, o no.
Empiezo por la teoría. Un viaje circular se define como aquel que empieza y acaba en el mismo punto. El modelo que ha quedado para siempre de viaje circular ─ en realidad, de todos los viajes posibles ─ es la Odisea. Ulises salió de Ítaca y volvió a Ítaca. Dicho así, no parece cosa de mucha sustancia.
El intríngulis fue que el viaje duró mucho, y ocurrieron muchas cosas ─ antes, la guerra, el truco del caballo de madera, la matanza impía de los troyanos; luego, a lo largo del viaje, mil contratiempos tales como laberintos con sirenas, cuevas con cíclopes, hechiceras, naufragios, descensos a los infiernos para un rato de cháchara con los colegas muertos ─, de modo que el punto de llegada solo fue geométrica y geográficamente igual al de partida. Sentimentalmente, no. Por en medio se había producido una mutación, y ni el mundo era el mismo que había sido antes, ni Ítaca estaba igual (recuerden, solo el perro reconoció a su amo bajo los andrajos del disfraz), ni Ulises, finalmente y esto es de la mayor importancia, era el mismo que había partido de la isla diez años antes.
Tres notas significativas complementan esta descripción general. Recurro para explicarlas a tres autoridades consagradas. Tres poetas, nada menos.
Primera nota: lo importante en un viaje no es el destino final, sino el viaje mismo, según el griego radicado en Alejandría Costas Cavafis. Conclusión: es un error fatal viajar distraído. Dijo John Lennon que todas las cosas importantes suceden mientras estamos absortos en otras ocupaciones. Cuidado, pues; durante un viaje lo importante es el viaje, no lo que teníamos entre manos antes, no las cosas que nos esperan a nuestro regreso. El viaje no es un entreacto ocioso, sino un pedazo significativo de nuestra vida íntima y de nuestra vida social.
Segunda nota: en frase del latino Horacio, no es suficiente cambiar de cielo si no se cambia además de alma. Si uno/una sigue siendo antes, durante y después del viaje, exactamente igual a como era, el viaje es inútil. Hay almas de consistencia rocosa, impermeables a las influencias y a las inclemencias, firmes como el escollo que golpea inútilmente la ola. No tienen por qué molestarse en viajar. Los viajes representan un provecho solo para almas de características distintas: almas porosas, flexibles, ingenuas (volveré sobre este adjetivo en otro momento) como los suelos kársticos que hemos visitado, por cuyas profundidades corren ocultos a la vista ríos subterráneos que generan paisajes paralelos poblados de formas fantásticas.
Tercera nota, dicha con un alejandrino del renacentista francés Joachim Du Bellay: “Heureux qui comme Ulysse a fait un beau voyage”. Feliz quien como Ulises ha hecho un largo viaje y ha vuelto junto a los suyos rico con la experiencia de lo aprendido (plein d’usage et raison). El galardón final de un viaje perfecto es la felicidad, por lo menos temporal y condicionada. La felicidad no es poca cosa: es un artículo raro, no se encuentra en las tiendas de souvenirs ni lleva prendida la etiqueta del precio. Quien va a su encuentro lo hace siempre por cuenta propia, y no pocas veces también a propia costa. Porque la libertad y la felicidad tienen la característica contradictoria de que únicamente se dejan atrapar por quienes están dispuestos/as a sacrificarlas por el ideal de una vida mejor para todos.
Fin de la teoría.
Un último añadido en este “pórtico” a Eslovenia. El éxito de un viaje colectivo depende del buen trabajo de los organizadores, por supuesto, pero también de la buena actitud de los organizados. En el caso concreto, las dos partes hemos rayado ─ lo digo con inmodestia ─ a una altura considerable. Expreso aquí mi gratitud a quienes se ocuparon de los detalles fastidiosos de la organización para que todo transcurriera sin sobresaltos ni incomodidades, y también a todos/as los/las compañeros/as de viaje. A unos/unas les conocía de experiencias buenas y malas compartidas bastantes años antes, y ha sido un placer volverles a encontrar. Otras caras eran nuevas para mí, pero venían de una misma cultura de fondo, de una sensibilidad común y de un punto de vista compartido sobre las cosas que ocurren a nuestro alrededor y sobre cómo afrontarlas.
De modo que todo ha ido sobre ruedas y por sus pasos contados. Ruedas de dos autocares, pasos dados con osadía y determinación por los recovecos más extraños.
Lo iré contando.
 

viernes, 14 de septiembre de 2018

SECUELAS DE LA DIADA CATALANA


Pasó otro 11-S. Una vez más, la concentración en Barcelona fue un éxito. Una vez más, las autoridades procesistas se dedican a convertir ese éxito de público en un “mandato” popular para la independencia, imposible de desobedecer sin “traición”. Ignoran las cifras electorales, las garantías legales, los quórums fijados para la validez de los procedimientos, y se detienen únicamente en la foto: cientos de miles de personas apiñadas en la Diagonal, distinguibles por el color rosa eléctrico de sus camisetas.
No es nueva la pretensión de sustituir el voto secreto por el plebiscito público, la pluralidad de puntos de vista por la unidad de propósito, y la reflexión racional por la aclamación masiva. Anteriores intentonas en ese sentido tuvieron efectos desastrosos para la sociedad democrática; convendría que lo tuvieran en cuenta quienes hoy basan la legitimidad de sus actuaciones en esa “vídeo democracia”, o “democracia plebiscitaria”, o “democracia de la audiencia” (de las tres maneras etiqueta el fenómeno la politóloga italoamericana Nadia Urbinati).
Releo las páginas dedicadas al tema por la autora citada, en Democracy disfigured (Harvard University Press, 2014; lástima que no haya traducción española de un libro así). La defensa más consistente de tales métodos ha sido la de un jurista no precisamente demócrata, Carl Schmitt. Schmitt opuso al secreto del voto el plebiscito público. El concepto de “público” tenía para él la connotación de “lo que se ve”. Lo que no se ve, el ámbito de lo privado, no debe entrar en consideración para la política, escribió el autor alemán en La crisis de la democracia parlamentaria; y la reflexión, la meditación, la decisión sopesada con cuidado, no se ven: son invisibles a todos los efectos. Por eso, concluye Schmitt, el público solo tiene valor cuando está junto, cuando expresa una opción nítida y visible para todos, cuando utiliza la soberanía que se le supone para configurarse a sí mismo como público.
Es como mínimo curiosa la argumentación de Schmitt al respecto. El libre albedrío y el voto en conciencia, dice, son más bien patrimonio de la religión reformada, es decir cosa de protestantes. Schmitt se apoya, en cambio, en la doctrina católica de la transubstanciación. Así, del mismo modo que Cristo está presente en la Eucaristía, la soberanía del pueblo se hace presente como epifanía en el plebiscito. En los dos casos, la forma crea la sustancia. Al ser consagrada, la Hostia “se convierte” en el cuerpo de Cristo, y del mismo modo la aclamación popular se encarna en cuerpo (¿místico?) del pueblo. La imagen sustituye al discurso, la unidad visual de una multitud se convierte en la revelación de la presencia de una “entidad misteriosa” que escapa a toda comprensión racional.
La soberanía popular cambia así el significado que le atribuían los viejos liberales del siglo de las luces, y pasa a señalar la lucha por “producir e imponer una determinada visión de la palabra”, según comentó en su crítica a Schmitt el sociólogo francés Pierre Bourdieu.
Para el president catalán Quim Torra, como para Carl Schmitt y disculpen la forma de señalar, no existe en la noción de “pueblo” (catalán) ni diversidad, ni pluralidad, ni contradicción. De la imagen de la Diagonal rebosante de pueblo catalán, del mismo modo que de la de los colegios electorales catalanes el pasado uno de octubre, emerge un mandato inequívoco emitido por un pueblo transustanciado. Quienes vemos toda esta cuestión de forma distinta, no contamos. No es posible relativizar la Fe verdadera.  
 

