viernes, 10 de abril de 2015

SINDICATOS: LA RENOVACIÓN COMO DESAFÍO


Hay palabras que asustan, como  la “refundación” referida al sindicato. Algunos la imaginan como un borrón y cuenta nueva, un rechazo en bloque a todo lo que ha llovido desde la primera fundación. No es así, necesariamente.
Si se utiliza en cambio la palabra “renovación”, como en el título que encabeza esta reflexión, todo el mundo está de acuerdo. La renovación supone un cambio agradable, como cuando se corrige la posición del tresillo del cuarto de estar o se empapela el dormitorio de los niños. Ahora bien, las propuestas que se están formulando de refundación o renovación de los sindicatos se sitúan en algún punto aún no concretado del todo, pero que se sitúa entre los dos extremos anteriores, y los excluye: el uno representaría nada más un cambio cosmético, un repaso metafórico de chapa y pintura; el otro, un penoso recomienzo de nuevo desde cero.
Para el maestro Umberto Romagnoli, que nos ha regalado algunas metáforas magníficas sobre la condición peculiar del sindicato, este es como un galeón con todas las velas desplegadas que necesita virar de bordo. En un velero de buenas condiciones marineras, la tripulación será perfectamente capaz de cumplir la orden del capitán incluso en circunstancias climáticas adversas, porque dispone de todos los artilugios necesarios para ello y de los instrumentos de navegación adecuados; pero el cambio de rumbo no será inmediato, ni automático. Exigirá tiempo, porque se trata de una maniobra compleja que implica la conjunción y coordinación de muchos esfuerzos.
El sindicato necesita cambiar de rumbo. Al hablar de sindicato no me refiero a una central sindical en particular, sino a ese ente profundamente unitario que se trasluce a través del conjunto de sus distintas formas organizadas. Un ente cuya sustancia es el trabajo asalariado, cuyos protagonistas son los propios trabajadores, y cuyas direcciones se inmiscuyen legítimamente, con personalidad propia, en el terreno de la política. De la gran política, preciso, dada la diferencia muy perceptible a simple vista entre una gran política dirigida al bien común y una política pequeña que se entretiene en disputas agrias en torno al reparto de prebendas y posiciones de ventaja. La diferencia entre ambas es la que, según comentó ayer un compañero entrañable de siempre, se da entre «las cosas de la política, y la política de las cosas».  
Las causas del cambio de rumbo sindical se encuentran mayoritariamente fuera de él mismo. Son los cambios en el pluriverso del trabajo los que exigen cambios en la andadura: se están generando cambios drásticos en las formas de la producción, de la tecnología, de la organización del trabajo y de su regulación jurídica. El viento de la historia sopla fuerte en ese sentido, con potencia suficiente para hacer zozobrar el navío sindical si este está mal dirigido o si maniobra con torpeza.
Luego hay asuntos internos, reducibles a conductas, rutinas, focos de mala imagen, desvíos que es necesario enderezar. Tampoco estos se limitan a una de las casas sindicales. Para abordarlos no hace falta refundación, ciertamente, y tampoco renovación, si hablamos en puridad. Se trata de un problema distinto, y sería perjudicial, además de poco pedagógico, juntarlos los dos en uno.