domingo, 22 de junio de 2014

NO REBUZNARON EN BALDE

Dedicado a Javier Aristu, tan aficionado como yo mismo a la lectura del Quijote

Montado en Rocinante y desde lo alto de una loma vio Don Quijote la populosa manifestación que se acercaba, amparada en una gran pancarta en la que aparecían el dibujo de un asno con la bocaza abierta en actitud de rebuznar, y el siguiente lema: «No rebuznaron en balde / el uno y el otro alcalde.»Dedujo de aquello el caballero de la Mancha que debían venir los manifestantes del pueblo del rebuzno, y comentó con Sancho que quienes le contaron la historia se habían referido a dos regidores, que no alcaldes. A lo que Sancho respondió que quienes eran regidores en el momento de rebuznar, bien pudieron llegar más tarde a alcaldes. Y concluyó, con encomiable sensatez: «... No hace al caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores, como ellos una por una hayan rebuznado, porque tan a pique está de rebuznar un alcalde como un regidor.»

Todo lo cual podría haber sido escrito con una muy larga previsión de futuro por el impenitente bromista Miguel de Cervantes. O no, vaya usted a saber. También podría ser que la graciosa aventura del rebuzno no guardara la menor relación con el hecho de que la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, haya esquivado la enésima denegación de un recurso suyo ante los tribunales de justicia por medio de una nueva propuesta – que ella afirma haber sido consensuada con el gobierno del PP, cosa que este último desmiente por el momento – de modificación del polémico plan de El Cabanyal. Un plan que, formulado por primera vez hace ya quince años, se ha propuesto arrasar total o parcialmente un barrio protegido como bien de interés histórico y cultural.

Por su parte la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, condecorará el próximo día de San Juan con la medalla al Mérito Civil a tres subinspectores y siete números de las fuerzas antidisturbios, por su “actuación heroica” el pasado 22 de marzo, durante las llamadas marchas por la Dignidad.

En ambas noticias se advierte, a mi entender, la presencia de un denominador común, perceptible asimismo en otras actuaciones (englobadas por larga tradición popular bajo la denominación genérica de “alcaldadas”), tanto de alcaldes como de regidores de distintos pueblos y ciudades de España. Desde, digamos, el caso emblemático del barrio de Gamonal, en Burgos, hasta el conflicto – saldado en primera instancia, pero latente – de Can Vies, en Sants, Barcelona. Todos ellos se asientan en la convicción profunda de que la ciudad no es propiedad común de los ciudadanos, faltaría más, sino botín exclusivo, por derecho conquistado de voto, de sus munícipes. Y de que cualquier acto de oposición ciudadana a todo lo que brota con pujanza de las partes más nobles de la Autoridad Municipal, merece ser reprimido y castigado con toda severidad y con Premura (sea quien sea el susodicho sujeto).


sábado, 21 de junio de 2014

SOBRE LA DEMOCRACIA Y LOS MEDIOS

Mi comentario de ayer sobre el periódico El País podía haberse ampliado y adquirido mayor peso de haber leído antes yo el artículo publicado el pasado día 18 por el defensor del lector, en torno a una entrevista al líder de Podemos, Pablo Iglesias, que fue mutilada primero en la edición de papel y posteriormente en la digital. Sin desmerecer la pulcra presentación de los hechos por parte de Tomás Delclós (ver aquí), he añorado la época en que ejercía su misma responsabilidad Milagros Pérez Oliva. Milagros se arremangaba y se metía en faena hasta el fondo. Examinaba en todas sus vertientes el suceso puntual, sin concesiones a ese compañerismo mal entendido que tiende a disimular faltas y omisiones serias, y a partir de ahí se remontaba a consideraciones más generales, de modo que su sección se convertía en una cátedra acabada de periodismo y de ética. Sigo buscando su firma, ahora en otras secciones del periódico, con la seguridad de que leyéndola siempre aprenderé algo.

Lo cual me lleva de una mujer a otra mujer, de Milagros Pérez Oliva a Nadia Urbinati, italiana nacionalizada estadounidense, profesora de Teoría política en la Universidad de Columbia de Nueva York, y defensora consecuente de una democracia representativa basada en la capacidad de intervención y de decisión de los ciudadanos. Me puso sobre su pista el amigo Javier Aristu, que anda oteando la posibilidad de traducir y publicar en España un trabajo suyo. En una reseña del último libro publicado por Urbinati, “Democracy disfigured. Opinion, Truth and the People” (Harvard University Press, febrero de 2014), me sorprendió encontrar, en un listado de “falsos amigos” de la democracia y en la mala compañía de los tecnócratas y los demagogos, a los medios de comunicación. Con frecuencia, señala la profesora, la idea de democracia que cultivan los medios es la de una competición deportiva en la que los ciudadanos ejercen de espectadores y de supporters apasionados de su equipo favorito.


Dado que lo único fiable hoy día en la prensa deportiva es el resultado numérico de los partidos, y todo lo demás está teñido de un partidismo insoportable para el buen sentido del lector, aviados vamos si ese es también el porvenir que aguarda al periodismo político.

viernes, 20 de junio de 2014

¿”EL PAÍS” O EL STATU QUO?

Algunos amigos mantienen su suscripción al periódico El País con el argumento de que «a pesar de todo» es el único medio legible. No es mi opinión, leo El País a diario y también leo otros medios. Lo importante, en el argumento que ellos utilizan, es la objeción entrecomillada.

La cosa va por aquí. Siguen, y sigo yo, apreciando en las páginas de El País la solvencia, la capacidad de análisis y la independencia de opinión de un largo listado de periodistas y colaboradores de primer plano. De otro lado, percibimos una línea editorial abiertamente decantada desde hace años hacia posiciones políticas muy precisas. El sextofelipismo apabullante de los últimos días no es sino una prolongación en el tiempo del felipismo a secas de otras épocas.

Nada que objetar. Lo que a algunos nos parece desabrido a otros les sabrá a rosquillas de las monjas. Lo que sí es objetable son las formas. El País alardea de Libro de Estilo, pero también cuenta para las ocasiones señaladas con un libro de Mal Estilo. Los ataques contundentes y reiterados a Podemos sobre la base de que lo financia el chavismo, son un ejemplo de manual de manipulación y de ausencia de ética. Nada tienen que ver con el partido político nacido en 2014 los pagos hechos por Venezuela entre 2002 y 2012 a una determinada entidad, en concepto de un asesoramiento que no fue ni exclusivo ni siquiera preferente. La ferocidad utilizada por El País en este tema, el fuego a discreción con toda la artillería mediática, se compadece mal con el juego limpio imprescindible en un contexto democrático.