Nota.- A partir de mañana emprendo una excursión colectiva a la que no voy a llevar mi ordenador portátil; estos “contrapuntos” quedarán, pues, interrumpidos durante una semana al menos. Si tal circunstancia representa, no ya un alivio, sino una molestia para algún lector, le ruego sinceramente que me excuse.

 

jueves, 13 de septiembre de 2018

MASTERS DEL UNIVERSO


Es paradigmático de nuestra época que un hombre como Albert Rivera, que jamás ha incurrido en la funesta manía de pensar y se metió en la política con la sana intención de no dar un palo al agua el resto de su vida, vaya acusando a otros de plagiar las tesis académicas que presentaron en su día. A Albert le escriben otros sus discursos y se equivoca él al pronunciarlos, pero de pronto lo escandalizan las cosas que se hacen en el mundo ignoto para él de los masters del universo.
De pronto. No le ocurrió con Cifuentes ni ha tomado ninguna posición respecto de Casado, pero se despertó sobresaltado con Montón y ahora le ha entrado el prurito con Pedro Sánchez, el hombre que le desbancó de la condición de favorito a protagonizar un “cambio sensato”, o dicho sea con plagio descarado de Lampedusa, a cambiarlo todo para que nada cambie.
Rivera se afana en resolver el problema catalán cortando lazos amarillos, y ambiciona acabar con la corrupción en España poniéndole la proa a la tesis doctoral de Sánchez. No puede decirse que brille por la ambición y la calidad de diseño de sus expectativas, ni que sus proyectos incorporen un largo recorrido. Solo atiende a los sondeos para comicios inmediatos, más allá no hay nada; en términos ferroviarios, se trata de un político de rodalies, que para en todas las estaciones y apeaderos y acumula retrasos en el horario. Exigir de otros la originalidad de que se carece hasta extremos tan penosos, es sencillamente risible.
De otra parte, puede que la originalidad en los textos universitarios esté sobrevalorada. En cualquier caso, se trata de una cualidad rara. Lo normal es que cada doctorando se remita en su trabajo a una bibliografía copiosa y espigue en ella para destacar con especial insistencia a las autoridades favoritas de su director de tesis y/o del presidente del tribunal académico que ha de valorarlo. Una cosa es gestionar un “cum laude” siguiendo las pistas marcadas anteriormente por docenas de generaciones de meninges universitarias exprimidas, y otra, muy distinta, sacar premio por la patilla en la lotería a ciegas de la URJC. Para Rivera y ABC todo es uno y lo mismo. Y no.
Tampoco la originalidad y el do it yourself son siempre objeto de alabanzas. Leo un caso significativo en la prensa del día: Nancy Crampton-Brophy escribió un libro titulado Cómo matar a tu marido, y ahora ha sido oficialmente acusada de matar a su marido.
 

miércoles, 12 de septiembre de 2018

FRANÇOISE HARDY Y NUESTRA EDUCACIÓN SENTIMENTAL


(chucherías del espíritu)

Sigue cantando a los setenta y cuatro tacos y después de superar un cáncer linfático. Cuenta ella misma que estuvo convencida de que le había llegado la hora, y que lo sintió solo por su hijo.
En el vídeo de su última canción compruebo que sigue siendo tan bella ─ una belleza íntima, pensativa, introvertida ─ como siempre. La canción se titula Personne d’autre, “nadie más”. Los tiempos han cambiado, y Françoise Hardy no canta ahora al amor, sino a la muerte: «Una señal como una llamada, una tonada intemporal, nadie más que tú para escucharla.» La última frase de la canción expresa sometimiento, resignación: «Bajo los brazos, desolada.»
Fue en los sesenta, los años más felices de la historia de la humanidad si hemos de creer a los historiadores (pero en España los vivimos bajo una dictadura), cuando aprendimos de ella la expresión “copine”, y ella fue nuestra copine de referencia, casi la única posible.
Siempre muy seria bajo su melena lacia y larguísima, y sin embargo acogedora, amigable; ejercía habitualmente de virgen severa, pero también en un momento dado era capaz de entregarse entera, “par amour”. Durante un tiempo limitado, es claro, porque la vida pasa deprisa y “l’amour s’en va”.
No era esa canción precisamente la que me daba escalofríos, por más que la doctrina oficial de la santa madre omnipresente, para nosotros los jóvenes, era que el amor es algo para siempre, como una vajilla de Duralex; y el primer deber que nos imponían las muchachas en flor si pretendíamos su amistad inocente era que querían vernos en misa. En las primeras filas y de rodillas, preferentemente.
La canción de Françoise que me impresionó en especial entonces fue J’suis d’accord, “estoy de acuerdo”. La letra era sencillamente terrible: «Estoy de acuerdo en que juntos somos felices / Estoy de acuerdo en que los dos nos esforzamos tanto como podemos en ser mejores / Esto quizá puede durar aún uno o dos meses más / Siempre que no me pidas que vaya a tu casa.»
Nuestra educación sentimental nos dejaba muy pocas salidas, cuando Françoise Hardy y yo fuimos jóvenes.
 

