martes, 26 de agosto de 2014

RENOVANDO LAS RELACIONES LABORALES

Tengo un recuerdo personal de mi época de sindicalista activo atravesado como una espina de pescado en el gaznate. Corrían los primeros años ochenta y andábamos seriamente preocupados por la invasión de las nuevas tecnologías (las NT, las llamábamos en nuestros informes de situación) en la actividad productiva. Fui a visitar al patrón (los llamábamos así, ellos preferían con mucho el nombre de empresarios; ahora, el de emprendedores) de una fábrica mediana (ochenta y tantos trabajadores) ubicada en una comarca catalana periférica, y con problemas de financiación para la renovación de una maquinaria en riesgo serio de obsolescencia. La conversación tuvo lugar en un despacho sin la menor concesión al adorno, no diré ya al lujo. Nos extendimos bastante más allá del problema concreto de la empresa y, de manera inverosímil, nos descubrimos posiciones bastante próximas respecto a cuál era el desiderátum de una relación entre patronos y sindicatos: autonomía de las partes, lealtad y respeto mutuos, exclusión de las ideologías en el diálogo social, dialéctica conflicto/colaboración. Entonces le conté que el gabinete económico del sindicato había hecho un estudio preliminar positivo acerca de la viabilidad de su empresa, y le sugerí que, desde nuestra propia experiencia, podíamos serle de ayuda tanto en el tema de la financiación como en el replanteamiento de la organización del trabajo en la fábrica. Mencioné la bicha; el hombre se puso rígido:
– Si ha de venir el sindicato a decirme cómo tengo que organizar mi empresa – declaró –,  prefiero bajar yo mismo la cortina metálica.

No era una bravata. Cerró en efecto la fábrica a los pocos meses. Y la historieta viene a cuento de lo que Quim González ha escrito hace pocos días en “Hablemos de la patronal” y José Luis López Bulla ha rubricado con contundencia en “Sindicato renovado,renovación de las relaciones laborales” (1). Existe un problema de legitimación tanto en las organizaciones de los patronos como en las de los trabajadores, y esa deficiente legitimación genera problemas de autonomía. No es anecdótica la afirmación de un hombre de la patronal, Fabián Márquez, en el sentido de que la opción de la CEOE en favor de los convenios provinciales se debe, no al argumento (falso) de que así se ayuda a la flexibilización de las empresas, sino al miedo de quedarse sin el grueso de sus afiliados.

Trabajadores y patronos podrían y deberían ponerse de acuerdo en el momento de acometer las reformas que el nuevo paradigma de la producción exige en el terreno del hardware (la tecnología) y el software (la organización) de la producción. Uno de los problemas principales para esa confluencia deseable reside probablemente en la tercera pata del sistema jurídico rector de las relaciones laborales: el Estado. Por una parte, para el Estado el tema del trabajo ha perdido su centralidad, tiene sólo un carácter accesorio; por otra parte, su intervencionismo autoritario en la concertación social daña la autonomía de las partes y las empuja en una dirección indeseada e inadecuada: la que marca una abominable “reforma” del mercado de trabajo impregnada de austeridad presupuestaria, limitación de créditos, y recortes drásticos en la prevención y en la compensación a los riesgos y secuelas negativas que el trabajo comporta.

Necesitamos una renovación en las estructuras y una profundización en la autonomía tanto de los sindicatos democráticos como de las patronales democráticas. Unos y otros han de hacer confluir sus esfuerzos para obligar al Estado a servir los intereses de la sociedad, y no justamente lo contrario, como está haciendo.

(1) El lector puede encontrar también los dos artículos citados en el diario digital Nuevatribuna.es.