Quizás sea oportuno recordar otra furibunda campaña del mismo periódico. Fue contra el Estatut de Catalunya presentado a las Cortes por Pasqual Maragall y el gobierno tripartito que encabezaba. Ahora están apareciendo los frutos de lo que entonces se sembró, y hay que convenir en que no tienen demasiado buen aspecto. Lo que hubo entonces y vuelve a haber ahora es una defensa cerrada, a ultranza, del statu quo. Una lectura inmovilista del bipartidismo y de la constitución, respaldada con algarabía tanto por la casta como por la costra.

El País se apostilla como “el periódico global”, y está teóricamente a favor de la modernidad y de la renovación frente a los desafíos del siglo XXI. La modernidad y la renovación de las instituciones necesitan como el agua instrumentos para progresar. La dirección de El País habrá de mirar hacia dentro y convenir que el progreso no se defiende desde el inmovilismo.

O bien, cambiar la cabecera, y en lugar de “El País”, llamarse “El Statu Quo”.


jueves, 19 de junio de 2014

NO PASA NADA SALVO ALGUNA COSA

No invento nada si digo que el fútbol es una metáfora de la vida. Jorge Valdano lo ha dicho antes que yo, quizá con la diferencia de que él afirma que la vida es una metáfora del fútbol. En el fondo es lo mismo, todo depende del valor relativo que demos a los dos conceptos.

Pues bien, la normalidad y la transparencia con la que el pueblo español ha acogido la eliminación de la Roja en el Mundial de fútbol de Brasil ha sido el asombro del mundo. Una vez más, hemos dado prueba acabada de madurez. En el exterior se nos respeta, se sabe de sobra que seguimos ocupando un lugar de privilegio en el concierto de las naciones. La eliminación es lamentable pero no empaña el brillo de una trayectoria, y debe ser considerada como un mal resultado circunstancial, no extrapolable a otras situaciones ni a otros campeonatos.

Por lo demás, la solidez de nuestras instituciones deportivas ha encajado el contratiempo con solvencia. El sistema funciona. Los remedios van a afrontarse con prontitud, por supuesto desde la continuidad y la sensatez. No es momento de aventuras, hay que decirlo muy alto a la intención de los eternos pescadores en aguas revueltas. Conviene, por el contrario, conservar la cabeza fría y recordar el oportuno consejo de la santa del brazo incorrupto: en tiempos de tribulación, no hacer mudanzas.

Por lo demás, hay futuro de sobra por delante, brotes verdes en forma de jóvenes promesas llamadas a darnos muchos días de gloria. El mes próximo o el otro podré darles a este respecto excelentes noticias. Todos juntos, seguiremos avanzando en el objetivo común de la recuperación.

En apretada síntesis. Españoles, no pasa nada, salvo alguna cosa que es lo que cuentan los periódicos.


miércoles, 18 de junio de 2014

DECLARACIONES ESTUPENDAS

Dos de mis políticos favoritos de todos los tiempos han hecho recientemente declaraciones estupendas. Don José Manuel Durao Barroso, en el marco de la Universidad de Verano Menéndez Pelayo; don Mariano Rajoy Brey, en un desayuno con la prensa, organizado por Europa Press. El presidente saliente de la Comisión Europea realizó una performance sobresaliente en la modalidad «las cosas habrán sido como ustedes dicen, pero en ningún caso tengo yo nada que ver». El presidente del Gobierno español, muy curtido en estas lides y ya con un amplio registro de récords en su historial, centró su ejercicio retórico en la variante «las cosas no han sido como han sido, y mucho menos van a ser como van a ser». Examinemos más de cerca a los dos fenómenos.

La culpa de la crisis española, dijo don José Manuel en su conferencia, ha sido del Banco de España, que no controló de forma adecuada a las cajas. Él mismo lo advirtió con severidad a Miguel Ángel Fernández Ordóñez, “Cuidadito con las cajas”, pero MAFO presumía de tener las instituciones financieras más sólidas del mundo mundial, y así le fue. Metido ya en la faena y cada vez más pinturero, abordó luego el gran Joselito Manuel la llamada crisis del euro. “No hay tal. Es de todos sabido que la crisis comenzó en Lehmann Brothers”. Y ya enrabietado, se atrevió con la Comisión que él mismo ha presidido desde los tiempos del canalillo: “Es verdad que hay cosas que no se han hecho bien, pero la culpa la tienen los parlamentarios que optaban por medidas severas en Bruselas y de vuelta a sus países de origen criticaban lo mismo que habían votado.”

Moraleja: un político de raza habrá de tener disponible en todo momento una amplia panoplia de chivos expiatorios hacia los que centrifugar las críticas que reciba por su propio desempeño. O, expresado con las palabras de Étienne Balibar, organizará metódicamente su propia irresponsabilidad.

Lo de Rajoy Brey también es de manual. Es sabido con qué formas y plazos ha abdicado Juan Carlos I, y qué características va a tener la coronación de Felipe VI. Por no haber invitados, ni siquiera el hasta ahora rey va a asistir a la ceremonia, cuestión que todo el mundo político parece considerar “normal”. Tampoco va a haber fastos eclesiásticos, para desencanto de monseñor Rouco, que tenía ya escrito un borrador de sepancuantos con el que dar en la misma crisma a toda la chusma atea, procaz y abortista. Lo menos que puede decirse, es que se ha buscado un perfil bajo, y que el anhelo más ferviente de todos los implicados es que la cosa pase lo más inadvertida posible. Veamos ahora la interpretación que de tales circunstancias da nuestro presidente: «La transparencia y la normalidad con que se está llevando a cabo la sucesión de la corona es la mejor prueba de la solidez de nuestras instituciones y del consenso social en torno a nuestra constitución y a nuestra democracia. Estamos dando una magnífica imagen ante el mundo, y por todo eso creo que los españoles debemos felicitarnos.»


Y si tanta es la distancia entre lo que está pasando y lo que Mariano dice que está pasando, ¿qué pensar de lo que él dice que va a pasar a continuación?: «Esa madurez y estabilidad es lo que va a ayudar a la recuperación económica.»

martes, 17 de junio de 2014

DE LA VERBORREA AL ANÁLISIS

Deberíamos aclararnos. O bien la Transición fue una conjunción modélica de voluntades que dio origen a un gran pacto nacional no sólo admirable en sí mismo, por la sensatez y la abnegación de sus protagonistas, sino además indefinidamente repetible y renovable por los tiempos de los tiempos (¿alguien recuerda que José María Aznar, entre otros prohombres destacados del presente, votó No a la Constitución?) O bien, por el contrario, aquello fue el gran engaño, el contubernio de intereses inconfesables que nos ha conducido en derechura a los lodos actuales.