martes, 11 de septiembre de 2018

ADIÓS, SORAYA, ADIÓS


Soraya Sáenz de Santamaría abandona la política, y en las profundidades abisales del Partido Popular se hace casi sonoro un suspiro de alivio.
Vistas las cosas desde una perspectiva más amplia, seguramente no es únicamente Santamaría la que nos deja abandonados a nuestra suerte, sino toda una concepción de la política. Ella es abogada del Estado; una categoría jerárquica similar a la del druida en la aldea gala.
Cuando mi padre ─ disculpen estas rememoraciones familiares que no tienen interés para nadie que no sea yo mismo ─ se dio cuenta del interés aún difuso y desenfocado que yo sentía por la política en mi época de estudiante, me recomendó que antes incluso de acabar la carrera empezara a preparar oposiciones a abogado del Estado. Él no lo era, aunque sí funcionario, y tenía un sentimiento ambivalente de amor-odio hacia ellos. “Pasarás unos años fatales, de estudio exclusivo y muy intenso” ─ me dijo ─. “Pero si lo consigues, tendrás un puesto seguro y bien pagado para el resto de tu vida, y tiempo y oportunidades de sobra para dedicarte a lo que más te guste, ya sea la política o el ajedrez.”
No le hice caso, por demás está el decirlo, y nunca he llegado a ser nadie ni en la política ni en el ajedrez. Recuerdo aún, con todo, el aforismo que él me repetía a veces, muy frecuente en la administración pública de aquella época (la franquista): «Hay un alto cargo disponible para cada abogado del Estado, y un abogado del Estado disponible para cada alto cargo.»
Igual que ahora los políticos se adornan con másteres dudosos, entonces la abogacía del Estado era la guinda que coronaba los currículos más granados de los aspirantes a ejercer funciones públicas. Santamaría ha sido probablemente la última de la antigua tribu de los mohicanos irreductibles. Se van de golpe ella, la colección Aranzadi de legislación y jurisprudencia infaltable en tiempos en todas las antecámaras de los notables, y todo un modo de enfocar las cuestiones políticas desde una burocracia situada en lo más alto que implementaba soluciones tecnocráticas para todas las menudencias conflictivas que afligían episódicamente al común de las gentes. ¿Se acuerdan de cuando Gonzalo Fernández de la Mora publicó El crepúsculo de las ideologías? No, claro. Aquello ocurrió a mediados de los años cincuenta del siglo pasado; ustedes nunca oyeron hablar del libro ni de su autor.
Soraya procede en línea recta de aquella veta de pensamiento. Deng Xiaoping hizo su propia contribución a las ideologías crepusculares desde el otro bando simétricamente considerado: «Me da igual que el gato sea blanco o negro, con tal de que cace ratones.» Hoy lo que se lleva es una ideología mucho más heavy, una preparación política más light, y un aprendizaje teórico-práctico bastante elemental y rudimentario.
Quizá sea por eso que los políticos de hoy nos duran tan poco. No es el caso de Santamaría, sin embargo; conviene evitar las confusiones. Si ella se va es porque ha mandado mucho y no se resigna a volver a ocupar un puesto anónimo en el rol de la tripulación. Quien ha sido patrón ya no vale para marinero.
 

lunes, 10 de septiembre de 2018

CUANDO SOLO SOMOS UNOS "MANDAOS"


La pérdida de los contratos militares con Arabia Saudí era desequilibrante para nuestra economía; las posibles represalias saudíes, desestabilizadoras para nuestra diplomacia. La situación, informan fuentes del gobierno, ha podido “reconducirse”, y finalmente se fabricarán en San Fernando las cinco corbetas que nos reportarán 1.800 millones en petrodólares. En cuanto a la anunciada cancelación de la venta de 400 misiles con guiado láser susceptibles de ser utilizados contra los rebeldes de Yemen, la portavoz gubernamental, Isabel Celáa, ha aclarado que solo se trataba de una “mera declaración de intenciones, no consumada”. Quiere decirse que sí se venderán los misiles. Algunas fuentes, no identificadas en las crónicas periodísticas, expresan el temor de que, a pesar de todo, el “resbalón” declarativo del gobierno “pase factura”.
Todo ello se inscribe en la vigencia de facto de una serie de ecuaciones encadenadas: lo primero de todo son los puestos de trabajo, los cuales dependen de la prosperidad de las empresas, las cuales, para mantener la carga de demanda suficiente para optimizar los resultados, aceptan cualquier contrato que restaure los equilibrios puestos en riesgo; y en el espacio público el gobierno, la diplomacia, el CNI y tutti quanti, están moralmente obligados a facilitar al sector privado el camino por esta senda de los negocios, en contra y a pesar de todas las ideologías subsumidas en la operación.
La síntesis apretada de un proceso tan complejo nos la da hoy El Roto con el eslogan que surge del hongo de una explosión nuclear: «¡Las bombas dan trabajo!»
Estamos todos perdidos si no reformulamos toda la serie de ecuaciones desde el principio mismo.
1) Lo fundamental no son los puestos de trabajo, sino el sentido mismo del trabajo: el qué, el cómo, el para qué y el para quién. Cuando los equilibrios de la contabilidad de la empresa son contradictorios con equilibrios de un radio mucho más amplio (la paz y la guerra, el aplastamiento de débiles e inocentes, el cambio climático con sus secuelas de catástrofes “naturales”), estas variables deben ser incluidas en la ecuación y condicionar la conducta de los agentes sociales.
2) Los trabajadores no son unos meros “mandaos” en este pleito. Tienen, o se les supone como el valor a los quintos, libertad para dar a su actividad productiva un enfoque general en un sentido u otro; o por lo menos, para fijar algunas líneas rojas que no deberían ser rebasadas. Es decir, son seres inteligentes, y responsables, siquiera en parte, de lo que producen y de la utilización concreta que va a tener eso que han producido en un mundo complejo y conflictivo. La suposición de que “eso no va con ellos” mientras reciban la paga correspondiente, es una de las falacias mayores de un mundo global mal organizado desde sus mismas raíces. Los trabajadores tienen su cuota directa de responsabilidad en el producto acabado que sale de sus manos. Sostener lo contrario es viciar el sentido del trabajo como "producción por la producción", y retroceder a los presupuestos técnicos del ingeniero Taylor, que consideraba la fuerza de trabajo como una cantidad abstracta y fungible, y pensaba que un gorila amaestrado, por su incapacidad para pensar, era el operario ideal. La contrarréplica la dio Bertolt Brecht en un poema en el que señalaba el eslabón más débil del tanque como arma bélica: necesita un conductor, y el conductor es capaz de pensar.
3) El Estado no es un mero gestor de los intereses de las empresas que tienen un peso determinante en los resultados económicos del país. Hemos pasado en ese sentido en muy pocos años del Estado providencia, que se ocupaba de todo lo divino y humano e incluso “creaba”, en un movimiento voluntarista de arriba abajo, la sociedad civil que debía darle soporte, al Estado atado de pies y manos delante de las finanzas globales, agobiado por la deuda pública, sometido a recortes profundos y sangrantes de prerrogativas propias que proporcionaban a la ciudadanía cierta cantidad de bienestar social, pero que sobre todo constituían la mismísima razón de ser “en el mundo” del Estado. La dejación de su propia esfera de responsabilidad sobre lo que se produce bajo su gobierno y para quién se produce, cuando se trata de producciones de un valor o desvalor estratégico, contribuye al resultado final desastroso de la serie de ecuaciones antes mencionada.
Vivimos en un mundo íntimamente interdependiente. Subrayo: interdependiente. Lo esencial no son entonces ni los puestos de trabajo, ni los resultados positivos de las empresas, ni los equilibrios presupuestarios de los Estados, ni el placet otorgado por las grandes organizaciones piráticas que gestionan la estructura torcida de las relaciones económicas globales.
Lo esencial es la sostenibilidad del conjunto, el horizonte de futuro del mundo maltratado e injusto en el que estamos viviendo.
Es necesario, es deber de todos pero en primer lugar de las izquierdas, hacer borrón y cuenta nueva, y empezar a trazar nuevas ecuaciones, con más incógnitas y más variables dependientes.
Cada cual debe hacerlo desde su propia responsabilidad y desde el escalón que ocupa en la estructura social. Esto nos afecta a todos. Los trabajadores ─ y los sindicatos ─ que sigan comportándose como “mandaos” y renuncien a la posibilidad de forzar los cambios necesarios y urgentes en las líneas de producción, irán al suicidio. Lo mismo cabe decir de los Estados que renuncien por exceso de cautela presupuestaria a generar alternativas viables a una infraestructura productiva desfasada, insostenible e injusta, heredada de generaciones anteriores.

