domingo, 24 de agosto de 2014

LA ILUSIÓN DE DECIDIR

A los más acérrimos partidarios del derecho a decidir de la ciudadanía en todos los entresijos de lo público, como yo mismo, nos va pareciendo crecientemente insatisfactoria la situación del proceso de consulta programado para el próximo 9 de noviembre en Catalunya. Supuesto que ese día se decida algo, incógnita aún no resuelta del todo en los momentos actuales porque toda la cuestión podría muy bien aplazarse hasta el año que viene – si atendemos el mensaje implícito de algún globo sonda que se ha hecho volar en fechas recientes –, no hay forma humana de averiguar qué es lo que se decidirá en concreto. Según el Consejo de Garantías Estatutarias de la Generalitat (por mayoría de 5-4) se trata de una mera consulta sin efectos jurídicos, poco más que un sondeo de opinión organizado a lo grande. De ser así las cosas, habrá una celebración democrática pero no se decidirá nada en ella. Sin embargo el conseller Homs afirma que el gobierno considerará de obligado cumplimiento el resultado de la consulta, declaración que nos lleva a la conclusión simétricamente contraria a la anterior, es decir, a que sí se va a decidir ese día sobre la independencia.

Todo estaría más claro si Homs apuntara cómo se plantea el gobierno catalán dar cumplimiento a la opción que resulte mayoritaria en la consulta, dados los recursos políticos y jurídicos limitados de que dispone. Pero sobre esta cuestión no ha dicho una palabra. Nos pide, en resumen, a todos los catalanes un acto de fe. Mal asunto. La fe no abunda hoy por hoy en ningún caladero político, y la credibilidad de Convergència Democràtica en concreto no está pasando por su momento más boyante.

En cualquier caso, las opciones del pueblo catalán en la gran jornada democrática a que se nos convoca se reducen a un Sí-Sí, un Sí-No y un No a secas. Poca sustancia. Nuestro papel se viene a configurar al modo del de la plebe romana reunida en el foro para respaldar o rechazar las propuestas elaboradas por los tribunos. Más o menos. Menos en puridad, porque algún tribuno perdió literalmente la cabeza en aquellos trances de la antigüedad debido a la indignación popular, extremo que se me antoja inviable (aunque ciertamente tentador) en las circunstancias actuales. El protagonismo del pueblo catalán en las próximas calendas va a ser estético, pero no propiamente político. Se nos llama a ocupar dos grandes avenidas de Barcelona el próximo 11 de Septiembre, lo cual dará una fotografía muy aparente que nos permitirá presumir ante el mundo y tal vez entrar en el libro Guinness de los récords, pero mientras tanto de los asuntos serios se ocupa una serie de petits comités,  como el Consell de Garanties citado, un llamado Consejo Asesor para la Transición (y eso que todavía no sabemos si vamos o no a transitar, ni hacia dónde, ni de qué manera), y por lo menos un constitucionalista muy competente que tiene ya avanzada la redacción de un borrador de constitución.


Esto no es serio. Si quiero hacerme un traje, es lógico que acuda a un sastre competente, pero no que sea él quien decida la calidad de la tela, el color y el dibujo. Una cosa es recurrir a los expertos para dar forma a nuestras decisiones, y otra muy distinta dejar que los expertos decidan por nosotros y nos sometan el resultado a plebiscito dándonos como opciones un Sí-Sí, un Sí-No o un No-No. El derecho de la ciudadanía a decidir es, por naturaleza, personal y no delegable, y su recorrido ha de abarcar desde la A hasta la Z de los asuntos decisivos (de algo les viene el nombre) de la política para ser efectivo. Un país no se construye desde las ambigüedades, los sobreentendidos y las votaciones de confianza.