En estos dos constructos explicativos contradictorios se da un elemento común: los treinta y cinco años de vigencia de la Constitución y de su correlato, la actual Monarquía, desaparecen del análisis; son un hiato formidable, un espacio-tiempo desprovisto de entidad y de sustancia. Para nuestros analistas y tertulianos, tan bien provistos de facundia y de retórica, en estos treinta y cinco años no ha ocurrido nada digno de mención: el análisis salta sin trabas del setenta y nueve al dos mil catorce como si la inmutabilidad de las superestructuras – la Constitución, la Monarquía, el sistema de las Autonomías – fuera el correlato consecuente a una inmovilidad general de la estructura. La sociedad, el mundo del trabajo asalariado, los anhelos y las expectativas de los españoles, se perciben como una foto fija. Todo es cuestión de decidir si proseguimos por la senda del inmenso acierto consumado hace treinta y cinco años, o si por el contrario es hora ya de corregir el inmenso error cometido entonces.


Resulta cansino repetirse, pero al parecer aún es necesario insistir en lo que José Luis López Bulla, primer espada de una lucida cuadrilla en la que modestamente me incluyo, viene denunciando desde hace ya bastantes años hasta la afonía. A saber. Se ha producido en estos años un cambio del paradigma productivo, una implosión del sistema fordista-taylorista que constituía el fundamento “natural”, en nuestro país y en otros de nuestra área geopolítica, tanto de la economía en sí como del llamado Estado social, y por ende de las expectativas de ascenso social de los trabajadores asalariados y sus familias. Si el sistema productivo basado en la gran fábrica ha estallado en millones de fragmentos, desplazando a los trabajadores al terreno del precariado y la economía sumergida y amputándoles derechos que parecían consolidados para siempre, no podemos seguir razonando como si siguiera intacto el consenso (válido, legítimo, positivo) que agrupó a una gran mayoría de españoles en torno a una Constitución y una monarquía de signo democrático y postfranquista. Rebus non sic stantibus, y en consecuencia el consenso, si coincidimos todos en considerarlo necesario, debe ser reformulado de una forma tan drástica como ha sido torpedeado. Debe reconstruirse ese amplio consenso desde el principio, con la participación de todos o de la gran mayoría, sin prejuicios ni vetos, con derecho a decidir y con tantos referéndums o consultas como sean precisos. Porque de otro modo la superestructura (la constitución, las leyes, los parlamentos, los tribunales, la banca y las instituciones financieras, etc.) seguirá gravitando en equilibrio inestable sobre las espaldas de una sociedad cada vez más perjudicada, frustrada e indignada. La crisis no es una catástrofe, es una coyuntura que exige un cambio de rumbo y de perspectiva. Lo que sí es una catástrofe es el inmovilismo empeñado en perpetuar los privilegios de una casta (para decirlo al modo Iglesias) ya no justificados por la marcha general de las cosas. ¿Recuerdan ustedes, amigos lectores, lo que dejó escrito Carlos Marx acerca de la lucha entre lo viejo que se resiste a morir y lo nuevo que pugna por aparecer? No les estoy hablando de antiguallas: ese análisis tiene más actualidad que tanta filfa como nos sirve a diario la verborrea de los medios de desinformación.

lunes, 16 de junio de 2014

EL EXTRAÑO CASO DEL TONEL DE VINO

A mi paso por la Gemäldegalerie de Berlín, una curiosidad repentina me dejó plantado durante un buen rato delante de una pieza de retablo. El autor era desconocido para mí: Simon Marmion. El título correspondiente a esa pieza y a un pendant situado a su lado era “Escenas de la vida de san Bertín”. Tampoco conocía a san Bertín, el único Bertín de mi conocimiento es el Osborne. De la serie de pinturas que el lector puede ver clicando en el título, la que me llamó en particular la atención es la situada en el extremo izquierdo.

La describo. La escena aparece partida en dos mitades. En la mitad superior, un grupo de jinetes avanza por un campo presidido por una cruz de término, en dirección tal vez a un castillo cuyos muros se alzan en la esquina izquierda, y uno de ellos se está pegando lo que castizamente llamamos un tozolón. En la mitad inferior, un monje, observado por otros dos personajes, pincha con una espita un tonel colocado en un patio tapiado y protegido por un tejadillo. Del tonel brota un chorro de vino.

Como en este género de pinturas ningún detalle es gratuito, el arriba y el abajo tenían que tener alguna relación. ¿Un accidente inesperado de algún malvado había desbordado el entusiasmo etílico en el convento? La gravedad imperante en el resto de las escenas me sugería que no se trataba de eso, sino de otra cosa. Así es. He encontrado la clave después de varios rastreos en Google, y me complace compartirla con los lectores ociosos que no tengan en este momento cosas más urgentes que hacer.

El señor Warbert y su esposa Ranegunda eran devotos asistentes a las misas oficiadas por el abad Bertín en la abadía de Saint-Omer. Concluida la misa, Warbert pedía siempre la bendición de Bertín antes de dedicarse a atender a sus negocios. Un día, las prisas por emprender un viaje a una ciudad vecina hicieron que se saltara la misa y bendición diaria. Zas, como a propósito, ese mismo día sufrió una caída de caballo y quedó muy malherido. Postrado en el lecho y paralítico, dio aviso a Bertín de lo sucedido y de sus sospechas de que el estado crítico en el que se encontraba era debido a un castigo divino por su descuido en las prácticas piadosas. «Para nada», respondió el futuro santo. «Es un simple accidente que se remedia con un vaso de vino.» Y mandó a un lego que sacara algo de vino de la bodega conventual y lo enviara al señor Warbert para confortarlo. El lego se lo quedó mirando con la boca abierta: «Señor abad, sabéis muy bien que desde hace meses no hay en la bodega más que barricas vacías, no queda ni una gota de vino en el convento». Eso dijo el lego, o palabras parecidas. Bertín insistió: «Toma una espita y pincha el tonel más grande.» El lego obedeció, el vino brotó y con él curó, es de suponer que literalmente en un santiamén, el señor Warbert. Ese es el milagro que recuerda la escena del retablo, amigos lectores. Colorín colorado.


domingo, 15 de junio de 2014

NO SOY DE LOS MÍOS

Existe en el momento actual una confusión política considerable en la ciudadanía, pero por fortuna no faltan voces caritativas para explicarnos las cosas con paciencia pedagógica. Las explicaciones no resultan muy claras, la verdad, pero sí son tranquilizadoras. Por ejemplo, nos dicen que no hace falta ninguna poner a referéndum la monarquía, porque nuestra Constitución es una especie de vehículo todo terreno, y ha configurado una monarquía republicana. O una república monárquica, según lo prefiera cada cual. También disponemos de un centralismo federal y de un federalismo centralista, por mor de la sagaz previsión de aquellos padres de la patria de la añada excepcional de 1979. De modo que no hace falta cambiar nada de nuestro ordenamiento, está ya todo incluido en el paquete. (Bueno, descontados pequeños detalles de orden secundario como la reforma laboral.) Incluso el secesionismo, fíjense, incluso el secesionismo es posible, o por lo menos no es imposible, siempre que respete la ley suprema. Es decir, que sea un secesionismo integrador, supongo, y respetuoso con la unidad de España.