domingo, 9 de septiembre de 2018

ALARDES EN HONDARRIBIA


La prensa informa de que la compañía mixta Jaizkibel ha vuelto a desfilar este sábado por las calles de Hondarribia, en el Alarde celebrado en conmemoración y agradecimiento por la ayuda que la Virgen de Guadalupe prestó a los defensores hondarribiarras en el sitio de las tropas francesas, en setiembre de 1638.
Se trata de una tradición secular, pero de una tradición que hasta hace muy poco ha sido exclusiva de los varones. Las mujeres, según el veredicto de usos y costumbres arraigados, únicamente podían participar en el Alarde vestidas de cantineras, nunca con uniformes militares convencionales y armadas con espadines o mosquetones de guardarropía. En consecuencia la compañía mixta ha sido recibida, igual que en años anteriores, con pitos, plásticos negros y pancartas con la inscripción “Betiko Alardea”, Alarde tradicional.
Nadie ha pedido su autorizada opinión a la Virgen de Guadalupe en este pleito. La Virgen no ha señalado hasta el momento su posición con un milagro inequívoco que entraría cómodamente en el radio de sus atribuciones sobrenaturales (un rayo exterminador caído del cielo sobre la Jaizkibel; o, sensu contrario, una lluvia de pétalos de rosa sobre los tambores, los espadines y los brocados dorados de los galones femeninos). Ambos bandos en disputa han de conformarse con meras suposiciones más o menos infundadas, si bien es seguro que las expresan con un énfasis notable: “Si la Virgen de Guadalupe levantara la cabeza…”, etc. Unos dirán que le habría agradado el desfile de las devotas uniformadas; otros, que Ella abominaría de la novedad.
Ha habido tensión en las calles, es cierto, pero en un clima de civilidad loable. En Belfast (Irlanda del Norte), y no hace tantos años, en ocasión de una tradición bélica parecida que llevaba a los protestantes a cruzar con alarde y jactancia el corazón de los barrios católicos de la ciudad, había barricadas, forcejeos, pedradas, crismas partidas, contusiones varias, y en ocasiones incluso muertos por armas de fuego. Nada parecido ocurre en Hondarribia. Puede que en el fondo oscuro de la conciencia de los cavernícolas exista, más allá de la exasperación natural, un fondo de admiración inexpresada por esas machorras que, puestas a hacer Alarde de lo que sea, no se resignan a asumir sin más el papel marginal de cantineras.
 

sábado, 8 de septiembre de 2018

CLAVE DE LECTURA


Paco Rodríguez de Lecea y Javier Aristu

 

