lunes, 3 de septiembre de 2018

IR HASTA EL FINAL


El president Torra se ha mostrado partidario de ir “hasta el final”, si hay condenas por los sucesos del 1-O. La declaración supone una cierta rectificación de sus propias palabras de anteayer mismo. Anteayer, en efecto, en la inauguración de la plaza 1-O de Juneda (Lleida), Torra manifestaba que «la vía pacífica, pero imparable, es la vía que nos toca emprender a partir de ahora.»
Ninguna referencia a posibles condenas. Si cuarenta y ocho horas después de llenarse la boca con una marcha “imparable” hacia la independencia, demanda a Pedro Sánchez que instruya a la Fiscalía para evitar las condenas, lo menos que puede decirse es que la postura oficial de la Generalitat ha bajado un escalón apreciable en sus expectativas. Si el Gobierno se deslizara por el camino ─ poco democrático ─ de una vuelta a la judicialización de la política en sentido contrario, y ordenara a la Fiscalía utilizar paños calientes para sacar las castañas del fuego a los líderes independentistas imputados en un delito aún oscilante entre la rebelión y la prevaricación, a cambio la Generalitat renunciaría, al parecer, a “ir hasta el final”. O eso se desprende de las palabras de hoy mismo de Torra.
Sería interesante certificar la existencia de contactos bilaterales tendentes a un quid pro quo en relación con el rigor de las condenas, de un lado, y la imparabilidad de la marcha hacia la independencia, de otro. Aunque es altamente improbable que tales negociaciones puedan llegar a buen fin (desbordan por todos lados las costuras de nuestro traje constitucional), su existencia misma sería el mejor indicio y el más certero de cuál es el punto exacto en el que nos encontramos, en el sinuoso trayecto que va entre el momento aciago en el que se produjo la colisión de trenes, y aquel otro, aún por venir, del remedio terapéutico de los destrozos causados.
No hagan caso de Inés Arrimadas, que considera estos graves asuntos a beneficio de inventario, en función de su precampaña electoral particular. Esto podría no ser a fin de cuentas una escalada grave de ilegalidades, sino un simple intercambio nocturnal de bravatas simbólicas en el escenario, tan frecuentado últimamente por tirios y troyanos, de los espacios públicos.
No hagan caso de Carles Riera, tampoco. Al president Torra y al sí/no/president Puigdemont no les gustará ser acusados de cobardía, pero más se perdió en Cuba (pido disculpas si la comparación resulta inoportuna en momentos tan idiosincráticos).
El quid de la cuestión reside, a mi entender, en si nos encontramos en el escenario de una “negociación a largo plazo con el Estado”, como apunta Esquerra Republicana, o bien en una “movilización permanente de la ciudadanía”, según palabras de Quim Torra. Y si tal negociación y/o movilización es “imparable hasta llegar al final”, o bien depende de la posibilidad de que las partes contratantes alcancen en algún momento un ten con ten apañado, con sus luces y sombras, pero con capacidad para calmar por un período razonable la efervescencia insoportable que está sufriendo desde hace años la ciudadanía de este pequeño país.