El populismo, esa lacra, es lo único que no cabe en nuestra Constitución, dicen nuestros aleccionadores espontáneos. Un populismo en el poder sería la catástrofe. Se sobreentiende que estamos hablando de un populismo de izquierdas, hombre, qué se había figurado usted. Un poco de populismo de derechas no hace daño a nadie, salvo posiblemente a los sin papeles, que no cuentan, ellos sí que no entran en el articulado de nuestra ley suprema; ni siquiera en las disposiciones transitorias.

Son muchos los espontáneos que nos bombardean con el mismo discurso, desde distintos ángulos y posicionamientos ideológicos. Tanta repetición contribuye por una parte a la buena recepción, sin equívoco posible, del mensaje; pero, por otra, aumenta la confusión. No es sólo que no sabemos dónde están los nuestros, es que ni siquiera estamos seguros ya de ser de los nuestros. Lo ha dicho Raimon, aunque referido a una situación muy diferente. He rescatado la noticia de los diarios con retraso, porque me encontraba en Berlín el pasado martes día 10 de junio, cuando el poeta de Xàtiva recibió el 46º Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, que otorga cada año el Òmnium Cultural.

Pues bien, dijo Raimon en el acto solemne de entrega del galardón, delante de 1.500 personas, entre ellas el president de la Generalitat Artur Mas: «A menudo tengo la sensación de que no soy de los míos, cuando quieren que sea como ellos querrían.»


Me parece admirable esta forma de poner el dedo en la llaga. El problema, en efecto, es que somos como somos, y no como los nuestros querrían que fuésemos. Esta disociación nos produce una desazón considerable, tanto a ellos como a nosotros. Pero, o bien encontramos un modo de solucionarla, una síntesis nueva, o bien seguiremos transitando por caminos divergentes: los nuestros por el suyo, nosotros por el nuestro. Con populismos, incluso. Con catástrofes, quizás.

sábado, 14 de junio de 2014

VAMOS A POLLAS

Cuando no aparecen las bandadas de ánades salvajes en el horizonte, a los cazadores frustrados que las aguardan camuflados entre los cañaverales no les queda otro recurso que ir a pollas. Para nadie es un misterio que la carne de las pollas es seca y desabrida; cocinadas en vinagre no resultan precisamente un manjar, según queda constancia en el acervo de la sabiduría popular. Pero qué remedio queda sino apechar con ellas, con algo hay que llenar el morral.

Vamos a pollas, pues. En la última sesión del Parlament de Catalunya, se votó una moción presentada por IC-V para pedir disculpas a las víctimas de las pelotas policiales de goma, prohibidas recientemente después de causar algunos estragos. La moción fue rechazada por los votos sumados de CiU y PP (no es una errata: por los votos sumados de CiU y PP). ERC y Ciutadans se abstuvieron, las disculpas no les parecieron del todo bien porque lo que ellos deseaban era expresar su “solidaridad”. En cualquier caso, su solidaridad se quedó sin ser expresada de ninguna forma positiva.

La siguiente moción, también presentada por IC-V, se refería a Ester Quintana, la mujer que perdió un ojo por el impacto de una pelota de goma que nunca existió en los datos que maneja la conselleria de Interior. Se pedía el reconocimiento de los hechos, y también hubo rechazo por los votos sumados de CiU y PP (de nuevo no hay errata: por los votos sumados de CiU y PP). ERC volvió a abstenerse porque prefería pedir una “revisión” de los hechos en lugar de un reconocimiento. Así pues, los hechos quedarán sin ser ni reconocidos ni revisados.

Mientras tanto, los trabajadores de Panrico de Santa Perpètua de Mogoda volverán al trabajo después de ocho meses de huelga. Las perspectivas son malas: no hay compromisos, sólo cansancio acumulado. La dirección sigue inamovible, y la labor de mediación de la conselleria de Foment ha indignado a la asamblea, que la ha calificado de “sesgada” en favor de las posiciones empresariales.

Son menudencias, chinitas, pollas en vinagre que van apareciendo en el trayecto firme hacia una esplendorosa futura independencia catalana, y que se sortean hábilmente gracias a la destreza y la larga experiencia en recursos de sotamano que poseen los pilotos del proceso. Quizá convenga recordar, sin embargo, que no se construye un país sobre escapatorias, sobre la elusión de responsabilidades, sobre medias verdades, sobre cálculos de conveniencia, sobre añoranzas brumosas y promesas ambiguas. Un berlinés ilustre, Bertolt Brecht, tenía colgado de la pared, frente a su mesa de trabajo, el siguiente letrero: «La verdad es concreta.»


viernes, 13 de junio de 2014

WHO BY FIRE?

¿Quién por el fuego? ¿Quién por el agua? ¿Quién a pleno sol? ¿Quién en la noche? ¿Quién por solemne ordalía? ¿Quién por juicio ordinario? ¿Quién en tu feliz, feliz mes de mayo? ¿Quién por una decadencia muy lenta? ¿Y quién diré que está llamando?

¿Quién durante una escapada solitaria? ¿Quién por barbitúricos? ¿Quién en los campos del amor? ¿Quién por algo despuntado? ¿Quién por avalancha? ¿Quién por pólvora? ¿Quién por su codicia? ¿Quién por su hambre? ¿Y quién diré que está llamando?

¿Quién en una difícil ascensión? ¿Quién por accidente? ¿Quién en soledad? ¿Quién en este espejo? ¿Quién por mandato de su dama? ¿Quién por su propia mano? ¿Quién en mortales cadenas? ¿Quién en el poder? ¿Y quién diré que está llamando?

Leonard Cohen. (Por la traducción, Paco Rodríguez de Lecea

jueves, 12 de junio de 2014

BERLÍN Y LA MEMORIA TRANSPARENTE





Ni Carmen ni yo habíamos estado nunca antes en Berlín, de modo que lo hemos visitado al tuntún, un poco a ver qué es lo que había. Lo que había ha incluido algunas sorpresas agradables, como ese encuentro sorpresa en un parque con tito Carlos y tito Federico (excelentes personas, los dos), del que deja constancia la fotografía.

Berlín quedó arrasada hará sus sesenta años por muchas y muchas y muchas toneladas de bombas. La reconstrucción ha sido larga: aún continúa en buena medida. Ha habido tiempo, por tanto, para trabajar con sentido e intención, y el resultado es que hoy la ciudad es una especie de aleph al modo de Borges, un lugar mágico donde la historia se condensa y la memoria se hace transparente. 

Contribuyen a esa transparencia de la memoria los centenares de museos berlineses de todas las temáticas y contenidos posibles. No estoy hablando de museos de chichinabo, de los de a siete la media docena. Muy al contrario. Sin ir más lejos el Museo de Pérgamo, donde pasamos Carmen y yo la mañana del martes, tiene uno de los ratings más altos de la escala Richter de los museos del mundo, o sea, es un museo del puto copón, y no exagero una tilde.