Se presenta en las librerías, bajo el título La utopía cotidiana. Diarios 1988-1994, una amplia selección de las entradas realizadas por Bruno Trentin en sus diarios a lo largo de los años en que ejerció la secretaría general de la CGIL. Quienes hemos tenido la idea de espigar estas notas que combinan crónica, reflexión y anticipación, de traducirlas y de anotarlas, hemos sido los arriba firmantes, Paco Rodríguez de Lecea y Javier Aristu. Otros amigos nos han ayudado con aportes de naturaleza varia y con sus ánimos consistentes. Destaca en ese sentido la importante introducción escrita por Antonio Baylos. La Fundación Primero de Mayo ha acogido el proyecto bajo su prestigioso marchamo, y El Viejo Topo se ha hecho cargo de la edición.
Hace pocos días publicamos un texto corto sobre Trentin, y también sobre Vittorio Foa, inscribiendo a ambos en un mismo paisaje moral (1). Creemos que en el tema allí esbozado, la contradicción existente entre trabajo y libertad, y en la necesidad de superarla en una nueva síntesis que avance hacia la emancipación de las personas concretas, de carne y hueso, se encuentra la clave principal de la lectura, no solo de estos Diarios, sino de toda la obra de Bruno Trentin.
Escribe en el momento del desplome final de la organización fordista-taylorista, y en el albor de la invasión de las nuevas tecnologías informáticas. Constata lo que fue una “revolución pasiva” en el sentido gramsciano para el movimiento obrero organizado: el acomodo a una organización “científica” de la producción que no surgía del pensamiento y la práctica de sus propias filas, sino de las del capital. Dirigentes tan relevantes como Lenin y el propio Gramsci acogieron favorablemente la novedad del “americanismo” con la esperanza de que la “objetivación” de las relaciones laborales y el desarrollo de las fuerzas productivas condujeran derechamente al socialismo.
No fue así, y el fordismo recorrió todo el arco de sus potencialidades sin traer consigo la esperada liberación. En los años noventa del siglo pasado apareció, sin embargo, una nueva oportunidad para las fuerzas del trabajo. El sentido y el método de la organización productiva habían cambiado radicalmente con la incorporación de los nuevos instrumentos informáticos; ya no era la “cantidad” el objetivo principal de la estructura productiva, sino la “calidad”, la sofisticación y la personalización de la oferta, más allá de una abundancia de producto que parecía asegurada. Trentin soñó ─ podemos constatarlo día a día en sus apuntes ─ con una fuerza de trabajo más consciente, más preparada; con una organización horizontal y democrática de la producción, en la que los trabajadores “heterodirigidos” participaran en las decisiones fundamentales acerca del qué, el cómo, el cuánto, el para qué y el para quién de las mercancías puestas a punto con unos métodos nuevos que arrumbaban los viejos logros de la automatización y el trabajo en cadena.
Un trabajo libre, voluntario, bien retribuido, emancipador, pondría fin de una vez a la antigua aporía que asimilaba el ocio a la libertad, y el trabajo a la esclavitud. Tal fue la utopía cotidiana de Trentin; esa es la clave de lectura de su obra.
Por desgracia, en la realidad las cosas están yendo en otra dirección. La precariedad se ha instalado en el corazón del “nuevo” trabajo. Ya no se trata del crecimiento cuantitativo de la producción material, sino del crecimiento cualitativo de la “disponibilidad” del trabajador, para acudir en el momento justo (just in time) en que se le requiere, a demanda, y por una retribución (cada vez menos se habla de salario) que abarca únicamente el tiempo de la prestación efectiva, como “colaborador” autónomo, sin contar los largos períodos de espera “a disposición”. De este modo la clásica jornada de trabajo se vacía de contenido y se extiende hasta abarcar el 7 x 24 formulado por Luciano Gallino: la esclavitud de la persona respecto de su empleador durante las 24 horas de los 7 días de la semana. Con la rechifla añadida de un descenso de los salarios incluso por debajo de la “ley de bronce” enunciada por Ricardo, Marx y Lassalle, entre otros clásicos.
Leer a Trentin es un ejercicio necesario en los tiempos que corren, por su propuesta novedosa de una estrategia que hace hincapié, no en la igualdad sino en la libertad “de” trabajo y “en el” trabajo; en el control obrero, más allá de las retribuciones y las condiciones de la prestación, sobre la misma producción; en la defensa sindical, no solo de las categorías, sino de los derechos individuales, sociales, laborales y políticos de las personas que concurren al mercado de trabajo aportando sus manos y su esfuerzo físico, pero también su inteligencia, su experiencia y su formación, aspecto este último que debe ser objeto de una atención especial para no generar bolsas de marginación social cada vez mayores.
Por lo demás, los Diarios recorren unos años en los que tiene lugar un proceso de cambio profundo y extenso: la caída de la URSS, el final del PCI, el derrumbe de tantas viejas certezas asociadas a las luchas de las izquierdas. Trentin es un testigo lúcido de todos aquellos acontecimientos sensacionales, y un visionario de los nuevos tiempos y los nuevos puntos cardinales de la lucha social. Son razones que bastarían, aun sin las antes expuestas, para convertir esta “Utopía cotidiana” en libro de cabecera de sindicalistas, analistas, sociólogos y políticos.

 



 

viernes, 7 de septiembre de 2018

MICROBIOS INEVITABLES


(Chucherías del espíritu)

Un viaje aéreo representa una probabilidad alta de riesgo a sufrir gripes o resfriados, según alerta una revista médica titulada BioMed Central Infectious Diseases, a partir de estudios sistemáticos llevados a cabo en el aeropuerto de Helsinki. Lo más llamativo del informe es la inviabilidad práctica de una profilaxis personal preventiva. Los microbios se concentran en particular en las bandejas en las que el viajero coloca sus pertenencias para pasar los controles obligatorios de seguridad, y, dentro del avión, en la bandejita individual extensible delante de cada asiento, en la que se colocan las comidas y bebidas a bordo. Cualquier otro lugar u objeto está comparativamente más limpio de gérmenes, por lo menos en el aeropuerto de Helsinki y en las aeronaves analizadas allí.
Se ha pensado en poner líquidos desinfectantes a disposición del personal en tránsito, detrás de los controles de seguridad. La única otra medida que parecería eficaz, dada la necesidad que todas las personas provistas de tarjeta de embarque tienen de circular por el pasillo altamente contaminado que finaliza en el túnel de los rayos X, sería la provisión de guantes de caucho esterilizados y mascarillas tapabocas.
No me extrañaría que, si se tomaran ambas medidas, los objetos más contaminados del entorno pasaran a ser los pulsadores de las botellas de líquido desinfectante y los dispensadores de guantes, de mascarillas y de toallitas para las manos.
Al microbio hay que reconocerle esa capacidad. Su inteligencia es muy limitada, pero está dotado por naturaleza de una propensión genial a acumularse en los lugares y los objetos en los que el roce humano es más continuo y más promiscuo. Puesto que los humanos somos el vector principal de la difusión del microbio, y el microbio mismo inventa mil ocasiones para pegarse íntimamente a nuestra piel y a nuestra ropa, parece ilusorio el objetivo de aislarnos eficazmente de su potencial patógeno.
Vivimos en un mundo contaminado y contaminante, esa es la dura realidad. Podemos mejorar con algunas precauciones elementales nuestro nivel de exposición al riesgo, pero no aislarnos por entero de la suciedad ambiente. El multimillonario americano Howard Hughes lo intentó de veras: padecía un trastorno obsesivo-compulsivo y se recluyó en una especie de vida eremítica que lo apartó de toda compañía humana, incluso de la de sus mujeres, tanto la legal (Jean Peters) como las compañeras de pago (se habla de algunas de las actrices más glamurosas de Hollywood), hartas, imagino, de jabonarse repetidamente de pies a cabeza antes y después de la performance consistente en entrar en contacto directo con su persona corpórea.
Cualquiera puede calcular que fue peor el remedio que el microbio en sí.
 