Pero no son sólo los museos. Foster hizo una cúpula nueva para el Reichstag. La hizo de perfil bajo, uno, y transparente, dos, de modo que vista de lejos sólo se ve la armazón de hierros que la sostiene, y da la sensación de un edificio en ruinas. En Postdamer Platz, reconstruida varias veces a lo largo de su historia, y uno de los puntos neurálgicos del recorrido del Muro, la nueva arquitectura de armatostes caóticos de acero y cristal, como el edificio Sony y otros vecinos, semeja una tremenda explosión solidificada.

Los dos puntos álgidos de esa memoria berlinesa de las catástrofes sucesivas son el Holocausto y el Muro. En el tema del Muro encontré una concesión chabacana a la comercialidad: en el Checkpoint Charlie de la Friedrichstrasse siguen los letreros («Está usted abandonando el sector americano») y la antigua caseta de vigilancia protegida por sacos terreros, y el negocio consiste en que los turistas hacen cola para fotografiarse, pagando, junto a unos actores disfrazados de soldados yanquis.

El tema del Holocausto es seguramente el más emotivo. Hay varios museos sobre el tema, más un monumento situado junto a la puerta de Brandemburgo que cubre un área muy considerable de terreno con una cuadrícula de bloques de cemento alargados como ataúdes. Uno circula entre ellos y se va sumergiendo poco a poco porque el terreno desciende y los bloques se hacen imperceptiblemente más altos, hasta que el cielo sólo se ve por los intersticios.

Simbólico y espectacular, ciertamente. Pero más íntimo, personal y doloroso es otro recuerdo a ras de suelo, sin pretensiones. El paseante encuentra de vez en cuando, en el umbral de una casa de vecinos actual o en el espacio correspondiente al de una vivienda desaparecida, plaquetas metálicas que llevan inscritos nombres de personas y tres fechas: la de nacimiento, la del día en que esa persona fue arrancada de su vivienda habitual, y la de su muerte violenta. No tomé apuntes de modo que cito de memoria algunas de las placas que vi: estaban los dos Abrahamsohn, padre e hijo; los tres Brauner, padres e hija; los Shiele, los Rosenthal, los cuatro hermanos Laufer (tres chicas y el benjamín; las fechas de nacimiento eran 1926, 1928, 1929 y 1930; la mayor tenía 12 años y el pequeño ocho cuando se los llevaron de allí en 1938; no hay placas de los padres); un Cohn solitario y ya anciano, y nada menos que cinco Salinger, la familia completa. Murieron todos, pero Berlín mantiene vivo su recuerdo en los lugares a los que pertenecieron.


lunes, 9 de junio de 2014

EL SENTIDO POCO COMÚN DE GEORGES BRASSENS

«Punto y contrapunto» debía, desde su misma aparición, un homenaje a Georges Brassens. Porque él ha sido el poeta del siglo XX que mejor ha sabido dar un contrapunto, un eco lleno de sorna, a la lógica manida del sentido común. Las letras de muchas canciones de Brassens se inscriben en una operación de destrucción de la lógica que tiene su antecedente inmediato en Groucho Marx, y un epígono tardío en Woody Allen. No cualquier Allen, desde luego, sino el de sus mejores momentos, aquellos en los que acierta a desplazar el cliché o lugar común a un terreno distinto de aquel en el que floreció, para dejar patente su absurdo.

Me explicaré mejor con ejemplos. Omitiré los de Groucho: cualquiera de sus célebres frases sirve. En Bananas, de Woody Allen, el instructor de la guerrilla explica a los reclutas el manejo, no recuerdo bien si de un fusil ametrallador o de una granada de mano. «¿Alguna pregunta?», dice al concluir. Y Woody: «Sí, por favor. ¿Cree usted que los jóvenes deben ir vírgenes al matrimonio?». Ese es el tipo de mecanismo que pretendo resaltar en algunos ejemplos de Brassens. Soy consciente de que con ello no agoto los valores y las sorpresas que proporciona la audición de un poeta y cantante de una originalidad inmensa. Podría hablar muy largo y tendido sobre la poesía de Brassens, su lenguaje, su temática, sus formas musicales. Pero todo eso está ya hecho, incluso en tesis de doctorado. Me limito entonces a aportar un punto de vista, un granito de arena personal. De pasada, recomiendo a lectores con alguna propensión a escandalizarse por el lenguaje sexual explícito, que se tapen castamente los oídos mientras leen las líneas siguientes.

En Le gorille, un gorila que se ha escapado de su jaula del zoo decidido a perder de una vez su doncellez, descubre que todo el mujerío que lo rodeaba se ha hecho humo de repente, y las únicas personas que están aún a su alcance son una vieja (decrépita, para mayor precisión) y un juez. Georges hace en este momento un alto en el relato de la persecución de los fugitivos para plantear a sus oyentes el siguiente dilema: «Supongan que uno de ustedes se ve obligado, como el mono, a violar a un juez o a una antepasada, ¿a cuál de los dos elegiría?» Él, por su parte, declara preferir a la anciana «si uno de estos cuatro días me encuentro en una alternativa parecida». Pero… «Es sabido que el gorila, aunque excepcionalmente equipado para el juego del amor, no brilla en cambio por su buen gusto ni por su talento.» Y la canción prosigue imperturbable, hasta detenerse en el «momento supremo» de la violación del juez. «No puedo contároslo, y es una lástima porque os habríais reído un rato.»

Sigamos, ahora que hemos roto el hielo. En Le cocu, un jefe de estación de ferrocarril regresa a casa después de una jornada festiva dedicada al noble arte de la pesca, y encuentra a su mujer revolcándose en la cama con un desconocido. El espectáculo le resulta desagradable porque los dos están desnudos; les pide con buenos modos que se cubran, y ellos se niegan «tozudamente». Llega en este momento la reflexión distanciada del relato de los hechos: «¿Es que manchar mi lecho nupcial les impide guardar las normas elementales de la cortesía? Podrían preguntarme si he tenido un buen día de pesca, o por lo menos interesarse por mi salud.»

La situación inversa se da en La traîtresse. Paseando al atardecer por unos jardines públicos, un hombre descubre a su amante besándose en un rincón oscuro con el marido de ella. Le invaden, como es lógico, el dolor y la indignación. Tras la sorpresa de la revelación, llega la comprensión de detalles que antes no acababan de cuadrar; por ejemplo, que los hijos de su amante no se parecen a él. Y estalla: «¿Encontraré nombres, encontraré palabras a la altura de la infamia de la traidora que ha elegido al marido para engañar al querido, llevando así el adulterio a su punto culminante?»

La sólida institución social del adulterio es revisitada en À l’ombre des maris, una canción cuyo estribillo reza así: «No arrojéis la piedra a la mujer adúltera, detrás estoy yo.» La voz cantante señala en este caso que si bien la mujer es un elemento indispensable en el triángulo amoroso, el marido constituye el vértice fundamental. No cualquier marido sirve, debe ser un «gentleman completo». La razón cae por su propio peso: «Yo me niego a beber en el vaso de un señor que no me cae bien.»

De historia ejemplar se puede calificar Le mauvais sujet repenti. El protagonista es abordado en los alrededores de la Madeleine por una fulana, y se siente movido a compasión al darse cuenta de que se trata de una debutante. «Tenía el don, tenía el genio, de acuerdo; pero sin técnica, un don no es más que una sucia manía.» De modo que la instruye a fondo en el oficio y los dos forman una sociedad mutua: «Ella era el cuerpo, naturalmente, y yo la cabeza.» Las ganancias van al cincuenta por ciento, pero todo acaba cuando ella atrapa una enfermedad vergonzosa y, como chica honrada y leal que es, le pasa a él la mitad de sus microbios.

Del cinismo a la ternura. En La fille à cent sous, un vecino «más borrachuzo que yo» le ha vendido a su mujer por una moneda de cien sous. Cuando él la ve desnuda, renuncia al trato porque la encuentra demasiado delgada. «Yo soy un bon vivant, no me apetece abrazar esqueletos. Vuelve con tu marido», dice a la mujer, y ella le contesta, con una vocecilla temblorosa: «Tú me gustas más. Sé que no estoy buena, pero no es culpa mía.» Y todo cambia a partir de ese momento: «Aquel saco de huesos que no había querido ni por un cobre, se me ha metido dentro del corazón y no saldrá de ahí ni por una fortuna.»


Sarcasmo, acoso y derribo de los clichés, cinismo, ternura. Ofrezco para terminar la confesión resignada de un bruto de nacimiento ante la capacidad de las mujeres – de una mujer en particular, entre todas las posibles – para convertirse en su destino. Dice el narrador de Je me suis fait tout petit: (clicar sobre el título para escucharla): «Yo era duro de pelar, y me he ablandado delante de una mosquita muerta, de una muñeca que grita “¡Mamá!” cuando la tocas.» La estrofa final es antológica: «Todos los sonámbulos, todos los magos, me han pronosticado – sin malicia – que en sus brazos en cruz habré de sufrir mi último suplicio. Hay destinos peores y los hay mejores, pero, a fin de cuentas, ¿qué más da colgarte de aquí que de allá, si has de colgarte?»​

viernes, 6 de junio de 2014

RECOMENDACIONES DE LECTURA

El análisis de la actualidad política tiene muchos filos o aristas, caires  que decimos en Cataluña. Disponemos, por ejemplo, de un aluvión de explicaciones, interpretaciones y comentarios acerca de la abdicación de Juan Carlos I en su hijo Felipe. Cómo se trata de un paso trascendente que lleva meses gestándose, cómo se ha elegido con amor y sentido de la oportunidad el momento más adecuado para anunciarlo, cómo el acendrado sentido del bien del Estado y de la fortaleza de las instituciones ha prevalecido sobre cualquier otra consideración. Guillem Martínez, en un artículo publicado en El País-Cataluña, plantea algunas objeciones a ese cuadro general. Puede que algunos de vosotros, queridos lectores, no sepáis quién es Guillem Martínez: el Google os informará de que no se trata de ningún recién aparecido. Por estas latitudes lo apreciamos mucho en su faceta de guionista de Polònia, un programa de humor político que no se ve más allá de la línea del Ebro, adonde tampoco llegan las páginas de la edición Cataluña de El País. Pues bien, Guillem Martínez parte de la premisa de que cuando todas las cabeceras patrias se lanzan en tromba a dar explicaciones unánimes, incluso en ediciones vespertinas extraordinarias, es porque en el exterior se están haciendo juicios y valoraciones distintos. Y analiza lo que se comenta en algunos medios de otros países. Una tarea que, asombrosamente, se está dejando de lado en los exhaustivos análisis autóctonos. Además, señala Martínez la no pequeña contradicción de que una transición cuidadosamente prevista y amorosamente preparada desde hace más de cuatro meses, se haya ido a plasmar en una ley orgánica (el requisito lo reclamaba nuestra Constitución) de sólo dos artículos y unas pocas líneas despachadas a toda prisa. Leed el artículo, y juzgad: Descripciones de la abdicación.

Y después, si se os ha abierto el apetito para el manjar político, visitad la última entrada de Lluís Casas en Metiendo Bulla: ¿Manifiesto por el cambio? Se trata aquí de empezar a embastar un proyecto de mínimos consensuados en el seno de las izquierdas plurales, para la época de turbulencias que se avecina. Ya se ha dejado claro en este mismo foro, en otra ocasión, que el proyecto no es el trayecto, pero por algún sitio se ha de empezar, y siempre es mejor hacerlo bien que mal. Porque, como amonestó el consejero Patronio al conde Lucanor, «quien no cata los fines fará los prinçipios errados.» Lluís Casas promete continuación a su interesante entrada de hoy.

jueves, 5 de junio de 2014

POLÍTICA PEQUEÑA

Resulta que a fin de cuentas CiU se abstendrá en la votación acerca de la abdicación regia. La noticia no ha sentado muy bien en las altas esferas de la casta. El País dedica hoy un editorial a reprochar a la coalición catalana su actitud poco dúctil en contraste con la amplia comprensión demostrada en épocas anteriores hacia la delicada fontanería del Estado opresor. Y Mariano Rajoy ha comentado en tono destemplado (entrecomillo, atención los lectores distraídos, que esta es buena) que «no es momento para política pequeña».

Me pregunto qué entiende nuestro presidente de gobierno por «gran política». Es imposible que se refiera a la actual rutina del “recorta y pega”, su desvarío no puede haber llegado a ese punto. Cabe deducir que lo que tiene en la cabeza es una política de pompa y circunstancia, de alharaca y trompeteo; tal vez se refiere a la política de autobombo, que en su caso particular y en el de sus adláteres Montoro, Guindos o Cospedal, sí hemos de reconocer que es grande. Tengo la oscura sospecha de que si un chambelán les presentara un día la verdadera gran política en una bandeja de plata, nuestros gobernantes le preguntarían: «Oiga, y esto en concreto ¿qué es, besugo o cochinillo?»

En este país, no es sólo que la gran política no aparece por ninguna parte ni se la espera; lo más doloroso es que también nos falta mucha, muchísima política pequeña. Rafael Ribó, el síndic de greuges de Cataluña, es decir nuestro ombudsman o defensor del pueblo, lleva algún tiempo llamando la atención de las autoridades sobre el hecho de que muchos niños de familias vulnerables asentadas aquí padecen una desnutrición grave, paliada sólo por el complemento alimentario que reciben en la escuela. Ahora que expira el curso escolar, la situación toma tintes dramáticos. La Generalitat ha elevado en 500.000 euros la subvención de los esplais y casales sociales, y estos por su parte han extendido sus actividades al mes de agosto, pero hay dudas de que el esfuerzo adicional resulte suficiente, porque para muchas familias que ya están al límite se acaba por estas fechas el subsidio de paro.