jueves, 6 de septiembre de 2018

TAN LEJOS COMO PUIGDEMONT


Ayer ocurrió una coincidencia de importancia mínima, pero curiosa. Después de redactado mi post sobre el discurso de Quim Torra, y antes de colgarlo en el blog, eché un vistazo a la bitácora de López Bulla. Ocurre que muchas veces hablamos los dos de las mismas cosas y con una intención parecida, y me consta que un buen puñado de lectores ha tomado por costumbre leernos en tándem: primero él y luego yo, como está mandado.
De modo que miré. José Luis no había colgado nada aún. Vía libre. Coloqué mi entrada, hice los acostumbrados ajustes y pequeñas rectificaciones de estilo, cliqué, repasé someramente cómo había quedado, y volví a entrar en “Metiendo bulla” por si acaso. Pues bien, ahí estaba el flamante post del día, con valoraciones de la conferencia Torra sustancialmente iguales a la mía, y con una escapada más allá, hacia los futuribles, incluida una valoración preliminar de las posibilidades de negociación de un nuevo Estatut para Cataluña.
Resulta de todo ello que los dos redactamos a la misma hora el mismo tipo de entrada, y colgamos nuestro débito diario en el reducido espacio de los mismos cinco minutos. Habría sido un récord de sintonía a distancia de no ser porque ni él ni yo tenemos ningún empeño en sintonizar; por mi parte, bien al contrario, si hablamos de la misma cuestión me esfuerzo por ofrecer algún aporte inédito, para no caer en una repetición rutinaria de los mismos argumentos.
Me gustaría comentar en algún momento la jugosa perspectiva anunciada por José Luis acerca de la posibilidad de negociar otro Estatut para Cataluña, de modo que tengamos de una vez uno nuevo, completo e inamovible; pero solo lo haré si se da el caso de que la iniciativa, aún demasiado inconcreta, empieza a adquirir cuerpo y a mostrar perfiles de una mayor solidez.
Por el momento, voy a limitarme a saludar la última declaración estupenda de Quim Torra, que dice estar dispuesto a llegar «tan lejos como Puigdemont».
Constato de entrada la contención dialéctica del president vicario, que no ha dicho estar dispuesto a llegar “más” lejos, sino únicamente “tan” lejos. Se trata, en consecuencia, de un ejercicio de audacia ponderada. Nada de tirarse al monte de los trabucaires, tan solo repasar los caminos ya hollados una vez.
Lo cual puede significar una de dos cosas: la primera, que no se le caerán los anillos por hacer una segunda declaración unilateral de independencia en plan “tocata y fuga de Lolita”, como hizo su predecesor. La segunda, que está buscando piso para instalarse también en Waterloo.
 

miércoles, 5 de septiembre de 2018

TORRA JUEGA AL TODO O TODO


Cuando Clara Ponsatí resumió desde Escocia las andanzas del procés catalán con la frase «jugábamos de farol», pensamos en un primer momento que estaba emitiendo una autocrítica. No era así, estaba enunciando una estrategia.
El president Quim Torra ha seguido por el mismo camino en la conferencia que dio ayer tarde en el Teatre Nacional. El lugar indicado para que hablara el president debería haber sido el Parlament de Catalunya, y el contrapunto necesario a sus “propuestas, que no protestas”, la presencia de la oposición con voz y voto. Ese habría sido el paradigma en una democracia. A saber cómo puede definirse el sistema vigente en la Cataluña de Torras/Puigdemont, cuando una de sus características principales es la de silenciar a toda costa a la oposición y jugar a la ficción de que solo es Cataluña aquello que hacen aparecer en el proscenio, delante del telón corrido que oculta el escenario.
Por eso, el cambio de sede elegido para el acto de ayer se llenó de un sentido profundo: no fue un debate parlamentario, sino un teatro nacional.
Y Torra dio una nueva vuelta de tuerca a su juego de farol. Pidió a la ciudadanía un mayor sacrificio y una multiplicación de esfuerzos, habló de movilización permanente y de ocupar las calles, declaró que “ha aprendido” que la independencia no se consigue desde un despacho (cualquier día de estos descubrirá la sopa de ajo), y al tiempo que predicaba el diálogo permanente con el Estado opresor, dejó muy claro que no le sirve ninguna otra cosa que no sea un referéndum de autodeterminación vinculante, previa la absolución incondicional de los imputados en el juicio pendiente.
Sigue vigente, a propósito de estos últimos, esa convicción ful de que “no han hecho nada malo” y que se está conculcando derechos individuales y juzgando la libertad de expresión. Como si fuera lo mismo pedir la independencia que declararla de forma institucional en perjuicio de los derechos de todo tipo de otras personas que, además, son mayoría según el censo.
Dicen quienes han leído los borradores previos, que Torra ha suavizado en la redacción final el anterior tono truculento. Mantiene sin embargo el tono general de desafío al Estado y la amenaza de “desobediencia civil” (Antón Costas se encarga hoy en lavanguardia de explicar que la línea adoptada por la Generalitat no es desobediencia civil, sino un golpe de Estado institucional para subvertir todo el sistema.)
Todo, incluida la tergiversación de los conceptos y el torpedeo de la democracia en nombre de una supuesta “democracia mayor”, se inscribe en el mismo juego de farol, que no apunta al “todo o nada” ─ eso sería por lo menos honesto ─, sino al “todo o todo”: absolución a los imputados + referéndum vinculante + independencia imparable sea cual sea el resultado del punto anterior.
No habrá este otoño más movilización ciudadana que la que puedan aportar la ANC y los CDR con sus procedimientos tradicionales de recluta de personas en los pueblos y flete de autocares para vivir unas horas de película en Barcelona. No habrá un nuevo desafío institucional como el de las tres fechas clave del año pasado (6 y 7-S, 1-O, 27-O) que forman, según la interpretación del president Torra, la base de partida de su posicionamiento. Por detrás del retablo de las maravillas, el rey está desnudo y el procés ya jiede. El tingladillo podrá desmontarse algún día, pero van a hacer falta mucha paciencia y muchos votos inequívocos en favor de una solución alternativa real, consensuada, clara y transparente.
 

martes, 4 de septiembre de 2018

INCENDIO DEL PASADO Y DESTRUCCIÓN DEL FUTURO


Escribe Tarso Genro (*)