Lo que quiero decir es que este sí es seguramente el momento para más política pequeña.
  


miércoles, 4 de junio de 2014

EL REY DESNUDO (MONÓLOGO DE HUMOR)

Por los periódicos nos hemos enterado de que el relevo en el trono de España ha generado una inusitada ilusión y esperanza en la ciudadanía. Se agradece la información. Ahora bien, ese manto de ilusión y esperanza de que vendrá revestido don Felipe VI sólo debe de ser perceptible, como en el viejo cuento, para los cristianos viejos por los cuatro costados y los ocho apellidos. Quienes vemos al nuevo rey desnudo de tales prendas caemos sin duda en la categoría de los mindundis o alternativamente en la de los pringaíllos, y ante una desgracia así, me temo que no habrá remedio para nosotros en la etapa esplendorosa que va a abrirse el próximo día 18.

El 91% de las cortes, según las primeras estimaciones, respaldará el solemne proceso. El PSOE, por ejemplo, votará afirmativamente, sin fisuras. En fin, con las fisuras ya habituales; pero tanto Rubalcaba como sus predecesores Zapatero y González han dicho que el compromiso con la monarquía es un pacto de caballeros que no se plantean romper a pesar de la tradición republicana de su partido. Dicen ellos que fue el rey quien devolvió a los españoles su soberanía, en 1979. Qué haya sido después de esa soberanía y de la forma de ejercerla, es un misterio insondable. Nuestros tribunos, en cualquier caso, se han visto atados durante treinta y cinco años por aquel compromiso fundacional, y nos cierran la puerta en las narices dejando en ella un letrero colgado: «No Molestar».

También CiU va a sumarse, al parecer, al voto afirmativo. Todo el mundo sabe que CiU es una formación preocupada por someter a consulta de los ciudadanos los asuntos de importancia, pero es que, según ha declarado Durán Lleida, esta cuestión es de puro trámite. Resulta difícil compaginar esta afirmación con lo que se deduce de todo lo anteriormente expuesto, pero seguro que, bien explicadas, las cosas cuadran.

Es de suponer que el nuevo rey será ungido en una catedral o similar, y que quien coloque la corona sobre sus sienes será una alta autoridad eclesiástica, presumiblemente el primado de España monseñor Rouco Varela. No será quizá la mejor manera de comenzar su andadura para Felipe VI, un hombre emplazado desde el inicio a afrontar los «retos del presente», en opinión unánime de los comentaristas. Rouco podría incluso invocar el espíritu de la guerra civil o extenderse en la condena del aborto; es muy capaz de hacerlo, lo ha demostrado en otras ocasiones. Habría sido preferible que oficiara su sucesor, que se rumorea que será el obispo Blázquez. No ha llegado a tiempo el papa Francisco para poner a punto este otro relevo, ¡está tan ocupado! Recuerdo que cuando fue elegido por el espíritu santo, hará ya quince meses, también generó en los fieles esperanza e ilusión. Desde entonces ha dado algunos pasos prudentes hacia la renovación de la iglesia. Algunos pasos. Prudentes. Eso sí, los ha dado con sus zapatos viejos. No ha querido comprarse unos nuevos para dar de ese modo ejemplo de pobreza. Es un símbolo muy estimable en algunos aspectos, aunque contradictorio con una renovación que seguimos esperando.

En resumen, viene a resultar que en este grave asunto no vamos a poder confiar ni en dios, ni en reyes ni en tribunos. Tampoco podremos quejarnos de que nadie nos lo había advertido.


martes, 3 de junio de 2014

EL PROYECTO Y EL TRAYECTO



En recuerdo de Vittorio Foa, maestro de sindicalistas

«Para que exista alternativa tiene que existir una propuesta de desplazamiento, un proyecto y un trayecto, con un objetivo claro como estación final.» Lo escribí así anteayer, y un amigo me urge a precisar más y ampliar esa idea del trayecto que debe recorrer una alternativa.

La cosa es así. De entrada, no hace falta insistir mucho en el proyecto o programa, lo llevamos en nuestra herencia genética. «Programa, programa, programa» fue la trilogía propuesta por Julio Anguita, y ese sigue siendo el principio de todo, por más que algunos adeptos al pensamiento blando prediquen, a veces con palabras pero sobre todo con los hechos, que lo primero es el poder, y el programa es tan sólo un adorno, un accesorio susceptible de ser utilizado sobre la marcha como elemento de trueque.

En cualquier caso, el proyecto o programa no es más que el principio. Un punto de partida o, si se quiere, un itinerario trazado sobre el mapa. Es sabido que los mapas tienen la característica de ser superficies planas, abarcables de un golpe de vista. Por detallados que sean, son simplificaciones de la realidad. (Ideologías, podríamos llamarlos con justeza.) El programa, el mapa, no supone ningún paso adelante, sino sólo una declaración, tan solemne como se quiera, de la intención de dar pasos adelante.

Lo decisivo, entonces, para una alternativa política no es el programa que le sirve de guía, sino los pasos concretos que plasman en la realidad el cumplimiento del programa, y la forma como éste avanza y se despliega. Lo decisivo es el trayecto.

Esta verdad no ha sido comprendida en ocasiones. Se ha valorado más el proyecto que el trayecto, más la intención que la realización concreta. Expresado con las palabras de Vittorio Foa: «La asunción del proyecto como un valor absoluto y la concepción de la política como realización de un diseño “dado” han vertebrado la ideología socialcomunista. Ese fundamento ideológico ha provocado que se tardara en entender, por ejemplo, que la revolución de Octubre, vivida como una gran experiencia liberadora, estaba en la base de unos sistemas comunistas opresivos.» (En Il cavallo e la torre, p. 163). Y Foa concluye, en el mismo lugar: «Debemos dejar de justificar nuestra necesidad de proyectar, de programar, en la presunta necesidad de movilizar a la gente. El proyecto vale sólo como indicación de un trayecto significativo de determinados valores, y sólo si va acompañado de la concreción de los pasos a seguir. Proyecto es un proceso de verificación factual, un control democrático de una realidad compleja.»