Publicado en “Sul21” el 3 setiembre 2018. Traducción del portugués, PRL

La quiebra democrática y social de los dos países más importantes de América del Sur muestra la falacia, la incompetencia y la sordidez de los políticos liberal-rentistas y de los principales “técnicos” de la economía neoliberal, que se regocijaron, en los últimos dos años, de la “genialidad” de Macri para sacar a Argentina de la crisis, y vibraron con los métodos golpistas “democráticos” de Temer y Fernado Henrique Cardoso para derribar a una Presidenta elegida con más de 50 millones de votos. Las penurias de Macri han venido por el lado del mercado, que detenta la propiedad de su alma. Todo en nombre de la defensa de la economía de mercado y contra el “populismo”.
Los dos países están desmantelados, el hambre ha resurgido con más fuerza y el desempleo ha aumentado brutalmente. La mortalidad infantil ha vuelto a crecer en los dos países, el dólar ha explotado y los mercados han mandado a todos sus apóstoles a la condenación, porque su especialidad no es la solidaridad. Ni el reconocimiento del dolor. No es la preocupación por el hambre o por la violencia, sino la tasa de beneficios más alta y el expolio de las riquezas de las naciones sofocadas por la deuda.
Recomienzan los saqueos en Argentina. Macri, embrollado en la tela de araña de los compromisos con el capitalismo financiero, se ha convertido en un subgerente del FMI, y transfiere a la porción más pobre del pueblo argentino el pago de sus exigencias criminales. Argentina agoniza, y probablemente tenía razón Zaffaroni** – cuando estuvo aquí en Porto Alegre – al afirmar que el Presidente no llegará al 19 de marzo, acorralado por grandes manifestaciones callejeras, protestas, y saqueos de supermercados y almacenes. Es la indignación de un pueblo que – a semejanza de lo que ocurriera aquí en Brasil con los dos Gobiernos de Lula y el primer Gobierno de Dilma – había pasado, con los “populistas”, a vivir mejor y con más dignidad.
Si tan solo se debiera a desconocimiento de la Historia esta acusación de “populistas” hecha a los gobiernos populares del continente, como los de Lula y Kirchner, se podría decir que la confusión de estos “genios” de mala fe sobre lo que ocurre en Argentina, es apenas una consecuencia de su ignorancia inicial. Pero no es así. Los gobiernos que redistribuyen un poco de la riqueza concentrada en manos de la elite son tachados de populistas, ¡por los populistas más rematados! ¿Quiénes son? Los que aplican al mercado una profecía autocumplida, precisamente porque el mercado no distribuye renta, y el Estado sí. El mercado se limita a recibir a los consumidores con rentas ya desiguales, lo que convierte el elogio religioso del mercado en pura propaganda del populismo posmoderno: en contraste con el “seremos iguales ante la ley”, las personas han de resignarse a ser iguales ante el mercado.
El incendio del Museo Nacional de Rio de Janeiro es apenas la punta visible de una gran tragedia nacional, que va mucho más allá del perjuicio histórico brutal de la pérdida de su patrimonio, porque atestigua que el límite del gasto, alabado por la prensa tradicional, calará a través de todos los poros de la sociedad y, del mismo modo que diezma museos, ya está extendiendo despiadadamente el dolor y la exclusión, como regla de oro de una sociedad despreocupada tanto de su pasado como del futuro de su pueblo generoso.

(*) Tarso Genro ha sido Gobernador del Estado de Rio Grande do Sul, alcalde de Porto Alegre, Ministro de Justicia, Ministro de Educación y Ministro de Relaciones Institucionales de Brasil.

(**) Eugenio Ruiz Zaffaroni, magistrado de la Corte Interamericana. Ver al respecto http://vamosapollas.blogspot.com/2018/09/la-justicia-se-quita-la-venda-de-los.html

 

lunes, 3 de septiembre de 2018

IR HASTA EL FINAL


El president Torra se ha mostrado partidario de ir “hasta el final”, si hay condenas por los sucesos del 1-O. La declaración supone una cierta rectificación de sus propias palabras de anteayer mismo. Anteayer, en efecto, en la inauguración de la plaza 1-O de Juneda (Lleida), Torra manifestaba que «la vía pacífica, pero imparable, es la vía que nos toca emprender a partir de ahora.»
Ninguna referencia a posibles condenas. Si cuarenta y ocho horas después de llenarse la boca con una marcha “imparable” hacia la independencia, demanda a Pedro Sánchez que instruya a la Fiscalía para evitar las condenas, lo menos que puede decirse es que la postura oficial de la Generalitat ha bajado un escalón apreciable en sus expectativas. Si el Gobierno se deslizara por el camino ─ poco democrático ─ de una vuelta a la judicialización de la política en sentido contrario, y ordenara a la Fiscalía utilizar paños calientes para sacar las castañas del fuego a los líderes independentistas imputados en un delito aún oscilante entre la rebelión y la prevaricación, a cambio la Generalitat renunciaría, al parecer, a “ir hasta el final”. O eso se desprende de las palabras de hoy mismo de Torra.
Sería interesante certificar la existencia de contactos bilaterales tendentes a un quid pro quo en relación con el rigor de las condenas, de un lado, y la imparabilidad de la marcha hacia la independencia, de otro. Aunque es altamente improbable que tales negociaciones puedan llegar a buen fin (desbordan por todos lados las costuras de nuestro traje constitucional), su existencia misma sería el mejor indicio y el más certero de cuál es el punto exacto en el que nos encontramos, en el sinuoso trayecto que va entre el momento aciago en el que se produjo la colisión de trenes, y aquel otro, aún por venir, del remedio terapéutico de los destrozos causados.
No hagan caso de Inés Arrimadas, que considera estos graves asuntos a beneficio de inventario, en función de su precampaña electoral particular. Esto podría no ser a fin de cuentas una escalada grave de ilegalidades, sino un simple intercambio nocturnal de bravatas simbólicas en el escenario, tan frecuentado últimamente por tirios y troyanos, de los espacios públicos.
No hagan caso de Carles Riera, tampoco. Al president Torra y al sí/no/president Puigdemont no les gustará ser acusados de cobardía, pero más se perdió en Cuba (pido disculpas si la comparación resulta inoportuna en momentos tan idiosincráticos).
El quid de la cuestión reside, a mi entender, en si nos encontramos en el escenario de una “negociación a largo plazo con el Estado”, como apunta Esquerra Republicana, o bien en una “movilización permanente de la ciudadanía”, según palabras de Quim Torra. Y si tal negociación y/o movilización es “imparable hasta llegar al final”, o bien depende de la posibilidad de que las partes contratantes alcancen en algún momento un ten con ten apañado, con sus luces y sombras, pero con capacidad para calmar por un período razonable la efervescencia insoportable que está sufriendo desde hace años la ciudadanía de este pequeño país.
 

domingo, 2 de septiembre de 2018

LA JUSTICIA SE QUITA LA VENDA DE LOS OJOS


Lula da Silva no se podrá presentar a las elecciones presidenciales de Brasil: así lo ha decidido el Tribunal Supremo Federal después de una larga peripecia en la que un juez, Sérgio Moro, inventó en un alarde de jurisprudencia creativa primero el delito, y luego la pena correspondiente. Una constructora había regalado a Lula un tríplex en Lava Jato, un enclave playero de moda; Lula nunca aceptó el regalo, y nunca ocupó el apartamento regalado. ¿Dónde estaba entonces el delito? Según la “convicción personal” expresada por el juez Moro, estaba en el fuero íntimo del veterano dirigente obrero, que si no llegó a aceptar oficialmente el regalo, ya había “adulterado en su corazón”, según máxima de los evangelios adaptable infinitamente en función de las circunstancias, de modo que sirve tanto para un barrido como para un fregado.
La innovación de Moro siguió adelante a través de varios tribunales superiores, que sucesivamente respaldaron al juez y validaron la condena del sindicalista. Ahora el Tribunal Supremo Federal da el definitivo visto bueno a la tropelía.
Lo llaman Lawfare, guerra jurídica. Consiste en que las normas se aplican de forma diferente en función de las circunstancias que acompañan a las personas. Aquí sabemos también de eso: el juez Llarena inventó un delito de “rebelión”, sin violencia perceptible pero que él definió como de una violencia inmensa “de nuevo tipo”, para el tingladillo del llamado referéndum catalán. La novedad jurídica ha chocado con los usos europeos y no parece haber superado la fase experimental, pero se encontrará un sucedáneo adecuado para seguir adelante con el propósito inicial, que es el de hacer política desde los estrados.
Es lo que ha sucedido en Argentina con Cristina Fernández de Kirchner, a la que se acusó de traición a la nación hasta que alguien se dio cuenta de que en la Constitución tal delito solo existía en una situación de guerra. Entonces la acusaron de encubrimiento. Luego, Macri ha despeñado la economía argentina por unos abismos comparables a los de la Venezuela de Maduro. Comparables en resultados, no en calificación jurídica. Con la complicidad impagable de los grandes medios de comunicación transnacionales, se acusa en todos los foros a Maduro de criminal, mientras Macri encuentra la sincera comprensión y la ayuda benévola del FMI.
El delito de odio y la ley mordaza funcionan en nuestro país solo en una dirección determinada, nunca (¿lo han leído bien?, lo repito: nunca) en la dirección inversa. Los códigos se retuercen para adaptarse a la ideología de las personas. Lo que para una persona concreta es delito, para otra es libertad de expresión. La Justicia ha dejado de ser como la veían los escultores de siglos atrás, con una venda en los ojos y una balanza en la mano. Ni es ciega, ni utiliza el mismo rasero para todos.
Eugenio Ruiz Zaffaroni, un magistrado argentino miembro de la Corte Interamericana de Justicia, ha señalado cómo esta forma de aplicar el derecho penal es funcional a los objetivos que se plantea el sistema financiero global. En una de estas notas apresuradas en contrapunto, yo acusé días atrás a las finanzas globales de parasitismo (1). Zaffaroni va más allá. Asegura en una entrevista que espero tener el gusto de darles a conocer en fechas próximas, que la altísima finanza se propone ocupar el lugar de los Estados y manejar los resortes del poder político en su propio beneficio, con total impunidad. El sistema financiero se comporta, dice Zaffaroni, como una organización criminal.
 


 

sábado, 1 de septiembre de 2018

LA CIUDAD CELESTIAL Y LA CIUDAD TERRENAL: FOA Y TRENTIN


Un recentísimo artículo de Giorgio Pagano en MicroMega (1) invita a releer dos importantes ensayos prospectivos de Vittorio Foa y Bruno Trentin: la Gerusalemme rimandata (“Jerusalén aplazada”) y la Città del lavoro (“Ciudad del trabajo”). El primero data de 1985; el otro de 1997. Los dos pasaron en su momento inadvertidos, casi clandestinos. La gran corriente secular de la sinistra, la izquierda italiana constituida, apuntaba en otra dirección, la de la conquista paulatina del Estado por medios democráticos. El curso de los acontecimientos ha venido a indicar desde entonces que el objetivo perseguido era erróneo, por dos razones: primera, porque no era el Estado sino la vida lo que era necesario conquistar; y segunda, porque el instrumento rectificador del Estado no era tan decisivo como algunos teóricos podían suponer, en el contexto de un poder fáctico transnacional y de unas finanzas globales.
Foa y Trentin se inscriben en un mismo paisaje moral. Los dos profundizan en la relación entre trabajo y vida. Para los dos, esta es la conexión esencial en la persona humana, y los dos concluyen que se trata de una conexión viciada. Las personas humanas se esfuerzan en alcanzar una vida más plena a través del trabajo, pero se encuentran delante de una contradicción insuperable: si la vida plena es el reino de la libertad, el trabajo es en cambio el terreno de la autonegación, de la esclavitud. La única posibilidad que deja un horario saturado de tareas mecánicas, repetitivas, embrutecedoras, es “comprar” con él los medios para una libertad ejercida fuera de las horas y del lugar de trabajo. Ontológicamente, el trabajador así connotado es un ser demediado y contradictorio.
La izquierda política instalada era consciente de esa situación, pero la consideraba transitoria: todo había de resolverse en el futuro con la maduración de las fuerzas productivas, el final de los grandes monopolios y el advenimiento radiante de una sociedad socialista exenta de contradicciones (la “Jerusalén” de Foa). Para el “mientras tanto”, el acento, tanto en los partidos socialdemócratas como en los comunistas, se puso en la “igualdad” de todos en el reparto de las cargas comunes, y en el pleno empleo combinado con los beneficios asegurados por el Estado providencia, como punto de equilibrio en la igualdad de la explotación.
No fue ese el punto de vista de los dos sindicalistas: “La libertad viene antes”, tituló Trentin otro de sus libros. Es necesario invertir los términos aceptados hasta el momento, y buscar el conocimiento, el control y la dirección colectiva democrática del trabajo en primer lugar: un trabajo más autónomo, más gratificante, con virtudes emancipadoras. Un trabajo que comporte mayores derechos individuales y colectivos, idea que Trentin plasmó en la concepción programática de un «sindicato de los derechos». Un sindicato, en consecuencia, que atiende en primer lugar a la libertad sustancial de las personas, a la libertad “de trabajo” y “en el trabajo”; y solo a continuación, aunque como un acompañamiento inexcusable, a la igualdad para todos. Igualdad de oportunidades, cabe advertir; no, en ningún caso, igualdad de resultados para el diligente y el perezoso, para el inquieto y el rutinario, para el miembro activo de la comunidad del trabajo y el pasivo.
A partir de ahí, los dos autores proponen la política como una tarea diferente de su acepción usual: como un proceso de transformación social y cultural surgido desde abajo, en lugar de como un asalto ─ violento, o no ─ a los cielos de las instituciones. El gobierno de las instituciones sería la última etapa ─ si de etapas se puede hablar, cosa de la que Trentin abomina ─, en el listado de tareas pendientes; de ninguna manera la primera.
La estruendosa derrota de las izquierdas instaladas, no solo en Italia sino en general, ha situado en el foco de una atención todavía minoritaria a los dos autores ya desaparecidos. Es de desear un mayor estudio de sus propuestas, de esa “utopía cotidiana” que reclamó Trentin en el lugar de las grandes utopías avistadas con el telescopio del largo plazo y de un sentido prometeico un tanto etéreo.
Nunca es tarde para rectificar.