El trayecto tiene otra característica que importa tener en cuenta: es un recorrido no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. Para volver a la reflexión publicada ayer sobre el tiempo y la política, el proyecto se inscribe en el tiempo abstracto, mientras que el trayecto entra de pleno en el reino de la duración. Eso obliga a tener en cuenta otro factor esencial: el cambio. La duración implica cambio, evolución, en todas las cosas vivas sometidas a ella. Ahora bien, tal como está conformada nuestra mente, somos muy capaces de comprender y de prever el cambio en los demás, pero nuestro propio cambio interno nos resulta por lo general incomprensible e imprevisible. Esa circunstancia conduce a que proyectos ambiciosos y bien madurados fracasen a lo largo del trayecto. Lo explicaré de nuevo con un ejemplo puesto por Vittorio Foa: «Desde la perspectiva de hoy, podría decirse que el error de la propuesta de compromiso histórico de Berlinguer consistió en pedir a la Democracia Cristiana que cambiara, y no tener en cuenta que él mismo y su propio partido cambiarían también.»

Son estas dificultades en la fatigosa concreción de un trayecto a través de una realidad social tridimensional, poliédrica, escabrosa y tozuda, que no es ni neoliberal ni estatalista, ni reaccionaria ni revolucionaria, ni planificada ni de libre mercado, sino una mezcla informe y embarullada de todos esos elementos; son estas dificultades, digo, las que han convertido la gran alternativa política que podemos llamar revolución o emancipación o cualquier otro nombre similar, en un problema arduo que ha necesitado siglos para resolverse a través de una lenta acumulación de fuerzas, y a veces sólo horas para desbaratarse. Si todo fuera cuestión de programa, estaríamos al cabo de la calle. 

lunes, 2 de junio de 2014

EL TIEMPO Y LA POLÍTICA

«Tenemos la sensación de que se nos está acabando el tiempo», me contaba a principios de año mi sobrino Miguel, que milita en política en la órbita de Podemos. «Y sin embargo, le contestaba yo, más tiempo es lo que necesitamos.» Parecía que decíamos lo mismo, y no era así: él hacía hincapié en la urgencia por detener una catástrofe social, yo en la pausa necesaria para construir una alternativa creíble. Ese contraste, esa paradoja del tiempo, la expresaba esta mañana con gracia un contertulio de la cadena SER. No cito sus palabras exactas sino la sustancia que me ha quedado en la memoria: «Los políticos reaccionan con mentalidad analógica ante una crisis de credibilidad que avanza a velocidad digital.»

Es cierto y está expresado con ingenio, pero de otro lado la contradicción me parece irremediable. Quiero decir que en mi opinión el tiempo de la política sigue siendo analógico, y el tiempo digital de las redes sociales conforma una parcela significativa del nuevo entorno en el que nos movemos, pero no es el factor decisivo. El éxito llega con mayor rapidez en el nuevo paradigma, pero también es más efímero. Lo que gana en rapidez el tiempo digital, lo pierde en solidez y en duración.

Duración. Utilizo el término en el sentido que le dio un filósofo hoy olvidado, Henri Bergson. Él estableció una distinción entre el tiempo abstracto, infinitamente fraccionable, mensurable con precisión absoluta en horas, minutos, segundos y fracciones de segundo, y la duración como forma de un tiempo orgánico inmensurable y relativo, referido a las cosas vivas. Es la duración, y no el tiempo, la ley que rige la “evolución creadora”, la que acompaña el nacimiento, el crecimiento y la decadencia de las sociedades de seres vivos. Cualquier alternativa política que pretenda trascender la actualidad rabiosa y postularse para durar más allá de la generación presente, tendrá que recaer del tiempo digital al analógico y construir el futuro como los viejos maestros de obras del medievo levantaron las catedrales: con el esfuerzo colectivo de toda una sociedad y la fe indesmayable en una idea.


domingo, 1 de junio de 2014

POLÍTICA Y FÚTBOL


Lo que sigue son meras notas al margen de dos reflexiones recientes de importancia. Mencionadas de mayor a menor, son las de José Luis López Bulla en su blog, ¿El secretario general elegido en primarias?, y la de Josep Ramoneda en El País, Construir la alternativa. Los dos maestros critican la concepción actual y no tan actual de la política como sintonía con el sentir difuso de una ciudadanía invertebrada. La política ejerce siempre una función de mediación entre la sociedad y el poder. La forma normal de ejercer esa función es, o ha sido tradicionalmente, estructurarla a partir de los impulsos procedentes de los distintos territorios y de los intereses concretos de grupos sociales. Las estructuras intermedias tienen un doble cometido en ese esquema: transmitir hacia arriba las demandas que surgen de abajo, y seleccionar una dirección colectiva que sea, por una parte, representativa del conjunto, y por otra parte, competente para las tareas que se le asignan. Si se arrumban las estructuras intermedias y se convierte la política en comunión mística de la militancia con el líder carismático, lo que resulta de tal operación no es más democracia, sino una gansada.

El primer efecto de ese proceso es diluir las ideologías, y estoy utilizando el término “ideologías” en el sentido que le da Riccardo Terzi, no en las prevenciones contra ellas de Carlos Marx. Las ideologías son construcciones mentales, y su utilidad consiste en que a través de ellas podemos clasificar, ordenar y elegir entre varios futuros posibles. Las ideologías pueden tener una base más o menos sólida en la realidad, o no tener ninguna. Pueden ser utopías. Lo importante es su eficacia, el hecho de que aporten la concepción de un mundo posible diferente y ofrezcan una alternativa de cambio. Como explica Ramoneda, la simple alternancia en el poder no supone alternativa, sino reconfirmación de lo ya existente. Para que exista alternativa tiene que existir una propuesta de desplazamiento, un proyecto y un trayecto, con un objetivo claro como estación final.

En el tema de la forma de poner en pie un proyecto alternativo incide el artículo de López Bulla. La política es una aventura colectiva, no un fenómeno de seguidismo. No importa tanto renovar al líder como renovar las ideas y renovar las estructuras. Para ello propone José Luis normar la participación, apartar los obstáculos actuales que privan a la militancia de un protagonismo consciente en las tareas políticas, dar a las bases el derecho a decidir. Decidir, ojo, no sólo aquello que los líderes les permiten, sino todo lo que aparece como necesario o conveniente según un criterio plural, colectivo. Ahí queda la propuesta de un estatuto de derechos y deberes del militante, que dé sentido y proyección a su compromiso. A ver quién recoge ese desafío.

A muchos podrá parecerles una exageración grotesca, casi una aberración, lo que voy a decir, pero ahí va: convengamos todos en que la política puede llegar a ser tan importante como el fútbol. Pues bien, a nadie se le ocurre ventilar en primarias la alineación de un club en el próximo partido. No, para eso están el entrenador, el equipo técnico, el estudio del rival, las consideraciones estratégicas y tácticas. Hay toda una serie de mediaciones que inciden en la propuesta final, y del mismo modo, después de jugado el partido, se establece un balance de resultados que determina si las decisiones adoptadas fueron correctas y si la actuación del equipo resultó en definitiva satisfactoria, o no. A partir de todo ello se atribuirán las responsabilidades que correspondan. No alcanzo a entender por qué un procedimiento tan acreditado e indiscutido en el fútbol no se aplica también a la política.